Los orígenes

Cuando los seres humanos despertaron de la siesta no sólo se percataron de que el dinosaurio seguía estando allí, sino que comprobaron cómo una cadena de recuerdos los arrastraba por el suelo, serpenteando como los ofidios primitivos que habían obtenido la sabiduría a cambio de perder la virginidad, los devolvía al mar, los convertía en una sopa de ondas y partículas recién formadas y acababa disolviéndolos en la nada. La ausencia de colores y sonidos provocó el descubrimiento del miedo como acompañante inseparable, y aquellos incipientes pensadores, que disponían de escasos recursos cognitivos, se asustaron más al comprobar que, a poco que siguieran perdiendo cosas, lo único que les quedaría sería, precisamente, la memoria. Lo malo es que llevaban poco tiempo en la escena, que tenían el guión sostenido por alfileres, que habían ensayado poco y que su memoria era aún de muy corto recorrido. Total, cuatro amaneceres y el recuerdo informe de cuando respiraban en el agua, lo cual les confundía mucho, porque no estaban seguros de si se trataba de su existencia como seres acuáticos o de su vida intrauterina. En realidad, hasta entonces esa vida había sido algo tan precario que aún no disponían de registros arcaicos ni de historia oficial, salvo los libros que no habían sido escritos y que nadie ha visto, esos que –según Madame Blavatsky y Annie Besant, entre otros profetas de la teosofía–, forman parte de una biblioteca inmensa y difusa localizada en las estanterías del éter. Seguramente se trata de la misma que Borges imaginara o conociera infinita, y que, al estar formada por todas las letras asociadas en múltiples combinaciones y a través de sintaxis retorcidas, permiten redactar todos los libros, incluso los imposibles, los que no han sido escritos ni lo serán jamás, y en los que radica nada más y nada menos que la esencia de la inmortalidad. De ahí viene que les diera por imaginar, primero como ensoñaciones y más tarde como leyendas, en las que, entre el recuerdo difuso, las pinturas de las paredes de la cueva y los primeros signos inventados, se iba conformando algo que aún no sabían calificar, algo en lo que la realidad de la supervivencia y la sombra del misterio que acariciaba todo se mezclaban sin una clara separación. Era como si el día y la noche, en forma de ciclos que la naturaleza imponía sin posibilidad de alternativa, jugaran a diseñar unos seres literarios, que a veces eran personajes de ficción y a veces aventureros de fortuna, que salían a cazar para alimentarse y que acababan por inventarse los lances movidos por un impulso interno e inexplicado, animados por un calor que parecía originarse en las entrañas y que ascendía hasta los primeros y oscuros escalones de la conciencia, donde se sospechan los versos, se mezclan los colores y comienza a diseñarse la puesta en escena. Poco después llegaron los periódicos y se desarrollaron las columnas de opinión, y lo que había comenzado como arte acabó convertido en propaganda.

Rafael Alonso Solís

(La Opinión de Tenerife, 23 de septiembre de 2015)

El corazón de las tinieblas: la patria

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Vivimos tiempos de exaltación nacionalista en los que los portavoces del pensamiento oficial, ya sean políticos aspirantes a reyezuelos o tribunos deslenguados de los mass/media exponen sus innegociables verdades sobre un asunto tan pueril como el hecho diferenciador. Hablar una lengua o habitar un lugar parecen cualificar para desplegar una estrategia de singularidad legitimadora y supremacía sobre el vecino diferente, sin que nadie parezca comprender que todos somos tan diferentes como iguales y en ambas cosas nos diferencia y nos iguala la conciencia de la maldad.


Una conciencia, una película o una novela pueden coincidir estrechamente cuando se enfrentan al dilema entre el bien y el mal que rige el comportamiento del ser humano, ciudadano atenazado y deudor de la sociedad que le da cobijo._DSC0032_web Eso pasa en la conciencia del personaje de la novela “El sueño del celta”, de Vargas Llosa, el irlandés Roger Casement, embarcado primero en la denuncia colonialista contra la explotación genocida que Leopoldo II, rey de Bélgica lleva a cabo en el Congo a finales del siglo XIX, y después contra las atrocidades que las caucheras británicas perpetran en el Perú de comienzos del siglo XX.

