Don Mariano habla de las derechas

Gabriel de Araceli

HABLA DON MARIANO RAJOY EN EL ATENEO DE MADRID. Presenta el libro “Historia de las derechas en España”, de Antonio Rivera Blanco, catedrático en Historia de la Universidad del País Vasco. Es en la misma sala, llena hasta la bandera de un público letrado y bien vestido, que escuchó en el pasado los pasos silenciosos de Valle Inclán, del doctor Marañón, de Azaña, de Unamuno, de Fernando de los Ríos… Don Mariano, lejos del navajeo del hemiciclo, se comporta con la autoridad del que se sabe por encima de la política, parece un patriarca que emite doctrina inmune a las críticas. Le gusta su papel de filósofo que emana sabiduría gratis, un consejero que examina la historia desde la asepsia que da la experiencia del mando.

El historiador Antonio Rivera y Mariano Rajoy durante la presentación del libro "Historia de las derechas en España", en el Ateneo de Madrid.

El historiador Antonio Rivera y Mariano Rajoy durante la presentación del libro «Historia de las derechas en España», en el Ateneo de Madrid.

Don Mariano se confiesa moderado: «Mesura frente a los excesos», y glosa al autor, miembro del Parlamento Vasco por el PSOE, y a su obra: «El libro lo puede leer un español de izquierdas o uno de derechas sin que pase nada». Y como un viejo profesor que predicase desde el púlpito del conocimiento cuenta los momentos culminantes que conformaron la historia reciente de España: «Aquí hemos hecho una constitución cada cuarto de hora; la de 1876 y la de 1978 son las que ahora rigen la convivencia en nuestro país». Aunque confiesa que «No me gustan las excursiones por el pasado. Cánovas era un modelo inaceptable… Romero Robledo “organizando” las elecciones…». «Los modelos que la derecha ha defendido han variado a lo largo de la historia». Y aplaude la estabilidad la «aproximación de principios y valores que ambas opciones, izquierdas y derechas, defienden».

Ha venido preparado don Mariano. Su disertación es la de un sabio presocrático, un teórico y ensayista de la res pública. «Europa se unió en 1957 con el Tratado de Roma. Era precisa la paz, la apuesta por la democracia liberal y el progreso económico y social». Y cree necesario para el país el consenso de la Ley Electoral que mantuvo durante su mandato. Don Mariano reflexiona en voz alta sobre la aparición de los extremismos que han sacudido en los últimos años el panorama político español. «El problema de España son los populismos. El adanismo; el “mundo feliz” (por los reclamos patrióticos de los nacionalismos); el monopolio de la virtud y de la moral que se atribuyen; el desprecio de la ley (la democracia no está por encima de la ley); los desahucios, la ley está para cumplirla. Esos populismos generan división en la sociedad, y eso es contagioso. Se han roto actualmente los consensos, el clima de unidad que se vivió en la Transición con la Constitución del 78 ya no existe».

«Nosotros no somos de los nuestros» comienza el autor del libro refiriéndose al oficio de historiador y la necesidad de mantenerse imparcial ante los hechos. «No creo que las derechas nazcan con un pecado original. Ni las derechas tienden a la unión ni las izquierdas a la división» señala el profesor Rivera Blanco, que describe en su obra los tres preceptos que han seguido en su camino las derechas: «Dios, patria y rey. Un dios que ahora ha sido sustituido, con el acuerdo de todos, por el laicismo. Una patria y un rey que guiaron el norte de las derechas. Y cuando no ha sido así, durante las dos repúblicas, las derechas lo han condenado con un vade retro, satanás. Rezar, nación y trono. Y una concepción patrimonial del país como algo que les pertenece». «España es el resultado de una contingencia. Democracia y mercado deben ir moderadamente juntos. La política no es geología, cambia». Y pone el ejemplo de la evolución ideológica que siguió Jovellanos, reformista y moderado a la vez, entre el orden y la libertad, perseguido por ambas corrientes. Para hacerse finalmente una pregunta sobre la actualización de la figura controvertida del periodista Chaves Nogales: «¿Dónde lo colocamos?».

Las palabras de don Mariano Rajoy, liberales, templadas y ecuménicas parecen fuera del tiempo y de la coyuntura política, reflexiones emanadas por Montesquieu, hablan de conceptos abstractos, amables, difíciles de aplicar en la confrontación parlamentaria, buenas intenciones para deleite intelectual de una galería de eruditos y estudiosos alejados de la refriega del poder. Un jarrón chino decorando un rincón del palacio, sin uso, de la democracia.

