El vagón del metro estaba lleno de viajeros enmascarados. Un retablo ferpecto de esa diáspora de aluvión que puebla el extrarradio de las grandes ciudades. Sombras vulgarmente vestidas, obesos la mayoría, feos, tatuados, sucios, burdos, una babel ininteligible de lenguas hacía más difícil aún comprender aquella procesión de replicantes que reptaban por el submundo de la ciudad. Una mujer de rasgos andinos relataba a viva voz, los auriculares la traicionaron, las miserias de su vida conyugal: ¡Mamita mía, pos vos sabés que tenía una querida..! Aunque nadie le prestaba atención porque todos restregaban frenéticamente las pantallas de sus móviles como si, a poco, obtuvieran el premio del éxtasis orgásmico, el soma. Revolución tecnológica, se llama. Treinta años antes era costumbre leer los titulares de los diarios por encima del hombro. Incluso el propietario del periódico podría incomodarse por aquella apropiación indebida de la información escrita de su tabloide matinal. Ahora nadie lee periódicos en el metro. Ni siquiera el Marca, ni siquiera libros. Sol. Correspondencia con líneas 2 y 3. Y cercanías Renfe. El vagón tardó en desalojarse lo mismo que tardó en llenarse, segundos. Pero allí, en el último asiento apareció una mujer que leía, ajena al mundo, un libro: La Isla del Tesoro.
Los paraísos en la otra esquina buscados por proscritos desarraigados del colonialismo europeo para evadirse de sus tristes vidas. Robert Louis Stevenson y Paul Gauguin, dos almas gemelas que buscaban en las antípodas el remedio a sus males occidentales. Samoa, Tahití, Atuona… Traicionados por la tuberculosis y la sífilis. O Flora Tristán, ¿hija de Simón Bolívar?, la abuela de Gauguin, señalada por el tifus. O Herman Melville, que anduvo también por las Islas Marquesas, donde falleció Gauguin, en busca de Moby Dick. O Jacques Brell, el poeta del lamento roto, vecino de lápida del pintor, ne me quitte pas, il faut tout oublier. O Stuart Pedrell, el personaje ausente de los “Mares del Sur”, aquella novela de MVM, cuyo peregrinaje a la polinesia se agota en la periferia de una ciudad dormitorio igual a la que se dirigen los usuarios del metro. O el refugio del comisario Montalbano, de Andrea Camilleri, que vive en una isla de la que no quiere salir. Quizás como la que habita la lectora arrinconada del vagón del metro cuando busca el paraíso en las páginas de un libro de aventuras, su tesoro.
Robert L. Stevenson (1850-1894). La novela se publicó primero por entregas en la revista Young Folks en 1882. Y como volumen en 1883.
Robert L Stevenson. Su isla, su tesoro, no el único: “El doctor Jekill y mister Hide”. Esa estructura narrativa perfecta de ritmo frenético que atrapa al lector desde la primera frase con el detonante de la acción desde la primera página. Esos personajes extraordinarios, como el secundario Billy Bones que abre la novela con su misterioso proceder, el capitán tenebroso que siembra el pánico en la taberna del Almirante Benbow. O Perro Negro, o el ciego Pew, dos malditos. Y las dos capas sociales que se enfrentan en el relato desde el primer momento: los bucaneros, los malos, ¡Quince en el cofre del muerto!; Long John Silver, el mendaz pirata, acompañado de su loro, el capitán Flint: “Reales de a ocho, reales de a ocho”, que representa la doblez humana, astuto, inteligente, taimado, traidor para todos, pero que escapa al juicio, al reproche y a la condena del lector por su inteligencia, por su lucidez vital, como justificando que es necesario un poco de mal para mantener la supremacía del bien. Y enfrente la sociedad honrada, la solvencia de las instituciones, los representantes de occidente, del colonialismo británico: el squire Trelawney, el doctor Livesey, el capitán Smollett, junto con los criados que dan su vida por servir a sus señores. Y Jim Hawkins, el hechizado y ubicuo adolescente que, de golpe, descubre el frenesí de las aventuras. Y Ben Gunn, desheredado y abandonado por todos, que hoy bien podría ser el indigente sin techo que mendiga por las estaciones del metro.
Y La Hispaniola, la goleta que nos traslada a la magia: 62º17’20” de latitud N y 19º2’40” de longitud W, un punto del mar Caribe entre Haití y Venezuela. Coordenadas borradas por Jim Hawkins del mapa que el capitán bucanero del Walrus, John Flint, entregó en Savannah a Williams Bones, el 20 de julio de 1754. El lugar remoto donde habitan los sueños de la dicha.
Y habría que reflexionar sobre la dudosa legitimidad que se atribuye la buena sociedad inglesa para quedarse con el tesoro de la isla en lugar de los bucaneros. ¿A quién correspondería esa riqueza obtenida a base de sangre y muerte de terceros? Es el producto del robo y la usurpación que occidente practicó en sus colonias periféricas. O justificar la orfandad de Jim Hawkins, que se enfrenta en rebeldía a un mundo de adultos que le subestima como persona. O meditar sobre la ausencia de mujeres en la novela marinera, de las que apenas se hace mención en un mundo de hombres temerarios, carentes de vida afectiva e intercambio con el otro sexo, como el capitán Ahab, como Gulliver enfrascado en sus viajes asexuados.
Personajes, protagonistas y secundarios se afanan en un final resolutivo que satisface a cualquier lector, expectante por la intensidad del relato. Todo queda bien anclado. Los malos la palman y los buenos se salvan y se quedan con la pasta.
Villa de Vallecas. Fin de trayecto de la línea 1. La lectora se levanta de su asiento y sale del vagón. La indígena andina sigue voceando sus miserias diarias. Los viajeros retiran por un momento los ojos del móvil. Lo justo para no introducir el pie entre coche y andén. Después se escurren escaleras arriba sin perder de vista los teléfonos. Escribes o te extingues, lees o desapareces confundido en la invisibilidad de la masa, enredado en las redes sociales, en esas conversaciones de usar y tirar que pueblan la realidad cotidiana de los viajeros de un vagón de metro, ese circuito cerrado que habita la oscuridad de un túnel. El premio es el puerto imaginario, la estación donde está anclada la evasión, la ínsula recóndita poblada de fantasía y aventuras, felicidad esquiva a la que no arriba la mayoría, inalcanzable para los ciudadanos que la buscan en las pantallas telefónicas. Un trozo de papel impreso de renglones antiguos: ¡Reales de a ocho, reales de a ocho! La isla del Tesoro.
Pollux Hernúñez recoge en su traducción del original inglés la jerga portuaria que Stevenson reflejó en su obra, el vocabulario y los dichos de piratas y de la jet set tan distintos. Y magníficas las ilustraciones de José María Gallego, curtido en mil batallas borrascosas del periodismo diario desde los tiempos de la Transición. Cuidada y premiada edición la de Reino de Cordelia.
Y también destacar la edición de Vicens-Vives, muy didáctica, indicada para un público estudioso. Y gozosos los dibujos de Wal Paget, un clásico de la ilustración.
España es una inmensa tumba donde se acumulan los cadáveres de la intransigencia
El 18 de agosto de 1936 moría asesinado por las hordas franquistas Federico García Lorca, en Víznar, Granada. Aún hoy no se sabe el lugar donde están enterrados sus restos. No es el único español que permanece sepultado en alguna cuneta anónima víctima del levantamiento militar antirrepublicano.