Y eso le pasa al coronel Kurtz (Apocalypse Now) cuando decide traspasar la delgada línea que separa nación, moralidad y orden y se rebela desertando del patriotismo y erigiéndose en el monarca de un reino primitivo. Ambos son héroes nacionales, distinguidos, diferentes. Casement ha recibido el título de sir y Kurtz las máximas distinciones militares. Y ambos son traidores a los ojos de las naciones a las que pertenecen y condenados a muerte por su insumisión, por su divergencia, por su diferencia.
Una complejidad extrema y ambigua se revela en el comportamiento humano ante lo inesperado, ante lo impredecible, ante lo irracional. Lo genial y lo horrible se dan la mano en el hombre. “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”, escribe José Enrique Rodó, citado por Vargas Llosa en el preámbulo de su novela “El sueño del Celta”.
El capitán Willard es el ejecutor que utiliza el poder para liquidar a aquello que contraviene al orden, para acabar con la desobediencia, con la diferencia. El crimen de estado es necesario y el poder nunca reniega de él si están en juego los intereses espurios de la nación. El imperio británico acabó con el radical sir Roger Casement al igual que el ejército americano acaba con Kurtz. Ambos se pasaron al enemigo, a otros intereses extranjeros incompatibles con la conciencia patriótica. Casement se pasó de un nacionalismo a otro y Kurtz se convirtió en dios. El poder aniquila la disidencia, todo aquello que huela a insumisión, protesta o deseo de conocimiento o de saber del ciudadano.


«¿Hueles eso, muchacho? Es nacionalismo.
Nada en el mundo huele así. ¡Qué delicia oler nacionalismo
por la mañana! Huele… a victoria».
Teniente coronel Kilgore

«En todo corazón humano hay una confusión entre la irrealidad y la realidad, entre el bien y el mal y no siempre triunfa el bien. En ocasiones, el lado oscuro vence a lo que Lincoln llamaba los ángeles de nuestra conducta, todos tenemos un punto de fractura» susurra como argumentos el general de la CIA a Willard, un militar, que no se plantea sino la obediencia ciega, el verdugo perfecto, servidor sumiso del Estado, el verdadero patriota. Hay un momento en que Casement-Kurtz traspasan ese delgado límite que la nación ha marcado como frontera y se convierten en apestados para aquellos patriotas que antes los honraron y premiaron. Y la nación los castiga, los encierra en la mazmorra de enemigo público y los condena a la desaparición. Todo se confunde en esa inmoralidad de las razones prácticas: política, ética, nación, justicia, milicia, patria, idioma, religión, sociedad, ideales, moral, cultura, procedencia, occidente-tercer mundo. Todos tenemos algo de Casement-Kurtz y es la patria la que delimita la línea que difiere los extremos y los criterios con que nos juzga: la abnegación, la traición, el horror, el bien y el mal, el delito y la justicia ejemplar, la virtud o el mal. ¿Qué líneas traspasaron Casement y Kurtz? Todas las del buen patriota.

Coppola durante el rodaje de Apocalypse Now.

Coppola durante el rodaje de Apocalypse Now, en Filipinas, aprovechando las horas que los helicópteros de Ferdinand Marcos no bombardeaban la insurgencia musulmana.

El rodaje de Apocalypse Now (1979) fue una de las grandes empresas que ha acometido el cine a lo largo de su historia. La tragedia, el drama, el vértigo, la incertidumbre, las dificultades extremas a las que hubo que hacer frente el equipo de rodaje, el fracaso y el éxito se conjuraron para hacer una obra de arte y una película irrepetible que, tras su re-edición en Apocalypse Now Redux (2001, la versión avalada por Coppola como preferida, tres horas y veintitrés minutos de exquisito montaje) la convirtieron en epopeya, en uno de los hitos del celuloide de todos los tiempos, tanto por su introspección en la conciencia del ser humano sometido a una situación extrema como por su innegable valor de relato cinematográfico.

Técnicamente es una película de guerra, ¿o no? Aunque queda claro que la necesidad del orden patriótico se impone en el film sobre la desavenencia Willard regresa con la certidumbre de que cualquier escrúpulo que le plantee su conciencia humana lo disculpará su disciplina castrense. Entonces, ¿para qué todo aquello?, se pregunta obedeciendo. Su vida personal, su matrimonio han sido un fracaso, todo lo ha sacrificado a lo que de él espera la patria, pero prevé que inevitablemente será el Vietcom quien triunfe, el disidente, el que impondrá la ley natural a la poderosa gran potencia.
Roger Casement se enfrenta, además, a su identidad sexual, una diferencia que añadir a su agitado militarismo antinacionalista británico, o nacionalista irlandés. Se pasa literalmente al enemigo germánico y al enemigo homosexual. Es un traidor absoluto, reniega del nacionalismo con otro nacionalismo. Y no queda para él sino el castigo. La patria no deja impune la disidencia, o la diferencia. La patria es el apocalipsis redentor que truena en las trompetas disonantes de los agitados nacionalismos purificadores.


