Gabriel de Araceli y Terry Mangino. Domingo 26 de septiembre de 2021
Angelitos bellos, querubines negras que vuelan sobre el asfalto, levitando sobre las punteras como bailarines en un minueto de cancanes, hematocrito y sudor. Vistos apenas, quizás presentidos como efímeras sombras que se deslizan acompasando aplausos y admiración. Una exhalación, un zumbido de abeja libando lirios y rosas tardías del otoño de Madrid. Etéreos torsos de piernas infinitas esculpidos en ébano barnizado de seda de marfil. Zancadas sin dejar huella como cigüeñas que aletearan sobre un cielo de kilómetros fundidos a sus pies, a sus alas. Esa elegancia de los serafines del altiplano africano. La maratón, la aristocracia del atletismo.
El barquero Caronte aguarda en la laguna Estigia (entre los km 27,6 y 33 lago de la Casa de Campo) para llevar las almas de los atletas al inframundo del Hades, la derrota, o a los Campos Elíseos, la victoria sobre sí mismos.
Y allá lejos, inmensamente detrás de los arcángeles, una legión de congestionados proletarios zapatea con rigor el pavor del camino largo, eterno y áspero. Una promesa quizás, un reto, una agonía prolongada, un deseo o la necesidad de demostrarse capaces. Aunque el cansancio infinito perfore los cuerpos, aunque el dolor se adueñe de ellos, aunque flaqueen las fuerzas y la voluntad se resista a soportar el castigo, son los náufragos golpeados por la tempestad, los embates de cada kilómetro les susurran a los oídos el canto perverso de las sirenas: ¡No llegarás, no llegarás! Y en una curva del camino, a lo lejos, como el faro que alerta del buen rumbo aparece la salvación, el refugio, el puerto. Filípides aguarda en la meta para llenar de laureles la cabeza de los vencedores. El pueblo. ¡Alegraos, vencimos!
DESOCUPADO LECTOR, sin juramento me podrás creer que quisiera que esta Feria del Libro que nuevamente vuelve a Madrid fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto momento para retornar a las lecturas de volúmenes y cartapacios y a las ensoñaciones, aventuras y recreaciones que nos regalan las páginas pergeñadas de los libros. Singulares han sido los coloquios y momentos de placer que nos han proporcionado y es menester regresar a ellas como se vuelve a la amistad de un amigo al que hace tiempo que no vemos.
No han podido los virus malandrines desbaratar nuestros deseos de leer y henos aquí dispuestos a reconquistar la ínsula Barataria de los renglones y la república de las letras, mal que le pese al gigante Briareo de la desidia y al sabio Frestón de la ignorancia, que no han hecho, a pesar de sus malas artes y encantamientos, sino aumentar el deseo de imbuirnos en las páginas llenas de garabatos y de grabados que conforman los libros.
Yo no quiero encarecerte el servicio que nos hará tu conversación y tu visita en estos días de la próxima feria, pero quiero agradecerte la confianza que nos depositas eligiendo alguno de esa caterva de libros vanos que torpemente hemos escrito aun con todo nuestro entendimiento y saber. Así que esperamos tu presencia, tus palabras y tus confianzas en el parque de El Retiro entre los próximos 10 y 26 de septiembre. Y con esto Dios te dé salud y a mí no olvide. Vale.
UN BLOOMSDAY iniciático sirve como excusa para el viaje que tres amigos realizan por la verde Irlanda glosando el que Leopold Bloom hiciera el 16 de junio de 1904 por Dublin. Bloom es el protagonista de Ulises, esa novela críptica que James Joyce escribió tras su encuentro sicalíptico con Nora Barnacle en aquella fecha. Trío Irlandés es un viaje, la excusa ideal para desahogarse de las penas y desvelar los secretos que las prisas de la relación cotidiana nos cargan en la conciencia. Un púdico menage à trois de pláticas desnudas de tres caballeros lejos de sus ambientes, de sus mujeres, de las miradas del entorno cerrado de su día a día. «La sociedad funcionaría mejor si estuviera formada por tríos en lugar de parejas» declara gallardamente uno de los protagonistas.
Esta es la premisa que rige el libro: Viajar, andar para depurar el alma de los fantasmas habituales, caminar como excusa para expeler las afecciones que la vida nos provoca en cada recodo, apagar a zancadas los rescoldos que el fuego de la pasión nos deja en el brasero de la existencia, moverse es practicar la catarsis, liberar el espíritu de todos los lastres que lo obstruyen.
