Viaje por el Canal de Castilla

Agustina de Champourcin

Las esclusas del Canal de Castilla a su paso por Frómista, Palencia.

El material con el que están forjados los sueños. Así se construyó el Canal de Castilla, con la pretensión de crear una vía navegable por la que fluyera la riqueza exportadora de merinas y viñedos por el interior granítico de la que fue la región vertebradora de un reino invertebrado y potencia mundial en los siglos precedentes, Castilla, esplendor agónico de retablos de pan de oro y clerecía rancia de clausuras despobladas. Comienzan las obras el 16 de julio de 1753, el siglo de las luces, la Ilustración, todo para el pueblo, pero sin el pueblo, reinado de Fernando VI. Pronto se verá que el Estado es insolvente para financiar tan singular proyecto y se acudirá a la banca privada para que acometa, para que se lucre, mucho, con tan singular iniciativa. Y durante dos siglos, por los más de doscientos kilómetros de su trazado en y griega, navegaran barcazas y mercancías por un mar interior de apenas dos metros de profundidad y cinco de ancho, hasta que el ferrocarril y el desarrollo de las comunicaciones plegaron al Canal al baúl de los proyectos fallidos y a los viajes turísticos.

Pascual Izquierdo, autor de Viaje por el Canal de Castilla.

Pascual Izquierdo, timonel de candeales y de olivas, jinete sobre caballo de acero, poeta, forjador de sueños, cronista galdosiano y notario del paisaje castellano ha recorrido el Canal infinidad de ocasiones buscando tal vez el aleteo de una golondrina en el zaguán soleado de una plaza mayor. Geometría. O el norte del nido que una cigüeña elevara sobre la torre de una iglesia. Y ha plasmado el sollozo del aire entre los chopos, el zureo de las palomas y el recuerdo de las bocas femeninas, lascivas, húmedas, inquietantes entre los bordes ovalados de alguna esclusa en su lírica endecasílaba de este espejo humano lleno de puentes, dársenas y acueductos del Canal castellano. Porque hubo 365 embarcaciones que navegaron un tiempo entre sus 150 metros de desnivel de esa arteria líquida y pleamar de las espigas, trashumancias, palomares, torres harineras. Parece que en sus palabras también restallan las trallas con las que los patrones de agua dulce arreaban a las mulas para remolcar, veloces, las barcazas. ¡Arre muuula! Viejas caballerías conocedoras del álgebra metafísica del canal, de los vectores e hipotenusas de los caminos de sirga. Y hay también una denuncia del abandono que por parte de las autoridades que sufre el Canal. Y en el retablo de personajes que pueblan sus páginas resuenan los latidos de la vida, un viaje interior por el corazón de sus moradores, héroes silenciosos, pobladores anónimos, seres virtuosos ceñidos con la disciplina de la austeridad del paisaje infinito que recogen el testamento de un tiempo glorioso, de esplendor de arquitecturas portentosas y escaseces seculares. El mayor patrimonio del Canal, la mayor riqueza, la razón de su ser, el pueblo, tan llano como Castilla.

Viaje por el Canal de Castilla, libro de espumas de agua dulce por un cauce de terciopelo de merina y campanario, poemario de rosa de los vientos entre Alar del Rey, Palencia, Valladolid y Medina de Rioseco, el norte en alguna veleta sobre una torre torcida y la palabra del poeta en el corazón del verso.  

Las esclusas del Canal de Castilla a su paso por Frómista, Palencia.

Ningún niño palestino verá jamás Cortylandia

Agustina de Champourcin

—Cincuenta, cien, tal vez ciento cincuenta. ¿A cuántos niños palestinos matará hoy Netanyahu? ¿Y mañana? Y a lo largo de la semana, ¿cuántos barrios de la franja de Gaza, parques, polideportivos, carreteras, escuelas, mercados, hospitales habrá destruido el fragor ejecutor con que los blindados y la aviación de Israel se emplean esforzadamente en borrar del mapa a la población civil que habita en ella? Dos millones de personas inocentes confinadas en un enorme campo de exterminio sin salida, sin provisiones, sin agua, sin comida, sin combustible, sin electricidad, sin médicos, sin medicinas, miles de familias que huyen a ninguna parte del horror vengativo con el que el primer ministro israelí justifica su derecho a defenderse del ataque terrorista de Hamas. ¿Quedará algún habitante de la franja vivo después de que el homicida Netanyahu haya respondido a la barbarie con su barbarie sanguinaria? ¿Cuántas víctimas estarán bajo los escombros de esos bloques de viviendas que se derrumban a plomo tras los bombardeos del ejército israelita? Y en los barrios calcinados que muestran las imágenes horribles de la televisión ¿cuántos cadáveres no podrán recibir sino la sepultura de los escombros? El horror, la solución final, borrar del mapa esa población incómoda para el estado hebreo, privada de presente y sin futuro.

