15 M: diez años después

Lettres de Antoine Doinel. Photos de Terry Mangino

Desde la Puerta del Sol, don Digno García mira la calle Preciados sin amor, la muchedumbre de peatones, edificios similares, el esqueleto del luminoso del Tío Pepe flotando sobre la plaza, el sol intenso del mediodía. ¿En qué momento se había jodido todo? Las gitanas mendigan las ramitas de romero, deme argo, señorito, que le va a traer mucha suerte, se compra oro, máxima tasación, un tullido muestra sus vergüenzas suplicando una limosna, unas chicas se meten mano sin ocultarse, los municipales lo miran todo de reojo, el gordo de doña Manolita, Telepizza. Todo jodido, piensa don Digno: no hay solución. Sube por Carmen y divisa a don Pupo Román que le espera bajo la sombrilla de un bar cualquiera con un vermú en la mano.

—Siglos que no te veía, Digno, ¿aún piensas en aquello?

—Pero si fue ayer, casi. Recuerdo toda la puertalsol llena de jóvenes, las pancartas tapaban los edificios, la primavera se nos venía encima. Nuestro mayo del 68. Sé que no lo soñé. Los dos estábamos ahí, nos rozábamos, compartíamos el sudor y el ansia de cambio, fue cuando conocí a Penélope. Dónde estará, ¿se habrá pasado al enemigo? ¿Votará también libertad?

—No te hagas malasangre, Digno. Bebe un trago. Nos han dado la libertad, un poco, para beber, mucho más —y llama con la mano al camarero, un joven que se acerca con desgana—. Dry Martini, dos, sin mezclar.  

—Cambiarlo todo para que nada cambie. El sistema es impermeable a las protestas, enseguida se puso en marcha la maquinaria propagandística, los periódicos afines, las televisiones basura, las emisoras vociferaban contra los ocupas de Sol. Las castas, ¿te acuerdas? Ahí siguen, los de siempre. La libertad que tiene el canario de saltar de un palito al otro dentro de su jaula —bebe un trago largo, puro pisco, Pupo le acompaña con la mirada perdida.

—Un jubilado montó una carpa y allí cocinaba para todos los que seguían por las noches en la plaza. Constantemente. Una forma de evitar que la policía desmontara el campamento. Barruntábamos el cambio, pensábamos que era el comienzo de algo. Hacía calor, como ahora, vinieron las televisiones de todo el mundo. “Spanish Revolution” tituló The New York Times en primera página. ¡Y una mierda! La otra noche, cuando se acabó el confinamiento, aquella multitud de jóvenes haciendo botellón diez años después, les habían dado la libertad, sin máscaras. ¿Acaso son diferentes a los de entonces? —acaban sus vasos, Pupo llama de nuevo al camarero, que rellena aburrido las copas—. Deje la botella —le indica Pupo.

—Incluso doña Espe se acojonó pensando que le costaría el puesto. Pero ganó otra vez, siempre ganan los mismos, que le crecieran tantas ranas en su estanque dorado no fue suficiente. Varios acabaron en la cárcel, qué broma aquella del máster que nunca existió. Ahora hay una becaria en el pupitre. ¡Toda esa multitud votando libertad!

Una pareja de jóvenes turistas franceses, semi vestida ella, absorbe el sol de Madrid, aunque no haga calor. Je t’aime —le susurra al chico en la oreja. —Moi, non plus —le dice el novio.

—El sistema ha absorbido todas las revoluciones, o se convirtieron en dictaduras. Primero la francesa. Napoleón, el gran dictador. Los bolcheviques, la república de Weimar, el incendio del Reichstag, de los espartaquistas al nazismo, Sierra Maestra, la revolución de los claveles, la primavera de Praga, el 68 parisino, los sandinistas, el subcomandante Marcos y los zapatistas, la Perestroica se la pasó por el forro Vladimiro, el nuevo Stalin, la primavera árabe… Diez años después el cambio se ha cortado la coleta. Todo está bien jodido. Como si hubiéramos pasado de los podemistas al voxismo —Pupo rellena los vasos y llama al joven camarero.

—Otra botella, Martini blanco, de ginebra también.

—Que reste-t-il de nos amours? No, no fue el bicho, fue la ignorancia, la estulticia, en Vallecas también, en Carabanchel, en Parla, en el cinturón rojo…

Beben otro trago, puro pisco. El sol se ha puesto sobre los tejados, la parejita de franceses se besa y se comen como si fuera esa tarde la última vez. Don Pupo y don Digno levantan sus copas y brindan por el amor de los gabachos.

—Se está bien tomando dry Martini en la calle del Carmen, es lo que nos deja el sistema. Santé, garçons —y ambos apuran sus copas mirando a los franceses—, comeros el mundo. Liberté!

Los jóvenes franceses se miran extrañados. Ils sont fous les espagnoles, ils ont le soleil —piensan.

 Que reste-t-il de ces beaux jours? Une vieille photo de ma jeunesse. Que reste-t-il des billets doux? Des mois d’avril, des rendez-vous? Un souvenir qui me poursuit, sans cesse.

Enlaces relacionados

Gracias, Vargas Llosa, por «Conversación en la catedral«.

Et, vous aussi, monsieur Trénet, par les amours oublies.

SPANISH REVOLUTION ¡Y UNA MIERDA!