Crimen y castigo de la reina de Tardajos

Gabriel de Araceli

A sangre fría asesinó Pascuala Calonge a su marido, Valentín Lacarta, rico labrador, el 4 de enero de 1845, en Tardajos de Duero, un pueblecito de Soria. Contó con la ayuda de su criado y amante, José Díez Moreno. El 18 de abril de 1846 ambos, declarados culpables en sentencia firme por la Audiencia Provincial de Burgos, fueron ajusticiados a garrote vil en Soria capital. La criada Juana Yubero, que encubrió a los asesinos, fue condenada a seis años de galeras, prisión. La ejecución fue pública y contemplada por una multitud variopinta que asistió al espectáculo como si de una fiesta se tratara.

Los detalles de este crimen macabro y todas sus circunstancias han sido recogidos por Rosario Consuelo Gonzalo García, émula de Truman Capote y profesora de Lengua Española en la Universidad de Valladolid y doctora en Filología Hispánica por Salamanca, que ha removido archivos y bibliotecas con pasión de entomóloga hasta revelar todas las claves que coincidieron en tan horrible suceso. La asesina confesa, Pascuala Calonge, una mujer de gran belleza según relatan las crónicas de la época, le rebanó con un cuchillo de grandes dimensiones el pescuezo a su marido, con el que había concebido cinco hijos en los apenas nueve años que estuvieron casados. Ella se casó con veinte años y él con veintiséis, en segundas nupcias. Dos hijos supervivientes de corta edad (recuérdese que la mortalidad infantil era muy alta en aquellos tiempos) quedaron huérfanos tras la ejecución de la madre. El móvil del crimen fue el fracaso matrimonial y el obstáculo que el marido suponía para la relación pasional de los amantes. Pascuala aún no había cumplido los treinta años cuando fue ajusticiada. En su ejecución fue asistida en el patíbulo por los Hermanos de la Piedad, la orden religiosa encargada de aliviar los últimos momentos de los reos y procurar consuelo a sus almas, así como de darles cristiana sepultura en camposanto.

Rosario Consuelo González García, la autora de la investigación.

 

Fue aquel un período confuso en la historia de España. La reina niña, Isabel II, contaba catorce años de edad. Había subido al trono apenas un año antes y fue casada con dieciséis, apenas seis meses después de la ejecución de los asesinos de Tardajos, el 10 de octubre de 1846, con su primo Francisco de Asís de Borbón. A pesar de los rumores que consideran homosexual al rey consorte, el matrimonio real tuvo doce hijos. Uno de ellos fue Alfonso XII, aunque se atribuye la paternidad del futuro rey a un amante de la reina, el aristócrata y militar Enrique Puigmoltó y Mayans. En 1845 se aprueba una nueva Constitución, con pocos cambios sobre la de 1837. Y, poco después del ajusticiamiento de los condenados, se inicia la segunda Guerra Carlista, unas refriegas de montoneros asilvestrados, tres guerras, que se sucederán durante cuarenta y tres años y que marcarán la historia de España del siglo XIX de inestabilidades, quebrantos, ruinas, pronunciamientos cantonales, alzamientos militares y gobernantes corruptos. 

 Y es en ese contexto histórico y en el marco rural de una Castilla atrasada y cuasimedieval donde Pascuala Calonge comete su crimen. Los parricidios sobre las mujeres eran entonces, como ahora, mucho más frecuentes que sobre los hombres. La autora del estudio recoge en su peregrinaje por archivos diocesanos, civiles, judiciales y eclesiásticos, detalles exhaustivos de otros sucesos similares ocurridos a lo largo de siglos anteriores. El ajusticiamiento público pretendía un efecto ejemplarizante sobre la población, un aviso de cuál sería el castigo que sufriría aquel que infringiera la ley y cometiera crímenes mortales sobre sus semejantes. Terapia preventiva que nunca ha tenido efectos persuasivos sobre los homicidas y que, en la actualidad, ha quedado relegada en la filosofía jurídica constitucional. Ya se alzaban en aquella época alegatos contra la pena de muerte y más aún contra el ajusticiamiento público de los condenados, algo considerado inhumano y degradante contra la dignidad del individuo por Concepción Arenal, que así lo expresó en numerosos ensayos. O estudiado por Julio Caro Baroja en su extensa obra, que analiza la represión que sufrieron brujas y judíos ocultos para practicar su religión y ritos y no caer en las garras de la Inquisición. O en la parodia que treinta y cinco años antes de los sucesos, 1810, relata Leandro Fernández de Moratín en su novelita “Quema de brujas en Logroño”. Recoge también Rosario Consuelo, la autora, dos romances de cordel de la época en los que se cuenta con afán lucrativo el terrible suceso, algo parecido a los romances picarescos de ciego que se popularizarían desde “El lazarillo de Tormes” en el siglo XVI. 

Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán, Obra de Pedro Berruguete, 1491-1499. Museo del Prado.

Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán, 1491-1499. Museo del Prado. La hoguera. «Es un asunto muy delicado el de la pena capital, porque además del condenado juega el gusto de cada cual…» decía Javier Krahe .

Y es inevitable al sumergirse en la lectura del crimen de Pascuala recordar las películas contrarias a la pena capital que el cine español produjo durante el franquismo. Aquel manifiesto contra el brutal ajusticiamiento por garrote vil, “El verdugo”, de Berlanga y Azcona, que tanto indignó al general bajito cuando lo vio en su salita de cine privado del palacio de El Pardo. O la prohibida “Queridísimos verdugos”, de Basilio Martín Patino, que vio la luz en 1977.

En España, la pena capital fue abolida en 1995. El último ajusticiamiento por el procedimiento medieval del garrote vil en nuestro país sucedió en la prisión provincial de Barcelona, el 2 de marzo de 1974, sobre el reo Salvador Puig Antich tras ser declarado culpable, por un tribunal militar franquista, de la muerte del joven subinspector de policía Francisco Anguas Barragán. La muerte se lo llevó por delante tras dieciocho minutos de agonía. Tenía veinticinco años. Ese mismo día también fue ajusticiado en Tarragona Georg Michael Welze, alias Heinz Chez, un mendigo oligofrénico culpable de la muerte de un guardia civil. Aunque las últimas ejecuciones capitales en nuestro país se produjeron el 27 de septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador Franco. A pesar de la petición de clemencia del papa Pablo VI y de la protesta internacional promovida por el primer ministro sueco Olof Palme, cinco acusados de asesinatos y de pertener a ETA y al FRAP fueron fusilados en el acuartelamiento de Hoyo de Manzanares, en Barcelona y en Burgos. Los ejecutados contaban edades entre los 21 y los 33 años. Olof Palme fue asesinado en 1986, sin que el magnicidio fuera jamás esclarecido y sin culpables para la justicia sueca.

Curiosamente fue Francia el último estado democrático europeo que practicó una pena capital. Fue el 10 de septiembre de 1977, sobre el reo Hamida Djandoubi, que secuestró, torturó y mató a una mujer. Monsieur le President, Valéry Giscard d’Estaing, desestimó el indulto y la guillotina rebanó implacable la cabeza del asesino, mucho mejor que el cuchillo de matarife de Pascuala.

El garrote vil. Ramón Casas, 1894. Museo Reina Sofía

                         El garrote vil. Ramón Casas, 1895. Museo Reina Sofía.

Pascuala Calonge, la reina de Tardajos, tuvo poco tiempo para disfrutar de su trono. Algo parecido a “La Envenenadora de Valencia”, Pilar Prades Expósito, una mujer semianalfabeta tristemente célebre por asesinar, entre 1954 y 1956 a dos mujeres de las que elucubraba apoderarse de su bienestar y sustituir la miseria en la que había nacido por un poco del confort de sus víctimas. El verdugo de Pilar, ajusticiada con treinta y uno años, fue Antonio López Sierra, que también lo fue de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, El Jarabo. López Sierra fue uno de los tristes protagonistas de la película de Martín Patino citada anteriormente.

El nombre del verdugo de Pascuala y todo lo que aconteció el día de su ajusticiamiento está relatado por Rosario Consuelo en su investigación de los hechos, tan completa como amena de leer.

CRIMEN Y CASTIGO DE LA REINA DE TARDAJOS, ha sido editada por OPORTET Editores.


