Hablando se entienden las gentes

Cuentos de verano

  Fdez. Muchosálamos

—Ahí estás otra vez, como plantado, viendo como se muere el día. Ni te mueves, ni hablas; ni parpadeas, me creo. Tan mueble como la silla en que te sientas.
—¿Pos qué quieres que hable? No hay nada nuevo. Y lo viejo ya lo tenemos hablao.
—¿Sabes qué pensamiento se me viene a veces, Inacio?
—Claro que no. Cómo voy a saberlo, pero ya dímelo, mujer.
—Pos pienso que mejor te mueres.
—¿Y cómo así, Mélida?
—Pos muerto, vendería esta casa, con su tierra, el trator y los cuatro tiliches miserables que andan por ahí, sin provecho, desperdigaos… Y con los cuartos me iría a vivir a la ciudad, con mi hermana, que me tiene dicho que tiene sitio y ganas. Entraría en un cine de esos bien grandes, con cortinas y asientos de buen paño colorado y lámparas pomposas, y otras lujoserías que siempre quise sentir. Y también me iría una tarde de modas, para comprarme un vestido bonito y ver de encontrar un hombre que me quiera disfrutar, antes de que estas carnes se me molifiquen más, porque tú, Inacio, ya ni eso. Y no es que vaya a quejarme ahora, aunque lo paresca, pero es que casi no me acuerdo del gustito que da que un hombre arrime su piel desnuda a la piel desnuda de una. ¿Me comprendes?
—Pos no sé qué decir. Estoy atontao por la sorpresa. Aunque sí te comprendo, ¿cómo no?, pero ahora me entró una procupasión bien grande.
—¿Cuál procupasión?
—Pos la procupasión de lo que dijiste.
—¿Te ofendí?
—No, no. No es eso.
—¿Pos entonces?
—Pos que ahora que sé lo que sé, y que me doy cuenta de que tienes un plan, bien bueno, se me entró el miedo de que algún día quieras hacerlo verdá y resuelvas que ya viví lo bastante.
»La inorancia impide la procupasión, pero esa ya no es posible y en adelante voy a tener que vivir alarmao.
—Pos no debes. Pensé que me estaría bien que te murieses, pero sin tener que quitarte la vida.
—¿Y cómo entonces me voy a morir?
—Así, porque sí, nomás. No le des una vuelta y otra. Son cosas que se piensan sin pensar y que no van a suceder…
—Pero tu plan es bueno…
—Eso no se puede esconder. Además, no sé si notaste que don Povedano me anda siempre rondando con la misma canción, que ya me la aprendí de tanto oírsela.
—¿Cuál canción?
—Que si bien arregladita cualquier varón me miraría deseoso, que ando encarroñando los pocos años que me restan de gracia ente gumarras y verracos, que te persuada para que le vendas lo nuestro, que…
—Ya para, mujer, que le pillé el argumento a la copla. Y lo que ha de hacer don Povedano es dejar que de los asuntos ajenos se ocupe el prójimo, y él de los de él. Nomás.
Eso le di a entender, pero solo con un gesto. Sin hablar ninguna palabra. Pero las cosas que una oye las oye. Eso no se puede borrar.
—Hiciste bien. Es mejor no dar bola a quien te la puede quitar.
—Entonces lo dejamos ahí.
—No se va a poder, Mélida. La procupasión que tengo no se va porque uno quiera que se vaya. Yo creo lo que dices, así lo que me va bien y lo que no. Pero creo además que las personas se mudan los pensamientos como el aire se muda el curso, y con la muda vienen pensamientos nuevos y antiguos, y los pensamientos traen intenciones viejas y nuevas.
»Pero ya sé cómo hacer.
—Mira, Inacio, si para que te mueras tuviera que matarte yo o hacer el encargo, ya lo habría hecho, ¿no ves? Así que olvida lo que dije y di a tu procupasión que se vaya.
—Es más fácil recomendar que hacer. ¿No me escuchaste?
—¿El qué?
—Dije que ya sé cómo hacer.
—¿Para morirte?
—No, para que hagas tu plan y mi procupasión se vaya.
—Siempre supe que eras listo, Inacio. Y si te dije lo que te dije no es porque no seas listo, o trabajador, que también eres, o bueno, que te sé bueno. Pero aburrido, Inacio.
»Cuéntame pues la ocurrencia.
—Pos yo me sé que aunque dices que mejor me muera, en verdá no es que quieras que me muera, lo que quieres es lo otro. Aquí va el remedio: nos vamos al escribano para que ponga todo sobre papel de ley, bien formal y
con buena letra de la carigrafía oficial, para que naide en adelante pueda negar la justedad del documento.
»Tú te quedas con el escrito y yo sin la procupasión.
—¿Y que tiene que escribir el escribano?
—Que la casa, el trator, la tierra, los aperos, los animales —menos la Clara— y todo lo demás que hay, menos algunas herramentas que necesito, pueden ser vendidas por la Mélida Gutierres Ocelote y disponer del biyuyo que resulte a su razón y querer, sin la necesidá de que yo, el Inacio Garrote Gil, me tenga que morir. Ya está.
—¿Y tú?
—Yo me quedo vivo, si no te importa.
—Vivo ¿pero adónde?
En la cabaña de la Media Luna. Don Pedro consentirá feliz que me instale. Me dice uno de cada tres días que por qué no me quedo a vivir allí, que cuando estoy —que es uno de cada siete— él duerme más tranquilo. Y con lo que yo gano, para mí y para la Clara nos ha de valer y sobrar. Tú haces tu plan y yo pondré esta silla en el porche de la cabaña para ver, cada día —sin ninguna procupasión— con la Clara tumbada a mi costao, como se marcha el sol, tal como ahora lo hace, por ese mesmo cerro.
—Menos el jueves y el domingo, que te vas a la taberna del Escopeta a jugar a las cartas con el Isaías, el Lope, y el Esquinao.
—Así mesmo. Al Truco del clavo, con una baraja española.
—¿Harías eso por mí, Inacio?
—Lo haría por mí.
—¿Cuándo vamos al escribano?
—A tu antojo, que tuyo es el plan.
—Eres un buen semejante. A lo mejor algún día te echo de menos. Aunque no creo.
—Precavido soy, nomás, mujer.
»También yo, si se da, me anime a probar otra hembra, que el tanto conocer no es bueno para desear.
»Está bien que las gentes hablen para conocer los pensamientos de cada quien y acomodar las intenciones de uno y otro.
—Otra vez tienes razón, Inacio. ¡Vaya que sí!

