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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Archivos de autor: Ángel Aguado

Patagonia (III)

25 miércoles Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 3 comentarios

Viene de Patagonia (II)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad.


Ángel Aguado López

Julieta desliza el pincel con mimo sobre el cartón. Se detiene, retrocede la cabeza y por el jardín se oye el borboteo de una fuente o tal vez sea un mirlo que le trina a la primavera la alegría de vivir. Julieta no está conforme con los bigotes del lince que pinta, o quizás sean las orejas apuntadas o la mirada felina, o la exigencia de ella lo que no le gusta. Pero al final siluetea con tinta china un perfil felino y el gato parece escapar del papel y acechar al mirlo como si en Doñana se tratare y Julieta no existiera a pesar de la mueca que repuja su rostro encendido porque algo así deseaba plasmar. Llueve fuerte en el jardín, granizo del mes de octubre de la primavera austral, bañado de rocío y plata el lince tras los sauces llorones. Piranesi se asoma al cartón y la mirada de Julieta parece que copiara el virtuosismo de Durero o la alegría juvenil de Ángel Cabrera con sus acuarelas dibujando la Capra Pyrenaica Victoriae para la reina Victoria Eugenia de Battenberg. No fue fácil fotografiar al lince, casi más difícil que pintarlo, días y días escondida en un refugio camuflado en la espesura de una reserva de la biosfera. Fue solo una centella, el gato apareció apresando al conejo y ella lo fotografió en una ráfaga que espantó al animal. Ser mujer, fotógrafa de naturaleza o ilustradora o naturalista es una profesión difícil en tiempos en los que el ecosistema se degrada más aún que la conciencia de los gobernantes que condenan al mundo a la destrucción. Pero ahora está acá con su carpeta de dibujos y fotos de allá y los pinceles duermen amartelados de trementina y sus ilustraciones son como trofeos expuestos en un salón que los visitantes cibernéticos ven asombrados, como esa pared del museo poblada de cabezas de mamíferos disecados por los hermanos Benedito. Ilustradora, zoóloga, paleontóloga y mujer, lo más difícil de todo.

lince-iberico

Lince ibérico, ilustración de la zoóloga Julia Rouaux, de la Universidad de La Plata, Argentina.

Nunca lo tuvo la mujer fácil. Menos cuando se emparejaba con un artista, o un notable, o un científico. Nadie habla jamás de Dora Maar, o de Gerda Taro, nadie sabe de la terrible soledad de Mileva Maric, la primera mujer del Nobel eterno, o de Helena Fourment, que se casó con un hombre 37 años mayor que ella. Porque ellos eran Picasso, o las fotos de Robert Capa o el pelo alborotado de Einstein, o las gracias desnudas de Rubens. Son los hombres los que figuran en la historia y los que la escriben.

–María era la luz de Antonio, estuvo siempre a su vera, a su sombra, sin querer se escondió porque Antonio López es un artista tan genial que engulle como una estrella gigante, un Aldebarán de la pintura, a todo lo que a él se aproxima. Y María Moreno, a la que todo el mundo admira ahora que ya no puede pintar prefirió el trabajo callado y posar tras Antonio, aunque el papel que la deparase el arte fuera principal. Prefirió la figuración antes que un protagonismo que, sin duda merecía pero que por ser mujer le resultó difícil conseguir. Sólo hace dos años que expuso sus cuadros en Madrid. Y fue una exposición colectiva con todo el grupo de Vallecas, con todos los López, porque exponer también es exponerse y ella estaba, o creía estarlo, más segura tras la altura enorme de Antonio.

Simón Camus habla igual que cuando en el MNCN explica a los visitantes el panorama científico del primer cuarto de siglo en España, o los yacimientos de Villaverde Bajo donde se encontraron los restos del palaeoloxodon anticuus, un elefante, a fin de cuentas. Y escucha el silencio que la expectación de sus palabras refleja en el rostro de Julieta Grecó, la paleontóloga argentina venida desde La Plata para estudiar las obras que aún quedan de Ángel Cabrera en el MNCN.

–Mientras que todos los López: Antonio, Francisco López Hernández, su hermano Julio, o Lucio Muñoz conseguirán ser unos artistas respetados incluso en vida, Antonio López debe ser el artista vivo más reconocido del mundo en la actualidad, sus mujeres, sin embargo, apenas si son conocidas.

Julieta escucha hipnotizada el torrente de datos que Simón arroja por su boca porque el arte, o su explicación es la profesión común de ambos. Y Julieta quiere empaparse de arte y conocer de cerca a los vallecanos realistas y a los informalistas de El Paso. El tenebrismo de Antonio Saura o las arpilleras de Millares o la fuerza de las esculturas de Martín Chirino o Pablo Serrano. Y por eso ha ido a todos los museos en las dos semanas que lleva en Madrid y ahora, en un café de Lavapiés escucha las palabras de Simón, guía y acompañante desde que, en aquella visita al MNCN, le pidiera que le hablara de los dibujos y pinturas de Cabrera.

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Las azaleas rosas. 1994. María Moreno.

–La pintura de María Moreno, o Isabel Quintanilla o de Amelia Avia, o de Esperanza Parada tiene un nexo común, su interioridad. Son mujeres y artistas, reflejan un mundo íntimo, interno, privado, lo femenino. Isabel pinta muebles, su mesa de aseo, unas flores sobre una bandeja. María pinta trozos de su intimidad, su casa, su jardín, sus azaleas, su calle, unos salmonetes vivos de eternidad colgados en un rincón. María pinta su atmósfera doméstica, lo rural que hay en la ciudad. Salir a pintar con Antonio era difícil porque Antonio intimidaba con su presencia a cualquier artista y María se refugia en el alma de las cosas, en los entornos de las transparencias cercanas, huye de la realidad, es una persona introvertida. Es la forma de liberarse de la presencia de Antonio, de lo masculino. Cuando pinta con Antonio la puede la oscuridad, la presión de ser la mujer de un artista genial, único, indiscutible, un monstruo del arte. Y en su soledad pasa de la pincelada oscura que le amedrentaba con Antonio a la luminosidad radiante de la luz madrileña, de su luz de artista. «Mari pinta porque le gusta» –dice el mismo Antonio de su mujer–, en sus bodegones, en sus flores vuela a su espacio más espiritual, más puro, más fácil. Cubrir las espaldas a Antonio durante toda la vida era un trabajo extenuante.

Quizás sea porque Simón es un profesional de la palabra, o porque es un hombre y a ella le interesan los hombres, quizás porque el acento nuevo la seduce y quiere escucharlo para aproximarse más a la personalidad y al mundo del científico que ha venido a estudiar. La carpeta de las fotos familiares que allá en La Plata le enviaron están sobre la mesa del café. Simón revisa la intimidad desconocida del libro de recuerdos fotográficos de una familia, la Cabrera-Aguado con esa curiosidad adquirida en su museo, con ese gusto por el detalle escondido y ella siente pudor porque le descubre a un desconocido una intimidad ajena, la de unas personas que hace noventa años trasladaron sus emociones lejos de sus orígenes. Y ella es la guardiana de esos secretos que dormían décadas olvidados en un álbum de fotos amarillentas y semiveladas por un tiempo ondulatorio.

