Nicolás Redondo, el martillo del Nervión

Gabriel de Araceli

Muchos años después, frente al pelotón de la memoria, el teatral Alfonso Guerra había de recordar aquella tarde remota en la que Isidoro lo llevó a conocer la gloria: “En Suresnes [octubre de 1974], Felipe parecía el niño Jesús dirigiéndose a los doctores del templo”, rememoraba. Aquellos doctores que penaron el exilio perpetuo alejados de la realidad de su España republicana, que ahora se veían relevados por unos jóvenes del interior y que dudaban de que aquellos imberbes letrados laboralistas representaran los ideales sociales y las esperanzas de un futuro mejor por los que habían luchado a lo largo de treinta y cinco años de ausencia. Fue el comienzo de una gran rivalidad entre dos líderes nacidos de la causa común del socialismo: Felipe González y Nicolás Redondo. Político uno, presidente del Gobierno; y sindicalista el otro, secretario general de la UGT, que forjados en la clandestinidad y en la transición emprendían un enfrentamiento, con acritú, a las puertas de los tiempos en los que España era una fiesta.

José María Cuevas, presidente de la patronal CEOE, Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez, CCOO, en la cumbre que las tres organizaciones celebraron en Madrid, el 23 de septiembre de 1992.

Porque España era una fiesta en 1992. Aunque ya habían sufrido los hermanos en el sosialismo sus malentendidos: aquella huelga general de 1988, la desconexión de la TVE, la única existente entonces, a las cero horas en punto de la noche del 14 D; aunque las huelgas generales se reprodujeran el mismo 1992 y en 1994. En el fondo eran compañeros de partido, eran sosialihtas antes que marxihtas. Y abogaban por un país mejor, con mayor renta per capita, con mejor distribución de la riqueza, con libertad de información, con mejores condiciones laborales y derechos sociales, plena democracia, estado del bienestar después del pelotazo que supuso la incorporación de España al Mercado Común en 1986, Manuel Marín descabezando un sueñecito en su despacho de negociador en Bruselas. Teníamos un tren de alta velocidad que era la envidia del mundo, una Expo en Sevilla que era una maravilla. Y Fermín Cacho devoraba a sus rivales con la saña de un Zeus olímpico en la recta del mil quinientos. ¡Qué alegría ver al Rey (entonces no era aún emérito) brincar de emoción en el remozado Montjuic! ¡Cómo reían las infantas soñando, tal vez, con algún balonmanista en Vallvidrera! ¡Qué guapo que era nuestro juvenil principito! ¡Qué lealtad convergente la de Jordi!, no tan lejos, aún, de Andorra. Éramos felices, creíamos en el milagro español. ¡Amigos para siempre!

Y entonces, en mitad del éxito, llegó Solchaga y su política de ajustes liberales y restricciones económicas. Se pasó del esplendor manirroto a racionar las sobras y a los comedores de derechos sociales. Se impuso una política económica de contención de gastos y a repercutir los excesos de todos entre la masa única trabajadora. Y aquello, Nicolás, el martillo del Nervión, no lo digirió sin bicarbonato. Redondo había crecido en la reivindicación obrera de la metalurgia bilbaína, se afilió al PSOE en 1945 y se forjó como sindicalista en la clandestinidad (detenido en varias ocasiones) del franquismo, opuesto a la reconversión industrial del primer gobierno socialista —28 O de 1982— y a la entrada de España en la Alianza Atlántica (¡qué ingenuo parece ahora aquel lema de “OTAN, de entrada: NO”! 1986). Su carácter indómito chocaba con la liberalidad del ministro de Economía y Hacienda, don Carlos, del mismo Tafalla. Y a él se enfrentó durante todo el período que coincidieron ambos en sus cargos, de 1985 a 1993. Ese enfrentamiento se extendió a Isidoro, su delfín propuesto como recambio muchos años antes, en Suresnes. Además, le estalló en las manos la mala gestión de la cooperativa de viviendas PSV. Una iniciativa de promoción de viviendas sociales (basada en la experiencia de los sindicatos alemanes), cuyo interés oculto trataba de ampliar las finanzas del sindicato y su poder enfrentándose al poder político de la secretaría general del PSOE a través de la masa social de cooperativistas. La UGT pagó caro aquel desliz y Nicolás Redondo presentó su dimisión como líder del sindicato (en 1987 había dimitido ya como diputado) en 1993. Cándido Méndez tomó las riendas de una UGT a la deriva.