Gabriel de Araceli
Este reportaje se escribió en el mes de agosto de 2003 tras conversar con Vitoriana, Josefa Cortázar Vinuesa y Frutos Palomo —nombres supuestos—, familiares o vecinos de las víctimas de la represión franquista que se llevó a cabo en el municipio de El Arenal, Ávila, al comienzo de la Guerra Civil. La recuperación de esta información diecinueve años después se debe a la actualidad de los hechos que se narran en él, recordados en las jornadas de “Memoria Histórica”, llevadas a cabo en ese pueblecito castellano, en julio de 2022.
El país que olvida su historia está condenado a repetirla
Tía Vitoriana tenía 12 años el 8 de octubre de 1936, fecha en la que ella asegura que fue cuando los fascistas ejecutaron a cinco vecinos de El Arenal y a dos de San Martín del Pimpollar en los alrededores del Parador Nacional de Gredos, en Navarredonda, pueblos todos de la provincia de Ávila.
A sus —nos encontramos en 2003, recuérdese— 79 años, Vitoriana —ya fallecida— aparenta una gran lucidez y tiene una memoria prodigiosa recordando todos los detalles de aquellos meses trágicos de la historia de su pueblo. No obstante, se rectifica posteriormente en la fecha: «fue antes, el 27 de septiembre, en plenas fiestas». Josefa Cortázar Vinuesa, otra testigo de aquellos terribles días dice que «fue el 23 de septiembre de 1936 cuando los ejecutaron».
A los ejecutados los recuerdan ambas con claridad: «Tío Cecilio Pulido; tío Nicasio Chinarro, el de tía Cele; tío Frutos Palomo; Mateo Cano (hijo) y al mozo de tía Basilisa, de 19 años, Andrés Sánchez. A este le mataron el último, para que viera el espectáculo. Los dos vecinos de San Martín pasaban por allí. Para su fatalidad, se toparon con la cuerda de presos cuando regresaban de la siega en la que habían empleado el verano. Los fascistas les robaron el dinero ganado y los mataron para evitar testigos».
»Durante los primeros días del alzamiento fascista —así lo cuentan los entrevistados—, aún bajo la República, se intentó que no hubiera entre los vecinos ninguna reyerta hostil ni sangrienta. Sin embargo, algunos de los jóvenes simpatizantes franquistas exacerbados por los acontecimientos y henchidos de valor, arrogantes, bajaron hasta Arenas de San Pedro, Ávila y allí asesinaron a una mujer embarazada, esposa de un militante republicano. La respuesta no se hizo esperar, desde Arenas subieron con ansias de venganza reclamando a los ejecutores del crimen bajo la amenaza inminente de quemar el pueblo por “los cuatro costados”. Fueron seis, al parecer, los entregados, rápidamente asesinados en Arenas. Y esto el desencadenante de la sangrienta represión posterior que los fascistas emprendieron con todos aquellos que simpatizaban, o se habían significado, con la causa legítima de la República.
Josefa Cortázar Vinuesa —goza de excelente salud ahora, agosto de 2022, a sus 102 años— recuerda que «tras el golpe de estado del 18 de julio, la zona de Gredos pasó a manos franquistas en poco más de un mes».
Los motivos que desencadenan la sangrienta represión sobre los vecinos leales a la República parecen hoy pueriles y difíciles de entender en tiempos de paz. Frutos Palomo uno de los ejecutados y desaparecidos, era panadero. El trueque era algo corriente en aquellos tiempos a falta de dinero con el que comerciar. «Tú me das dos sacos de harina y yo te doy tres tiras de tocino, tú me das una arroba de vino y yo te la cambio por un saco de patatas». Negocios simples y fáciles de cumplir. Pero, en tiempos revueltos, ¿qué mejor forma de saldar algunas deudas molestas que aprovechándose de la impunidad de los vencedores para liquidar al acreedor? Así piensa que sucedería con su abuelo el nieto de Frutos: «Nos consta, está escrito en antiguos documentos domésticos de contabilidad, que a mi abuelo le debían dinero o mercancías. Así que, suponemos, que esa fue la causa de su desaparición, no pensamos que tuviera enemigos en aquel momento».
A los denunciados por los fascistas los encerraron en el ayuntamiento. «Posiblemente los torturarían y vejarían». Las dos entrevistadas, testigos de los hechos, no recuerdan cómo iban vestidos los denunciados aquellos días, seguramente por los estragos de las previsibles palizas. «A los detenidos los subieron en un camión», relatan. Veneranda —ya fallecida, llegó a los 92 años—, hija de uno de los denunciados y entonces, 2003, septuagenaria, recuerda que «fue frente a la escuela». La maestra, para ahorrarles el horror a los niños los hizo salir por una ventana, pero ella se escapó y tuvo la desgracia de contemplar cómo a su padre lo encañonaba un vecino.
Josefa Cortázar Vinuesa se ofreció para llevar un refresco de yemas de huevo batidas que una vecina preparó para los denunciados, pero al final le recomendaron que no fuera para evitar que le cortasen su preciosa melena de quinceañera. El camión se dirigió lejos del pueblo para eludir testimonios, al otro lado de la sierra de Gredos, a Navarredonda, donde pernoctaron una noche. Y donde Cecilio Pulido, augurando su próximo final entregó a Vitorino, dueño de la posada su postrer legado, una gorra de visera nueva, rogándole que se la diera a un ciego cantor de coplas y romances que por allí paraba «para evitar que se pudriera porque era de calidad».
La Guardia Civil parece que tomó a los denunciados declaración, sin encontrar causa alguna que justificara su detención. Así que los devolvió a los captores sin demandarles cuál era la autoridad que ostentaban y su legitimidad para semejante actuación. Ellos decidieron ejecutarlos rápidamente, sin dejar rastros. En una pinada cerca del parador los reos cavaron su propia tumba, les infligieron aún más humillaciones y los asesinaron. Un cabrero de Navarredonda vio, oculto, los asesinatos y fue quien dejó nota, una señal grabada en un pino.
Josefa Cortázar Vinuesa era entonces una joven de 15 años —ya se ha dicho que ahora, 2022, es centenaria y goza de extraordinaria salud—, pero recuerda igual que tía Vitoriana el nombre de los verdugos: «Teófilo Fuentes (alcalde franquista en el posterior nuevo ayuntamiento); Juan Chinarro (suegro del alcalde); tío Segundo Chinarro; tío Justino Chinarro (hermano del anterior); tío Elías; el padre de Emiliano, el de la pensión». El grado de participación en los asesinatos varía según las fuentes. Algunos de los anteriormente citados fueron delatores, otros omitieron su ayuda, otros intervinieron directamente en las ejecuciones.
«A tío Cecilio lo denunciaron por envidia, era un hombre inteligente y sensible que había enseñado a varios vecinos a leer y escribir. Su delito fue que organizó una mesa de caridad durante los primeros días de la guerra para los vecinos necesitados. Era simpatizante de la UGT». Dejó viuda y dos hijos de corta edad, Veneranda y Julio. Su hija Veneranda recuerda con silencio el horror que le provocó la separación de su padre, miedo que la marcó toda su vida.
Cecilio Pulido, asesinado por los falangistas el 23 de septiembre de 1936, en los alrededores del parador de Gredos, Navarredonda, Ávila. Sus restos aún no se han recuperado.Tenía 35 años de edad.
