Lecturas de verano: Barriada I
Agustina de Champourcín. Fotos de Terry Mangino
La esperanza perdida, la necesidad de rememorar el tiempo feliz de la juventud, la reflexión sobre lo que pudo ser y no fue, ¡ay, éramos tan jóvenes!, están presentes en cada párrafo de esta novela, publicada en 1961 por Max Aub en su exilio mexicano como si de un ajuste de cuentas con el pasado se tratara. En el paisaje de la Gran Vía madrileña y en sus calles próximas se dan cita multitud de personajes. Es una colmena zumbona y laboriosa de preguntas sin respuesta que sobrevuela como un zumbido un tiempo turbio, desde 1926 hasta el final de la dictadura del general Primo de Rivera, enero de 1930. Son sus artífices una maraña de figurantes anónimos que revolotean en la oscuridad previa a la caída vertiginosa de la monarquía y a la gran tragedia que se desencadenará en 1936. Un sortilegio de secundarios y primeros papeles que conforman un relato de esfuerzos colectivos sin más éxito que la huida. O el fracaso.

Max Aub nace en París en 1903. Y muere en México en 1972. Exiliado y apátrida por partida doble. Militante del PSOE se ve obligado al exilio en Francia en febrero 1939. Es hecho prisionero por el gobierno de Vichy y deportado a un campo de concentración en Argelia. Y será en 1942 cuando, desde Casablanca y por la intervención de John Dos Passos*, pueda recuperar la libertad y embarcarse rumbo a México, que le acoge como héroes a él y a tantos otros españoles, entonces poco gustosos de la fruta. Ahí rumiará, menesteroso, el resto de sus días, el recuerdo de su querida España, esa España mía, esa España nuestra… dónde están tus ojos, dónde están tus manos, dónde tu cabeza…

Y casi como en una película, su liberación del campo argelino sucede en el mismo momento narrativo en el que se rueda el filme protagonizado por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Y sufre la misma situación que aquellos héroes ficticios del cinematógrafo: desprenderse de los seres queridos, del paisaje amado, de sus raíces, de su historia para viajar a lo desconocido.

“La calle de Valverde”, la novela coral de Max Aub, es un retablo de escenas y situaciones de una multitud de seres que deambulan perdidos en busca de un porvenir, de un futuro, por una realidad opaca y fea en la que todo se cede a la incertidumbre. Hay aspirantes a escritores fantásticos que se mezclan con los mortales: Unamuno, Valle Inclán, Baroja, Ortega y Gasset, Gerardo Diego, Alberti, Federico, el mismo Max Aub… Hay artistas petulantes de los pinceles que sueñan en sus fantasías con ser Benjamín Palencia, Dario de Regoyos, Zuloaga, Gutiérrez Solana, o el inmenso Picasso, ya en el tiempo de la narración un genio extraordinario. Hay una reflexión sobre ese Madrid lleno de pensiones, miles de pensiones y estudiantes opositores a un puesto para chupar del bote de la Administración del Estado. Hay referencias a lugares protagonistas que siguen siendo memoria principal, entonces como ahora, de Madrid: la Residencia de Estudiantes, el Círculo de Bellas Artes, el Ateneo, la calle Barquillo, la Puerta del Sol, el Palacio de la Prensa, el café Villa Rosa… Y aparece el conformismo, sin reprobación, que los dirigentes del PSOE mantuvieron con la dictadura de Primo: Besteiro, Prieto, Negrín, Largo Caballero… O una nota de “Sociedad” citando a Carmen Moragas, la amante de Alfonso XIII. O al arte flamenco del cantaor Antonio Chacón… Y todo con un lenguaje que en la trama dramática recuerda a don Benito Pérez Galdós, sin igualarlo jamás, a veces un tanto abrupto y selecto, como para marcarse un do de pecho. Sí, un rompecabezas, un conglomerado de aluvión.

No se puede obviar, para comprender la novela, la relación epistolar que Max Aub mantuvo entre 1958 y 1962 con Dionisio Ridruejo, un opositor, casi un enemigo durante la guerra fratricida del general Franco. Y, desde finales de los 50, un compañero de fatigas en el largo camino para desembarazarse de la dictadura militar. Sí, en un principio, ambos escritores se refugiaron en sus ideales infranqueables. Pero el paso del tiempo y mientras que Max Aux sufrió el exilio exterior Dionisio sufrió el confinamiento en Ronda en 1942, de nuevo ese año, al que le llevó su apuesta por la libertad. Después varios meses de prisión en Carabanchel entre 1956 y 1957. Y después el exilio por participar en el “Contubernio de Munich”, en 1962. Fue esa desgracia en común lo que les haría aproximarse en las ideas y en los deseos de libertad para la patria en común. Max Aub volvió a España en 1969, tal vez para encontrarse con su memoria. Y en 1971 para decirle adiós a su patria querida.

Y no sería justo olvidar la figura de los arquitectos Secundino Zuazo, Martin Domínguez Esteban —que también sufrió el exilio por partida doble, España y Cuba— y Carlos Arniches, hijo del dramaturgo, que con sus ideas innovadoras urbanísticas y sociales transformaron el caserón manchego madrileño y el paisaje novelístico de Max Aub en una urbe cosmopolita e intentaron hacerlo habitable. Un enjambre, esa ciudad, esa “La Calle de Valverde”, novela que no pretendía más que relatar que la convivencia era posible en ese aluvión de almas que medran en una gran urbe. Tal vez para evitar lo inevitable:
“Se acaba siendo siempre extranjero en todas partes”.

*John Dos Passos, el autor de “Manhattan Transfer”, intervino impulsivamente en la búsqueda de su amigo José Robles Pazos, profesor de la universidad americana John Hopkins, llegado a España de vacaciones en julio de 1936, afecto a la causa republicana y nombrado teniente coronel por la República por sus conocimientos de varios idiomas, y desaparecido en Valencia en abril de 1937. Robles Pazos era sospechoso, sin prueba determinante alguna, por el Partido Comunista ruso, de ser un espía franquista. Dos Passos solicitó a Ernest Hemingway su intervención ante los líderes comunistas para saber cuál era su paradero. No lo consiguió y aquella amistad entre ambos escritores se rompió. Aún hoy es un misterio saber dónde reposan los restos de José Robles Pazos. Stalin se apuntó una medalla más de sangre en su guerrera asesina.

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Bibliografía recomendada:
Max Aub y Dionisio Ridruejo (edición del Instituto Cervantes. 2018)

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