El álbum de fotos de Nicolás Redondo está lleno de protagonistas que forman parte de la historia de este país. Felipe González, Francisco Fernández Ordóñez, Marcelino Camacho, Santiago Carrillo, Tierno Galván, Javier Solana, Enrique Múgica, Gregorio Peces-Barba, Leopoldo Calvo Sotelo, Rodríguez Sahagún, Manuel Fraga, Ferret Salat, Julio Anguita o Nicolás Sartorius son algunos de los cromos que ilustran las páginas del ajetreado tiempo que le tocó vivir. Recias personalidades que contrastan con la mediocridad parvularia de los dirigentes políticos actuales. Y tiempos de reivindicación social, de agitación popular, de reclamación de derechos y libertades, de contestación contra el sistema y los valores que el antiguo régimen dictatorial español y el nuevo monetarismo de la Escuela de Chicago (Milton Friedman) auspiciado por el neoconservadurismo del tándem Reagan-Thatcher propugnaba como solución económica a comienzo de los 90.

Tiempos de protesta que contrastan con la dejación reivindicativa social en la que nos encontramos. El soma de la tecnología, de la telefonía móvil, de las redes sociales, de la telebasura, de la irrupción del bronca-fascismo en la política nacional, o de la liquidación constante en los planes de estudios de cualquier asignatura que suponga el esfuerzo de pensar, la revisión del pensamiento o la crítica filosófica o la catarsis permanente de la conducta humana ha conseguido una sociedad dócil, amorfa, ignorante, cautiva del parné, que renuncia al escrutinio y a la protesta, conservadora de su vulgaridad, que basa sus derechos y su triunfo social en conseguir un móvil de 1000€ y su libertad en pimplarse unas birras en una terraza callejera de Chamberí, aún a costa del covid19. ¡Felicidad, qué bonito nombre tienes!

 Así que, Nicolás Redondo, el vaso de nuestra juventud de chacolís que vivimos escuchando tus proclamas sin entenderlas muy bien, levantamos a tu recuerdo y a tu salud, rey del país del sueño y la quimera, por aquel invierno que hiciste primavera.


Fotos de Terry Mangino


Ya queda menos para la san Silvestre 2023

Agustina de Champourcín

Para Ángel Maté, que ahora pedalea por los Campos Elíseos al lado de Berrendero, de Coppi, de Bartali, de Anquetil, de Ocaña, de Fuente, de Fignon, de Pantani.

ALFA Y OMEGA. El final de un año o el principio de otro. Corren los atletas populares por el Aqueronte de la calle Serrano entre chalecitos de gentes bien, lleno de delegaciones diplomáticas, del Ramiro, del CSIC y de colegios ultracatólicos en busca de la gloria efímera que se obtendrá contándoselo después a la familia durante la cena de nochevieja, sacrificándose al dolor, como ofrenda a un Zeus generoso que nos redima de la gula, para zamparse después, sin pudor, el aperitivo de los vermús y la caña de lomo salmantino, como auto-absolviéndose del pecado posterior de los langostinos, del cordero y de las botellas de cava, para redimirse de los excesos del 2022. Un tiempo trágico dominado por un tirano sanguinario que vive en el frío. Corren, ¡muchedumbre!, desde la catedral excesiva de Florentino a la ermita arrabalera del Rayo Vallecano. Miles y miles de corredores anónimos y uniformados, como sus vidas, empeñados en demostrarse que en el martirio de la carne está la superación del espíritu. El último carnaval del año, es hora, una hora, apenas el tiempo que dura la carrera, de otorgarse la bula indispensable para alcanzar la estabilidad, el equilibrio, la serenidad en el ánimo y empezar con buen pie —¡mecachis, casi me doblo el tobillo pisando a ese gordo que se ha caído delante de mí en la cuesta de la Albufera!—  el prometedor año nuevo. Ese torrente azul, democrático, esforzado, sudoroso que va a dar a la mar del año nuevo, se llena de caudales de gentes medianas o chicas que desembocan en el campo del Rayo y suben después exhaustas al metro, al río subterráneo para retornar a la realidad de las vidas y reemprender el mismo camino del año que acaba. Porque el destino del ser humano es repetir, como Sísifo, la misma ascensión sin rumbo al vacío y descenso a los páramos de la mediocridad.