apocalypse_nowApocalypse Now (Redux). 1979. 2001
Francis Ford Coppola
Ganadora de dos Óscars y de la Palma de Oro en Cannes


sueno_celtaEl sueño del celta. 2010
Mario Vargas Llosa
Editado por Alfaguara. 455 páginas


Gabriel Araceli


Enlaces relacionados:

La aventura equinocial de Terry Mangino

El corazón de las tinieblas

 

Migrantes y nativos

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En el invierno de 1890, en Wounded Knee, el Séptimo Regimiento de Caballería pasó por las armas a cientos de sioux a los que guiaba, viejo y enfermo, el jefe Pie Grande. Los soldados estaban al mando del coronel James Forsyth y procedían de las reservas de Pine Ridge y Rosebud, en Dakota del Sur. Rosebud era también el enigmático nombre que aparecía escrito en el trineo infantil del protagonista de Ciudadano Kane, una de las obras maestras de Orson Welles y una lúcida e implacable reflexión sobre la vida del magnate de la prensa norteamericana e icono del capitalismo William Randolph Hearst. Las referencias históricas –casi siempre mezcla de realidad y leyenda– hablan de un balance de trescientos cincuenta nativos muertos, de los que cerca de un tercio eran mujeres y niños, frente a los venticinco soldados de casaca azul caídos en la escaramuza. Mientras las tropas uniformadas se limitaron a disparar sus rifles con disciplina, orden y puntería, la canalla cobriza se dedicó a bailar una danza y entonar un góspel para protegerse, sin éxito, de las balas del hombre blanco. De ese modo, casi finalizando el siglo XIX, terminaron igualmente las guerras indias de la forma en que suelen terminar las guerras: con la derrota del enemigo y el confinamiento o la eliminación de sus restos. Así terminó, también, la conquista de Canarias por los ejércitos castellanos cuatro siglos antes, dicen que durante uno de los últimos días del invierno de 1495, en un barranco del norte de Tenerife, si bien aquí no ha habido un John Ford que narrara el otoño guanche. En una primera aproximación cabe afirmar que los nativos eran los ya desarmados indios lakotas o los resistentes aborígenes, mientras que los guerreros yanquis y castellanos, beneficiarios de una incipiente y prometedora industria armamentística, eran los resultados de las sucesivas migraciones procedentes de Europa, que habían alcanzado las llanuras del oeste americano en oleadas, o se habían enrolado en los tercios en busca de futuro o huyendo del hambre. Puede que una mezcla de emprendedores y carne de maco, una fusión genética entre comerciantes dispuestos a hacerse ricos en poco tiempo, retazos de un lumpen multicolor, y mercenarios dispuestos a cambiar los calzones de campaña por lencería de seda, y las albóndigas de ajusticiado por chuletas de ternera. En cualquier caso, todos eran descendientes de los bípedos oscuros y cubiertos de vello que emergieron de África, migraron y se extendieron por el planeta hace millones de años, desarrollando un principio de conciencia al mismo tiempo que su cerebro aumentaba de tamaño ante el reto de la supervivencia. Es decir, el monolito de Kubrick, la invención de Caín, la pujante investigación militar, la política como manual de campaña para decidir el momento del disparo, la tribu, la alambrada y la frontera, la sorpresa de Jacinto Chiclana o de Pedro Navaja, la religión como excusa cobarde, la nación como muleta, y la patria como justificación del migrante de ayer para impedir el paso al de hoy.

Rafael Alonso Solís

POR PETENERAS (La Opinión de Tenerife, 16-septiembre-2015)


Inmigrantes marroquíes en Boadilla del Monte, Madrid, 1987.

Inmigrantes marroquíes, Boadilla del Monte, Madrid, 1987. Foto: Ángel Aguado

«Siempre hay un plan hasta que te pegan la primera hostia» (Myke Tyson)

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«El Boxeo es como la vida, si eres simpático lo serás en el ring, si eres introvertido, lo serás en el ring, si eres un hijo de puta lo serás en el ring»


“¿Que si hay tongo en el boxeo?, no, porque no hay dinero. De boxeador se gana una mierda, con lo que me dieron cuando disputé el campeonato del mundo, que no gané, me compré un sofá y media cocina, ganaba más de actor” -dice convencido Jero García, campeón de España de los medios en 1999.

