Recogidos por Agustina de Champourcín

Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria), el rebelde enamorado y adolescente encendido que cayó rendido a los pies de su primer amor, Áurea, a la que conoció en la primavera de 1935. 23 años tenía el muchachito, cinco más ella (y tres hijas ya). Un encuentro en la casa del pintor Maurice Fromkes, en Madrid, en la calle Espalter, despertó en él un fuego vivísimo que apagaba con sonetos y poemas. Su incendió duró siempre, propagado en llamas como abeja de flor en flor.

Primer libro de amor 1935-1939
(De Al advenimiento de un nuevo amor)
Nace tu voz y se abren tus oídos,
las palabras se alumbran de repente;
ya son verdad las que tan tristemente
abandonaban todos mis sentidos.

Crean en nuestros labios. Los vagidos
del ayer son ya nombres del presente. 
Las cosas y los seres, dócilmente, 
van brotando al amor recién nacidos.

Árbol, hoguera, arroyo, césped ave:
son mundos que te doy y que me entregas
y puentes que en el alma nos tendemos.

Estoy en ti como un respiro suave.
Estas en mí como te nombre, en alas.
Ya somos y es verdad y lo sabemos.



Loca y grave, con voz de primavera
la palabra en tus labios extrañada
citó al amor para su sed primera.
Y brotaste de ti como una espada
desnuda, repentina, verdadera
como yo te vivía y te pensaba.

Ezequías Blanco (Paladinos del Valle, Zamora) es muy bienhablado porque fue catedrático de Lengua y Literatura en el cinturón rojo madrileño. Es también un cuentista redomado, abuelo de punkys, editor de cuadernos matemáticos y tiene amistades con monos que estornudan mientras apunta con su cabeza a las pistolas. Escribe poemas en las penumbras de los cines porque el cine, como sus versos, están llenos de amor. Algo tendrá que ver el cine.

LA SONRISA DE MI MADRE

Yo doy fe de que tiene el infinito
silencio de Dios y al mirar
una foto de un viejo
Ha exclamado: ¡pero qué niño
más guapo!¡Qué guapo es este niño!
Su mente es una grieta
donde no existen los dones
sólo la certidumbre del destino.
Donde no hay más presencia 
que la ausencia
de los senderos hacia el cielo.
Y su sonrisa vive en la posibilidad 
del error de quien mira al horizonte 
con la orfandad perdido.
No hay nada suficiente que los rayos 
no iluminen. Uno es lo que ama
y lo que será capaz de amar:
una celebración de ruiseñores
nostalgia de lugares sin dolor
que no ha visto en la vida
confundidos con un desbordamiento
de sueños y una riada

Pascual Izquierdo (Sotillo de la Ribera, Burgos) tiene el temple de un retablo barroco lleno de angelotes desvergonzados que se rieran de esas muchachas en flor que suspiran arreboladas al descubrir el amor primero. Lleva su tierra en lo más hondo de sus letras, es como un gran reserva que ha absorbido las esencias del roble, del suspiro, del abrazo, del beso, de la lágrima, de la caricia, del océano de trigos de su ancha Castilla.    

MORTAL
Acaricias la espiga
y queda tu piel repleta de cosechas.
Te posas en la tarde
y tiembla de pronto la piedra adormecida.
Te orientas hacia el viento
y navega tu cuerpo como un bajel de brisas.
Mas, ¡cómo te hieren las aristas!
¡Cómo te ciega
la plenitud del equinoccio!
¡Cómo ataca el óxido de otoño
tus hojas amarillas!

Del libro ALBA Y OCASO DE LA LUZ Y LOS PÉTALOS. Premio «Flor de la Jara» de Poesía 2013.

Alfredo Alameda (Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací) es mitad Hemingway y mitad Antonio López. Encuentra historias antiguas al alba por los collados y las pinta con su prosa libre de edulcorantes y cargada de emoción, de vida. Acaba de publicar La Memoria de los Libros, una historia de inocentes perseguidos por la maldad de un tirano que recuperan la voz para contar la verdad perdida, la única verdad que hay entre un hombre y una mujer.

El maquillaje oscuro de los párpados resaltaba la claridad azul de los ojos de la mujer, fijos en los del hombre.
—En realidad lo que quise decir al verte tan bonita —dijo Arcadio, manteniendo la incitante mirada de Alicia— fue: «prometedora», pero se ve que en el último momento un destello de prudencia sustituyó el adjetivo por el de «grata».
Alicia rio tan espontáneamente que a punto estuvo de derramar el vino de la copa que se llevaba a la boca.
—¡Vaya! —dijo—. Pues me alegro de que hayas prescindido de tanta prudencia.
—Debe ser el saxo de Iturralde y este verdejo canalla.
—Así que prometedora, ¿eh? —se arrimó a Arcadio sin levantarse, arrastrando el culo por la polipiel del sofá— ¿Sabes que podría considerarse como un acoso?
Depositó la copa, que aún sostenía en la mano, junto a la de Arcadio, y acercó sus labios a los de él. Solo un roce, solo un instante. Luego dijo:
—Enciende la pipa; me encanta el olor del Clan.