Carmelita y Terry pasean un domingo de octubre por la Puerta del Sol de Madrid, de la Mallorquina salen parejas alegres zampando bambas de nata, napolitanas, palmeras glaseadas. La gente invade el parque del Retiro, luce un sol tímido, los enamorados se besan, las chicas lucen tipazos y se fotografían tal vez para alborotar más aún al novio enamorado. Los niños se ríen de los equilibrios de un cómico sobre un rodillo inestable. Bajo una alameda se reúnen músicos para tocar sus guitarras todos juntos, otros juegan al ajedrez o disfrutan del saxofón del músico cubano. Y las burbujas de jabón iluminan el rostro de los más pequeños, ¡explotan inofensivas! El otoño llena de paz la ciudad.

—Vivir en occidente tiene sus ventajas, Terry. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Cuánto aguantará el mundo a esa maldad ultraliberal negacionista que se extiende como una masa de chapapote y que amenaza con cubrir de mierda el estado de bienestar que disfrutamos? ¿Caeremos de nuevo en la tragedia? ¿Seremos pasto de la maldición de algún nuevo Putin o de algún nuevo Netanyahu salvador que nos redima con el fuego de sus cañones?

Las calles siguen abarrotadas, es difícil circular por Gran Vía, por Fuencarral, por Arenal, por la Plaza Mayor todo lleno de gentes que se apuran en disfrutar los momentos de la tarde.

—No lo pienses más, Carmelita. Como humanidad estamos condenados al fracaso. No hay solución. Sólo vivir el momento. Mira, ya están engalanando las calles con guirnaldas y faltan más de dos meses para navidad. Parece que los ediles tienen más afán en competir en bombillas que en solucionar los problemas de los ciudadanos.

—Sí, otra compostura, otra mascarada, vivimos en la escena de un teatro falso. Pan y circo en casa de los ricos. Los niños palestinos jamás podrán disfrutar de un paseo por el Retiro, ni ver el decorado callejero de Cortylandia, tal vez no sobrevivan dentro de dos meses, tal vez en esa fecha la franja de Gaza sea un inmenso cementerio.

Se hace el silencio entre ellos. Carmelita y Terry entran en la sidrería asturiana de Lavapiés, en un rincón hay una mesa libre.

—Te invito a unos chopitos antes de que el dedo de fuego de un estadista asesino nos señale con su rayo vesánico, antes de que nos convirtamos en un número de una estadística fatal, antes de que nos robe la felicidad algún profeta del apocalipsis.

Se sientan. Se está bien en ese rinconcito de un bar cualquiera escuchando el bullicio alegre y desenfadado de los clientes.

—Marchando una de chopitos —confirma el camarero cuando le llaman.   


Derecho y revés de una misma realidad

Fotos de Tery Mangino tomadas en Madrid durante el mes de octubre.


El negro de Vargas Llosa

Agustina de Champourcín

 —Escuchen —dijo Roger Casement al público reunido un martes de octubre reciente en los bajos de la librería “Tipos Infames”, de Malasaña—, un tipo que tiene su dormitorio presidido por un cuadro basado en una foto del maestro Ontañón que retrata a Juan Carlos Onetti tumbado en la cama y confiesa orgulloso que se ha leído “Volverás a región”, o al “Ulises”, pertenece al mundo de la quimera, de los sueños, no ha existido nunca, es imposible, es una invención de las musas. Por eso, la última novela de Eduardo Riestra: “El negro de Vargas Llosa”, se mueve en los terrenos de la ficción, aunque apueste por la confusión realista, en el estrecho margen entre realidad y deseo, las palabras de ese negro promueven el engaño y la especulación sobre los personajes que aparecen en la obra del escribidor de Arequipa, pero permiten revisitar la obra de don Mario sin tener que releerlas de nuevo, lo cual nos llevaría un siglo y un quebradero de cabeza doloroso y es una gran ventaja, sin tener que someterse a las evoluciones ideológicas que sufre el maestro propias de su edad catedralicia.

Fonchito posó su cabecita sobre el escote de Lucrecia, su madrastra, a pesar de la mirada recriminatoria de don Rigoberto, mientras que Zavalita se preguntaba ¿en qué momento se jodió el Perú?, la tía Julia confesaba lo que Varguitas no dijo, Pantaleón Pantoja regalaba a Pochita un collar de esmeraldas de la Amazonía y la niña mala le hacía travesuras innombrables a Ricardo muy cerca de allí, en el Café Barbieri. Y Urania Cabral le recriminaba con dolor a su padre haberla vendido al vicio depravado del Chivo.

El negro de Vargas Llosa, o sea, Eduardo Riestra.