La noticia de la ejecución la llevó al pueblo aquél ciego que conocía al tío Cecilio. Atravesó la sierra llevando la gorra visera para entregarsela a su viuda. Estaba en deuda con tío Cecilio, que le contaba historias y cantares. En el certificado de defunción que el Ayuntamiento de Navarredonda expidió consta la fecha del 19 de septiembre de 1936, firmado por el secretario, un tal señor Cándido, e indica que el fallecimiento fue por causa de guerra —algo habitual en la burocracia oficial del régimen franquista—. Decían que tía Vitoriana conocía el lugar exacto del enterramiento. Su secreto se lo llevó a la tumba.
Frutos Palomo, el nieto del ejecutado, asegura que hubo más de ochenta personas asesinadas y desaparecidas, enterradas en diferentes lugares. «En el alto de la Mesa mataron a once, en la Media Legua hay cinco, a la familia Fatigas —la de El Cachuli, un personaje del papel couché que se hizo famoso por los escándalos del ayuntamiento de Marbella al comienzo de este siglo, Gil y Gil de alcalde, donde fue concejal— la diezmaron, mataron a sus abuelos y a un tío. Sólo se sabe de una familia que pudo enterrar a sus muertos. Pero los verdugos les advirtieron: A ellos los enterráis vosotros, pero a vosotros no os queda familia para enterraros».
Ni Veneranda, ni Julio pudieron nunca saber dónde estaban los restos de su querido padre Cecilio. Fallecieron antes. Quizás la cuarta o la quinta generación puedan recuperarlos. Los restos de al menos sesenta víctimas de los crímenes franquistas del pequeño municipio abulense de El Arenal andan aún dispersos por montes, majadas, pinares, bancadas, piornos y castañares, sin tumbas, sin lápidas, sin losas, sin honra, sin memoria. No son los únicos. La piel de toro está llena de muertos anónimos abandonados por las cunetas. Tras Camboya —otros asesinos, los Jemeres Rojos— España es el segundo país del mundo con más muertos anónimos sin recuperar víctimas del terror homicida de sus salvadores, rehenes de aquel dictador bajito que murió en su cama.
España necesita una ley que integre las diversas memorias, pero solo a las víctimas de la represión franquista se les debe reparación moral y reconocimiento después de tantos años de vergonzosa marginación.
Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza
EL SILENCIO DE LOS NOMBRES
Ana Mª Pulido
En el hondo corazón de los pinares, las viñas, riscos, prados y barrancas de nuestro pueblo habitan cuerpos despedazados que un día fueron la vida en todo su esplendor. Jornaleros, segadores, labradores, albañiles, concejales, panaderos… madres bien plantadas, orgullosas de su prole y su destino, que en un instante lo perdieron todo: “Las heridas por arma de fuego” se los llevó por delante junto a una tapia de un cementerio, en una cárcel lejana o en un solitario paraje agreste rodeado de tierra descarnada. ¿Por qué fuiste tan cruel, hermosa tierra arenala? ¿Cómo permitiste que se amontonaran esas carnes tersas en tus entrañas? Eran una promesa de vida. ¡Tenían tanto camino por recorrer..!
¿Y qué sentiríais, hijos sacrificados de El Arenal, en ese último segundo, antes de que la tierra os engullera en su seno? ¿A quién se dirigiría vuestro postrer pensamiento? ¿A unos críos que quedaban huérfanos, a una esposa recién estrenada, a un novio que apenas había robado un beso, a unos padres ancianos que nunca ya se levantarían de ese mazazo? Pensaríais, quizás, en la casa que habíais levantado con tanto sacrificio, cada piedra una fatiga… Abuelo mío, ¿pensaste en tu parra bajo la que te sentabas a tomar el fresco ?, pensaste en mi padre adorado, el pequeño Julio o en mi tía Vene, y en la pobre abuela Margarita, ¿pensaste en ellos antes de que te atravesara la bala certera? Quiero compartir tu dolor de aquel instante. ¡Ay! No hay bastantes lágrimas en un océano para llorar la crueldad de la sinrazón que fue aquella guerra fratricida. Vosotros, todos, gente sencilla del pueblo del Arenal: Miguel, Juan, Vitoriano, Frutos, Antonia… ¿Qué sentiríais frente a los fusiles?, ¿terror, rabia? Acaso frío, impotencia… Pero ¿por qué? ¿Por qué esta masacre sin sentido? Si vuestras armas eran un puñado de ideales, y algunos erais apenas muchachos, jovenzuelos tan inocentes que os metisteis en la guarida del lobo por generosidad o falta de malicia. ¿Para qué toda esta sangre vertida impunemente?: SILENCIO.
El silencio de estos nombres que hoy desenterramos de la arena del olvido y veneramos, como veneramos las canas que no pudisteis peinar, las caricias que no tuvisteis de vuestras esposas, hijos o compañeros del alma. Cuántos os fuisteis sin conocer la llamada del amor primero y con el paso del tiempo la serenidad del fruto maduro. Os perdisteis el primer paso vacilante de vuestro hijo; no pudisteis contarle un cuento a vuestra nietecita hasta verla rendirse al sueño. No os emocionaron esos ojos curiosos de los niños que se comen el mundo, ni pudisteis acompañarlos a su primer día de escuela o acariciarles la frente cuando estaban enfermos; ni se os subieron al hombro o a caballito y se os privó injustamente al final del camino, de partir con dignidad rodeados por vuestros seres queridos. Os fuisteis solos o junto a otros seres igualmente aterrados, de órbitas desencajadas, sudor helado, en un lugar cualquiera, brutalmente asesinados como alimañas que no merecen vivir, arrojados a la nada como despojos. Sí, abruptamente os borraron del planeta, marcando a tres generaciones con un estigma infame. Así, vuestros nombres se convirtieron en malditos, condenados al silencio y el olvido, en muchos casos a ser pronunciados con miedo, en un susurro fugaz.
¡Abuelo, hoy quiero gritar tu nombre alto, claro y con orgullo!: ¡Cecilio! y tienes que saber que tu hijo Julio se fue de este mundo hace unos meses. En su lecho de muerte te nombró y dijo que cuánto le habría gustado conocerte un poco más y ver tu nombre en una lápida digna. Quiero que sepas que se fue lúcido y en paz, con 90 años, conservando solo imágenes dulces de ti. En el reino de la barbarie, la inocencia de sus cinco años se apiadó de él y no conservó recuerdos de aquel día terrible en que te llevaron a la sierra para no volver. Tuvo una segunda oportunidad con una nueva familia que le compensó tu pérdida. Te alegrará saber que fue una vida buena y que tu parra sigue existiendo, nos reúne cada verano y te nombramos con emoción sin haberte conocido. Porque tu breve vida de 35 años tuvo sentido y la de todos esos cuerpos que yacen repartidos por nuestro pueblo serrano, a la sazón hombres y mujeres de bien, también tuvo sentido, aunque solo sea para que sus nombres hoy, 86 años después, aparezcan como un fogonazo de justicia en la oscuridad.
Nietos de las víctimas de El Arenal asesinadas por los falangistas en septiembre de 1936, sobre la pineda donde se supone yacen sus restos. Al lado del parador de Gredos, Navarredonda, Ávila.