Leer a María Moliner y sus vocablos rumberos

Palabras de Carmelita Flórez

»Los veintiún volúmenes del Larousse, impecables, estaban sobre el contenedor de papel y cartón esperando que los rescataran del sacrificio. Alguien los había depositado allí porque se cansó de ellos, tal vez le molestaban en la librería. Los nuevos televisores de pantallas gigantescas ocupan ahora el lugar destinado antes a los libros. Total, nadie leía el Larousse hacía ya una década. Si necesitas saber algo se lo preguntas a san Google, o en la Wikipedia, ahí está todo lo necesario para defenderse en el círculo existencial de 200 m de diámetro que habita el ser humano, según sostiene Manuel Vicent, “el Magnífico”. Era como una traición al espíritu del siglo de las luces, a Diderot y a D’Alembert, a la Enciclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers que había llevado a Francia a una revolución, a la caída de una monarquía absolutista y transformado al mundo. Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, los académicos de la RAE y personajes de la novela de Pérez Reverte “Hombres Buenos”, que fueron a París a finales del siglo XVIII para comprar clandestinamente la Encyclopédie, se revolvieron en sus tumbas comprobando la estulticia que asolaba al mundo.

 »No hubo indulto, comprobé cómo el camión de la basura elevaba el contenedor de papel usado y lo volcaba en su interior. Algún volumen trató de escapar de aquel auto de fe, pero fue inútil, el operario lo recogió del suelo y lo lanzó con indiferencia a las fauces del monstruo. El camión eyectó una humarada negra cuando arrancó con estrépito. Era como si la barbarie se hubiera impuesto a la razón y al pensamiento. Era como en aquella película de Truffaut, Farenheit 451, los libros ardían ante la indiferencia del bombero. Un pestazo a gasolina… Olía, sí, olía… ¡a derrota!

»Sí, recuerdo que antes en el metro, en el autobús, todo el mundo leía periódicos o libros. Incluso de prestado, abrías un diario y el viajero próximo a ti metía sus narices sobre tu hombro para apropiarse por unos instantes de aquellos artículos a cinco columnas. Ahora, encontrar un lector de periódicos en el suburbano es tan improbable como no encontrar pedigüeños. Todos los viajeros van pendientes de sus móviles con devoción religiosa, cuando no vocean conversaciones absurdas como si se empeñaran en despojarse de sus fantasmas regalando su intimidad a todos los pasajeros del vagón. Es un inmenso enjambre de zánganos revoloteando en torno a la reina, Whatsapp, que ocupa el lugar que hace dos décadas ocupaban los periódicos, los libros, la información, el pensamiento, la crítica, la reflexión, la lectura. El sistema ha conseguido su gran victoria, gracias a la tecnología ha logrado que la masa social se distraiga con mensajes intranscendentes y banales, que tenga horror a las palabras escritas, terror al pensamiento. La opinión pública ha desaparecido, nadie cuestiona la validez del sistema, nadie levanta la voz contra el supra-poder del orden establecido. La telefonía móvil ha convertido al ciudadano en un ser inerte y dócil a cambio del caramelo de una pantalla táctil. Se practica el culto al onanismo, nos tocamos y retocamos esas fuentes de placer efímero reducidos a androides con televibradores de quinientos euros que nos succionan el entendimiento. Vivimos en la era del entretenimiento, de la teletecnoinformación, de la desinformación más bien. Las fuerzas ocultas del sistema han alcanzado el éxito sin las palabras, o contra ellas. Ni los grandes dictadores comunistas o nazis lograron antes una sumisión tan absoluta del ciudadano con tan pequeño esfuerzo.

»Sí, por eso resulta sorprendente aquella fuerza interior de María Moliner que la llevó a escribir un diccionario. ¿Qué puede llevar a un escritor a escribir un diccionario? El amor a las palabras, seguramente, el amor de una bibliotecaria a propagar el saber. “Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Fue la mujer que escribió un diccionario”, el Diccionario del uso del español, decía Gabriel García Márquez pocos días después del fallecimiento de María, luctuoso hecho ocurrido el 22 de enero de 1981.

La vida de María Moliner fue una lucha constante contra la exclusión, primero del franquismo, que la apartó de su plaza de Archivos y Bibliotecas ganada en oposición. Y después tuvo que luchar contra la misoginia imperante en la RAE, que le negó siempre elegirla como académica por el hecho de ser mujer. Todos contra ella. Incluso, el que sería con posterioridad, el novelista más “nobelesco” de la RAE se opuso a su elección. “A María Moliner, no; en ningún caso”, escribió el autor de La colmena en 1970, según recoge Gregorio Morán en su libro “El cura y los mandarines”. Morán, autor azote de la Academia en particular, y de todo el universo literario oficial de aquellas épocas en general. Sin embargo, por aquellos años, Camilo José Cela sí publicó su Diccionario Secreto, dos tomos, en el que daba lengua suelta a todas las palabras cochinas y obscenas que a menudo poblaban sus procaces y rijosas fabulas de izas, rabizas y colipoterras. A finales de los setenta hubo un nuevo intento de ingresar en la RAE a la bibliotecaria, pero entonces, según siempre Morán: “María Moliner los mandó literalmente a tomar por culo”. Lo que también ha sido una costumbre muy practicada por los excluidos al insigne organismo. Valle Inclán, el padre del Marqués de Bradomín, orinaba frente al edificio de la RAE en señal de desprecio a tan limpia, fija y esplendorosa institución. Sánchez Ferlosio —¡que se vayan a freír espárragos!, gritaba el insigne progenitor de Alfanhuí— contagió de desafecto académico a Carmen Martín Gaite. Y más recientemente Almudena Grandes y Luis García Montero se prometieron no entrar en la RAE si no era juntos.

