NAVIDAD 2017

Pascual Izquierdo

Amanece septiembre y ya comienza a oírse, de forma sutil y solapada, la palabra Navidad.

Llega octubre a las pantallas y algún anuncio se atreve a insinuar la proximidad del gran advenimiento.

Se asoman a los calendarios los primeros días de noviembre mientras se afanan los operarios en la instalación de las luces que han de iluminar las calles.

Es a mediados de noviembre cuando estalla la pirotecnia de los villancicos, cuando se encienden las arquitecturas luminosas, cuando sobre el plasma se despliegan los perfumes.

Estamos en Navidad. Una Navidad que se extiende hasta mediados de enero.

Dichoso el penitente que sea capaz de soportar tan prolongado sufrimiento.

 

Efemérides

Rafael Alonso Solís

Una de las salidas fáciles para rellenar columnas literarias lo constituyen las efemérides. No hay una sola fecha que no coincida con el nacimiento, la comunión o el fallecimiento de algún personaje. El pasado 4 de diciembre cogió el tren Manuel Marín, un politico que paseó su buen talante y su elegancia por la vida parlamentaria, y que ennobleció la presidencia del Congreso de los Diputados desde 2004 a 2007. Marín se metió oficialmente en política en 1977, al ser elegido diputado por Ciudad Real en las listas del PSOE. Desde entonces vivió de la cosa, gracias a ese vicio del sistema que lleva a mantener en nómina a quien pasa por la pila del bautismo. Junto a su trabajo en la Comision Europea, su sencillez y su mantenimiento de una vida discreta, a Marín hay que reconocerle que no se llevó un duro que no le correspondiera, ni se le imputó delito alguno, ni fue sospechoso de trincar. Tras anunciar que se iba a dedicar al problema del cambio climático, en 2008 fue nombrado presidente de la Fundación Iberdrola, y todo indica que lo hizo con la profesionalidad que le caracterizaba.

Manuel Marín descansa en su despacho en Bruselas durante las negociaciones para la entrada de España en la CEE. 1985. Foto gentileza de Alfredo García Francés, por la que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, 1985, publicada en EL PAÍS.

Aún sin despedirse, también el pasado 4 de diciembre cumplió noventa años Rafael Sánchez Ferlosio, del que se dice que es uno de los más grandes prosistas de la lengua castellana. Ferlosio se hizo famoso por la publicación de su novela El Jarama, con la que obtuvo el premio Nadal en 1955. La relación entre Ferlosio y esta novela es contradictoria, puesto que, mientras la critica de la época la consideró un hito en lo que podría llamarse la literatura realista de posguerra, a él se le atragantó pronto, y hace pocos días, en una de sus últimas entrevistas, seguía renegando de ella y negando la calidad que le reconocen los demás. Cierto es que, tras inaugurar esa vertiente del realismo posguerracivilista, a Ferlosio le dio por encerrarse en su casa, estudiar gramática y escribir sin descanso bajo el estímulo de las anfetaminas. Así inventó un estilo al que los estudiosos acabaron por ponerle un nombre para los libros de literatura, y que consiste en bloquear la recaptación de neurotransmisores farmacológicamente y escribir sin descanso, enlazando un frase con la anterior hasta que uno se cansa y se va a dormir, ya de madrugada. FerlosioDe esta forma, y sin pretender la fama, Ferlosio ha acabado por escribir como Dios y sin pedirle permiso a nadie, lo cual es de admirar en los tiempos que corren. Si se le pregunta, sigue diciendo que su mejor obra es Industrias y andanzas de Alfanhuí, en 1951, y, si acaso, El testimonio de Yarfoz, treinta y cinco años después. Los paisajes por los que se mueve Alfanhuí son los mismos que los de Comala, que Juan Rulfo describió en Pedro Páramo, o el vasto y cerrado territorio de Macondo, que García Márquez nos dejara entrever en Cien años de soledad. También los espacios de Tesejiraque, por los que Manuel Almeida ve pasar lagartos, lunas y profetas, cuya lectura es altamente recomendable.

