Rafael Alonso Solís. Publicado en La Opinión de Tenerife (6/8/2014)

En una rebuscada, en tanto que aguda y ondulante, reflexión sobre el conflicto entre carácter y destino –que, al parecer, viene de Nietzsche, a través de Walter Benjamin–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención sobre la atmósfera “macilente, caída, sorda…”, pintada por Velázquez en Las Meninas. La escena es una sublimación del Palacio, un fragmento de la historia congelado en una imagen en la que los personajes –tan inmóviles en la pintura como en la realidad de la que ofrecen un testimonio cromático– carecen de destino, incluso de horizonte, y en la que su único servicio al Rey –“meláncólico Rey”, dice Ferlosio– es “exorcizar la ominosa galerna del destino que amaga más allá del Guadarrama”. Sin embargo, hay una luz que asoma desde el fondo y ocupa todo el espacio y el tiempo reflejados en el cuadro, como un trasunto fragmentario de la vida, una luz apagada y puede que titilante, que irrumpe con timidez y casi sin rechistar, que tal vez lo que viene a anunciar es la decadencia. ¿Decadencia del melancólico Rey, o de una España que muere frente a otra que bosteza, como diría después Antonio Machado? En la historia literaria de las monarquías, los reyes suelen estar dormidos o pasear su desnudez entre las masas, a las que la ley ha prohibido manifestar su asombro y mostrar su discrepancia. En nuestra historia reciente, el monarca ha permanecido protegido de la iluminación para que no se contemplasen sus vergüenzas, para que el maquillaje del papel cuché ocultase las muecas de la realidad, los rictus de las instituciones oficiales. Tras recibir la herencia por decisión exclusiva del dictador, el titular de la Corona se vistió de gala y paseó entre las multitudes, mató elefantes africanos, tigres asiáticos y osos canadienses, ingresó comisiones millonarias, yació en camas diversas, y vendió la falacia de la campechanería como una virtud más allá de la honestidad, del compromiso o del rigor intelectual. Mientras a los súbditos se les exigía trabajar y cumplir las leyes, al monarca le bastaba con ser campechano y adornarse con el tuteo como una singular cualidad borbónica. Mientras a la canalla se la metía en el trullo por afanar una gallina o pasar un secante, la Corte se instalaba entre lienzos, la familia real invertía en negocios con objeto de generar un patrimonio para el futuro, y el titular podía conspirar –un suponer– bajo la protección del aforamiento. Mientras los monarcas y los mandatarios de Occidente se besan con los sátrapas de Oriente, los misiles que destrozan los barrios de Gaza y dejan sin agua y electricidad a sus habitantes se siguen fabricando en los arsenales occidentales con inversiones en las que participan empresas españolas, tanto privadas como públicas. Los machetes y los fusiles con que se ejecutan los genocidios han sido y son productos de la industria de la guerra, de la que continúan sacando tajada los mismos que se besan al amparo del fuego cruzado. Va siendo hora de que todos salgan en la foto.

Fernando VII (1784-1833), el rey Felón. Lo más destacado de su carácter fue, al parecer, el tamaño de su verga, algo que espantaba a sus esposas. Quizás eso fuera la causa de que tuviera cuatro. Su primer conyuge, María Antonia de Nápoles (1784-1806), murió a la edad de 21 años de tuberculosis, sin darle descendencia. Casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza (1797-1818), hija de Carlota Joaquina, la hermana mayor del monarca. Isabel falleció durante un parto (la criatura también) por la mala praxis de los médicos, le practicaron una cesárea sin anestesia, la creían muerta. Fue reina durante 27 meses.  La tercera esposa fue María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829). Un matrimonio intranscendente. El cuarto matrimonio de Fernando VII fue con otra sobrina, María Cristina (1806-1878), hija de su hermana Isabel y madre de otra gran reina, enorme, de España: Isabel II

Hechos brillantes de su reinado: Huyó al exilio francés (otras versiones dicen que fue prisionero de Napoleón) el 2 de mayo de 1808. Aunque previamente, el 18 de marzo de 1808, se había levantado contra su padre, Carlos IV. Derogación, tras su regreso, de la Constitución de Cádiz, la Pepa, el 4 de mayo de 1814. Levantamiento de Riego, 1820. Invasión de los Cien mil hijos de San Luis, 1823. Fusilamiento de Torrijos (1831). Su fallecimiento, en 1833 y la disputa al trono de su hermano Carlos María Isidro fue el origen de la primera Guerra Carlista, tres en total, con diversas algaradas y daños colaterales, que enturbiaron la historia de España durante más de cuarenta años, hasta la última, en 1876.

“Los Fusilamientos de Torrijos en las playas de Málaga”, de Antonio Gisbert, 1888, recoge el momento en que este liberal que pretendía derrocar al rey Felón fue fusilado, tras ser traicionado por los absolutistas, en 1831. Fue encargado por Mateo Sagasta para decorar el Congreso de los Diputados. Se conserva en el Museo del Prado, al igual que el retrato del rey Felón, de Goya, de 1814 .