»Fue gracias a Dámaso Alonso que María Moliner, Bella Ciao, firmara un contrato, en 1955, con la Editorial Gredos, para la publicación de su diccionario once años después, en 1966. Una obra inmensa que le ocupó toda su vida mientras atendía a su familia, además de trabajar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Aunque ya consagrada por su diccionario, Manuel Seco, De la Real Academia, prestara unas palabras, quizás como consolación, para el prólogo de la edición abreviada publicada en 2000, casi veinte años después de su fallecimiento. Y de ahí al reconocimiento universal y respeto por su obra, que no se dice diccionario, sino el María Moliner cuando queremos saber el significado de las palabras.

»Y Diccionario Ideológico de la Lengua Española fue otra obra faraónica que ocupó a su autor, Julio Casares, durante ¡veintisiete años! “El Casares”, de la palabra a la idea; de la idea a la palabra, un diccionario que han utilizado generaciones desde su publicación por Gredos en 1942, esclareciendo el intelecto de autores y estudiantes que se abrían camino en la escritura y en el conocimiento en aquellas espinosas décadas. Julio Casares, una personalidad desbordante, un genio inusual en el panorama de las letras hispanas: hablaba dieciocho idiomas, diplomático, violinista, crítico literario, filólogo, músico, lexicógrafo y académico de la RAE. Un diccionario singular donde abrevar sinónimos, antónimos y erudición para ir por ahí después soltándolos con tanta exquisitez y buen decir que asombre a los oyentes y lectores de la calidad personal y literaria del que los emplea.  

»Por eso es encomiable que haya aún escribas que engendren diccionarios en estos tiempos en los que el virus de la vulgaridad ha infectado todos los rincones del intelecto. Dimas Mas ha esculpido un tesoro, o un diccionario de palabras desmemoriadas, “El tesoro olvidado”, que propone recuperar los vocablos en desuso para dar lustre a la frondia hablantina y empaque a los lenguaraces, una colección de preciosas gemas ocultas para que el lector las engarce y las luzca cuando sea menester mostrarse como persona sensible y cultivada, y se desprenda su habla de hircismo y no se quede como un fargallón ni se caiga en la ergástula de los groseros y de los ignaros. El de Dimas es un breve diccionario de la elocuencia minimalista para quien quedar bien quiera, nada jauto sin embargo, para que el idiolecto de los hablantes se llene de hervorosos vocablos que aglayen a los cermeños y alienten el afecto y la atención entre los que escuchen. Con su uso se pueden extraer del zaquizamí del cacumen una antología de significantes vernáculos que doten a nuestro léxico de enjundia, elegancia, erudición y belleza, y llenen los coloquios de jeribeques de proposiciones armoniosas que asombren al que las escuche y envidie al hablador. Es un diccionario que, según su autor, “pretende devolver a la circulación comunicativa voces expresivas y hermosas que habían sido arrumbadas por la ignorancia, el desdén y la erosión trivializadora de las conversaciones humanas”. Es digno de lectura. Y más aún de promover su uso oral, como todos los diccionarios.

»Sí, aún quedan mujeres y hombres buenos que escriben diccionarios para rescatar de la amnesia las palabras, explicar sus significados, adornar las conversaciones de las personas y librarnos de la torpeza y la tosquedad en el hablar. Gloria y laurel a ese reducto de lingüistas resistentes, Bella Ciao, orfebres y escultores que enarbolan la bandera de la elegancia del verbo para izarla en lo más alto del idioma. Valete.  

El 3 de mayo en Madrid

El 19 de marzo y el 2 de mayo. Benito Pérez Galdós

Fotos de Terry Mangino

La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre tanto el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento.
Percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fama ni a la flora, ni al cielo ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que se enredaban en mi cuerpo como culebras y en aquellas trasmutación de lo físico y lo moral, se verifica el fenómeno de que un color me dolía y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a una arpa pronunciaba palabras incomprensibles.
…¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos repugnante que las exclamaciones de los hombres, y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados!
Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con sombreros manchegos y abarcas de cuero, otros tantos cuyas cabezas negras y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación de turbante oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, es pie de gato que tan bien cuadra al ladrón; muchos con chalecos botonados de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón de la bandera de las comunidades…

Flores del 2 de mayo

Photos by Terry Mangino


Romance del Prisionero
Anónimo del siglo XVI

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste y cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero; 
dele Dios mal galardón.
La carga de los Mamelucos. 1814. Francisco de Goya. Museo del Prado

Leer a Juan de Yepes Álvarez en el día del libro

Gabriel de Araceli

No fue fácil la corta vida de Juan de Yepes Álvarez. De niño huía de la extrema pobreza, el hambre y las penurias en que le dejó la orfandad de padre en aquellos campos de Castilla ásperos y oscurantistas. Y de adulto huyó del desamparo, de la persecución y de la envidia con que le distinguieron los suyos, la Iglesia. Aunque tal vez esta, en un raro gesto de contrición por el celo con que le había maltratado, le recompensara nombrándole socio preferente y le santificara como San Juan de la Cruz. Infatigable, invencible caminante en busca de la perfección del alma, de espíritu puro y elevadas aspiraciones, también prosista encargado en guiar las almas de los jóvenes novicios. Y, sobre todo, poeta: Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.

Vida de peregrinaje agónico a golpe de sandalia de carmelita descalzo, funda que te funda conventos y poniendo orden en las desórdenes religiosas. Conversaciones extáticas con la otra santa, Teresa, amarraditos los dos, espumas y terciopelos en el convento de la Encarnación, en Ávila, 1572, que aún olía a la pólvora y al salitre de Lepanto, un año antes. Él tenía treinta años y ella cincuenta y siete cuando se juntaron para platicar de lo divino, que ya lo habían hecho antes muchas veces: Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos, y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos.