Caronte, no seas severo y ábrenos, una vez sólo, la puerta del paraíso el año 2023.  


Fotos de Terry Mangino


2022, el año del caníbal

Agustina de Champourcín

Pequeñajos, malencarados y poco hábiles para el amor, para el placer venereo, para el bien: Napoleón, Stalin, Paca la culona, Hitler, Mao Tse Tung, Alí Jamenei, el ogro de Exteriores ruso, macabro Putin… Quizás por eso necesitan demostrarse a sí mismos que son líderes en algo y asesinan semejantes y llenan de cadáveres, destrucción, miseria y muerte sus actos amparándose en la gracia de dios, pour la liberté, en razones de Estado o en la superioridad de sus países. O quizás sea por una cuestión de autoestima, de vanidad, de frustración sexual, de ego deficiente. Un genocida sanguinario, un macho alfa, se ha cargado cientos de miles de muertos a su chepa sin el más mínimo reproche, sin ningún escrúpulo, sin la menor duda sobre la bondad de su gesta, sin contrición alguna. Una guerra cruenta ha conmocionado a un planeta al que ya casi nada le conmueve. El monstruo que vino del frío ha extendido la hecatombe por el orbe y se muestra altivo y orgulloso de su macabro crimen de lesa humanidad. Cada día el espectador contempla los informativos con angustia creciente: cuerpos desgarrados, guerra, subida del precio de los alimentos, de la gasolina, inflación galopante, destrucción de la sanidad pública, vocerío fascista, bronca parlamentaria… Acostumbrado al horror que vierten los telediarios el ciudadano de occidente ve desmoronarse su estado de bienestar y barrunta frente al televisor si será esa batalla la última noticia de la existencia humana, si estará próximo un final neutrónico patrocinado por locos dirigentes ensoberbecidos por la sangre que vierten. Sólo se arrima a la esperanza de que los tiros no se acerquen por su barrio.

La inocencia aún existe. Lejos del horror siberiano, por las calles de Madrid, unas mujeres jóvenes vestidas de blanco, casi niñas, aún creen en el amor y disfrutan exhibiendo su alegría danzando a brincos trepidantes con Vivaldi y el flamenco. Divina juventud, bailan con la sonrisa en los labios, ajenas al terror homicida del Kremlin, lejos de la desgracia que se cierne al otro lado del hemisferio. Y contagian su ingenuidad al espectador. Se ponen el mundo por montera, con alegría infantil para mitigar el año horrible y llevan por unos segundos la sonrisa a los gestos agotados del sufrido ciudadano. Una esperanza.


Fotos de Terry Mangino tomadas a lo largo de 2022 en Madrid


En la tómbola del mundo yo he tenido mucha suerte…

Versos de Pascual Izquierdo. Fotos de Terry Mangino

NAVIDAD 2022

La luz, siempre la luz
sobre espigas y mástiles,
sobre surcos y gárgolas.

La luz, siempre la luz
alimentando los asombros
de las miradas más tempranas.

Luz en aceras y cristales,
en bocas y campanas,
en la penumbra de un portal,
en el alborear de una crisálida.

La luz, siempre la luz.

Para que cuando ya se apague
el frenesí de las luciérnagas
quede un rastro de júbilo amarillo
en la memoria de la escarcha.

Un rastro que brille en los zaguanes,
ilumine los labios humillados
y las aceras solitarias.