“La vida del boxeador es como la de las putas» -suelta en buen castellano el rumano George Mocanu, subcampeón del mundo en 1997. «Cuando eres joven todo el mundo quiere pelear contigo, todos quieren follarse a las putas. Cuando te haces viejo no las quiere nadie, como a nosotros”.

“¿Qué si tengo más éxito con los chicos por practicar boxeo? No, es más, nunca lo digo, a los hombres les echa para atrás saber que una chica hace boxeo” -dice Elena Petrova, traductora, habla cinco idiomas.


(Pincha abajo en Youtube para acompañar la vista de la fotogalería. Raging Bull, Martin Scorsese (1980). Cavalleria Rusticana, Pietro Mascagni)



©Ángel Aguado todas las fotografías: Fuenlabrada 2007, Madrid, 2014

Enlaces relacionados:

Ali bomaye


http://www.laescuelaboxeo.com/home.php




Volver una y otra vez

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Lee y escribe y hace fotos que a los fotógrafos sorprenden porque en ellas se mezclan un endecasílabo y una broza de floresta humedecida, la libertad de la propia habitación, un susurro y un guiño de sonrisa vertical abierta a los sueños de Holofernes. Y viaja por el mundo, brinca entre el sol y el fa, entre la pluma y la lira, entre La Stravaganza de Vivaldi y la rayuela de Cortázar, entre Minkowski y Virginia Woolf y salta de Praga a Friburgo y de Santander al puente cruel de los suspiros, que parece un torbellino sostenido posándose, terciopelo, en una rosa.

Ana Rodrígueana_robla2_webz de la Robla empuña la fusta y restallan las palabras enfebrecidas navegando el Aqueronte hacia el abismo acuoso de un ombligo o hacia el mordisco efímero, o eterno, del ars moriendi. Y la vibración se apodera del lector que sucumbe ante la perfección plastificada de la nívea replicante de sus letras, ante los labios rojos, pecadores, gozosos de la bella doña. Tiene muchos libros publicados, mucha música oída, mucha cátedra o crónica o crítica aventeada por Helio a los horizontes. Pero mejor es leerla, escuchando, eso sí, a Bach.


Al otro lado
Te expulsa en ocasiones de su cámara. Eres el amante repudiado, el cónyuge que envilecido ruega al otro lado de la puerta la mirada redentora, la mano cuyo tacto salva el mundo.
Me envías a la sima del silencio, purgo en ella un pecado funesto, un delito del que se hallan excluidas las palabras. Pasan nubes de grafito ante mis ojos; su estela es un discurso devanado por el viento. Sólo un lápiz me podría alejar de la locura, sólo un lápiz cuya cháchara es un río devorado entre la selva. Una sierpe de escama mancillada por la tierra.
Paraíso perdido. La escritura. Al otro lado.

Fragmento de «La propia habitación». Valnera LITERATURA
Ana Rodríguez de la Robla


©Fotografías Ana R. de la Robla. Texto: Gabriel Araceli

http://elpozoyelpndulo.blogspot.com.es

Caronte aguarda

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Los fantasmas del franquismo


Fernando Savater escribió esta novela negra tan actual en los momentos más duros y críticos de la Transición, cuando el ruido de sables, o de pistolas, se escuchaba sin pudor por calles o hemiciclos y cuando la política se vestía con hábitos democráticos o se desvestía de las ropas talares exhibidas en la larga noche de la dictadura. Hoy, su relectura provoca inquietud porque la historia pendular se ha desplazado de nuevo al vértigo de la incertidumbre y si los fantasmas nunca abandonaron el castillo parece que ahora se exhiben de nuevo ululando con renovada amenaza.

Disfrazados al fin con el terno parlamentario y la ayuda de los gurús del estudio de la mercadotecnia sociológica volvieron con pretensiones eternas aquellos que nunca se fueron, y las esperanzas del cambio se disolvieron por la lejía neocon o liberal o desreguladora y el país o el mundo se tambalea entre recesiones y crisis, ya sean griegas, económicas, nacionalistas, migratorias, yihadistas o metafísicas.