Trío Irlandés es un libro de viajes, puede enmarcarse en la larga tradición literaria castellana que convierte al camino en protagonista. “El Quijote”; “La ruta de don Quijote”, de Azorín; “Viaje a la Alcarria”, de Cela; “El camino”, de Delibes, “El peregrino”, de Torbado; “El camino más corto”, de Leguineche; “Milenium”, de Vázquez Montalbán, etc., son obras en las que los protagonistas se enfrentan a los imprevistos que un itinerario desconocido les plantea cada jornada. Quizás en Trío Irlandés prime la intimidad, las conversaciones libertinas, tal vez florentinas que los protagonistas se cuentan, las reflexiones filosóficas sobre la obra de Ludwig Wittgenstein, los recuerdos de una juventud alojada entre las oquedades de las amantes que se aleja y el paso desbocado hacia la madurez, esa fase en la que nos vemos claramente en la antesala de la nada. «Siempre necesité a los demás para no oírme a mí mismo, para envolver los silencios y no cortarme con sus aristas» confiesa uno de los protagonistas. Todo a golpe de zapatos, de recorridos imprevistos por paisajes verdes de lágrimas del alma. «La ciudad hay que conocerla por los pies», dice uno de los protagonistas. Y todo al amparo de la “triple E: ética, estética y etanol”. Ese estado fronterizo entre el nirvana y la Casa de Socorro que se consigue armonizando las conversaciones alrededor de varias pintas de cerveza Guinness, el símbolo más conocido de la Irish Republic. Incluso cabe en el relato una reflexión sobre los poetas y novelistas malditos, sobre la moral que rige la industria editorial, la concesión de sus premios y sobre la fauna que habita en los renglones torcidos y excluidos de los desheredados que no acceden a ellos.
Juan Fernández Sánchez piensa que sus apellidos quizás no sean muy novelescos. Que llamarse don Ramón María del Valle Inclán o John Dos Passos o Simone de Beauvoir abren inmediatamente las puertas de los lectores más reacios a los libros, al descubrimiento de lo nuevo. Se equivoca porque su prosa está escrita con la experiencia que su extenso conocimiento librero le ha proporcionado a lo largo de su viaje introspectivo por la geografía de sus amoríos, a lo largo de su navegar por un océano de volúmenes, cartapacios y papeles, en sus varias décadas de enseñanza como profesor de alumnos antropófagos, en sus incontables cuadernos salpicados de anotaciones amanuenses, en sus horas y horas de lectura y reescritura. Sus novelas están salpicadas con las reflexiones de los sabios y la sapiencia de los pícaros. Trío Irlandés se desliza por los recovecos filosóficos del pensamiento ilustrado y por los guiños taberneros de la jerga popular. Así que no extraña que Juan Fernández Sánchez obtuviera el Premio Tiflos de Novela 2018 por su obra “La silla vacía”, editada por Edhasa Castalia. Una novela que conjuga el savoir faire con las vergüenzas íntimas de aquellos exquisitos existencialistas parisinos que no veían con buenos ojos que a Camus le dieran el Nobel. Y no ha sido el único premio en su carrera. Trío Irlandés está editado por Editora Regional de Extremadura.
Pub, bares, qué lugares tan gratos para conversar. No hay como leer Trío Irlandés en un bar.
Cuando la revolución se precipita no tiene límites ni control e incluso a los revolucionarios espanta porque no previeron sus resultados…
Acabado el gran conflicto bélico con la derrota del nazismo y de Japón, la hegemonía mundial se la disputan las potencias occidentales enfrentadas a los demonios comunistas, el ogro Stalin y el maligno Mao Tse Tung, se declara la Guerra Fría. Coincide el momento histórico con los levantamientos anticolonialistas de la Indochina francesa y el conflicto de Corea. Añádase el temor a la hecatombe nuclear, o la histeria anticomunista que provocó la caza de brujas del beodo senador MacCarthy y se obtendrá un panorama crítico que provocará traumáticas transformaciones en las relaciones internacionales durante al menos tres décadas, de 1945 a 1975.
Así que, al general Eisenhower, el vencedor de la 2ª GM, desde su atalaya presidencial (1953-1961) no le cuesta mucho trabajo convertirse en vigilante de la ética capitalista —si es que el capitalismo tiene alguna ética— en su lucha por defender los intereses del colonialismo empresarial yanqui, presente en las costas del vecino mar Caribe desde finales del siglo XIX.
