La Bureba: románico, silencio y soledad

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Carmelita Flórez

El caminante siente una extraña sensación cuando pasea por estos pueblos burgaleses vacíos, como si tras las ventanas cerradas, tras las puertas clausuradas, tras los anuncios de escombros en venta, en el interior de las fachadas ruinosas, desde el fondo oscuro de los desvanes unos ojos invisibles le observaran, le censuraran el atrevimiento de invadir un paraíso ajeno. Deben ser los espíritus de sus antiguos pobladores que le reprochan que con sus pasos altere la paz ganada en tantos años de abandono, que vigilan que esa memoria se mantenga oculta y ajena a su curiosidad. Es el deterioro del tiempo. Sólo los gatos se detienen inmóviles al descubrir al extraño y le afean con su mirada felina la impertinencia de sus pasos hollando un santuario.

Hay más gatos que vecinos en Barrio de Díaz Ruiz, pedanía de Briviesca. Ocho humanos. Incluso el sepulcro de Juan de Velasco y doña Mencía de Rada, condes de Revilla, que se encuentra en el interior de su iglesia del Salvador, obra de Juan de Bueras, tasado en su época en 12.000 reales, tallado en fino alabastro en 1591, está vacío. No hay restos en su interior, no hay nada. Fue un homenaje póstumo encargado por su familia castellana, los notables Velasco, pues el destinatario, don Juan, capitán general de la Armada de Indias falleció en el mar Caribe, cerca de La Habana en 1578 y sus huesos nunca se encontraron. María Luisa, habitante de este pueblecito burgalés, se ha puesto un martes sus galas de domingo para servir orgullosa de guía a los forasteros que visitan sus dominios. ¡Ay, qué bien suena su acento recio castellano! Parece un despropósito que tan extraordinaria talla sepulcral no contenga nada, ni los restos de un naufragio. Un presagio a finales del siglo XVI, reinado del rey prudente, Felipe II, anticipándose o anunciando el deterioro de una Castilla que con su imperio ultramarino y sus ansias de riqueza vertebró España y quedó después invertebrada, orteguiana, en ruinas tras la pérdida colonial. Como ese blasón torcido sobre la portada del palacio ducal, erigido para gloria de otro Velasco, bastardo, torcido de nacimiento a su pesar.

Marciano contempla el tiempo detenido en Barrio de Díaz Ruiz.

 Marciano, 42 años de camionero, marido de María Luisa, se alegra de conversar con los forasteros que irrumpen festivos en su calle siempre vacía. Unas frases con los visitantes para recontar sus paseos en su viejo Barreiros por toda la vega burgalesa transportando trigo, corderos churros, patatas, piensos… El placer de intercambiar conversación con los viajeros en su lengua pronunciada con la exquisitez secular de Quevedo, de Juan de Yepes, de don Miguel de Cervantes, de Moratín… Música celestial para los oídos atormentados de oír la turbamulta de barbarismos y exabruptos que invade ahora el habla de los urbanitas abrumados.  ¡Que tengan ustedes un buen día, caballeros del pedal!

Cementerio de Hermosilla.

La ermita románica de san Facundo se alza orgullosa camino de Hermosilla. Su imponente espadaña parece un faro que indicara el buen rumbo. Hermosilla, Barrio de Díaz Ruiz, silencio y memoria. Vidas pasadas reposando en el camposanto.  

Briviesca es la cabeza de partido de La Bureba, 7800 habitantes entre sus cinco barrios. Repoblada la última década con inmigración procedente de Marruecos y ahora con la colonia sudamericana. Tiene ferrocarril, camino de Francia, desde mitad del siglo XIX. En su estación del tren ubica Galdós el encuentro tumultuoso de los personajes de su 40 Episodio Nacional: “La de los tristes destinos”. Teresa, la protagonista femenina, declara su pasión carnal a un Santiago Ibero abrumado, el protagonista masculino. Es el comienzo de un gran romance que continuará por el sur de las Galias y llegará a París, donde se fragua la revolución comandada por Prim, que supondrá la segunda huida de los Borbones, el exilio de Isabel II del trono de España, septiembre de 1868. La Gloriosa. El tren, el camino por donde transita la libertad. Volvieron, los Borbones. La Bureba parece anclada en la historia. Por aquí nunca pasó la revolución.

