El río que nos lleva

Agustina de Champourcín

Fotos de Terry Mangino

Lecturas de Verano IV

(Viene de Las aventuras de Huckleberry Finn)

Alto Tajo, despeñaderos, umbrías, recuerdos tenebrosos de un pasado presente en cada instante. Los últimos gancheros, la última maderada descendiendo por el río Tajo primavera y verano de 1946, tras el aún reciente enfrentamiento fratricida hispano y el apocalipsis mundial, almas que conducen los troncos de los pinos, o su propia derrota,  por parajes que rezuman fantasías románticas: Huertahernando, Ocentejo, Azañón, la leprosería de Trillo,  Mantiel, la Ermita de la Esperanza, Anguix, Sacedón, Zorita de los Canes, Mazuecos, Villamanrique… hasta el futuro incierto de la nueva luz de Aranjuez. El Tajo, el cauce por el que discurre la vida de los perdedores, un escenario desnudo a la luz de las estrellas donde los madereros meditan los porqués del camino que emprendieron y sobre las trampas que la vida les tendió de las que salieron airosos pero heridos.

El río que nos lleva”, crónica social, popular, realista, humana, vitalista que José Luis Sampedro publica en 1961, casi a contracorriente de la literatura experimental y vanguardista que los modernos de la generación de los 50 imponían por derroteros rompedores con la tradición. Seis años antes, Rafael Sánchez Ferlosio había obtenido el Premio Nadal por “El Jarama”, ese escarceo cotilla por la intimidad de un grupo de jóvenes que pasa un domingo de meriendas en el afluente del Tajo. Novela de la que siempre renegó Ferlosio y que le llevó a su exilio interior excluido del mundo en su retiro de diecisiete años en la calle Fuencarral, de Madrid. Y trece años después de que Cela publicara su “Viaje a la Alcarria”, comarca por la que los gancheros de Sampedro navegan en sus palos, coetáneos de los personajes de don Camilo.

El río que nos lleva”, un retablo en el que están labrados a cincel las costumbres rurales de una sociedad abierta a la esperanza de un tiempo nuevo y las almas supervivientes de la tragedia española: Shannon, el Inglés (irlandés en realidad), que huye del horror (como Kurtz en “El corazón de las tinieblas”) de la 2ª Guerra Mundial; El Americano, que huye, vencido, de la revolución mexicana; Paula, víctima de un terrible suceso, que huye de su pasado, y la única mujer protagonista tanto en esta novela como en la de Twain y Conrad, la hembra, el deseo, la tensión sexual no resuelta que alborota a los hombres casi hasta la locura; Benigno Ruiz, el cacique ominoso y lascivo que acompañado de sus hermanas celestinas y urdidoras de quebrantos ordena el oprobio de los rústicos aldeanos aterrados que le rinden vasallaje; el cura don Ángel, que espanta a sus fieles con su sermón mortuorio de viernes santo; el Chepa, que huye de su deformidad proclamando lealtades; la pareja de la Guardia Civil, condolente con el triste destino de los cautivos del río, tal vez porque sin ellos no serían nada; don Pedro, el caballero que devoró su juventud en el París de la Boheme de los felices veinte, de la beauté est dans la rue, que se siente ajeno a su tierra viviendo en su sueño eterno de ficción de sus libros, tal vez Rimbaud, tal vez Verlaine, tal vez Proust; las muchachas alcarreñas, hembras libres avanzadas a su tiempo, que perturban los sueños de los hombres asilvestrados en meandros y torrentes; el milagro de la resurrección de la vida del Galerilla, casi un niño, que el Inglés (irlandés en realidad), el único de los gancheros que sabía nadar, consigue salvar la vida de las aguas revueltas en las que ha caído accidentalmente aún a costa de peligrar la suya, como una metáfora de que la vida de esa España necesita de la ayuda exterior; la cuadrilla de gancheros, los perdedores, sin destino ni beneficio que al llegar a la meta, a Aranjuez, deberán aprender un nuevo oficio para seguir navegando en el río de la vida que los llevará por otros caminos ya sin aguas.

Y no es sencillo leer la prosa de Sampedro. Tal vez su mente numérica de economista añada demasiados adjetivos a las frases y demasiados párrafos a los capítulos para asegurarse lectores clásicos, previendo que los experimentos vanguardistas del momento romperían los esquemas y le restarían lectores. Cuesta meterse en la novela, mojarse los pantalones en ese charco frío del caudal inhóspito del Tajo. Pero a medida que el lector se moja (más de 400 páginas) el realismo mágico alcarreño te empapa y quedas atrapado en el misterio de Paula, del Americano, de Shannon, de Antonio, del Galerilla, del Chepa, de don Pedro… de El río que nos lleva

De la novela se hizo en 1989 una película de igual título dirigida por Antonio del Real. Más allá del carácter granítico interpretativo de Alfredo Landa en su papel de El Americano, de la excelencia de Fernando Fernán Gómez como el cura don Ángel, o la sensualidad de Eulalia Ramón en el papel de Paula, la película se pierde en una monotonía de planos y contraplanos sin profundizar en la esencia de grupo que destacan las páginas de la novela, por más que el paisaje agreste y montaraz refleje el interior de los personajes.


José Luis Sampedro (Barcelona, 1917—Madrid, 2013) sufrió en sus carnes los avatares del tiempo peligroso que le tocó vivir en su juventud. Economista brillante, alumno de Enrique Fuentes Quintana y profesor de Economía en la Complutense entre otras universidades, fue senador por designación real en la primera legislatura constituyente (1977-1979) desarrolló su carrera profesional tanto en la banca pública como en la privada. Dotado de numerosos galardones y premios se caracterizó por el amor a la enseñanza humanística siempre crítico con el capitalismo salvaje.