La muerte erró porque sembró vida. Ellos viven en nosotros y en nuestra añorada tierra arenala. Su sangre regó los campos sembrados, las eras, prados y majadas, el Majomingo, la Mesa, Zahurdillas, la Media Legua. Sus cuerpos abonaron los pinares y castañares; hicieron florecer los cerezos; alimentaron los ríos. Resuenan en el cristalino Naharro, en el charco los Nogales y Las Culebras, en el agua clara de la Cantarilla. Se convirtieron en la nieve que cubre los Galayos cada invierno y brillan en el Camino de Santiago las noches de luna nueva. Perfumaron los bancales con flores de orégano y tomillo, son la flor de manzanilla en la sierra. Sus huesos son el polvo del camino a la Retura y a la Vega. Nos hablan en el viento cálido del atardecer que arrastra las hojas de la plazoleta y sube por las laderas hasta las cumbres de Gredos. Los escuchamos en las campanas de la iglesia que tocan a duelo o que doblan alegres por una boda. Nos acunan en los cantares de las rondas que se escuchan de lejos las noches de verano. En todo lo bello de nuestro pueblo estarán por siempre. Todos somos ellos y lo serán los hijos de nuestros hijos. Podrá la muerte acabar con la materia, pero deja intactos los recuerdos y los sentimientos. Sin quererlo los reaviva y los amarra para siempre. La muerte es asoladora, se lleva mucho, pero a cambio nos deja la eternidad de la memoria. La barbarie no pudo arrastraros. Vosotros ganasteis, vuestros nombres son eternos.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:
EL HOLOCAUSTO ESPAÑOL. Debate. 2007. «La crueldad de su contenido ha hecho que fuera muy doloroso de escribir», dice Paul Preston, su autor en la primera página del libro. Una historia del terror genocida desatado en la Guerra Civil que pocos lectores podrán terminar de leer sin sentir el vómito del miedo en sus entrañas.
Y del mismo autor UN PUEBLO TRAICIONADO, Debate, 2019. Un análisis de la España desde 1874 a nuestros días. O también LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, un clásico sobre la tragedia nacional.
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, de Hugh Thomas. Otro clásico que debe leerse para diseccionar aquel tiempo terrible.
EL LABERINTO ESPAÑOL, de Gerald Brenan. Un retablo para conocer el difícil camino que ha recorrido este país desde los tiempos de la Restauración, escrito por uno de los grandes intérpretes de la sinfonía hispana. Inglés de nacimiento, malagueño de adopción: don Gerardo.
LA REPÚBLICA EN GUERRA. Crítica, 2012. Ángel Viñas. El gran historiador desmenuza las terribles vicisitudes, presiones, privaciones y hostilidades que sufrió la República para enfrentarse al monstruo hostil del Comité de No Intervención y al repudio de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que apoyaban con su abstención, sin embargo, al fascismo contra la democracia. Sazonado, además, con el lenguaje puntilloso de Viñas, un navajero —su familia regenta una cuchillería en el castizo Pasaje Doré, esquina Atocha, Madrid— sin filo incapaz de pinchar más que con las verdades de los testimonios históricos, los más sangrientos. Fascinante su lectura.
HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, del general Vicente Rojo. Protagonista directo de la tragedia, el último romántico de aquel tiempo convulso, el general estratega de la contienda, y, no obstante, perdedor. El otro, el caudillo, nunca le perdonó su humanidad. Le pudo el amor a su mujer, Teresa Fernández, y regresó a su casa de Ríos Rosas, 48, en Madrid, donde la hidra de siete cabezas lo engulló con veneno de ostracismo y silencio. El paso del tiempo le ha devuelto su protagonismo.
VIDA PASIÓN Y MUERTE DE FEDERICO GARCÍA LORCA. De Ian Gibson, el madrileño de Lavapiés nacido en Dublin. Obra capital, extensa, intensa, barroca, toda una vida te estaría leyendo, sobre la vida del poeta asesinado cuyos restos —pavor produce recordar quién fue su delator: Ramón Ruiz Alonso— nunca se encontraron. Uno de tantos miles de cadáveres anónimos de españoles asesinados y olvidados bajo las cunetas.
LA POLÍTICA EXTERIOR DEL FRANQUISMO, de Julio Gil Pecharromán, historiador y profesor en la Universidad Complutense. Un detallado estudio de las relaciones exteriores que el franquismo desarrolló para sobrevivir, cuyo colofón fue la visita, apenas veinticuatro horas, que Eisenhower realizó a Madrid el 21 de diciembre de 1959. Y de notario quedó la foto del ministro Castiella y el general Vernon Walters —jefe de la CIA—, testificando cómo Franquito secretaba adrenalina en el deseado beso, sin morros, que Ike le negó.
El cuerpo penetrado por el Universo TALLER DE DANZA BUTOH con MARIANELA LEÓN
En los últimos años han surgido por todo el territorio numerosos espacios dedicados a llevar las manifestaciones artísticas a las zonas rurales. En algunos casos son de iniciativa pública, en otros son proyectos surgidos al amparo de los programas de desarrollo rural financiados por la UE. En otros casos nacen por iniciativa de artistas que se han establecido en los pueblos donde encuentran espacios de trabajo luminosos y un mayor contacto con la naturaleza.
Uno de estos espacios es el que ha nacido en Jaramillo Quemado, en la vertiente sur de la sierra de la Demanda burgalesa. Esta localidad, de 9 habitantes censados, ha cobrado notoriedad en los medios de comunicación por ser el pueblo más pequeño de Castilla-León con alcaldía propia. La promotora de este espacio es una madrileña que aterrizó en Jaramillo hace 22 años. En este tiempo ha ido cociendo a fuego lento un proceso de integración en el pueblo y de contacto profundo con su paisaje. Desde el confinamiento reside allí permanentemente. Para desarrollar su vocación artística ha edificado una amplia escena pensada como estudio donde reunirse con amigos para interpretar música, talleres de danza, performances, exposiciones… Lo llamó Espacio Escaramujo, como el hermoso color que tienen estos frutos en otoño. Ahora, el proyecto ha echado a andar, una tarea difícil en una zona privilegiada donde se funde la historia, el arte, la luz y el paisaje. Y ha organizado un taller de Danza Butoh, abierto a todos los amantes de la expresión del movimiento corporal que se desarrollará en la última semana de agosto.
Marianela León se formó con maestros japoneses. Ha impartido cursos en varios países donde ha recibido el reconocimiento a su maestría. Viene de Suiza, donde reside. Será ella quien imparta el taller.
¡Una delicatesen!
Manuela Souto
Utilizaremos el método Feldenkrais para abrir la percepción de nuestros patrones de movimiento, además de diversos ejercicios de desplazamiento y conciencia espacial para, una vez reunido el centro, conectarnos con el espacio…
Y desde la escucha de los ritmos y las velocidades orgánicas, encontrar el germen de la danza propia, que no es simplemente movimiento, sino que surge de una nueva corporalidad.
Habrá propuestas al aire libre, donde la danza se gesta de una manera mucho más amplia que en el estudio.