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BARE NOSTRUM

Gabriel de Araceli

    La poesía y las matemáticas son hijas del mismo empeño en abstraer la belleza y destilarla en formas numéricas o endecasílabos o ecuaciones. Pedro Puig Adam fue matemático, profesor y poeta. Alumno, colaborador y amigo de Julio Rey Pastor. Otro insigne matemático relacionado con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), que bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal y desde 1907 supuso un despertar en las ciencias y en las enseñanzas en España. Después, la larga noche del nacional franquismo enmudeció la voz de la rima y el número. Y los avances científicos, educativos y poéticos de aquel período de esplendor de la JAE se redujeron oficialmente a enumerar una lista de reyes visigóticos, instruir en el espíritu nacional o a loar la unidad de un imperio iniciado por otros reyes aún más católicos.

    En Getafe existe un instituto que lleva el nombre de Puig Adam. Y unos profesores, quizás emanados del espíritu didáctico renovador de la JAE, editan heroicamente desde hace décadas una revista poética que es referencia obligada en el mundo mundial de la poesía, de la literatura, de los números y de la belleza: CUADERNOS DEL MATEMÁTICO.

    Ezequías Blanco es pirata y profesor en el Instituto Puig Adam. Y es también poeta y ha escrito unos versos que forman el libro BARE NOSTRUM, que se va a presentar el próximo 14 de diciembre, a las 19:30 en Espacio Mercado, Plaza de la Constitución, s/n, Getafe. También es un homenaje a San Juan de la Cruz, otro héroe insigne de la métrica, quizás el más elevado y austero poeta que haya dado la lengua castellana. Se hablará de poesía, de fotografía, de números y de la vida. No falten.

Quedeme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

 

Los alegres vecinos del Campo de la Cebada

Gabriel de Araceli

     En el centro de Madrid se encuentra la Plaza de la Cebada. Un lugar por el que paseaba Isidora Rufete, La Desheredada, uno de los personajes de Galdós tan vivos ahora como en 1881, cuando se publicó la novela. Es una plaza desvencijada, en semi-ruina. Hay un mercado municipal semi-vacío y hubo una piscina a la que iban los viejecitos, también los jóvenes, hasta 2009, fecha en la que el Ayuntamiento decidió cerrarla argumentando que estaba vieja.

     Era la única piscina, la única instalación deportiva del barrio, tan céntrico como abandonado por los gobernantes municipales. Los planes del Consistorio pasaban por el consumo, por construir en ese popular espacio un centro comercial de lujo, por privatizar el suelo público, por realizar un desarrollo urbanístico ajeno a las necesidades del ciudadano. Pura especulación. Que desapareciera el tejido vecinal y se transformara en algo parecido al actual Mercado de San Miguel. Un parque temático gastronómico, una atracción turística para japos y guiris, un espejismo para caprichosos del pata negra y el fumé de saumon, pero que no sirve para abastecer al vecino del barrio por los elevados precios de los productos que allí se venden. La crisis económica dejó sin recursos los planes urbanísticos y el proyecto comercial quedó en nada. El solar que albergaba la piscina sigue vacío mientras que el mercado de la Cebada languidece resignado al abandono.

     En 2011, el Ayuntamiento llegó a un acuerdo con los vecinos y se optó por darle un uso social a este solar mientras se decidía qué hacer con él. Y en estos seis años, el Campo de la Cebada se ha convertido en un lugar de encuentro donde los vecinos acuden a relacionarse, a hablar, a montar en bici, a hacer gimnasia o tirar a canasta, a tomar el sol o a bailar, o a pintar las paredes con grafitis reivindicativos.

¡O a enamorarse!

     Es un espacio para el diálogo —¡hay tan pocos en Madrid!— y para tejer el enjambre social que ha caracterizado siempre los barrios históricos, casi desaparecidos por los hábitos espurios traídos de allende los mares. Los black friday, los cyber monday, los jalogüin, los prymark, los onlyne, el marketing, el low cost y demás lemas consumistas nos invaden, nos abruman con la necesidad de adquirir cualquier cosa innecesaria. En un bucle globalizador, hemos importado costumbres consumistas y hemos exportado los salarios precarios y las penosas condiciones laborales al tercer mundo. Hemos intercambiado miseria por consumo. Basamos nuestra felicidad en la compra compulsiva.

