Esa mirada cómplice con que premian tus ojos mi deseo
Fotografías de Terry Mangino

Manifestación Orgullo Gay, Paseo del Prado, Madrid, sábado 3 de julio de 2021
05 lunes Jul 2021
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Esa mirada cómplice con que premian tus ojos mi deseo
Fotografías de Terry Mangino

Manifestación Orgullo Gay, Paseo del Prado, Madrid, sábado 3 de julio de 2021









25 viernes Jun 2021
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Carmelita Flórez

El camino, el viaje, la curiosidad por descubrir qué habrá detrás de las montañas. La emoción de traspasar el horizonte y contemplar otro paisaje distinto y después otro amanecer y sorprenderse con la riqueza que conforma la existencia. Y la introspección, la mirada al interior de uno mismo, rebasar las barreras que nos limitan y adentrarnos en nuestro infinito yo. Y contárselo a los demás. Fue el amor por la ciencia, por el estudio, por los seres vivos lo que llevó al zoólogo Ángel Cabrera Latorre a escribir sus 200 libros científicos y sus más de 400 artículos en periódicos y publicaciones de todo el mundo. Ángel Cabrera Latorre y sus andanzas por el Magreb-el-Aksa o por la Sierra del Guadarrama describiendo a los lobos, Canis lupus signatus los llamaba él, o por la desconocida Patagonia en busca de dinosaurios. Un digno compañero de Ulises, de Marco Polo, de Colón, de Elcano, de Cosme Churruca, de Darwin, de la Comisión Científica del Pacífico de la que fue ilustre catalogador de su legado. Ángel Cabrera Latorre (1879-1960), hijo del primer obispo de la Iglesia Anglicana en España, aventurero y periodista, viajero incansable, divulgador, artista mayor, miembro reconocido de varias sociedades internacionales, riguroso científico brotado de la fuente de Ignacio Bolívar Urrutia —director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid entre 1901 y 1934—, al que el matemático Rey Pastor propuso y Ramón y Cajal confirmó como el mejor candidato para ocupar la cátedra de Zoología vacante en el Museo de Ciencias de la Plata. Y que en 1925 se trasladó a la Argentina para nunca más volver a la patria esquiva.

Y enamorado galán hasta el fin de su mujer, de María:
«Para mi amada esposa dedico este libro, como recuerdo de las excursiones que juntos hemos hecho para cazar o para estudiar muchos de los seres que en él se describen».
Así comienza su obra “Fauna Ibérica. Mamíferos”, publicada en Madrid, el 2 de abril de 1914. Un trabajo de gigante no mejorado y que aún hoy causa admiración por su preciso contenido científico. A ella siguieron Genera Mammalium (1919); Manual de mastozoología (1922); La Navegación (1923); Los mamíferos de Marruecos (1932); Zoología (1938); Mamíferos sudafricanos (1943); Caballos de América (1945), etc., etc., etc.
«Al apearme, a la luz de las estrellas… no pude menos de recordar las palabras de Abd-el-Kader, el emir guerrero y poeta: “Si supieras tú los secretos del desierto, pensarías lo mismo que yo; mas los ignoras, y la ignorancia es la madre del mal». «En cuanto a los moros, los hijos del pueblo que hizo un vergel de la tierra donde nacieron mis padres, sólo puedo decir que para mí han sido siempre afectuosos y hospitalarios… me he sentido siempre un alma mitad árabe, mitad europea… hay que tenerme por sospechoso de parcialidad por ese país de Islam».
Es el prefacio de su libro “Magreb-el-Aksa. Recuerdo de cuatro viajes por Yebala y por el Rif”, de 1924, en el que relata sus cuatro recorridos por Marruecos entre 1913 y 1923. Un período agitado de la historia colonialista de España. Cabrera emprendió esas expediciones explorando un vasto territorio desconocido y misterioso, adjudicado a España en virtud de los acuerdos franco-británicos de 1904. En su relato no hay ninguna mención a la situación bélica que se vivía por entonces en tierra africana, ni siquiera sobre la dictadura de Primo de Rivera, iniciada unos meses antes.
«Considérese hoy como un hecho bien probado que las especies animales actualmente existentes proceden de otras que existieron antes, las cuales, a su vez, se habrían derivado de otras anteriores a ellas», así comienza su “Caballos de América”, Editorial Sudamérica. Buenos Aires, 1945, un exhaustivo tratado de caballería que enumera las variedades equinas que pueblan el subcontinente americano. Texto inflamado de amor a la naturaleza y a lo que ahora llamamos ecosistemas y a su conservación, que bien podría haber firmado Charles Darwin, que le precedió 93 años en su viaje por los Mares del Sur. Vean si no, el apunte que Darwin hace en su cuaderno de bitácora:

«5 de julio de 1832, en el HMS Beagle. Largamos velas y por la mañana salimos del magnífico puerto de Río. Durante nuestro viaje hasta el Plata no vemos nada de particular, como no sea un día una grandísima banda de marsopas en número de varios millares. El mar entero parecía surcado por estos animales, y nos ofrecían un espectáculo extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales pasaban por delante de la proa con la mayor facilidad y seguían adelantándonos hasta muy lejos». (A naturalist’s voyage round the world in HMS Beagle. Traducido en 1920 por Constantino Piquer y publicado ese año en Valencia por Prometeo Sociedad Editorial.)
De 1922 y publicado por Calpe es “El mundo alado” *, un folleto de 116 páginas impregnado de amor a la naturaleza en el que describe las características de las aves, entonces poco conocidas. Con afán didáctico, lenguaje ameno y sencillo, despoblando su prosa de adornos este pequeño librito no pretende más que advertir de la necesidad de conservar las aves que pueblan nuestros campos y ciudades, nuestros aliados callados y seguros contra las plagas de insectos, como puede leerse:
El ruiseñor deja oír esas cascadas de notas que a todos nos admiran mientras elige una compañera, hacen el nido y ésta incuba sus cinco huevecitos; pero tan pronto como éstos se rompen y salen del cascarón los cinco pequeños ruiseñorcillos, el padre deja de cantar y sólo profiere una especie de ligero graznido gutural: la voz grave y preocupada del padre que comprende sus deberes y sus responsabilidades…

