Lettres de Antoine Doinel. Photos de Terry Mangino

Desde la Puerta del Sol, don Digno García mira la calle Preciados sin amor, la muchedumbre de peatones, edificios similares, el esqueleto del luminoso del Tío Pepe flotando sobre la plaza, el sol intenso del mediodía. ¿En qué momento se había jodido todo? Las gitanas mendigan las ramitas de romero, deme argo, señorito, que le va a traer mucha suerte, se compra oro, máxima tasación, un tullido muestra sus vergüenzas suplicando una limosna, unas chicas se meten mano sin ocultarse, los municipales lo miran todo de reojo, el gordo de doña Manolita, Telepizza. Todo jodido, piensa don Digno: no hay solución. Sube por Carmen y divisa a don Pupo Román que le espera bajo la sombrilla de un bar cualquiera con un vermú en la mano.

—Siglos que no te veía, Digno, ¿aún piensas en aquello?

—Pero si fue ayer, casi. Recuerdo toda la puertalsol llena de jóvenes, las pancartas tapaban los edificios, la primavera se nos venía encima. Nuestro mayo del 68. Sé que no lo soñé. Los dos estábamos ahí, nos rozábamos, compartíamos el sudor y el ansia de cambio, fue cuando conocí a Penélope. Dónde estará, ¿se habrá pasado al enemigo? ¿Votará también libertad?

—No te hagas malasangre, Digno. Bebe un trago. Nos han dado la libertad, un poco, para beber, mucho más —y llama con la mano al camarero, un joven que se acerca con desgana—. Dry Martini, dos, sin mezclar.  

—Cambiarlo todo para que nada cambie. El sistema es impermeable a las protestas, enseguida se puso en marcha la maquinaria propagandística, los periódicos afines, las televisiones basura, las emisoras vociferaban contra los ocupas de Sol. Las castas, ¿te acuerdas? Ahí siguen, los de siempre. La libertad que tiene el canario de saltar de un palito al otro dentro de su jaula —bebe un trago largo, puro pisco, Pupo le acompaña con la mirada perdida.

—Un jubilado montó una carpa y allí cocinaba para todos los que seguían por las noches en la plaza. Constantemente. Una forma de evitar que la policía desmontara el campamento. Barruntábamos el cambio, pensábamos que era el comienzo de algo. Hacía calor, como ahora, vinieron las televisiones de todo el mundo. “Spanish Revolution” tituló The New York Times en primera página. ¡Y una mierda! La otra noche, cuando se acabó el confinamiento, aquella multitud de jóvenes haciendo botellón diez años después, les habían dado la libertad, sin máscaras. ¿Acaso son diferentes a los de entonces? —acaban sus vasos, Pupo llama de nuevo al camarero, que rellena aburrido las copas—. Deje la botella —le indica Pupo.

—Incluso doña Espe se acojonó pensando que le costaría el puesto. Pero ganó otra vez, siempre ganan los mismos, que le crecieran tantas ranas en su estanque dorado no fue suficiente. Varios acabaron en la cárcel, qué broma aquella del máster que nunca existió. Ahora hay una becaria en el pupitre. ¡Toda esa multitud votando libertad!

Una pareja de jóvenes turistas franceses, semi vestida ella, absorbe el sol de Madrid, aunque no haga calor. Je t’aime —le susurra al chico en la oreja. —Moi, non plus —le dice el novio.

—El sistema ha absorbido todas las revoluciones, o se convirtieron en dictaduras. Primero la francesa. Napoleón, el gran dictador. Los bolcheviques, la república de Weimar, el incendio del Reichstag, de los espartaquistas al nazismo, Sierra Maestra, la revolución de los claveles, la primavera de Praga, el 68 parisino, los sandinistas, el subcomandante Marcos y los zapatistas, la Perestroica se la pasó por el forro Vladimiro, el nuevo Stalin, la primavera árabe… Diez años después el cambio se ha cortado la coleta. Todo está bien jodido. Como si hubiéramos pasado de los podemistas al voxismo —Pupo rellena los vasos y llama al joven camarero.

—Otra botella, Martini blanco, de ginebra también.

—Que reste-t-il de nos amours? No, no fue el bicho, fue la ignorancia, la estulticia, en Vallecas también, en Carabanchel, en Parla, en el cinturón rojo…

Beben otro trago, puro pisco. El sol se ha puesto sobre los tejados, la parejita de franceses se besa y se comen como si fuera esa tarde la última vez. Don Pupo y don Digno levantan sus copas y brindan por el amor de los gabachos.

—Se está bien tomando dry Martini en la calle del Carmen, es lo que nos deja el sistema. Santé, garçons —y ambos apuran sus copas mirando a los franceses—, comeros el mundo. Liberté!

Los jóvenes franceses se miran extrañados. Ils sont fous les espagnoles, ils ont le soleil —piensan.

 Que reste-t-il de ces beaux jours? Une vieille photo de ma jeunesse. Que reste-t-il des billets doux? Des mois d’avril, des rendez-vous? Un souvenir qui me poursuit, sans cesse.

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Gracias, Vargas Llosa, por “Conversación en la catedral“.

Et, vous aussi, monsieur Trénet, par les amours oublies.

SPANISH REVOLUTION ¡Y UNA MIERDA!