–En parte tenés razón –le responde Julieta, –todos los honores quedaron de la parte del investigador, del hombre de ciencia que llegaba de España. Pero no venía solo, con él llegaba su mujer y sus hijos, a un país extranjero, a El Dorado que no por eso les era conocido o sencillo. Porqué allá eran extranjeros, por más que les dieran la nacionalidad a los pocos meses de arribar. Y fue María Aguado, su mujer, la que tuvo que poner orden en una casa, con dos niños pequeños, en otro mundo. Y durante cuarenta años estuvo en segundo plano, al lado del naturalista genial que recogía todos los honores y todos los premios y todas las felicitaciones y todos los agradecimientos de academias y de museos y de instituciones. Un trabajo enorme el ser la mujer de una celebridad intelectual, seguirle al otro lado del mundo, dejar tu país, tu familia y seguir a tu marido cruzando un océano inmenso. Solos los cuatro.

Simón observaba las fotos de la carpeta de Julia. La dama sentada en un sillón parecía salida de un cuadro de alguno de los Madrazo. La sonrisa plácida de una Gioconda expectante, rostro distendido, pose equilibrado y sereno, mujer de buena posición, tal vez la musa de un artista, una Clotilde de Sorolla bajo el prisma de J Zuccolillo, el fotógrafo platense, Diagonal 8º, nº 835, ligeramente virada a sepia. Fechada el 1 de diciembre de 1929, en la cima de su esplendor vital, sonriente y satisfecha con lo que la vida le había dado, medio siglo de vida y en el bienestar de un país encaramado en lo más alto.maria_1-dic_1929

–Sí, la foto transmite confianza y seguridad, se sabe vencedora, aunque haya contribuido al éxito desde su papel secundario. Un rostro tranquilo, sin ansiedad, reflejo de una mente despejada que sabe que han triunfado los suyos y lo suyo. Y sin embargo, fíjate en este pequeño detalle caligráfico que a cualquier experto grafólogo le resultaría curioso. Su firma avanza y declina en sentido vertical, en lugar de mantenerse horizontal va cayendo como si se conformara con ese rol secundario, de figurante familiar que ella ha querido representar en la función de su vida, a la sombra de su marido, el genio. Y no pone tilde sobre la i de María, solo un punto redondo como si no quisiera añadir un detalle estridente, siempre modulando la dirección familiar.

Julieta observó la fotografía con ojos nuevos y se diluyó en la tranquilidad que desprendía el rostro de la foto.

–Y esta otra de él debe ser algo anterior, porque muestra a un hombre de unos cuarenta años, aproximadamente.

La fotografía es un retrato clásico, un plano medio, con un fondo diluido y ligeramente gris sobre el que se apoya el rostro decidido de un caballero solvente.angel_cabrera_2

–Debe ser sobre 1920, porque en la foto en la que Ángel Cabrera aparece con el equipo del dinosaurio Carnegie, en 1913, se le aprecia más joven, con bigote. Y aquí se lo ha afeitado, un semblante despejado, no necesita artificio para demostrar su calidad. Además, la foto es de Alfonso, uno de los más reconocidos fotógrafos de Madrid. A su estudio de la calle Fuencarral acudía lo más ilustrado del mundillo intelectual y artístico del momento. Que te fotografiara Alfonso era un detalle de distinción.

Las dos fotografías hablaban bien de sus protagonistas y aunque cada foto se hubiera tomado en un tiempo, en un país y por un artista diferente la conjunción de los personajes parecía ideal, como bocetos para un cuadro de familia que pintara un alumno de Thomasz Key del siglo XX. Un perfecto equilibrio, el señor y la señora Cabrera Aguado, Ángel y María satisfechos de lo que habían conseguido en su vida viajera.

–Y el detalle de las firmas muestra la serenidad de una pareja asentada. En esta María sí ha puesto la tilde sobre la i –dijo Simón mirando el reverso de otra foto–, y ambas firmas se han escrito en tiempo diferente porque el color de la tinta varía, la firma de ella se apoya sobre la de él, como si la base de su felicidad se forjara en un bloque que ambas identidades completan. El conjunto de las dos firmas es un rectángulo de base áurea, la proporción divina, esa relación pitagórica que determina la armonía de las formas y de las personas.img042_reducida_web

Y así era, ambas firmas superpuestas formaban un todo perfecto, como si Vasari lo hubiera creado para el templo del amor de los Medicis, sobre el Arno.

Continúa en Patagonia (IV)


 Enlaces relacionados:

Arte, ciencia y revelación

Darwin y Mariano

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Lyns Pardellux, Lámina X, dibujada por Ángel Cabrera, Fauna Ibérica: Mamíferos. 1914. Pág. 206. Tricomía Suc. de E. Páez. Del ejemplar que perteneció a Gerrit S Miller Jr, April, 1915.

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24 de enero de 1977

24 martes Ene 2017

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Gabriel de Araceli

Han pasado 40 añazos y aún nos sobrecoge el recuerdo de aquellos días de enero cuando el terror fascista nos inundó el corazón de rabia y de miedo. No fue fácil el camino a la democracia, los coletazos asesinos del franquismo golpeaban con saña el incierto camino de la Transición, llenando de sangre las esquinas de los nuevos tiempos. El 24 de enero de 1977, unos pistoleros de Fuerza Nueva asesinaban a sangre fría a cinco personas del despacho de abogados de CCOO, en la calle Atocha, 55: Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal.

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Coronas de flores depositadas el 24 de enero de 2017 por público espontáneo en la plaza de Antón Martín, frente a Atocha 55.

Toda España se quedó sobrecogida. El día anterior, el estudiante Arturo García Ruiz fue asesinado a manos de la extrema derecha durante una manifestación pro-amnistía. Y el mismo 24 fallecía María Luz Nájera, otra joven estudiante, casi una niña, que fue alcanzada por un bote de humo de la policía durante una manifestación en la Gran Vía. Un misterioso GRAPO había secuestrado unas semanas antes al presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, y el mismo día de los asesinatos de los abogados era también secuestrado el teniente general Villaescusa. Fue horrible, era como precipitarse de nuevo al vértigo de la dictadura, a la negritud del caudillaje que los sanguinarios “fachas” querían perpetuar en España. Las responsabilidades de aquella matanza nunca fueron del todo depuradas. En los cuerpos de seguridad herederos del franquismo se mezclaban numerosos partidarios de la extrema derecha con fascistas internacionales venidos del exterior. Y en la misma justicia, el juez Gómez Chaparro demoraba la instrucción del proceso a su cargo o regalaba permisos penitenciarios a los acusados.