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El extraño caso del doctor Alonso y el señor Solís

 Agustina de Champourcín

¿Será cuestión de biocatalizadores endógenos o una concentración plasmática de aminoácidos catecolamínicos?, preguntaba en voz alta el doctor Rafael Alonso en su cátedra de la Facultad de La Laguna al alumnado clínico del máster, absorto en su exposición sobre los mecanismos reguladores de la secreción de las hormonas peptídicas. Un espeso silencio se apoderó del aula. Nadie se atrevía a responder por miedo a equivocarse. Sí, aquel fisiólogo formado en la Complutense, doctorado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts, USA, causaba expectación entre los jóvenes aspirantes a médicos, inocentes criaturas ignorantes de la doble vida que el catedrático llevaba cuando salía del campus. Entonces, el juramento hipocrático que explica el comportamiento orgánico del ser humano se desvanecía y el cerebro del profesor Alonso se envolvía en una abrupta sima de sueños telúricos capaces de idear la peor de las perversiones literarias.

Edgar Alan Poe, Cortázar, Borges o Robert L. Stevenson anidaban en la oscuridad del cerebro del señor Solís, un instinto intrigante medraba en su interior y le llevaba a escribir narraciones extraordinarias que revelaban el lado tenebroso de la condición humana. Los fantasmas se materializaban en los folios que garabateaba con caligrafía nerviosa, llenándolos de regueros de palabras sincopadas. Sus palabras provocaban temor en los lectores desprevenidos, que nunca imaginaron que el autor de aquellos pavorosos cuentos fuera persona tan estudiosa y entregada a la enseñanza, un ejemplar profesor de Fisiología, tranquilo y reservado, incapaz de un exabrupto, multiplemente aclamado por el claustro internacional y presidente de asociaciones científicas.

Rafael Alonso Solís durante la presentación de «PARADA DE FANTASMAS», en Madrid, el pasado 2 de febrero.

Porque “PARADA DE FANTASMAS”, el libro, que aglutina más de cincuenta años de escrituras, suscita temor en los lectores. Es el lado tenebroso de la condición de los mortales lo que el señor Solís rememora en sus relatos, alusiones a los misterios que pueblan el desván de las conciencias, las inquietudes que llenan de máscaras la imaginación de los seres humanos. Una primera etapa se podría descubrir en sus escritos. El señor Solís nos enseña sus cuentos juveniles de los años setenta en los que se expresa con la disciplina espartana del que aprende el oficio y abreva constantemente en la fantasmagoría del gran Jorge Luis, o de la ebriedad de Poe. Hay una etapa intermedia en la que glosa su experiencia periodística y fantasea con hechos espeluznantes que alterarían la conciencia incluso del ministro del Interior (de cuál no importa porque todos son inalterables), propios de la crónica de sucesos, reales como la vida misma. Para desembocar en la frescura de la madurez actual con un relato sobre la necesidad de venganza, entiéndase fisiológica, que toda persona ejecuta contra sus obsesiones, contra sus deudas existenciales del pasado, aprovechándose en este cuento de la inteligencia de los roedores y atrapando al lector en la ratonera del relato.

 

Tiene el doctor Alonso una especial habilidad para resultar invisible incluso en presencia de sus seres queridos, de sus amigos más antiguos. A veces se enmascara en sus silencios, en el lado oscuro de la intriga y permanece mudo como un plano secuencia de Hitchcock, sin que nadie sospechara que en su interior habita un extraño personaje, una doble personalidad, un Norman Bates, un ego alternativo: el señor Solís. Un intrigante ser provocador de insomnios, de terrores, de alucinaciones, de miedos en el lector incauto que se atreve a husmear en sus novelas. En fin, una descarga de adrenalina, una explosión en sangre de aminoácidos pépticos. Un problema de secreción interna, diría el catedrático. Usted se morirá de dudas si no llega hasta el final de “PARADA DE FANTASMAS”. No olvide el papel higiénico. Avisado está.

Las admiradoras le quitaban de las manos los libros al señor Solís. Algunos lectores incluso lo pagaron.

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Rafael Alonso Solís, Premio Nacional de Fisiología Antonio Gallego 2021

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Sacramenia, piedra a piedra

Agustina de Champourcín

«Sí, sí, señor. En la fiesta de la santa son los maridos los que friegan. Nosotras nos damos unas alegrías y comemos juntas, que trabajen ellos un día, que sepan lo que consumen las tareas de la casa», dice María Jesús, vecina de Sacramenia, Segovia, mientras decora con flores la imagen de santa Águeda en la iglesia de san Martín, para sacarla de procesión el 5 de febrero. Treinta y seis sillas han dispuesto en largas mesas corridas en el Asador Garci para agasajar a las señoras en la fiesta. Santa Águeda fue una santa muy brava que se resistió al martirio de los infieles sufriendo la amputación de los pechos. Bueno, eso dicen con pudor sus seguidoras mirando sin mirar la imagen destetada de la santa, que los luce en bandeja de oro como un trofeo cinegético. Su fiesta está muy extendida por toda Castilla, parece una reivindicación femenina como aquellas protestas de los setenta en las que las hippies se liberaban del uso del sostén.