Quien esto suscribe tuvo el honor de entrevistarle en su domicilio del barrio madrileño de Argüelles, en octubre de 1992, tras acabar la Olimpiada de Barcelona y en pleno éxtasis de la expo de Sevilla. Sus reflexiones aparecieron publicadas en el nº 19 de la revista mesual LA ESFERA. De aquella charla se rescatan estas frases suyas que ahora, releídas en otro mundo distinto dotado de adelantos técnicos y crisis internacionales impensables hace 33 años, suponen una confirmación sobre el incierto paso que conduce a la humanidad por el alambre de la vesania de esos dirigentes descerebrados que nos gobiernan, a pesar del desarrollo tecnológicos y científico ilimitado que poseemos, ese río que nos lleva al precipicio:  

«Reacciono contra una sociedad que ha reducido todo a lo económico, al puro mercado, y que cree que lo que no tiene precio no tiene valor. Que ha reducido al hombre a dos únicas funciones: productor y consumidor… El intelectual ha de ser por fuerza un poco ácrata. El poder de un hombre sobre los demás me repugna. La autoridad moral es otra cosa. La abnegación, la altura de miras, la visión de futuro. Eso sí son cosas admirables… Es terrible la perversión que implica el poder político… A largo plazo no hay más alternativas que la educación y la cultura. El escepticismo actual se debe a la facilidad con que la gente acepta lo establecido, a la falta de capacidad crítica… El sistema no funciona. Un niño en Rusia le pregunta a su padre qué es el capitalismo. El padre le responde que la explotación del hombre por el hombre. ¿Y el comunismo, qué es? —continúa el chaval—. Justo lo contrario —responde el padre.»


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Lecturas de verano (III)

Agustina de Champourcín

El Mississippi, el Congo, el Mekong, el Amazonas, el Orinoco, el Tajo, los ríos por los que navegan las vidas de los hombres en busca de un destino favorable, de una razón de ser, de conocerse a sí mismos, de desvelar los secretos que arrastramos desde la creación, vidas salpicadas por las corrientes, los peligros y las tormentas que gobiernan la existencia de los pequeños alevines humanos. El Mississippi, el cauce por el que deambula errático Huckleberry Finn en busca de una entidad, de un carácter extensible a toda la nación adolescente que recorre mientras forja su personalidad. Un texto que encierra la mayoría de tópicos que ahora reconocemos como Made in USA, sus paisajes de película, sus hombres y sus ritos.

Mark Twain, pseudónimo de Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), publicó Las aventuras de Huckleberry Finn en Inglaterra en 1884, tal vez aupado por el éxito anterior que le supuso “Las aventuras de Tom Sawyer”. Y tal vez para curarse de las considerables pérdidas económicas, una ruina, que le creó su actividad empresarial como fabricante de máquinas de impresión tipográfica, su primera profesión. Navegando por sus páginas aparecen esos estereotipos que identifican a los hijos del Tío Sam y sus valores democráticos, encarnados por el actual presidente de los USA y su corte de vasallos serviles. Bufones todos ellos muy similares a los personajes que Huckle descubre en su travesía por el caudaloso río. Una fauna de criaturas inocentes asaltadas por buscavidas, feriantes, racistas, pícaros, sinvergüenzas, truhanes y bergantes salidos de la emigración proveniente de Europa y de la esclavitud arrancada de África son el cauce por el que, aguas arriba y abajo, sin rumbo, sin pausa, sin puerto, se desliza pausadamente la balsa, la canoa, la novela de Mark Twain.

Y que ahora conforman las señas de identidad del America for the Americans, como anticipándose a la actual política del Make America Great Again que abraza con fervor el inquilino extravagante de la Casa Blanca. “Los seres humanos puede ser espantosamente crueles los unos con los otros”, dice Huckleberry, tal vez refiriéndose al racismo que la novela describe y en su afán por liberar al viejo Jim, un hombre libre tan solo unas millas arriba. Y que, a poco, millas abajo, queda atrapado en las redes de la esclavitud, la pobreza y la xenofobia.

Travesura tras travesura, la novela deambula por un humor absurdo, a veces sin sentido, casi grotesco, tal vez justificado por la personalidad del destinatario inicial, el público infantil al que iba dedicada la novela. El lector se sumerge en esa algarabía de situaciones y personajes rocambolescos, en esa feria de figurantes folklóricos que están conformando una nación sin brújula ni derrotero y navegan a merced de la corriente.

Y como colofón y arribada a buen puerto triunfa la amistad entre el niño blanco, Huckleberry, y Jim, el viejo esclavo negro que lucha por ser un hombre libre.


El río Támesis, el primero que aparece en el navegar de Marlow-Willard en su búsqueda del agente colonial-coronel Kurtz, desaparecido en la jungla impenetrable del río Congo. Ese cauce acuífero que ampara ¡el horror!, el colonialismo brutal que ejecuta la Asociación Internacional para la Exploración y la Civilización de África, fundada en 1876 por el rey de Bélgica Leopoldo II. “Hablando llanamente: saqueó el país”. Territorios indómitos que ahora asaltan los ejércitos privados del Kremlin para expulsar a sus habitantes hacia Europa y desestabilizar el estado del bienestar del Mercado Común. Visita que emprende Joseph Conrad (1857-1924) en su viaje iniciático por el África negra en 1890, uno más en su larga vida de marinero y aventurero por todos los mares del globo.

Es ¡el horror!, El corazón de las tinieblas que Conrad escribe como una catarsis purificadora para eximirse de las barbaridades que el mercantilismo europeo perpetra en el continente negro. Para redimirse del tráfico de esclavos, cuando no matanzas de nativos que ha visto en la selva, para enunciar el ambiente hostil que hay entre los mismos empleados de la compañía colonial, encargados de expoliar todas las riquezas africanas posibles, para denunciar las terribles penurias en las que se encontraba la población nativa masacrada por la codicia belga. El viaje por el río es la intromisión en la selva desconocida, impenetrable, tan tenebrosa como los europeos que en ella se adentran.