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Cinco vidas se truncaron. El precio que pagaron los asesinos por sus crímenes fue de fin de rebajas. Fernando Lerdo de Tejada, uno de los autores del asesinato aprovechó uno de esos permisos y se fugó de España, nunca más volvió. Fernández Cerrá, autor material de los disparos, quedó en 1992 en libertad. Y el tercer asesino material, Carlos García Juliá, no cumpliría ni la décima parte de los 193 años de prisión que la justicia le impuso por sus crímenes. Se estableció en Paraguay aprovechando otro permiso carcelario en 1994, se pasó al narcotráfico y nunca regresó a España. Los diferentes gobiernos de estos últimos años se han interesado poco en exigir su extradición a pesar de saber dónde se esconde. Es comprensible, «eso ya está sustanciado judicialmente, lo que había que sustanciar, desde hace muchísimos años».

 

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Patagonia (II)

20 viernes Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Etiquetas

Alejandro Malaspina, Andrew Carnegie, Charles Clifford, Charles Darwin, Comisión Científica del Pacífico, Einstein, Ignacio Bolívar, Isabel II, Junta de Ampliación de Estudios, María de Maeztu, Marcos Jiménez de la Espada, Museo Nacional de Ciencias Naturales, Ramón Castro y Ordóñez, Ramón y Cajal, Rey Pastor

Viene de Patagonia (I)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo que vivió a caballo entre dos mundos, España y Argentina, en unos tiempos convulsos en los que la ciencia se entendía como la esperanza que aliviaría las carencias humanas.


Ángel Aguado López


Para mi amada esposa dedico este libro, como recuerdo
de las excursiones que juntos hemos hecho
para cazar o para estudiar muchos
de los seres que en él
se describen.

Así comienza su obra “FAUNA IBÉRICA, MAMÍFEROS” Ángel Cabrera Latorre, publicada en Madrid, el 2 de abril, 1914. Es un trabajo de gigante que aún hoy causa admiración por su preciso y precioso contenido científico reconocido internacionalmente. Y también produce ternura. Al repasar el volumen existente en la Smithssonian Institution se aprecia la caligrafía decidida del naturalista Gerrit S Miller Jr, April, 1915, fecha en que adquirió y firmó su ejemplar. Sí, apenas un año después el libro de Cabrera ya se había difundido por el mundo.
Y es también un homenaje a su maestro, Marcos Jiménez de la Espada, otro científico que con un grupo de valientes realizó una de las expediciones más excitantes e ilustradas que, bajo el reinado de Isabel II, se realizaron al continente americano: la Comisión Científica del Pacífico.
Aquello fue la continuación de la que emprendió Alejandro Malaspina. O del viaje alrededor del mundo que Charles Darwin emprendiera a bordo del Beagle entre 1831 y 1836, estudiando entre otras regiones minuciosamente el estuario del Río de la Plata y la Patagonia.
–Se pretendía mantener la presencia española en las ya repúblicas sudamericanas, que habían iniciado su independencia de España tras la guerra napoleónica –dijo Simón Camus, el guía del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Y prosiguió con –hubo un renacimiento científico en la corte de los milagros. En un período tan lamentable como el reinado de Isabel II en España se desarrollaron proyectos de talla internacional, que dejaron profunda huella en el mundo de la ciencia y de la investigación de la época.

El grupo que le escuchaba lo formaba en su mayoría jovencísimos estudiantes más interesados en washapear que en la réplica del diplodocus de 32 metros que Andrew Carnegie regalara al museo. Julieta Grecó se añadió al grupo. A pesar de su juventud destacaba entre aquellos muchachos porque era la única que tomaba notas del dinosaurio y dibujaba apuntes en un cuaderno de artista.
–La sala de los dinosaurios es una de las más conocidas del museo, sin duda alguna por la réplica del esqueleto que tenemos a mi espalda. El museo, como representante de la cultura e investigación oficial que se practicaba en España sigue la moda de un momento histórico en el que las teorías sobre el origen de las especies, formuladas por Charles Darwin en 1859, se han abierto paso ya en la comunidad científica internacional, y son admitidas casi por unanimidad. Sólo los predicadores y obispos de algunas confesiones pondrán trabas a algo que consideran contrario a sus intereses religiosos, porque la razón y la evidencia científica explican los misterios y son contrarias a la fe y a la ignorancia y al miedo, las causas del negocio perpetuo de las religiones. Hay que tener en cuenta que la divulgación de la cultura y los descubrimientos no se producía en el siglo XIX con la velocidad a la que estamos ahora acostumbrados. Desde la publicación de una teoría, su conocimiento y estudio por especialistas y su divulgación popular en otro lugar y su aceptación o rechazo podían pasar décadas. Y no como ahora, que cualquier noticia que se produzca en el más remoto confín de la Tierra puede ser conocida en cuestión de minutos en el resto del planeta. ¿Conocéis el efecto alas de mariposa que explica la teoría del caos?
sam_4495_webUna musiquilla ramplona atronó al dinosaurio Carnegie y todos los ojos se dirigieron hacia un escolar, que no por eso evitó una conversación a gritos con un emisor remoto sobre Star War, como si aplicara la teoría del caos sin ningún género de dudas. Un profesor abochornado consiguió que el adelantado alumno cerrara su móvil y con un mohín se dirigió a Simón disculpándose. Simón observó cariacontecido el pelaje de su audiencia y no pudo sino constatar que los caminos que la sociedad emprende en materia de conocimiento divergen, la mayoría de las veces, con los que con tanto rigor y entusiasmo indicara aquella generación de ínclitos científicos a los que pertenecía Ángel Cabrera. Prosiguió su explicación.
–La Junta de Ampliación de Estudios, la JAE, se creó en 1907 y fue presidida por Ramón y Cajal hasta su muerte, en 1934. ¿Alguno de vosotros –dijo a la audiencia– sabría decirme quién era Ramón y Cajal?
Un silencio espeso se propagó como incendio veraniego entre la muchachada. «Me he vuelto a equivocar» pensó Simón comprobando que sus previsiones sobre el nivel científico de sus oyentes se confirmaban, estaba en números rojos. El profesor intervino de nuevo para echar algo de agua al fuego de la ignorancia que todo lo sepulta.
–Sí, claro, a ver, tú, Jonathan Darío Rubén –dijo señalando a un chaval con aspecto sudamericano apartado del grupo, como ignorado por el resto de la chavalería, prietas las filas en los adelantos tecnológicos. Y Jonathan Darío Rubén, casi con vergüenza soltó dos frases que hicieron las delicias del profesor por un instante, como si al oírlas se viera recompensado tras años de esfuerzo cultivando aquella estepa baldía, aquel alumnado prometedor al que Ángel Cabrera se refería como el futuro de la patria. El alumno venido de los confines del mundo respondió. –Ramón y Cajal fue histólogo, una de las figuras más señeras de la investigación médica universal que hubo a comienzos del siglo XX. Nacido cerca de Zaragoza, premio Nobel de medicina en 1906.
–Así es –exclamó aliviado Simón. Y siguió su charla.

