Ángel Aguado López

                En un mundo informativo en el que abundan las “Fake News”, en el que la relevancia de la noticia dura apenas unas horas, en el que la confusión y el encubrimiento velan la veracidad de los acontecimientos, en el que las grandes potencias, instituciones, “lobbys” y políticos ocultan sus miserias y responsabilidades, en el que la opinión pública ve mermados sus derechos de conocer los tejemanejes de sus gobernantes, en el que la distracción y el espectáculo frivolizan la libertad de expresión, en el que los presidentes en funciones no admiten preguntas durante las ruedas de prensa parece conveniente reconocer el oficio de periodista que algunos ejercieron en tiempos no muy lejanos en los que informar con libertad era una profesión de alto riesgo.
Era Manu Leguineche un amante del periodismo, fundador de la mítica agencia Colpisa, la de Padre Damián, 43. Dicen que la dirigía desde un bar próximo mientras jugaba al mus y fumaba habanos que Fidel le enviaba desde Vuelta Abajo. Colpisa, colaboraciones periodísticas independientes, cuna de tantos y buenos informadores, la Tribu. Fue Leguineche uno de aquellos servidores de la libertad de expresión, de aquellos periodistas que ejerció su profesión con el único ánimo de mostrar a la opinión pública lo que sucedía a su alrededor. Había en Leguineche una mezcla de aventurero, de idealista, de héroe anónimo comprometido con las noticias, de viajero incansable y voluntario audaz que unía en su pluma la veracidad y el rigor de lo que sucedía por aquellos mundos por los que se adentraba como un doctor Livingstone en busca de la verdad. Quizás porque en España existía una Ley de Prensa —dulcificada por Manuel Fraga, aquel superministro franquista al que le cabía todo el Estado en la cabeza— que dificultaba la información nacional, los reporteros la emprendían viajando por Asia, por el extremo Oriente, por el Oriente próximo, o por el Coño Sur, el más jodido. Y quizás por eso, los que entonces éramos adolescentes sabíamos más de la Guerra de Indochina que de los consejos de ministros de El Pardo y recordamos sus crónicas sobre Vietnam, cuando los B52 arrasaban con el agente naranja todo resquicio de vida por encima del paralelo 17. O las crónicas que enviaba desde Líbano, o de aquella última esperanza de libertad que supuso la revolución sandinista contra Tachito Somoza, en 1979. ¡Ay!, el desconsuelo de que todo seguía igual con el dictador Ortega. Después, Leguineche se refugió en Brihuega, un pueblecito de la Guadalajara profunda, a meditar sobre lo que había visto y a escribir sobre los pequeños grandes acontecimientos que proporciona la felicidad de la tierra.
DSCN0532_web Víctor López, joven periodista y estudioso, ha escrito sobre Manu Leguineche una biografía coral, “El Jefe de la Tribu”, para la que ha entrevistado a muchos de aquellos narradores que compartieron con él la aventura y el oficio de informar. Un libro hecho con mimo y pasión, como le gustaba a Leguineche, en el que se cuenta todo aquel mundo del periodismo que Leguineche aprendió en las putas calles del mundo, donde se forman los periodistas, escribiendo sobre los baches y los sucesos cotidianos que conforman la actualidad de la vida, del día a día de los ciudadanos. Por eso conviene explorar el oficio que Manu Leguineche aplicaba en el tratamiento de la actualidad y recordar un país, el nuestro, en el que todo estaba por hacer, el momento de la Transición Democrática, para no caer en la ignorancia de que muchos de los avances en la libertad de información que goza el ciudadano de hoy son frutos del esfuerzo que por informar con veracidad y rigor aplicaron periodistas como Leguineche.

Manu Leguineche. El Jefe de la Tribu.

Víctor López

Editado por Ediciones del Viento.