Una prosa, la de Conrad, espesa como esa jungla que oprime al aventurero. Tal vez debida a su origen ucraniano, por su tardía adopción del inglés como lengua literaria, por sus dificultades para hablarlo que le hacían preferir el francés. Su lenguaje es fantasmal, granítico, impostado, tenebroso como la selva desconocida, aventuras narradas por un conductor-protagonista que a veces se expresa en tercera persona y otras, a la vez, en primera sembrando la duda y el desconcierto y aumentando las dificultades de comprensión en el lector. Una obsesión en la ausencia-presencia de Kurtz, el fantasma que dirige en las tinieblas el destino de los seres que le rodean, juguetes rotos en sus manos. Marlow aprisionado por las garras del fantasma selvático invisible; Marlow percibe sobre sí mismo el espíritu tenebroso de Kurtz, siente en su piel la esclavitud con sólo nombrarlo: ¡Kurt, el horror, Kurtz, el horror, Kurtz, el horror! Y se libera en parte de ese temor opresivo al, ¡por fin!, conocerle personalmente, al hablar con un espíritu esculpido por su miedo. Una pesadilla que dura todo el viaje, todo el ascenso y descenso por el acechante río Congo. Marlow horrorizado, Kurtz, el horror.

La influencia narrativa que “El corazón de las tinieblas” ha tenido en autores actuales es enorme. Coppola se basa en el viaje fluvial del libro para componer muchas secuencias de su Apocalypse Now (versión de 1979 y la posterior Apocalypse Now Redux, con montaje renovado de 2001) Le rinde un homenaje a Conrad a través de sus antagónicos protagonistas: Willard-Kurtz, Martin Sheen-Marlon Brando. No se comprendería la película de Coppola, el viaje de ascenso por el río Mekong, sin la existencia del cuento de Conrad: es el colonialismo, el desprecio a las poblaciones autóctonas por las que se entromete el hombre blanco, la esclavitud, el deber en el cumplimiento de las órdenes emanadas de la sinrazón a las que alude la novela, todas presentes en la película de Coppola.

Bob Dylan también se sirvió de “El corazón” para su disco “Desire”, en su canción “Blac Diamond Bay”. Vargas Llosa se refiere a la explotación genocida del rey de los belgas en su libro “El sueño del celta” a través de su personaje Roger Casement, que recorre un itinerario fluvial similar al de Marlow.

Y también, el fantasma de Kurtz está presente en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, la novela de Ramón J Sender escrita en 1964 sobre aquel personaje brutal, terrible y despiadado, Lope de Aguirre, en su travesía por el Amazonas en busca de El Dorado. Libro que inspiró a su vez “Aguirre la cólera de dios”, película de Werner Herzog de 1972, estudiada por Coppola, un rodaje interpretado por el malvado Klaus Kinski. Kurtz-Kinski, Aguirre-Kurtz, Aguirre-Kinski, un personaje tenebroso, depravado y tan siniestro en el cine como lo era en persona en la vida real.

Y no se puede olvidar la película de Carlos SauraEl Dorado”, producida en 1988 e interpretada por Omero Antonutti en el papel del vasco Aguirre en su descenso sanguinario por el Orinoco.

El Mississippi, el Támesis, el Congo, el Mekong, el Amazonas, el Orinoco… los ríos por los que transcurren los anhelos de los hombres hasta transformarse en pesadillas.

(Continúa en El río que nos lleva)


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El corazón de las tinieblas: la patria

Apocalypse Now Redux

La aventura equinoccial de Terry Mangino

Parece que fue ayer: 1955

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Agustina de Champourcín

Dos años antes, el 27 de agosto de 1953, el estado español había firmado el Concordato con el Vaticano. Y un mes después, el 26 de septiembre de 1953, se firmaron los acuerdos de cesión de bases militares a los USA.

1955. Radio Pirenaica, Radio España Independiente, la emisora del PCE, emite desde Bucarest. España es un refugio para los nazis, miles, que fijan aquí su residencia amparados por el gobierno.

6 de enero. “El Jarama”, novela original de Rafael Sánchez Ferlosio, obtiene el Premio Nadal. Para celebrarlo, el genio de don Rafael se exilió del mundo durante 17 años. Eso sí, tenía su despacho en el Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao, debajo de su domicilio.

18 de enero. El príncipe Juan Carlos llega a la estación de Delicias, Madrid, a bordo del Lusitania Express. Pocos días después, en febrero, la milicia extremista de Falange y la Guardia de Franco, profieren en Madrid insultos contra Juan Carlos y llaman traidor al Caudillo (Un pueblo traicionado. Pág. 440. Paul Preston. Debate, 2021).

Madrid, 24 de enero de 1955

Carta mecanografiada de Dionisio Ridruejo a:

Excmo Sr. Don Gabriel Arias Salgado

Ministro de Información

Monte Esquinza, 2

Madrid

Querido amigo:

Por espíritu de orden no me gustan esta clase de interferencias y apelaciones pero el joven autor de la novela que te adjunto y que ha sido rechazada íntegramente por la Censura acude a mí y no quisiera desampararlo. Por eso acudo a tu comprensión, saltando los trámites normales…

…Todo ello me determina a rogarte que hagas una revisión personal del caso. Me he limitado a presentártelo sin pretender suplir o anticipar tu juicio. Lo someto a él y te ruego lo mires con atención y —si lo crees conveniente—hagas revisar la medida. Perdona la molestia y dispón de tu affmo. amigo.

Se trataba de pedir una recomendación para que la censura permitiera la novela “Juego de manos”, de Juan Goytisolo, que fue rechazada del Premio Nadal 1953 y prohibida su publicación. O sea, amiguismo.

Se estrena el 24 de febrero en el Cine Coliseum, obra arquitectónica excepcional de Casto Fernández Shaw y Pedro Muguruza Otaño, la película “Marcelino pan y vino”, protagonizada por Pablito Calvo, que junto con “Historias de la Radio” son éxitos rotundos de público. En el lado intelectual y protestón aparece “Muerte de un ciclista”, de Juan Antonio Bardem, con Lucía Bosé y Alberto Closas de protagonistas, que gracias a su premio en Cannes supera la oposición de la España mojigata oficial, reacia a cualquier modernismo que supusiera una evolución o examen de las costumbres. Y para colmo de la crítica cinéfila protestona y molestia permanente para la moral oficial se desarrollan las “Conversaciones de Salamanca”, promovidas por Basilio Martín Patino. Sí, aquel de “Canciones para después de una guerra”.