«Los Pichilines son de Peñafiel, de aquí eran Los Corrales», asegura a sus 86 años Claudio Lázaro, alcalde que fue de Sacramenia entre 1983 y 2003. Ahora don Claudio es el dueño de un taller de tractores enormes como elefantes. «Yo traje el alcantarillado, el polideportivo, el alumbrado y la restauración de la iglesia de santa Marina en 1991, que empezó presupuestada en ocho millones de pesetas y acabó en ochenta» afirma orgulloso un dicharachero don Claudio que no pierde la ocasión de pegar la hebra con un visitante y ensalzar sus éxitos. El descubrimiento de unas pinturas anteriores al siglo XV en el ábside de la ermita disparó el precio de las obras. Destaca, entre esos frescos, una notable anunciación, digna iconografía rural que emula la de Fra Angelico. Las enseña Verónica, una mujer joven y resuelta, historiadora, que gusta de mostrar su conocimiento al visitante.

Pintura mural en la iglesia de santa Marina, anterior al siglo XV.

Los Pichilines y los Corrales eran orquestinas: dulzaina, tamboril, bandurria, saxofón y cantante tenor, que amenizaban los bailes de los pueblos de la comarca. Bailes muy castos observados con escrutinio censor por las viejas del lugar, que entonces llevaban refajos, pañuelos y camisones, tal vez para prevenir el sacrificio de santa Águeda, apretones musicales en los que los forasteros proponían noviazgos a las mozas de Sacramenia. A veces, las jóvenes casaderas reclamaban el consejo del cura sobre la idoneidad conyugal de aquel mozo de otro pueblo ávido de acercamiento. «Mire usted, don Silvino, uno de Tejares me ha propuesto noviazgo, pero, sucede… es que… resulta que… ¡es cojo! —le confesó toda abrumada la Sebastiana al párroco en la ermita de san Martín—. Pero, ¿es acaso ciclista? —le preguntó el cura—. No. Pues, ¿entonces?». Sebastiana aceptó la propuesta del forastero.

El tiempo se ha detenido en la Castilla interior. Las calles de Sacramenia lucen aún la nomenclatura franquista: General Yagüe, PLAZA DEL GENERALÍSIMO FRANCO… Despoblación y abandono a pesar del empeño reproductivo de Sebastiana, que tuvo tres descendientes. Lento pero imparable declinar demográfico. 1950 fue el año de esplendor del pueblo, contaba entonces con 1500 habitantes, ahora apenas si son 358 de edad media avanzada. En la escuela agrupada, también conseguida por don Claudio, hay 28 alumnos y cinco profesoras.

Tuvo Sacramenia campañas con Almanzor (983) y un rico pasado histórico de conquistas musulmanas y reconquistas cristianas. Colinas, cereal y lana. La ermita de san Miguel, atalaya y mirador, fortaleza amurallada, panteón de tumbas antropomorfas, testigo mudo, se levanta como insignia del paso del tiempo, mil años contemplan al visitante.

Fachada del monasterio de Santa María la Real, de Sacramenia, lo que no se llevó Arthur Byne.

«Al norte, cerca de Sacramenia, se ven los restos del monasterio cisterciense fundado por Alfonso VII, y por lo tanto, uno de los primeros», recoge Dionisio Ridruejo en su guía “Castilla la Vieja, 5. Segovia”. Fue el refectorio, la sala capitular y el claustro del monasterio lo que el marchante Arthur Byne, un sinvergüenza sin escrúpulos, impostor como arquitecto sin serlo y agente de Williams Randolph Hearst, desmontó piedra a piedra y envió a Nueva York entre 1921 y 1930. Hearst, el “Citizen Kane” de Orson Welles, pagó 40.000 dólares de los de entonces al yanqui Byne por el expolio, permitido por la dictadura de Primo de Rivera. En los años veinte del siglo pasado no se apreciaba el valor histórico de los templos románicos, convertidos muchas veces en rediles donde se guardaban apretadas las ovejas churras, origen del nombre de la comarca: la Churrería. Vender aquellas ruinas era un buen negocio, pensaban los propietarios de entonces. Las piedras del monasterio de Sacramenia permanecieron tras su llegada abandonadas durante casi treinta años en una lonja del puerto de Nueva York por problemas aduaneros sin que nadie se interesara por ellas. Hearst murió en 1951 y nadie las reclamó. Byne no se aplicaba, o sólo en parte, ese proverbio que por aquellas fechas se oía entre los mayores de la Churrería: «Quitar no quitis, pero lo que sus den cogilo».

