Jardín Botánico

Agustina de Champourcin

Refugio del amor y de los besos, de rododendros y lirios, de tulipanes y arándanos, de olivos y estafileas, de calas y salvias, de peonias y de acantos, de camelias y azucenas, de margaritas y narcisos, de lectores que aprovechan la sombra para leer a Darío, de niños que buscan a la rana Gustavo de vacaciones en la charca.

265 años lleva este jardín ilustrado madrileño, la Cuesta de Moyano a un lado, al otro el Prado y allá a su frente El Retiro. Pasear, andar entre las umbrías de los arces gigantes, de palmeras tropicales o cipreses levantinos donde tus labios saben a ambrosía y tu sonrisa llena de envidia a los mirlos… está linda la tarde y el viento lleva esencia sutil de azahar, yo siento en el alma una alondra cantar…  

Dese prisa, visitante, los tulipanes explotan en abril y llenan de color, de belleza, de armonía los paseos silenciosos del jardín, efímeros como la vida, en tres semanas se apagará su torrente de color marchitado por el sol abrasador de esta primavera encendida de luz, de calor plomizo entre los bonsais.

—Sí, ja, ja, ja, lo he visto, ahí entre las hojas de la ciénaga.

Sí, el niño explota de alegría, la rana Gustavo le ha guiñado un ojo, semioculto en la hojarasca.

Fotos de Terry Mangino

Soledad Fernández expone en El Retiro

Agustina de Champourcin

—Pintas como un hombre, me dijo un amigo pintor queriendo halagarme. Y yo le pregunté que cómo pintan los hombres, que si pintan con las manos, o con los pies, o con la cabeza, o con la polla. Porque yo pinto como cualquier artista, me pongo frente al lienzo y pinto, horas y horas, días, semanas, meses, a veces hasta un año para pintar ese cuadro.  

Artemisia Gentileschi, Tiziano, Rogier Van der Weiden, Rubens, Julio Romero de Torres… ¿Acaso un observador que visitara el Museo del Prado sabría diferenciar las pinturas de estos artistas de las de Soledad Fernández? Tal vez por los vestidos, porque los iguala en armonía, en arte, porque los supera en cariño por las formas, por las caricias que las pieles de sus cuadros transmiten al espectador…  

—Que no, que no hay diferencias entre la pintura de un hombre y una mujer, que si miras un cuadro ves una sensibilidad, un estilo, un tratamiento pictórico determinado, una expresión, pero no ves una secreción hormonal, no, ves pintura, buena o mala, esa es la única diferencia. 

Soledad Fernández ha expuesto en medio mundo: París, Londres, Washington, Roma, Chicago, Miami, Venecia, New York… Tiene obra colgada en el Museo de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Una artista consagrada cuyos cuadros tienen la sensualidad del deseo y la ternura del beso.

—Cuando se hace una obra seria no hay diferencia entre el tratamiento que da un hombre o una mujer a su creatividad. Ni siquiera si se trata de un desnudo. Fíjate que yo he pintado desnudos femeninos y masculinos, muchos, tengo toda la familia retratada desnuda —Soledad se ríe suavemente— y me gusta el cuerpo de la mujer y no soy lesbiana, y si lo fuera qué, cualquiera que vea un desnudo mío no sabrá a priori si lo ha hecho un hombre o una mujer. ¿Cuál es la diferencia? 

(Palabras de Soledad Fernández recogidos de la obra PATAGONIA”, Premio de Novela Ciudad de Salamanca, 2018)

Soledad Fernández o Van der Weiden o Sofonisba Anguisola en el escenario de la Casa de Vacas del Retiro, hasta el 23 de abril.

http://www.soledadfernandez.com/

Domingo de ramos en Madrid

Fotografías de Terry Mangino

Madrid, 2 de abril de 2023, parques de El Retiro, Cerro del tío Pío, Madrid Río (Manzanares) y Brunete


¡Ha llegado la primavera!

Que por marzo era, por marzo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

Agustina de Champourcín pide disculpas al anónimo autor del poema anterior por haberlo transmutado. Échenle la culpa al calentamiento global: cuando marzo mayea mayo marcea.