–Gracias a la JAE España goza de un momento único de esplendor científico. Un hecho irrepetible en su historia. Figuras como Julio Rey Pastor, Juan Negrín, Blas Cabrera, Américo Castro, Menéndez Pidal o María de Maeztu entre muchos otros se beneficiaron de la apertura ideológica y el estudio innovador promovidos por la JAE. Y la primavera renacentista de ideas y de conocimientos que experimentó España alcanzó cotas inesperadas, nunca antes vistas en el rácano y exiguo acervo científico y cultural español.
Simón se dio cuenta de que, tal vez, su lenguaje era desconocido para aquella abúlica masa de estudiantes porque sólo había una chica que tomaba apuntes. Y parecía muy crecidita, sería una profesora, pensó. Rebajó su discurso casi a niveles de espinilla para ser comprendido.
–Precisamente fue Julio Rey Pastor el que trajo a Einstein a Madrid. Fue en febrero de 1923. Einstein era ya una celebridad mundial. Había recibido el Nobel en 1921 y su teoría física había revolucionado por completo el pensamiento universal. Algo parecido a lo que pasó con las teorías de la evolución de Darwin. Ambos eran genios que se anticiparon a su tiempo, a los que la humanidad debe mucho. Posiblemente vosotros os beneficiáis a diario de los progresos y de los estudios que Darwin, o Einstein, o Juan Negrín, o Ángel Cabrera, o Rey Pastor introdujeron en la ciencia. Somos sus deudores. Nos apoyamos en hombros de gigantes.

Y algo eufórico con su discurso Simón traspasó, temerario, una barrera que nunca debió saltar. Preguntó ingenuamente al grupo algo que creía elemental.
–¿Por qué le dieron a Einstein el premio Nobel?
El silencio de los visitantes dejó oír el ruido procedente del exterior del museo. Jonathan Darío Rubén lo sabía, pero no se atrevió a decirlo por vergüenza, por pudor. El profesor tampoco se atrevió a preguntárselo, había desaparecido, escondido tras una vitrina con esqueletos de primates de un humano y de un gorila, ¡tan parecidos son!

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Una vitrina en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid.

–Sí, por su teoría de la relatividad, aquella célebre fórmula de que E=mc2
Y Simón continuó jurándose que no haría más preguntas.
–Algunas de las ecuaciones que ahora estudiáis ya las enumeró Rey Pastor hace ahora justo un siglo, en 1917, en su libro “Elementos de análisis algebraico”. Por ejemplo, seguro que os suena la expresión hallar el límite de una función polinómica cuando x tiende a infinito…
La cara de sus oyentes mostraba signos evidentes de que Simón había bajado poco el nivel de su discurso, por lo que decidió adoptar el rol de niñera que tantas veces empleaba con éxito. «Es verdad el dicho antiguo de que la letra con sangre entra, pero no ha de ser con la del niño, sino con la del maestro» recordó haber leído de María de Maeztu. Quizás la enseñanza de las ciencias en los últimos cien años no había avanzado tanto como él pregonaba, reflexionó. Y decidió contar la anécdota del dinosaurio y relacionarlo gratuitamente con alguna de las películas pseudocientíficas de éxito reciente.
–El esqueleto del dinosaurio que veis tras de mí es una réplica en resina del original encontrado en 1899 en Pittsburgh, Estados Unidos, durante la construcción de un ferrocarril propiedad de Andrew Carnegie, un industrial del acero, millonario y filántropo… –efectivamente, las anécdotas eran atendidas con expectación entre la audiencia– …el rey Alfonso XIII tuvo conocimiento del mismo tras visitar el museo de ciencias de Londres y ver la réplica que allí se exponía, el célebre Dippy. Así que escribió una carta a Carnegie solicitándole otra copia para el museo en el que ahora nos encontramos. La solicitud fue atendida y Carnegie envió la copia, que llegó a Barcelona en septiembre de 1913 y se trasladó a Madrid por ferrocarril. Tres meses después se abrió al público la exposición del diplodocus, aunque el emplazamiento original… –por un momento se entrecruzó su mirada con la muchacha de los apuntes. Ambos se miraron con curiosidad. Con el grupo no venía, demostraba demasiado interés– …no era este. ¿Alguno de vosotros ha visto Jurassic Park? –preguntó a la audiencia. La respuesta no se hizo esperar, la mayoría de los muchachos había visto la película a pesar de los años transcurridos desde su estreno.
–Pues para diseñar los dinosaurios que aparecen en la película Spielberg se inspiró en el esqueleto original que ¿se encuentra en?… –demandó de repente a los chavales. El silencio le convenció de que era mejor no preguntar. Prosiguió su relato.
–El montaje del dinosaurio lo dirigió J. Holland y su ayudante Arthur Coggeshall, venidos directamente desde Pittsburg. Se formó un equipo con los mejores naturalistas del momento, y claro está, Ángel Cabrera, que tenía formación en Filosofía y Letras, aunque no en Ciencias, estaba entre ellos merced a sus numerosos estudios zoológicos conocidos ya internacionalmente. En ese equipo también estaban por parte española Ignacio Bolívar, Luis Lozano, Francisco Ferrer y Cándido Bolívar Pieltain. sam_4474_copia_webTodos ilustres científicos que habían tomado el relevo de los anteriores investigadores a los que antes me refería. A aquellos que en el siglo XIX se adelantaron a la ciencia en España a través de sus expediciones y estudios por las costas del Pacífico y atravesaron por el Amazonas toda Sudamérica. Es curioso que la primera expedición que contó con un fotógrafo fuera la de Jiménez de la Espada, que llevó durante su primera parte a Ramón Castro y Ordóñez, artista y fotógrafo formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, y que se había preparado para la expedición asesorándose con uno de los fotógrafos ingleses más renombrados y experimentados de la época. Nada más y nada menos que con Charles Clifford, muy conocido en España porque la visitó y la fotografió en multitud de ocasiones a mediados del siglo XIX. De hecho, Clifford murió en Madrid, en 1863, dos años después de comenzada la expedición de Jiménez de la Espada, sin que seguramente hubiera visto ninguna de las fotos de Castro y Ordóñez. Está enterrado en el cementerio de los ingleses, en Carabanchel…
Simón Camus siguió perorando por las salas del museo hasta que despidió la visita en las escaleras de la entrada. Al menos, aquella muchacha del bloc de dibujo parecía interesada en sus palabras. El profesor le agradeció largamente, casi como disculpándose, la brillantez de sus explicaciones. Los chavales expresaron al salir rápidamente su gratitud a la ciencia. Todos se aplicaron en desentrañar el interior de sus washaps que hacía casi treinta minutos que no veían.