     Parece que en los próximos meses se va a construir, por fin, la piscina y las instalaciones deportivas prometidas. El Ayuntamiento se ha comprometido a ello con sus moradores. ¡Habrá que verlo! La experiencia vecinal va a aprovecharse y se reservará un espacio al aire libre en la terraza de la futura piscina para seguir tejiendo esas relaciones humanas tan necesarias en un barrio, esa humanidad de corrala, esa diversidad de personas, de procedencias, de razas y de idiomas, de pequeños comercios y de oficios manuales que Isidora Rufete tan bien conocía. Las señas de identidad de un barrio frente a la despersonalización globalizadora del consumo de masas.

    Así que dense una vuelta antes del 15 de diciembre por el Campo de la Cebada antes de que nos deshereden, para aspirar algo de casticismo, de barriada, para participar en la vecindad antes de que sea demasiado tarde.

Aspecto del Campo de la Cebada ya cerrado, el 24 de diciembre de 2017.

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La beauté est dans la rue

Malasaña

Nación

Rafael Alonso Solís

Una manera prudente de acercarse a las posiciones nacionalistas es hacerlo desde un punto de vista religioso. Al fin y al cabo, la creencia en dioses particulares, ya sean unos o trinos, invisibles u omnipresentes, tronantes o mudos, es siempre cuestión de cada cual, pero que únicamente adquiere consistencia cuando se convierte en comunión, en artículo de fe, en esperanza de una existencia que no es de este mundo, pero que se nos promete en caso de permanecer fieles a los preceptos y no dudar de la verdad y veracidad de las escrituras. En el libro VII de God & Gun –una obra exquisita en la que uno siempre encuentra alguna referencia para ilustrar cualquier especulación–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención acerca de que el creyente, para gozar de suficientes garantías, precisa que Dios tenga ambos atributos. Es decir, necesita que no se trate simplemente de un Dios veraz, sino también que sea verdadero, lo cual lleva implícita la condición de unicidad. Desde ese momento, identificado el Dios verdadero, todos los demás no pueden poseer tal característica. Es difícil entender el significado de nación si no es desde la inmersión absoluta en el dogma identitario. Y como, en esencia, lo importante no es la definición de nación ni la comprensión del concepto, sino la de “nuestra” nación, ello no cobra sentido si no tiene, como en el caso de Dios, el carácter de nación verdadera, única e indivisible, en la forma que refleja cualquier catecismo o credo impreso en un opúsculo con pretensiones de grandeza.

Auto de fe. Tabla de Pedro Berruguete, 1493-1499. Museo del Prado.

Una vez aceptada la pertenencia a una nación, ya no es necesario pensar más sobre el asunto, y uno está en condiciones, incluso, no sólo de practicar el culto, sino de predicar la buena nueva, bautizar a los conversos y trazar una raya divisoria que separe a los señalados por la gracia de la nación de los infieles. Sólo desde la tranquilidad que proporciona la pertenencia a una patria –siguiendo las líneas maestras de esta visión religiosa– se explica la confianza en el poder casi omnímodo que ello lleva aparejado. Al igual que ocurría con Dios, una vez que ha sido identificada nuestra nación todas las demás se convierten en ajenas y, como consecuencia, en paisajes situados más allá de la frontera, tierras remotas y tenebrosas en las que no puede crecer nada, debido a que son asoladas por el viento helado que baja de las montañas más oscuras. La identidad nacional se convierte así en el equivalente político y prosaico del santo Grial, y la soberanía en una especie de ilusión compartida, el anuncio de la tierra prometida, la antesala de un paraíso perdido, secuestrado, arrebatado por la imposición de unas creencias paganas y susceptible de ser recuperado para siempre. La nación, así concebida, contiene en su interior todos los elementos que caracterizan la felicidad, y ello incluye la alegría, el agua, el jamón serrano, la luz, la rosa, el sol, la luna, el placer del orgasmo, el duende y la gallina.