Café de Ruiz. Madrid,
11 de junio de 2017

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El hermano

 

El misterio de la creación

Rafael Alonso Solís

Cuando uno comienza a recordar los detalles de la infancia como si solo hubieran ocurrido unos días atrás, todo se asemeja a un anuncio de la vejez o el renacimiento. Cada suceso se manifiesta con una especie de incertidumbre sugestiva, con un cierto aire desvaído, resultado, quizás, de su lejanía. Al mismo tiempo, sin embargo –y sin que eso resulte contradictorio–, algunas cosas nos resultan tan sólidas y tangibles como el fresco que la realidad temporal nos muestra iluminado delante de los ojos. Sabemos que algunos acontecimientos, algunos tonos y algunas imágenes del cuadro son ciertas, porque como tal las recordamos, pero también que a la banalidad sinuosa de la memoria se ha unido, como el ruido que hace el cosmos al nacer y desenrollarse, la fuerza de la palabra, el poder creador del verbo, tal vez como al principio, y ha reescrito todo, ha añadido colores que a lo mejor no estaban ni siquiera inventados cuando las cosas sucedieron por primera vez, para que al bajar el telón pudiera surgir una escena tan nueva como las que están descritas en los libros que aún no han sido imaginados, en las películas que aún permanecen sin rodar o en los montajes que todavía descansan en la mente dormida del autor. Podemos tener la sospecha de que la vida se encontraba en la estantería de una biblioteca informe, inmensa e infinita, puede que con los capítulos desordenados, las páginas en blanco, los versos sin definir, la rima desconcertada y dispersa. Pero todo estaba ahí, todo descansaba en ese espacio intangible en que el acto y la potencia danzan juntos sin saberlo, al ritmo de una música que se crea a sí misma a medida que se le van despertando los sentidos a los violines y los tubos del órgano se limpian de hollín. La vida era también, en sus inicios, un espectáculo que se bastaba para complacer al espectador, que de hecho la vivía desde dentro y la contemplaba, no desde el patio de butacas, sino desde el fondo de la trama, pasando de un papel a otro a medida que recordaba –también aquí, también en esto– el lenguaje de cada personaje, el tono de voz con que reflejaba el miedo o el gozo, la gracia o la torpeza con que movía los brazos, pescaba corales, cabalgaba grifos o alanceaba molinos de viento. Cuando, al cabo del tiempo, se revisan los recuerdos uno no sabe a ciencia cierta si la memoria estaba ahí ya entonces, mucho antes, quizás, de que estuviéramos nosotros para darle nombre y sentido, y se cargaba y vaciaba de acuerdo a ciclos en los que el amanecer, el crepúsculo y los latidos del corazón no eran otra cosa que variaciones rítmicas de un mismo sonido. Y puede que las cosas, que únicamente fueron cobrando y perdiendo sentido a medida que crecían y se multiplicaban, terminen por perderlo del todo, dejándonos entender que la nada no es otra cosa que el tejido natural de que están hechas.