United Fruits Company
Una de esas empresas, no especialmente escrupulosa obteniendo beneficios es la United Fruits Company, la Frutera, la UFCO, el Pulpo, la Yunai, implantada en toda Centroamérica, dedicada al cultivo y exportación a USA del banano, una fruta exótica y casi desconocida allá a comienzos de la década de los 40. Y tan brutal con los indígenas jornaleros como generosa en sobornos con los dirigentes corruptos de esos países. Bajo la paranoia de apalear al diablo comunista y con la pretensión de obtener la máxima riqueza posible —durante la presidencia de Eisenhower, Estados Unidos gozará de un extraordinario desarrollo económico sin precedentes en su historia— se ejercerá la política exterior americana derribando gobiernos díscolos o colocando mandatarios a su gusto, o contando con la ayuda de sátrapas locales a los que premiará con el refugio de su protección.
La United Fruits Company era propiedad de Samuel Zemurray, Sam the Banana Man, un emigrante ruso llegado a USA con apenas tres años, en 1880, un self made man que con la ayuda, en 1948, de otro emigrante, el publicista Eduard L Bernays, un judío austriaco, sobrino de Freud, que llegó a USA con poco más de cinco años, en 1896, un mago en el desarrollo de las publics relations, idearon un plan de desestabilización y acusaciones falsas de socialismo y aproximación a la URSS (lo ahora conocido como fake news) sobre el gobierno del guatemalteco Juan José Arévalo con objeto de lograr la intervención del gobierno USA en la política caribeña. La UFCO fue el motor del mal que desgajó países, corrompió gobiernos, alteró políticas sociales, provocó golpes de estado, retrasó el desarrollo económico de naciones, impidió el acceso a una vida digna a millones de trabajadores —muchos de ellos indios nativos desheredados—, derribó presidentes, provocó matanzas y se infló a ganar millones de dólares libres de impuestos a costa de los más débiles con la excusa de que, aquella zona merenguera del Caribe, apenas a doscientos km del Canal de Panamá, era el objetivo de penetración de la URSS en Centroamérica. La administración Eisenhower, con la inocente ayuda de la prestigiosa prensa —The Washinton Post, The New York Times o el semanario Time apostaron ingenuamente por unas noticias que no existían. Una trasposición temporal de lo que hicieron los periódicos de William Randolph Hearst provocando una guerra contra España, la guerra de Cuba de 1898— y bajo la batuta de la CIA —la Madrastra— del escalofriante Allan Dulles esgrimió la amenaza de la presencia soviética en la zona para desacreditar al presidente electo Juan José Arévalo, derrocar, en 1954, el gobierno legítimo del presidente de Guatemala Jacobo Árbenz y colocar allí a un militar sin prestigio ni liderazgo, un alocado extremista que tan sólo aguantó tres años en el poder antes de ser asesinado: el coronel Carlos Castillo Armas. Sin embargo, jamás existió el peligro soviético, los rusos ni estaban ni se les esperaba.
Los ingredientes
Guatemala, un país desconocido para la opinión pública norteamericana; el genocida dominicano Trujillo; marionetas gobernando aquí y allá; mises sabedoras del poder que su sexo despierta en los instintos básicos de los mandatarios; “Caca” —Carlos Castillo Armas—, el mequetrefe presidente impuesto por USA en 1954 y asesinado en 1957 por Johnny Abbes García, un sádico que leía poemas de Amado Nervo mientras aplicaba las torturas chinas que había aprendido con la policía mexicana, becado por Trujillo, la Araña, a sus víctimas; sicarios borrachos de sangre; asesinos nómadas; mercenarios de un ejército fantasma, el “ejército liberacionista”; espías triples; un gringo xenófobo, el embajador Peurifoy, marcando revólver en la sobaquera; aviones USAF bombardeando a la población civil; militares corruptos; Jacobo Árbenz, el presidente víctima de sus ideales reformistas; burdeles, garitos, casinos, o el obispo Rossel y Arellano, un fanático integrista que consigue el ascenso a general del Cristo Negro de Esquipulas* son los ingredientes que maneja Mario Vargas Llosa para guisar la novela: “Tiempos recios”.