Dirigido a cualquier persona interesada en explorar el cuerpo sensitivo. En Jaramillo Quemado, Centro de Arte Escaramujo, 22-28 de agosto 2022 butohmadrid@gmail.com 617143218 (solo whatsapp) 689932576
Volver a enamorarse de Constance Bonacieux y recuperar los herretes de la reina Ana, navegar con Huckleberry Finn y Tom Sawyer por el Mississippi, observar escondido entre los juncos a Robinson y Viernes, buscar con Jim Hawkins y el largo John Silver el tesoro, compadecerse del capitán Ahab, prisionero de sus fantasmas, ser cómplice de Guillermo Brown y los proscritos, escuchar las conversaciones de Alonso Quijano y Sancho, atravesar durante cinco semanas el África subsahariana en globo con el doctor Fergunsson, Kennedy y Joe, cruzar al otro lado del espejo con Alicia. Y despertar con Gulliver en Liliput. Volver a la felicidad de las lecturas de la infancia.
La frontera entre la infancia y la edad adulta. ¿Existe? Aseguran los psicólogos que perdemos con la edad la inocencia y aquellas fantasías que nos recreaban de niños se pierden con el tráfago que requiere la existencia. Que caemos en las tinieblas de la supervivencia y deambulamos en el pelotón de los forzados buscando una meta. La infancia es el paraíso del hombre. ¿Volveremos a él?
«Los Viajes de Gulliver” han sido considerados literatura menor, infantil. Quizás, desgraciadamente, porque las traducciones que de ella se hicieron nunca fueron buenas y partían de otras lenguas, que no del inglés original con que la escribiera Jonathan Switf. Publicada en Londres en 1726, en España sufrió el desencuentro secular de traductores y editores, que por las amputaciones sufridas, por las omisiones desacertadas de capítulos, o por traducciones espurias y parciales fue considerada, torpemente, como una literatura menor, o infantil, sin que trascendiera su significado crítico y profundamente fiscalizador de la pacata, promiscua y colonialista sociedad inglesa, y europea, con que su autor impregna la novela a lo largo de todas las páginas del libro. Hubo que esperar hasta 1982, se cumplen ahora cuarenta años, para que se ofreciera al público español una versión fiel al original y se esclareciera una obra que desarrolla una denuncia contumaz de una sociedad flotante, de sus hábitos, de sus vicios, de su filosofía, de la religión anglicana, del sistema político —la monarquía—, y de una nación que, por aquella época, era la primera potencia y estaba a la cabeza del orden mundial en el siglo que fue el paradigma de la evolución de la ciencia, de la filosofía, del saber, del pensamiento, del derecho social, de la técnica y del progreso y de la revolución contra el viejo orden: el siglo XVIII, el Siglo de las Luces.
Una mosca cojonera fue, en efecto, Jonathan Switf, hijo póstumo llegado a una familia con pocos medios económicos, irlandés de Dublin en un momento en que Irlanda era una colonia de Inglaterra, pastor anglicano por necesidad, amante y esposo de dos mujeres a la vez, Estela y Vanessa —las perturbaciones que en el inconsciente erótico, en la psique masculina puede sembrar ese amor loco son imprevisibles—. Y trasluce su misoginia en algunos juicios que ahora consideraríamos como inapropiados, pero fiel reflejo de aquella época: “…los caprichos de la mujer no se circunscriben a ningún clima o nación y son mucho más universales que lo que puede fácilmente imaginarse”. Fue a veces tory, a veces whigs según conviniera y denunciante a lo largo de sus viajes, de los de Gulliver, de un sistema social y de un comportamiento humano tan denigrante como actual. Como si esas conductas que expone Swift hace trescientos años estuvieran de actualidad ahora. Lo están, las guerras. Como si las pasiones, motivaciones y comportamientos humanos hubieran trascendido al paso de tres siglos, porque la conducta humana se mueve por intereses y necesidades básicas: el dinero, el honor, la gloria, el poder, el placer sexual, etc., que se perpetúan y sobrepasan épocas o sociedades y marcan el devenir del hombre en su corta vida.
Todo es relativo, nada es verdad ni mentira. Los enanos de Liliput, los gigantes de Brobdingnag, Gulliver gigante o enano (“El increíble hombre menguante”, cine, serie B, 1957), los locos científicos de la isla voladora de Laputa: “No hay nada tan disparatado e irracional que algunos filósofos no lo hayan sostenido como verdad”; las conversaciones con Homero, con Aristóteles y Descartes en las apariciones de los espíritus, esa cueva de Montesinos atiborrada de monstruos de la sinrazón de la ciencia. Y se descuelga en argumentos sabrosos sobre el cinismo, hipocresía y mentira de políticos, dirigentes, soberanos, ministros, escritores, jueces, etc. Hace un análisis certero y extenso de lo que constituye la identidad humana: corrupción, falsedad, mentira, avaricia, engaño, todos los vicios están reflejados en sus “Viajes”. O la inmortalidad de los Struldbruggos, esos seres que prolongan su existencia infinitamente como penitencia por vivir (¿se inspiraría Borges en este relato para su célebre cuento?). O el mundo racional de los hoyhnhnms, los cuadrúpedos, contrapuesto a la irracionalidad primitiva de los yahoos, ese intercambio de papeles entre bestias y humanos. ¿Quién es el semoviente, quién, el de dos o el de cuatro patas?
Sátira y querella. No pone freno Swift en su denuncia de la corrupción de jueces y políticos. «Has demostrado claramente que la ignorancia, la holgazanería y el vicio son los ingredientes necesarios para poder ser legislador; que las leyes las explican, interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y aptitudes radican en tergiversarlas, embarullarlas y eludirlas».
O en criticar la perversión, pereza y torpeza del ser humano: «¡Qué animal tan diminuto, despreciable y desvalido es el hombre en su naturaleza! La nobleza… por el poder; el pueblo por la libertad; y el rey por el dominio absoluto».
O en resaltar la infinita estupidez humana reflejada en los párrafos sobre cómo comer un huevo duro, si por la parte ancha o por la estrecha. “Que todos los fieles rompan los huevos por el extremo conveniente”.
Aún queda por resolverse el enigma del descubrimiento de los satélites de Marte, Phobos y Demos, que Switf describe 151 años antes que los descubriera el astrónomo americano Asaph Hall, en 1877. ¿Cómo lo hiciste, Jonathan? Y se mantiene en toda la novela ese afán aventurero, los grandes viajes transoceánicos, los descubrimientos de lo desconocido en busca de nuevas rutas, los datos de navegación geográficos sobre la ubicación del barco y la inexactitud de las cartas marinas, llenas de errores que permitían augurar nuevos mundos, nuevos países, nuevas razas, la aventura del saber.
Fue Pollux Hernúñez el traductor directamente del inglés, editado por Anaya en 1982, en la colección Tus Libros. Se hicieron al menos dieciseis ediciones. Dichosos los poseedores de algún ejemplar, de este cofre de monedas de oro encontrado en la isla de los sueños. Refugiarse en «Los Viajes de Gulliver” —Lemuel Gulliver, primer oficial médico y luego capitán de varios barcos, el Antílope, el Aventura, el Bienespera, el Amboyna, duran 16 años y 7 meses corridos— devolverá al desocupado lector a la aventura de los Mares del Sur, al descubrimiento de los tesoros escondidos entre los renglones, a la complicidad de la farsa de un teatro lleno de humanidades torcidas. El curioso ojeador de páginas viajeras regresará al paraíso del hombre, a la infancia.
