Gabriel de Araceli

Para Manuel Pérez Barriopedro

     —Las que eligen siempre son las mujeres. Yo digo: esta es la foto, pero después, a ellas nunca les gusta. Prefiero fotografiar hombres. Con las mujeres nunca aciertas.

     —A mí me pasa igual. Puedes fotografiar a un académico, a un escritor, a un presidente de Gobierno, a un jefe de Estado que nunca te pondrán pegas. Están acojonados pensando cómo saldrán en los papeles, lo que dirán los colegas, lo que pensarán sus lectores, los votantes, los no votantes… Nunca se quejan. Pero con las mujeres… nunca aciertas. Que si ese no es mi lado bueno, que si el lugar no me gusta, que si parezco muy mayor, que si no me saques desde arriba, que si este vestido que me he puesto no me favorece, que si me falta el rímel, que si después me quitas con el “fotochop” las arrugas, que si las quiero ver yo antes, que…

     —Mejor no llevarles la contraria…

—Si dicen esto, pues esto, mejor complacer siempre a las mujeres.

— Sus cafés, señores.

     La camarera dejó sobre la mesa dos tazas y se fue. El Comercial estaba lleno de público variopinto. Aquí un caballero con aire de dandi, acá un lector impenitente de periódicos —aún quedan, periódicos—, tras la columna unos amantes furtivos, allá una joven consultaba su móvil, allá un señor tecleaba el interior de una manzana mordisqueada, aquí un grupo de jubilados, en un rincón unas señoras bien titilaban sus joyas, los visones sobresalían del respaldo de las sillas.

   —La que me gusta es Isabel Muñoz. Esa sí que hace fotos. Las maras salvadoreñas, extraordinarias. Hay que echarle muchos huevos para meterse en una cárcel así, con esos tíos dispuestos a todo. Se ganó su respeto.

    —Cojonudas. Es de lo mejorcito que tenemos en España. Y la García Rodero.

    Manolo se levantó como un felino. Con tanto brío que casi tira los libros y el cuaderno de notas de la mesa, esas cosas que van en la bolsa de los fotógrafos.

    —Mira a cámara. Así. ¡Clic! Ahora gira la cabeza, vale. ¡Clic! Mira a la ventana. Bien. Cruza los brazos. ¡Clic! Sube la barbilla. La luz, un poco escasa, pero me gusta el ambiente. ¡Clic! El sombrero te da un aire interesante. Pareces… pareces Truman Capote. ¡Clic!

     —Sí, un camaleón viejo es lo que parezco. Y sin música. Voy a tener que darles la razón a las señoras. Cuando me veo en las fotos nunca me gusto. La editorial, que me ha pedido las fotos para la solapa del libro, si no…

—Pues el Berni se ha comprado una Harley Davidson.

    —Se ha jubilado, estaba harto de llevar las cámaras a cuestas. Esos equipos que arrastrábamos, que pesaban tanto, las lumbalgias…

    —Ahora las cámaras son cojonudas. Las fotos de fútbol. ¿Tú has visto las fotos de fútbol que se hacen ahora? Cuando iba al Bernabeu tenías que ser un virguero para sacar dos fotos enfocadas. Y ahora hay unos teleobjetivos con estabilizador que le sacas hasta las caries a Cristiano.

    —¡Y las fotos del tiempo en la tele que saca la Mónica!  La gente, con un teléfono. La tecnología.

    —¿Y en el Congreso? En los pasillos, en el hemiciclo. Han cambiado la iluminación, deben ser diodos. ¡Y la resolución de las cámaras! ¡Si sale todo enfocado! ¡Sin flash! Por eso se acojonan la Sorayita y la Cospe, porque nos temen, porque fotografiamos sus aviesas intenciones. En cuanto se descuidan salen con la cara de mala leche, siempre mirando de reojo a los fotógrafos, como regañándolos. Si pudieran nos prohibirían la entrada. Son camaleones, cambian de peinado como de sonrisa.

    —Mujeres y políticas, lo tienen todo. Peligrosísimas. Es más fácil fotografiar a los señores. No ponen inconvenientes —y Manolo indica con la mirada un rincón entre los espejos, cerca de las señoras enjoyadas—.  En ese rincón, ponte en ese rincón, para sacar la atmósfera literaria del café, sí, ahora con sombrero.