Tiempos recios
Porque “Tiempos recios” son muchas cosas a la vez: novela histórica, reportaje periodístico, crónica de una época, melodrama tragicómico con vocación cinematográfica y ensayo sociológico. Tiempos recios requirió al autor un enorme esfuerzo de documentación, de inmersión en archivos y hemerotecas, de visitas a protagonistas y a expertos en el Caribe. Oficio de periodista que el autor ejerce desde siempre. Prima en la estructura la narración secuencial, pequeños capítulos donde los protagonistas, los espacios, los tiempos, los diálogos, las tramas y la información que el lector recibe se alternan cinematográficamente como si de una película se tratara. Un trabajo de planificación precisa del argumento, minucioso labrado de las piezas, de los personaje y encaje de bolillos el que ha realizado Vargas Llosa para desplegar este relato extenso de vida, peregrinación e historia trágica de un tiempo tormentoso, no necesariamente aclarado ni mejorado ahora.
Un relato protagonizado por una mujer, una barragana que se enfrenta a la legítima esposa del títere, el coronel “Caca”, rivalizando con ella por el poder entre las sábanas e intrigando en una corte de mercenarios ebrios de ron y de lascivia: «Con miss Guatemala, con Marta he vuelto a tener deseos, a ser un hombre en la cama», confiesa Castillo Armas, Cara de Hacha. Las novelas de Vargas Llosa están llenas de protagonismo femenino: Marta Barrero (en la realidad se llama Gloria Bolaños y vive actualmente en Florida). O Urania Cabral, la protagonista, heroína y víctima de “La Fiesta del Chivo” (2000). O como Lily-Arlette, la intermitente provocadora de “Travesuras de la niña mala” (2006), aquella mujer que aparece y desaparece en la vida de Ricardo, el hombre muñeco desestabilizado por los caprichos de la dama. O la tía Julia con su escribidor (1977); o Flora Tristán, la abuela de Paul Gauguin, luchadora por los derechos de la mujer que trató de niña a Simón Bolívar, en “El paraíso en la otra esquina” (2003); o las visitadoras de Pantaleón (1973).
Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, octubre 2012.
Tetralogía
El Caribe y la intervención americana en los años 40-60 es un tema recurrente en la narrativa hispanoamericana. Basta recordar la extensa novela que sobre el vasco Jesús Galíndez escribió, hace más de treinta años, Manuel Vázquez Montalbán. El historiador y escritor Tony Raful ha publicado varias obras de investigación sobre el terrible sicario Johnny Abbes García, el ejecutor implacable de Leónidas Trujillo. Y sin duda, la gran novela sobre el terrible mandato del sátrapa dominicano es “La Fiesta del Chivo”. Tiempos Recios completa una tetralogía sobre un tiempo y una zona del planeta que vio arruinada su paz por la codicia del capitalismo yanqui.
Rescoldos
La crisis de los misiles, la expansión del socialismo cubano y sus lazos con la URSS fueron consecuencias directas de aquella intervención norteamericana en el Caribe. Quizás para prevenir una acción yanqui, aquellos barbudos se radicalizaron para evitar que la CIA actuara en La Habana como lo había hecho en Guatemala. El desarrollo social y económico de todos aquellos países se vio comprometido durante décadas. Y aquella política de Eisenhower fue el origen de la terrible pobreza actual que fuerza a la emigración a millones de parias hacia el gran norte, hacia el origen de sus desdichas. Nunca se resolvió el entramado económico del asesinato de Kennedy ni sus inductores intelectuales, sucedido apenas dos años después de la crisis de Bahía de Cochinos y del asesinato de Trujillo.
Y desmitificar la actuación del Che Guevara en sus logros revolucionarios —presente en Guatemala en el momento del asesinato de Castillo Armas. Vendía enciclopedias puerta a puerta para sobrevivir—, tal vez desvelar sus responsabilidades en los fusilamientos de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, que Mario Vargas Llosa nos sugiere al final de la novela. “Una gran torpeza de USA preparar el golpe de estado contra Árbenz”, declara uno de los protagonistas. Un Vargas Llosa que parece identificarse con la política social de los presidentes Arévalo y Árbenz, para sorpresa del lector que ubique al novelista intelectualmente en el liberalismo conservador.
La UFCO es en la actualidad Chiquita Brands International, Chiquita Banana, y sigue manteniendo una presencia empresarial importante en el Caribe sin que las condiciones económicas de esos países hayan mejorado mucho ni se vea perspectiva de solución a medio plazo.