26 de febrero de 1955. “Yo soy aquel negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola-Cao…” Aquel negrito que, bueno, no, Cola-Cao, era el patrocinador del programa de Radio Madrid “Matilde, Perico y Periquín”, interpretado por Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso y Matilde Vilariño. Duró 16 años, hasta la muerte de Pedro Pablo Ayuso, en 1971. Yo aún me relamo con el desayuno y merienda ideal. Bueno, con las travesuras de Periquín. Lo toma el futbolista para entrar goles, también lo toman los buenos nadadores. Otra taza de Cola-Cao, porfa.

El 3 de marzo aterrizan en Madrid Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé, que han contraído matrimonio dos días antes en Las Vegas. Era como si vinieran de marte, dos extraterrestres.

El 5 de junio, en el Estadio Bernabeu y tras conseguir la Copa del Generalísimo Telmo Zarraonaindía, alias Zarra, delantero centro del Athletic de Bilbao, se retira del fútbol. Fue el autor del gol que supuso la victoria de España frente a la pérfida Albión en el mundial de Brasil de 1950, retrasmitido en directo por radio desde el Estadio de Maracaná por Matías Prats. Zarra nunca confirmó que tomara en el desayuno Cola-Cao. Él era más de levantar piedras de cien kilos con el empeine.

La natalidad infantil en los 60 fue extraordinaria. España empezaba a salir del agujero.

12 de julio. Se inaugura la remodelación y modernización del edificio de Galerías Preciados en la Calle Preciados, obra del arquitecto Luis Gutiérrez Soto, que presenta como gran novedad… ¡Nueve Escaleras Mecánicas! Galerías Preciados se convierten en la principal atracción de Madrid, recibiendo más, muchas más visitas que el Museo del Prado.

18 de julio. Su Excelencia el jefe del Estado, acompañado por el ministro-secretario general del Movimiento, señor Raimundo Fernández Cuesta, inaugura el Parque Sindical Deportivo Puerta de Hierro, llamado por el vulgo “el charco el obrero”.

Agosto de 1955. Se ven los primeros biquinis en la playa de Benidorm, lo que le cuesta a su alcalde, Pedro Zaragoza, por su permisividad la amenaza de excomunión por parte del arzobispo Marcelino Olaechea, un fósil. El alcalde no se arredra, viaja desde su pueblo hasta El Pardo en una vespa y solicita en audiencia a su Excremencia (así llamaba no ha mucho tiempo al dictador un cineasta del mismo Bilbao apellidado Olea) que no se importune a las mujeres que lo lucieran, casi todas extranjeras, por el bien del turismo, casi la única fuente de ingresos del lugar y ayuda necesaria para incrementar el ruinoso PIB nacional. A su Excelencia le parecieron oportunos aquellos razonamientos y cedió que las señoras lucieran el tetero. Sin embargo, el episcopado fosilizado continuó en su cruzada moralizadora. Bueno, como ahora.

Del 12 al 15 de agosto se celebra en Toulouse, Francia, el XIX congreso del PSOE, presidido por Rodolfo Llopis. Isidoro aún llevaba pantalones cortos, eso sí, los lucía en tono menó, sin acritú.

16 de agosto. En la iglesia parroquial de Santa Cristina, del humilde barrio madrileño de Puerta del Ángel, al otro lado del río, contraen matrimonio Ángel y Agustina. Son madrinas doña Escolástica Casquete López, viuda de Aguado, madre del novio, y doña Luisa Martínez Campayo, viuda de López, madre de la novia.

Después de la ceremonia los novios ofrecieron a los invitados un lunch en el Café Nacional, Calle Toledo, 19.

¡Vivan los novios!

Además, en esa fecha, el teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón, primo y secretario de Franco escribe en su diario: «He acompañado al Caudillo en el Azor a Bermeo. Franco es feliz cuando navega en su barco. Comprendo que los que le sirven lo hacen muy bien y son muy apreciados por él, pues le hacen la vida lo más grata posible… Gracias a Dios Franco es muy serio y formal, pues si le diese por mujeres, se dedicarían a buscárselas con todo afán, preparándole sus juergas…»

Portada del diario PUEBLO, del martes, 16 de agosto de 1955. Destaca el intento de asesinato del general Perón en Argentina.

El 3 de septiembre Guillermo Timoner se proclama en Milán campeón del mundo tras moto, tras recorrer los 100 Km en una hora y quince minutos.

16 de septiembre. Golpe de estado que derriba a Perón en Argentina.

30 de septiembre. Muere el actor James Dean a los 24 años en accidente de coche.

Otoño. Ava Gardner se instala en Madrid. ¡Toma ya! Varios años después, en 1960, le llegará como vecino, en la calle Doctor Arce, Juan Domingo Perón, con el que tendrá numerosas disputas a causa de las juergas gitanas que protagonizaba la diva, que causaban escándalo en la mojigata personalidad del expresidente argentino, al que siempre despedía entre burlas con un contundente apego cariñoso: ¡Perón maricón!

Ava Gardner durate el rodaje de «Mogambo», en 1953, junto a Donald Sinden, Grace Kelly, Clark Gable, Denis O’Dea, & Philip Stainton. De aquel universo cósmico pasó a la noche madrileña.

18 de octubre. Fallece Ortega y Gasset, sin renunciar a sus ideas anticatólicas a pesar de la presión del franquismo y de la Iglesia hasta el último instante de su vida por llevarle al redil opresivo del cristianismo.

1 de noviembre. Empieza la guerra de Vietnam.

Portada del diario PUEBLO, del miércoles, 2 de noviembre de 1955 en la que se destaca la visita del secretario de Estado norteamericano Foster Dulles y el comienzo de negociaciones para la entrada de España en la ONU.