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Soberanía

España como mito

El Telero

Pascual Izquierdo

         Por estas tierras de Castilla, el Telero goza de la consideración de personaje mítico, al igual que aquel V. K. Ratcliff de William Faulkner que iba recorriendo los pueblos del condado de Yoknapatawpha con su vieja jardinera. El Telero, sin tantas pretensiones literarias, visitaba las localidades del contorno vendiendo prendas y géneros de punto.

        Iba acompañado de un macho sobrio y reflexivo que, a lo largo de interminables jornadas de soledad, había aprendido a hablar consigo mismo y a veces con su amo. Tiraba de un carro inhabitual en los pueblos de la Ribera, lleno de tantos cajones y apartados, de tantas puertecillas y habitáculos, que parecía compartir ámbitos secretos con amo y caballo.

       El Telero era un hombre robusto y colorado, sabio y parlero, que hablaba con muchísimas mujeres de patrones, pesos y medidas imposibles de guardar en el museo parisino de Sevres. Era quien mejor conocía, por necesidades de ropas y retores, la intimidad de los hogares.

       De los hogares y sus moradoras. Era perito en tallas de busto y de cintura, ya por cálculo aproximado o medición directa. Aparecía en las primeras horas del día y se pasaba toda la jornada en el mismo pueblo, aconsejando con su verbo melifluo la compra de determinadas prendas en el capítulo de fajas y sostenes, de lencería burda para mujeres de labranza.

       En aquel preámbulo de intimidades compartidas, ¿qué podría suceder en los coloquios sobre géneros y tallas? Sólo lo sabe el macho centenario. El animal, callado y catedrático, se quedaba esperando con la cebadera puesta y las orejas desplegadas a que su amo acabara la gestión que llevaba entre las manos. Rumiando su especial sabiduría, asistía impasible a una liturgia de intercambios que, años después, habría de borrar el implacable vértigo del tiempo.

        El mítico Telero, retirado ya de las andanzas mercantiles, consume sosegado sus últimas jornadas, en compañía del ingente caudal de los recuerdos y de un solícito porrón, al que acude cada cierto tiempo para entablar diálogo.

Guía de la Ribera del Duero, Roa, 1995.

Un mercero en un mercado de Valencia. Los teleros, de nómadas a sedentarios.

Son, o fueron

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             Ángel Aguado López (Texto y fotos)

    ¿Cuándo se quebró la convivencia? ¿Qué provocó la huida hacia adelante? ¿Quién desenterró el hacha de guerra? ¿Cómo no advertimos la quemadura de la intransigencia sin que nadie aplicara la pomada de la sensatez? ¿Por qué desde la perversión de las palabras se enredan los conceptos, se ocultan las intenciones y se tergiversan las ideas?

    Vivimos tiempos de exaltación nacionalista en los que los portavoces del pensamiento diferenciador, aspirantes a reyezuelos de una república fantasma justifican sus innegociables verdades sobre la naturaleza superior del hedor de su pesebre. Hablar una lengua o habitar un lugar parecen legitimarles para desplegar una estrategia aniquiladora y supremacista sobre el vecino, diferente sólo en el corte de la camisa, sin que nadie parezca comprender que todos somos tan diferentes como iguales, que tan solo nos diferencia o nos iguala la conciencia del mal, el grado de la maldad humana de cada uno.

    Sería interesante escuchar, en una tan fantástica como imposible translación de hipótesis, las opiniones de Manuel Vázquez Montalbán sobre la actualidad de su Barcelona y la situación socio-política a la que ha llevado el procés. Los artículos que sobre el nacionalismo catalán, y todos los nacionalismos patrios o forasteros, escribió MVM son tan numerosos como comprometidos desde la ortodoxia racionalista de un intelectual crítico y escéptico. ¿Están las cosas porque son o son porque están? se preguntaría ante la complejidad de expresar una opinión sensata en los tiempos tramposos que corren.

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Eduardo Mendoza y Vázquez Montalbán el 16 de julio de 1990, en El Escorial.