¿Pero de verdad Llosa tiene un negro?, se preguntaba el público con la boca abierta. Naturalmente, ¿quién lo duda? Es imposible escribir tanto y tan bien, ganarse la aversión de aquella izquierda militante que antes le subió al altar, atender a tantas mujeres, tías, primas, amantes porculanosas dipsómanas, agentes literarias, residir en tantas ciudades y declamar en los púlpitos universitarios, Priston entre otros, liarse a puñetazos con Gabo, viajar por todos los rincones del planeta y ganar premios y premios y premios sin la ayuda secreta de un maromo que le toque las teclas a la Olivetti por él y que le ponga las letras derechas en los renglones torcidos. “El negro de Vargas Llosa” es eso, un ensayo, una novela, una ficción o una memoria o una crónica y un análisis errático (porque es aleatorio, sin comienzo ni final determinado), sin pretensiones didácticas ni académicas, con el único afán de divertir y de explicar cómo y dónde pesca don Mario para fraguar sus historias. Y, además, enseña por qué caminos feriales se mueve o movió la literatura hispanoamericana para poder ver la claridad en las encrucijadas del túnel del siglo XX. Entra la luz por una ventana reveladora, el negro no cuenta lo evidente, sino lo que no se ve.

Por eso don Mario llamó un día a Eduardo, el negro, no el editor, y le propuso que le hiciera de mamporrero. Y claro, ante aquella oferta que no podía rechazar Riestra, es decir, el negro, aceptó. Y escribió una crónica, amable y a la vez profunda introspección de la obra de aquel Vargas Llosa que marcó nuestra juventud de lectores deslumbrados por el boom de la literatura hispanoamericana. ¡Eran tantos y tan buenos! Y también la novela, que no ficción, nos revela el proceloso mundo de la edición literaria contado con la precisión del artesano, ese oficio viajero, duro y resbaladizo que lo único que pretende es trasmitir la belleza, la serenidad, la armonía y la frescura que de las cabecitas de los autores brotan desnudas para que las reciba ya vestidas y ornamentadas el lector. Y también la ficción de Riestra, que no novela, juega con la confusión homérica provocando en el lector un viaje a la isla de las palabras de Ogigia donde queda atrapado por el canto de las sirenas de la verosimilitud de lo imposible. Ese negro Eduardo es a la vez editor y escritor sin ínfulas, infectado por el virus de las letras.

Y pretendía rendir homenaje el autor, ¿el negro o el blanco?, ¡el blanco!, a la novela popular de Sautier Casaseca o de Corín Tellado desvelando que el genio de la botella de “El paraíso en la otra esquina” le envió el manuscrito de su novela “Amor infinito”, firmada por un tal Marino Valle, para que le diera forma y la pusiera en el mercado. Una novela “popular” que ovacionaba a esa literatura fugaz que leíamos de juveniles en los abarrotados vagones del metro de Madrid de la línea 1, en los tiempos del desarrollismo de los tecnócratas, con olor a sobaquina y sobresaltados roces de cruzados mágicos. “Patricia, arrebatándome aquellas hojas, mostró ser una mujer sin corazón”, se queja Riestra, el negro, porque le quitaron el juguete con el que pretendía arrebolarse su corazón infantil.

Quizás para una próxima segunda edición se incluya un índice onomástico, aunque sea una novela y no un ensayo crítico. Lo requiere la cantidad de nombres, personajes, autores y lugares que convierten el libro también en un estudio universitario. Al lector le resultaría útil. No se cita, sin embargo, “El paraíso en la otra esquina”. Gauguin y Flora Tristán le perdonarán también al negro su olvido en otra edición próxima. Lectura ágil y risueña, divertida, un retablo repleto de ilustrados caballeros de la creación llena las páginas de ficción, que no novela. El camino de la magia a través del ensueño y de la fantasía.

—Y ahora voy a hablar ya de verdad de Mario Vargas Llosa y el sexo, que es como hablar de Landero y la guitarra flamenca —se despide el negro Riestra de la librería—. Pero eso será en la próxima novela, que no ficción.

«Me meoo toaa con el negro de don Marío, qué gusto, qué gusto me da el Edu, digo Varguitas» —piensa para sí doña Patricia, victoriosa y con una sonrisa exultante de oreja a oreja semioculta en un rincón de la librería.

—Por cierto —aclara Riestra, el negro—, dipsómana significa borracha.

Fotografías de Terry Mangino


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Soria, poetas, santos y amores turbadores

Agustina de Champourcín

Soria, su Calle Mayor va de Antonio Machado a la niña Leonor. Bajo los soportales Gerardo Diego toma café y lee a Juan Ramón y a León Felipe. Y en un rincón, Dionisio le escribe a la vez versos de amor a Marichu y a la Von Podewils antes de que ellas se tiren de los pelos por sus magras carnes en la embajada alemana en Madrid. Fue en 1943. Ridruejo tenía un no sé qué que lo hacía irresistible a las señoras. Y a los intelectuales de izquierda. Contubernio él. Señoras bien llenan a la hora del aperitivo la plaza de Ramón Benito Aceña, algo así como la Puerta del Sol versión soriana, llena de bares y mesones. Toman rosado de Cigales o blanco de Rueda. Y torreznos. Y se miran entre ellas presumiendo de tipazos. «¡Ay que ver cómo está de ajada la Jimena! De nada le vale llevar un sostén Christian Lacroix», piensa para sí doña Elvira. «¡Por más que se vista de Prada la Elvira es un adefesio!», piensa para sí doña Jimena. Es sólo un momento en la eternidad castellana, a las cuatro de la tarde la Calle Mayor queda vacía y abandonada al silencio:

Soria está allí, por donde tuerce un río

y unas piedras se queman y un castillo

ha muerto en pie y un árbol amarillo

será cuerpo glorioso y está el frío…

Ridruejo, sí. Un tío con un par…

Por la calle Mayor de Soria marcharon camino del patíbulo Pascuala Calonge y su amante José Díez. Fue el 18 de abril de 1846. Su crimen fue matar al marido de ella. Y el castigo, el garrote vil. Al parecer, José Díez no se fiaba mucho de su amante y pidió que ella fuera ajusticiada primero, no fuera que le cargaran a él sólo el marrón y ella se fuera de rositas. Qué va, qué va. Gentes de toda la provincia presenciaron en directo el acontecimiento social, tan ejemplarizante como terrible espectáculo. Aquello fue como una final de la Champions. Todo Soria, la provincia más despoblada de España, asistió al dramático esperpento. Garrotazo vil. Pascuala dejó dos hijos de corta edad. «Era preñez, parto y fallecimiento del nacido. Así hasta cinco embarazos”. Esa fue la esclerótica vida de Pascuala», cuenta Rosario Consuelo, profe de la Universidad de Castilla. Si quiere saber más sobre tan luctuoso suceso léase su “Crimen y castigo de la reina de Tardajos”, que ella, doctora por Salamanca (asegura que don Miguel no formaba parte del tribunal académico que examinó su tesis, Cum Laude), se entretuvo en esclarecer. Casi una novela de terror al estilo Truman Capote. Pero este no ha sido el único crimen cometido en Soria. El 22 de marzo de 1953, el mendigo Carlos Soto Gutiérrez, procedente de Carabanchel, donde la cárcel, asesino y violó (profanó), por ese orden, a la niña de 13 años Purificación Tejero Jimeno, en Ribarroya, a siete kms de Tardajos. La Benemérita le pilló en un plis plas y el 5 de febrero de 1955 le ajusticiaron. Fue la última vez que se aplicó tan terrible castigo en Soria.

Leonor, protagonista a su pesar

Misterioso y silencioso

iba una y otra vez.

Su mirada era tan profunda

que apenas se podía ver.

Cuando hablaba tenía un deje

de timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos

casi siempre se veía arder…

¡Ay! ¡El gran Rubén!

Aún se preguntan los sorianos cómo puedo ser aquello del amor del, aún virginal, poeta con la niña Leonor. Como son parte del folklore y de la historia buena de Soria nadie se hace demasiadas preguntas. Porque ella murió siendo aún una niña. La tuberculosis. Porque incluso el Príncipe de las letras castellanas, Félix Rubén García Sarmiento, alias Rubén Darío, ayudó a don Antonio para que regresaran de París en 1911. De nada les valió, herida ella de muerte y él muerto en vida. Ay, Antonio, ay, Leonor…

El cabezón de Antonio es obra de Pablo Serrano . Hay otra copia igual en el Museo de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

¡Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!

¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!

El dolor le duró toda la vida a don Antonio.

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y hay un san Juan que va por el Duero de san Polo a san Saturio. Ruinas y camino donde Antonio y Leonor hacían manitas inocentes y castas, hija ella de un sargento de la Guardia Civil. Los álamos y el olmo seco, como la vida que arrastró el poeta hasta su exilio final, en el fracaso universal y en el triunfo de la muerte.

Y hay un san Baudelio, no muy lejos de Burgo de Osma, la villa natal de Dionisio, que muestra las cicatrices que en su ermita dejó la codicia del expolio ajeno del arte propiciado por la ignorancia propia de sus moradores.

Y ahora hay poetas anónimos, a la ribera del Duero mi amor, te espero, camino Soria, que llenan sus paredes de proverbios y cantares efímeros que a don Antonio, en Colliure, ¡menudo jari por allí has organizado!, le hacen rebrotar una efímera sonrisa: «Allí me encontré en la gloria que no sentí jamás», recuerda. Y a Leonor, garbeando su palmito pinturero, presentir una felicidad desconocida que apenas atisbó, quizás nunca, en su inocencia de niña.


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San Baudelio de Berlanga

Agustina de Champourcín

El afán expoliador de las potencias coloniales europeas ha llenado sus museos de tesoros provenientes de los países antiguamente ocupados. El museo Pergamon de Berlín tiene uno de los tesoros de la corona del antiguo Egipto: Nefertiti. El Louvre es un catálogo de tesoros provenientes de las rapiñas que Napoleón hizo en Oriente Medio y Grecia. El obelisco de Luxor contempla el paso de los ciclistas del Tour en la Place de la Concorde, ligeramente alejado de su emplazamiento original, Tebas. El British Museum recoge sin ninguna duda el ansia depredadora de riquezas artísticas que el United Kingdom ejerció en sus colonias durante siglos imperiales: frisos del Partenon, piedra de Rosetta, cacería de leones de Asurbanipal…