Los herrerillos, los mosquiteros, las currucas, prestan al hombre un señalado servicio destruyendo los parásitos que el jardinero o el labrador no llegan siquiera a ver. El pequeño herrerillo, por ejemplo, destruye más de seis millones y medio de insectos al año, y para criar a sus hijos necesita por lo menos veinticuatro millones de insectos… Se ha dicho, con razón, que el pájaro es uno de los factores de la prosperidad de un país… los pájaros hacen mucha más falta en el campo y en el bosque que en los mostradores de las tabernas o en los sombreros de las señoras.

Cabrera viaja en 1924 a la factoría ballenera de Algeciras, entrada de cetáceos al Mediterráneo, con la misión de censar las ballenas y testimoniar su declive provocado por el hombre. En seis años, de 1921 a 1927, se cazaron 3600 rorcuales y 300 cachalotes en Algeciras, dejando a los cetáceos al borde de la extinción. Una misión bien distinta, la suya, de la que mueve al capitán Ahab en busca de Moby Dick.
El relato de Ahab, Herman Melville, Akab, rehén de sí mismo, se debate en el deber de justificar la tragedia que su temeraria aventura causó entre aquellos a los que llevó a la muerte. Quizás le resoplaran por la mente los remordimientos: «Se me tiene por misógino, por rechazar a las mujeres, no hay ni una mujer en mi relato, en esas seiscientas y muchas largas páginas que explican el cortejo, el amor que le hice a mi amante marina. En los barcos no hay mujeres, dicen que nunca conocí mujer, que mi matrimonio con esa jovencita de Nantucket, padre y esposo a la vez, fue una excusa por parecer hombre decente, que la dejé a los pocos meses de la coyunta, que no valía para eso porque nunca lo ejercí, que puede haber en mi carácter la sombra de la sodomía, encerrado en mi camarote con aquellos cinco extraños personajes. Pero ¡es mentira! Yo soy un marino, un capitán ballenero, el gran capitán Ahab y estoy casado con la mar, ella es mi amante caprichosa y cruel, la que me obsequia con crepúsculos encendidos de fuego en los trópicos y la que me maltrata con tempestades y derrotas de lavas de hielo en los polos», bien podría haber dicho el capitán Ahab de haber sobrevivido a la venganza de Moby Dick.

Sí, ¡por ahí resoplaban, por ahí resoplan! Ahora son frecuentes los avistamientos de ballenas azules en los mares de Guetaria, la cuna de Juan Sebastián Elcano. En su libro “Fauna Ibérica. Mamíferos” relata Cabrera la captura que se hizo allí en 1872. Una de las seis cazas documentadas que constan a lo largo de cuatro siglos en las costas del Cantábrico y Atlántico. Los balleneros vascos ya las cazaban en el siglo VII y casi se extinguen en el mar Cantábrico, de donde desaparecieron durante siglos. El mar, esa fuente de inspiración permanente: Jules Verne, “La isla misteriosa”, “20.000 leguas de viaje submarino”. La aventura por la tierra y por el cielo: “Cinco semanas en globo”, “De la tierra a la luna”, “Miguel Strogoff”. Jules Verne, nuestro forjador de sueños de la infancia: “La vuelta al mundo en 80 días”.

Y la vuelta al mundo que emprende Manu Leguineche en un Toyota Land Cruiser en 1965, “El camino más corto”, que le sirve para describir aquel mundo de confusión geopolítica y pan-nacionalismo africano o asiático que se desencadena apenas veinte años después del gran desastre de la 2ª Guerra Mundial para sacudirse el colonialismo europeo, Vietnam a la vuelta de la esquina. Un testimonio literario de un momento histórico que removió al mundo y cuyas consecuencias aún son visibles. Un reportero, Manu Leguineche, que creo escuela en el periodismo internacional, que con Jesús Torbado exploró el viaje interior que las víctimas secretas del franquismo realizaron en torno a sus auto-mazmorras, prisioneros de sí mismos: “Los topos”.
O la vuelta al mundo que emprenden Pepe Carvalho y Biscuter, en su “Milenio”, la Charo y Fuster les aguardan, el inspector Lifante al acecho, como prediciendo el final próximo del escritor, de Manuel Vázquez Montalbán, publicado apenas unos meses antes de su muerte en el lejano Bangkok. Una despedida de una época y de un mundo que ya no pertenece a los protagonistas y que no comprenden. Protagonistas y viajeros que ilustraron los sueños de nuestra niñez: don Quijote y Sancho, Ahab y Starbuck, Bouvard et Pécouchet, Ismael y Queequeg, Penélope y Ulises, el capitán Nemo y el Nautilus, Magallanes y Elcano, Darwin y el capitán Fitz Roy, Churruca y Gravina, Long John Silver y Jim Hawkins…
El viaje, el libro de aventuras, el reportaje novelado, la poesía épica y el rigor científico con que Cabrera nos obsequia. Y aquel otro viaje del poeta bueno que encontró su destino en la playa de Colliure, ligero de equipaje frente al mar, Machado. Cabrera lo encontró en La Plata en 1960, lejos de su Madrid que lo olvidó sin darle siquiera como homenaje el nombre de una calle. Se hace camino al leer.
*Obra recomendada por el biólogo y ornitólogo Manuel Andrés Gómez

15 martes Jun 2021
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Ángel Aguado López
Jesús Torbado cultivó su escritura en la vorágine de las redacciones que cada día confeccionan las noticias. Sus maestros fueron el periodismo y el libro de estilo. Esos consejeros que te enseñan cómo escribir, que te recomiendan evitar el uso de frases subordinadas o epítetos grandilocuentes: «Ponlo todo en el primer párrafo, porque, ¿quién lee el segundo?» le dice Walter Burns —el desalmado director del Chicago Examiner, interpretado por Walter Matthau en la película “Primera Plana”— a Hildy Johnsson, su periodista estrella —Jack Lemmon—. «Usa frases cortas. Usa un lenguaje vivo. Elimina toda palabra que sea superflua. Haz economía de la escritura. Pónselo fácil al lector» leía Hemingway con dieciocho años, en 1917, cuando llegó de aprendiz al diario Kansas City Star.