Continúa en Patagonia (III)


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Patagonia (I)

16 lunes Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Abd-el-Krim, Alfonso XIII, Barranco del Lobo, Dámaso Berenguer, Desastre de Annual, Expediente Picasso, Fernández Silvestre, Francisco Ferrer Guardia, Ignacio Bolívar, Mateo Morral

Ángel Cabrera Latorre (Madrid, 1879 – La Plata, Argentina, 1960) fue un eminente zoólogo e investigador español que desarrolló su carrera tanto en España como en Argentina. Abandona antes de cumplir los 20 años sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, a los que seguramente le inclinaría su padre, Juan Bautista Cabrera Ivars, primer obispo de la Iglesia Reformista Anglicana en España, que veía en él el seguidor de su obra pastoral. Sin embargo, se inició como colaborador e investigador en 1900 en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, llevado sin duda por su amor a la naturaleza y a los animales. Enseguida amplió estudios de Ciencias en Londres y en París, participó en cuatro expediciones científicas al norte de Marruecos entre 1913 y 1924 y realiza importantes trabajos de taxonomía zoológica y documentación en el Museo, lo que le supone un reconocimiento internacional y ser nombrado académico en diversas academias e instituciones. Rey Pastor le postula y Ramón y Cajal le recomienda para una vacante en el Museo Nacional de La Plata, Argentina, hacia donde parte en octubre de 1925 junto con su familia. Allá realizará una importante labor de investigación científica a través de numerosas expediciones a la Patagonia. Su actividad como profesor también es muy extensa en ese país y seguirá enviando colaboraciones y artículos a la Junta de Ampliación de Estudios y a diversos medios divulgativos durante la República española. Autor de infinidad de artículos y libros recibió numerosas distinciones y honores. Nunca regresó a España, de talante liberal no encajaba en el oscuro, ramplón y torticero ambiente en la que quedó inmersa la madre patria tras el triunfo del terror franquista. Es padre de Lulio Cabrera Aguado, otro eminente botánico, que, aunque nacido en Madrid desarrolló su carrera en Argentina. Tanto él como su familia siempre se mostraron afectivos con la familia que quedó aquí. Sirva este cuento como un homenaje y reconocimiento a un sabio que hizo de la divulgación científica la norma de su conocimiento.

 

angel_cabrera_2Ángel Cabrera fotografiado en Madrid por Alfonso, fecha indeterminada. Del álbum familiar.


PATAGONIA


Ángel Aguado López

Para Melilla embarcamos
Muy alegres y contentos
De todos los que aquí vamos
Sabe dios quién volveremos
Pero yo llevo la fe
en la virgen del rosario
Que dentro del corazón
Yo llevo el escapulario

Además de a sus amantes, Alfonso XIII dispensaba una especial consideración a sus generales. Sobre todo a los africanistas, como el general Fernández Silvestre. Un tío con un par, herido de guerra infinidad de veces en su dilatada carrera militar y que fue ayudante del egregio monarca desde 1915 hasta 1919. Fernández Silvestre era uno más de aquellos guerreros, ¡tantos!, que se quedaron sin consuelo cuando España perdió los restos de su imperio de ultramar, Filipinas y la perla de la corona: Cuba. Cautiva y desarmada la nación, había alcanzado la desmoralización a todos los estamentos de la sociedad y del poder. Era necesario dar salida a toda aquella frustración nacional y buscarle al ejército un entretenimiento con el que, además, realizar un servicio a la patria y recuperar el honor perdido.

En 1904, Francia e Inglaterra ratifican la Entente Cordiale, una manera de repartirse África a su antojo. España se apunta a los despojos y consigue las migajas del protectorado de Marruecos. Una forma de hincarle el diente a un territorio con riquezas minerales. Es 1909, la Compañía Española de Minas del Rif se apresta a extraer todo el hierro que pueda del Rif, y acomete una gestión empresarial basada en los sobornos a los sultanes locales para conseguir su protección en la zona. El accionariado de la Compañía lo forman personajes tan influyentes y aristocráticos como el Conde de Romanones, un terrateniente con inmensas propiedades en Guadalajara, político liberal y jefe del Gobierno en tres ocasiones; y el conde Güell, financiero santanderino, dueño de una considerable fortuna y coleccionista de arte. Su majestad Alfonso XIII no estaba, pero se le esperaba en el accionariado.
El saqueo que Francia y España aplican metódicamente a esta zona de Marruecos crea reivindicaciones entre las cabilas que habitan la zona, en las que se mezclan los nacionalismos, el reparto de los cohechos, el rechazo al invasor extranjero y la lucha por el poder local. Además, España ha mantenido desde 1860 guerras constantes en la región y es considerada como un enemigo.

Los incidentes y enfrentamientos contra los intereses españoles se desatan a comienzos de julio de 1909. Un grupo de trabajadores españoles que construía el ferrocarril minero cerca de Melilla es atacado por cabilas rebeldes, muriendo cuatro obreros. El gobierno conservador de Antonio Maura lo considera un problema de orden público, pero envía a tres brigadas del ejército, formadas en gran parte por reservistas, antiguos soldados integrados ya en la vida civil ajenos al ejército, sin ninguna preparación y con cargas familiares. La escalada de tensión va en aumento, se producen nuevos ataques y hostilidades constantes y el 29 de julio, en el Barranco del Lobo, a escasos kilómetros de Melilla, el ejército español sufre una vergonzosa derrota con más de 100 muertos. Los reservistas son cazados como conejos por los tiradores marroquíes desde las alturas del barranco.

La opinión pública arremete contra el gobierno por una guerra que no quiere y que es costeada con la sangre de los españoles más pobres. En Barcelona se declara una insurrección cuando son embarcados rumbo a Melilla los jóvenes movilizados provenientes de familias obreras sin recursos. Los ricos pagaban y no iban a la guerra. La tensión entre obreros y fuerzas del orden va en aumento y hace necesario el envío de fuerzas policiales y del ejército. Desde el 26 de julio al 2 de agosto de 1909 Barcelona vive una “Semana Trágica” que acabará con la vida de 78 personas y un rechazo al gobierno conservador de Maura y a la figura del rey Alfonso XIII. Además, pacificada la rebelión, el gobierno emprenderá una sangrienta represión contra aquellos que han intervenido en la revuelta ejecutando a cinco personas. Y quizás como venganza de una anterior vejación no resuelta, el atentado contra los reyes el día de su boda, el 31 mayo de 1906, perpetrado por el anarquista Mateo Morral, el gobierno conservador fusiló al pedagogo libertario Francisco Ferrer Guardia, acusado con pruebas falsas de formar parte de los revoltosos y al que se tenía como inspirador del intento de magnicidio de Mateo Morral. Un hecho que provocó protestas internacionales y le costó a Antonio Maura la dimisión. Pero la historia de los militares africanistas no acaba ahí, más bien empieza.
La Compañía Española de Minas del Rif sigue su actividad en el Protectorado de Marruecos mientras que el ejército español sigue pacificando el territorio, más bien sometiéndolo. Los jóvenes oficiales buscan el ascenso rápido por méritos de guerra, solicitando destinos en África, zona de conflictos permanentes. Son los “africanistas”, en contraposición a los “juntistas”, los oficiales y jefes que exigen los ascensos por riguroso escalafón. Es el tiempo de la creación de la Legión por parte de Millán Astray, del ascenso fulgurante de Franco, o de Varela, o de Sanjurjo, o de Mola, o de tantos otros que salidos de la Academia de Toledo alcanzarán los más altos entorchados del generalato durante otra sangría, la Guerra Civil.