Perdida en la quietud de la soledad soriana, rodeada de la nada se alza en una colina la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, construida en el siglo XI. Una comarca despoblada a una altitud media que supera los 1100 m. Por fuera parece una construcción anodina, una lonja para guardar herramientas o carruajes o ganado. Nada indica las riquezas pictóricas que guardaba su interior, utilizado como redil a comienzos del siglo XX por los moradores de la comarca, que veían con cierto pavor las pinturas murales de su interior fechadas sobre 1125. Figuras amenazantes, trazos antiguos, animales descabalados y misteriosos, un elefante (nadie vio durante aquellos siglos en la Península Ibérica un paquidermo), unos bueyes, escenas de caza, santurrones hieráticos mezclados con el hedor de los orines y excrementos de las merinas. ¿Para qué conservar esas paredes pintarrajeadas si de ellas se podía obtener un buen puñado de dólares?

Exterior de la ermita de San Baudelio de Berlanga, en la altitud soriana

Dictadura de Primo de Rivera, septiembre de 1923, cien años ha. Aprovechando el desconcierto corren por España marchantes de arte en busca de tesoros ignorados. El parisino Gabriel Dereppe era uno de aquellos emprendedores desvergonzados, trabajaba para un anticuario de la Ville Lumiere. Vio una oportunidad única de negocio en los muros de la ermita ruinosa. La ignorancia de los escasos moradores y la codicia de los dueños hicieron el resto y por la ínfima cantidad de 65.000 pesetas fueron compradas a los propietarios los murales del corral que guardaba las ovejas. 23 fragmentos de las pinturas fueron arrancados de las paredes. La alarma saltó cuando algún vecino se apercibió de la opacidad del asunto y la denuncia creó una alarma nacional propiciada por los periódicos y el miedo al extranjero. Pero la escasa legislación vigente protectora del patrimonio nacional y la sentencia inexplicable del Tribunal Supremo confirmando la legalidad de la venta derivó en que las pinturas salieran de España en 1925 rumbo primero a París y después a los United States of America. Está acreditado que el negociante Dereppe vendió un fresco de San Baudelio al Museo de Bellas Artes de Boston por 75.000 dólares, una cifra infinitamente superior a la ridícula pagada por su compra fraudulenta.

Posteriores negociaciones entre los gobiernos español y americano consiguieron una permuta de parte de las pinturas de San Baudelio por el ábside de la ermita de Fuentidueña. No salió gratis. Traspasadas a lienzo las pinturas se exhiben como depósito temporal indefinido en el Museo del Prado desde 1957. El patrimonio artístico español sufrió el expolio de una potencia colonizadora. Tal vez como antes se hizo con el patrimonio perteneciente a los pueblos americanos que formaron su imperio.

Habría que señalar en la bolsa de los expoliadores a Arthur Byne, el agente de Williams Randolph Hearst, Citizen Kane para Orson Welles, que saqueó por las mismas fechas las ermitas de Sacramenia y Fuentidueña en la vecina Segovia. Arthur Byne, sin embargo, estaba considerado en España como un experto hispanista que recibió de la dictadura la Cruz del Mérito Civil de manos del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, en 1927.

La visita a San Baudelio es gratuita. Los visitantes exclaman sorprendidos ¡ohs! de admiración al penetrar en su interior de luz atenuada. La inmensa palmera de ocho brazos, columna central del edificio, parece derramar las miradas sobre los siglos pretéritos. ¿Cuántas personas habrán pasado por aquí y se habrán, también, emocionado? Las huellas de los frescos arrancados aún hablan al observador atento. Se escuchan palabras antiguas, corren por el aire las oraciones, los rezos que durante siglos pronunciaban los fieles, tal vez los vocablos malsonantes con los que los pastores arracimaban las merinas. O las exclamaciones de satisfacción del marchante Gabriel Dereppe cuando conseguía de la estulticia de los propietarios de la ermita los contratos codiciosos que le hicieron rico, inmensamente rico.

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Fotos de Terry Mangino


Vuelta a España 2023: Cántico espiritual

Agustina de Champourcín

Sepp Kuss, o Hipomenes, lanza sus manzanas de oro a lo largo del Paseo del Prado y vence a Atalanta —el cansancio físico, el infortunio, la derrota, la duda, los rivales— 3154 Km después. Su esfuerzo, su ambición, su exigencia máxima, su excelencia deportiva, tal vez su modestia es premiada por Cibeles con el laurel de los ganadores, aunque envidiosa de su belleza encadene a los amantes eternamente a su carro y se sirva de su fuerza, del sacrificio de su pedaleo eterno antes de que la gloria efímera del triunfo se pierda en una curva cualquiera del tiempo desmemoriado. «Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado».

 

Remco busca impaciente el reconocimiento del vellocino de oro por el Helesponto del Guadarrama, sus argonautas le abren pedaleando los caminos. Pero su esfuerzo se pierde en un déficit de glucógeno, tal vez se diluye en la trampa de su inconsciencia juvenil. El éxito siempre es esquivo y Calipso le reclama el óbolo del derroche de su generosidad enardecida, de su temperamento furibundo, de su torrente fogoso. Su empeño volcánico es pasto de sí mismo, de su avaricia, de su gallardía deportiva. «Buscando mis amores iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras y pasaré los fuertes y fronteras».