Torbado fue uno de esos periodistas formados en la escuela de la puta calle cubriendo baches e información local, como su maestro Delibes, como Manu Leguineche, como Vargas Llosa, García Márquez, Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, Manuel Vicent, como Aramburu o Juan José Millás.
Torbado nació en 1943, en la terrible posguerra y en la despoblada España interior. Se forma en la disciplina de un colegio dominico, vivero en el que aprendía la infancia pobre castellana con el secreto deseo de apesebrar su futuro en la nómina eclesiástica. Pero le pudo su inquietud y rechaza los hábitos y el yantar seguro yéndose por esos mundos a respirar aires frescos. En Madrid estudia un rato Periodismo antes de cumplir los veinte. Malos tiempos para la épica: 1961, el año en el que muere Hemingway; 1962, el año del Contubernio; 1963, el fusilamiento de Grimau. La juventud universitaria de origen bien, militante de la utopía reclamaba el cambio y corría delante de los grises. Y 1963, mucho antes del mayo francés —sous les paves, la plage—, emprende, incansable Torbado, un viaje por Europa, para aspirar la libertad, para llenar de vida su escritura. Y quizás por eso, en 1965, con apenas veintidós años gana el Premio Alfaguara con su novela “Las corrupciones”, el mismo año que el franquismo arrebató sus cátedras a Enrique Tierno a López Aranguren y a Agustín García Calvo. Don Manuel Fraga Iribarne ejercía de ministro plenipotenciario de Información y Turismo: ¡la calle es mía!
“Las corrupciones”. El itinerario vital de un aventurero exseminarista que pierde la fe en el santísimo y viene al Madrid franquista de una sociedad pacata y constreñida que le expulsa a París, después a Suecia donde vive la bohemia juvenil sin encontrar acomodo a sus ansias de libertad. Estímulo autobiográfico, reflejo de aquellos años de absorción de ideas y contacto con los restos del naufragio existencialista, esperanzas de revolución social, los barbudos de Sierra Maestra, el mahoísmo, la crisis de los misiles… después sería la primavera de Praga y Willy Brandt, ¡están cambiando los tiempos!, y la invasión de Checoslovaquia para que todo siga igual en Occidente, peor en el otro mundo.
Y final de un régimen que le persigue ya muerto el dictador, la censura, el tribunal de orden público, el TOP top llama a su puerta. Y a la vez su consagración de masas, 1976, con la obtención del Premio Planeta: “En el día de hoy”. Una fantasía, una novela adecuada para el momento de la transición democrática, que especula con todo aquello que no fue, con la supuesta victoria de los malos españoles en la tragedia nacional. Un éxito rotundo en su momento.
Guionista ocasional de cine, redactor de televisión, columnista, reportero de guerra. Con Manuel Leguineche* escribe en 1977 un reportaje-relato extraordinario sobre los auto-confinados que huían de una muerte segura, que eternizaron su exilio interior durante el franquismo escondidos en sus propias mazmorras domésticas: “Los topos”. Muchos años después, 2019, serviría de inspiración para la película “La trinchera infinita”.
Y “El Peregrino”, 1993, premio Ateneo de Sevilla, sobre el secular uso comercial del Camino de Santiago y la legión de golfos y advenedizos que lo puebla, ayer como hoy, sobre esos buscones que se llenan las alforjas a costa de los crédulos caminantes, de esos iluminados corrompidos por su verdad que quieren imponer a los ingenuos sus falsedades. Esa perpetua maldad humana que invade los itinerarios de los hombres en su viaje por el mundo. Prosa lenta y espaciada, sin prisas, extensa como corresponde a un corresponsal que desde el frente nos describe lo que ve para que lo leamos tranquilamente en el albergue compostelano de las páginas del libro. Y es inevitable referirse a “El hereje”, publicada por Delibes, su maestro, en 1999. Ambas novelas inspiradas en esa sociedad medieval o renacentista carcomida por el virus de la religión y de la superstición. En esta ocasión Torbado marcó el camino a su preceptor.

La obra de Torbado ofrecía una alternativa literaria a la obra de la generación anterior, la de los 50: Luis Martín Santos (1924-1964) o Ignacio Aldecoa (1925-1969) o Carmen Martín Gaite (1925-2000) o Juan Benet (1927-1993) o Jesús Fernández Santos (1926-1988) o Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) son mayores que él, padecieron la contienda, muertos prematuramente algunos, de origen patricio, con un prurito de egocentrismo y vanidad que no admitía la competencia de un escritor forjado en el tecleo de la olivetti desvencijada de un periódico. Pero los sobrevivió con su amplio universo de obras y personajes. Sus novelas históricas son profundos documentales en los que se funde la vitalidad viajera del autor con las circunstancias penosas que sufrieron los protagonistas de una actualidad incómoda para la patria oficial. Así sucede en “El imperio de la arena”, 1998, la crónica dramática de una guerra colonialista absurda, la de Sidi Ifni, silenciada por el franquismo, que dejó centenares de soldaditos españoles muertos en las tórridas dunas de África, allá en 1957. Un fastidio que se repite en la actualidad: el neocolonialismo que la corte alauita alienta aventando a sus desheredados a traspasar la frontera con Ceuta como advertencia: vamos por el Sahara.

