Carácter, destino y monarquía

Rafael Alonso Solís. Publicado en La Opinión de Tenerife (6/8/2014)

En una rebuscada, en tanto que aguda y ondulante, reflexión sobre el conflicto entre carácter y destino –que, al parecer, viene de Nietzsche, a través de Walter Benjamin–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención sobre la atmósfera “macilente, caída, sorda…”, pintada por Velázquez en Las Meninas. La escena es una sublimación del Palacio, un fragmento de la historia congelado en una imagen en la que los personajes –tan inmóviles en la pintura como en la realidad de la que ofrecen un testimonio cromático– carecen de destino, incluso de horizonte, y en la que su único servicio al Rey –“meláncólico Rey”, dice Ferlosio– es “exorcizar la ominosa galerna del destino que amaga más allá del Guadarrama”. Sin embargo, hay una luz que asoma desde el fondo y ocupa todo el espacio y el tiempo reflejados en el cuadro, como un trasunto fragmentario de la vida, una luz apagada y puede que titilante, que irrumpe con timidez y casi sin rechistar, que tal vez lo que viene a anunciar es la decadencia. ¿Decadencia del melancólico Rey, o de una España que muere frente a otra que bosteza, como diría después Antonio Machado? En la historia literaria de las monarquías, los reyes suelen estar dormidos o pasear su desnudez entre las masas, a las que la ley ha prohibido manifestar su asombro y mostrar su discrepancia. En nuestra historia reciente, el monarca ha permanecido protegido de la iluminación para que no se contemplasen sus vergüenzas, para que el maquillaje del papel cuché ocultase las muecas de la realidad, los rictus de las instituciones oficiales. Tras recibir la herencia por decisión exclusiva del dictador, el titular de la Corona se vistió de gala y paseó entre las multitudes, mató elefantes africanos, tigres asiáticos y osos canadienses, ingresó comisiones millonarias, yació en camas diversas, y vendió la falacia de la campechanería como una virtud más allá de la honestidad, del compromiso o del rigor intelectual. Mientras a los súbditos se les exigía trabajar y cumplir las leyes, al monarca le bastaba con ser campechano y adornarse con el tuteo como una singular cualidad borbónica. Mientras a la canalla se la metía en el trullo por afanar una gallina o pasar un secante, la Corte se instalaba entre lienzos, la familia real invertía en negocios con objeto de generar un patrimonio para el futuro, y el titular podía conspirar –un suponer– bajo la protección del aforamiento. Mientras los monarcas y los mandatarios de Occidente se besan con los sátrapas de Oriente, los misiles que destrozan los barrios de Gaza y dejan sin agua y electricidad a sus habitantes se siguen fabricando en los arsenales occidentales con inversiones en las que participan empresas españolas, tanto privadas como públicas. Los machetes y los fusiles con que se ejecutan los genocidios han sido y son productos de la industria de la guerra, de la que continúan sacando tajada los mismos que se besan al amparo del fuego cruzado. Va siendo hora de que todos salgan en la foto.

Fernando VII (1784-1833), el rey Felón. Lo más destacado de su carácter fue, al parecer, el tamaño de su verga, algo que espantaba a sus esposas. Quizás eso fuera la causa de que tuviera cuatro. Su primer conyuge, María Antonia de Nápoles (1784-1806), murió a la edad de 21 años de tuberculosis, sin darle descendencia. Casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza (1797-1818), hija de Carlota Joaquina, la hermana mayor del monarca. Isabel falleció durante un parto (la criatura también) por la mala praxis de los médicos, le practicaron una cesárea sin anestesia, la creían muerta. Fue reina durante 27 meses.  La tercera esposa fue María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829). Un matrimonio intranscendente. El cuarto matrimonio de Fernando VII fue con otra sobrina, María Cristina (1806-1878), hija de su hermana Isabel y madre de otra gran reina, enorme, de España: Isabel II. 

