Gabriel de Araceli

No tiene desperdicio leer a Santiago Ramón y Cajal. Quizás porque siempre mantuvo en sus cuentos su alegría juvenil, su espíritu aventurero. Sí, el joven Santiago fue un “vaina” pendenciero que de escolar emprendía batallas a pedradas contra los demás chicos de su pueblo por defender su honor manchado de colegial. Después, cambió aquel ardor adolescente por el amor a la ciencia y a la enseñanza y se comprometió profundamente con la educación pública en beneficio de la Patria, reclamando al Estado, a los partidos políticos, a las instituciones y a la sociedad que apostaran por la formación del individuo y la educación del ciudadano, la única manera de sacar del atraso y de la ignorancia a un país en bancarrota económica y moral, afligido por la tragedia del 98, y que se lamía las heridas seculares con la desgana y el derrotismo de saberse perdedor, incapaz de sobreponerse a su fatal destino. «Políticos, dad tregua, por Dios, a vuestro egoísmo estrecho de partido o de pandilla», pronuncia en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias, el 20 de diciembre de 1899.

Un humor muy fino que raya en la ironía puebla las páginas de Cajal. Sitúa la acción de sus cuentos en un imaginario Villabronca, fiel reflejo de la eterna discusión nacional. No faltan tampoco en sus escritos críticas severas a la Iglesia, que acaparaba la educación y que con su torva catequización desde las primeras edades escolares mantenía una influencia opresiva en la sociedad de entonces que hoy todavía perdura —baste recordar la reacción que ha provocado la recién aprobada nueva ley de educación—. Habla de la perversa “alianza femeninoclerical”, quizás anticipándose a las tesis en contra del voto femenino que defendiera en las Cortes Constituyentes, en 1931, Victoria Kent. Y como médico se afana en la  higiene física  —no duda, para prevenir contagios, en atribuir el escorbuto a un origen infeccioso, jajajaja— y mental y cultiva en sus cuentos la razón contra la ignorancia de la fe: «Entre oración y oración fatigaban mi memoria contándome consejas absurdas, episodios demoníacos, vidas de santos milagrosos…; narraciones esencialmente contrarias a los principios de la causalidad natural y las más a propósito para creer que todas las leyes del mundo son derogables a capricho de celestes influencias» pone en boca de su personaje Jaime, un ilustrado liberal, antiguo diputado, hombre de pensamiento convencido de que la instrucción es la mejor inversión que pueden hacer las naciones: «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees».

Y fustiga con vara larga, con la misma actualidad que un ciudadano abochornado de ahora, a la clase política, a la que culpa de los males de la nación: «…y de improviso y sin preparación moral alguna te encontraste de frente con el político profesional, una de las más funestas producciones de la civilización europea».

Fue Cajal un patriota convencido, un gran amante de España, incluso en aquella España que le llevó a la sinrazón colonialista de Cuba, donde sufrió tan graves dolencias que volvió inútil para el servicio militar, enfermo y con heridas que tardó en sanar. Perdonó con amor ciego: «A patria chica, alma grande… padezco el convencimiento de que casi toda nuestra organización política y militar, con honradísimas excepciones, constituye un retablo vistoso que, a semejanza del de Maese Pérez, pudiera venirse abajo a los mandobles del primer serio y arriscado adversario con que topemos». Un alma quijotesca que aconseja a sus lectores, a sus Sanchos amigos las bondades de la lectura y del saber: «Toda lectura conlleva frases excelsas y pensamientos notables merecedores de reflexión y subrayado que alejen el olvido irremediable que dispensamos a los libros». «No pierdas, por Dios, la costumbre de leer, ni te amodorres en esa bestial inadmiración de las cosas, a semejanza de tus infelices camaradas de aprisco», o «Las cabezas, como los molinos, producen en razón de lo que se les da», o «Te alimentaste con ficciones y elaboraste fantasmas», o «El alazán del progreso sólo galopa espoleado por el calcañar de la muerte», o «El discurrir da dolor».

Cajal fue un reputado y entusiasta fotógrafo. Inventó un procedimiento de fotografía en color, pionero en su momento, que no pudo patentar porque Thomas Alba Edison, el pirata de Menlo Park, se anticipó gracias al potencial de su país, United States of America, un gigante comparado con la enana y esclerótica España. Aquí aparece fotografiado con sus hijos, en 1889. Después, aplicaría sus conocimientos fotográficos para las tinturas fisiológicas que estudiaba con su microscopio investigando los tejidos neuronales.