Por eso es tan interesantes la prosa de los periodistas y sus libros-reportajes y sus crónicas, porque incomodan a los gobiernos revelando a la opinión pública lo que los poderes ocultan. Eso es el periodismo, lo demás es propaganda. Y por eso siguen vigentes los libros de Torbado, porque su literatura es una mezcla de realidades e incógnitas que el lector debe saber.

*Recientemente ha aparecido una biografía sobre Manu Leguineche en la que se glosa toda su trayectoria profesional y humana, escrita por Víctor López y editada por Ediciones del Viento: El jefe de la tribu.
08 martes Jun 2021
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Palabras de Gabriel de Araceli, fotos de Terry Mangino
Entonces era el más allá, el fin del mundo, donde regresaba siempre el fugitivo, casi un rincón desconocido en la vía láctea de Madrid. El pintor Benjamín Palencia y el escultor Alberto Sánchez se adentraban en aquel bravío buscando nuevas inspiraciones para su arte carcomido por la abulia oficial. 1927. Y Díaz-Caneja y Maruja Mallo y Luis Felipe Vivanco y otros: la Escuela de Vallecas, una reunión de artistas encomendándose a Picasso. La República. La tragedia. El exilio.


Sus lienzos de entonces: en primer plano un campo de fuego arrasado por la pertinaz, más allá las primeras construcciones modernas. Un barrio que nacía a la vera del cerro del tío Pío.

Ahora es el paseo, la merienda, el beso, aquí donde se juntan los caminos, el baile que agita los cuerpos al son de una orquestina improvisada, ritmos de aquí, échate un bailesito, de allá, nadie te pregunta tu origen. El caserón manchego, al fondo el Guadarrama, las cinco torres, cinco, de Castellana, el Pirulí, el hospital Gómez Ulla —Eduardo Torroja lo reconstruyó—, la estación de Atocha, las torres de Plaza de España —de los hermanos Otamendi Machimbarrena—, el edificio de Telefónica —de Ignacio Cárdenas Pastor—, Torres Blancas —Sáenz de Oiza—, la torre del Retiro —de Luis Gutiérrez Soto—, el “brutalismo” de la Torre de Valencia —Javier Carvajal, su autor— asomándose sobre la masa verde del Retiro. La arquitectura, el urbanismo, la enredadera de Madrid capital dibujada en perspectiva axonométrica sobre el tablero de la vida… el cariño que te tengo no te lo puedo negar, se me sale la babita, yo no lo puedo evitar. Y la tarde llenando los tejados de oro, rojo y azul. El parque de las siete tetas, una atalaya, aquí no hay playa, los puntos cardinales, la caricia, el abrazo, la risa, los amigos de aquí, de allí, del otro lado del mundo rematando el domingo con una mahou, la espuma blanqueándome los bigotes, tus besos robados me adecentan los labios. La ruleta elige tu futuro. No somos más que el capricho del destino. Madrid a mis pies.

Enlace recomendado:
Arniches y Domínguez, la arquitectura, el exilio y la vida
















31 lunes May 2021
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Gabriel de Araceli
Guillermo Brown, ese niño travieso, rebelde, decidido, ese terremoto inoportuno en el mundo esclerótico de los mayores incapaces de comprender su desbordante fantasía. Guillermo Brown, hijo literario de miss Richmal Crompton, aparecido en 1920, al mismo tiempo que Agatha Christie —ambas nacidas en 1890— publicara su primera novela policíaca: “El misterioso caso de Styles”, donde presenta al detective Hércules Poirot. Guillermo Brown, Hércules Poirot, dos personajes complementarios de una misma identidad humana, la infancia y el mundo adulto, surgidos de las mentes febriles de dos señoritas bien de la pequeña burguesía de la Inglaterra victoriana: God sabe the queen.

Nunca se relacionaron entre sí Richman Crompton y Agatha Christie. Tampoco con los chicos del Círculo de Bloomsbury, sin embargo todos ellos contemporáneos. Aquel elitista y pretencioso grupo lleno de relumbrones literarios que asombraron al mundo moviendo sus caderas intelectuales en el primer decenio del siglo XX: la demente Virginia Wolf o el mago de la Economía John Maynard Keynes o el matemático Bertrand Russell entre otros portentos. O Gerald Brenan jugando al escondite viajero por las Alpujarras. O, de rebote, el himalayista George Mallory, que quizás escalara el Everest en 1924. Quizás, quizás, quizás…
Guillermo Brown, ese niño que flota en el tiempo, inasequible al paso de los años, que no crece nunca, siempre con la misma edad mágica de la inocencia, aunque sus aventuras se publiquen a lo largo de 48 años, siempre con la cara tiznada con un corcho quemado, su tirachinas y el traje de escolar lleno de costurones durante las 38 novelas que publicó su autora. Del periodo de entreguerras, de los felices años 20 a la terrible 2ª Guerra Mundial. Y aún después, con el invento de la tele, con la llegada a la Luna, inmortal Guillermo trasteando con toda esa sociedad y personajes representativos de cuatro décadas de transformaciones fundamentales en la historia que no cambian un ápice su personalidad. Guillermo asimilando los cambios sociales y geopolíticos que aturden al mundo, jugando a piratas y a pieles rojas con su perrito Jumble, con sus amigos los Proscritos: Pelirrojo, Enrique, Douglas y contra el enemigo Humberto Lane y su cuadrilla de adversarios. Y esos granjeros antipáticos que ven a Guillermo como al enemigo del mundo urbano y le persiguen sólo por el peligro indefinido que supone cualquier niño.

Guillermo y sus fraternales opositores Roberto y Ethel, ya unos jóvenes imbuidos en sus devaneos románticos y de afanes muy distintos a los suyos. Esos hermanos mayores que no comprenden al pequeño, al que consideran un estorbo y un problema. Y ese padre, el señor Brown, producto a medias de la Inglaterra victoriana y keynesiana, que mira desconcertado y con prevención el comportamiento de su hijo pequeño, tal vez nacido a destiempo en la utopía del confort inglés soñado tras el Armisticio, sin duda un error de cálculo en su matrimonio acomodado.

