La Poesía en los tiempos del virus VII


A A López. Fotos de Terry Mangino

     ANTONIO GAMONEDA es un poeta. Es un señor que camina y habla despacio, pero sabe donde pisa y lo que dice: “El lenguaje ha de ser poética y socialmente subversivo. Sin la conciencia subversiva no hay creación literaria. Hay que luchar contra los molinos del viento de la imposición, darle libre albedrío a la vesania de la imaginación. Como don Quijote, una bella locura que don Miguel escribió para poder vivir”.

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     Antonio Gamoneda ama los libros. Tiene en su casa de León —la ciudad a la que le trasladó su madre con apenas tres años, en 1934, tras quedar huérfano de padre— sus libros ubicados según sus juicios, o sus sospechas. En un sótano (el infierno) tiene los condenados. En el desván (el purgatorio) los dudosos. Y en las habitaciones (el paraíso) los confirmados. Confiesa que conseguía sus libros de un librero —se supone que de León. ¿Pero es que en León había libreros en su juventud? ¡¿Cómo podía ser eso en 1945, en 1950, en 1955, en 1960?!— que los traía de no sabe dónde. “Mi biblioteca era inexistente, todo se perdió durante la guerra, mi casa familiar de Oviedo fue saqueada por los falangistas y los libros que mi padre tenía, ejemplares dedicados por Valle Inclán, por Rubén Darío robados”. Sólo recuperó un ejemplar de “Otra más alta vida”, libro de poemas escrito por su padre en 1919 y en el que aprendió a leer. Removiendo estanterías, cartapacios diría Cervantes, por las chamarilerías de ropavejeros —más numerosas que las librerías— de su ciudad de acogida encontró una colección de libros clandestinos que le sirvieron para conocer autores prohibidos, los mejores, los poetas malditos, los confirmados que habitan ahora en el paraíso de su casa. Y a falta de monetario leía a saltos de mata en las librerías de viejo, o intercambiando los ejemplares mil veces sobados, los que no acabaron alimentando el calor de una lumbre que aliviaba los sabañones, hijos espurios del crudo invierno leonés —¡tantos!— que dejó la cruzada del infame general. Aquellas cuartillas desvencijadas que pasaban de mano en mano a 20 céntimos el uso. Una consumación erótico-lírica persiguiendo entre escarchas y redondillas a Quevedo o a Juan Ramón a falta de garbanzos que llevarse al buche, en busca del calor de la poesía que calentaba los cuerpos, o los espíritus cuando todo estaba desnudo y la halitosis del yugo y las flechas vertía su vómito de bilis y de escrotos a los vencidos. Después, superviviente de estepas y rencores, trabajador puntual de la gleba cotidiana y amante de los silencios, Gamoneda se puso a escribir poemas como este:

Ha venido tu lengua; está en mi boca

como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame,

amor mío, la sombra.

       Antonio Gamoneda ha cumplido el pasado mayo 89 años. Casi tantos como Clint Eastwood (90), aunque sus vidas hayan sido ligeramente diferentes. Vean las pelis de Harry Callahan. Y lean en silencio los poemas de Gamoneda.

[Estas líneas se han confeccionado con las notas —pura arqueología archivística— tomadas por el autor, ese tal A A López, en las conversaciones que don Antonio Gamoneda mantuvo con el público asistente —entregado— a las conferencias celebradas en Madrid, en la Biblioteca Nacional, el 9 de octubre de 2012, durante el homenaje que se tributaba a dos Premios Cervantes, a él se lo dieron en 2006 —el otro homenajeado era don Mario Vargas Llosa—; y el 6 de marzo de 2013, en la Sala Mapfre, en la que Gamoneda hablaba del amor a sus libros —algunas señoras le declararon su amor a él, no a sus libros, cosa que don Antonio agradeció con la sabiduría de su sonrisa y a las que prometió satisfacer con sus poemas. Lo cumplió—.]