Hechos brillantes de su reinado: Huyó al exilio francés (otras versiones dicen que fue prisionero de Napoleón) el 2 de mayo de 1808. Aunque previamente, el 18 de marzo de 1808, se había levantado contra su padre, Carlos IV. Derogación, tras su regreso, de la Constitución de Cádiz, la Pepa, el 4 de mayo de 1814. Levantamiento de Riego, 1820. Invasión de los Cien mil hijos de San Luis, 1823. Fusilamiento de Torrijos (1831). Su fallecimiento, en 1833 y la disputa al trono de su hermano Carlos María Isidro fue el origen de la primera Guerra Carlista, tres en total, con diversas algaradas y daños colaterales, que enturbiaron la historia de España durante más de cuarenta años, hasta la última, en 1876.

«Los Fusilamientos de Torrijos en las playas de Málaga», de Antonio Gisbert, 1888, recoge el momento en que este liberal que pretendía derrocar al rey Felón fue fusilado, tras ser traicionado por los absolutistas, en 1831. Fue encargado por Mateo Sagasta para decorar el Congreso de los Diputados. Se conserva en el Museo del Prado, al igual que el retrato del rey Felón, de Goya, de 1814 .

Tranquilo, Jordi, tranquilo

Esperando con suma atención y algo de morbo el mensaje navideño que el actual monarca emitirá este año, y antes de escribir la correspondiente columna que lo glose, he seleccionado 6 artículos de los publicados en los últimos años en La Opinión de Tenerife y El Día, que pueden servir a lectores interesados para preparar el terreno. Supongo que para los admiradores de la monarquía reinstaurada por el dictador —los gritos que se escuchan últimamente en el parlamento desde los bancos de la derecha sugieren que son unos cuantos, lo que resulta inquietante— estas columnas resultarán indigestas, a pesar de estar redactadas con ingenua ironía y seguramente con un exceso de corrección política, mientras que, para otros, resultarán demasiado prudentes y faltas del contenido crítico adecuado en cada época. En cualquier caso, pido excusas a ambos grupos.

Rafael Alonso Solís, diciembre, 2020

Mientras que en un artículo, publicado en la revista digital Eco Republicano, Germán Gorráiz se pregunta por los días que le podrían quedar a la monarquía española antes del advenimiento de la Tercera República, en un libro editado recientemente por Galaxia Gutemberg bajo el título de Rey de la democracia, a través de las opiniones de ocho prestigiosos y bien situados ensayistas se recoge y glosa “el papel determinante de Juan Carlos I en la instauración de la democracia en España”. Durante las últimas cuatro o cinco décadas, la figura de Juan Carlos de Borbón ha lucido en el paisaje de la sociedad española como la diana de un péndulo revelador de nuestra propia incoherencia. En ocasiones, la hemos usado como un icono sobre el que hacer chistes malos y permitidos, mientras que en otras –como en la colección de panegíricos de los ocho intelectuales escogidos– la hemos calificado como “una apuesta eficaz”, según expresión de Victoria Camps, donde la discípula de Aranguren escoge la vía del elogio del monarca abdicado al subrayar la “actuación decidida por parte del Rey de mantenerse fiel a la Constitución” durante la escaramuza del 23-F. Al fin y al cabo, los monarcas nunca han ido mucho más allá de su condición de personajes de opereta sobre los que se escriben biografías brillantes y se pintan retratos de época destinados a cubrir las paredes de los salones de la corte. Sólo la distancia de los siglos nos permite aceptar sin sonrojo su escasez de virtudes morales, su poca afición al baño o su condición de parásitos de altura, cuyo papel podría ser representado con menor coste por actores de reparto o por productos de la tecnología. Según relataron en su momento los medios, la tarde o la noche del tejerazo Juan Carlos I telefoneó al por entonces presidente de la Generalitat de Cataluña para garantizarle la tranquilidad en el frente. Aquella frase de carácter sedante fue difundida entre el populacho con la intención de que produjese un efecto similar, y es posible que lo hiciera. Sin embargo, a estas alturas cabe preguntarse sobre el verdadero significado del mensaje. ¿Acerca de qué debería estar Jordi tranquilo? ¿Qué sabía el monarca, y por qué al compartirlo con Pujol debería insuflar calma al inquieto –un suponer– jefe de la importante familia catalana? ¿De qué y por qué le avisaba? A la vista de los acontecimientos posteriores, uno no puede dejar de pensar que los participantes en aquella conversación estaban tomando medidas para preservar el futuro, y tal vez intercambiándose informaciones relevantes para la seguridad de sus finanzas. Si Pujol puede acabar en la cárcel por haber contribuido al expolio de las comisiones, así como haber sido un adelantado del desarrollo de la ingeniería financiera y el trile de salón en la administración pública, todo apunta a que el rey abdicado ha disfrutado de una vida regalada gracias a sus virtudes como delegado comercial de la supuesta marca España. Quién sabe si, al final, sus vidas vuelven a cruzarse.