Sostiene Pereira que una novela es buena si es capaz de atrapar al lector por los huevos desde la primera palabra y ya no lo suelta hasta el punto final. Bueno, eso así pronunciado nunca lo sostendría Pereira, que es un señor muy educado, serio, amigo de las formas, de las buenas palabras y maneras, tanto que usa corbata negra. Pereira fue reportero de “Sucesos” en un periódico lisboeta importante. Un oficio que requiere mucho estómago y compostura porque a diario el informador se enfrenta con la crueldad de la vida y las barbaridades sorprendentes que el ser humano es capaz de cometer contra todos sus semejantes. Pero ahora Pereira trabaja en un pequeño periódico, el Lisboa, como redactor jefe de “Cultura” y todas las semanas traduce algún cuentecito de algún escritor francés para llenar el suplemento cultural. Hace unos años perdió a su mujer, ¡la maldita enfermedad pulmonar!, pero tiene su retrato en la entrada de su casita y todos los días habla con ella y le cuenta su visión de un mundo cambiante que no es el suyo. El fascismo recorre Europa y en la vecina España se está librando una guerra civil desde hace dos años a la que se han apuntado muchos voluntarios fascistas portugueses, los Viriatos, seguidores de la dictadura de Salazar. Pereira no entiende muy bien por qué los republicanos portugueses luchan contra otra república y defienden la causa de una monarquía, cuando fue en 1910 que se derribó al rey portugués. La redacción de su periodicucho es un cuartito estrecho en el que apenas cabe un ventilador ni entra el aire. El calor es asfixiante el 25 de julio de 1938 en Lisboa. Para colmo, se siente vigilado por la portera, que sin duda es una confidente de la policía política y persigue sus pasos. Se ha buscado un joven ayudante, un filólogo, para que le escriba necrológicas con antelación, o sea, antes de que se mueran los homenajeados. Monteiro Rossi, su atolondrado colaborador, no sabe escribir obituarios y está cegado por el amor de una chica revolucionaria, Marta, que le vuelve loco con la libertad y la lucha por los derechos de las personas y los trabajadores y el apoyo a la república española.
Sostiene Pereira que la literatura francesa es lo mejor que puede ofrecerse a los lectores de periódicos y ha traducido cuentos de Alphonse Daudet y Balzac, sus favoritos. Cuando publicó el cuentecito “Honorine”, que acaba con un: Vive la Françe!, recibió la reprimenda de su director, un burgués, por entregarse a la causa de la libertad en lugar de a la causa de Portugal. Así que pasa las tardes en el Café Orquídea charlando con Manuel, el camarero, merendando omelettes a las finas hierbas y bebiendo limonadas azucaradas. Su salud se resiente y tiene que reposarse en balnearios donde conoce al doctor Cardoso, un positivista afrancesado, que defiende las ideas libertarias de la Republique y sueña con irse a Francia.
El tranvía de Alfama que Pereira toma a diario para ir a su trabajo.
Sostiene Pereira que la defensa del derecho a la información debe guiar el oficio del periodista. Y que el compromiso con la verdad y la libertad de expresión deben ser los bastones donde se apoye su trabajo. Todo eso que antes jamás había pensado lo va madurando gracias a las conversaciones erráticas que mantiene con sus huidizos ayudantes. Esos jóvenes idealistas que se enfrentan clandestinamente al totalitarismo de la dictadura de Salazar y al que corre por Europa anunciando la confrontación mundial. Así que, Pereira, que nunca antes se había interesado por los derechos civiles, sostiene, y siempre ha sido un señor muy cauto y pacífico se convierte en un activista pro-libertad y publica en su periódico un manifiesto denunciando la falsedad del régimen portugués y se hace un luchador antifascista oponiéndose a todo aquello que coarte la libertad del individuo. Eso le costará muy caro, pero mejor revelarse contra la brutalidad del salazarismo y denunciar sus abusos a la opinión pública, para que el ciudadano lo sepa, aunque tenga que huir sólo acompañado del retrato de su mujer a la que tanto quería, sostiene Pereira.
Visiten las bibliotecas públicas, en ellas encontrarán grandes novelas y ensayos para pasar el verano. Y son gratuitas y atendidas por especialistas que les recomendarán lo mejor para recrearse con el placer de la lectura.
Novela y Cine
“Soldados de Salamina” se publicó en 2001. Se ha convertido en un clásico que ha superado el paso del tiempo y en una referencia de la novela española actual. Encumbró a su autor, Javier Cercas, al parnaso de los novelistas españoles. El fusilamiento fallido de su personaje Sánchez Mazas, la búsqueda de la verdad que emprende su protagonista, un periodista, la búsqueda del héroe miliciano que decidió no disparar, Miralles, y la presentación de otro novelista marcado por la tragedia de su mala salud, Roberto Bolaños, hicieron de ella un éxito de ventas y de crítica. Cercas consiguió mantenerse ajeno a las presiones del éxito y repetir triunfo con otros dos grandes títulos: “Anatomía de un instante” y “El impostor”.
Funicular de Lisboa
De la novela se hizo una película dirigida por David Trueba en 2003 y protagonizada por su musa de entonces, Ariadna Gil. Una adaptación digna de estudio porque los protagonistas del relato cinematográfico cambian respecto al relato novelístico, de hombre a mujer, sin que por eso se pierda el espíritu aventurero que sigue fiel a las tramas narrativas del texto.
“Sostiene Pereira” tampoco es una novela reciente. Se publicó por primera vez en 1995 y de ella se han hecho infinidad de ediciones. Antonio Tabucci (Pisa,1943-Lisboa, 2012), su autor, era en esa fecha un reputado novelista, pero su obra no había trascendido las fronteras de Italia. La película, interpretada por el gran Marcello Mastroianni, se rodó en 1996, dirigida por Roberto Faenza. Fue un éxito similar al de la novela. Tal es así que la imagen de Pereira va asociada a la imagen de Mastroianni. Quizás porque ambos sufrían en su rostro la infelicidad de la desdicha del amor roto. Pereira, ausente su mujer enfermiza. Mastroianni, tantas mujeres y todas efímeras.
«El hombre que mató a Liberty Valance» la rodó John Ford en 1962. Cuenta la historia de un abogado, Ransom Stoddard (interpretado por James Stewart), que obligado por las circunstancia se convierte en valedor del pueblo frente a la tiranía de los pistoleros que quieren imponer la ley del revólver y la violencia. Una metáfora de la maldad del fascismo o de la brutalidad de los tiranos a los que se enfrenta un solo hombre. Stoddard es como Pereira, o como Miralles el miliciano. El destino los convierte en héroes de su pueblo que guían los destinos de sus conciudadanos.
Nada mejor que adentrarse de nuevo en las lecturas de las novelas o en el visionado de cine clásico para disfrutar de un buen relato, de esos que te agarran por los huevos en estos calores del verano, sostiene Pereira.
Palabras claves para comprender los cuatro relatos: periodismo, derecho a la información, libertad de expresión, denuncia de las dictaduras fascistas, héroes anónimos olvidados de la Resistance.
—El mundo está peor, Carmelita. La pandemia, el asesino ese de Putin matando niños en Ucrania. Las petroleras haciendo su negocio. Las eléctricas forrándose. El ciudadano esclavo de los políticos imbéciles. Ahí tienes, ese premier que dimite, pero no se va. Y esa exsecretaria general que lo quería todo para sí con tal de joder al coleta. ¡Tan lista ella y la pillaron en directo! El viejo truco de la casete. En diferido, claro, sale ahora. ¡Una enterada!