La retirada sincopada de Afganistán es el último rescoldo de la presencia perpetua del policía de Occidente:
«Cuando se echa a correr una bolita desde lo alto de la montaña, se puede desencadenar una avalancha».
Todo fue, no más, por un puñado de plátanos.
Gloriosa Victoria, mural de Diego Rivera en el que aparecen todos los protagonistas del golpe de estado propiciado por la CIA y que encumbró al títere de Carlos Castillo Armas en la presidencia de Guatemala.
*Recuérdese la medalla que otorgó aquel ministro del Interior, supernumerario de la Obra, ahora imputado por espionaje, a una imagen religiosa; o la emosión con que aquella ministra de Trabajo nos recomendaba resar a la virgen del Rosío para que nos diera curro, y comprobaremos lo poco que evoluciona el mundo, o lo mucho, según se mire quien lo dirige: el mal.
Según Mario Puzo y Francis Ford Coppola relataron en su espléndido fresco sobre la mafia, Virgil Sollozzo, más conocido como el turco en el ambiente, se había formado como asesino a sueldo en Sicilia, especializándose en el manejo del cuchillo. Tras una estancia postdoctoral en Turquía, donde pudo aprender las reglas comerciales y construir un negocio rentable, se trasladó a Nueva York con la intención de internacionalizar la distribución del jaco manufacturado en los laboratorios locales. De acuerdo con los manuales del sector necesitaba contactos, y los mejores se encontraban en tres mundos unidos por la ambición: la política, la prensa y la judicatura. Precisamente los tres yacimientos de los cuales Vito Corleone había extraído el material con que cimentar su estructura empresarial. Basta mirar alrededor para comprobar que el modelo no ha cambiado. No hace mucho que un político de la derecha explicaba a sus jefes cómo mantener el orden de las cosas «por la puerta de atrás», refiriéndose al control de los magistrados que habían ido colocando en los puestos claves del poder judicial. A pesar de nuestra ignorancia terminológica, caben pocas dudas de que el sistema continúa funcionando con la eficacia de una maquinaria bien engrasada al leer esos textos farragosos en los que fundamentan sus conclusiones, las cuales parecen sospechosamente decididas de antemano, y casi siempre siguiendo el mismo corte ideológico y moral. Como en una ocasión escribiera Rafael Sánchez Ferlosio, y tantas veces ha ocurrido en la historia de este país, parece que una trama organizada se haya erigido «en el cuerpo entero de la patria, en única ciudadanía dirimiente». Era esperable, por más que indeseable, que sus actividades resultasen más ladinas y repugnantes en medio de una emergencia sanitaria, al tiempo que un instrumento idóneo para hacer política por detrás. Las togas exquisitas cumplen las órdenes familiares e interpretan la realidad infecciosa, epidemiológica o preventiva con la impunidad de quien sabe que puede hacerlo. La combinación de las tres influencias que Sollozzo demandaba compartir a Corleone —políticos, jueces y periodistas en nómina— sigue manteniendo su capacidad para mover los hilos, ubicar las fichas y garantizar el final de las jugadas. Qué más da que la doctrina se retuerza hasta adaptarla al interés del amo, y que una supuesta «ciencia jurídica» se interprete de forma distinta en casos idénticos, probablemente como resultado de los diferentes matices de cada implantación familiar. Qué importa que las veleidades en el uso de la toga puedan tener efectos nocivos sobre la salud de la ciudadanía, provocar la pérdida de libertad por afirmar en una canción lo que la mayoría piensa a estas alturas acerca de la dinastía borbónica, o permitir la puesta en la calle de un corrupto confeso y condenado, mientras se expulsa a un par de ancianos de su casa, malvendida a fondos buitre como parte de los negocios de la familia, al mismo tiempo que la prensa no quiera mostrarnos el nombre y el careto de los magistrados que toman las decisiones en cada comunidad autónoma.
La belleza, tallar en el cristal la espuma de un poema, el vaho de las palabras repartiendo flores y lunas de versos, tejer sin cesar el placer de las transparencias en la incomparable soledad del paraíso impensado del hielo, o del fuego que emana del destello de la quimera.
