Investigación sanitaria

Rafael Alonso Solís

El trece de marzo de 2004, el Boletín Oficial del Estado publicaba un Real Decreto del Ministerio de Sanidad y Consumo sobre acreditación de institutos de investigación sanitaria. Se trataba de un ambicioso plan, elaborado por expertos, que pretendía generar estructuras especializadas para llevar a cabo investigación biosanitaria de excelencia, acelerando el traslado de los resultados de investigación  –básica, clínica y epidemiológica– al sistema nacional de ciencia y salud, al paciente y a la sociedad. El modelo tenía por objeto crear entidades bien definidas de investigación biomédica, asociando un hospital docente con una universidad, facilitando la interacción diaria entre los investigadores básicos y clínicos en una estructura física, común y tangible. El proceso de acreditación implicaba la elaboración de una memoria detallada, que debía someterse a evaluación durante un período de dos años. De forma inmediata, aquellas autonomías que ya disponían de estructuras en las que se había puesto en marcha una investigación biomédica con el adecuado nivel de calidad comenzaron a presentar sus propuestas. El relato es un buen ejemplo de la ineficacia habitual de los diferentes gobiernos de Canarias en la gestión de la ciencia y la sanidad, y de su enroque permanente en pleitos insulares, enredos provincianos y deficiencia técnica. Entre 2009 y 2015 se acreditaron en España veintinueve institutos de investigación sanitaria –ocho en Madrid, siete en Cataluña, cuatro en Andalucía, tres en Valencia, dos en País Vasco y una en Aragón, Cantabria y Castilla-León–. ¿Qué ha pasado en Canarias en esos trece años? Desde 2007, el Hospital Universitario de Canarias y la Universidad de La Laguna comenzaron a trabajar conjuntamente en la elaboración de una propuesta. En 2010, con el acuerdo de la Consejería de Sanidad, y el apoyo del Cabildo de Tenerife y de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información, la ULL, junto a los dos hospitales universitarios de Tenerife, presentó un proyecto al Instituto de Salud Carlos III para la construcción y desarrollo de un instituto de investigación sanitaria, consiguiendo una subvención de 8 M€, cuya ejecución está finalizando. En 2012, la ULL consiguió de forma competitiva más de 4 M€ de la Unión Europea para “desarrollar el potencial de investigación e innovación biomédica de Canarias”, un proyecto que finalizó en 2016 y que ha permitido incrementar de forma significativa nuestras capacidades en estas áreas. Lamentablemente, a pesar de reunir los requisitos, disponer de la capacidad y haber multiplicado el potencial existente, las sucesivas direcciones de la Consejería de Sanidad han impedido la presentación de una propuesta de acreditación, han mareado la perdiz y han conseguido que Canarias sea una de las pocas Autonomías sin un centro de estas características. Ayer mismo, el presidente de Canarias enfatizó la voz para afirmar que “vamos a crear un instituto de investigación sanitaria”, pero sigue sin saber –ni él ni sus asesores, ni los responsables de dirigir el proceso, ni quienes le han precedido en esa responsabilidad– en qué consiste un centro de investigación traslacional, y seguirán pensando que todo consiste en un acto administrativo que cree una entidad virtual, formada por varios hospitales y dos universidades, con mar de por medio y con sus laboratorios y unidades físicamente dispersos. Y aunque se les haya explicado en varias ocasiones, son incapaces de entender que eso no sirve para nada, que lo que está funcionando en otras regiones con éxito es otra cosa, y que el empecinamiento sólo ha servido, hasta ahora, para dificultar la investigación biomédica en Canarias, impidiendo su traslación eficaz a la sociedad.

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Universidad 2017

La paja y la viga

Malasaña

Gabriel de Araceli

Malasaña es un barrio popular en el centro de Madrid, muy animadas siempre sus calles de gentes bulliciosas y alegres. En el número 4 de la calle de la Madera nació el 19 de febrero de 1879 Ángel Cabrera Latorre. Ni ahí ni en Claudio Coello, 115, donde vivió antes de trasladarse a Argentina hay el más mínimo recuerdo institucional de su memoria.

Fotografías y vídeo de Carmelito Flórez

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Patagonia

La paja y la viga

 