Restos de la ermita de San Miguel, en Sacramenia, lo que queda de ella. Arthur Byne llegó tarde y no pilló cacho.

Fotos de Terry Mangino


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Rosebud

Domingos al sol en El Retiro

El 63 o el 64 —y aquí flaquea un poco mi memoria— mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el teatro Real y un café de la Puerta del Sol…

(Benito Pérez Galdós. Memorias de un desmemoriado)

EL RETIRO, ese parque y pulmón de la urbe por el que pasea la libertad y se mueve el amor con desparpajo, crisol de culturas y de razas, de echadores de cartas, de atletas urbanos de media milla, de artistas itinerantes, de pintores alternativos, de fotógrafos minuteros, de ilusionistas, de héroes falsos de cine, gentes venidas de todas las tierras y condiciones, la sonrisa se dibuja en la cara de los niños con el globo de Mickey Mouse y hay hombres orquesta y saxofonistas y tenores y percusionistas que un día actuaron con Iturralde o con Plácido Domingo o en la orquesta de Compay, porque soñar es gratis y cada uno se inventa su grandeza. El abrazo reconfortante, la primera cita, la primera ilusión, el traje de fiesta. El Retiro, un domingo cualquiera del mes de enero, el tímido sol calienta al paseante bajo los castaños deshojados, la alegría baila con la vida en la plaza del ángel caído, los adolescentes descubren el beso asomados al estanque. Sirenas y tritones les hacen un guiño a las gaviotas. Las hurracas, las palomas y los gorriones se disputan el pastel del niño llorón. Don Benito, en silencio, tal vez pergeña una comedia desde su atalaya de mármol.

Agustina de Champourcín


Fotos de Terry Mangino. Domingo, 15 de enero de 2023


Nicolás Redondo, el martillo del Nervión

Gabriel de Araceli

Muchos años después, frente al pelotón de la memoria, el teatral Alfonso Guerra había de recordar aquella tarde remota en la que Isidoro lo llevó a conocer la gloria: “En Suresnes [octubre de 1974], Felipe parecía el niño Jesús dirigiéndose a los doctores del templo”, rememoraba. Aquellos doctores que penaron el exilio perpetuo alejados de la realidad de su España republicana, que ahora se veían relevados por unos jóvenes del interior y que dudaban de que aquellos imberbes letrados laboralistas representaran los ideales sociales y las esperanzas de un futuro mejor por los que habían luchado a lo largo de treinta y cinco años de ausencia. Fue el comienzo de una gran rivalidad entre dos líderes nacidos de la causa común del socialismo: Felipe González y Nicolás Redondo. Político uno, presidente del Gobierno; y sindicalista el otro, secretario general de la UGT, que forjados en la clandestinidad y en la transición emprendían un enfrentamiento, con acritú, a las puertas de los tiempos en los que España era una fiesta.

José María Cuevas, presidente de la patronal CEOE, Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez, CCOO, en la cumbre que las tres organizaciones celebraron en Madrid, el 23 de septiembre de 1992.

Porque España era una fiesta en 1992. Aunque ya habían sufrido los hermanos en el sosialismo sus malentendidos: aquella huelga general de 1988, la desconexión de la TVE, la única existente entonces, a las cero horas en punto de la noche del 14 D; aunque las huelgas generales se reprodujeran el mismo 1992 y en 1994. En el fondo eran compañeros de partido, eran sosialihtas antes que marxihtas. Y abogaban por un país mejor, con mayor renta per capita, con mejor distribución de la riqueza, con libertad de información, con mejores condiciones laborales y derechos sociales, plena democracia, estado del bienestar después del pelotazo que supuso la incorporación de España al Mercado Común en 1986, Manuel Marín descabezando un sueñecito en su despacho de negociador en Bruselas. Teníamos un tren de alta velocidad que era la envidia del mundo, una Expo en Sevilla que era una maravilla. Y Fermín Cacho devoraba a sus rivales con la saña de un Zeus olímpico en la recta del mil quinientos. ¡Qué alegría ver al Rey (entonces no era aún emérito) brincar de emoción en el remozado Montjuic! ¡Cómo reían las infantas soñando, tal vez, con algún balonmanista en Vallvidrera! ¡Qué guapo que era nuestro juvenil principito! ¡Qué lealtad convergente la de Jordi!, no tan lejos, aún, de Andorra. Éramos felices, creíamos en el milagro español. ¡Amigos para siempre!