Fotografías de Terry Mangino

¡Ay, qué bonito es el amor!

8M: separadas pero revueltas

Agustina de Champourcín

El “Orgullo” femenino se dio de bruces con la división, ese filtro que enturbia todas las comuniones de las izquierdas. Se juntaron en Atocha, que aquello parecía la madre de todas las manifestaciones, miles y miles de personas levantado banderas moradas, ternos morados, labios morados, puños morados, pancartas moradas como si un dios padre nazareno hubiera llamado de pronto a sus amados/as seguidores/as. Pero fue un espejismo, un guiño efímero, porque un poco más allá se separaban, la facción Movimiento Feminista decidió seguir calle Atocha arriba, mientras que la facción 8M Movimiento Feminista ponía proa hacia Cibeles para adentrarse después por el mar caribe de la Gran Vía. La diosa prefería mirar a Hipomenes y Atalanta, sus leones, mucho más templados que toda aquella muchedumbre. A un observador lego le resultaría difícil diferenciar una de otra marcha morada, e indudablemente, quizás necesitaría de explicaciones prolijas para comprender los motivos de la disputa, del divorcio, de la conjura de los necios/as. ¡Pero no son todas feministas y protestan por obtener las mismas garantías, iguales derechos que los del hombre y beneficios para la mujer!, ¿entonces, por qué discuten entre ellas por un ¡ay, quítame aquí aquellas pajas!? No entiendo nada.

Ya lo dijo Einstein, eso dicen, al intentar explicar la idiosincrasia humana, quizás no fuera exactamente con estas palabras: «Por muy grande e inmenso que sea el universo es incomparable a la diversidad humana».

¡Con un par!


Fotos de Terry Mangino

tomadas en la Glorieta de Atocha y Paseo del Prado, allí donde se encadenó no ha mucho tiempo doña Tita Cervera, femenina ella, para evitar que el señor presidente de la Comunidad talara los plátanos centenarios que hay frente a su museo, bueno, el de todos.


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Día de la mujer trabajadora 2017

8M 2022 en Madrid

Machismo, ¡no gracias!

El sexo con los ángeles

No son molinos de viento, sino gigantes

Fotografías de Terry Mangino

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.      

(Don Quijote, capítulo VIII, primera parte)


El Alcázar es, en fin, lo que Segovia tiene de singular e irrepetible: la fortaleza palacial, muy romantizada, mucho más bonita que terrible a pesar de su grandeza; llena de color, rica de vuelos.

(Dionisio Ridruejo. Castilla la Vieja, Segovia)




Desde diversas perspectivas se puede admirar la prestancia y gallardía de este gran edificio. Por estar hecho de majestuosidad y tiempo, y también por haber sido emplazado en un lugar escenográfico que realza su atractivo como monumento, la silueta inconfundible del alcázar se ve desde todos los sitios, aunque desde algunos resulta especialmente llamativa la imagen que proyecta de síntesis entre palacio y fortaleza, entre residencia real y alcázar defensivo.

Silo de Tejares, Segovia.

(Segovia. Guía de la ciudad. Pascual Izquierdo)



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No sabe de edad don Amor

Segovia inédita


Don Mariano habla de las derechas

Gabriel de Araceli

HABLA DON MARIANO RAJOY EN EL ATENEO DE MADRID. Presenta el libro “Historia de las derechas en España”, de Antonio Rivera Blanco, catedrático en Historia de la Universidad del País Vasco. Es en la misma sala, llena hasta la bandera de un público letrado y bien vestido, que escuchó en el pasado los pasos silenciosos de Valle Inclán, del doctor Marañón, de Azaña, de Unamuno, de Fernando de los Ríos… Don Mariano, lejos del navajeo del hemiciclo, se comporta con la autoridad del que se sabe por encima de la política, parece un patriarca que emite doctrina inmune a las críticas. Le gusta su papel de filósofo que emana sabiduría gratis, un consejero que examina la historia desde la asepsia que da la experiencia del mando.