Pascual Izquierdo


Fotos tomadas por Terry Mangino en Madrid, el domingo 18 de diciembre de 2022

Odiseo no escucha los cánticos de las sirenas

Fotos y letras de Terry Mangino

 Lluvia, frío, viento, esfuerzo agónico, tensión y espectáculo para animar la mañana del domingo. Madrid, largo puente festivo de diciembre, apenas si hay público en La Castellana contemplando a los ciclistas. El día, inclemente. Aplausos furtivos y gritos de ánimos. Los héroes del pedal, Pogacar, Luis León, Néstor, Carlos Ayuso, Laertes, Menelao, Telémaco… flotan sobre el húmedo asfalto ofreciendo una hecatombe a Zeus para merecer la gloria efímera del triunfo. Julia, de ojos glaucos, impasible, los contempla desde su pedestal venéreo antes de partir para siempre y dejarnos huérfanos de su belleza. Después, los gladiadores Eurímaco, Anquíalo, Egiptio, Laerces… se marchan al calor de la lumbre para reconfortarse del frío y la humedad sufrida sobre sus monturas de carbono. Gloria efímera para los forzados de la ruta. Julia, de ojos glaucos, no te vayas, quédate por siempre con nosotros.  

Rásselas, el curioso pertinente

Agustina de Champourcín

SABER O NO SABER. Inclinarse por el conocimiento del mundo febril o recluirse en la felicidad de la ignorancia. Explorar los vericuetos procelosos de lo desconocido o vivir en la seguridad de un palacio de oro y marfil. Es la duda existencial que atormenta al descontento protagonista de “La historia de Rásselas príncipe de Abisinia”, novela de Samuel Johnson publicada en 1759. Un libro filosófico de viajes imbuido de humanismo racionalista cuyos héroes, los príncipes Rásselas y Nekayah, emprenden por el valle del Nilo y sus hipopótamos, sus cocodrilos y sus crecidas, por El Cairo, por el valle de las pirámides, por los restos del imperio otomano, Assuan, Nubia, por el desierto arábigo con sus ermitaños apesadumbrados, con sus jeques codiciosos poseedores de serrallos fabulosos, con sus astrónomos estrellados y a la vez juiciosos. Todo ello con el afán de descubrir el sentimiento humano. Un camino de perfección, una guía espiritual para desentrañar los enigmas que arrebatan el pensamiento del príncipe en su afán de penetrar en el alma ignota del hombre. Siempre bajo el consejo de Imlac, el preceptor que, como un Williams de Baskerville, servirá de guía al heredero del trono en su recorrido iniciático: Rásselas, un Adso de Melk del Siglo de las Luces que quiere conocer.

El autor, el inglés Samuel Johnson (1709-1784. No, no tiene parentesco alguno con el expremier british del flequillo electrizado), fue contemporáneo de Rousseau y de Voltaire. Rásselas se publicó en la misma fecha que “Candide”, la guía espiritual del “ginebrino”. Posterior a John Milton (el hacedor de “El Paraíso perdido”) al que rinde homenaje como poeta, Johnson vive plenamente el despertar del pensamiento y la Ilustración en el siglo XVIII. La razón se impone sobre la fe y las ciencias empíricas y el cultivo de la inteligencia renacen ahuyentando la superstición. Un momento histórico en el que la humanidad da un paso de gigante. Johnson fue un poeta, ensayista, astrónomo, filólogo y lexicógrafo cuya obra tendrá un peso notable en los autores ingleses posteriores. Su Rásselas es un compendio de acertados juicios sobre los hábitos que mueven a la sociedad. El libro entero es un brillante y cuidado ejercicio de prosa y un caudal enorme de proposiciones intelectuales que abren a la inteligencia a los más recios yunques de la sinrazón. Y es sorprendente la exactitud de datos geográficos del Nilo profundo desconocidos para Johnson, y las precisiones espaciales que describe en sus descripciones, así como el relato acertado de esos lugares lejanos del África inexplorada, de las magnitudes del planeta, de las costumbres de países y paisajes, de las gentes que los habitan que el autor nunca había visitado y que sólo conocía por la lectura de tratados de otros viajeros. Rásselas coincide con la génesis de la Enciclopedia patrocinada por Diderot y D’Alembert, la obra que iluminaría las conciencias europeas.

Detalle de El Jardín de las delicias. 1500-1505. Ieronimus Bosch, El Bosco. Museo del Prado.