La Opinión de Tenerife (26/4/2017)


Felipe V (1683-1746), dos veces rey, padecía una grave enfermedad mental, tal vez esquizofrenia, que le impedía realizar ya no con decoro, sino con responsabilidad ninguna, sus obligaciones de gobierno. Su demencia fue reconocida en su época y se sabe que:  «se empeñaba en llevar siempre una camisa usada antes por la reina, porque temía que le envenenasen con una camisa; otras veces prescindía de esa prenda y andaba desnudo ante extraños; se pasaba días enteros en la cama en medio de la mayor suciedad, hacía muecas y se mordía a sí mismo, cantaba y gritaba desaforadamente, alguna vez pegó a la reina, repitió tanto sus intentos de escaparse que fue preciso poner guardias en su puerta para evitarlo». Fue el padre de Luis I —elevado al trono debido a la incapacidad de su progenitor—, que reinó 229 días y al que casaron, con 14 años, con su prima Luisa de Orleans, de 12, y que murió de viruelas con 17 años; de Fernando VI, rey desde 1746 a 1759; y de Carlos III, rey desde 1759 a 1788. Después reinaron Carlos IV, Fernando VII, María Cristina (regente), Isabel II, Alfonso XII…
La familia de Felipe V. Michel Van Loo, pintado en 1743, durante el segundo reinado del monarca. Luis I había fallecido en 1724, Museo del Prado.
 
 
 

GRAN RESERVA: EL JARDÍN DE LOS FRAILES

Texto de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

EXQUISITO, selecto, sólo para paladares exigentes. Azaña se escribe esta reflexión siendo ya un cuarentón, en 1920-21, ausente o alejado aún de la política, sin vocación de líder y como una concesión a sí mismo, a su mente atribulada que no encuentra consuelo en la libación de la existencia profana del país bruto que le rodea, que le oprime. Corre su relato un itinerario similar a la “España Invertebrada”, la gran reflexión de Ortega sobre la intimidad nacional. Ambas fueron escritas en las mismas fechas en periódicos y publicadas después en forma de libros, en 1920 la de Ortega, en 1927 el JARDÍN. Aunque el filósofo deambule por la autopsia forense del problema nacional y Azaña-Milton recapacite sobre su paraíso perdido, tal vez frustrado: su educación, de los trece a los dieciocho años en el Colegio María Cristina, regentado por los agustinos. Ese JARDÍN escurialense en el que don Manuel sufrió su primera juventud, prisionero de unas reglas conventuales, la educación reservada a los hijos patricios, a las que profesaba hostilidad, alejado de sus hermanos, huérfano de padres, lector compulsivo, irredento prosista, gongorino, difícil, culterano, distante, elitista, soberbio. «Una mezcla de soledad, orgullo, hipersensibilidad y melancolía» escribe Manuel Aragón —magistrado del Tribunal Constitucional y crítico literario de Azaña—, en su examen sobre “La velada en Benicarló”, la otra introspección “azañiana” en la derrota nacional, en la tragedia hispana, una exacerbación de los sentidos, un exorcismo imposible entre la razón y la demagogia, entre el amor a la verdad y la traición de la sinrazón espuria a la esencia histórica. El problema: España.