80 aniversario de la Batalla de Brunete

Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

    La madrugada del 6 julio de 1937, la 11ª división del Ejército Popular al mando de Enrique Líster toma por sorpresa Brunete, apenas un villorrio distante unos 25 Km al oeste de la capital, defendido por una compañía de falangistas y un tabor de regulares moros. El calor es asfixiante. Es la primera ofensiva exitosa que realiza la República contra los rebeldes franquistas. En el Canto del Pico, en Torrelodones, sede del Estado Mayor del general Miaja al mando de las tropas republicanas, el entonces coronel Vicente Rojo examina con precisión de entomólogo el ataque que ha desarrollado en colaboración con el vacilante coronel Matallana.

Casamata en Brunete, tenía como fin vigilar la carretera de Navalcarnero a El Escorial. Se construyó en 1938. Nunca entró en combate.

    El plan consiste en atacar el cerco que los rebeldes mantienen sobre Madrid, actuando como una tenaza sobre los debilitados emplazamientos franquistas, apenas unos retenes mal municionados y mal distribuidos al oeste de la capital. Tras el infructuoso ataque a  la misma en noviembre de 1936, las batallas del Jarama (febrero de 1937) y el castigo que sufren sus aliados italianos en Guadalajara (marzo de 1937), Franco considera poco menos que imposible rendir Madrid, así que ha desviado sus fuerzas hacia Santander tras tomar Bilbao el 19 de junio de ese año, dejando la zona oeste del frente del asedio con muy pocas fuerzas. Es la primera vez que el ejército republicano toma la iniciativa, una demostración de fuerza que pretende mejorar la imagen internacional sobre la República como poder legítimo, a la vez que conseguir el armamento retenido en la frontera francesa y demostrar al ejército rebelde que está en condiciones de responder a la lucha en campo abierto.

Inscripción en los búnkeres a 1 Km de Brunete en la que puede leerse: 2ª Cia ZAPADORES. n 8 1938. Hay tres en un radio de 50 m. en la carretera de Navalcarnero a El Escorial.

    La ofensiva pilla por sorpresa al Estado Mayor de Varela. Y siembra la euforia en el gobierno de Negrín, que veinticuatro horas después del ataque ya piensa en una victoria decisiva. El coronel Rojo, más cauto, sabe que la cuidada planificación que ha realizado calcando un ejercicio teórico de sus tiempos de profesor en la Academia de Toledo sólo será efectiva si las fuerzas a sus órdenes mantienen la disciplina y son suficientemente avitualladas con armas y pertrechos desde las posiciones situadas en la carretera de La Coruña y la Ciudad Universitaria.

Casamata de vigilancia de la carretera de Villanueva del Pardillo a los altos de Valdemorillo. Toda la inmensa llanura está sembrada aún de fortificaciones. Desde esta se domina una visión de más de 50 Km en línea recta.

    Los medios de guerra, munición, armamento, aviación, intendencia, etc., con los que cuenta el Ejército Popular son escasos, pocos aviones y pocos blindados rusos. Y los combatientes republicanos no cuentan con la preparación adecuada ni existen mandos intermedios cualificados ni en número ni en aptitud para dirigir a las tropas.

El Castillo de Villafranca está equidistante entre Brunete y Villanueva del Pardillo. Estaba defendido por apenas una compañía de infantería rebelde. En esas ruinas situadas sobre una colina estéril perdieron la vida cientos de hombres a lo largo de los 19 días que duró la batalla. Se encuentra muy próximo a la estación de antenas de la Agencia Espacial Europea, en el vértice entre los ríos Aulencia y Guadarrama.