Y es un acicate para inflamar de dudas los comportamientos sociales del momento y promover la crítica y el estudio contra las costumbres y supercherías alojadas en las brumas de los cerebros. “El pensamiento se extravía fácilmente desde los dedos”. O “nada se intentará nunca si todas las objeciones posibles tienen que resolverse de antemano”. O “el presente es siempre una situación incómoda a causa de la ansiedad que producen el miedo y la esperanza de lo que pueda deparar el futuro”. O “el problema del hombre es la imaginación sobre la razón, cree que la felicidad existe en aquello que todavía no conoce”. Son frases que el maestro Imlac somete al escrutinio de Rásselas. Y que producen en el joven príncipe el deseo imperioso de conocer mundo, de entrometerse en el frenesí del jardín de las delicias y empaparse del riesgo de la vida a pesar del incierto desenlace que le pueda deparar su curiosidad.

Imlac cuenta con la ayuda de Pekuah, una asistente, o privada, de la princesa Nekayah, que ofrecerá a su dueña una visión femenina ante problemas que atañen a la mujer. Como el trato que el islamismo les da, de absoluta actualidad en el caso de Irán ahora: Así, dice refiriéndose al jeque que la secuestró para cobrar por ella un posterior rescate: “Lo que él daba y ellas recibían como amor [las mujeres de su harén] era únicamente despreocupado reparto de tiempo inútil, o sea, el amor que un hombre puede deparar a lo que desprecia, el amor que no conlleva ni esperanza ni temor, ni alegría ni tristeza”. De esas pláticas a la sombra de las pirámides se reflexiona también sobre la conveniencia de instituciones sociales como el matrimonio o, por el contrario, el celibato. O sobre la naturaleza y prácticas espurias de los gobernadores sobre los gobernados. O se hacen mofas de los discursos incomprensibles plagados de culturalismos sin sentido que desde los púlpitos de la Filosofía se lanzan al desprevenido oyente. Todo ello para someter a examen la vida humana en su lucha por conseguir el bienestar.

«El ángel caído», obra de Ricardo Bellver, 1878, inspirada en «El paraíso perdido», poema de John Milton.

Los protagonistas adoptarán tras la extensa experiencia mundana diversas posturas. Sólo desvelamos el que siguió Pekuah, la dama de honor de la princesa, que quizás influida por la perfección carmelita del camino, acabe ingresando en el convento copto de san Antonio situado en el desierto de Suez. El resto es tarea que debe revelar el lector.

La traducción, el prólogo y notas complementarias son obra de Pollux Hernúñez, traductor también de “Los viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift (Colección Tus Libros. Anaya); o de “La isla del Tesoro”, de Robert L. Stevenson (Ediciones Reino de Cordelia). Y es así mismo reseñable el trabajo de edición realizado por “Ediciones del Viento” para lograr una obra fácil de leer incluso para los que practican sólo la única lectura compulsiva de aparatos fono-inteligentes (?) en los vagones del metro. Sí, a veces se ven lectores de libros en la línea 1 del metro de Madrid, entre Sol y Atocha.

“La ignorancia es pura indigencia, un vacío en el que el alma se encuentra inmóvil y aletargada por falta de alicientes”. “El esfuerzo de discurrir es demasiado enérgico para que dure mucho”. “Me parece que mientras os ocupáis en elegir cómo vivir estáis dejando de vivir”, frase que Rásselas pronuncia al final de su perspicaz viaje. Que algunos recuerdan traducidas a la actualidad con otra atribuida a John Lennon: “El futuro y los planes que haces para disfrutarlo son sólo el tiempo en que vives mientras piensas en ello”.

Así que no queda otro remedio que el “Carpe Diem, la participación en el orden natural y el rechazo a toda ambición”. Vive al día, chaval, disfruta de la brisa de la mañana, del beso de tu amado y de los colores de la puesta del sol antes de que un Putin, un político fascista o un cripto-estafador de monedas te joda la existencia.