Ana de la Robla ha reeditado su poemario Reloj de Agua. El Agua del Reloj. Unos versos con los que ganó el Premio José Hierro en 1995. Rafael L. Setién le ha ilustrado sus páginas con círculos, lágrimas, acantilados, azogue, barcos, pétalos… Y Emilio Pascual se lo ha editado en un libro que los ángeles se disputan en el cielo porque forma parte de la gloria.
La gloria de leer a Ana de la Robla, ese placer reservado a aquellos que saborean la siembra de besos y la seda del silencio. El lujo de leer a doña Robla reservado para muy pocos, el elixir secreto de la poesía.
Te envuelves en sedas
desmayadas de añil;
juegas a la sorpresa del lirio
que trepa por los oscuros
acantilados
siembra de besos y voces;
que solo logra lo naturalmente
silencioso;
hablas y así te quiebras como agua,
en peldaños espumosos.
¿Qué me buscas?
Todo te lo di ya.
Hasta mi muerte.
Ana de la Robla, en el centro, rodeada por Rafael L. Setién, ilustrador artista, a la izquierda, y Emilio Pascual, editor de su poemario, el pasado 22 de julio en Santander.
Ángel Cabrera fotografiado por Alfonso, sobre 1914.
El camino, el viaje, la curiosidad por descubrir qué habrá detrás de las montañas. La emoción de traspasar el horizonte y contemplar otro paisaje distinto y después otro amanecer y sorprenderse con la riqueza que conforma la existencia. Y la introspección, la mirada al interior de uno mismo, rebasar las barreras que nos limitan y adentrarnos en nuestro infinito yo. Y contárselo a los demás. Fue el amor por la ciencia, por el estudio, por los seres vivos lo que llevó al zoólogo Ángel Cabrera Latorre a escribir sus 200 libros científicos y sus más de 400 artículos en periódicos y publicaciones de todo el mundo. Ángel Cabrera Latorre y sus andanzas por el Magreb-el-Aksa o por la Sierra del Guadarrama describiendo a los lobos, Canis lupus signatus los llamaba él, o por la desconocida Patagonia en busca de dinosaurios. Un digno compañero de Ulises, de Marco Polo, de Colón, de Elcano, de Cosme Churruca, de Darwin, de la Comisión Científica del Pacífico de la que fue ilustre catalogador de su legado. Ángel Cabrera Latorre (1879-1960), hijo del primer obispo de la Iglesia Anglicana en España, aventurero y periodista, viajero incansable, divulgador, artista mayor, miembro reconocido de varias sociedades internacionales, riguroso científico brotado de la fuente de Ignacio Bolívar Urrutia —director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid entre 1901 y 1934—, al que el matemático Rey Pastor propuso y Ramón y Cajal confirmó como el mejor candidato para ocupar la cátedra de Zoología vacante en el Museo de Ciencias de la Plata. Y que en 1925 se trasladó a la Argentina para nunca más volver a la patria esquiva.
Junto a Ángel Cabrera, Francisco Ferrer y el director del museo, Ignacio Bolívar, aparecen la reina madre, María Cristina, y la infanta Beatriz de Sajonia-Coburgo, prima de la reina Victoria Eugeniade Battenberg. 2 de diciembre de 1913.
Y enamorado galán hasta el fin de su mujer, de María:
«Para mi amada esposa dedico este libro, como recuerdo de las excursiones que juntos hemos hecho para cazar o para estudiar muchos de los seres que en él se describen».
Así comienza su obra “Fauna Ibérica. Mamíferos”, publicada en Madrid, el 2 de abril de 1914. Un trabajo de gigante no mejorado y que aún hoy causa admiración por su preciso contenido científico. A ella siguieron Genera Mammalium (1919); Manual de mastozoología (1922); La Navegación (1923); Los mamíferos de Marruecos (1932); Zoología (1938); Mamíferos sudafricanos (1943); Caballos de América (1945), etc., etc., etc.
«Al apearme, a la luz de las estrellas… no pude menos de recordar las palabras de Abd-el-Kader, el emir guerrero y poeta: “Si supieras tú los secretos del desierto, pensarías lo mismo que yo; mas los ignoras, y la ignorancia es la madre del mal». «En cuanto a los moros, los hijos del pueblo que hizo un vergel de la tierra donde nacieron mis padres, sólo puedo decir que para mí han sido siempre afectuosos y hospitalarios… me he sentido siempre un alma mitad árabe, mitad europea… hay que tenerme por sospechoso de parcialidad por ese país de Islam».