    Obedezco. Yo siempre obedezco a un reportero que ha dado diez veces la vuelta al mundo que te sugiere una foto, sin rechistar. Es la autoridad. ¡Clic! Las señoras de las joyas nos miraban continuamente. ¡Clic! Siempre soy yo el que toma las fotos. ¡Clic! Eso de posar, pocas veces. ¡Clic! No sé, me siento perdido al otro lado del espejo. ¡Clic! Y encima, las señoras tan cerca, cuchicheando como cotorras. Las joyas, los abrigos, aquellas miraditas tan directas, sin perder ripio. ¡Clic! «Nunca le había visto con sombrero, pero así también me gusta» se decían entre ellas.

    —Contaba Nachtwey que cuando le dieron el Princesa de Asturias estaba nervioso. Que no se acostumbraba al protagonismo. Que prefería el anonimato de los lugares tan terribles donde trabaja.

    —Nachtwey es mucho fotógrafo. Es de esos que hacen de su trabajo la razón de su existencia. Ves sus fotos de Sarajevo y te acojonas. No le han matado de milagro, se ha jugado la vida muchas veces.

     —Acuérdate de Juantxu Rodríguez, en Panamá, en el 89. Lo mataron los americanos a sangre fría.

     —Hay algo de profeta, de justiciero, de valedor de las causas perdidas en los fotógrafos de guerra. Es como si el periodista se encarnara en defensor de los oprimidos.

     —Y para acabar, algunas a contraluz.

    Y Manolo avanzó como un gato y me hizo fotos mientras yo fingía escribir en el cuaderno. ¡Clic, clic, clic!

    Sería la estilográfica, ya nadie las utiliza. Casi nadie escribe a mano. Sería el desorden del bloc de notas, los libros, la cámara sobre la mesa lo que llamó la atención de la señora, o que Manolo llevaba un rato trasteando con las fotos. El caso es que se dirigió decidida hacia nosotros. Pensaba que nos iba a regañar.

    —Le he reconocido, es usted el novelista —me dijo convencida.

     Yo miraba a la señora con sorpresa porque en esas situaciones conviene mantener la calma sin decir nada. Solo observando, que es lo que hacemos los periodistas. Calladito, calladito.

    —Sí, he estado en todas las presentaciones de sus libros. Me encantan esos personajes, ese ambiente de novela negra que tienen sus relatos, el suspense, sus tramas, la psicología de los figurantes, los lugares que se inventa.

     Estaba confuso. Sí, es cierto que he hecho un par de presentaciones de mi novela. Una en el Café Central. Pero fue para un círculo muy reducido. Mis amigos, algún cliente ocasional que pasara por allí. Nadie más. Me extrañó el elogio de aquella dama. Quizás estuvo aquel día. Era improbable, pero no me atrevía a dudarlo, era una señora. Para una vez que una lectora te alaba…

     —Y sobre todo las mujeres. Siempre son protagonistas en sus novelas. Son fuertes, decididas, acostumbradas a luchar contra cualquier obstáculo que se ponga en su camino. Son heroínas. Y usted es un defensor de la mujer. Seguro que de haber nacido en el XIX hubiera escrito Fortunata, o La Regenta.

     Mi única protagonista de las novelas se llama Carmelita. Y ahora anda por ahí con un novio boxeador. Hace tiempo que no sé de ella. Hace su vida. Me extrañaba mucho que aquella señora supiera algo de mi chica protagonista.

    —Me gustaría que me firmara uno de sus libros. Para mí sería un honor enseñárselo a mis amigas. ¡Qué importancia!, ¡qué alegría!, lo que voy a presumir con su firma en esa novela. Incluso la volvería a leer entera. Me quedé a la mitad porque no la entendía. Pero ahora le prometo que sí la acabaré, señor Pérez Reverte.

     Y señaló la mesa donde, entre las cámaras, la estilográfica y el cuaderno de notas había un ejemplar muy leído de “La reina del sur”.

     —Usted, ¿se llama?

—María Teresa, pero puede poner Maite.

     «Para Maite, porque tiene el encanto, la sabiduría, el valor, la perspicacia y el conocimiento necesarios para ser una reina. A P R» escribí en la primera página de la novela. La señora se emocionó, me dio un beso de agradecimiento y se fue al rincón de los visones a presumir de libro firmado. Las otras amigas la miraban con envidia.

      Manolo y yo recogimos las cámaras, la estilográfica y los papeles y nos marchamos del Comercial con dudas de conciencia, pensando que habíamos cometido un fraude, como camaleones. Pero a ella no podía confesarle la verdad. Siempre hay que complacer a las mujeres.

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Señoras en el Café Comercial

 

 

 

 

 

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