Y entonces, en mitad del éxito, llegó Solchaga y su política de ajustes liberales y restricciones económicas. Se pasó del esplendor manirroto a racionar las sobras y a los comedores de derechos sociales. Se impuso una política económica de contención de gastos y a repercutir los excesos de todos entre la masa única trabajadora. Y aquello, Nicolás, el martillo del Nervión, no lo digirió sin bicarbonato. Redondo había crecido en la reivindicación obrera de la metalurgia bilbaína, se afilió al PSOE en 1945 y se forjó como sindicalista en la clandestinidad (detenido en varias ocasiones) del franquismo, opuesto a la reconversión industrial del primer gobierno socialista —28 O de 1982— y a la entrada de España en la Alianza Atlántica (¡qué ingenuo parece ahora aquel lema de “OTAN, de entrada: NO”! 1986). Su carácter indómito chocaba con la liberalidad del ministro de Economía y Hacienda, don Carlos, del mismo Tafalla. Y a él se enfrentó durante todo el período que coincidieron ambos en sus cargos, de 1985 a 1993. Ese enfrentamiento se extendió a Isidoro, su delfín propuesto como recambio muchos años antes, en Suresnes. Además, le estalló en las manos la mala gestión de la cooperativa de viviendas PSV. Una iniciativa de promoción de viviendas sociales (basada en la experiencia de los sindicatos alemanes), cuyo interés oculto trataba de ampliar las finanzas del sindicato y su poder enfrentándose al poder político de la secretaría general del PSOE a través de la masa social de cooperativistas. La UGT pagó caro aquel desliz y Nicolás Redondo presentó su dimisión como líder del sindicato (en 1987 había dimitido ya como diputado) en 1993. Cándido Méndez tomó las riendas de una UGT a la deriva.

El álbum de fotos de Nicolás Redondo está lleno de protagonistas que forman parte de la historia de este país. Felipe González, Francisco Fernández Ordóñez, Marcelino Camacho, Santiago Carrillo, Tierno Galván, Javier Solana, Enrique Múgica, Gregorio Peces-Barba, Leopoldo Calvo Sotelo, Rodríguez Sahagún, Manuel Fraga, Ferret Salat, Julio Anguita o Nicolás Sartorius son algunos de los cromos que ilustran las páginas del ajetreado tiempo que le tocó vivir. Recias personalidades que contrastan con la mediocridad parvularia de los dirigentes políticos actuales. Y tiempos de reivindicación social, de agitación popular, de reclamación de derechos y libertades, de contestación contra el sistema y los valores que el antiguo régimen dictatorial español y el nuevo monetarismo de la Escuela de Chicago (Milton Friedman) auspiciado por el neoconservadurismo del tándem Reagan-Thatcher propugnaba como solución económica a comienzo de los 90.

Tiempos de protesta que contrastan con la dejación reivindicativa social en la que nos encontramos. El soma de la tecnología, de la telefonía móvil, de las redes sociales, de la telebasura, de la irrupción del bronca-fascismo en la política nacional, o de la liquidación constante en los planes de estudios de cualquier asignatura que suponga el esfuerzo de pensar, la revisión del pensamiento o la crítica filosófica o la catarsis permanente de la conducta humana ha conseguido una sociedad dócil, amorfa, ignorante, cautiva del parné, que renuncia al escrutinio y a la protesta, conservadora de su vulgaridad, que basa sus derechos y su triunfo social en conseguir un móvil de 1000€ y su libertad en pimplarse unas birras en una terraza callejera de Chamberí, aún a costa del covid19. ¡Felicidad, qué bonito nombre tienes!

 Así que, Nicolás Redondo, el vaso de nuestra juventud de chacolís que vivimos escuchando tus proclamas sin entenderlas muy bien, levantamos a tu recuerdo y a tu salud, rey del país del sueño y la quimera, por aquel invierno que hiciste primavera.


Fotos de Terry Mangino


Ya queda menos para la san Silvestre 2023

Agustina de Champourcín

Para Ángel Maté, que ahora pedalea por los Campos Elíseos al lado de Berrendero, de Coppi, de Bartali, de Anquetil, de Ocaña, de Fuente, de Fignon, de Pantani.