Es el prefacio de su libro “Magreb-el-Aksa. Recuerdo de cuatro viajes por Yebala y por el Rif”, de 1924, en el que relata sus cuatro recorridos por Marruecos entre 1913 y 1923. Un período agitado de la historia colonialista de España. Cabrera emprendió esas expediciones explorando un vasto territorio desconocido y misterioso, adjudicado a España en virtud de los acuerdos franco-británicos de 1904. En su relato no hay ninguna mención a la situación bélica que se vivía por entonces en tierra africana, ni siquiera sobre la dictadura de Primo de Rivera, iniciada unos meses antes.
«Considérese hoy como un hecho bien probado que las especies animales actualmente existentes proceden de otras que existieron antes, las cuales, a su vez, se habrían derivado de otras anteriores a ellas», así comienza su “Caballos de América”, Editorial Sudamérica. Buenos Aires, 1945, un exhaustivo tratado de caballería que enumera las variedades equinas que pueblan el subcontinente americano. Texto inflamado de amor a la naturaleza y a lo que ahora llamamos ecosistemas y a su conservación, que bien podría haber firmado Charles Darwin, que le precedió 93 años en su viaje por los Mares del Sur. Vean si no, el apunte que Darwin hace en su cuaderno de bitácora:
«5 de julio de 1832,en el HMS Beagle. Largamos velas y por la mañana salimos del magnífico puerto de Río. Durante nuestro viaje hasta el Plata no vemos nada de particular, como no sea un día una grandísima banda de marsopas en número de varios millares. El mar entero parecía surcado por estos animales, y nos ofrecían un espectáculo extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales pasaban por delante de la proa con la mayor facilidad y seguían adelantándonos hasta muy lejos». (A naturalist’s voyage round the world in HMS Beagle. Traducido en 1920 por Constantino Piquer y publicado ese año en Valencia por Prometeo Sociedad Editorial.)
De 1922 y publicado por Calpe es “El mundo alado” *, un folleto de 116 páginas impregnado de amor a la naturaleza en el que describe las características de las aves, entonces poco conocidas. Con afán didáctico, lenguaje ameno y sencillo, despoblando su prosa de adornos este pequeño librito no pretende más que advertir de la necesidad de conservar las aves que pueblan nuestros campos y ciudades, nuestros aliados callados y seguros contra las plagas de insectos, como puede leerse:
El ruiseñor deja oír esas cascadas de notas que a todos nos admiran mientras elige una compañera, hacen el nido y ésta incuba sus cinco huevecitos; pero tan pronto como éstos se rompen y salen del cascarón los cinco pequeños ruiseñorcillos, el padre deja de cantar y sólo profiere una especie de ligero graznido gutural: la voz grave y preocupada del padre que comprende sus deberes y sus responsabilidades…
El somormujo es una pequeña ave nadadora que vive en toda Europa, en las lagunas y otras aguas estancadas. En Madrid se le ha visto algunos años en el estanque que hay delante del Palacio de Cristal del Retiro. Para hacer su nido, recoge juncos, ranúnculos y hojas secas, y forma con todo ello una especie de balsa redonda que flota perfectamente en el agua… si a pesar de todo, amenaza al nido algún peligro, pronto lo transporta a otro sitio más seguro.
Los herrerillos, los mosquiteros, las currucas, prestan al hombre un señalado servicio destruyendo los parásitos que el jardinero o el labrador no llegan siquiera a ver. El pequeño herrerillo, por ejemplo, destruye más de seis millones y medio de insectos al año, y para criar a sus hijos necesita por lo menos veinticuatro millones de insectos… Se ha dicho, con razón, que el pájaro es uno de los factores de la prosperidad de un país… los pájaros hacen mucha más falta en el campo y en el bosque que en los mostradores de las tabernas o en los sombreros de las señoras.
Todas las láminas son de Cabrera, declaradas bienes de interés cultural.
Cabrera viaja en 1924 a la factoría ballenera de Algeciras, entrada de cetáceos al Mediterráneo, con la misión de censar las ballenas y testimoniar su declive provocado por el hombre. En seis años, de 1921 a 1927, se cazaron 3600 rorcuales y 300 cachalotes en Algeciras, dejando a los cetáceos al borde de la extinción. Una misión bien distinta, la suya, de la que mueve al capitán Ahab en busca de Moby Dick.