 

 

 

La victoria es como el amor, exige esfuerzo y disciplina, entrega y sacrificio. Se disuelve en un momento, en una curva errada, en un bache del camino, en un collado traidor quedan la ambición y el deseo olvidados, desasidos de las manos que antes lo aupaban a las bocas, a las flores y a los besos. Remco imbatible, Remco rebelde, Remco gigante. Remco, vuelve otra vez el año próximo, le pide Calisto enamorada. «Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas gustaremos».

 


Fotos de Terry Mangino


Un siglo de la dictadura de Primo de Rivera, cincuenta años del golpe de estado de Pinochet

Gabriel de Araceli (13 de septiembre de 2023)

Todos los tiranos encuentran enseguida argumentos para justificar sus acciones contra la población civil, para responsabilizar a los demás de sus actos terroristas, para “legalizar” sus levantamientos contra el poder democrático, para culpar a los otros de sus asesinatos. Y cuentan con seguidores negacionistas, con voceros que apoyaran por un pequeño precio de subsistencia sus reprobables crímenes. El número de muertos en la población civil es la única diferencia entre Primo de Rivera, Franco, Stalin, Hitler, Mao, Castro, Pinochet, Pol Pot (los Jémeres Rojos), Videla o Putin. ¿Quién de ellos mató más?

El general Manuel Fernández Silvestre capitaneaba las tropas de ocupación del protectorado de Marruecos que sufrieron la tragedia de El Desastre de Annual, en julio de 1921. Entre 10000 y 12000 soldaditos españoles, soldaditos valientes, perdieron la vida en aquella catástrofe defendiendo los intereses de la Compañía Española de Minas del Rif, una empresa propiedad de los grandes terratenientes de la patria, entre ellos el Conde de Romanones y las familias del Conde Güell y del Marqués de Comillas. Y en la que tenía participación el rey Alfonso XIII.

 La investigación que se originó tras el desastre —dirigida por el general Juan Picasso, tío del pintor—, el Expediente Picasso, dilucidaba las responsabilidades del monarca y los terribles fallos del ejército español en la trasmisión de órdenes y tácticas militares aplicadas. Sin embargo, cuando iba a ser presentado en el parlamento y el escándalo amenazaba la monarquía, un golpe de estado propiciado por el general Miguel Primo de Rivera, el 13 de septiembre de 1923, evitó que la opinión pública conociera las responsabilidades de su majestad. Alfonso XIII rápidamente rechazó sus obligaciones constitucionales y abrazó la causa de Primo de Rivera, al que, en un viaje a Italia, en noviembre de 1923, llamó en presencia del rey Víctor Manuel III “mi Mussolini”, tal era el fervor que por las causas militares profesaba su majestad borbónica. «El rey con camisa negra», así llamaba la prensa francesa al rey Alfonso XIII. «Primo de Rivera era lenguaraz y populista, un señorito andaluz en estado de embriaguez permanente. El campechano entre el cabaret y la iglesia», así describe Gerald Brenan al dictador en su obra “El laberinto español”. «Monarquía podrida», así tildaba Unamuno al rey y al dictador, lo que le valió el destierro a la isla de Fuerteventura en febrero de 1924. Y es significativo lo que opinaba del dictador su primo José María Pemán: «Es una locura patriótica y una ausencia de libros».

A la dictadura (septiembre1923-enero1930) de Primo de Rivera siguió la dictablanda (hasta febrero de 1931) de Dámaso Berenguer, otro general implicado en el Desastre de Annual. Y cinco años después, julio de 1936, un general acomplejado por su baja estatura y el machismo de su padre (complejo de Edipo) se levantaba en armas contra el poder democráticamente establecido y provocaba el holocausto español. Siempre, aún hoy, aquel general de afeminada voz de vicetiple encuentra seguidores que aplauden su gesto de salvapatrias y justifican la violencia que durante décadas aplicó contra sus súbditos, que no ciudadanos.

Pinochet y Allende en el momento de su designación como Jefe del Ejército, cien días antes del golpe de estado.

                La Escuela de las Américas y la Operación Cóndor fueron estrategias desarrolladas por la CIA en los países del cono sur de América (Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc.) en las décadas de los 50 a los 80 del siglo pasado, con objeto de fomentar políticas neoliberales afines a Washington, además de promover acciones represivas contra todo conato de progresismo que pudiera ir en contra del imperialismo yanqui.

Los principales adalides de esta operación fueron Allen Welsh Dulles, director de la CIA entre 1953 y 1961, y Henry Kissinger, secretario de Estado durante las administraciones Nixon y Ford, 1973-1977. Kissinger fue uno de los mayores practicantes del “Terrorismo de Estado”, pero fue premiado con el Premio Nobel de la Paz en 1975 tras arrasar Vietnam con las bombas de napalm que por encima del paralelo 47 lanzaban las superfortalezas volantes B52.