    En los días posteriores, la 11ª división de Líster (fiel a las órdenes emanadas del comisariado soviético y muy criticado por los mandos profesionales del Estado Mayor republicano por su escasa preparación militar) desobedece las órdenes de avanzar hacia Boadilla del Monte. La lucha que se libra en el Ejército Popular entre servir a la República o servir a un partido político, en este caso el Partido Comunista, se mantendrá durante todo el conflicto en el campo republicano, propiciando esta divergencia la derrota final de la República. Además, un contrataque de las fuerzas de Varela obliga a los atacantes a retroceder hasta Brunete. Tampoco se resuelve el principal motivo estratégico: el ataque republicano desde Usera hasta Navalcarnero porque el Ejército Popular no cuenta con efectivos para realizarlo.

En los alrededores de Brunete existen numerosas fortificaciones, que se conservan en bastante buen estado. Esta tiene forma de cruz con troneras abiertas a los cuatro puntos cardinales.

    Franco traslada urgentemente fuerzas desde el cerco de Santander hasta Brunete y con la aplastante participación de la División Cóndor dejará la abrasada llanura de Brunete sembrada de cadáveres, unos 40.000 en los dos bandos. Entre ellos el de la fotógrafa Gerda Taro, apenas una niña, la primera reportera que morirá en una guerra. Las hostilidades terminan el 25 de julio, Santiago matamoros. Los moros franquistas ahora matan españoles cristianos. El coronel Rojo sabe ya que nunca ganará esa guerra, pero sigue siendo leal a la legítima República.

Las Brigadas Internacionales que luchaban por la República tuvieron un elevadísimo número de pérdidas humanas en la Batalla de Brunete. Algunas unidades, como el Batallón Lincoln, quedaron reducidas a una quinta parte. Placa homenaje a dos brigadistas norirlandeses que se encuentra en Belfast, Irlanda del Norte, Northumberland Street, del lado católico. William Beattie falleció en Brunete el 23 de julio de 1937, según se indica en la placa. Dick O’Neil falleció en la Batalla del Jarama el 14 de febrero de 1937.

    Tras la batalla el frente se mantiene durante el resto de la guerra prácticamente igual que antes de la masacre. Franco tomará Santander el 26 de agosto de 1937, un mes después de lo que preveía y la República vio como una gran parte de su ejército era destruido y quedaba agotado. El general Vicente Rojo proyectará en diciembre de 1937 la toma de Teruel. Y el 25 de julio de 1938 (Santiago Matamoros, de nuevo) se iniciaría la decisiva Batalla del Ebro. No fueron sino dos maniobras de distracción para evitar lo inevitable, la toma de Madrid, que tras el golpe de estado del coronel Casado y con todas las fuerzas republicanas diezmadas se producirá a finales de marzo de 1939, dando por finalizada la contienda con aquel célebre último parte de guerra del Generalísimo emitido el l de abril del mismo año.

Por todo el territorio de la batalla abundaban los recuerdos y las estelas conmemorativas de los vencedores, muchas de ellas con la parafernalia nazi, que fueron expoliadas por coleccionistas nostálgicos de lo fúnebre. Esta placa funeraria es de Rafael de la Macorra y García Barzanallana. Rafael, se presentó voluntario a luchar en el bando nacional venido desde México. Cayó el 13 julio del 37, siendo enterrado en el cementerio de Boadilla del Monte.

 

La Batalla de Brunete está considerada como la más sangrienta y cruel de la Guerra Civil. El desenlace puede considerarse de empate técnico. 40.000 vidas humanas se perdieron sin que hubiera decisivos avances en ninguna de las posiciones. El frente ya no se movería hasta el final de la contienda. Tras la misma, Franco se atribuyó la victoria para sí y  se dio un homenaje en la plaza de Brunete ignorando a propios y extraños. Colocó dos placas conmemorativas que han resistido al paso de los tiempos y a las leyes de memoria histórica.

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Brigadistas

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El regreso del general Vicente Rojo. Desafección

Los diarios robados de Azaña

Pasionaria y los siete enanitos

 

Auschwitz y Birkenau, horror a la infinita potencia

Ana M Pulido

Llegamos a Auschwitz, una guía que hablaba español nos entregó auriculares para escuchar su voz durante el recorrido. Era una mujer rubia, con esa belleza serena de las polacas, unos 35 años apenas.
Se atisbaba al fondo la famosa puerta con la frase en hierro forjado “Arbeit mach frei”, la sensación de irrealidad que atenazaba el estómago fue un puñetazo en la cara. Estaba allí y no era el decorado de una película. Manadas de visitantes, decepción. No habrán convertido un lugar casi sagrado en un parque temático, pensé. El turismo de masa lo destruye todo, un campo de destrucción masiva, ironía lingüística ¿sería una excepción?