ALFA Y OMEGA. El final de un año o el principio de otro. Corren los atletas populares por el Aqueronte de la calle Serrano entre chalecitos de gentes bien, lleno de delegaciones diplomáticas, del Ramiro, del CSIC y de colegios ultracatólicos en busca de la gloria efímera que se obtendrá contándoselo después a la familia durante la cena de nochevieja, sacrificándose al dolor, como ofrenda a un Zeus generoso que nos redima de la gula, para zamparse después, sin pudor, el aperitivo de los vermús y la caña de lomo salmantino, como auto-absolviéndose del pecado posterior de los langostinos, del cordero y de las botellas de cava, para redimirse de los excesos del 2022. Un tiempo trágico dominado por un tirano sanguinario que vive en el frío. Corren, ¡muchedumbre!, desde la catedral excesiva de Florentino a la ermita arrabalera del Rayo Vallecano. Miles y miles de corredores anónimos y uniformados, como sus vidas, empeñados en demostrarse que en el martirio de la carne está la superación del espíritu. El último carnaval del año, es hora, una hora, apenas el tiempo que dura la carrera, de otorgarse la bula indispensable para alcanzar la estabilidad, el equilibrio, la serenidad en el ánimo y empezar con buen pie —¡mecachis, casi me doblo el tobillo pisando a ese gordo que se ha caído delante de mí en la cuesta de la Albufera!—  el prometedor año nuevo. Ese torrente azul, democrático, esforzado, sudoroso que va a dar a la mar del año nuevo, se llena de caudales de gentes medianas o chicas que desembocan en el campo del Rayo y suben después exhaustas al metro, al río subterráneo para retornar a la realidad de las vidas y reemprender el mismo camino del año que acaba. Porque el destino del ser humano es repetir, como Sísifo, la misma ascensión sin rumbo al vacío y descenso a los páramos de la mediocridad.

Caronte, no seas severo y ábrenos, una vez sólo, la puerta del paraíso el año 2023.  


Fotos de Terry Mangino


2022, el año del caníbal

Agustina de Champourcín

Pequeñajos, malencarados y poco hábiles para el amor, para el placer venereo, para el bien: Napoleón, Stalin, Paca la culona, Hitler, Mao Tse Tung, Alí Jamenei, el ogro de Exteriores ruso, macabro Putin… Quizás por eso necesitan demostrarse a sí mismos que son líderes en algo y asesinan semejantes y llenan de cadáveres, destrucción, miseria y muerte sus actos amparándose en la gracia de dios, pour la liberté, en razones de Estado o en la superioridad de sus países. O quizás sea por una cuestión de autoestima, de vanidad, de frustración sexual, de ego deficiente. Un genocida sanguinario, un macho alfa, se ha cargado cientos de miles de muertos a su chepa sin el más mínimo reproche, sin ningún escrúpulo, sin la menor duda sobre la bondad de su gesta, sin contrición alguna. Una guerra cruenta ha conmocionado a un planeta al que ya casi nada le conmueve. El monstruo que vino del frío ha extendido la hecatombe por el orbe y se muestra altivo y orgulloso de su macabro crimen de lesa humanidad. Cada día el espectador contempla los informativos con angustia creciente: cuerpos desgarrados, guerra, subida del precio de los alimentos, de la gasolina, inflación galopante, destrucción de la sanidad pública, vocerío fascista, bronca parlamentaria… Acostumbrado al horror que vierten los telediarios el ciudadano de occidente ve desmoronarse su estado de bienestar y barrunta frente al televisor si será esa batalla la última noticia de la existencia humana, si estará próximo un final neutrónico patrocinado por locos dirigentes ensoberbecidos por la sangre que vierten. Sólo se arrima a la esperanza de que los tiros no se acerquen por su barrio.

La inocencia aún existe. Lejos del horror siberiano, por las calles de Madrid, unas mujeres jóvenes vestidas de blanco, casi niñas, aún creen en el amor y disfrutan exhibiendo su alegría danzando a brincos trepidantes con Vivaldi y el flamenco. Divina juventud, bailan con la sonrisa en los labios, ajenas al terror homicida del Kremlin, lejos de la desgracia que se cierne al otro lado del hemisferio. Y contagian su ingenuidad al espectador. Se ponen el mundo por montera, con alegría infantil para mitigar el año horrible y llevan por unos segundos la sonrisa a los gestos agotados del sufrido ciudadano. Una esperanza.


Fotos de Terry Mangino tomadas a lo largo de 2022 en Madrid