El historiador Antonio Rivera y Mariano Rajoy durante la presentación del libro "Historia de las derechas en España", en el Ateneo de Madrid.

El historiador Antonio Rivera y Mariano Rajoy durante la presentación del libro «Historia de las derechas en España», en el Ateneo de Madrid.

Don Mariano se confiesa moderado: «Mesura frente a los excesos», y glosa al autor, miembro del Parlamento Vasco por el PSOE, y a su obra: «El libro lo puede leer un español de izquierdas o uno de derechas sin que pase nada». Y como un viejo profesor que predicase desde el púlpito del conocimiento cuenta los momentos culminantes que conformaron la historia reciente de España: «Aquí hemos hecho una constitución cada cuarto de hora; la de 1876 y la de 1978 son las que ahora rigen la convivencia en nuestro país». Aunque confiesa que «No me gustan las excursiones por el pasado. Cánovas era un modelo inaceptable… Romero Robledo “organizando” las elecciones…». «Los modelos que la derecha ha defendido han variado a lo largo de la historia». Y aplaude la estabilidad la «aproximación de principios y valores que ambas opciones, izquierdas y derechas, defienden».

Ha venido preparado don Mariano. Su disertación es la de un sabio presocrático, un teórico y ensayista de la res pública. «Europa se unió en 1957 con el Tratado de Roma. Era precisa la paz, la apuesta por la democracia liberal y el progreso económico y social». Y cree necesario para el país el consenso de la Ley Electoral que mantuvo durante su mandato. Don Mariano reflexiona en voz alta sobre la aparición de los extremismos que han sacudido en los últimos años el panorama político español. «El problema de España son los populismos. El adanismo; el “mundo feliz” (por los reclamos patrióticos de los nacionalismos); el monopolio de la virtud y de la moral que se atribuyen; el desprecio de la ley (la democracia no está por encima de la ley); los desahucios, la ley está para cumplirla. Esos populismos generan división en la sociedad, y eso es contagioso. Se han roto actualmente los consensos, el clima de unidad que se vivió en la Transición con la Constitución del 78 ya no existe».

«Nosotros no somos de los nuestros» comienza el autor del libro refiriéndose al oficio de historiador y la necesidad de mantenerse imparcial ante los hechos. «No creo que las derechas nazcan con un pecado original. Ni las derechas tienden a la unión ni las izquierdas a la división» señala el profesor Rivera Blanco, que describe en su obra los tres preceptos que han seguido en su camino las derechas: «Dios, patria y rey. Un dios que ahora ha sido sustituido, con el acuerdo de todos, por el laicismo. Una patria y un rey que guiaron el norte de las derechas. Y cuando no ha sido así, durante las dos repúblicas, las derechas lo han condenado con un vade retro, satanás. Rezar, nación y trono. Y una concepción patrimonial del país como algo que les pertenece». «España es el resultado de una contingencia. Democracia y mercado deben ir moderadamente juntos. La política no es geología, cambia». Y pone el ejemplo de la evolución ideológica que siguió Jovellanos, reformista y moderado a la vez, entre el orden y la libertad, perseguido por ambas corrientes. Para hacerse finalmente una pregunta sobre la actualización de la figura controvertida del periodista Chaves Nogales: «¿Dónde lo colocamos?».

Las palabras de don Mariano Rajoy, liberales, templadas y ecuménicas parecen fuera del tiempo y de la coyuntura política, reflexiones emanadas por Montesquieu, hablan de conceptos abstractos, amables, difíciles de aplicar en la confrontación parlamentaria, buenas intenciones para deleite intelectual de una galería de eruditos y estudiosos alejados de la refriega del poder. Un jarrón chino decorando un rincón del palacio, sin uso, de la democracia.

