Cuentos de verano (2)

Gabriel de Araceli

Kinski era un tipo despreciable. Un sátiro, un pervertido, un histrión grotesco. Pendenciero, grosero, iracundo, violento, sus hijas le acusaron de abusos sexuales. El curare. Sin ruido. La cerbatana. Herzog desechó la idea de los yanomamis de acabar con él. El Dorado, la sinrazón, el delirio colectivo, los monitos aullando en la balsa varada. La música hipnótica de Popol Vuh… era un infierno rodar con Kinski en mitad de la Amazonía pantanosa y deslumbrante…

–Échame cremita –dijo Carmelita poniendo unos morritos que Terry no pudo resistir. Y con ojos amorosos agarró el tubo y empezó a embadurnarle la espalda con resignación fingida.

La verdad es que a Terry aquello de pringarse de grasa no le gustaba nada. Necesitaba las manos limpias para seguir con aquella historia del Kinski, el monstruo depravado capaz de los mayores excesos, un ser vomitivo, la cólera de dios. A Terry se le pasaban las horas escribiendo notas en aquellos cuadernos abarquillados que llevaba siempre encima. Anotaba lo que se le ocurría. Después, pasados los meses si por casualidad releía sus apuntes se sorprendía de las tonterías que ocupaban su atención y del interés en imponerse aquella disciplina literaria. Carmelita exhalaba almizcle y sudor. Terry tuvo que dejar su cuaderno en la arena y comprobó que la humedad de la marisma pringaba de sal tanto como la crema que extendía sobre la piel de Carmelita. Sentía que algo les observaba desde la penumbra del cañaveral. La soledad del carrizo inquietaba, las ranas croaban, los chillidos delirantes de las cotorras, las cigarras, el chapoteo de algunos patos huidizos. Una culebra se ondulaba en la charca cenagosa, la garza la apuntaba con el perfil de sus ojos entre las cañas y ¡zas!, disparó su flecha certera. El hedor vaporoso de la salina le inundaba los pulmones.

–Y un masajito, así, circular, como tú sabes –le dijo Carmelita, que se había desatado el biquini y mostraba al sol de la ciénaga el esplendor de sus tetas magníficas. El Mangino comprendió que las chicas siempre tienen razón. Klaus amenazó con lanzarle una estocada cojitranca y le escupió una blasfemia viscosa, las musas protestaron desde una esquina de su cuaderno, allí entre las azucenas olvidadas. Le extendió la crema por los hombros, por el cuello, por la espalda, llegó hasta el culo y se perdió por un instante en la selva secreta de la chica. La brisa mecía a Carmelita como una vela escandalosa sobre el rostro de Terry, que aspiraba el perfume de su nuca desnuda. Unos flamencos picoteaban a contraluz. Saltó una rana, ¡plof!, en la laguna los renacuajos se mezclaban con los cangrejos diminutos que teñían de rosa el limo.

Mangino amasaba la crema en circulitos sobre la piel de la chica, cuando apenas si la rozó el pecho se les dispararon las navajas del deseo. Nastassja parecía un ángel indefenso en María’s Lovers, confusa, la irrupción del cantante en su vida la deslumbró por completo. Esperas durante años y de repente, ¡zas!, se cruza un guitarrista en tu camino, como una garza de perfil que te roba la razón, o el corazón, que es lo mismo cuando te envenena el amor. Carmelita se aproximó más al Mangino, su melena parecía una medusa atrapando pececillos. Se despojó del bañador, la breña de su felpudo ennegreció la salina. Terry se dejó atrapar por aquellos labios jadeantes, indefenso como Nastassja, la madeja de Carmelita iba y volvía succionándole como un remolino. Pensó que el viejo Kinski se burlaba de él cuando le vio oculto entre las cañas.

–¡Chico, la vida es esto!, qué te creías, si quiero que los pájaros caigan muertos de los árboles, los pájaros caen muertos de los árboles.

–Pero, tú eras un hijo de puta, abusabas de tus hijas.

–Un cabrón, me violaba cuando apenas si tenía cuatro años –soltó Nastassja con una mueca de horror.

Aquella jungla de Carmelita… Terry se olvidó de todo, su pelazo le había rodeado la cintura como un muérdago invasivo, como una boa constrictora que le absorbía. La garza acechaba a una culebrilla. Vértigo, gemidos, frenesí y después un silencio inquietante. No se oía nada. Carmelita levantó la cabeza, le miró sonriente, la saliva le goteaba por la comisura de sus labios. El Dorado. Terry se tendió sobre ella y como pudo abrió con su lengua aquella broza de sargazos. Un sabor fuerte de almizcle le estalló a poco en la boca.

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