Ana de la Robla, poetisa, y sus amores líricos con Gamoneda:

http://elpozoyelpndulo.blogspot.com/2012/10/la-ultima-cancion.html?m=1


Doña Ana de la Robla y su amor por Gamoneda

Le ha costado décadas granjearse el reconocimiento, pero últimamente Antonio Gamoneda va de premio en premio. Habitante (aun en su ostracismo voluntario, y más por localización temporal que por deseo gregario) de la Generación de los 50, Gamoneda ha recibido en los últimos años el Nacional de las Letras, el Castilla y León y, ahora, el Reina Sofía. Por el camino se quedaron Blanca Varela y Francisco Brines; casi nada. Se le ha encasillado repetidamente dentro de la poesía llamada “del silencio”, pero Gamoneda en realidad ha sido y es un poeta silencioso menos por estética que por elusión del ruido literario, esa algarabía de mafias, premios y tejemanejes que envilece a las letras en tantas ocasiones; prueba de ello ha sido su actitud ante la noticia del Reina Sofía, modesta, serena y casi resignada.
Hasta el momento su último libro ha sido Arden las pérdidas, con la excepción de ese espectacular y esperanzado ramillete de poemas que en 2004 dedicó a su nieta Cecilia, y que aparece en la magnífica antología que del poeta ovetense-leonés recientemente ha publicado Galaxia Gutenberg bajo el título Esta luz. Una de las muchas bellezas innegables de la poesía de Antonio Gamoneda –él mismo enamorado con pasión de la belleza– es su esencia profundamente plástica (ut pictura poesis); diría más: arquitectónica. Todos sus libros son edificios impecables y sabiamente rematados, minuciosamente estructurados desde su primer verso hasta el punto final que les da término. Sin eludir siquiera el título, de exquisita contundencia.
Tras el heterodoxo y hermosísimo Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas supuso un testamento lúcido, un auto de fe de la memoria. En el libro están presentes la conciencia de la pérdida y del avance hacia la muerte, pero desde una perspectiva de total serenidad. Los recuerdos dejan al poeta sólo un patrimonio previsible de cenizas, y él las canta como tales, como en el verso de Aleixandre: “ávidamente ardí, canté ceniza”. En Arden las pérdidas hay verso pero también, al igual que en Lápidas (1987) o en Libro del frío (1992, revisado y ampliado en 2003), hay fragmentos peculiares en prosa musical, “bloques rítmicos”, como el poeta mismo gusta de llamarlos en ese conjunto de ensayos breves y certeros que es El cuerpo de los símbolos.
“Viene el olvido”, “Ira”, “Más allá de la sombra” y “Claridad sin descanso” son los peldaños que conducen a la hoguera final de los recuerdos en “Arden las pérdidas”; hoguera dolorida que, no obstante, es amorosa. Muchos años antes, en Sublevación inmóvil (1960), ya había asumido Gamoneda la purificadora necesidad de ese dolor: “De ahí, de mirar la vida / desde lo oscuro, viene / este amor invencible”.
“Viene el olvido” es una tensión agónica entre la memoria y el presente, y a la vez entre el presente y los presagios de la muerte. Gamoneda sintetiza sutilmente la tradición entera del pensamiento occidental, en la que el hombre aparece como el mortal y, a la vez, como el hablante: es el animal que tiene la facultad del lenguaje (con Aristóteles) y el animal que tiene la facultad de la muerte (según Hegel). El poeta persigue rastros lacerantes del pasado (“busco las manos de mi madre en los armarios llenos de sombra”); la inminencia de la desaparición se catartiza y transustancia en el lenguaje (“La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bujías del amanecer. Así / arden en mí los significados”). En “Ira” se renuncia expresamente al bálsamo calmante del olvido; es una evocación consciente de los ultrajes del pasado, del dolor y la miseria de unos tiempos arduos. Ante la injusticia, el olvido o el consuelo carecen de sentido. “Ira”, pues, es poesía del compromiso (cuidado, compromiso en Gamoneda no equivale a dogmatismo), sin renunciar al tono íntimo, de experiencia personal (“De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada. / Aún enloquecen / aquellas madres en mis venas”). “Más allá de la sombra” es una contemplación de la consumación de la pérdida, la memoria trascendida (“Me he extenuado inútilmente / en los recuerdos y las sombras”). En “Claridad sin descanso” el poeta retrata lo que aguarda más allá del término de todo; el poeta acepta su actual estado como un suceso en que la visión se clarifica y todo adquiere nitidez (“Así es la vejez: claridad sin descanso”).
Los poemas dedicados a Cecilia son un renacimiento esplendoroso: “Bajo los sauces / yo te llevo en mis brazos y te siento vivir. / Después salimos a la luz y, por primera vez, / tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras. / Es verdad, en el extremo de tus manos, / el cielo es grande y azul”. Estremecido temblor de Gamoneda: cuándo dejarás de sorprendernos.