    Quizás su ciudad de los prodigios se le revele ahora mismo a Eduardo Mendoza también desconocida. Savolta andará buscando verdades inexistentes. Quizás los hijos de Manolo, el Pijoaparte, engendraran entonces hijos levantiscos que reniegan ahora de su origen charnego, el flequillo cortado a tazón levantando el puño redentor con la fe radical del converso desde el púlpito de la CUP. Quizás los nietos pijos de Teresa vayan las últimas tardes Junts pel si abrazados a los de Manolo, tan diferentes, tan iguales. «Es la cara de la globalización del lavado de cerebro» puede que dijera MVM, vaya usté a saber.

    El caso es que una mañana del verano de 1990 MVM y Eduardo Mendoza se encontraron en los Cursos de El Escorial. El reportero estaba allí y cumplió con su obligación, fotografiarlos. Entonces no existía la tecnología digital en la fotografía ni en ninguna parte. Entonces no existía la telefonía móvil, ni internet, ni la informática, ni los programas de retoque, ni se hacían decenas de fotos sin contenido alguno. Una Nikon F3 sin motor, dos objetivos. Un rollo de película Ilford HP5 Plus, 28 fotogramas expuestos de los 36 posibles. Eso fue todo. Al reportero le sorprende hoy la efectividad conseguida entonces

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Hoja de contactos del reportaje

    Veintisiete años después aquellos testimonios gráficos adquieren una relevancia inesperada debido a la situación política. Además, las obras de ambos escritores forman parte del acervo literario español tan presentes y tan leídas ahora como entonces. Y seguramente condenadas por la chiquillería contestataria del flequillo a tazón y el puño en alto. El reportaje se publicó unos días después en una página cualquiera en la sección de cultura del diario EL PAIS. El paso del tiempo los ha convertido en documentos históricos.

eduardo_mendoza107_webContaba por aquel entonces un redactor-jefe de cierre que un domingo cualquiera, a eso de las nueve de la tarde aún no tenía la columna que MVM debía escribir para el lunes siguiente. Alertado por la tardanza consiguió, tras varios intentos telefónicos, hablar con MVM. Y este, que venía del Camp Nou de ver a su Barça y que había olvidado por completo el asunto, seguramente porque se barruntaba la traición de Figo, la improvisó y se la dictó de corrido en el momento a la taquígrafa. Trescientas cincuenta palabras sin dudar ni una coma. Cuando falleció MVM, Eduardo Mendoza fue el encomendado de escribir la columna de los lunes. Pero a poco renunció porque no se veía capacitado de mantener la memoria colosal del padre de Carvalho. Cosa que le honra.

Las imágenes aquí expuestas forman parte de un próximo libro de retratos sobre personajes que alimentaron la educación sentimental de una generación surgida de la transición democrática. SON, O FUERON. Porque ya muchos no están, pero siempre fueron. Es posible que haya editores interesados en el proyecto. Son, sean bienvenidos y muéstrense, antes de que sea demasiado tarde.

 

 

 


Una columna de MVM

Con posterioridad a la publicación de esta crónica se ha recibido de la web oficial de MVM un artículo que por su contenido humorístico, no exento de crítica, tengo el honor de subir aquí para regocijo de los lectores. Se trata de un comentario jocoso a una fotografía de unos antidisturbios que golpeaban a porrazos a una vaca lechera durante una protesta de ganaderos en Madrid. Se escribió hace ¡30 años!, pero podía haber sido ayer mismo en cualquier lugar de Celtiberia.


La vaca

M. VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 16 / 03 / 1987

(por gentileza de http://vespito.net/mvm/indesp.html)


Me hubiera gustado estar dentro del cerebro del esforzado guardia que se lio a porrazos con la vaca Marcelina. Sería primaria y grosera explicación que el funcionario agrediera al cuadrúpedo por acto reflejo derivado de que Marcelina se parece demasiado a Marcelino, aunque a buen seguro que en el subconsciente colectivo de las fuerzas de orden sigue sonando a toque de rebato el nombre de Marcelino. Improbable que el guardia supiera que la vaca se llamara Marcelina por propia confesión del animal a requerimiento de que se identificara, aunque es posible que su propietario la encimara revelando su nombre de pila: «¡Arróllalos, Marcelina!’.

Hasta aquí la explicación más ideológica. Pero cabe un análisis sociológico del episodio, basándonos en la evidencia de que las fuerzas de orden suelen proceder de zonas agrícolas, cuanto más agrícolas y ganaderas mejor, y conservan en su primera memoria el terror a un destino de campesinos y pastores del que huyen por todos los caminos que llevan a las academias de policía.