Y hablarían de lo humano, que era que se recogían y retiraban en aquella recoleta alcoba conventual, apenas un retrete de techo bajo, y se les iban las horas y los días en mirarse con regocijo y escucharse en desmesura y les subía de las entrañas una llama de amor vivo, un no sé qué que los volvía más divinos, o más humanos, que hasta Bernini lo supo e inmortalizó el momento con un éxtasis marmóreo, la santa traspasada por el venablo de un ángel, arrobada por la carnalidad de Juan de Yepes Álvarez:  Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa, y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su esposa.

San Juan de la Cruz, su poesía encendida, ese verso flamígero divino que desata la libido del lector y le zarandea por el vértigo de la zozobra amorosa, por la pasión desatada de la promesa del placer humano: Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobres los dulces brazos del amado.  

Quizás el misticismo de sus versos se enarbole de erotismo y rezumen sus palabras un gozo interior, un cauce desbordado en frenesí, en la excitación de una gloria de los sentidos. Su poesía le sirvió de escudo contra el rigor carcelario que sufrió, fue su consuelo contra la estulticia eclesiástica coetánea y un deseo enmascarado de pasión: Gocémonos, amado, y vámonos a ver en tu hermosura al monte o al collado do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura.

No llegó a los 50 años el poeta (1542-1591), que se lo llevó una septicemia al lado de su Santa. Noche oscura; Cántico Espiritual; Llama de amor viva. No es muy conocida su prosa doctrinal con la que aconsejaba a los catecúmenos a los que cuidaba espiritualmente en su labor docente. Por eso hay que leer a san Juan de la Cruz, el poeta más excelso quizás del siglo XVI, quizás el más breve. Su no muy extensa obra poética alborota aún hoy los sentimientos, son muchos los amantes que se entregan a sus versos porque su poesía está hecha de incendios que alteran la primavera de los corazones: ¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno cuán delicadamente me enamoras!

Noche oscura

1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

4. Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

5. ¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

6. En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

8. Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Unamuno y Juan de la Cruz

Aquel casi siempre malo y a veces tan pedantesco poeta que fue don Miguel de Unamuno no vaciló en dejar caer sobre las aguas de los ríos que cantaba todo el abuso de la facilidad formal… Mientras el imperturbable frailecillo carmelita, gélido, insípido, al par que empalagoso como un helado-polo de agua mineral azucarada, acierta a simular con los habilidosos acordes de una lira magistralmente tañida… una sensualidad de la que carece por completo el desabrido catedrático. Rafael Sánchez Ferlosio. Campo de Retamas. Página 118.

Leer a Gonzalo Torrente Ballester

Palabras y fotos de Ángel Aguado López

 Es enorme el cúmulo de lecturas que Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) devora durante su formación infantil y juvenil. Libros que después refleja en sus obras, plagadas de referencias a todos esos autores que amoldaron sus gustos primerizos y siembran de reflexiones presocráticas, pensamientos profundos y recuerdos académicos sus novelas. Prosa densa, extensa e intensa, que a veces debe cortarse con el machete de la perseverancia, con la disciplina del penitente, con la fe del converso torrentino para penetrar en la espesura de sus palabras, para avanzar con paso titubeante de iluminado por sus páginas pétreas reforzadas con el granito semántico de lampreas de Porriño, o de napoleones que nunca existieron, o de James Bond, el KGB , la CIA y el capitán de navío Blacas entre los muslos ardientes de Irina Tchernova: “La saga fuga de JB”; “La isla de los narcisos cortados”; “Quizás nos lleve el viento al infinito”.

Gonzalo Torrente Ballester en el Café Novelty, Salamanca, 1990. Foto: AAL

 Llega don Gonzalo a Madrid en 1929 y frecuenta la tertulia bohemia, decadente y anarquizante de su paisano Valle Inclán, ya de edad provecta y de salud afectada, en el Café Nueva Montaña, en lo que era el Grand Hotel de París, Puerta del Sol esquina a calle Alcalá. Trabaja apenas un rato en el diario anarquista La Tierra, en 1930. Un periódico de línea difusa o confusa, que arremete duramente contra el gobierno de Azaña por los sucesos de Casas Viejas (enero, 1933), instalado en la contradicción permanente de la utopía revolucionaria cenetista financiada por la derecha burguesa golpista. Torrente Ballester, ya casado con su primera mujer, Josefina Malvido, regresa a Ferrol en 1933 y se afilia al Partido Galleguista, de ideario nacionalista republicano ambiguo, que apoyará lo mismo al gobierno de Azaña sin condenar al franquismo asesino. Esa línea oscilante que le lleva a amistarse con Dionisio Ridruejo ya en 1937, y que presidirá un devenir ideológico poco o nada comprometido con el régimen salido del alzamiento espurio del 36, que le refuerza en su escritura absorbente y que le convierte en crítico literario prestigioso y en profesor de literatura en la eterna posguerra en institutos públicos en Madrid. Guionista habitual con Nieves Conde, otro hedillista crítico, suyo es el guion de “Surcos”, aquella película neorrealista que retrataba terriblemente la llegada a la capital de los expulsados del campo, la España vaciada.