El 11 de septiembre de 1973 un golpe de estado derribaba en Chile al gobierno democrático libremente elegido de Salvador Allende y un general formado ideológicamente en la Operación Condor, Augusto Pinochet, lideró a sangre y fuego el país durante los siguientes 17 años. «El bombardeo del Palacio de la Moneda [la sede del gobierno chileno] fue innecesario y excesivo, dentro no había más que el presidente Allende y un puñado de guardaespaldas. Era la advertencia de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Pinochet en su régimen de terror», expresaba Javier Velasco, embajador de Chile en España el pasado 12 de septiembre en un acto celebrado en Madrid. En noviembre de 1975, dos años después de su ascenso al poder, Pinochet acudió al funeral del general Franco en Madrid, luciendo su figura una capa que causó preocupación entre las autoridades por la imagen de dictador napoleónico que desprendía. Durante la Guerra de las Malvinas, primavera de 1982, Pinochet prestó servicios de inteligencia y logística a las fuerzas inglesas que luchaban contra Argentina. Por eso se le permitió el traslado al United Kingdom para recibir asistencia sanitaria en 1998. Fue el juez Baltasar Garzón el que emitió una orden de busca y captura internacional en esas fechas y el general golpista fue detenido en Londres aplicándosele arresto domiciliario durante algo más de año y medio. En marzo de 2000 Pinochet regresó triunfante a Chile libre de cargos.

En su haber como estadista Pinochet cuenta con más de 40000 compatriotas muertos y torturados y más de 1000 desaparecidos. Sus seguidores, muchos, ponen en duda su responsabilidad en los crímenes sufridos por los ciudadanos de su país, que achacan al contubernio democrático.

Pinochet y Kissinger se saludan una vez consumado el golpe de estado.

Henry Kissinger aún vive, tiene 100 años. Mantiene toda su influencia sobre el pensamiento neoconservador surgido de la Escuela de Chicago, goza de un inmenso prestigio en la política liberal de libre mercado contraria a la intervención reguladora y preventiva del Estado en la economía. Incluso recibe el aplauso y elogios de premios nobeles de literatura asentados en Madrid.    


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“El laberinto español”. Gerald Brenan

“Un pueblo traicionado”. Paul Preston

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Historia de Mayta

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El crimen de la niña Melchora: Lecturas de verano (III)

Carmelita Flórez

Forastera, tuerta y madrastra. Estos fueron los cargos que le valieron a Juliana Velasco Díez la condena a muerte por el asesinato de la niña Melchora, su hijastra, infanticidio acaecido en la villa de Cigales, Valladolid, el 16 de julio de 1905. Melchora, huérfana de madre, de seis añitos, era hija de Miguel Velasco Pastor, de 42 años, cooperador necesario en el crimen según la sentencia, hombre de carácter apocado, analfabeto, casado en segundas nupcias con su prima Juliana, a término de embarazo cuando sucedieron los hechos, declarada asesina, analfabeta también, mujer bravía y de carácter irascible, de poca belleza física y antipática para sus vecinos. A pesar de que las pruebas incriminatorias del parricidio presentadas por el Ministerio Fiscal no pudieron demostrarse, la Audiencia Provincial de Valladolid condenó a la pena capital a ambos primos. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, que fue ejecutada en Valladolid, el 27 de agosto de 1908, por el verdugo titular de la Audiencia de Burgos, Gregorio Mayoral Sendino, un ejecutor en serie con 58 muescas en su “guitarra”, su tornillo de la muerte.

Los vecinos de Cigales vivieron con excitación y morbosidad aquel verano tórrido de 1905. La filoxera estaba arrasando las viñas, monorriqueza de la que dependía la economía del pueblo, motivo de intranquilidad y enfado colectivo. La desaparición de la niña Melchora se produjo en plenas fiestas patronales. Era una niña flaca y desvalida, torpe y desamparada que había sufrido apenas con cinco meses de vida la pérdida de su madre por el mal de pecho, la tuberculosis. Según la vecindad femenina, la niña sufría de malos tratos por la madrastra. Por más búsquedas que los moradores de la villa y la Guardia Civil realizaron por los montes próximos no hallaron ningún rastro de ella. Sin embargo, unos restos humanos aparecieron cuarenta días después en un monte próximo. La ciencia forense de entonces no pudo determinar siquiera a qué sexo correspondían aquellos huesos saponificados. Pero la presión social, alterada por la previsible mala vendimia y el rechazo que provocaba la madrastra foránea hicieron que ella y el padre de la criatura se convirtieran desde el primer minuto de la desaparición en los sospechosos del horrendo crimen y condenados de ante mano.