Intenté concentrarme en las palabras de la guía y no prestar atención a los otros grupos que inundaban el campo en aquella mañana primaveral. La guía hablaba suavemente, con dignidad y tomando partido en su forma de contar los hechos mediante una entonación triste, trágica, rozando a veces lo solemne. En primer lugar, nos mostró un plano donde comprobamos la amplitud del campo y los principales edificios, entre ellos el hospital de la muerte donde experimentaban y las cámaras de gas. Al cruzar el umbral de la terrible puerta creo que nadie estuvo libre de escalofríos. Atravesamos varias calles entre barracones de ladrillo, había charcos de la lluvia caída durante la noche. Al fondo de cada calle, las alambradas de espino electrificadas y los torreones de vigilancia atenazaban los espíritus, recordándonos en cada momento donde estábamos. Tras ellos, bellísimos bosques que un día fueron testigos de la barbarie. Cuántas personas inocentes habrían paseado su desgracia por esas calles, cuántos seres contemplado como único paisaje esos bosques, encerrados entre vallas mortales como ganado, cuántos de ellos habrían arrastrado sus pies desnudos entre charcos como aquellos, o pisado la nieve sin esperanza ni alma.
La guía nos condujo a un barracón en el que había información, fotografías, documentos y objetos personales de los deportados. A modo de museo se seguía un itinerario que aumentaba en intensidad emotiva a medida que avanzábamos. Entre los documentos se podían ver las interminables listas de prisioneros, cuidadosamente clasificados por orden alfabético con el número que les sería tatuado al entrar. Todo registrado, ordenado con un macabro rigor germánico. En una vitrina nos llamaron la atención unos billetes de tren. Judíos griegos de Salónica que fueron engañados cruelmente y llevados al campo de exterminio. Pensaban que compraban un billete para una vida mejor con vivienda y trabajo. Destino trágico e injusto que se volvió contra ellos.
Por todas partes fotos impactantes, cientos de ellas, que contaban la historia de los terribles hechos ocurridos allí. Algunas de tamaño mural mostraban familias enteras, gente de toda condición que nos miraba con ojos aterrados; parecían seguir implorando ayuda a través del tiempo, en ese fugaz instante captado por un fotógrafo insensible que certifica el crimen, sin más. Una de las más impactantes: la llegada de los trenes y la selección. A un lado los hombres y al otro las mujeres, dos grupos inmensos de cientos y cientos de personas; en el centro el nazi despiadado, plantado con la insolencia que le dan las armas, demiurgo que de un simple gesto envía a la cámara de gas a los que le parecen débiles. Un instante, un segundo y todo se acaba, una vida arrojada a la oscuridad eterna.