Guillermo y las niñas: Violeta Isabel, un contrapeso, la rival femenina que simboliza la prosperidad de las clases emergentes urbanas frente a la sociedad rural y campestre de Guillermo, que pretende imponer sus opiniones y siempre se enfrenta a las acciones del protagonista. Y Juanita, la niña que siente especial debilidad por Guillermo, aunque él no está interesado, aparentemente, por ella, pero que reacciona herido en su honor cuando Humberto Lane aparece en el horizonte de la princesa.

Todos los capítulos de los libros de Guillermo tienen una composición clásica de relato según los cánones comúnmente aceptados de la narrativa funcional, es decir: planteamiento, nudo y desenlace. Las premisas quedan establecidas claramente en los primeros párrafos y después, Crompton, con su delicada técnica resuelve el capítulo con elegancia y con la solvencia necesaria para atrapar al lector. Su lenguaje es sencillo, sin necesidad de un léxico refinado, son cuentos pensados para niños, tienen que ser ágiles y bien resueltos. Por eso no cansan, por eso absorben sus páginas, por eso son divertidas, por eso no sufren el paso del tiempo. Guillermo, como la infancia, son eternos.
Richmal Crompton (1890-1969) fue hija de un sacerdote anglicano, aplicada estudiante de lenguas clásicas, sufragista y feminista. Y maltratada a la edad de 33 años, en la flor de la vida, por una poliomielitis que la dejó con una severa invalidez. Que aún después, con cuarenta años, sufrió de nuevo el revés de un cáncer al que plantó caro y al que sobrevivió casi cuatro décadas. Y que, durante los terribles bombardeos nazis sobre Londres, luchadora ella, participó en tareas de voluntariado ayudando a la población civil. Escritora de extensa carrera y obras dedicadas también al público adulto vio premiada su labor con un gran éxito de ventas en todo el mundo y en España significativamente. Richmal Crompton vio adaptados a la televisión a sus personajes de los Proscritos. La Crompton es sin duda la fuente de inspiración de otros personajes infantiles que han llenado las infancias posteriores de muchas infancias literarias, desde la saga de “Los cinco”, de Enid Blyton, hasta “Harry Potter”; sin olvidarnos de aquel niño entrañable que habitaba en Carabanchel, un barrio proletario de Madrid, hijo de Elvira Lindo: Manolito Gafotas y su odiado hermanito “El Imbécil”.

Thomas Henry Fisher (1879-1962) ilustró muchos de los libros de Guillermo. Su estilo único identifica al lector de tal forma con el personaje que cuando se lee un libro de Guillermo no ilustrado por él parece como si Guillermo hubiera perdido parte de sí mismo, como si fuera otro niño más soso y menos emprendedor, más domesticado, más ordinario, carente de la espontaneidad y descaro del protagonista. Thomas Henry Fisher fue también un destacado artista pintor, con obra en museos británicos. Sólo se vieron en una ocasión Richmal Crompton y Thomas Henry. Todas las ilustraciones de los libros se hicieron sin que entre ellos se intercambiaran opiniones ni consideraciones sobre las características físico-psíquicas de los personajes y acciones de los libros. Y todos fueron excelentes. Eran otros tiempos, sí.

Fue la Editorial Molino, fundada en Barcelona en 1933, la que publicó en 1952 la primera novela de la serie: “Travesuras de Guillermo”, traducida por Guillermo López Hipkiss, un interesante autor y escritor al que los avatares del momento que le tocó vivir privaron de éxitos propios. El éxito de Guillermo fue enorme en aquella España de los 50 del siglo XX, quizás porque la infancia española necesitaba un héroe ajeno al oficialismo nacional-católico que emanaba el régimen perpetuo, transmutado en aquellos personajes falangistas de Roberto Alcázar y Pedrín. El fundador de la Editorial Molino tuvo que exiliarse a Buenos Aires, donde también se publicaron varias novelas de Guillermo. En mayo de 2021 fue comprada por Penguin Random House a su anterior propietaria, RBA Editores. Una larga y azarosa vida la del mundo editorial. Casi tanto como la de Guillermo Brown.

21 viernes May 2021
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Carmelita Flórez
El 15 de marzo de 1871 se fundaba la RSEHN. Pocos días antes, Amadeo de Saboya, recién llegado a España, había honrado al cadáver del general Prim, su valedor, asesinado en la calle del Turco por orden del Duque de Montpensier. Y Jacinta se había hecho con el fruto que en las entrañas de Fortunata, su rival en la alcoba, sembrara su marido Juanito Santacruz. Y doña Guillermina Pacheco, personaje limosnero y pegajoso, alardeaba en la novela de entrevistarse con el efímero monarca saboyano, que le había prometido un dispensario para socorrer a los pobrecitos menesterosos que poblaban las calles de Madrid. Eran tiempos convulsos para la nación, para el pensamiento y para la ciencia.

Aunque anteriormente, en el Siglo de las Luces y auspiciado por el mecenazgo de Carlos III se inició el entusiasmo por el saber, y eminencias como Celestino Mutis, médico, botánico, matemático y sacerdote (algún defectillo debía de tener) iniciaron, en 1772, viajes de investigación por el continente americano. O aquella expedición de Alejandro Malaspina, en 1789, recorriendo las costas americanas desde Buenos Aires hasta Alaska. O posteriormente la Comisión Científica del Pacífico, capitaneada por Marcos Jiménez de la Espada, que apenas unos años antes de la fundación de la RSEHN, de 1862 a 1865, recorrió miles de millas náuticas en su viaje de exploración por Sudamérica y los mares del Sur, atravesando heroicamente la región amazónica desde Guayaquil a Pernambuco.