El general Manuel Fernández Silvestre era un tío echao palante, tenía tantas heridas de guerra y cicatrices que los toreros a su lado parecían bebés. Estaba decidido a dar un escarmiento de una vez por todas a las cabilas rebeldes cuando fue destinado a Melilla como comandante jefe en 1920. Empezó una invasión progresiva del Rif a pesar de que las fuerzas a su mando estaban mal armadas, peor pertrechadas, mal preparadas y sin ninguna moral. Además, la red de espías con la que contaba el ejército español jugaba con dos barajas, ases que vendían al mejor postor, españoles o rifeños indistintamente. Como colaborador próximo al rey, Silvestre gozaba de una posición de privilegio y engreído en esa amistad y quizás por un exceso de testosterona afrontaba retos temerarios para los que el ejército invasor a su mando no estaba preparado. Así que por su cuenta y desoyendo los consejos que el general comisionado para Marruecos, Dámaso Berenguer, le transmitía se adentró bastante en territorio enemigo sin consolidar los puestos avanzados, defendidos por unos soldados sin demasiado afán combativo ni armamento suficiente, sin demasiado amor por la patria, mal alimentados y en tierra hostil. En julio de 1921, el avance español en el Rif se apoyaba en los blocaos, pequeñas fortificaciones separadas entre sí, sin agua, sin comunicación, que eran un fácil objetivo para cualquier atacante aun con mínimos conocimientos de estrategia militar.

Y Abd-el-Krim era muy listo porque había estudiado en Salamanca, sí. Era hijo de un jefe rifeño, lo que le facilitó el liderazgo indiscutible de las tribus hostiles al colonialismo. Los fortines españoles fueron pan comido para los rifeños. Los soldados de reemplazo que no morían abandonaban a la desbandada sus posiciones y lo que empezó como unas refriegas acabó tomando proporciones de guerra abierta. Fernández Silvestre, en lugar de reducir su avance y fortificar su retaguardia se adentró más en territorio rifeño y prometió a Alfonso XIII la victoria. «¡Ole los hombres valientes!» le telegrafió el monarca con otro par. El 17 de julio de 1921, las cabilas de Abd-el-Krim hostigan al ejército español y cinco días después le han infligido una dolorosa derrota que le supondrá más de 10.200 muertos, entre ellos el general Fernández Silvestre del que nunca se encontraron sus restos, y que sería para España una de las más ignominiosas tragedias de su historia bélica: El Desastre de Annual.

El escándalo y la indignación que originó la catástrofe en la sociedad española fue mayúsculo. Alcanzó tales proporciones que afectó a todas las instituciones, a la monarquía, al ejército, a los partidos y al mismo sistema político. El Gobierno presidido por Allendesalazar dimitió. Se celebraron ásperas sesiones en el Parlamento, se exigió depuración de las responsabilidades, se formó otro gobierno, presidido de nuevo por Antonio Maura (recordemos que en su anterior gobierno se consumó el desastre del Barranco del Lobo) y se encomendó una investigación de los hechos al general de división Juan Picasso, tío del pintor, ya entonces una celebridad universal: El Expediente Picasso.

El general Picasso se trasladó a la zona de los hechos y tomó declaración a más de 70 sobrevivientes del desastre. Examinó los planes de guerra y las cadenas de transmisión de órdenes, fiscalizó todas las acciones, se enfrentó a varios intentos de socavar la investigación, entre otros al general Berenguer, que temía verse afectado de responsabilidades y trató de frenarla. Y tras nueve meses de investigación redactó un expediente de 2.334 folios que iba a ser presentado al Parlamento el 1 de octubre de 1923. Parecía que incluso Alfonso XIII estaba implicado gravemente en las responsabilidades del desastre. Sin embargo, el 13 de septiembre, el general Miguel Primo de Rivera da un golpe de estado con la connivencia del borbón y el Expediente Picasso jamás será dado a conocer a la opinión pública española. Después, durante la «dictablanda» de Berenguer, parece que este se encargaría de eliminar las partes que le afectaban. Mateo Sagasta logra mantener en su poder el Expediente y lo entrega a la República en 1931. Durante la guerra y la larga noche del franquismo el Expediente Picasso duerme la paz de los justos y en 1998 se encuentran, sorprendentemente, algunas partes del Expediente en el archivo del Congreso de los Diputados. Las responsabilidades de los implicados en la mayor derrota militar del ejército español en África nunca serán depuradas.

Un poco antes de las fechas del desastre de Annual, separado de ahí por apenas unos cientos de kilómetros, más al occidente de Marruecos, un naturalista español estudia la zoología de la zona comisionado por la Junta de Ampliación de Estudios. Es, además de un excepcional científico y hombre de paz un dibujante e ilustrador notable y periodista. Se llama Ángel Cabrera Latorre.

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Una lámina dibujada por Ángel Cabrera, de su libro Fauna Ibérica, publicado en 1914. El ejemplar lleva el nombre de Cervus Elephas Bolivari, posiblemente en homenaje a su profesor Ignacio Bolívar, otro eminente naturalista, exiliado en México con 90 años.

Continúa en Patagonia (II)


Para Melilla embarcamos, por Joaquín Díaz

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El canto de la raposa

12 jueves Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís es catedrático de Fisiología en la universidad de La Laguna y un científico renombrado mundialmente en ese campo. Ha sido vicerrector y un montón de cosas más. Además, ha escrito muchísimo en periódicos y revistas. Aunque es de natural discreto y dado a hablar poco cuando coge la estilográfica no hay quien le pare y él pare y pare palabras y frases y capítulos. En fin, un sin fin de letras. Como en esta su primera novela.