Enlaces relacionados:

La Isla del Tesoro

Los Viajes de Gulliver

Ayatola no me toques la pirola


A veces me florece un tiempo nuevo

Agustina de Champourcín

La frutera de Villarcayo tiene un culo poderoso que atrae la mirada del forastero. «A dos cincuenta las manzanas de Caderechas, igual que las reinetas, a uno ochenta las mandarinas, a dos veinte las naranjas y a dos diez los plátanos. Llévese las de Caderechas que son de productor». Y reta con la mirada al forastero que anda perdido por su escote. La frutera de Villarcayo tiene ojos grandes sombreados de rímel y juega con su melena negra y sus dientes blancos. Se da un aire a estanquera de Fellini, pero es más guapa de boca y más fina de pecho, que mueve como un hechizo. «Póngame dos kilos de cada» dice el forastero.

Valle de Manzanedo

Villarcayo es un pueblo de calles saturadas de automóviles y viviendas feas de barriada suburbial. La clase obrera zampa en el Casino, un bar proletario. Anarquía de los coches ocupando cualquier lugar de la plaza. La tarde del viernes el pijerío impostado ocupa las mesas de la plaza mayor. Doña Mari Carmen y Estefanía, su hija, idénticas ambas de rubio, de gafas, de blusa, de collar, de carmín se toman una cocacola en el Manduca. No hay servicio de terraza, advierte un cartel. «Hija, por dios, deja ya el móvil y escúchame. Te escucho, mamá», dice Estefanía sin dejar de mirar la pantalla. El forastero no consigue mesa vacía y deja un momento los diez kilos de fruta en el suelo. Le duelen los riñones. Doña Mari Carmen lo examina condescendiente.   

Las Merindades corona el norte de Burgos vecino de Vizcaya. En los años de plomo los vascos buenos se extendieron por la comarca huyendo de los malos y ahora deambulan por Medina de Pomar, la hora del chiquito, como si estuvieran por San Mamés comiendo pinchos de merluza o bacalao y vainas con jamón. «Cómo pues, ¿que no tenéis chacolí?, pues unos potes de ribera» dice el vasco bueno mirándole el culo a la camarera, una chica muy mona que es de Medellín, Colombia. Medina de Pomar tiene una calle y una plaza mayor donde los medinenses exhiben, arriba y abajo, abajo y arriba, su alcurnia social y su bolsa repleta de euros. En la Plaza Mayor hay un montón de niños que juegan al fútbol con camisetas del Athletic. Unas torres excesivas recuerdan el poderío histórico de los Velascos, condestables de Castilla y enemigos de los Salazar, la otra dinastía, el otro blasón regional. En torno a las torres se organizó el núcleo urbanístico de la villa, amurallada y alzada sobre la defensa natural del río Trueba. Es como un vade retro contra la olvidadiza memoria de los tiempos. El que tuvo retuvo, quiere decir.

Calle Mayor de Medina de Pomar

Visita prevenida merece el monasterio de clarisas, extramuros de Medina. Lo mejor, el pudridero. Umbría, recogimiento y temor invaden al viajero cuando contempla el cristo yacente de Gregorio Fernández, de 1623, cadavérica imagen sangrante tumbada sobre una mesa de autopsias, el cuerpo exánime del martirizado provoca miedo y desazón en el ánimo del espectador. Reinado de Felipe IV, en plena Contrarreforma, las guerras de religión, la de los Cien Años llevaba ya ochenta. La Iglesia imponía la iconografía del terror, de la muerte como doctrina preventiva contra el luteranismo. Unos angelotes desnuditos añaden más turbación a la morgue monacal. Su desnudez ambigua provoca inquietud y recelo. Salimos acongojados. Fuera del claustro se respira mejor, la razón ventila los capilares de la conciencia y les sacude de la esclavitud de la fe.  

Las Merindades y la soledad. Wilfred Wagner es un alemán que vino de Stuttgart y se quedó en Ailanes de Zamanzas, donde habitan cinco vecinos en invierno. Wilfred se acompaña de un mastín en sus paseos en busca de setas. El mastín es un perrazo enorme que suelta unas cagadas como la boina grande de un vasco grande. Hay ovejas y cabras diseminadas por los prados que miran, curiosas, al viajero. Una de las comunidades más antiguas de la historia del hombre es la formada por un pastor, un mastín y un lobo, los tres girando alrededor de un rebaño. Wilfred sonríe y asiente y acaricia a su mastín gigante. Nunca ha visto un lobo en el valle de Zamanzas, aunque haberlos los hay.