La educación de los nobles valores del saber, el cultivo de la crítica o la Lógica que el protagonista, Amador, insufla en su cátedra entre sus alumnos escépticos parecen ahora –cuando Bolonia entera, Wert a la cabeza, han convertido el pensamiento, la cultura, la universidad, la educación, al alumno en una banalidad prescindible y prisionera en un caladero de mano de obra barata y abundante– lujo privilegiado de una élite desaparecida, o antigualla museística: «Las filosofías más excluyentes están condenadas a coexistir con las demás y por mucho que reclamen primacía o se consideren como resultados garantizados por el progreso frente a las otras, su única verdad es la de ser una entre muchas, lo único irrefutable en ellas es que deben compartir la verdad con las doctrinas que les son más incompatibles» –pensamiento profundo que Amador proclama al final del libro con la ingenuidad o el cinismo del que sabe que nada cambiará.
«La educación es a muchos años vista, por eso los políticos no se interesan por ella» –comentaba Fernando Savater en una reciente conferencia pronunciada en un centro público de enseñanza de la periferia madrileña, tan poblado de adultos como despoblado de jóvenes. El compromiso de Savater con la educación se refleja en todas sus obras, como una consigna que mitigara el caos al que se condena al individuo fuera de ella: «El problema de la lógica es que su abuso deja desarmado ante el absurdo, que es el ingrediente más abundante en el mundo».

Pueblan nuestros ministerios negros córvidos más propios de la Quinta del Sordo que de una poltrona y tan miméticos a los que acudían a los consejos de El Pardo que ni un observador avezado podría distinguir aquellos ministros de estos. Son, sin duda, los que se citan sin nombrarlos en la novela y a los que Amador recurre para vengar la muerte de su hermana asesinada por los fascistas, crípticas sombras del pasado, camuflados en la naciente democracia, acechantes y presentes como el grito de José Antonio que se yergue aún en las iglesias de los pueblos de España como inasequibles a la ley de memoria, o desmemoria histórica.

Caídos por Dios y por España, placa insertada en la muralla de Segovia.

Caídos por Dios y por España, placa insertada en la muralla de Segovia.

«…Uno desea el poder por los beneficios que reporta, comodidades, lujos… El segundo motivo es el puro y viril afán de mando… El tercer motivo para ambicionar el poder es, sencillamente, el deseo de no ser mandado… No hay libertad más que en la cúspide y por eso los que queremos ser libres luchamos por subir…» –recita el viejo fascista Aquiles Popescu con su lógica diletante. «No es lo mismo el fascio que la derecha, nosotros no somos de derechas» –asevera el córvido amigo Miguel Santisteban al que Amador reclama fraternal venganza por el crimen de su hermana.

Hay en la novela un guiño ingenuo al periodismo, al que en la época transitoria se le confío la garantía del derecho a la libertad de expresión, personificado en la doblez del periodista estrella, el taimado y cínico Zero, ejemplo de la canalla que tan profusamente se da en la actualidad y que desde las cloacas del Movimiento pasó con prietas las filas, recias marciales y democráticos modales, metamorfosis perfecta, a dirigir tertulianos significados, periódicos furibundos, televisiones basura o radiofonías eclesiales con ardor inquisitivo. Su catarsis no implicó su desaparición porque el poder, cualquier poder, regurgita sus excrementos y necesita de pregoneros que aventeen la belleza de su maldad. Afanado ahora el poder en crear leyes mordazas no creó la democracia, entonces, una Ley de Prensa. Quizás porque el monolito del poder no la necesitaba, se escudaba con previsión en los tajamares del periodismo de estómagos apesebrados. «Dadles de comer», que decía el Conde de Romanones.

Novela bien resuelta, bien escrita, narrativa ágil y práctica, tensión dramática que mantiene el interés del lector a lo largo de sus escasas doscientas páginas, concesiones a los vicios veniales que Savater se permite: sus disquisiciones éticas y las fumarolas de habanos, todos los habanos de Cuba se fuma el protagonista.

Y con la clarividencia de un sabio se adelantan treinta y tantos años las noticias que ahora forman parte de nuestro diario basurero: «Todo lo que se consigue en sociedad –de la seguridad a la diversión, de los soviets a la electricidad– hay que pagarlo en estiércol» –dice uno de los personajes como presagiando una actualidad espúrea que nos ha impregnado con la mierda de la corrupción y el hedor de los políticos
Caronte aguarda, impasible a las lágrimas de los débiles mortales.


© Texto y fotografía F. Savater: Ángel Aguado López
Caronte aguarda. Fernando Savater. 1981
Novela cátedra. 203 páginas.
Comprado de viejo (bastante) en Malasaña.
6€ (450 pts., precio marcado en el interior del volumen,
insólita revaloración literaria).