«Niñez intacta que una tarde se marchitó oyendo predicar a un jesuita», o «En contra del mundo está la fe», o «No es necesario que el septentrión los lance, los bárbaros están en España», o «Tarde comencé a ser español. De mozo me criaba en un españolismo edénico, sin acepción de bienes y males. Veía en el mapa las lindes de una España, pero este era nombre sin faz; moralmente no advertía sus límites ni sospechaba que los hubiese», o «El español bueno no tiene que devanarse los sesos; ser castizo le basta. Todo está inventado, puestas las normas: gobernar como Cisneros; escribir como Cervantes; y hallándose frente al mundo en actitud de litigante desposeído por la fuerza del bien que le pertenece, meterse en un rincón a devorar el reconcomio, no tratarse con nadie, pedir para los émulos victoriosos el mayor mal posible», o «Las vírgenes prudentes de El Escorial guardaban encendida su lámpara sin desmayar en la espera. El bizarro plantel del colegio podría destacar sujeto suficiente a obrar en ellas la mudanza que según el fabulista desentumece el ingenio de las jóvenes». Et, oui!, su obra no ha perdido un ápice de actualidad. El mal, los males de la patria siguen acechando a la nación, amenazando ahora con fusilar a 26 millones de españoles desde la trinchera de la exclusión y del neofascismo disfrazado de palabras, de vox, que persiguieron a Azaña hasta la tumba.

Y no olvidarse de sus “Diarios”, una enumeración íntima de sus andanzas y esfuerzos políticos cuando ostentó la presidencia del Consejo de Ministros de la República, de junio de 1931 a noviembre de 1933, obra mayor en la que reflexiona sobre los graves momentos históricos de la patria con los que tuvo que lidiar.

  Manuel Azaña murió hace ochenta años, el 3 de noviembre de 1940 en el exilio francés de Montauban. Su féretro fue cubierto por la bandera mexicana, patria que le dio cobijo por abandono de la propia, aunque él, ya muy enfermo tras su exilio iniciado en febrero de 1939 y su agrio enfrentamiento con Juan Negrín, nunca renunciara a su españolidad que tanto le traicionó y a él, adán en un jardín maldito, le dolió. Todo eso lo anticipó Azaña en su paraíso perdido, su “JARDÍN DE LOS FRAILES”.

Huida del infierno

Rafael Alonso Solís

Uno ha escrito en diferentes ocasiones –y no siente vergüenza alguna por plagiarse una vez más– que los cayucos y las pateras nos traen los mensajes de una ignominia étnica a través de las miradas de sus ocupantes. Miradas que nos alcanzan casi sin avisar, como pidiendo perdón por llamar a la puerta, por incomodarnos al reclamar que les ayudemos a escapar del hambre a que el mundo de todos ha obligado al suyo, de las guerras que hemos desatado y permitido para dar salida a los remanentes de armas acumuladas por un superávit de producción, para satisfacer las necesidades del negocio del tráfico de pólvora y de mano de obra a bajo precio, de carne para nutrir los burdeles de Occidente y de costureras para llenar los talleres de los empresarios de éxito.

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…la colina estaba llena de charlis abrasados por las llamas. Había un pestazo tremendo a gasolina. Olía… ¡olía a victoria!