Rafael Alonso Solís

Según la experiencia de los comentaristas, el sentido de la vista está dotado de un alto componente de relatividad, y nada es, exactamente, lo que parece. En realidad, no se trata de una característica particular de ese sistema sensorial, sino de todo el sistema nervioso, del cerebro, que nos engaña sin respeto alguno y nos induce a imaginar apariciones marianas en los días de calor, encontrar oasis en medio del desierto o confundir molinos de viento con gigantes. Al parecer –ya que uno no se percata con precisión del fenómeno– los ojos de los demás están llenos de minúsculas pajitas, que somos capaces de detectar a distancia y sin gafas, mientras que los nuestros suelen estar ocupados por vigas descomunales que, sin embargo, ni nos molestan ni nos impiden la visión. Ese curioso efecto forma parte de la subjetividad y tiene un asombroso potencial creativo, ya que abre las puertas al arte en todas sus manifestaciones. Es cierto que también facilita la confusión interesada y que arrastra unas connotaciones morales discutibles y, en ocasiones, de dudoso gusto. A veces, pero pocas, el proceso se invierte, y la paja y la viga cambian de sitio dependiendo del estado de ánimo. Tal vez por eso, como dijo Keith Richards, “puedes estar hecho una mierda, pero, mientras tengas un buen bronceado, todos piensan que estás en una gran forma física”. La confusión de vigas y pajas lleva a conclusiones diametralmente opuestas sin demasiada argumentación, como suele ocurrir con la interpretación de las sentencias judiciales que afectan a los partidos políticos, el análisis de los resultados electorales o la valoración de los éxitos y los fracasos, tanto los propios como los ajenos. Camilo José Cela, por ejemplo, después de haber conseguido el premio Nobel de literatura, se pasó varios años renegando de los méritos asociados al premio Cervantes –algo así como el Nobel en lengua castellana–, al que describió como “cubierto de mierda”, pero acabó recibiéndolo y dando las gracias con satisfacción. La relación de Cela con los premios siempre fue algo perversa y jamás le amargó un regalo. Cuentan que, en 1994, un año antes de recibir el Cervantes, andando escaso de fondos, llegó a un acuerdo con la editorial Planeta para llevarse el bien dotado galardón con la novela titulada La Cruz de San Andrés. Aunque la circunstancia de apañar el premio al autor elegido parece práctica habitual de los Lara, en este caso hubo una insistente acusación de plagio, ya que la novela de Cela fue presentada al premio el 30 de junio, el último día de plazo, y que críticos canallas y una juez de Barcelona encontraron en ella indicios de ser el resultado de un proceso, al menos parcial, de transformación de la obra de la escritora gallega Carmen Formoso, que había sido presentada dos meses antes. Es posible que con los plagios suceda algo parecido a la confusión visual de vigas y pajas, y se detecten fácilmente los que ocurren a distancia, pero resulten borrosos los cercanos.cjc_palma_53

Día de la mujer trabajadora

Gabriel de Araceli

El 8 de marzo de 2017, una enorme manifestación en Madrid ha ocupado toda la Gran Vía hasta llegar a Cibeles, para celebrar el día de la mujer trabajadora y llamar la atención sobre el maltrato que sufre la mujer en España. El Kilómetro escaso que tiene de longitud la Gran Vía estaba ocupado enteramente por infinidad de personas que en tono festivo gritaban lemas en contra del machismo y en defensa de las mujeres agredidas por la violencia de género y la desigualdad de trato que reciben en los trabajos. La manifestación ha tenido un carácter festivo y se ha desarrollado sin incidentes.

En la Puerta del Sol se ha mantenido durante varios días una carpa en protesta por la violencia contra la mujer y reivindicando acciones enérgicas por los poderes para luchar contra este mal social. La carpa se ha levantado el 8 de marzo.

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Machismo, ¡no, gracias!

Educación y naturaleza

Gabriel de Araceli

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Un grupo de alumnos del Colegio Lourdes, del barrio de El Batán, al oeste de Madrid, planta encinas y quejigos al lado de la carretera que une Carabanchel con Aravaca. La zona era antes terreno militar ahora abandonado, es en el barrio de Campamento, por ella pasa una antigua cañada real que goza de protección. Sin embargo, sobre ella se abate una enorme presión especulativa de grupos financieros e inmobiliarios que quieren convertir en plusvalías y cemento estos terrenos tan próximos al centro de la capital. La explosión de la burbuja inmobiliaria, la crisis económica, diferentes sentencias judiciales y divergencias entre los gobiernos de la Comunidad de Madrid, Ayuntamiento y los grupos financieros han retrasado desde hace décadas el destino final de esta zona, pero se prevé un futuro incierto sobre su protección como zona natural, la zona de Retamares y el Arroyo Meaques. Hay asociaciones de vecinos que, retomando el movimiento vecinal de los años 80 realizan acciones reivindicando el uso público y recreativo de los terrenos. La educación académica no solo es estudiar libros, los profesores del Colegio Lourdes del área de Tecnología incluyen actividades formativas como la de plantar arbolitos, un pequeño esfuerzo por restaurar el orden natural en la periferia de una gran ciudad rodeada de asfalto y barriadas impersonales. Es la lucha de David contra Goliat. Gracias a esos profesores que con su esfuerzo y metodología contracorriente forman ciudadanos del mañana preocupados en proteger su entorno natural.