Rafael Alonso Solís

“Nací cuando el siglo veinte dibujaba sus últimas décadas, a finales del verano, en esa época en que el sol sofoca las conciencias y aviva el resto de los fuegos, el mismo día, casi a la misma hora y el mismo mes, en que mi padre, un año más tarde y por tenebrosa coincidencia, se diera un tajo en la garganta llenando la habitación de sangre y baba pegajosa. Si bien no supe nada acerca de ese suceso hasta varios años después, debo reconocer que, por diversos motivos, ha alcanzado una relevancia crucial en diversos aspectos de mi existencia, y puede que haya contribuido a hacer de mí una persona algo rara, aunque discreta, aficionada a la soledad, poco dada a los excesos y muy disciplinada en lo que se refiere al desarrollo de su actividad profesional.

Al parecer, mi padre murió rápi­damen­te, dicen que sin dolor, aunque poco puede saberse acerca de lo que siente un moribundo en el momento del tránsito, en ese ámbito temporal y en esa región en los que nadie ha estado, y acerca de los cuales cualquier referencia es mera conje­tura. Ni en la Biblia ni en el Corán, por citar dos fuentes clásicas de cono­cimiento o fantasía en torno a la trascendencia, se encuentran apuntes literarios de cierta garantía, y únicamente las distintas versiones del Libro de los Muertos, además de algunas leyendas arcaicas, los hallazgos luminosos de los poetas místicos y un par de sospechas apócrifas, se atreven a describir un paisaje vacío y en el que no debiera haber ni ruidos ni colores; solo la calma aterida por el viento, la sorpresa quizás, la amargura de lo inmenso y la ausencia de criterios morales, de puntos de vista y de ideología. Al menos, nada de eso encontraron los que fueron a retirar su cadáver varios días después del óbito, apergaminado a esas alturas y con el hedor propio de la carnaza.

rafa_1Pasaron algunos años hasta que mi hermana y mi madre me aclararan parcialmente la confusión que me atenazaba en todo aquello que se relacionaba con mi progenitor. Es cierto que al principio no lo eché en falta, que su presencia no resultó necesaria para mi educación, y que su ausencia, por lo tanto, no tenía por qué tener repercusión alguna sobre mi vida. Poco a poco fui notando que la mayoría de las familias del entorno incluían, como elementos decorativos característicos, la presencia del padre y la madre, una o dos tías, y algunas, incluso, abuelos de ambos sexos, si bien en esa categoría solía darse una mayor proporción femenina. A las primeras preguntas acerca de mi padre solo obtuve respuestas ambiguas, cuando no el silencio. Poco más que la notificación de que había muerto el día de mi cumpleaños, el dato de que el fallecimiento había sido debido a un lamentable accidente –cuyos detalles nadie deseaba explicar–, y el aviso de que acerca de esas cosas no se debía hablar, ya que era mejor dejarlas por pasadas, olvidarlas”.

(De El Canto de la raposa, Baile del Sol, Diciembre de 2016)bailedelsol

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Ferlosio cumple años

04 miércoles Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Alfanhuí, Rafael Sánchez Mazas, Sánchez Ferlosio

Rafael Alonso Solís

Sostiene Ferlosio que ya no le ilusiona nada. Únicamente lee los titulares de los periódicos, en parte por la falta de vista y en parte porque la descripción de la actualidad le interesa solo lo justo. En cuanto al cine y a la literatura, confiesa que se quedó, respectivamente, en Tiempos Modernos y en Kafka. A Ferlosio es difícil imaginarlo con la barba afeitada y la bragueta abrochada, ya que las cuchillas arañan y los botones son esquivos. Es como si sufriese un extraño síndrome que le lleva a repudiar su ayer inmediato y a considerar las líneas escritas hace un rato como una manifestación de la ingenuidad perdida. Cuando tenía venticuatro años se inventó a Alfanhuí, un niño que se hizo amigo de un gallo y alcanzó el oficio de disecador a través de las enseñanzas de un maestro de Guadalajara. Entre otras industrias aprendidas, Alfanhuí comenzó a escribir con tinta de color sepia que obtenía como subproducto de la destilación de sus hermanos los lagartos, para acabar haciéndolo con una tinta negra y brillante, como resultado de sublimar al gallo en la fragua y purificar sus cenizas por decantación, hasta generar cuatro colores tan irrepetibles como sanchez-ferlosioel alfabeto que usaba. Aunque el premio Cervantes no se lo dieron hasta 2004, Alfanhuí tiene un claro parentesco con don Alonso Quijano. Cuando no viaja pasa el tiempo entre el jardín de la luna, en el casi todas las cosas son de plata, y el del sol, en el que hay un pozo muy hondo por el que se alcanza otro mundo, donde vive una araña ciega que convierte los efluvios de la tierra en luces fosforescentes. No es fácil discernir quién antecedió al otro; si fue don Alonso el precursor de Alfanhuí, o fue el segundo quien inspiró al primero, que se dio a la lectura compulsiva y se echó a los caminos no sólo con la intención de deshacer entuertos, sino por el afán de toparse con los mismos prodigios que los descritos por Ferlosio. Curiosamente, mientras que Quijano pasa de la aldea al campo manchego, Alfanhuí sigue en parte el camino opuesto, pues se establece una temporada en Madrid, para acabar en un territorio nuevo con “terraplenes de tierra clara” y un río que forma “islas y arenales” y tiene un agua “de color de oros verdes”. Dice Ferlosio que aquella tierra “estaba lejos de todas partes”, y eso hace pensar en que se trate de un paisaje similar –o tal vez el mismo– al que, según Rafael Yanes, llega Romualdo en La tierra que vive desnuda, y en el que se intuyen, a lo lejos, las luces y los sonidos de Macondo o de Comala. Cinco años más tarde de publicar Alfanhuí, Ferlosio ganó el premio Nadal con El Jarama, lo que le hizo repudiar las novelas, comenzando por las suyas, y le llevó a escribir millones de folios a base de anfetaminas. Desde el escepticismo, sostiene que hoy día es muy difícil diferenciar a Caín de Abel.