El Impostor

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®Texto y fotografía Armstrong: Ángel Aguado López, 2015, Madrid

      Novela extraña, ensayo histórico, denuncia de unos hechos alterados, crónica de un tiempo próximo anunciado como redentor (la transición) y que no fue sino el origen de nuestros actuales males, terapia psiquiátrica, recreación ficticia, inmersión en la memoria colectiva de los olvidados o investigación en una realidad trufada de fantasías y de invenciones de un fabulador torrencial y mistificador o todo a la vez sería la nueva obra de Javier Cercas: El Impostor.


      Porque no es fácil definir el propósito de Javier Cercas al escribir esta obra a medio camino entre la verdad histórica, la ficción idealizada de un monumental cuentista y la realidad fantástica de unos hechos trágicos para la humanidad sucedidos en el pasado siglo y que ahora se recrea a través del anómalo y singular protagonista a lo largo del libro. Tiene el propósito de un reportaje largamente aplazado por el autor, que se excusa por su tardanza en escribirlo y que cuenta con el apoyo y amparo explícito de relumbrones de la literatura. Como Vargas Llosa, al cual cita Cercas en varias ocasiones, como Ignacio Martínez de Pisón, al cual también cita como si con el beneplácito de ambos pudiera discurrir la narración con salvoconducto ante un lector receloso de la historia. Porque es historia lo que en ella se cuenta, historia de un país, de un mundo atroz y cruel y de un personaje que deambuló por ellos con la inteligencia de un superviviente y el embrujo de un mago.
El mago Enric Marco, nonagenario fascinante y desmesurado personaje, testigo de una época brutal y opaca que trastornó al planeta y de la que él aprovechó los despojos para solicitar el amor o la atención o la curiosidad de sus semejantes para reponerse de la destrucción que la historia había hecho en el mundo, o en su persona.
No hay intención de desenmascarar o juzgar a Marco, no se ve en el libro deseo de persecución o de justificación de la impostura del viejecito. Hay necesidad de explicar los hechos anómalos que Marco inventa para beneficio propio, aunque pasada la estupefacción que causó en su momento la mentira de Marco y la crucifixión que sufrió el personaje no hay rencor hacia su impostura y sí necesidad de saber los porqués que le llevaron a semejante interpretación.
Recordemos que Enric Marco fue (aún vive, tiene 94 años) un anarquista y combatiente republicano durante la Guerra Civil (según él, no está probado, otro asunto aún sin desvelar en la intrahistoria del libro), que siguiendo sus impulsos de luchador por la paz y la justicia social fue un guerrillero perteneciente al maqui de Quico Sabaté, un histórico anarquista que se levantó en armas contra la dictadura de Franco y mantuvo una actividad guerrillera por el Ampurdá, con entradas y salidas por la frontera francesa hasta 1960, cuando fue abatido por la Guardia Civil en San Celoni. Enric Marco fue capturado y deportado desde Francia, donde residía como refugiado huido del franquismo, al campo de concentración nazi de Flossenburg, donde permaneció dos años hasta que fue liberado en abril de 1945 por los americanos. Presidió en Barcelona la Amical de Mathaussen desde 2002 a 2005, en la que acometió una fenomenal campaña de propaganda del holocausto y denuncia de las terribles vivencias de los prisioneros y atrocidades que sufrieron por los nazis, dando conferencias por colegios, institutos, asociaciones culturales, etc., llegando a pronunciar una en el mismo Congreso de los Diputados, en la que los propios diputados se emocionaron como nunca lo habían hecho antes, incluso la ministra Carme Chacón resbaló alguna lagrimita por su rostro sensible. Además de haber sido secretario general de la CNT en 1978, un momento histórico de relevante complejidad en España, también fue secretario de una confederación de padres de alumnos de Barcelona. Incluso la Generalitat de Cataluña le concedió la Cruz de Sant Jordi por ser un activista antifranquista que sufrió persecución por luchar por las libertades de todos.

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Lance Armstrong se ha convertido en uno de los grandes villanos del deporte, el mentiroso, el impostor por excelencia repudiado por todos.