Jesús Duva, periodista de egregia estirpe y curtido reportero dicharachero en la información criminológica en diversidad de periódicos de esos de papel a cinco columnas, ha realizado con su libro “El crimen de la niña Melchora”, de Editorial Páramo, un trabajo de documentación exhaustivo y académico sobre tan execrable asesinato, sumergiéndose en archivos, libros y hemerotecas, extrayendo información periodística y apuntando las características sociales y culturales del momento que se vivía en aquella Castilla provinciana. Y su trabajo es también un examen del proceso judicial que desembocó en una sentencia criticable de una época aún próxima al siglo XIX. Es una novela-documento de prosa fácil que se lee de un tirón, producto del oficio de buen gacetillero que derrocha Jesús Duva para disfrute del lector. Un atractivo libro para leer en este verano.

Jesús Duva, investigador privado y autor de la novela.

   No hay nada como la desgracia ajena para reconfortarnos en nuestra existencia. Nada como comprobar que la miseria, las debilidades, la maldad del prójimo nos fortalecen y nos hacen inmunes a delinquir. Nosotros no somos así, eso creemos leyendo las atrocidades, los sucesos terribles que a diario acontecen en nuestra sociedad de la información y de la inteligencia artificial. Como si con esos argumentos hubiéramos conseguido la bula o la inmunidad penal que nos preserve de actuar como los malvados, como esos pederastas abominables que violan criaturitas, como los execrables asesinos de niños.

En la novela, Duva interroga por los principios in dubio pro reo que no se llevaron a cabo en beneficio de los acusados, que no se aplicaron a pesar de la debilidad acusatoria de las pruebas aportadas y que supusieron la condena a muerte de ambos procesados, ratificada en segunda instancia por el Supremo. “Es preferible dejar impune el delito de un culpable que condenar a un inocente”, mantenía Ulpiano, jurista romano del siglo III. O “Es mejor absolver a mil culpables antes que condenar a muerte a un inocente”, aseveraba el jurista cordobés Maimónides de origen judío en el siglo XIII. O “Es preferible que cien culpables puedan escapar de la acción de la Justicia a que un solo inocente sufra un error”, decía William Blackstone, prestigioso jurista inglés del siglo XVIII. No hubo in dubio pro reo para Juliana ni Miguel.

 También Duva cuestiona la actitud evasiva de las altas autoridades de la nación, empezando por el rey Alfonso XIII (muy joven entonces, apenas 22 años) y la presidencia del Consejo de Ministros, Antonio Maura, o del alto tribunal que no quisieron entrometerse en la terrible sentencia intercediendo por un indulto para los condenados solicitado por sus defensas en las horas previas a la ejecución. Hoy ofrece serias dudas jurídicas la argumentación fundada en derecho del resultado de la sentencia, ratificada por el Supremo. Un prólogo al libro firmado por Manuela Carmena, magistrada y exalcaldesa de Madrid expresa más aún las dudas de culpabilidad de los condenados.

Y la novela también es un homenaje a la labor de las defensas de los acusados, prejuzgados y condenados por la masa antes del juicio, sufridos letrados defensores Gómez Redondo y Infante Ansa, que además del fracaso en sus labores concitaron el rechazo del vulgo cigalés.

Los vericuetos quebrados de la justicia y de la novela remiten al inconsciente de todos aquellos que vieron cumplidos sobre sus cogotes la acción de la dama ciega de la balanza, desde Pascuala Calonge, la reina de Tardajos, en Soria, en el siglo XIX, hasta la envenenadora de Valencia, Pilar Prades Expósito; desde José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, El Jarabo, hasta Salvador Puig Antich y Heinz Chez, el anarquista y el polaco oligofrénico, a los que la justicia franquista ejecutó en un dos por uno para maquillar una muerte de un policía no resuelta, como la de la niña Melchora.

Gregorio Mayoral Sendino fue el verdugo encargado de darles su merecido a los condenados. Al parecer, el brazo ejecutor de la Ley tuvo una dilatada y apasionante carrera profesional en eso de apretarles la golilla, o las anginas, a los reos. Incluso don Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte, es a José Luis Gómez al que le aprietan la nuez) y don Francisco Umbral (La leyenda del césar visionario) recogen sus andanzas en numerosos relatos, no necesariamente bien documentados y con errores cronológicos menores. Fue Mayoral el que ajustició, entre sus 58 reos, al anarquista Michele Angiolillo el 19 de agosto de 1897, el asesino de Cánovas del Castillo, tan sólo once días después del magnicidio. Una precipitación justiciera que frustró conocer a fondo las implicaciones y actores secundarios que rodearon al asesinato.

Desde 1900, los agarrotamientos se realizaban en el interior de las prisiones, sin público presente. Logro del médico y parlamentario por Murcia Ángel Pulido Fernández. El mes de agosto por lo que se ve, ha sido el más utilizado por la Justicia para aplicar la pena capital. Será que los calores afectan al cerebro de los magistrados indulgentes evitando su perdón. Miguel Velasco Pastor y Juliana Velasco Díez, los asesinos de “El crimen de la niña Melchora”, fueron ejecutados hace ahora exactamente 115 años. La niña Melchora jamás volvió a ser vista, ni viva ni muerta.

El verdugo, una obra maestra de Luis García Berlanga.

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