Briviesca, Virovesca: Via de Hispania a Aqvitania. Ab Asturica Burdigalam. Monasterio de Santa Clara, retablo tallado por el maestro Pedro López de Gámiz, empezado en 1551, madera de nogal sin policromar, esculturas monumentales que reducen a la humildad, a la contemplación, por su negrura, por su grandeza, al visitante. Capillas, sepulcros, figuras sacras, grandes ofertas de salvación a precios regalados; rebajas, todo a cien, por un plato de visitas la santidad perpetua: “Los que visitaren esta sagrada capilla ganan todas las gracias e indulgencias que están concedidas a todas las iglesias i altares de la santa ciudad de Roma que son infinitas en gran manera i quantas beces entraren rezando lo que quisieren ganan indulgencia plenaria i remission de sus pecados…”, está escrito en uno de los retablos de la colegiata de santa María. Visitaren, futuro imperfecto del subjuntivo. Visitaren. Visitarían, uso del condicional en lugar del pluscuamperfecto de subjuntivo; hubieran visitado, confusión en el habla de Sancho de Azpeitia, el vizcaíno (de la que se mofa Cervantes en el capítulo VIII de don Quijote), error de riojanos y navarros. Tiempo verbal en desuso, como el placer de escuchar el silencio de los claustros de Briviesca.  

Imagen del retablo del monasterio de Santa Clara. obra de Pedro López de Gámiz, en Briviesca, empezado en 1551, aún sin policromar.

Soto de Bureba apenas tiene una casa habitada, pero tiene cura. Su joya, la iglesia románica del siglo XII (1176) ha sufrido el paso del tiempo tanto como las reformas poco afortunadas de su interior de muros de ladrillo-visto para evitar su ruina. Destaca por su portada con tres arquivoltas labradas con motivos didácticos-religiosos para inflamar de fe y temor cristiano el corazón de las almas simples. El cura, Stefano, muestra la iglesia. Él y dos más tienen la misión de evangelizar a sesenta pueblos de La Bureba. El cura Stefano viene directamente del Vaticano, de Roma. Sería como un fichaje galáctico importado de fuera, dadas las pocas vocaciones sacerdotales que afloran por la comarca. Muy cerca se encuentra Navas de Bureba, mucho más poblado que Soto: 20 habitantes. En su iglesia románica (construida sobre 1233), otra joya, destaca el retablo barroco del siglo XVII, más propio de una catedral y sorprendente para un pueblecito tan pequeño. Ah, santa Águeda muestra en un rincón, en bandeja de plata sus tetitas amputadas. Pobrecita, disminuida en sus encantos de mujer.

Portada románica de la iglesia de Soto de Bureba.

El tiempo se ha detenido en los relojes callejeros de Poza de la Sal. Antiguo asentamiento romano representa, según dicen sus moradores, un compendio de tres cielos: el cielo de La Bureba, a 700 m de altitud; el diapiro de Poza, a 750 m de altura, las fuerzas tectónicas de la madre Tierra desatadas; y el de Páramo de Masa, 1176 m. El tiempo es perpetuo en la iglesia de san Cosme y san Damián. Construirla llevó cinco siglos y aún hoy está en obras de restauración. Luce cinco retablos excesivos que hablan de la riqueza de esta villa tan salada. Poza de la Sal rinde homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, su más universal vecino. ¡Ay, aquel amigo de los animales que se nos marchó una semana santa, hace ahora 45 años! Los lobos, sus lobos que Félix convirtió en corderitos y que ahora quieren matar nuevamente con la venia escopetera de los políticos, cazar 51 lobos en Cantabria y 41 en Asturias. Pero ¿qué han hecho los lobos para merecer tan trágica suerte? ¿No sería mejor destituir a esos 51 más 41 políticos negacionistas?, parece preguntarse Félix desde las estatuas que le han dedicado en su pueblo. Poza de la Sal, 200 habitantes y sólo tres niños en edad escolar. El año próximo sólo habrá uno. Poza de la Sal llegó a producir en 1853 seis millones de Kg de sal, 6000 toneladas, 16,4 toneladas por día. ¿De verdad se producía eso? Ahora, en su trazado reticular de calles resuena sólo el alboroto de los visitantes apresurados. Félix, vuelve, te necesitamos, tanto como a los lobos.

El reloj no marca las horas en Poza de la Sal.

Los espíritus se refuerzan por los caminos y los cuerpos reclaman sustento y atención. Arona Gassama, chef y maestro culinario, ha venido de Senegal a Oña para premiar en su restaurante, Blanco y Negro, los paladares del viajero. Tras el caviar de berenjena o el yassa poulet (pollo a la brasa con arroz jazmín de Tailandia, cortado dos veces) es más fácil afrontar la visita al monasterio de san Salvador de Oña, enhiesto surtidor de piedra y talla que acongoja al cielo con su arte. Excesivo monumento dedicado a las negrituras evangélicas con imágenes penitentes de cristos llagados y sangrantes y vírgenes acuchilladas en el corazón de sus tinieblas. Un claustro con jardín interior, silencioso, recoleto redime al caminante de las fatigas lacrimosas de las tallas religiosas, de sus rostros descompuestos y agónicos, de sus expresiones macilentas. Oculos habent et non vident. Hágase la luz.