Y así fue expulsado él por el régimen en 1962, que le echaron de la prensa oficial por apoyar a los mineros asturianos en su lucha por mejorar sus condiciones laborales, que le echaron de su puesto de profesor en la Escuela de Guerra Naval, que le echaron de Radio Nacional, que le echaron del periódico falangista Arriba. Y fue, previamente y gracias a una beca de la Fundación Juan March, en 1959, que terminó de escribir su trilogía “Los gozos y las sombras”, olvidada sin pena ni gloria en los anaqueles de las librerías. Eso, unido al ostracismo con que le obsequiaron sus antiguos camaradas y al desafecto de los lectores a su “Don Juan”, su gran obra sobre el mito del héroe amoroso, del que sólo vendió cinco ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, en 1963, según confesaba Torrente, le deciden a aceptar la oferta de la universidad americana de Albany y trasladarse en 1966 a USA, para impartir clases de literatura.

Y allí, en Nueva York, en 1967, se encuentra de nuevo con Ridruejo, ese ángel caído y enfermizo, amante fogoso de las hijas, niñas bien de la sociedad nacional católica y demonio acerbo de Franco, que le enviará al destierro, desde el cual le carteara Max Aub antes, en 1958, suplicándole un poquito de amistad y al que Ridruejo desdeñó: «He entrado en la política siempre por razones morales. Cuando estalló la guerra me limité, por de pronto, a implicarme en la tragedia de mi país», le contesta con mucho retraso Ridruejo a Max Aub en una larga epístola, en enero de 1959. La vida te da sorpresas. Quizás Ridruejo necesitara la amistad de Torrente Ballester en el extranjero, o el malditismo del Contubernio de Múnich, 1962, para forjarse el aura de exiliado que le elevara a la categoría de héroe proscrito: «No hay éxito comparable al del exilio. Y sólo los que permanecimos en el exilio interior o exterior hemos salvado la integridad», pondrá en boca del vasco Galíndez Manuel Vázquez Montalbán.

Y regresa don Gonzalo a España en 1973 y dos años después le eligen académico de la RAE. Influiría acaso Dámaso Alonso, su encuentro también con él en su exilio americano. Y se instala en Salamanca donde permanecerá veinticinco años dedicado a la enseñanza y a flanear, a gandulear por el Café Novelty rememorando sus tertulias juveniles. Y a gozar del fervor del público que le llega, los recovecos que el destino depara a los mortales son inescrutables, por la adaptación televisiva de su trilogía olvidada “Los gozos y las sombras”.

Charo López—Clara Aldán, Carlos Larrañaga—Cayetano Salgado, o Eusebio Poncela—Carlos Deza, los personajes centrales de su trilogía, convierten a Torrente Ballester en un escritor de éxito en 1982, a sus 72 años de vida, y don Gonzalo se vuelve un fenómeno literario reconocido universalmente. Es un frenesí el que vive entonces, que le llueven los premios nacionales, los planetarios, los de hijo adoptivo y los honoris causas de medio mundo, que hasta el mismo Fidel lo recibe en La Habana, se acabó la diversión, llegó el comandante, mandó parar, que hasta el mismo Rey emérito, el 23 de abril de 1985, le entrega el Premio Cervantes y le agasaja con chorizo de Cantimpalo, «cuya grasa brillaba de forma obscena bajo un sol de primavera», según testifica Manuel Vicent en compañía de Jesús Aguirre, dos pájaros cantores que trinaban juntos, pío, pío, aquel día en la Universidad de Alcalá. 

Cachondo mental, don Gonzalo llega al paroxismo del humor con “Crónica del rey pasmado”, una recreación hilarante sobre la expectante vida amatoria de Felipe IV y la voluntad decidida de la Iglesia, a través de la Inquisición, en joderle al joven rey las ganas de follar. Una obra que, en clave de humor, desvela las extrañas maneras de conciliar el poder del valido, el Conde Duque de Olivares, con los calentones del monarca efebo y la represora moral católica. Fue llevada al cine por Imanol Uribe en 1991, con Gabino Diego y Javier Gurruchaga en los papeles principales. Un éxito de taquilla y de risas. O “La novela de Pepe Ansúrez”, esa novia enamorada del protagonista tontorrón, aspirante a escritor, que va “olvidando” las bragas por los despachos de los banqueros en su afán de sacarle las castañas literarias del fuego a su amante.  O “Filomeno a mi pesar”, premio Planeta 1988, crónica festiva de los turbulentos años de preguerra, guerra y posguerra civil narrados por un señorito, aspirante desganado a escritor, de origen nobiliario, transformado en banquero, viajero y amante de una criada. O “Off Side”, extraordinario laberinto de tramas abigarradas construido con técnica polisémica, personajes caudalosos y lenguajes postmodernos en un Madrid aprisionado por la vulgaridad oficial del raquítico Movimiento. O “La boda de Chon Recalde”, una crítica gratificante sobre las dificultades de encontrar al marido ideal en una sociedad marcada por los prejuicios de clase y conveniencias provincianas. O “La muerte del decano”, una novela negra, o gris marengo, sobre las acechanzas académicas que conlleva desear la mujer de otro.

Imanol Uribe y Torrente Ballester intercambian opiniones sobre el guion de «El Rey Pasmado», en Salamanca, 1990. Foto: AAL.

Asustan al lector de hoy las similitudes existenciales dramáticas que compartieron personajes de esa generación atormentada por la tragedia nacional: Torrente, Galíndez, Laín Entralgo, Julio Caro Baroja, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Nieves Conde… todos marcados por la guerra que les tocó vivir y todos brillantes y apesadumbrados en el torbellino tumultuoso de la historia. Esa Región borrascosa a la que volvió Juan Benet en 1967 y que sigue presente en la realidad de este país 85 años después.