Uno también ha escrito que cada embarcación que naufraga delante de nuestro portal, una vez que ha soltado el exceso de carga para servir de alimento de los tiburones, forma parte del material que dentro de algunos años catalogaremos como memoria histórica y utilizaremos como munición para las contiendas electorales. Solo en el caso de Canarias las estimaciones administrativas calculan que casi 20.000 migrantes han alcanzado sus costas durante el último año, y que cerca de medio centenar han fallecido en el intento de huir del infierno. En Gaza, en Bagdad o en Alepo, en los barrios de Siria o en los arrabales de Yemen, los países ricos ensayan la estrategia del terror para resolver el ajuste de cuentas, mientras la vida de poblaciones enteras transcurre entre escombros, sin agua, sin electricidad, sin la atención médica más elemental, conviviendo con las ratas y los patógenos en una asociación familiar, tal vez la única conocida por varias generaciones. La guerra parece siempre la misma, aunque cambien los actores, los directores y el escenario, mientras la exclusión constituye un instrumento sumamente eficaz para equilibrar el tablero, con una capacidad exquisita para adecuarse a los tiempos. Eso explica que los avances tecnológicos y el potencial asimilado por una parte reducida de la Humanidad lo sea gracias a la persistencia del espíritu ancestral de la tribu, el gueto y la favela. Como si se tratase de un invento que se adapta a cada situación y a cada paisaje, con el fin de acelerar la evolución de la especie en una determinada dirección. Lo extraño, lo ajeno, lo que sobra, lo que enturbia el agua con la que nos duchamos cada mañana, lo dejamos fuera de los muros, a suficiente distancia para que no nos afecte su hedor ni nos inquiete la variedad cromática de su piel. Al fin y al cabo, se trata de un modelo diseñado por los primeros mercaderes desde los orígenes del mercado, que ha probado su eficacia a lo largo de muchos eones y se ha ido perfeccionando con la colaboración del crimen organizado y las ciencias financieras. Uno ha escrito que fuera de casa todo es Chinatown, la Cañada Real o las Tres mil Viviendas.

Fotos de Terry Mangino

El tamaño del guetto

Rafael Alonso Solís

Fotos de Terry Mangino

Respondiendo a una pregunta de sus lectores, Ruth Lazkoz –investigadora en cosmología teórica de la Universidad del País Vasco– exponía hace días en El País lo que piensa la ciencia acerca del tamaño del universo, admitiendo la diferencia sutil entre lo que es físicamente observable a partir de cálculos teóricos, y lo que es susceptible de observación mediante los instrumentos actualmente disponibles y la capacidad técnica existente. En realidad, la respuesta más correcta es que lo desconocemos. En cualquier caso, sus dimensiones son enormes y continúa expandiéndose en un continente que lo acepta. Teniendo en cuenta que los límites siquiera sospechados son absolutamente inciertos, puede que la única aproximación posible sea recorrerlo a bordo de un secante –consúltese la jerga por medio de cualquiera de los diccionarios o tochos chelis publicados por los maestros del género–.

Ante la infinitud del escenario cabría pensar que hay sitio para todos, pero en el entorno cercano resulta que no es así. Los gestores de los espacios públicos descubrieron hace tiempo que eso constituía un problema para la convivencia e inventaron el gueto. Según el lugar, la época y las tendencias, primero los municipios, más tarde los países y finalmente los continentes, establecieron zonas acotadas donde agrupar a la población sobrante, lo que incluía a una amplia variedad de especímenes, como indios, negros, moros, chinos, yonquis y, más recientemente, zombis en fase de desarrollo. Volviendo a la capacidad de cálculo de la cosmología observacional, no debe ser muy difícil predecir que el planeta acabará siendo un gueto inmenso, pero limitado, con zonas llenas de mugre, acentos diversos y tristezas infinitas. Probablemente la frontera fue un hallazgo práctico de nuestros antepasados que se ha perfeccionado gracias a la tecnología, pero el modelo no ha evolucionado demasiado desde su implantación. Al fin y al cabo, la organización de la Humanidad no es mucho más que eso: un espacio finito que contiene diversos guetos, para cuya justificación disponemos de la falacia de la identidad, la esencia perversa del racismo y la base de la mirada teológica con que nos contemplamos unos a otros. Lo curioso es que un análisis riguroso de los títulos de propiedad y la identificación precisa de los nativos originales proporcionaría resultados sorprendentes. No es de extrañar que los defensores del gueto lo apliquen con la misma facilidad al color, el origen o la lengua. De ahí viene el gusto por apropiarse, incluso, de las palabras y de la forma de combinarlas, la discriminación por los trapos de colores y los verbos, la cópula soez entre la bandera y la sintaxis. El mundo que viene no solo asusta por su carácter incierto, sino porque –como sucede en los relatos de terror gótico­– la presencia inesperada que nos amenaza tras la cortina, la bestia que jadea en la oscuridad, no viene del espacio exterior ni de las profundidades del pozo, sino que se oculta en nuestro interior. Y no parece que estemos dispuestos a buscar soluciones, más allá de reforzar la empalizada del establo.