En ese ambiente romántico de amor al saber, en esa amalgama de personajes nacidos en las páginas de los folletines, del espíritu de la Enciclopedia y de controversias entre creacionistas y darwinistas se creó la RSEHN. Personalidades diversas del mundo de la ciencia y de la investigación han formado parte de su historia: Ignacio Bolívar, aquel sabio, director que fue también del Museo de Ciencias, que abrió las mentes de generaciones de científicos a las nuevas corrientes del conocimiento y que con 90 años tuvo que exiliarse a México en 1939, como tantos otros pensadores privados de la ciencia tras el desastre, donde fallecería cuatro años después; Manuel Martínez de la Escalera, aplicado entomólogo dedicado al estudio casi como un cartujo; el zoólogo, periodista, erudito y artista Ángel Cabrera Latorre, que en sus viajes por el Magreb-el-Aksa, patrocinados por la Real Sociedad de Historia, nos muestra un país vecino con el que íntimamente convivimos, a veces no muy bien hermanados. Una mente privilegiada la de Cabrera, que también tomó, voluntariamente, el camino de la ausencia cuando, en 1925, recomendado por Ramón y Cajal y el matemático Rey Pastor, emigró a la Argentina. Premios Nobeles como el mismo don Santiago, la cima del conocimiento hoy aún en nuestro país, como Severo Ochoa, como Iván Petrovich Pavlov, sí, el del perrito conductista, como Adolf Butenandt, experto en hormonas sexuales, como el genetista Thomas Hunt Morgan fueron socios de la RSEHN y llenaron con sus artículos los boletines que viene publicando desde la fecha de su fundación.

Aquella Junta de Ampliación de Estudios, presidida por Cajal desde 1907 hasta su fallecimiento en 1934, y después dirigida por Bolívar, fue un manantial de sabios como el doctor Juan Negrín, o el físico Blas Cabrera Felipe, o la humanista María de Maeztu y el origen de lo que sería el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (permítasenos citar a Margarita Salas), ligados íntimamente, como la RSEHN al Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Ahora, el Museo de Ciencias acoge una exposición que celebra el 150 aniversario de la fundación de la RSEHN. En ella se exponen diferentes materiales e instrumentos utilizados por los científicos en sus investigaciones, hitos que se alcanzaron con la expansión de sus ideas, así como reseñas del devenir histórico de los hombres y mujeres que pertenecieron a la sociedad de historia natural. Todo ello en el marco incomparable de la gran sala del Museo, un mirador privilegiado desde el que se vislumbra al gran Loxodonta africana, ejemplar cazado por don Jacobo Fitz-James Stuart; o el esqueleto de la ballena, libre de las amenazas del capitán Ahab; o las maravillosas naturalizaciones de los hermanos Benedito. Habrá, además, un ciclo de conferencias en la que se glosarán diversos aspectos que han conformado la actividad de la RSEHN, y en las que se homenajea a sus socios y colaboradores. La exposición permanecerá abierta hasta el 29 de agosto. El próximo 1 de junio, a las 19 horas, Isabel Rey pronunciará una conferencia sobre: La Real Sociedad Española de Historia Natural y el desarrollo de las colecciones científicas del MNCN. Es necesario inscribirse con antelación para escucharla.

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15 sábado May 2021
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Lettres de Antoine Doinel. Photos de Terry Mangino
Desde la Puerta del Sol, don Digno García mira la calle Preciados sin amor, la muchedumbre de peatones, edificios similares, el esqueleto del luminoso del Tío Pepe flotando sobre la plaza, el sol intenso del mediodía. ¿En qué momento se había jodido todo? Las gitanas mendigan las ramitas de romero, deme argo, señorito, que le va a traer mucha suerte, se compra oro, máxima tasación, un tullido muestra sus vergüenzas suplicando una limosna, unas chicas se meten mano sin ocultarse, los municipales lo miran todo de reojo, el gordo de doña Manolita, Telepizza. Todo jodido, piensa don Digno: no hay solución. Sube por Carmen y divisa a don Pupo Román que le espera bajo la sombrilla de un bar cualquiera con un vermú en la mano.

—Siglos que no te veía, Digno, ¿aún piensas en aquello?
—Pero si fue ayer, casi. Recuerdo toda la puertalsol llena de jóvenes, las pancartas tapaban los edificios, la primavera se nos venía encima. Nuestro mayo del 68. Sé que no lo soñé. Los dos estábamos ahí, nos rozábamos, compartíamos el sudor y el ansia de cambio, fue cuando conocí a Penélope. Dónde estará, ¿se habrá pasado al enemigo? ¿Votará también libertad?
—No te hagas malasangre, Digno. Bebe un trago. Nos han dado la libertad, un poco, para beber, mucho más —y llama con la mano al camarero, un joven que se acerca con desgana—. Dry Martini, dos, sin mezclar.
—Cambiarlo todo para que nada cambie. El sistema es impermeable a las protestas, enseguida se puso en marcha la maquinaria propagandística, los periódicos afines, las televisiones basura, las emisoras vociferaban contra los ocupas de Sol. Las castas, ¿te acuerdas? Ahí siguen, los de siempre. La libertad que tiene el canario de saltar de un palito al otro dentro de su jaula —bebe un trago largo, puro pisco, Pupo le acompaña con la mirada perdida.
—Un jubilado montó una carpa y allí cocinaba para todos los que seguían por las noches en la plaza. Constantemente. Una forma de evitar que la policía desmontara el campamento. Barruntábamos el cambio, pensábamos que era el comienzo de algo. Hacía calor, como ahora, vinieron las televisiones de todo el mundo. “Spanish Revolution” tituló The New York Times en primera página. ¡Y una mierda! La otra noche, cuando se acabó el confinamiento, aquella multitud de jóvenes haciendo botellón diez años después, les habían dado la libertad, sin máscaras. ¿Acaso son diferentes a los de entonces? —acaban sus vasos, Pupo llama de nuevo al camarero, que rellena aburrido las copas—. Deje la botella —le indica Pupo.