Las nuevas generaciones agasajan a Torrente en el Novelty. Foto: AAL

Y quizás también se asemejaba Torrente Ballester en lo esencial a Albert Camus, otro escritor universal, aunque distantes por un océano de culturas y ambiciones. Camus, un héroe de la Resistance elevado al parnaso de la mitología chauvinista por el éxito nobelístico e inmortalizado por la muerte estúpida en un accidente de tráfico; Torrente, un opositor inerte al franquismo apartado en el rincón oscuro de un instituto de Orcasitas impartiendo clases de bachillerato a un alumnado con espinillas y fragor en la bragueta. Sin embargo, ¡se parecen tanto en lo único!: Ambos fornicaban en demasía (don Gonzalo tuvo once hijos en sus dos matrimonios), leían y escribían. ¿Acaso hay algo más en la vida?

Sí, leerle.

Ángel Aguado López es Premio de Novela Ciudad de Salamanca, 2018, por su obra PATAGONIA

Leer a Rubén Darío

Ángel Aguado López, 24 de marzo de 2021, Primavera.

Margarita, está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar; tu acento: Margarita 1, te voy a contar un cuento…

Rubén Darío, el Príncipe de las Letras Castellanas, el gran Félix Rubén García Sarmiento, que maravilló a una extraordinaria pléyade de escritores, la Generación del 98, con su labia modernista y brillante, con su espléndida pose de varón rutilante, con su genio ambarino de perfumes galantes, de perfil apolíneo, de poeta gigante. Un terremoto sacudió las letras españolas con su llegada a Madrid, en 1892, unas letras, unas mentes, unas almas y un país aturdidos por el desastre que se fraguaba en ultramar y que asistieron, asombrados, al torrente de genialidad con el que, el gran Rubén Darío, desembarcó en la prosa y revolvió la poesía, el idioma, suyo el tambor vencedor, portento, volcánico amor, helénico Apolo, atlante narciso, que elevó a los poetas derrotados, a todos aquellos huidos del verbo, a los huérfanos mudos, a la cumbre radiante, al elíseo dorado del amor del idioma triunfante. AZUL fue un acontecimiento sísmico inesperado en el panorama de las letras castellanas. Aquel atolondrado mundo literario de la Restauración se refrescaba con perfumes de odaliscas, de elefantes, de azahares de frambuesas, de amores profanos, venéreos y de fantasías eróticas a las que el academicismo secular mesetario no estaba acostumbrado. Azul quedó todo, Azul Darío.

Viajero, diplomático, cronista de una época, romántico empedernido y enamoradizo contumaz. La mujer, sus mujeres, sus amoríos dispersos —…Ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto; Ante su rostro olímpico no habría rostro adusto; Las Gracias junto a ella quedarían confusas, Y las ligeras Horas y las sublimes Musas…—, su matrimonio oscuro allá en Nicaragua, su encuentro estruendoso con Francisca Sánchez en La Casa de Campo, el parque madrileño vedado al público y donde se ejercitaba en la hípica el joven Rey Alfonso XIII. Ahí, guiado por

Este gran don Ramón de las barbas de chivo, cuya sonrisa es la flor de su figura…

ahí conoció, en 1899, a la hija de los guardeses, una joven Francisca atractiva, humilde y analfabeta que atrajo de inmediato la atención del poeta, que la enseñó a leer y la paseó por Europa y de cuyo amor nacieron cuatro hijos, relación que duró hasta su muerte, a pesar de que su mujer, Rosario Murillo, nunca le concediera el divorcio.

Dos imágenes del lago de la Casa de Campo, donde Rubén Darío conoció a Francisca Sánchez.


Sería con Francisca Sánchez con la que viajaría a Mallorca en 1907, alojándose en la Cartuja de Valldemossa, en los mismos salones que albergaron en el invierno de 1838-1839 a Frédéric Chopin y Georges Sand, una pareja disoluta para la moralidad rural de la isla. Y de allí se extrae el cuento inédito que se detalla más abajo: El Fardo, escrito a vuelapluma, sin correcciones ortográficas, quizás mientras ojeaba en algún rincón de la Cartuja los paisajes impresionistas de Santiago Rusiñol.

Y conoció en París a Antonio Machado, en 1907, al que le unió una gran amistad y admiración mutua. Y fue allí, después, en 1911, cuando ayudó económicamente al poeta, bueno en el buen sentido de la palabra bueno, a repatriar a su jovencísima esposa, Leonor, aquella paloma que apenas levantó su vuelo infantil cayó de muerte herida por la tuberculosis.

Francisca Sánchez, sentada, con su hijo Rubén Darío, «Guicho»

Y lejos falleció de Francisca, aunque aún enamorado, pues partió hacia su América natal, pacifista irredento, al estallar la 1ªGM con la esperanza ilusa de sembrar la paz en los hombres y que fructificara el amor en aquella sociedad convulsionada por la tragedia. Sus últimos años, devorado durante décadas por la depresión y el alcohol, dañaron gravemente su existencia, no llegó al medio siglo, falleció en 1916, aunque sus letras, su rumbo inmortal se mantiene enérgico e irradia de color, azul, y de calor, rojo, la imaginación de los poetas que leen a diario sus versos en los bancos, bajo la primavera que se anuncia en cada esquina.

Paisaje de Mallorca, Santiago Rusiñol, 1911.