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Venceréis, pero no convenceréis

31 sábado Dic 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Carmen Polo, José María Pemán, Miguel de Unamuno, Millán Astray, Pla y Deniel, Pollux Hernúñez

80 aniversario del fallecimiento de Miguel de Unamuno

Ángel Aguado López

                Hace hoy ochenta años, el 31 de diciembre de 1936, a las cinco de la tarde fallecía en su encierro vigilado de Salamanca Miguel de Unamuno. Sus últimos días estuvieron marcados por la amargura de la Guerra Civil, su repentino apoyo al franquismo y el incidente sufrido en su universidad dos meses antes, al rebelarse contra las proclamas de los adláteres de la sangría que se derramaba en España. Tenía dos hijos en Madrid, que fueron heridos defendiendo la República por los rebeldes franquistas a los que, quizás inconscientemente Unamuno apoyó, incluso económicamente.

unamuno_2Unamuno, por Pablo Serrano, en Salamanca

              El genio o la vehemencia de Unamuno le impelió siempre a rebelarse contra aquello que creía doloso para la dignidad humana. Por eso, el 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, no dudó en tomar la palabra y rechazar las frases que minutos antes dos catedráticos, un dominico y Pemán, “el juglar del franquismo”, habían pronunciado con odio a lo antiespañol (a todo lo republicano) durante el acto de exaltación bélica que él presidía como rector y en representación de Franco. Bajo la consigna de la fiesta de la hispanidad y homenajeando a la civilización cristiana, aquella tropa levantisca, aquel griterío iracundo no pretendía más que legitimar la guerra civil y justificar el terror desatado por Franco en aquellos primeros meses de la sangrienta contienda que anegaba de muertos España. En un salón en el que se encontraba Carmen Polo (la mujer de Franco), el arzobispo Pla y Deniel y abarrotado de falangistas, legionarios, requetés, soldadesca y todas las fuerzas negras que vitoreaban el alzamiento del Generalísimo, Unamuno tuvo las agallas suficientes para criticar la barbarie de los que se significaron contra la razón de la que él era catedrático. Y en un acto de valentía, o de locura, o de redención se enfrentó a toca aquella caterva de exaltados. Le replicó airado el general Millán Astray, en mitad de un altercado que ha pasado a la historia como un alegato violento. ¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia! se gritó allí.

unamuno_1

Unamuno saliendo del paraninfo acompañado del arzobispo Pla y Deniel y rodeado de falangistas exaltados y soldadesca poco después del «acto literario».

             Se la jugó don Miguel. Si Millan Astray o sus testiculados muchachos no le pegaron dos tiros fue porque estaba muy reciente el asesinato de Lorca, y dos muertos, reconocidos escritores universales, hubieran supuesto por parte de las potencias occidentales una condena moral que Franco no podía asumir. «Unamuno era cristiano, no católico, y ese día, voluntariamente buscó el martirio» comenta Pollux Hernúñez, salmantino, estudioso de Unamuno, historiador y filólogo latino, que ha hecho una “unamoniana” y esclarecedora investigación sobre aquel alboroto, de la que ha nacido su libro: «Venceréis, pero no convenceréis: la última lección de Unamuno», que ha presentado recientemente en Madrid.

Pollux Hernúñez

    Un trabajo complicado y laborioso que le ha llevado a Pollux Hernúñez años de estudio, análisis de fuentes y pistas, a veces confusas y ocultas, de perseguir una verdad esquiva y efímera, perdida por el tiempo y la incuria de los que quisieron disfrazar con velos de patriotismo lo que fue una tragedia nacional. La policía de Franco y la censura fueron implacables con Unamuno los dos meses que aun sobrevivió. Las cartas y reflexiones que envío a periodistas y conocidos nunca llegaron a sus destinatarios, se perdieron y quizás duerman el sueño de los justos escondidas en algún archivo secreto del franquismo residual. Unamuno sufrió el rechazo de los cuatro regímenes en los que le tocó vivir. Tanto la Monarquía como la dictadura de Primo de Rivera, la República y el incipiente franquismo le nombraron y le retiraron del cargo de rector. Se sabe que en la Biblioteca Nacional existen muchas cajas del archivo de Giménez Caballero, que pueden contener datos desconocidos, quizás exista alguna epístola requisada del pensador entre los poemas secretos de sus carceleros falangistas, algunos entonces enamorados poetas. Pollux ha revisado las notas taquigráficas de los periodistas asistentes al acto, las crónicas publicadas en los periódicos, las fotografías. Ya no quedan testigos vivos de aquel momento. Su investigación clarifica un hecho que el paso del tiempo ha emborronado. Un grave momento de la historia aun no resuelto, «las dos formas “cóncava y convexa” de una misma enfermedad colectiva» y explora en la personalidad polimórfica del gran pensador, tratado como traidor por los bandos enemigos, los “hunos y los hotros”».

«Los venideros se encontrarán perplejos ante el montón de leyendas, contradictorias entre sí, con que se les presentará esta que llamamos revolución y la que llamamos contrarrevolución».

portada_pollux

«Venceréis, pero no convenceréis»:
la última lección de Unamuno
POLLUX HERNÚÑEZ
110 paginas
OPORTET Editores
Madrid, noviembre, 2016

 

 

 

Unamuno en un lugar indeterminado, posiblemente su casa de Salamanca, al final de sus días.

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La tía Tula

Chulos de la muerte

oportet

 

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Nostalgia y plata

30 viernes Dic 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

Muchos años después de los anteriores me desperté bañado en sudor, con una fiebre helada castigándome los recuerdos y un fulgor de hastío abriéndose camino entre los huecos de mi anatomía. Detrás de mí se agitaba amenazante una sombra maléfica y sentí una angustia de fracaso por todo lo que me quedaba por torear. Por delante se atisbaba un portón negro como pozo sin fondo, tenebroso como el misterio e incierto como una confrontación con el maligno. Fue entonces cuando decidí enfundarme el terno en nostalgia y plata, y dirigí una mirada furtiva al pasado inmerso, al baño tibio de los recuerdos de alcoba, al rumor de colmena que suele habitar en el fondo del alma y tiñe en ocasiones la memoria en añil, las leyendas familiares en olor a fritanga y la educación sentimental en sones de verbena, misa de nueve y miércoles de ceniza. La tarde, loca de higueras por influencia de los poetas andaluces, se venía y devenía como si siempre fuese a salir el quinto de la tarde, con sus rizos asesinos, su llanto embozado y su capa de siglos. Fue entonces, también, cuando comencé a mirar los capítulos anteriores como preparación para la posteridad, cuando comencé a redactar con descuido una introducción para la muerte, que en el fondo es lo único que se acierta a escribir a poca lucidez creativa que pretenda sobrevivir a la fragilidad de los instintos. La palabra, en fin, las palabras, surgiendo impertérritas de un cofre dorado para ordenarse según las circunstancias de la anécdota o la inapelable imposición del azar. Porque sólo esa vestimenta moral podría permitirme una mirada nítida y tierna, capaz de contemplar el flujo de imágenes con el afecto de quien las ha vivido hace un rato, las lleva viviendo desde el origen y se sabe impotente para vivirlas de otra manera. Como si la vida fuera teatro, la muerte entreacto y la conciencia un telón de fondo que avisa sobre el inicio de la acción a ritmo de endecasílabos, a brotes de inocencia y a impulsos de un temblor cachondo que nace en el papo, restalla en el pubis y acaba impregnando el cerebro de fatalidad y misticismo. El primer viaje se anuncia así como antesala del último, y el transcurrir del argumento se adivina cadencia de amoríos, luz de milagros, soledad imprecisa que se hace sitio a gritos entre el fragor militante del invierno y el titilar desenfadado de las luciérnagas. La vida, en fin, o qué sé yo.imgp1688_copia_web

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