Contemplar las pertenencias de la gente inmolada gratuitamente es algo que no se olvida mientras se vive: miles de gafas, miles de tazas y platos desconchados, objetos de aseo, brochas de afeitar, cajitas de crema, productos de belleza. Lo cotidiano que aún nos hace sentir más la crueldad de una muerte brutal.
Había montañas de maletas con la dirección de cada persona anotada inocentemente en letras grandes. Esa pobre gente despojada de todo pensaba que después de pasar por la “desinfección” volverían a recogerlas. Nombres, apellidos, direcciones de tantas casas que quedaban vacías en calles fantasmas. Cuánta vida truncada en esas maletas con destino a ninguna parte. Qué decir de las toneladas de zapatos de niño, de señora, con tacones, que un día fueron elegantes, sandalias, zapatos de obrero, un amasijo grisáceo detrás de vitrinas que alcanzaban el techo, pies que se arrastrarían por los charcos y la nieve, o pertenecientes a la gente que al bajar del tren fue directamente a emprender el viaje más largo y el más corto, para el que no necesitaban maletas ni zapatos.
Al entrar en una sala en penumbra la guía nos previno de que allí no estaba permitido hacer fotos por respeto a las víctimas. Indescriptible. Madejas de cabello humano formando montañas de estopa, nidos convexos colosales a ambos lados del pasillo por el que circulábamos sobrecogidos. Una madre y una hija del grupo hicieron una foto discretamente, me dieron ganas de darles un puñetazo, les lancé una mirada asesina que lo decía todo. Esa maraña gigante de pelo que un día cubrió cabezas de niños y madres o ancianos se merecía todavía más que respeto, se merecía la humildad y la veneración. Ahí sentí que la idea del parque de atracciones me revolvía el estómago de nuevo, como cuando otros visitantes se hacían selfies sonrientes. Esa gente no merecía entrar allí.
Otro de los momentos más duros fue ver los macabros hornos crematorios y la cámara de gas, con sus perforaciones en el techo por donde echaban cristales de Zyklon B, el pesticida que mataba dos mil personas en quince minutos. La muerte era lenta y terrible. Espeluznante. Vimos cientos de latas vacías de esos mortales cristales azules, vimos las cámaras donde agonizaron miles de inocentes ¿Quién puede atreverse a negar esta masacre programada en cadena? En medio de ese horror un momento de alivio y satisfacción: contemplar la horca en la que colgaron al comandante del campo, Rudof Höss. Tras ser juzgado moría en el mismo lugar donde cometió sus crímenes. Al fin un poco de justicia. Dejamos Auschwitz I, pero todavía nos quedaba el plato fuerte de Birkenau, también llamado Auschwitz II. A pocos minutos de distancia entramos en un recinto de dimensiones colosales, inimaginables, era un campo que se perdía en el infinito. Las vías del tren pasan bajo la torre de entrada y las dos líneas paralelas se juntan en el horizonte en un efecto de perspectiva escalofriante.


En este campo inmenso los nazis tuvieron tiempo de destruir las cámaras de gas y los hornos para no dejar pruebas. En su lugar solo quedan montañas de escombros ennegrecidos; sin embargo, la mayoría de los barracones siguen en pie, en especial los de ladrillo. Los de madera exhiben una altiva chimenea que ha resistido el paso del tiempo.
Visitamos uno de mujeres. Fue de los momentos más tristes de la visita. Se venlas literas de madera donde dormían seis o siete personas en condiciones infrahumanas. Los niños habían decorado el interior con grandes pinturas murales, todas delicadamente protegidas con cristales por los conservadores del campo. Un niño que iba a la escuela, una niña que jugaba con una muñeca, un niño tocando un tambor…eran los sueños de cualquier niño en la pared de un lúgubre barracón, niños que en medio del hambre, la fatiga y tanta desgracia habían querido pintar. Me conmovió hasta lo más hondo, ¿habría sobrevivido alguno? Los niños no, los niños noooo, matar a los niños es matar la esperanza.
Todas las personas deberían ir una vez en su vida a Auschwitz. Es una lección de historia que ojalá no conviertan en parque temático de la memoria colectiva. Allí nos mataron un poco a todos los seres humanos que creemos en la libertad de credo y de ideas políticas. Auschwitz nos concierne a todos, es de todos y hay que preservarlo para que las generaciones futuras no repitan nunca una barbarie semejante.

Esta foto corresponde al momento de liberación por las tropas americanas del campo de Mauthaussen, en Austria, el 4 de mayo de 1945. Los numerosos prisioneros españoles, en su mayoría comunistas izaron la pancarta, prueba de su organización dentro de la clandestinidad.

Carrera de tacones de la calle Pelayo, 2017

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Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

No cabía ni un brazo más en los apenas 300 m de la calle Pelayo el jueves 29 de junio de 2017. Se celebraba la carrera de tacones y un año más se llenó. ¿Diez mil personas?, es posible, venidas de todo el mundo para observar a los quince corredores y a Chumina Power de animador/a, el espectáculo de la vida desatada en el interior de un barrio de Madrid. La excusa de la carrera era perfecta para pasar un rato de alegría y de convivencia. El asunto está tomando relieve internacional, ha pasado de ser una conmemoración de un barrio a tener relevancia galáctica. ¿Que si la angustia de convertirse en un parque temático, con la amenaza del turismo masivo planea sobre el Orgullo?, seguramente. De momento, la gilipollez global que nos envuelve ha inundado de anglicismos la calle y sustituye a los nombres castellanos, Pelayo Street reza en la pancarta de salida de la carrera. ¿Es que nos da vergüenza hablar en español? La imbecilidad lingüistica se ha instalado entre nosotros.