      El historiador Benito Bermejo descubrió unos días antes de abril de 2005, cuando se iba a celebrar el sesenta aniversario de la liberación del campo con grandes fastos, con un homenaje y presencia del presidente del Gobierno español Rodríguez Zapatero, que los datos eran falsos, que Enric Marco nunca fue capturado ni deportado por los nazis ni permaneció en el citado campo de Flossenburg, que todo fue un monumental engaño que el nonagenario se inventó con ánimo de un protagonismo patológico que arrastraba desde su infancia desabrida de niño solitario, que se inventó una biografía de leyenda a su medida para compensarse por toda una vida de vulgaridad y derrota y persecución.
El asunto causó una enorme conmoción entre los que le conocían. Hubo infinidad de rechazo y sanción contra Enric Marco, sufrió el oprobio y deshonor de todos, instituciones, gobiernos, ciudadanía, allegados, periodistas, etc., incluso la Generalitat le retiró la medallita (Marco dice que la devolvió él), durante un tiempo fue el apestado por todos los bienpensantes y honorables ciudadanos y por los medios de comunicación de todo el territorio español y extranjero, que se cebaron contra Marco y al que acusaron de infame, de deshonrar la causa de las víctimas del nazismo y de servirse del dolor de la humanidad para uso personal. Enric Marco pasó de héroe a villano y fue pisoteado sin piedad por su impostura. El gran villano, el mentiroso, el reo inmoral que causó un daño enorme a una memoria santificada por Occidente. Sobre él cayó implacable el peso justiciero de la sociedad inmisericorde.


      Javier Cercas retoma el relato ocho años después del suceso, aunque según él cuenta nunca lo olvidó y lo tuvo latente entre sus intenciones documentándose a lo largo de esos años. Cuenta con la información que le proporciona el cineasta Santiago Fillol, autor del documental Ich Bin Enric Marco, sobre la interpretada vida de Marco y numerosísimas conversaciones, no siempre fáciles ni amistosas que Cercas y Marco mantuvieron durante varios años
La infancia de Enric Marco Batlle fue terrible, tanto como su biografía posterior. Hijo de una mujer enferma mental, nació en un manicomio el 12 de abril de 1921 (aunque miente y dice haber nacido el 14 de abril, diez años antes de la proclamación de la II República). Su padre se hizo cargo de él aunque vivió en diferentes familias, con sus tíos y allegados que le trataron bien aunque sin el calor que le hubiera proporcionado una familia verdadera. Su madre permaneció treinta y cinco años en el manicomio, falleció en 1956, y en ese tiempo Marco apenas si la visitó en tres ocasiones, olvidándola por completo. La terrible situación de la Guerra Civil, su adscripción a un grupo combatiente guerrillero (difícil de creer, al acabar la guerra Marco aún no tenía dieciocho años, no estaba en la caja republicada de reclutas, aunque él afirma que se fue con un tío suyo anarquista, Anastasio, miembro de la columna Durruti, difícil de creer porque eso sería en septiembre de 1936 y entonces Enric contaría con 15 años), la derrota en la Guerra y su exilio en Francia (inventado por él, no es cierto) marcimpostoraron una vida difícil a la que siguió la larga postguerra y la soberbia y arrogancia de los vencedores. Era la España que dijo SÍ al franquismo y calló por fuerza y miedo sometida a los vencedores. Hubo otra España que dijo NO, la UJA, una insólita y mínima organización clandestina formada por jóvenes antifascistas, rápidamente perseguidos por la policía política del franquismo en los primeros meses tras la guerra y condenados a duras penas de prisión. Marco dice que perteneció a esa organización, pero no hay pruebas que así lo determinen. Enric Marco se fabricó una biografía a su medida, mezclando hechos ciertos (su paso como trabajador voluntario español en una fábrica alemana durante el año 1943, un astillero en Kiel, y su detención por la Geheime Staatspolizei, la Gestapo por motivos más laborales que políticos, acusado de traición y después absuelto por un tribunal de todos los cargos regresando a España como un trabajador más con derechos), con otros ficticios: su pertenencia a una organización guerrillera anarquista, su ocultación en Francia, su deportación al campo de Flossenburg, etc.
La novela, relato, ficción, ensayo o lo que sea de Cercas no culpa al personaje de sus actos, ni escarba en la atormentada existencia de Marco buscando explicaciones a su impostura. No lo juzga ni lo condena ni lo somete al veredicto del lector exponiendo su anómalo comportamiento al garrote vil de la opinión pública. Más bien se interesa con una curiosidad de entomólogo por el hombre que es capaz de apoderarse de una vida que no es la suya y de representar un protagonismo ajeno sin sentir por eso remordimiento ni rechazo a su propia invención. Cercas y Marco mantienen un duelo singular a lo largo de la historia amparándose en la premisa de que la realidad mata y la ficción da la vida, y en ese combate entre el caballero quijotesco de Marco y el bachiller Sansón Carrasco que trata de desenmascarar de su vesania o de su irracionalidad fingida a Marco se entabla un coloquio en el que la necesidad humana de ser reconocido está presente como un imperativo que mueve al mundo, porque somos humanos mientras que los demás nos muestran su aprecio y su admiración. Y no es egoísmo lo que Enric Marco despierta en el espectador del teatro en el que el personaje finge su vida ni es la historia de un mentiroso lo que Cercas recoge en su libro. Es sobre todo un dilema enorme entre la ficción y la realidad, entre la mentira y la verdad del ser humano que necesita inventarse una vida paralela a la que vive porque si no, su existencia sería absurda, dolorosa y terrible y en ese sueño inalcanzable su existencia se realza y encuentra razones para mantenerse vivo. Enric Marco es un luchador incansable que no se retracta de su impostura, que no se excusa porque cree que su mentira es una mentira menor y que gracias a ella ha conseguido revitalizar una causa olvidada o asimilada por la sociedad o por la historia, que gracias a su comportamiento fraudulento la causa de las víctimas del nazismo, de los perseguidos por las dictaduras, de los afligidos y perdedores se ha revitalizado y se ha reconstruido, que las víctimas son ahora más víctimas y mejor tratadas por la memoria, que incluso la historia debe agradecerle su fábula porque se ha hecho justicia con los muertos del holocausto. Marco asume su culpabilidad, sabe que no obró bien, pero su culpa es sólo una falta leve y que beneficia más que enturbia, que él es tan necesario como lo son las víctimas verdaderas y que en el fondo, le estarán agradecidas porque reestablecer al primer plano de la actualidad aquellos hechos desgraciados sucedidos hace setenta años son una forma de resucitar a las víctimas y de denunciar y condenar a los verdugos.