Figuras del cotarro: barones y baronesas

Rafael Alonso Solís

EN ESPAÑA, en los que se autodefinen como “partidos de Estado”, por debajo de la cúpula destacan algunas figuras pintureras que ejercen el gobierno en los ámbitos regionales. La mayoría son varones en lo que se refiere a su sexo y/o género –esto admite muchos matices–, y en el argot del poder se llaman igual, pero con “b”, aunque su desarrollo etimológico se produjo al revés, ya que primero fueron los “barones”; barandas de la vieja Europa mayormente dedicados a la guerra, de donde procedían sus bienes y su consideración social. Por el lado femenino, como en casi todo, en la política española hay muchas menos baronesas, pero las existentes lucen por su presencia mediática y, en algún caso, por su afición gestual a la tragicomedia. Desde su origen en el medievo, el término parecía tener un cierto significado despectivo o acusatorio, lo cual debía proceder del papel que cumplían en la Alemania e Inglaterra feudales, por lo que se acuñó la expresión de “barones ladrones”. Ello sugiere, inevitablemente, que su nacimiento y desarrollo estuviera relacionado con el de las prácticas corruptas en los gobiernos de aquellos reinos. Siendo parte esencial de la milicia y con su propia situación de privilegio estrechamente acoplada a cada trono, los barones pronto descubrieron que, aunque se tratase de actividades ilegales, no estaba mal visto que esquilmaran al populacho sin reparo alguno, con el consentimiento implícito de los monarcas, ya fuese tomando directamente lo que les venía en gana en la época de la cosecha, o cobrando peajes abusivos por respirar o cruzar el río que regaba sus tierras. Teniendo en cuenta que esta forma de relación entre el poder armado y la canalla debe ser una constante universal, es lógico que el fenómeno se manifestase de manera similar en diversos escenarios. En el caso de Italia es posible que comenzase en la Roma imperial, para institucionalizarse a lo largo de los tiempos a través de un proceso que fue enriqueciéndose progresivamente. Una leyenda incluye la aportación creativa de tres hermanos castellanos –Osso, Mastrosso y Carcagnosso–, quienes trasladaron a Sicilia, Calabria y Nápoles las enseñanzas de una supuesta sociedad criminal toledana –la Garguña–, por lo que, de ser cierto, habría que reconocerles el papel de cofundadores. Hubo que esperar a finales del siglo XIX para que aquel invento acabara implantándose en la joven América, cuando las migraciones trasladaron al Nuevo Mundo a todos aquellos emprendedores con sangre siciliana. La combinación de modelos impregnó pronto ciertas prácticas comerciales que ya se habían manifestado entre las élites estadounidenses, hasta el punto de que, en 1859, el New York Times cerró lingüísticamente el círculo al denominar “barones ladrones” a los empresarios seguidores del taller de innovación de Cornelius Vanderbilt, uno de los primeros magnates que, supuestamente, hicieron grande a América. Con lo que el término, utilizado en la actualidad para designar a los líderes y lideresas de algunos gobiernos autonómicos, no sabemos si es brillante hallazgo de la prensa, o tiene implicaciones más sutiles.