El 16 de noviembre de 1955 Mohamed V regresa a Marruecos, país que obtendrá la independencia el 7 abril de 1956, con honda desdicha de Franco. El Ejército Nacional de Liberación de Marruecos, un movimiento guerrillero armado que actuaba contra el colonialismo francés en el norte de África, tenía sus bases de entrenamiento en Nador, Sidi Berkan, Tauima y Seganga, dentro del Marruecos español. Lo que supuso que el gobierno del generalísimo Franco, muy a su pesar por haber pasado ahí su juventud militar, acelerara con rapidez la independencia de Marruecos para evitar enfrentamientos armados contra la potencia francesa. En gran parte, esa decisión fue tomada tras la visita, noviembre de 1955, que hace a Madrid el secretario de Estado americano, Allen Foster Dulles (recordemos que este personaje siniestro fue el director de la CIA de 1953 a 1961 y mediador para la caída del gobierno de Carlos Castillo Armas, en 1957, presidente de la república bananera de Guatemala. Y colaborador necesario para la permanencia del régimen del terror del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana hasta su asesinato, el 30 de mayo de 1961. Recientes investigaciones le sitúan como promotor intelectual de la muerte de Kennedy, fue miembro de la Comisión Warren, que echaría tierra a las indagaciones para evitar el esclarecimiento del magnicidio). Dulles recomendó al Generalísimo la necesidad de llegar a acuerdos inmediatos con Francia. A lo que el gobierno español se apresuró. Lo que supuso la concesión del visto bueno de USA para la entrada en la ONU de España apenas un mes después.

Soldados de reemplazo en el norte de África, lugar sin especificar, en 1955.

El 14 de diciembre de 1955 España ingresa en la ONU. ¡Con el voto a favor de la Unión Soviética! Stalin había muerto un par de años antes.

Y sin más motivos dignos de recuerdo finó el año 1955.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA Y RECOMENDADA:

EL FRANQUISMO AÑO A AÑO. 1955. Grupo Unidad Editorial SA. Madrid. 2006

MIS CONVERSACIONES PRIVADAS CON FRANCO. Teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo. Planeta. Prólogo de Julio Gil Pecharromán. Edición de 2005

El valor de la disidencia. Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo. 1933-1975. Jordi Gracia. Planeta. 2007

TODO FRANCO. Joaquín Bardavío, Justino Sinova. Plaza y Janés. Madrid. 2000

DICTADURA FRANQUISTA Y DEMOCRACIA, 1938-2004. Javier Tusell. CRÍTICA. Barcelona. 2005

LA POLÍTICA EXTERIOR DEL FRANQUISMO. Julio Gil Pecharromán. Flor del viento Ediciones. 2008

HISTORIA DE ESPAÑA 12. EXTRA XIX. Historia 16. Información y Revistas. Febrero 1983

UN PUEBLO TRAICIONADO. Paul Preston. Debate, 2021

TIEMPOS RECIOS. Mario Vargas Llosa. ALFAGUARA. 2019


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El retablo de maese don Alonso

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Carmelita Flórez

Fotos de Terry Mangino

En un lugar de Castilla se ha reunido un concilio y sigiloso en sus sillas aguarda el público a Emilio. La plaza es lugar de encuentros, vecinos y forasteros, refresco para los cuerpos, calores y regocijos, abierta al entendimiento. En Sacramenia, extensa tarde flamígera de un domingo más de agosto, los murmullos se silencian cuando el orador, académico brillante y prosista distinguido, reclama con humildad un momento de atención y diserta, muy entendido, sobre el hijo de Cervantes. Y los convocados, veteranos asistentes disfrazados de domingo, le escuchan con gravedad y a la memoria les viene aquella lejana infancia, la lluvia tras los cristales, preguntando, media mañana en la escuela, señorita, ¿qué es la dicha, existe el bien, seremos como Narciso? Y ella les respondía: Abrid todos El Quijote, el Toboso, Dulcinea, Sancho Panza, los molinos, el cura y el bachiller, Dorotea, la cueva de Montesinos, sólo con tan leve esfuerzo llegaréis al paraíso.

Emilio Pascual, experto cervantino, y Ángela Galindo, directora del encuentro, durante la conferencia sobre el Quijote, el domingo 10 de agosto en Sacramenia. Segovia.

No se le cuece el pan, o los sesos, a maese Emilio Pascual, recitador harto conocido por su sabiduría cervantina, cuando despliega ante la audiencia segoviana su retablo de títeres tan verosímiles como falsos, que todo cuanto recitan sus labios es aventura digna de ser contada. Y todos, tirios y troyanos, miran de la boca del declarador sus maravillas y se inflaman de embrujo quijotesco, tal vez porque la figura creada por el héroe de Lepanto, el de la mano engarabitada, aún suscita en el público oyente un misterio y pareciere que sus personajes novelescos tan descabellados se mezclaran entre el público e incluso les manifieste algarabías, comedias y chirimías que a todos seducen, ponen en razón y regocijan. No pasa el tiempo por don Quijote, no, no rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde, pareciera decir el hidalgo, que todos corren felicísimos a oír los sabrosos menesteres y coloquios de don Alonso y su escudero que cuenta maese Pascual. Y aún llenos de disparates y de improperios se escuchan no sólo con aplauso, sino con admiración. E insiste maese Emilio ante el auditorio entregado en que el Quijote es como una cebolla cuyas capas va retirando gustoso para sí el lector: su ordenación como caballero andante; la aparición del escudero; la segunda salida; el lance interruptus con el vizcaíno; el encuentro en el Alcaná de Toledo con los cartapacios y papeles viejos donde se da fin al lance, todo un fundido encadenado cinematográfico; o la aventura de los yangüeses; o el malentendido de Maritornes, la asturiana fornida y fornicadora, cuando tras bizmar el acardenalado cuerpo del hidalgo, iba a refocilarse con el arriero y se precipita en brazos, equivocados, del caballero, en un anticipado menage à quatre sin que satisficiera a ninguno y, por el contrario, con harto padecer propio; o el manear a Rocinante que propicia Sancho para que no se espante en la jamás vista ni oída aventura de los batanes que con más poco peligro fue acabada por el valeroso caballero. Aunque mejor fuera no meneallo…

Emilio Pascual durante la conferencia sobre el Quijote.

Y cuenta maese Emilio que fue tanta en vida del autor don Miguel su fama y la querencia por su obra caballeresca que, estando una vez el rey Felipe III, conocido tanto por sus escasos brillos como gobernante como por su escaso talento, asomado a un balcón del viejo alcázar vio que numerosos lacayos reían sin parar en los jardines de la no aún ahora llamada Plaza de Oriente y fue tanta su curiosidad que preguntó a su valido, ya saben, aquel duque, el mayor ladrón de España que para no morir ahorcado se vistió de colorado, que de qué reían y tanto aquellos serviles escuderos. A lo que el purpurado contestó: “O están locos o están leyendo el Quijote”.