Oña, Poza de la Sal y Frías forman un triángulo mágico, la mancomunidad Raíces de Castilla. Frías se yergue victoriosa sobre una loma, parecería el espolón de un trasatlántico adentrándose en el océano de las montañas del desfiladero del río Molinar, en Tobera, yacimientos de la roca toba. Sus casas colgadas simulan cuadros cubistas expuestos en un museo. Sus calles son galerías abiertas invadidas por el frenesí viajero de los forasteros, ávidos de callejeo y bulla. Desde el puente de mando de su castillo, alzado en el siglo XV por los Velasco, se divisa el abismo de un mar de tejados y caminos venturosos. Una peña futbolística del Athletic cuelga sus atributos deportivos, sus ikurriñas a la entrada del lugar. La proximidad de Bilbao, de la Rioja, de Navarra, de Santander ha convertido Frías en un pueblo heterodoxo, reclamado como trofeo de caza inmobiliaria donde asentarse los vecinos vizcaínos remisos a los nacionalismos. Un lugar en la Bureba, el silencio frente al mundanal ruido. El río Ebro, apenas un bebé, discurre próximo a Frías. Un puente del siglo XIII permitía cruzarlo bajo el pago de un pontazgo, derecho de paso a otro lugar, a otra realidad, a otra probabilidad de conocimiento, a la convergencia de lo cierto. Ex convergentia probabilitatum exsurgit certitudo. Es el río que nos lleva por la vida. Hay que pagar por transitarla.


Fotos de Terry Mangino


Ya queda menos para la San Silvestre 2025

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Carmelita Filípides

Un año es el período de tiempo que hay entre una San Silvestre y otra. O entre el momento en el que los corredores se forjan ilusiones de cambios radicales en sus hábitos y se someten a la tortura de trotar, ¡condenados!, sobre el asfalto para conseguir un cuerpo de portada del Vogue, los olvidan por completo y el momento en que vuelven a la carga, allá por el mes de octubre, pensando en recuperar el tiempo perdido y emprender una nueva vida saludable. Aunque sea sólo para comer a destajo y cebarse como ibéricos la cena de nochevieja.

Sí, el recorrido de la San Silvestre Vallecana lo dice todo. Ya se sabe, del Madrid galáctico del Bernabeu de Florentino al campo ruinoso del Rayo; del paso por la calle Serrano, con el Ramiro, el Magariños, la histórica Residencia de Estudiantes de Buñuel, de Dalí, de Lorca, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la residencia del embajador francés, el piso de Ava Gardner, la embajada americana, la iglesia de Carrero Blanco, la Puerta de Alcalá, la Cibeles, el Thyssen, Neptuno, el Museo del Prado, el Botánico, Atocha… hasta desembocar en el Puente de Vallecas y subir por la Avenida de la Albufera, donde se hacinan miles y miles de emigrantes latinos (ahora se llaman así, antes eran sudamericanos) en condiciones de supervivencia básica. Dos madriles opuestos unidos por una noche a golpe de zapatazo.  

Una marea amarilla, un tsunami de alborozo y sudor gélido desborda por completo las calles al paso de la carrera vallecana. Son ya sesenta años llenando de jadeos las esquinas de este barrio obrero y de aluvión de miles de ilusiones. Sesenta mil almas derramadas, penitentes con capirote amarillo, la clase de tropa, en busca de la felicidad efímera de una meta, sufriendo entre los gritos de ánimos de los vecinos asomados desde las tabernas de la calle Payaso Fofó con el blanco en la mano. Y algo más de mil atletas, el estado mayor, la élite volatinera, flotando etéreos y gráciles, casi volando ingrávidos y ajenos al cansancio. «Se han vuelto locos los madrileños», comentaban Hipomenes y Atalanta. «Alegría, zancadas y ácido láctico, —responde Cibeles— agujetas con gusto no pican».

Sincronía perfecta de zancada entre los dos escapados. Entrenar en las altiplanicies africanas es igual a elevado hematocrito. Ganó el etíope Aregawi (izquierda) al ugandés Kiplimo en un disputado esprint. En la foto a su paso por Cibeles.

Fotografías de Terry Mangino


Una manchega en Hollywood: memorias de Sara Montiel

Carmelita Flórez

María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Abad Fernández, más conocida por Sara Montiel nació en Campo de Criptana, Ciudad Real, en 1928. Aún permanecería casi dos años más como dictador el general Miguel Primo de Rivera. Tiempos revueltos en los que la huida del rey Alfonso XIII a Italia, la proclamación de la II República, las tragedias de la Guerra Civil y la conflagración mundial marcaron su infancia feliz y adolescencia alborotada. Su biografía, “Vivir es un placer. Memorias”, recoge un retablo de situaciones e historias de una España dolorosa y hundida en la necesidad primaria de subsistir, de la que le salva su instinto artístico. Y tal vez su belleza por la que los hombres perdían la cabeza.