Las chicas sólo quieren divertirse

Texto y fotos de Terry Mangino (domingo, 15 noviembre 2020)

PASEAR, recuperar el parque, El Retiro, las avenidas, los paseos por las calles, el aire fresco que te empapa los pulmones de frescor, de vida, sacarle la lengua a la incertidumbre, a la amenaza del virus maldito. En las aguas turbulentas de la pandemia, en plena tempestad, las chicas salen a la calle para gritar que están vivas, llenas de alegría y con ganas de comerse el mundo. En la Cuesta de Moyano, los amantes de los libros buscan tesoros varados en los fondos oceánicos de los volúmenes olvidados. Un Baroja, Zalacaín; un Richmal Crompton, Williams Brown; tal vez un libro que jamás nadie leyó: Elementos de Geometría, de Julio Rey Pastor y Puig Adam.  Esos inesperados descubrimientos que hacen felices a los buscadores de libros, de tesoros. Pero ellas, un poco más arriba, bajo la contorsión dramática del ángel caído, la estatua doliente de Ricardo Bellvert, las chicas comparten su alegría con todos los que quieran reírse, con todos los que brindan por la vida, porque las chicas sólo quieren divertirse.

Figuras del cotarro: los aznarianos

Rafael Alonso Solís

En 1977, con prólogo de Francisco Umbral, se publicó el libro Figuras de la Fiesta Nacional, recopilación de la serie de artículos que, con ese título, había publicado en Diario 16 el gran Cuco Cerecedo, y que no pudo ver en ese formato al fallecer en septiembre del mismo año. Sirva esta columna para hacerle un pequeño homenaje, en el año en que podría haber celebrado su 80 cumpleaños, iniciando un apartado en Por Peteneras que se inspira en su brillante hallazgo periodístico y literario.

En uno de los momentos cumbres de su producción intelectual, José María Aznar –a la sazón ex presidente del gobierno de España, algo después de la etapa gloriosa en que hacía bolos con otros líderes del ramo y contribuía al descubrimiento de los lugares donde se ocultaban armas de destrucción masiva– expresó, con su finura característica y un punto de matonismo castizo, uno de los principios inequívocos del neoliberalismo: “las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber, déjame que las beba tranquilo”. Con aquella presunción, típica de la chulería y el lirismo intrínsecos de su formación pilarista, Aznar pretendía mostrarse como un bebedor de fuste, que lo aguantaba todo y no precisaba controles. La realidad es que, en algún momento de mayor humildad, ya había confesado en cierta ocasión que, durante su adolescencia, se tomó unas cañas con los amigos que le turbaron los pensamientos y aparcó ese vicio para siempre. Los aznarianos y aznarianas de pata negra son gente de estudios ralos y adquiridos con prisas, a través de títulos propios en universidades privadas o en la delegación que Harvard tiene en Aravaca, como es el caso de su actual líder. Algunas veces se foguean en los ayuntamientos y diputaciones, donde la cercanía con el personal les permite desarrollar sus habilidades como monologuistas, si bien se trata de una rama venida a menos, a pesar de tener reconocida la autoría de un plan para que los alcaldes sean los propios vecinos, eligiéndose a sí mismos como quintaesencia de la democracia popular, que no ha sido ejecutado hasta el momento. Los más próximos al círculo originario hacen prácticas bajo su regazo y ejercitan sus habilidades llevando las relaciones sociales de las mascotas, y cosas así. Es esta facción una de las más populares entre el gentío que ocupa los barrios altos, en los que se valora mucho su capacidad para montar y desmontar hospitales en tiempos de pandemia, donde alojan a los casos de patología de pasillo, y hasta los construyen sin personal de forma milagrosa, mediante el truco de los panes y los peces, muy conocido desde la antigüedad. La especialización constructora de escasa funcionalidad suele ser un factor común, y a veces se extiende a aeropuertos sin aviones o espacios culturales de poco uso, con lo que se consigue que duren más tiempo. Y si ya el fundador se mostró capaz de hallar armas de destrucción masiva donde otros no las encontraban, algún destacado analista de provincias ha llamado recientemente la atención acerca de la impregnación maoista de ciertos virus, como evidencia de que la biología acaba por tener sesgo, incluso hasta esos niveles minúsculos. Una característica de la mecánica aznariana es su carácter pendular, ya que se pasan la vida viajando al centro de las ideologías, siempre desde el mismo lado, lo que lleva a pensar que, en el fondo, permanecen en el mismo sitio: exactamente en esa región en que usted está pensando, bastante más a la derecha de lo que presumen.

(Photo by Terry Mangino)