—Podría ser peor. Otro Trump. Una guerra atómica.
—Todo llegará. Sí, la imbecilidad del ser humano es infinita, aunque están muy por encima los políticos. Siempre van un paso por delante. Son la mediocridad en poltrona.
—Sí, en dos años todo ha cambiado. Los mediocres rigen el mundo.
—Mucho público en la calle. La gente tiene ganas de divertirse, de quitarse las máscaras, de rozarse, de respirar el aroma de los cuerpos. Ese olor a sobaco y entrepierna. No cabe nadie más en una calle tan pequeña. ¿Diez mil, quince mil personas?
—En el desgaste del cuerpo está la superación del espíritu. Comprobar la mediocridad de nuestros semejantes nos mejora la autoestima. Tenemos que desnudarnos por fuera para vestirnos por dentro. La masa nos confunde, nos equipara, todos somos iguales en pelota. Vestidos nos ocultamos. Los tacones, desde esa plataforma es más fácil caer, pero hay que subirse si quieres ser el protagonista por un instante. La gloria de correr en una calle de barrio donde nadie te conoce. Muchos se esconden aquí de lo que les recriminan en su casa. Libertad, aquí somos libres.
—Chumina está más grande, ¿no?
—Sí, con más kilos, quieres decir. Dos años no pasan en balde.
—Sí. Hemos envejecido todos. A mí me hacen rozaduras los tacones, serán los juanetes,
—Siempre nos quedará el orgullo. Unas gotas de libertad en este mundo absurdo.
—Sí, es nuestro turno. Aunque lleguemos últimos.
—Sí, corramos antes de que Putin nos declare la guerra o los políticos municipales nos metan en el gulag de la intolerancia. Siempre nos quedará la calle Pelayo.
—Marica el último.
—Con gusto.
(Letras de Carmelita Flórez. Fotos de Terry Mangino tomadas el 7 de julio de 2022)
SOSTIENE DON MARIO el papel intervencionista, la corrupción y el engaño de la burguesía y sus exorbitantes ganancias ilegales con el argumento de que: «gracias al odiado comercio progresó Europa y surgieron las industrias, que trajeron el verdadero progreso social. Si no hubiera sido por el comercio y la industria, España estaría todavía en las cavernas» (“La mirada quieta—de Pérez Galdós”—. Página 55). Una idea neoliberal para comenzar el análisis que de la extensa obra de Galdós ha llevado a cabo Vargas Llosa durante los dos años de pandemia. E incide nuevamente en esa justificación del «capitalismo proveniente de la Revolución Industrial por los derechos sociales y salarios que obtendrá el trabajador». (Página 94).
No sorprenden esas doctrinas que el ínclito nobel gusta expresar con tanta frecuencia en sus artículos de opinión publicados en la prensa diaria. Y que el lector advertido obvia cuando lee sus novelas si no quiere evitarle como autor y retirarle su preferencia. Para la crítica de la enorme creación literaria de Galdós, Llosa recurre a describir el argumento de una obra. A continuación, realiza un breve análisis estructural de lo contado en la que se extiende en las circunstancias socio-políticas e históricas del momento concreto, junto a consideraciones propias de un docente que impartiera un taller de escritura. Empieza el libro citando su admiración por Javier Cercas y casi su apoyo incondicional en el debate, civilizado, que este mantuvo a principios de 2020 con Antonio Muñoz Molina en su ataque contra la obra y figura de Pérez Galdós. Lo que predispone a saber con antelación cuál va a ser el guion a seguir en el análisis del texto.
Quizás sea ese atracón febril de lecturas de Galdós en tan breve espacio de tiempo lo que lleva a Vargas Llosa a escurrirse con ligeras imprecisiones. Como cuando en la crítica de la gran novela galdosiana, “Fortunata y Jacinta”, confunde la Cava Baja con la Cava de San Miguel, donde Fortunata habita un cuartucho miserable y conoce a Juanito Santa Cruz. O a afirmar que Maximiliano Rubín es un inculto. Falso, era un bobo infeliz, un varón incapaz, una persona insignificante, un hombre débil y enclenque aturdido por la belleza repentina de una mujer. O a ignorar la presencia de personajes como Evaristo Feijoo, o Manuel Moreno Isla, o Guillermina, la santa, o Plácido Estupiñá, ese retablo de secundarios que pueblan de vida las novelas galdosianas.
O el silencio que hace sobre la mamá doña Dolores en la crítica de “Doña Perfecta”. Un personaje basado en esa madre autoritaria que lo envía a Madrid con diecinueve años, no veinte, para que se olvide de la pequeña Sisita, su prima hermana, aquella locura juvenil de don Benito. O el olvido de su último querer, Teodosia Gandarias, fallecida cuatro días antes (31 de diciembre de 1919) que Galdós (4 de enero de 1920), su gran amor durante los quince años finales de su vida. A doña Emilia Pardo Bazán: «mujer ardiente salvo cuando escribía novelas», sin embargo, le otorga como único mérito el de “diablillo lujurioso”, epíteto que bien podría descargar las iras del feminismo.
O también olvida que “Miau” es una denuncia explícita de la burocracia y de la legión de vagos con enchufe que nutre la administración pública. “Miau”, novela menor para Llosa, no le gusta. De ella hace un análisis condenatorio de su estructura narrativa a la que tacha de «frases excesivas, de “grandes palabras”, de un discurso gratuito y desproporcionada entre lo narrado y la realidad objetiva. Llena de escenas prolongadas, excesos retóricos y paralizantes en que a veces sucumbía Galdós».
O en la confusión que produce su afán didáctico por enseñar la estructura narrativa de Tristana. Novela que representa «los postulados naturalistas de Émile Zola. El narrador se identifica totalmente con aquello que va contando, sin tomar distancia alguna con las ideas que sus protagonistas delatan… como quería Flaubert». Para continuar con que en “La desheredada”, «Galdós no distingue al narrador personaje y al narrador omnisciente y sume al lector en la duda». Para decir lo contrario en “Nazarín”: «el narrador-personaje pasa a convertirse en autor omnisciente».
Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, octubre de 2012.
O de tildar a “Misericordia” de: «lenguaje figurado poco literario y algo impertinente, superioridad del narrador sobre el personaje que no tiene justificación alguna».
O refiriéndose a su teatro, a “Electra”: Galdós no era «hombre de ideas sino de ficciones, y a la de pensar prefería la de inventar y contar historias. Su teatro no adolece de las “grandes palabras”, esos arrebatos líricos que debilitan el desarrollo de la historia». Para contradecirse en su análisis sobre “La familia de León Roch”: «Muchas novelas y episodios de Galdós no parecen propiamente novelas, sino ensayos disimulados, por los análisis políticos o sociales a los que se entrega el autor como parte de la narración».
Crítica irregular y ambigua de los “Episodios Nacionales”, lo malo y lo sublime, un halago y una reprimenda a la vez, la excelencia y el decaimiento del lenguaje, que Llosa achaca al «avance de la ceguera que atormentó a Galdós en los últimos años de su vida». Un recorrido sobre las 46 novelas de Galdós escrito en apenas 41 páginas que le sirven, tanto para disertar sobre las funciones teatrales y narrativas de la novela, como para reseñar las audacias formales del “Ulises” de Joyce, publicado dos años después de la muerte de Galdós. Una explicación difícil de encajar dentro del comentario textual de los Episodios.