Wilfred Wagner y su mastín leonés.

Juana salió para Wolfsburg, Alemania, con 18 años y estuvo hasta los 52. Allí conoció y se casó con uno de San Miguel de Cornezuelo, soldador en la Volkswagen. Se volvieron hace treinta y compraron en subasta la casa parroquial. Entonces había cuarenta y seis curas en la comarca a los que atendía una doncella. «La criada trabajaba mucho», explica Juana entre risas. Quedó viuda porque tanta soldadura a su marido le devoró los pulmones. Es una mujer recia y galana. Tiene ya seis bisnietos. Su pronunciación sonora llena de música el presbiterio de la iglesia de San Miguel Apóstol. Uno se quedaría escuchándola toda la mañana. ¡Juana, qué bien pronuncia usted el castellano! Y ella se ríe cómplice.

Luis Markina y Emi viven en Gallejones. Han sido ciclistas viajeros y han recorrido decenas de países. En su pueblo son cinco habitantes que apenas si se ven. En verano llegan a veinte. «Somos dos vecinos y sobra uno», suelta en broma Luis rememorando al señor Cayo, de Delibes, vecino ilustre y también ciclista enamorado. En 2017 Luis y Emi construyeron el “bibliotejo”, una biblioteca en el interior de un autobús que antes llevaba al viajero a El Corte Inglés. Ahora, varado entre manzanos y tejos, el autobús lleva a la lectura de viajes y de novelas variadas al que quiera subirse a él. No hay que pagar billete. El libro te acerca gratis a todos los rincones del mundo.

Luis Markina y Emi en el bibliotejo que surte de libros a seis pueblos. Luis abastece las baterías del autobús pedaleando.

Son tres los protagonistas de Las Merindades: la soledad, el silencio y las estrellas. Soledad como refugio elegido por muchos que huyen del mundanal ruido. Se ha puesto de moda el lugar y a él acuden desertores del asfalto. Una soledad pétrea tallada en la roca como la que habita en el eremitorio de San Pedro de Argés, en el valle del Manzanedo. O como la soledad que se derrama por las ruinas del monasterio de Santa María de Rioseco, en lenta y costosa reconstrucción donde la piedra derrumbada por los claustros invade de melancolía el espíritu del viajero. Soledad en la quietud de las iglesias románicas de Cornezuelos y de Crespos. Ahí los canteros del siglo XII se recrearon en la talla de figuras obscenas en sus canecillos. ¡Hala, todos al fornicio! Una burla contra los severos clérigos y un remedio medieval para curar el despoblamiento perenne del alfoz burgalés e incitar, además, a la lujuria, auto-consuelo pobre y vicioso para las almas sin compañía.

Alegrías en los canecillos de la iglesia de San Miguel de Cornezuelo

El silencio suena como lienzo alto de espadaña, que rompe, apenas un instante, una campana perdida. El silencio atruena los oídos del curioso urbanita y le ensordece, silencio de pasos ausentes en la inmensidad de un claustro abandonado. Silencio en las calles vacías de las aldeas: Incinillas, Arreba, Artieta, Soncillos, Bisjueces, Miñón, Villalaín, La Floresta de Villarias, Villanueva de Rampalay… Silencio roto por un mastín que presiente al lobo, ¡guaooo!, por una esquila que cuelga del cuello una ternera. Silencio en las lápidas que recuerdan la memoria de un caballero: AQUI FALLECIO EN SERVICIO DEL REI EL CAPITAN DON JOSEPH BALENTIN DE AGANZA AÑO DE 1735 (el rey era Felipe V, el melancólico). Silencio en la noche estrellada. Cielo negro salpicado de vías lácteas y fugaces resplandores. Oscuridad del tiempo perpetuo y detenido en la eternidad de un instante. “HOY YO, MAÑANA TU”, reza el frontal de granito de entrada al CEMENTERIO MUNICIPAL, 1913, de Gallejones, cinco habitantes en el invierno.


A veces me florece un tiempo nuevo,
un ala matinal sobre la frente,
una esperanza candorosa y fértil
que me aclara y rehace.