Imagínense ustedes a un fugitivo del pastoreo que de pronto comprueba cómo las vacas le persiguen hasta las ciudades, a manera de pesadilla de delirium tremens, y que además esas vacas provocan desórdenes públicos y emiten mugidos subversivos. Al más templado se le cruzan los cables ante una contumacia persecutoria tan manifiesta.

Cabe también la posibilidad de que la vaca fuera atacada a porrazos por una sublimación del impulso erótico ante tanta carne desnuda y retozona, esos cuerpos libres en la ciudad libre. No somos de hielo, y ante 300 o 400 kilos de carne hembra, que tire la primera piedra el varón dotado capaz de contenerse ante la provocación y no tuviera la tentación de blandir sus atributos. En este caso ortopédicos, porque de ortopedia fálica se podría hablar cuando tratamos de encontrar la referencia simbólica de la verga, sea bajo el reinado de Barrionuevo, sea bajo el reinado de Perico de los Palotes.

 

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Peleas amañadas

Rafael Alonso Solís

Hace días estuvo en España Marvin Hagler, un exboxeador norteamericano que dominó la división de los pesos medianos durante los ochenta. Hagler, al que apodaban “Marvelous”, había nacido en Newark, Nueva Jersey, trasladándose con su familia a Brockton, Massasuchetts, cuando tenía trece años, tras una serie de disturbios a finales de los sesenta –the Newark riots–, que terminaron con ventiseis muertos y más de diez millones de dólares en destrozos, incluyendo la casa en la que vivían los Hagler. Newark es famosa por haber sido un foco de conflictos entre la extensa comunidad negra y la minoría política blanca, ayudada por unos selectos mandos policiales con la piel del mismo color, a pesar de ser una de las primeras ciudades estadounidenses con una amplia plantilla de oficiales negros. En el caso de Brockton, la ciudad en la que creció, es habitual que, aún hoy, los periódicos muestren en su primera página noticias de tiroteos entre bandas y enfrentamientos raciales. Ser negro era la situación idónea para vivir como un perdedor, cuya única salida para destacar era integrarse en el crimen organizado. Marvin se enfrentó a esa posibilidad con la fuerza de su convicción, pese a tener que esperar durante años a que el negocio del boxeo le permitiese competir por el título. Como Smokin Joe Frazier le dijo una vez: “Marvin, tienes tres cosas en contra, eres negro, eres zurdo y eres bueno”. Coincidiendo con una de las épocas de oro del boxeo profesional en las categorías de los pesos intermedios, Hagler conquistó el título y lo retuvo durante siete años y trece defensas, sin que nadie fuese capaz de tumbarle en toda su carrera. En 1987, en el Caesar Palace de Las Vegas, Marvin se enfrentó a Sugar Ray Leonard, quien por entonces era el preferido de las revistas, el negro guapo y sonriente que lucía pajarita para asistir a los estrenos de postín y las inauguraciones de los casinos. En una decisión muy controvertida, Marvin perdió el título. Decepcionado, dejó el boxeo y se fue a vivir a Italia. Hace unos días, en Madrid, Marvin volvió a repetir que aquel combate estuvo amañado. Al fin y al cabo, amañar parece un vicio consustancial a la condición humana, tal vez porque la humanidad tiene integrada el alma del hampa en el centro de su programa evolutivo. Se amañan las contiendas electorales, con la efectividad que descubrieron los inventores del sistema en los albores de la democracia. Se amañan los concursos literarios, con la precisión sintáctica del mundo editorial. Se amañan las concesiones industriales, los contratos para la recogida de basuras, los certámenes de belleza, los records Guinnes, las carreras de sacos y los procedimientos de selección de personal. Se ha hecho tantas veces que ya no sabemos vivir sin amañar. Incluso aunque no seamos capaces de hacerlo directamente, somos cómplices silenciosos del amaño, como cuando observamos al trilero en la calle y permitimos que desplume al incauto. Porque, según dicen, a veces hay que mirar hacia otro lado.