Y habla maese Emilio de la vida aventurera que le tocó arrastrar al hijo del barbero huyendo de la Justicia a los veintidós años por haber herido a espada a un albañil de su majestad el Rey Prudente, que puso rumbo a Italia al servicio del cardenal Acquaviva, que contaba a la sazón veintitrés años. Y de las desventuras que le tocó vivir en Argel y de sus cuatro intentos de huida. Y del tiempo que residió a su pesar en Valladolid rodeado de mujeres, “las Cervantas”. Y relata maese Emilio que don Miguel aparece sobre 1600 en Madrid, en el ahora llamado Barrio de las Letras, teniendo como vecinos y enemistades a Lope de Vega y a don Francisco (Quevedo) con los que todo eran pleitos verbales y descortesías mutuas. Y de su menguada salud y aspecto lastimero, un viejo para la época, que no contaba sino con seis y eso mal acondicionados y peor puestos (los dientes). Y…

Y aunque el público celebra admirado la sabiduría de las palabras que ha pronunciado, maese Emilio, de natural sobrio, sabe que sólo es un titiritero que se ha servido del feliz entendimiento y esforzado trabajo del alcabalero de Alcalá para dar gusto a la concurrencia y que los aplausos que recibe de los vecinos de Sacramenia al acabar el teatrillo no son tanto para sí como para los títeres de don Miguel. Y a él y a su empeño de escribidor se los debe y con sabiduría a sí mismo se dice:

“Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

Emilio Pascual conversa con asistentes a la conferencia.

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Lecturas de verano II

Agustina de Champourcín

Con mucho humor podría calificarse como asombrosa la obra novelística de Enrique Jardiel Poncela. El lector que se atreva a sumergirse en su prosa corre el riesgo de sentirse asombrado, tanto por la creatividad deslumbrante de sus palabras como la incoherencia absoluta de sus significados. Valentía, perseverancia y tenacidad son las actitudes mínimas necesarias para abrirse camino entre las páginas de sus novelas, o antinovelas como él las denominaba, así como con su teatro.

Y para adentrarse en la lectura de “Amor se escribe sin hache”, su primera novela, publicada en 1928, a sus 27 años, se requiere una fuerza de voluntad propia de aquellos héroes aventureros y románticos que se embarcaban en naos diminutas dispuestos a dar la vuelta al mundo. Entre genialidad y locura, entre estrambótica y absurda, entre disparate mayúsculo y refinada creación innovadora podría ubicarse esta ¿novela? que desde la primera página se mueve en el terreno fangoso del desconcierto y la sorpresa y deja al lector exánime y equivocado, sin respuesta ante el asombro imprevisto que brota de cada párrafo, de cada página. Son tropiezos constantes e inesperados los que surgen de sus palabras, el héroe que las cruza, inasequible al desaliento, se enfrenta a un aluvión de sorpresas que ponen al límite su paciencia y su capacidad de aguante de consumidor de letras. Jardiel se mueve a lo largo de 300 páginas por el alambre del funambulista de las letras y saca constantemente de su sombrero de mago conejos literarios desconcertantes.

Un prólogo a modo de advertencia, o explicación, previene al aventurero intrépido de lo que se va a encontrar. No olvidemos, estamos en el primer tercio del siglo XX. Resalta un epígrafe, “El amor y las mujeres”, que abunda en la duda sobre la presunta misoginia del autor, y advierte al audaz explorador de que se adentra en la comedia amorosa, casi como si le esperara una burla al género romántico, una sucesión de trucos que parodian las novelas rosas.

Incluso su formación académica parece contradictoria. Nacido en Madrid en 1901 cursa estudios primarios en la Institución Libre de Enseñanza y Liceo Francés, dos escuelas progresistas y pedagógicamente innovadoras, para continuar en los Escolapios de la calle Hortaleza y acabar en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Vivirá a lo largo de su mediana existencia, 50 años de vida, los graves acontecimientos que marcaron de negro la historia de España: regencia de María Cristina; reinado de Alfonso XIII; guerras africanas; dictadura de Primo de Rivera; “dictablanda” de Berenguer; huida de Alfonso XIII; proclamación de la República; Guerra Civil; la terrible posguerra y la dictadura franquista. Podría decirse que pertenece al movimiento artístico del 27, ese momento glorioso de las letras, del arte y del pensamiento que concitó en Madrid a las mentes más granadas de la crema de la intelectualidad. Poetas, cineastas, arquitectos, dramaturgos, músicos, médicos, filósofos, pintores, escultores, toreros, pensadores, hijos de papás, contertulios, vagos… todos ellos en el tramo que va de la Residencia de Estudiantes al Hotel Palace pasando por el Café Gijón, el Café Pombo o el Café Granja El Henar que renovara Martín Domínguez.

 

“Amor se escribe sin hache” se escribió enteramente en esa atmósfera de tabaco, tertulias y cafés fríos, como el autor se encarga de recordar en la novela, o antinovela. Compañeros de veladas de Jardiel eran Ramón Gómez de la Serna, o Edgar Neville o Miguel Mihura. Y a ellas asistían a veces Valle Inclán, Pedro Muñoz Seca, Azorín, Pérez de Ayala, el ingeniero Joaquín Otamendi o Gregorio Marañón.

Tan destacado como incomprendido dramaturgo, sus comedias le aportaron fracasos estrepitosos y éxitos memorables: “Eloísa esta debajo de un almendro”, “Los ladrones somos gente honrada”, o “Los habitantes de la casa deshabitada” fueron algunos de sus éxitos llevados a la gran pantalla que contribuyeron a grabar su nombre en la nómina ilustre de los autores teatrales.

La bohemia inspira las páginas de su “Amor se escribe sin hache”, corre viajera por París o Madrid poblando la antinovela de una fauna divina de protagonistas estrafalarios, escenas surrealistas y situaciones asombrosas, irreales, confusas e hilarantes. Tal vez como el mismo autor, reflejado en el protagonista, Zambombo, toda una declaración de lo que se va a encontrar el temerario explorador que se adentre en los territorios de Jardiel, el gran dramaturgo del absurdo.