Cabrera en la factoría ballenera de Algeciras, 1924.
El relato de Ahab, Herman Melville, Akab, rehén de sí mismo, se debate en el deber de justificar la tragedia que su temeraria aventura causó entre aquellos a los que llevó a la muerte. Quizás le resoplaran por la mente los remordimientos: «Se me tiene por misógino, por rechazar a las mujeres, no hay ni una mujer en mi relato, en esas seiscientas y muchas largas páginas que explican el cortejo, el amor que le hice a mi amante marina. En los barcos no hay mujeres, dicen que nunca conocí mujer, que mi matrimonio con esa jovencita de Nantucket, padre y esposo a la vez, fue una excusa por parecer hombre decente, que la dejé a los pocos meses de la coyunta, que no valía para eso porque nunca lo ejercí, que puede haber en mi carácter la sombra de la sodomía, encerrado en mi camarote con aquellos cinco extraños personajes. Pero ¡es mentira! Yo soy un marino, un capitán ballenero, el gran capitán Ahab y estoy casado con la mar, ella es mi amante caprichosa y cruel, la que me obsequia con crepúsculos encendidos de fuego en los trópicos y la que me maltrata con tempestades y derrotas de lavas de hielo en los polos», bien podría haber dicho el capitán Ahab de haber sobrevivido a la venganza de Moby Dick.
Sí, ¡por ahí resoplaban, por ahí resoplan! Ahora son frecuentes los avistamientos de ballenas azules en los mares de Guetaria, la cuna de Juan Sebastián Elcano. En su libro “Fauna Ibérica. Mamíferos” relata Cabrera la captura que se hizo allí en 1872. Una de las seis cazas documentadas que constan a lo largo de cuatro siglos en las costas del Cantábrico y Atlántico. Los balleneros vascos ya las cazaban en el siglo VII y casi se extinguen en el mar Cantábrico, de donde desaparecieron durante siglos. El mar, esa fuente de inspiración permanente: Jules Verne, “La isla misteriosa”, “20.000 leguas de viaje submarino”. La aventura por la tierra y por el cielo: “Cinco semanas en globo”, “De la tierra a la luna”, “Miguel Strogoff”. Jules Verne, nuestro forjador de sueños de la infancia: “La vuelta al mundo en 80 días”.
Láminas científicas pintadas por Cabrera
Y la vuelta al mundo que emprende Manu Leguineche en un Toyota Land Cruiser en 1965, “El camino más corto”, que le sirve para describir aquel mundo de confusión geopolítica y pan-nacionalismo africano o asiático que se desencadena apenas veinte años después del gran desastre de la 2ª Guerra Mundial para sacudirse el colonialismo europeo, Vietnam a la vuelta de la esquina. Un testimonio literario de un momento histórico que removió al mundo y cuyas consecuencias aún son visibles. Un reportero, Manu Leguineche, que creo escuela en el periodismo internacional, que con Jesús Torbado exploró el viaje interior que las víctimas secretas del franquismo realizaron en torno a sus auto-mazmorras, prisioneros de sí mismos: “Los topos”.
O la vuelta al mundo que emprenden Pepe Carvalho y Biscuter, en su “Milenio”, la Charo y Fuster les aguardan, el inspector Lifante al acecho, como prediciendo el final próximo del escritor, de Manuel Vázquez Montalbán, publicado apenas unos meses antes de su muerte en el lejano Bangkok. Una despedida de una época y de un mundo que ya no pertenece a los protagonistas y que no comprenden. Protagonistas y viajeros que ilustraron los sueños de nuestra niñez: don Quijote y Sancho, Ahab y Starbuck, Bouvard et Pécouchet, Ismael y Queequeg, Penélope y Ulises, el capitán Nemo y el Nautilus, Magallanes y Elcano, Darwin y el capitán Fitz Roy, Churruca y Gravina, Long John Silver y Jim Hawkins…
El viaje, el libro de aventuras, el reportaje novelado, la poesía épica y el rigor científico con que Cabrera nos obsequia. Y aquel otro viaje del poeta bueno que encontró su destino en la playa de Colliure, ligero de equipaje frente al mar, Machado. Cabrera lo encontró en La Plata en 1960, lejos de su Madrid que lo olvidó sin darle siquiera como homenaje el nombre de una calle. Se hace camino al leer.
*Obra recomendada por el biólogo y ornitólogo Manuel Andrés Gómez