Quiero entonces Oñar, junto al peligro,
una vida infantil, alta y ligera,
fundada, mía, libre y voluntaria,
que no herede mi peso.

Un tiempo que no yerre su camino
presentido por una adolescencia
al tiempo soñadora y precavida,
anhelosa y certera.

¿Otra vez empezar? Dulce es la tierra.
¿Quién quiso ahorrarse la promesa vana,
a la luz ciega ya, entenebrecida
del humano escarmiento?...

Otra vez empezar, seguir naciendo.
Otra vez manantial, no curso henchido.
Otra vez eligiendo la rivera
y las flores amadas.

Pero soy porvenir de mi costumbre,
inacabado afán, irrefrenable
suceder de las cosas, de los sueños
que son raíces y que esperan ramas.

¿Y cómo desasir el alma, el tiempo
que salta por mis venas, de su lecho?
¿Cómo apartar los ojos de los ojos
que tienen mi figura?
…/…

Lea el poema entero en Canto Secreto
De Cuadernos de Rusia (1941-1942). Dionisio Ridruejo



Fotos de Terry Mangino

Ayatola no me toques la pirola

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Agustina de Champourcin

JULIA SUEÑA AMANECERES DE ABRAZOS Y ESPUMAS DE BESOS. La brisa le acaricia las mejillas, el paseante la contempla embelesado e imagina un despertar entre su pecho agitado y su boca encendida. La Plaza de Colón se dibuja a sus pies como unas enaguas que le alzaran del ruido de la ciudad.

Un sábado cualquiera, un poco más allá unos manifestantes protestan por la barbarie que los ayatolas perpetúan a diario en Irán, en la antigua Persia, en la Mesopotamia que la historia señala como el comienzo de la civilización occidental. Las autoridades han matado a una mujer en Teherán que no llevaba su cabeza bien cubierta por un trozo de tela. Fue el 16 de septiembre. Delito terrible el suyo, Mahsa Amini, veintiún años, contravino las normas islamistas, lucía su orgullo de ser mujer y quería ser libre. Su juventud y su velo torcido, un poco suelto, dejaban ver sus cabellos al viento mecidos por un suspiro. Tal vez soñaba besos de espuma, tal vez amaneceres agitados, o quizás, simplemente imaginaba prender una rosa en su melena escondida. Encendió la ira patriótica, o mística de la Policía de la Moral, que la retuvo para reeducarla en los valores islámicos de la fe, tal vez para reducirla a la condición de hembra estatua. Y se les fue la mano en la educación y Masha salió cadáver de la comisaría. Delito nefando el suyo. Aspiraba a la felicidad. “Ayatola no me toques la pirola” cantaba aquella banda de rock gamberro de los ochenta. La barbarie de ahora es la misma de entonces, no pasa el tiempo por las dictaduras, los integrismos religiosos sumerjen de nuevo al ser humano en la caverna de la ignorancia, en la negación de la razón, media humanidad vive bajo los regímenes del terror que enarbolan cualquier bandera religiosa para reprimir al individuo. La libertad es una excepción para el hombre, un privilegio desconocido en medio mundo. Aquí, a la vez de allí, unos simpáticos universitarios bramaban su machismo desde los balcones de un colegio mayor.

A la muerte de Mahsa Amini siguieron las de otras decenas de muertes de ciudadanos —qué es eso en Irán— que protestaban por la muerte de Mahsa, por la ejecución sumaria de una mujer joven. Quizás por eso Julia cierra los ojos, tiene miedo, y quisiera compartir con Mahsa la aventura de vivir, de pasearse con el amado de la mano, de perseguir mariposas de colores por el jardín de la vida, de ilusionarse cada mañana al abrir los ojos y llenarlos con la luz de la existencia. O quizás por eso Julia aprieta sus párpados, porque sabe que los tiranos no cederán en su afán de esclavizar a las mujeres, porque siente pena por las mujeres iraníes y rabia ante la brutalidad de los iluminados integristas sin conciencia, esos bárbaros verdugos de la fe redentora de las religiones.

Julia sueña, quizás, que besa los labios de Mahsa Amini. Le gusta. Y cierra los ojos.