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Buscando en el baúl de los recuerdos: Adolfo Suárez. Historia de un ambición. Gregorio Morán

Lecturas de verano

Agustina de Champourcín

A punto de cumplirse el cincuentenario de la desaparición del dictador bajito de voz atiplada, adentrarse en un libro sobre el inicio de la Transición democrática puede parecer tarea frívola o propia de arqueólogos. Más aún cuando los cambios producidos en la sociedad española, y en la política universal, son tan trascendentales e impensables en el momento histórico que se analiza, que la lectura del libro de Gregorio Morán remitiría a un museo antropológico de personajes fosilizados por la historia. La figura de Adolfo Suárez, Caronte que se deslizaba con rumbo incierto por el Aqueronte de la Transición, es ahora un intérprete olvidado y añejo, y el tiempo relatado una oda a la confabulación maquiavélica repleta de personajes quiméricos.

Tal vez el público objetivo de esta lectura no corresponda al apresurado usuario de los ingenios electrónicos actuales. No es, desde luego, el consumidor compulsivo de redes sociales basura que ocupan ahora el interés del ciudadano anónimo y digitalizado. Ni votante del imperialismo yanqui que bombardea primero para pedir después la paz; ni seguidor del neofascismo emergente que invade los rincones que antes ocupaba el deseo de libertad: ¡Heil, Santiago! Aunque, sin saberlo, sea el heredero del tiempo incierto que el libro describe. Cincuenta años antes parecen remitir a una época de dinosaurios y a una jungla remota en la que los gladiadores de la política buscaban consolidar un entendimiento. Ese circo es el que narra en directo Gregorio Morán, acreditado recolector de cartapacios en los que detalla la historia, o prehistoria remota, que antecede a la era cibernética en la que nos encontramos.

Adolfo Suárez: Historia de una ambición” es el relato de la pantomima de los estertores del franquismo y sus procuradores rumberos de las Cortes, de “El Orejas”, alias Arias Navarro, llorón interruptus; de los opusdeístas tecnócratas de Laureano López Rodó; de los brazoenalto de camisa azul, bigotazo retorcido y mirada amenazante perdonavidas; del joven Suárez, de su valedor Herrero Tejedor, del sabio Torcuato Fernández Miranda, de los Pactos de la Moncloa, del PC que abrazó la bandera rojigualda y la monarquía, de las incógnitas sobre el devenir del heredero, ese Emérito regatista y galante con el dinero ajeno; de un lugar perdido ayer en la galaxia que siendo el mismo hoy se ha trasformado en un teatro con otros argumentos, otros decorados, otros actores, otros efectos dramatúrgicos y otros públicos diferentes. Otro país distinto.

Adolfo Suárez, foto de EFE de 1965, Fue nombrado director general de RTVE el 6 de noviembre de 1969.

Escrita como crónica periodística, sin la perspectiva de un tiempo clarificador debido a la proximidad de los hechos relatados, publicada en 1979, gran éxito de ventas, primer libro del autor que luego ha llegado a ser uno de los relatores más introspectivos de los acontecimientos nacionales. Es la historia de un muchachito provinciano que se arrima al poder buscando una poltrona, un altarcito para evadirse del anonimato castellano. Es la evolución de un aprendiz que salido de la nada alcanza la más alta cota de poder. Y es la vitrina en la que se muestra a los palmeros del franquismo, ahora sólo restos disecados del pasado remoto. ¿Quién recuerda a la sonrisa del régimen, José Solís Ruiz, al León de Fuengirola, a Sánchez Bella, a Gil y Gil y su catástrofe mortífera de su bloque de apartamentos en Los Ángeles de San Rafael (58 muertos, 300 heridos), Segovia, donde Suárez era gobernador civil, la voladura del diario MADRID perteneciente al Opus, a Manuel Fraga, a Camilo Alonso Vega, a López Bravo, a Areilza, a Pío Cabanillas, a Carrero Blanco, a Abril Martorell, a Rafael Ansón…?

Suárez se dirige a la nación tras ser elegido presidente del Gobierno en las elecciones del 15 de junio de 1977. EFE

Adolfo Suárez: Historia de una ambición” acaba apenas dos años antes de la noche de los transistores, de aquella zancadilla del picoleto pistolero a Gutiérrez Mellado (recogida por Barriopedro/EFE* en una foto que dio la vuelta al mundo), don Adolfo, colérico, braceando por el hemiciclo y el Zorro Rojo fumando sin inmutarse en su escaño, cuando el duque de Suárez aún no lo era y nadie lo ninguneaba, mucho antes de que los chicos de Suresnes alcanzaran el poder, antes de la desintegración de la URSS, muchísimo antes de que Fermín Cacho triunfara en los 1500 de la olimpiada de Barcelona, de que Indurain arrasara en su quinquenio del Tour, del cine de Almodóvar, del Nobel a don Camilo, del Orgullo Gay. Es infinitamente anterior al café para todos de las autonomías, a la entrada en el Mercado Común europeo, al desarrollo económico, al AVE, a las autopistas, al estado del bienestar y a la sanidad pública ahora en peligro, al Euro, a la derechita cobarde, al taconeo marcial del neoyugo sin flechas de la fiesta acabada que nunca empezó.

Suárez se dirige a la nación en las elecciones del 15 de junio de 1977. EFE

La prosa de Gregorio Morán alcanza a veces la ampulosidad de un catedrático, se fragua en excesos analíticos y consideraciones temporales propias del momento histórico que se vivía. Como si buscara un crédito extra y avales propiciados por la abundancia de párrafos, información y personajes. Había que contagiar de transcendencia la actualidad y transmitirla al ciudadano. Un tiempo donde la negociación política y el periodismo alcanzaron un protagonismo y una popularidad como nunca tuvieron antes en la sociedad española ni la tienen ahora, una necesidad de informarse y desarmar los entresijos del poder, de saber quiénes eran los protagonistas, de qué pie cojeaba cada actor, cuáles eran sus atributos masculinos (curiosamente no había casi señoras en aquellos tiempos preconstitucionales) y qué pretendía cada candidato al mando. O sea, prehistoria.