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Universidad 2017

Rafael Alonso Solís

En 1898, casi una década antes de la concesión del Premio Nobel por sus hallazgos sobre la estructura del sistema nervioso, se publicaba la segunda edición de Reglas y consejos sobre la investigación científica, libro basado en el discurso que Santiago Ramón y Cajal había pronunciado el año anterior durante el acto de ingreso en la Academia de Ciencias, y que en su primera edición subtitulara Los tónicos de la voluntad, con la intención de contribuir a la formación de investigadores. Es curioso que Cajal –al menos en su caso– diera mucha más importancia a “la voluntad”, a “la  independencia de juicio” y a “un sentimiento profundo de nuestra decadencia científica” que al supuesto talento demostrado durante sus estudios de bachillerato –período en el que confiesa haber sido “uno de los alumnos más indóciles, turbulentos y desaplicados”–, o en la Universidad –en cuyas aulas reconoce no haber brillado “ni poco ni mucho”–, lo cual hace sospechar que, si viviese en la actualidad, habría tenido serias dificultades para encontrar una beca que le permitiese iniciarse en la actividad investigadora, y tal vez habría acabado dedicándose a la fotografía, el dibujo o la gimnasia, actividades para las que había mostrado cierta maña. Se cumplen, por lo tanto, ciento veinte años de la primera redacción de este texto, cuya vigencia sigue manifestándose con toda rotundidad en muchos aspectos, más aún en un momento en que el papel de la Universidad en la generación y difusión del conocimiento es cuestión opinable –y, como hemos comprobado en el caso de recientes perlas cultivadas en Canarias, no con mucha fortuna–, que está necesitada de ideas claras, debate limpio y despojado de corporativismo, y atrevimiento para adoptar políticas apropiadas, tanto en su propio seno como en los niveles administrativos correspondientes. Por ese motivo su lectura sigue siendo recomendable, especialmente por los responsables políticos implicados. Ya entonces Cajal llamaba la atención, con imaginable generosidad, sobre el hecho de que “nuestros estadistas adolecen de algunos defectos”, exigía la transformación de la Universidad –“hoy casi exclusivamente consagrada a la colocación de títulos y a la enseñanza profesional”– en un centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania –“donde representa el órgano principal de la producción científica, filosófica e industrial”–, ironizaba sobre la preocupación en torno a la autonomía universitaria –“de qué servirá emancipar a los profesores de la tutela del Estado, si éstos no tratan antes de emanciparse de si mismos, de sobreponerse a sus miserias éticas y culturales”–, criticaba con dureza el afán de “algunos estadistas conspicuos” por minimizar el papel de la “ciencia teórica” frente a la “práctica”, recordando como “en Alemania, en Francia, en Inglaterra la fábrica vive en íntima comunión con el laboratorio”, y aconsejaba cultivar a “la ciencia por sí misma, sin considerar por el momento las aplicaciones”, por la sencilla razón de que “allí donde los principios o los hechos son descubiertos brotan también, por modo inmediato, las aplicaciones”.  Es ahí, en el equilibrio inteligente, donde habría que incidir.

Rafael Alonso Solís, MD, PhD
Prof. of Physiology and Institute Director
Institute of Biomedical Technologies
Center for Biomedical Research of the Canary Islands
University of La Laguna
Ramón y Cajal en su casa de Madrid, 1915.

Ramón y Cajal en su casa de Madrid, 1915.

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España y su ciencia

Efemérides

La beaute est dans la rue (II)

Se joven y no te calles, porque la calle es un lugar de encuentro, el espectáculo de las gentes es el premio, no hay que pensar, solo callejear y mirar, callejear y mirar, como Cartier Bresson…

cartel_1Fotos de Ángel Aguado López callejeando por Madrid.

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La beauté est dans la rue (I)

La beauté est dans la rue!

Especulación y Uso público del suelo, dos conceptos antagónicos del desarrollo urbanístico de la ciudad

Gabriel de Aracelila-beaute-est-dans-la-rue

El sistema, ese conjunto abstracto de fuerzas económico-políticas que conducen nuestros destinos, no quiere que la calle sea un lugar de convivencia o encuentro, en el que las personas puedan departir sus ideas o simplemente disfrutar de un paseo. La experiencia asamblearia del 15 M sentó muy mal al anterior gobierno municipal porque la gente debatía con libertad y eso siempre molesta al poder. Si la privatización del suelo público, con mesas, sombrillas, terrazas, etc. ocupa una parte importante de las vías públicas, la presión que ejercen las grandes inmobiliarias sobre el territorio urbano con el fin de lucrarse convierten al ciudadano en un objeto pasivo de su ciudad. Casi cincuenta años después, el lema revolucionario del parisino 68 está adquiriendo sentido nuevamente.

Fotogalería de Ángel Aguado López

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La Columna Leclerc

Los gritos del silencio

No hay pan p’a tanto chorizo