1 Margarita Debayle era una niña, entonces de seis años, hija del médico de familia Louis Henri Debayle Pallais —un patricio nicaragüense que atendía y era amigo fervoroso de Rubén Darío— y hermana pequeña de Ana Salvadora Debayle, la que fuera esposa de Tacho Somoza y madre de Anastasio “Tachito” Somoza, el feroz dictador nicaragüense derrotado por los sandinistas en 1979 y asesinado con una granada antitanque en 1980, en Asunción, Paraguay, por un comando montonero argentino. La avenida donde fue “ejecutado” Tachito Somoza llevaba entonces el nombre de Avenida del General Franco, siendo Stroessner, el general que gobernaba con mano de hierro Paraguay. Cuarenta y un años después de aquello, gobierna Nicaragua una revolución comandada por otro dictadorzuelo: Daniel Ortega. Margarita Debayle (1900-1983) alcanzó la inmortalidad por los versos de Rubén Darío.


Y sirva este epígrafe como homenaje a Manolo Alcalá, periodista de TVE, que entrevistó, tras el seísmo que asoló a Managua, el 23 de diciembre de 1972 —6,2 en la escala de Richter, 19.300 muertos—, al general Tachito Somoza. Tachito contestaba despectivamente, casi con desprecio mientras zampaba a dos carrillos golosinas, a aquel insolente reportero español que preguntaba sobre el destino de la ayuda que el pueblo de la “madre patria” había recaudado para el pueblo hermano nicaragüense. Aquella ayuda que Tachito desvió a Miami, a México, a Texas, a Suiza. Manolo Alcalá, un grande del periodismo hoy olvidado, quizás leyera en su infancia al gran Rubén Darío. Hijos los dos de la poesía.

Este gran don Ramón de las barbas de chivo,

cuya sonrisa es la flor de su figura,

parece un viejo dios, altanero y esquivo,

que se animase en la frialdad de su escultura.

El cobre de sus ojos por instantes fulgura

y da una llama roja tras un ramo de olivo.

Tengo la sensación de que siento y que vivo

a su lado una vida más intensa y más dura.

Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,

y a través del zodíaco de mis versos actuales

se me esfuma en radiosas visiones de poeta,

o se me rompe en un fracaso de cristales.

Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta

que le lanzan los siete pecados capitales.

(Soneto de versos alejandrinos con un hemistiquio ligeramente osado en el verso cuarto. Análisis de Emilio Pascual, el Príncipe de las Letras Segovianas.)


El Fardo

Aún lejos, en la línea como trazada
por un lápiz azul que separa las
aguas y los cielos, se iba undiendo el sol
con sus polvos en oro y sus torbellinos de
chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro candente.
Ya el muelle fiscal había quedado en
quietud, los guardas pasaban de un puesto
a otro las gorras metidas hasta las cejas
dando aquí y alla sus vistazos, inmo-
vil el enorme brazo de los pescantes el agua
murmuraba debajo del muelle, y el humedo
viento salado que sopla de mar afuera a la
hora en que la noche sube mantenía las lan-
chas cercanas en un continuo cabeceo, todos
los lancheros se habían ido ya, solamente
el viejo tio Lucas, que por la mañana se
estropeara un pie al subir una barri-
ca a un carretón y que aunque cojin
cojeando había trabajado todo el día,
estaba sentado en una piedra y con la
pipa en la boca veía triste el mar.
–¡Eh, tio Lucas¡ ¿–se descansa? –Si, pues,
patroncito– y empezo la charla esa
charla agradable y suelta que me pla-
ce entablar con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo
fortificante el que dá la buena salud
y la fuerza del musculo, y se nu-
tre con el grano del poroto y la
sangre hirbiente de la viña, yo veia
con cariño aquel rudo viejo y le
oia con interés.


Berenjenas con gambas: oler, comer, beber, gozar, tal vez leer a Manuel Vázquez Montalbán

Palabras de Ángel Aguado. Fotos de Terry Mangino

Carvalho saltó de la cama… y contempló como desde un balcón el espectáculo de su pene en retirada lenta. Adiós, muchacho, compañero de mi vida…

            »Biscuter, Charo, Fuster, Lifante, Pepe Carvalho… ahí están, siguen vivos, incólumes, arrebatándole al tiempo su condición de inmortales, huérfanos, sí, porque su padre, Manuel Vázquez Montalbán, falleció hace dieciocho años, pero los forjó en el bronce de las palabras sin pretender siquiera que le sobrevivieran. Así es la vida de los personajes, alcanzan la intemporalidad de la fantasía porque no son de carne y hueso, son fábulas, arpegios de la interacción del creador con el lector, cada uno los imagina como quiere, se alzan inasequibles al paso del tiempo cada vez que alguien los devuelve a la vida con la lectura. El autor, sin embargo, tiene fecha de caducidad, es efímero, recoge el obituario que sus amigos le dedican cuando se va. ¡Te gané por los pelos, padre!, sonríen sus criaturas desde las páginas de sus libros. Después, lo sepulta el olvido de las bibliotecas, esos columbarios donde duermen la noche eterna tantos autores que nadie lee, la muerte definitiva de sus letras, de sí mismos. Fue por una indigestión, el sobrepeso, el orujo helado o los Condal número 6, qué más da, MVM se fue a los mares del Sur, cedió la divinidad a sus personajes. Sí, los autores son temporales, los personajes eternos: Fortunata y Jacinta, don Quijote y Sancho, Ana Ozores y Fermín de Pas, Pepiño Carvalho y la Charo, el marqués de Bradomín y la niña Chole, Gabriel de Araceli e Inés… tal vez Galíndez en su doble faceta de nacionalista confuso y espía novelesco, MVM lo rescató de los tiburones de Trujillo y lo encumbró al olimpo de los héroes.