*Comentaba recientemente Miguel Ángel Aguilar, presente en el Congreso el 23 F, que tras el tiroteo y pasadas unas horas la situación se “normalizó” en el interior del Hemiciclo y los allí presentes descendieron al bar para aliviarse con algunos cafés, cervezas o refrescos. Y se formó en la entrada de la cafetería una cola en la que rigurosamente se alineaban diputados, guardias civiles, escoltas desarmados, ujieres o administrativos de la alta institución. Todos guardaban cola sin privilegios, se tomaron sus consumiciones, las pagaron religiosamente y a seguir esperando que llegara la autoridad, militar, por supuesto. Cuando por la mañana siguiente y ya con la intentona eliminada, los guardias civiles huyendo por las ventanas y los diputados saliendo del encierro los golpistas, antes de retirarse con el rabo entre las piernas, arramblaron con todo el alcohol que quedaba en la cafetería y con la recaudación de la caja, con todo y se lo llevaron, desapareció la pasta y las botellas, una muestra más del etílico amor a la patria que tenían aquellos salvadores.

Barriopedro se preguntaba qué sería de los carretes que los guardias civiles requisaron a los fotógrafos que cubrían el acto. Nunca se supo de ellos, nunca los devolvieron, ¿se velarían, se destruirían, los tendrá alguien y alguna vez se podrá revelar lo que los fotógrafos plasmaron en los negativos? Al menos Barriopedro sí consiguió “evadir” su carrete.


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Madrid por las nubes: Antonio Palacios y Joaquín Otamendi

Gabriel de Araceli

La Arquitectura define el carácter y personalidad de la ciudad, encauza la percepción que de ella se tiene y gobierna las relaciones de las personas con el entorno urbano. Aliada con el Urbanismo interviene directamente en la vida del binomio ecológico habitante/ciudad, matrimonio singular, frágil y quebradizo, ambos son el nexo entre residente vivo y espacio físico, condicionando el devenir diario y las costumbres de sus pobladores. La actuación urbanística que promovió Georges-Eugene Haussmann en Paris, en los años 60 del siglo XIX, produjo una transformación absoluta de la urbe que fue durante décadas el modelo a seguir en las grandes capitales europeas. El Museo Guggenheim ha supuesto para Bilbao un cambio radical en la percepción que de la vieja y sucia ciudad portuaria se tenía, cambiándola por la idea de un lugar abierto, limpio y atractivo visualmente, lejos de la sensación herrumbrosa de chatarrería oxidada y hollín que antes se asociaba con la ría. En El Ciego, La Rioja, la Bodega Marqués de Riscal, obra como el Museo Guggenheim de Frank Gehry, ha transformado por completo la relación que sobre el negocio y exposición comercial del vino se tenía en la zona. Algo similar sucedió en Avilés con el Centro Niemeyer. O en las afueras de París con la Villa Savoye, la máquina de vivir, obra revolucionaria de Le Corbusier, que en su momento causó tanta expectación como controversia y polémica. Aún hoy, el ideal y obra de Charles Edouard Jeanneret es un paradigma cuasi filosófico a debate y estudio en las escuelas de Arquitectura.

Antonio Palacios frente al edificio del Círculo de Bellas Artes, en Madrid, sobre 1922.

En Madrid, unos edificios claros, a comienzos del siglo XX, que contribuyeron a su expansión como ciudad moderna y capital fueron las construcciones diseñadas por Antonio Palacios (1874-1945) y Joaquín Otamendi (1874-1960), que con los ejes urbanísticos Prado-Recoletos-Castellana, Calles Mayor y Alcalá, y Gran Vía supusieron una modernización y alivio espacial y vital a una ciudad estrecha, incómoda, fea y aquejada de antigüedad y oscurantismo. Ambos arquitectos, formados en la Escuela Técnica de Arquitectura de Madrid, dejaron un buen puñado de obras en esos años que contribuyeron al esplendor y al disfrute de la villa como un ente vivo, bello y ornamental. Sus ideas y proyectos forman parte del patrimonio arquitectónico madrileño. Hoy son admiradas como una contribución al avance de la gran capital para encontrar su lugar y referencia en la España invertebrada. Obras como el edificio de Correos, la sede del Círculo de Bellas Artes, el edificio de las cariátides de Barquillo, el voladizo de la entrada al metro en Gran Vía, o las posteriores (finales de los 50 del siglo XX) torres de la Plaza de España, obra de los hermanos Otamendi, forman un patrimonio en el que funcionalidad, belleza, eficacia urbanística y armonía entre el medio urbano y el ciudadano no están reñidas.

Los hermanos Otamendi en una foto tomada por Gyenes, años 50 del siglo XX.

Y sería de justicia urbanística hacer referencia a los arquitectos de la generación del 25 que contribuyeron a hacer de la capital una ciudad habitable, aquellos como Arniches y Domínguez, o Secundino Zuazo, o Luis Gutiérrez Soto, o José de Azpiroz, o Manuel Muñoz Monasterio, o Ignacio Cárdenas, que con sus ideas y edificios contribuyeron a dar un aire de vida, belleza y acogida al viejo caserón manchego para sus habitantes.


Fotos de Terry Mangino (pinche sobre la foto para verla en grande)



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Décimas para Sara

Carmelita Flórez

¿Qué es poesía? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul… Fue Sara, su nieta, la que le preguntó una mañana de mayo florido y hermoso a Ezequías Blanco tan difícil cuestión. Ezequías se rascó la cabeza y pensó que mejor que darle una conferencia literaria como las que daba a sus alumnos del instituto era escribirle a la niña unos poemas para que comprendiera el sentimiento y el amor que hay que exponer en palabras para que el lector sintiera qué es poesía. Y de ahí salió “Décimas para Sara”. Un poemario que le gustó mucho a Sara.

Ezequías lo quiere presentar y ha convocado a sus amigos y al público en general a un coloquio en Getafe, donde ejerció de profe matemático-literario, el próximo viernes 30 de mayo, a las 19:30. Será en Espacio Mercado, Plaza de la Constitución, 5. Getafe.

¡Es súper guay, el libro, mi abuelo también! —asegura Sara.    


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