(Todas las fotos tomadas en un radio de 50 m)

 

Enlaces relacionados:

Cabalgata Orgullo Gay, 2016, Madrid

Carrera de tacones, calle Pelayo, 2015

Carrera de tacones, calle Pelayo, 2016

Carta corriente en cortina

Gabriel de Araceli

Aurora Vélez es la bisectriz que a través de su poesía genera dos mitades iguales en el ángulo que desde Ecully va a Bilbao y al Albaicín.

Estos son versos de su nuevo libro editado por Torremozas, Carta corriente en cortina.

 

Tengo un arañazo niño
que me escuece la pena.
¡Ay, tengo que tengo, mae!
Una aceituna negra
que late loca, luna sangre
que late en una selva.
La selva de tus besos, niño,
que hoy solo son arena.

¡Y un cuchillo blanco, mae!
Como las azucenas,
un erizo de plata y lluvia
pasea por mis venas.

Ya no me quieres niño.
Ay niño, no me quieras,
que cuesta tanto trago en cinco
querer que no te quieras,
que si me amaras, palma.
La loca luna sangre, prisa
diríase en que muera.

No se hizo el sol de los desiertos
para los ojos claros,
ni las niñas con alas,
para las manos secas.

Aurora en la Feria del Libro de Madrid, el pasado 10 de junio.

Más poemas de Aurora:

En ámbar: el incienso de los sueños

El apóstol y la duquesa

Gabriel de Araceli (Fotos y textos)

De sus casi 92 años, Justo Gallego lleva 45 construyendo una catedral en unos terrenos de su propiedad en su pueblo, Mejorada del Campo, cerca de Madrid. Quiso «dedicar su vida al Creador» e ingresó con 27 años en el Monasterio de Santa María de la Huerta, en Soria. Pero adolecía de tuberculosis y fue expulsado del mismo. Ferviente cristiano, Justo decidió en 1975 construir «una obra que ofrecer a Dios».  Y ahí está: la catedral de Nuestra Señora del Pilar. Una obra inmensa que deja perplejo al visitante por su tamaño descomunal, un proyecto edificado solo por un hombre que no es arquitecto y que tiene una instrucción básica, inspirado en «el Evangelio de Cristo».  No existe fecha prevista para su finalización. «Me limito a ofrecer al Señor cada día de trabajo que Él quiera concederme y a sentirme feliz con lo ya alcanzado».

No cuenta con ninguna ayuda oficial, por no tener no tiene ni licencia municipal de obras, es una construcción alegal, está en el limbo jurídico, sale adelante por la caridad ajena, gracias a las aportaciones y limosnas que hacen los que se acercan a ver la catedral. Justo apenas oye, no permite que se le hagan fotos pero invita al que se acerca a que visite y fotografíe su templo.

_DSC6590_webTampoco Justo se diferencia mucho del espíritu que llevó a san Francisco de Asis a levantar su templo, o a cualquiera de los eremitas que levantaron monasterios similares a lo largo de la Edad Media. Nadie diría que Justo Gallego no participa de la misma fe que llevó a Gaudí a levantar la Sagrada Familia, o el Parque Güell. Es un san Jerónimo a caballo entre los siglos XX y XXI. Quizás por eso los vecinos de Mejorada del Campo se sienten orgullosos de Justo y de ese proyecto de catedral y las visitas al mismo empiezan a ser numerosas y el pequeño pueblo de Mejorada es conocido en el mundo mundial. Más aún desde que, nada más y nada menos que The New York Times publicara en el mes de abril pasado un reportaje sobre la catedral de Justo.

 

A poco menos de doce Km de Mejorada, en Loeches, se encuentra el Monasterio de la Inmaculada Concepción. El panteón de la Casa de Alba, idéntico al panteón real de San Lorenzo del Escorial. En él están enterrados los duques de Alba, la última en entrar ha sido Cayetana de Alba. Un detalle, Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, «El Magnífico«, nació en 1934, sin embargo, en su suntuoso sepulcro de Loeches, a la izquierda de Cayetana, está escrito que nació en 1937. Vanitas vanitatum.

Posiblemente, el tiempo iguale el valor de ambas construcciones así en la tierra como en el cielo.

«Pronto dirán de vosotros lo que decís ahora de nosotros: !murieron!»

 

 

La leyenda del tiempo

   Creerse inmortal y no serlo. La vanidad de perpetuarse. La necesidad  de ser recordado. El miedo a lo desconocido, ese maná del que se nutren los profetas del apocalipsis.


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

García Lorca

®Fotos de Ángel Aguado López