—Incluso doña Espe se acojonó pensando que le costaría el puesto. Pero ganó otra vez, siempre ganan los mismos, que le crecieran tantas ranas en su estanque dorado no fue suficiente. Varios acabaron en la cárcel, qué broma aquella del máster que nunca existió. Ahora hay una becaria en el pupitre. ¡Toda esa multitud votando libertad!
Una pareja de jóvenes turistas franceses, semi vestida ella, absorbe el sol de Madrid, aunque no haga calor. Je t’aime —le susurra al chico en la oreja. —Moi, non plus —le dice el novio.
—El sistema ha absorbido todas las revoluciones, o se convirtieron en dictaduras. Primero la francesa. Napoleón, el gran dictador. Los bolcheviques, la república de Weimar, el incendio del Reichstag, de los espartaquistas al nazismo, Sierra Maestra, la revolución de los claveles, la primavera de Praga, el 68 parisino, los sandinistas, el subcomandante Marcos y los zapatistas, la Perestroica se la pasó por el forro Vladimiro, el nuevo Stalin, la primavera árabe… Diez años después el cambio se ha cortado la coleta. Todo está bien jodido. Como si hubiéramos pasado de los podemistas al voxismo —Pupo rellena los vasos y llama al joven camarero.

—Otra botella, Martini blanco, de ginebra también.
—Que reste-t-il de nos amours? No, no fue el bicho, fue la ignorancia, la estulticia, en Vallecas también, en Carabanchel, en Parla, en el cinturón rojo…
Beben otro trago, puro pisco. El sol se ha puesto sobre los tejados, la parejita de franceses se besa y se comen como si fuera esa tarde la última vez. Don Pupo y don Digno levantan sus copas y brindan por el amor de los gabachos.
—Se está bien tomando dry Martini en la calle del Carmen, es lo que nos deja el sistema. Santé, garçons —y ambos apuran sus copas mirando a los franceses—, comeros el mundo. Liberté!
Los jóvenes franceses se miran extrañados. Ils sont fous les espagnoles, ils ont le soleil —piensan.
Que reste-t-il de ces beaux jours? Une vieille photo de ma jeunesse. Que reste-t-il des billets doux? Des mois d’avril, des rendez-vous? Un souvenir qui me poursuit, sans cesse.












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Gracias, Vargas Llosa, por «Conversación en la catedral«.
Et, vous aussi, monsieur Trénet, par les amours oublies.
08 sábado May 2021
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Palabras de Carmelita Flórez
»Los veintiún volúmenes del Larousse, impecables, estaban sobre el contenedor de papel y cartón esperando que los rescataran del sacrificio. Alguien los había depositado allí porque se cansó de ellos, tal vez le molestaban en la librería. Los nuevos televisores de pantallas gigantescas ocupan ahora el lugar destinado antes a los libros. Total, nadie leía el Larousse hacía ya una década. Si necesitas saber algo se lo preguntas a san Google, o en la Wikipedia, ahí está todo lo necesario para defenderse en el círculo existencial de 200 m de diámetro que habita el ser humano, según sostiene Manuel Vicent, “el Magnífico”. Era como una traición al espíritu del siglo de las luces, a Diderot y a D’Alembert, a la Enciclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers que había llevado a Francia a una revolución, a la caída de una monarquía absolutista y transformado al mundo. Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, los académicos de la RAE y personajes de la novela de Pérez Reverte “Hombres Buenos”, que fueron a París a finales del siglo XVIII para comprar clandestinamente la Encyclopédie, se revolvieron en sus tumbas comprobando la estulticia que asolaba al mundo.

»No hubo indulto, comprobé cómo el camión de la basura elevaba el contenedor de papel usado y lo volcaba en su interior. Algún volumen trató de escapar de aquel auto de fe, pero fue inútil, el operario lo recogió del suelo y lo lanzó con indiferencia a las fauces del monstruo. El camión eyectó una humarada negra cuando arrancó con estrépito. Era como si la barbarie se hubiera impuesto a la razón y al pensamiento. Era como en aquella película de Truffaut, Farenheit 451, los libros ardían ante la indiferencia del bombero. Un pestazo a gasolina… Olía, sí, olía… ¡a derrota!
»Sí, recuerdo que antes en el metro, en el autobús, todo el mundo leía periódicos o libros. Incluso de prestado, abrías un diario y el viajero próximo a ti metía sus narices sobre tu hombro para apropiarse por unos instantes de aquellos artículos a cinco columnas. Ahora, encontrar un lector de periódicos en el suburbano es tan improbable como no encontrar pedigüeños. Todos los viajeros van pendientes de sus móviles con devoción religiosa, cuando no vocean conversaciones absurdas como si se empeñaran en despojarse de sus fantasmas regalando su intimidad a todos los pasajeros del vagón. Es un inmenso enjambre de zánganos revoloteando en torno a la reina, Whatsapp, que ocupa el lugar que hace dos décadas ocupaban los periódicos, los libros, la información, el pensamiento, la crítica, la reflexión, la lectura. El sistema ha conseguido su gran victoria, gracias a la tecnología ha logrado que la masa social se distraiga con mensajes intranscendentes y banales, que tenga horror a las palabras escritas, terror al pensamiento. La opinión pública ha desaparecido, nadie cuestiona la validez del sistema, nadie levanta la voz contra el supra-poder del orden establecido. La telefonía móvil ha convertido al ciudadano en un ser inerte y dócil a cambio del caramelo de una pantalla táctil. Se practica el culto al onanismo, nos tocamos y retocamos esas fuentes de placer efímero reducidos a androides con televibradores de quinientos euros que nos succionan el entendimiento. Vivimos en la era del entretenimiento, de la teletecnoinformación, de la desinformación más bien. Las fuerzas ocultas del sistema han alcanzado el éxito sin las palabras, o contra ellas. Ni los grandes dictadores comunistas o nazis lograron antes una sumisión tan absoluta del ciudadano con tan pequeño esfuerzo.