Crimen y castigo de la reina de Tardajos

Gabriel de Araceli

A sangre fría asesinó Pascuala Calonge a su marido, Valentín Lacarta, rico labrador, el 4 de enero de 1845, en Tardajos de Duero, un pueblecito de Soria. Contó con la ayuda de su criado y amante, José Díez Moreno. El 18 de abril de 1846 ambos, declarados culpables en sentencia firme por la Audiencia Provincial de Burgos, fueron ajusticiados a garrote vil en Soria capital. La criada Juana Yubero, que encubrió a los asesinos, fue condenada a seis años de galeras, prisión. La ejecución fue pública y contemplada por una multitud variopinta que asistió al espectáculo como si de una fiesta se tratara.

Los detalles de este crimen macabro y todas sus circunstancias han sido recogidos por Rosario Consuelo Gonzalo García, émula de Truman Capote y profesora de Lengua Española en la Universidad de Valladolid y doctora en Filología Hispánica por Salamanca, que ha removido archivos y bibliotecas con pasión de entomóloga hasta revelar todas las claves que coincidieron en tan horrible suceso. La asesina confesa, Pascuala Calonge, una mujer de gran belleza según relatan las crónicas de la época, le rebanó con un cuchillo de grandes dimensiones el pescuezo a su marido, con el que había concebido cinco hijos en los apenas nueve años que estuvieron casados. Ella se casó con veinte años y él con veintiséis, en segundas nupcias. Dos hijos supervivientes de corta edad (recuérdese que la mortalidad infantil era muy alta en aquellos tiempos) quedaron huérfanos tras la ejecución de la madre. El móvil del crimen fue el fracaso matrimonial y el obstáculo que el marido suponía para la relación pasional de los amantes. Pascuala aún no había cumplido los treinta años cuando fue ajusticiada. En su ejecución fue asistida en el patíbulo por los Hermanos de la Piedad, la orden religiosa encargada de aliviar los últimos momentos de los reos y procurar consuelo a sus almas, así como de darles cristiana sepultura en camposanto.

Rosario Consuelo González García, la autora de la investigación.

 

Fue aquel un período confuso en la historia de España. La reina niña, Isabel II, contaba catorce años de edad. Había subido al trono apenas un año antes y fue casada con dieciséis, apenas seis meses después de la ejecución de los asesinos de Tardajos, el 10 de octubre de 1846, con su primo Francisco de Asís de Borbón. A pesar de los rumores que consideran homosexual al rey consorte, el matrimonio real tuvo doce hijos. Uno de ellos fue Alfonso XII, aunque se atribuye la paternidad del futuro rey a un amante de la reina, el aristócrata y militar Enrique Puigmoltó y Mayans. En 1845 se aprueba una nueva Constitución, con pocos cambios sobre la de 1837. Y, poco después del ajusticiamiento de los condenados, se inicia la segunda Guerra Carlista, unas refriegas de montoneros asilvestrados, tres guerras, que se sucederán durante cuarenta y tres años y que marcarán la historia de España del siglo XIX de inestabilidades, quebrantos, ruinas, pronunciamientos cantonales, alzamientos militares y gobernantes corruptos. 

 Y es en ese contexto histórico y en el marco rural de una Castilla atrasada y cuasimedieval donde Pascuala Calonge comete su crimen. Los parricidios sobre las mujeres eran entonces, como ahora, mucho más frecuentes que sobre los hombres. La autora del estudio recoge en su peregrinaje por archivos diocesanos, civiles, judiciales y eclesiásticos, detalles exhaustivos de otros sucesos similares ocurridos a lo largo de siglos anteriores. El ajusticiamiento público pretendía un efecto ejemplarizante sobre la población, un aviso de cuál sería el castigo que sufriría aquel que infringiera la ley y cometiera crímenes mortales sobre sus semejantes. Terapia preventiva que nunca ha tenido efectos persuasivos sobre los homicidas y que, en la actualidad, ha quedado relegada en la filosofía jurídica constitucional. Ya se alzaban en aquella época alegatos contra la pena de muerte y más aún contra el ajusticiamiento público de los condenados, algo considerado inhumano y degradante contra la dignidad del individuo por Concepción Arenal, que así lo expresó en numerosos ensayos. O estudiado por Julio Caro Baroja en su extensa obra, que analiza la represión que sufrieron brujas y judíos ocultos para practicar su religión y ritos y no caer en las garras de la Inquisición. O en la parodia que treinta y cinco años antes de los sucesos, 1810, relata Leandro Fernández de Moratín en su novelita “Quema de brujas en Logroño”. Recoge también Rosario Consuelo, la autora, dos romances de cordel de la época en los que se cuenta con afán lucrativo el terrible suceso, algo parecido a los romances picarescos de ciego que se popularizarían desde “El lazarillo de Tormes” en el siglo XVI. 

Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán, Obra de Pedro Berruguete, 1491-1499. Museo del Prado.

Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán, 1491-1499. Museo del Prado. La hoguera. «Es un asunto muy delicado el de la pena capital, porque además del condenado juega el gusto de cada cual…» decía Javier Krahe .

Y es inevitable al sumergirse en la lectura del crimen de Pascuala recordar las películas contrarias a la pena capital que el cine español produjo durante el franquismo. Aquel manifiesto contra el brutal ajusticiamiento por garrote vil, “El verdugo”, de Berlanga y Azcona, que tanto indignó al general bajito cuando lo vio en su salita de cine privado del palacio de El Pardo. O la prohibida “Queridísimos verdugos”, de Basilio Martín Patino, que vio la luz en 1977.

En España, la pena capital fue abolida en 1995. El último ajusticiamiento por el procedimiento medieval del garrote vil en nuestro país sucedió en la prisión provincial de Barcelona, el 2 de marzo de 1974, sobre el reo Salvador Puig Antich tras ser declarado culpable, por un tribunal militar franquista, de la muerte del joven subinspector de policía Francisco Anguas Barragán. La muerte se lo llevó por delante tras dieciocho minutos de agonía. Tenía veinticinco años. Ese mismo día también fue ajusticiado en Tarragona Georg Michael Welze, alias Heinz Chez, un mendigo oligofrénico culpable de la muerte de un guardia civil. Aunque las últimas ejecuciones capitales en nuestro país se produjeron el 27 de septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador Franco. A pesar de la petición de clemencia del papa Pablo VI y de la protesta internacional promovida por el primer ministro sueco Olof Palme, cinco acusados de asesinatos y de pertener a ETA y al FRAP fueron fusilados en el acuartelamiento de Hoyo de Manzanares, en Barcelona y en Burgos. Los ejecutados contaban edades entre los 21 y los 33 años. Olof Palme fue asesinado en 1986, sin que el magnicidio fuera jamás esclarecido y sin culpables para la justicia sueca.

Curiosamente fue Francia el último estado democrático europeo que practicó una pena capital. Fue el 10 de septiembre de 1977, sobre el reo Hamida Djandoubi, que secuestró, torturó y mató a una mujer. Monsieur le President, Valéry Giscard d’Estaing, desestimó el indulto y la guillotina rebanó implacable la cabeza del asesino, mucho mejor que el cuchillo de matarife de Pascuala.

El garrote vil. Ramón Casas, 1894. Museo Reina Sofía

                         El garrote vil. Ramón Casas, 1895. Museo Reina Sofía.

Pascuala Calonge, la reina de Tardajos, tuvo poco tiempo para disfrutar de su trono. Algo parecido a “La Envenenadora de Valencia”, Pilar Prades Expósito, una mujer semianalfabeta tristemente célebre por asesinar, entre 1954 y 1956 a dos mujeres de las que elucubraba apoderarse de su bienestar y sustituir la miseria en la que había nacido por un poco del confort de sus víctimas. El verdugo de Pilar, ajusticiada con treinta y uno años, fue Antonio López Sierra, que también lo fue de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, El Jarabo. López Sierra fue uno de los tristes protagonistas de la película de Martín Patino citada anteriormente.

El nombre del verdugo de Pascuala y todo lo que aconteció el día de su ajusticiamiento está relatado por Rosario Consuelo en su investigación de los hechos, tan completa como amena de leer.

CRIMEN Y CASTIGO DE LA REINA DE TARDAJOS, ha sido editada por OPORTET Editores.


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