      Memoria e historia se intercambian los papeles y se confunden a lo largo de la obra. Cercas juega con ellas, la memoria es personal y privada mientras que la historia es general y pública, una convención probada como cierta que la sociedad asume en descargo de la responsabilidad general. Marco juega también con ellas y las confunde y confunde al espectador-lector intercalando en su relato verdades y mentiras, ficciones y realidades, confusiones y certezas en un laberinto de hechos tan convincentes como falsos. Enric Marco es un burlador y resulta el sinvergüenza simpático que una vez condenado es capaz de que el juez revise su condena y aun le asalte el beneficio de la duda y sea aceptado su recurso al que el lector-espectador aplicará su fallo tras deliberar con su conciencia de lector.
Fingimos para sobrevivir, para escapar de la realidad mortífera de nuestras existencias, nos inventamos un paraíso sobre el que proyectamos la quimera de unos éxitos inexistentes, la ficción nos hace fuertes ante la adversidad cotidiana. Y queremos que nos quieran, que nos admiren, que nos envidien, que nos vitoreen para despegarnos de la monotonía del vacío vital. Y eso es lo que hizo Enric Marco, disfrazarse de superviviente para vencer su derrota y por un momento lo logró, fue feliz en su fabulación, consiguió el triunfo que da el reconocimiento ajeno, o la envidia de sus semejantes en la derrota. Todos necesitamos el triunfo y no perdonamos a quien lo consigue, quizás por eso a Marco la reprobación fue su castigo, el rechazo a su conducta, a su fingimiento, no se le perdonó su ascenso espurio a la fama. La confusión de su vida fue pareja a la condena despertada en aquellos que le admiraron por un instante. Se quebró su honra y su honor, dicha efímera vivida en la impostura de una vida prestada. Enric Marco pasó de héroe a villano, descabalgado como un traidor cualquiera de una novelucha del Oeste. No se arroga, sin embargo, Cercas el papel de sheriff, no, que es más bien cronista curioso que excava en los papeles ininteligibles del comportamiento humano. Cercas y Marco se citan en un duelo al sol apuntándose a lo largo de todo el libro con los revólveres mezquinos de la realidad sin llegar a dispararse, o al menos no se hieren.
También hay una parte de ensayo psicológico y filosófico en la novela, como si Cercas se encomendara a la opinión superior del intelecto para avalar o explicar el comportamiento de Marco. Anda en esos trances la novela algo espesa de añadiduras morales, citas literarias o ejemplarizantes pensamientos, que el comportamiento humano difícil es de entender y se necesitan las patas de la moral socrática o aristotélica para que se estabilice el difícil equilibrio del acto humano. Y son ásperas esas hojas, esos renglones intelectuales que el escritor añade, pero quizás sean necesarios o son la firma del autor, que en sus obras recurre a ellas para conformar al lector con la voz de la solvencia de la ética.

  • Editorial: LITERATURA RANDOM HOUSE. 420 págs.

 

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