Humilde, sabio, austero, hombre de Ciencia y hombre de Palabra. De su compromiso y de su dirección nació en 1907 —el año siguiente al que obtuviera el Premio Nobel— la Junta de Ampliación de Estudio, quizás el mayor vivero de sabios que ha producido este país. Hijos académicos suyos fueron Juan Negrín, o Severo Ochoa, o María de Maeztu, o Rey Pastor, o el zoólogo Ángel Cabrera, o Cándido Bolívar, o Blas Cabrera Felipe entre muchos otros que elevaron la ciencia, la investigación y la cultura hasta cotas nunca habidas en la nación. Quizás tuvo suerte —Cajal falleció en 1934— y se evitó el sufrimiento de ver que, manu militari, el golpismo africanista del general Franco acabó con mandobles de sable, en 1939, con aquel teatrillo de Maese Pérez de la Ciencia que él, con la ayuda de otros, había construido, que eclipsó aquel amanecer esclarecedor que regalaba a la Patria los mejores frutos de la inteligencia: «Hay que acabar con todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia… Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como imperio, quiere ser ante todo católica» pronunció el gigante Briareo, el ministro falangista José Ibáñez Martín en octubre de 1940 al clausurar definitivamente la Junta de Ampliación de Estudios y transformarla en el CSIC.

Lección de anatomía, fecha indeterminada.

Hay en algunos de sus “Cuentos de Vacaciones” párrafos de prosa retórica y fornida, un ornato excesivo propio de la época, una recatada cursilería sin ambages. Escritos entre 1885 y 1886 —en esas mismas fechas escribía Galdós su “Fortunata y Jacinta”— aunque publicados en 1905, el lector debe esforzarse al caminar por el sembrado de epítetos y expresiones rimbombantes, pedreras dieciochescas que saturan las páginas de don Santiago. Su intención no era publicarlos. Era una labor íntima, para sí, para reconfortarse con un descanso de las horas de atenta observación con el microscopio y las tesituras neuronales que formaban sus años extraordinarios de investigación fisiológica. Perseverando en sus lecturas, a poco, al medio día el sol se abre paso entre los excesos de sus frases y aparece el Cajal enamorado de las palabras y las luces de sus razonamientos: «La fortuna y el señorío pertenecen al que habla y al que escribe. La estimación granjeada depende, antes que de saber, de persuadir que sabemos».

Lección de anatomía. Rembrandt, 1632.

Leer a Cajal es descubrir una mente preclara y un escritor excelso que se solaza con cuentos didácticos en los que pregona la necesidad del arte y la ciencia, “los dos únicos valores dignos de estima que el hombre ha creado”. A veces tienen final feliz y cierta moraleja como para redimir de la estulticia humana: «Sí, la vida es buena y la felicidad existe… sólo que… ¡duran tan poco!».  También están presentes en sus escritos literarios su amor a la investigación, al trabajo constante y sus párrafos están llenos de citas al nuevo mundo que se avecina: habla de la reivindicación de la mujer —«Amar… es algo más grande y augusto que poseer una hembra…: es entrar en comunión espiritual con toda una raza. En las entrañas de la mujer viven y palpitan, con ansia de resurrección, millones de antepasados que parecen saludarnos e implorar ayuda desde los remotos confines de la Historia. Rito funerario es el amor»—, de la fertilización artificial —¡en 1885!—, de la electricidad,  de la radiografía, del teléfono, de la dinamo… Incluso, pesimista, se atreve a pronosticar, en 1915, una nueva guerra mundial viendo las barbaridades que se cometían en Europa en aquellos momentos.

Monumento a Santiago Ramón y Cajal. Victorio Macho, 1926. Parque del Retiro, Madrid

Santiago Ramón y Cajal sigue siendo la cima de nuestra ciencia 115 años después de que le otorgaran el Nobel. Es el científico español más reconocido mundialmente. Aunque esto fuera para Ortega «una vergüenza en lugar de un orgullo porque constituía una excepción». Hay que leer a Cajal, aprovecharse de su inteligencia, dar rienda suelta al tránsito eléctrico de sus ideas, que discurra la excitación febril de sus palabras por nuestras neuronas que él, con tanto ahínco, estudió: «El hombre es un ser social cuya inteligencia necesita para excitarse el rumor de la colmena».

El Museo Nacional de Ciencias Naturales organiza un ciclo de conferencias sobre Ramón y Cajal. ¡Imprescindible!
Monumento a Galdós, contemporáneo de Cajal, aunque 9 años mayor. Obra también de Victorio Macho, 1919, Parque del Retiro, Madrid