            »Milenio, fin de trayecto; Triunfo, el comienzo. Y mientras tanto Pasionaria y los siete enanitos, Autobiografía del general Franco, Quinteto en Buenos Aires, El pianista, la vaca Marcelina, Fondos, Crónica sentimental de la Transición, Los alegres muchachos de Atzavara, De cómo Mariano Rajoy se convirtió en un OVNI… Las recetas de Carvalho: Berenjenas a la crema con gambas, para cuatro personas. 1 Kg de berenjenas; medio kilo de gambas; 100 g de jamón dulce; dos cucharadas de harina; ajo, aceite, sal, pimienta, leche… Se hace un caldo corto con las cabezas de las gambas previamente fritas… en ese aceite aromatizado por el ajo y las cabezas de las gambas se fríen las berenjenas enharinadas…

            —Yo de mi padre jamás hablo con terceros. Nunca acepté que fuera el dueño de mis destinos. En el fondo no soy más que el rehén de su imaginación. Sí, le debo la vida, títulos y títulos de novelas por las que me paseó sin pedirme permiso, obligándome a ser quien soy yo, trazó mi existencia sin que le interesara jamás mi opinión ni mi destino porque eran los suyos. Es más, fui su esclavo, hizo de mí el capricho de sus sueños, me convirtió en la frustración de una generación escéptica de españoles rebozados entre la levedad de la dialéctica marxista, el fracaso del capitalismo y el tránsito democrático sin esperanza, aquella Constitución con siete padres que ahora todos aborrecen. Aunque él ya lo presagiaba, quizás preveía la traición: Fernando Garrido, el secretario del Comité Central asesinado por el hijo adoptivo. Todos nos sentimos Edipo alguna vez con los autores, siempre existe el conflicto intergeneracional, la lucha por quedarse con el trono familiar.

            »Poeta, ensayista, periodista, analista político, gastrónomo experimental, ¡aquellas columnas, los lunes, en la última de EL PAIS! La gente de bien, la de siempre, la que seguía al galán de las Azores cuando estiraba los zancos sobre la mesa experimentó un alivio intestinal al enterarse de su fallecimiento en Bangkok, ¡un rojo menos!, apenas unos meses antes de aquel triste 11M. Créanme, las armas de destrucción masiva existen, perjuraba el presidente. La pluma, la prosa, las letras no destruyen nada, pero molestan si restañan la verdad oculta, si desvelan las vergüenzas del poder y sus mentiras. Y, además, “culé”, seguidor acérrimo del Barça. ¿Tú también, Figo?, se preguntaba compungido cuando aquel hijo predilecto del Camp Nou traicionó a los suyos y se vistió de blanco. Como Edipo… Se apartan las berenjenas y se escurren para que suelten el aceite. En los aceites resultantes se traba una bechamel con la harina, parte del caldo obtenido y parte de leche. Se sazona con pimienta la bechamel.

—A propósito, añadir bechamel a las berenjenas me parece un exceso. Con el aceite y el queso rallado es suficiente. Reconozco que el blanco Chablis combina esencias maravillosas de roble perfiladas con aromas de frutas y notas de flores blancas. En boca es fresco y tiene un final salino. Sin embargo, un Rueda verdejo no le va a la zaga, dorado, con matices aromáticos de frutos secos que desprenden un aroma de misterio. En boca es potente como el destello de una mirada de mujer. Las mujeres, Charo. Autosuficiente, independiente, feminista, dirán ahora que no porque aceptó de Quimet, su cliente, de Andorra, donde iban los Pujol a esconder los millones, un consejo y se instaló un negocio de comida gourmet. La vejez nos iguala a todos en fracasos y el calor del amado nos evita los sabañones del tiempo. Es cierto, quizás nunca debí emprender mi despedida con aquella vuelta al mundo, ya no tenía fuerzas, el protagonismo era todo de Biscuter, aquel viaje a ninguna parte o hacia el lado oscuro de la derrota existencial. Pesa el tiempo como la memoria. Charo, ¿por qué no me atrapaste en tu tela de Ariadna? Quizás porque, de haber sido así, yo no hubiera existido sino como un hombre corriente, sin protagonismo alguno y Montalbán no me hubiera engendrado y tú, en tu afán de mujer, nunca te hubieras interesado por mí. Eso sí, prefiero la gamba roja de Denia acompañada de un monastrell de la Marina Alta muy frío y almendra frita al estilo de la tía Rosa. Desperdiciar esa gamba con berenjena es un mestizaje estúpido. Ni juntos, ni revueltos. Por cierto, yo no maté a Kennedy.

»Cocinar es una metáfora de la cultura y su contenido hipócrita. Comer significa matar y engullir a un ser que ha estado vivo… Si devoramos directamente al animal muerto… se diría que somos unos salvajes. Ahora bien, si marinamos a la bestia para cocinarla posteriormente con la ayuda de hierbas aromáticas de Provenza y un vaso de vino rancio, entonces hemos realizado una exquisita operación cultural, igualmente fundamentada en la brutalidad y la muerte. Eso decía MVM, su padre, yo no tengo nada que añadir a esa mezcla de berenjenas con bechamel, gambas y jamón a pedacitos gratinados con queso rallado. Tal vez acabar con Milenio, quizás MVM presentía su final a su regreso de aquella vuelta al mundo, que la cocina ya no le ofrecía nada gratificante y Lifante, el guardián del orden impuesto le esposaría a usted camino de la Modelo. Un refugio, a fin de cuentas. Brindo por su padre, quizás el mejor cocinero de crónicas hirientes, quizás el mejor degustador de recetas impresas. El aguardiente siempre helado, de un trago, como la muerte.  

—Que le aproveche.

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