De “La de Bringas” Vargas Llosa se limita a contar su argumento como el que contara un folletín, sin realizar ninguna observación atractiva que indujera o no a su lectura. Afortunadamente, Vargas Llosa da la venia al lector para que lea “Tormento”, novela previa a la anterior: «está muy bien escrita; aquí la mirada quieta funciona a la perfección. Lástima nomás que, en el capítulo final de la novela, Galdós se valga de los diálogos teatrales que desmerecen y aquietan la narración en vez de darle relieve».
Germán Gullón (edición y notas a una gran parte de la obra galdosiana), Francisco Caudet (edición y notas de Fortunata y Jacinta), Pedro Ortiz Armengol (Vida de Galdós) o Pascual Izquierdo (edición y notas de Trafalgar, Marianela o Misericordia) entre otros estudiosos, han sometido durante décadas a severos análisis la obra de Galdós. Y también desvelado su biografía con estudios extensos y profundos argumentos aprovechados por generaciones de especialistas o simples lectores. Frivolidad y audacia parece lo acometido por Vargas Llosa para juzgar en un solo libro, escrito precipitadamente, la creación del gran novelista español del siglo XIX. “Para gustos y colores nacieron los autores”. Esa es la máxima que parece pregonar el ensayo que sostiene don Mario. Y para ese resultado no parece merito suficiente su afán de recluirse durante dos años leyendo al novelista canario. Por encima del análisis literario se asoma el pretendido éxito de ventas que pueda suscitar un libro lanzado por un personaje protagonista de la prensa rosada y orquestado bajo una gran campaña publicitaria como si de un acontecimiento se tratara. Empeño temerario el suyo de convertirse en ensayista literario. Cien años después del fallecimiento de Galdós, de que sufriera críticas acerbas, envidias, repudios, rechazos y condenas sinfín de enemigos de la profesión, ideológicos, clericales y políticos su obra está asentada en la cumbre de las letras españolas y no parece que las volubles razones de Llosa puedan aportar nada nuevo al sólido universo de un escribidor universal como don Benito.
Don Benito siempre tuvo las mujeres a sus pies. Como don Ramón María.
«Del pecado de menospreciar a Galdós nos arrepentimos la mayoría tan pronto como lo leímos con algún detenimiento». (Josefina Carabias. Azaña. Los que le llamábamos don Manuel)
Dionisio Ridruejo(Burgo de Osma, Soria), el rebelde enamorado y adolescente encendido que cayó rendido a los pies de su primer amor, Áurea, a la que conoció en la primavera de 1935. 23 años tenía el muchachito, cinco más ella (y tres hijas ya). Un encuentro en la casa del pintor Maurice Fromkes, en Madrid, en la calle Espalter, despertó en él un fuego vivísimo que apagaba con sonetos y poemas. Su incendió duró siempre, propagado en llamas como abeja de flor en flor.
Primer libro de amor 1935-1939
(De Al advenimiento de un nuevo amor)
Nace tu voz y se abren tus oídos,
las palabras se alumbran de repente;
ya son verdad las que tan tristemente
abandonaban todos mis sentidos.
Crean en nuestros labios. Los vagidos
del ayer son ya nombres del presente.
Las cosas y los seres, dócilmente,
van brotando al amor recién nacidos.
Árbol, hoguera, arroyo, césped ave:
son mundos que te doy y que me entregas
y puentes que en el alma nos tendemos.
Estoy en ti como un respiro suave.
Estas en mí como te nombre, en alas.
Ya somos y es verdad y lo sabemos.
Loca y grave, con voz de primavera
la palabra en tus labios extrañada
citó al amor para su sed primera.
Y brotaste de ti como una espada
desnuda, repentina, verdadera
como yo te vivía y te pensaba.
Ezequías Blanco(Paladinos del Valle, Zamora) es muy bienhablado porque fue catedrático de Lengua y Literatura en el cinturón rojo madrileño. Es también un cuentista redomado, abuelo de punkys, editor de cuadernos matemáticos y tiene amistades con monos que estornudan mientras apunta con su cabeza a las pistolas. Escribe poemas en las penumbras de los cines porque el cine, como sus versos, están llenos de amor. Algo tendrá que ver el cine.
LA SONRISA DE MI MADRE
Yo doy fe de que tiene el infinito
silencio de Dios y al mirar
una foto de un viejo
Ha exclamado: ¡pero qué niño
más guapo!¡Qué guapo es este niño!
Su mente es una grieta
donde no existen los dones
sólo la certidumbre del destino.
Donde no hay más presencia
que la ausencia
de los senderos hacia el cielo.
Y su sonrisa vive en la posibilidad
del error de quien mira al horizonte
con la orfandad perdido.
No hay nada suficiente que los rayos
no iluminen. Uno es lo que ama
y lo que será capaz de amar:
una celebración de ruiseñores
nostalgia de lugares sin dolor
que no ha visto en la vida
confundidos con un desbordamiento
de sueños y una riada
Pascual Izquierdo (Sotillo de la Ribera, Burgos) tiene el temple de un retablo barroco lleno de angelotes desvergonzados que se rieran de esas muchachas en flor que suspiran arreboladas al descubrir el amor primero. Lleva su tierra en lo más hondo de sus letras, es como un gran reserva que ha absorbido las esencias del roble, del suspiro, del abrazo, del beso, de la lágrima, de la caricia, del océano de trigos de su ancha Castilla.
MORTAL
Acaricias la espiga
y queda tu piel repleta de cosechas.
Te posas en la tarde
y tiembla de pronto la piedra adormecida.
Te orientas hacia el viento
y navega tu cuerpo como un bajel de brisas.
Mas, ¡cómo te hieren las aristas!
¡Cómo te ciega
la plenitud del equinoccio!
¡Cómo ataca el óxido de otoño
tus hojas amarillas!
Del libro ALBA Y OCASO DE LA LUZ Y LOS PÉTALOS. Premio «Flor de la Jara» de Poesía 2013.
Alfredo Alameda (Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací) es mitad Hemingway y mitad Antonio López. Encuentra historias antiguas al alba por los collados y las pinta con su prosa libre de edulcorantes y cargada de emoción, de vida. Acaba de publicar “La Memoria de los Libros”, una historia de inocentes perseguidos por la maldad de un tirano que recuperan la voz para contar la verdad perdida, la única verdad que hay entre un hombre y una mujer.
El maquillaje oscuro de los párpados resaltaba la claridad azul de los ojos de la mujer, fijos en los del hombre.
—En realidad lo que quise decir al verte tan bonita —dijo Arcadio, manteniendo la incitante mirada de Alicia— fue: «prometedora», pero se ve que en el último momento un destello de prudencia sustituyó el adjetivo por el de «grata».
Alicia rio tan espontáneamente que a punto estuvo de derramar el vino de la copa que se llevaba a la boca.
—¡Vaya! —dijo—. Pues me alegro de que hayas prescindido de tanta prudencia.
—Debe ser el saxo de Iturralde y este verdejo canalla.
—Así que prometedora, ¿eh? —se arrimó a Arcadio sin levantarse, arrastrando el culo por la polipiel del sofá— ¿Sabes que podría considerarse como un acoso?
Depositó la copa, que aún sostenía en la mano, junto a la de Arcadio, y acercó sus labios a los de él. Solo un roce, solo un instante. Luego dijo:
—Enciende la pipa; me encanta el olor del Clan.