»Sí, por eso resulta sorprendente aquella fuerza interior de María Moliner que la llevó a escribir un diccionario. ¿Qué puede llevar a un escritor a escribir un diccionario? El amor a las palabras, seguramente, el amor de una bibliotecaria a propagar el saber. “Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Fue la mujer que escribió un diccionario”, el Diccionario del uso del español, decía Gabriel García Márquez pocos días después del fallecimiento de María, luctuoso hecho ocurrido el 22 de enero de 1981.
La vida de María Moliner fue una lucha constante contra la exclusión, primero del franquismo, que la apartó de su plaza de Archivos y Bibliotecas ganada en oposición. Y después tuvo que luchar contra la misoginia imperante en la RAE, que le negó siempre elegirla como académica por el hecho de ser mujer. Todos contra ella. Incluso, el que sería con posterioridad, el novelista más “nobelesco” de la RAE se opuso a su elección. “A María Moliner, no; en ningún caso”, escribió el autor de La colmena en 1970, según recoge Gregorio Morán en su libro “El cura y los mandarines”. Morán, autor azote de la Academia en particular, y de todo el universo literario oficial de aquellas épocas en general. Sin embargo, por aquellos años, Camilo José Cela sí publicó su Diccionario Secreto, dos tomos, en el que daba lengua suelta a todas las palabras cochinas y obscenas que a menudo poblaban sus procaces y rijosas fabulas de izas, rabizas y colipoterras. A finales de los setenta hubo un nuevo intento de ingresar en la RAE a la bibliotecaria, pero entonces, según siempre Morán: “María Moliner los mandó literalmente a tomar por culo”. Lo que también ha sido una costumbre muy practicada por los excluidos al insigne organismo. Valle Inclán, el padre del Marqués de Bradomín, orinaba frente al edificio de la RAE en señal de desprecio a tan limpia, fija y esplendorosa institución. Sánchez Ferlosio —¡que se vayan a freír espárragos!, gritaba el insigne progenitor de Alfanhuí— contagió de desafecto académico a Carmen Martín Gaite. Y más recientemente Almudena Grandes y Luis García Montero se prometieron no entrar en la RAE si no era juntos.
»Fue gracias a Dámaso Alonso que María Moliner, Bella Ciao, firmara un contrato, en 1955, con la Editorial Gredos, para la publicación de su diccionario once años después, en 1966. Una obra inmensa que le ocupó toda su vida mientras atendía a su familia, además de trabajar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Aunque ya consagrada por su diccionario, Manuel Seco, De la Real Academia, prestara unas palabras, quizás como consolación, para el prólogo de la edición abreviada publicada en 2000, casi veinte años después de su fallecimiento. Y de ahí al reconocimiento universal y respeto por su obra, que no se dice diccionario, sino el María Moliner cuando queremos saber el significado de las palabras.

»Y Diccionario Ideológico de la Lengua Española fue otra obra faraónica que ocupó a su autor, Julio Casares, durante ¡veintisiete años! “El Casares”, de la palabra a la idea; de la idea a la palabra, un diccionario que han utilizado generaciones desde su publicación por Gredos en 1942, esclareciendo el intelecto de autores y estudiantes que se abrían camino en la escritura y en el conocimiento en aquellas espinosas décadas. Julio Casares, una personalidad desbordante, un genio inusual en el panorama de las letras hispanas: hablaba dieciocho idiomas, diplomático, violinista, crítico literario, filólogo, músico, lexicógrafo y académico de la RAE. Un diccionario singular donde abrevar sinónimos, antónimos y erudición para ir por ahí después soltándolos con tanta exquisitez y buen decir que asombre a los oyentes y lectores de la calidad personal y literaria del que los emplea.
»Por eso es encomiable que haya aún escribas que engendren diccionarios en estos tiempos en los que el virus de la vulgaridad ha infectado todos los rincones del intelecto. Dimas Mas ha esculpido un tesoro, o un diccionario de palabras desmemoriadas, “El tesoro olvidado”, que propone recuperar los vocablos en desuso para dar lustre a la frondia hablantina y empaque a los lenguaraces, una colección de preciosas gemas ocultas para que el lector las engarce y las luzca cuando sea menester mostrarse como persona sensible y cultivada, y se desprenda su habla de hircismo y no se quede como un fargallón ni se caiga en la ergástula de los groseros y de los ignaros. El de Dimas es un breve diccionario de la elocuencia minimalista para quien quedar bien quiera, nada jauto sin embargo, para que el idiolecto de los hablantes se llene de hervorosos vocablos que aglayen a los cermeños y alienten el afecto y la atención entre los que escuchen. Con su uso se pueden extraer del zaquizamí del cacumen una antología de significantes vernáculos que doten a nuestro léxico de enjundia, elegancia, erudición y belleza, y llenen los coloquios de jeribeques de proposiciones armoniosas que asombren al que las escuche y envidie al hablador. Es un diccionario que, según su autor, “pretende devolver a la circulación comunicativa voces expresivas y hermosas que habían sido arrumbadas por la ignorancia, el desdén y la erosión trivializadora de las conversaciones humanas”. Es digno de lectura. Y más aún de promover su uso oral, como todos los diccionarios.

»Sí, aún quedan mujeres y hombres buenos que escriben diccionarios para rescatar de la amnesia las palabras, explicar sus significados, adornar las conversaciones de las personas y librarnos de la torpeza y la tosquedad en el hablar. Gloria y laurel a ese reducto de lingüistas resistentes, Bella Ciao, orfebres y escultores que enarbolan la bandera de la elegancia del verbo para izarla en lo más alto del idioma. Valete.