Sus memorias no buscan la excelencia literaria, sino la enumeración de hechos acaecidos a lo largo de su carrera artística. Son retratos familiares de la España rural del primer tercio del siglo XX, recuerdos de sus éxitos en su México lindo y querido, que contrastan con la negritud de un país sumido en otra dictadura militar, hundido en la miseria de la posguerra y alejado del ambiente exótico que derrocha la actriz. A veces sus escritos están redactados a trompicones, a saltos, un ir y venir en sus recuerdos, reordenadas sus palabras por un secretario ayudante (Pedro Víllora, dramaturgo) que les da forma y nexo, sin que se pierda la espontaneidad y frescura de la niña-mujer atrapada por el cine. Domina en ellos una visión crítica con los valores caducos de la penumbra que gobernaba el país, “propios del tiempo de Felipe II”, como ella relata.    

Cartel y escultura que se encuentran en el molino museo de Campo de Criptana, su pueblo natal.

Disfruta Sara Montiel de una intensa vida amorosa que ella recuerda con dulzura, sin reproches para sus amantes, a pesar de que alguno de sus cuatro maridos se aprovechara de su dinero y fama para medrar en negocios propios. Miguel Mihura fue su primer amor con el que llegó a anunciar las amonestaciones de boda y procurarse un vestido de novia. Un hombre veintitrés años mayor del que se enamoró locamente. Esa disyuntiva esposo-padre se repitió en su vida, razón que el escritor evitó con cariño advirtiéndole de la diferencia de edad entre ellos y la imposibilidad de matrimonio. O León Felipe, ¡cuarenta y cuatro años mayor!, que la enseñó a leer y que perdió por ella la razón en su exilio mexicano. Y su gran amor, Severo Ochoa, ¡veintitrés años mayor!, con el que mantuvo una prolongada e intensa relación itinerante y clandestina y al que renunció, tal vez recordando la experiencia con Mihura, para no interrumpir su vida científica y académica. O Hemingway, con el que tuvo un roce epidérmico sin mayores consecuencias. O la disputa amistosa, casi rocambolesca, que mantuvieron dos maduros pretendientes, actor italiano y editor de periódicos mallorquín, por conseguir su amor. Su afán de ser madre se vio impedido por once embarazos infructuosos que no llegaron a buen fin. Sara Montiel, una belleza clásica sorprendente que iluminaba las pantallas en las que se exhibían sus filmes, y de las que evitó convertirse en esclava renunciando a los contratos draconianos que Hollywood imponía a las actrices. Su personalidad recia rechazó perpetuarse en repetir papeles de india a los que la orientaba su cuerpo de diosa y el afán de lucro de las productoras. Memorias amenas, testimonios de una época en la que el cine era un espectáculo de masas y el país sobrevivía soñando con sus estrellas.  

VERACRUZ

A la Montiel le cabe el honor de haber compartido celuloide con una de las más grandes estrellas del cine universal: Gary Cooper. Fue sólo dos años después de que el gran Gary interpretara al sheriff Kane en “High Noon”, “Solo ante el peligro” en España. Y la altura de su interpretación en esta película no es menor que la de la protagonista femenina de aquella, la princesita Grace Kelly, a la que supera en belleza y sensualidad.  Con Gary y con Burt Lancaster interpretó la película que la proyectaría al universo estelar: “Veracruz”. Éxito de taquilla con la que la productora United Artists recaudó once millones de dólares de 1954, más de diez veces el coste de la misma. Vista con la perspectiva actual, “Veracruz” resulta una película mediocre que produce indiferencia cuando no convoca el bostezo y el rechazo social. La Montiel interpreta el papel de una mexicana seguidora de la revolución contra el emperador Maximiliano, en 1868. Sufre el acoso sexual de una pandilla de bandoleros sin que en ningún momento se plantee escrúpulo narrativo alguno a esa violencia contra la mujer.

Gary Cooper, Sarita Montiel, Denise Darcel y Burt Lancaster en VERACRUZ, 1954.

EL ÚLTIMO CUPLÉ

El reconocimiento patriótico e internacional como actriz de tronío le llegó a la Montiel de improviso, en 1957, a sus 29 años, con “El último cuplé”, un éxito extraordinario de público y crítica que se mantuvo ininterrumpidamente en el Cine Rialto, en la Gran Vía madrileña, durante más de un año con llenos diarios. Hasta ese momento, su carrera se había desarrollado sobre todo en México. Vista ahora, la película resulta un folletín melodramático, un vodevil que conjuga los valores de la raza con la entereza y dignidad de la mujer española, salpicada de canciones festivas y ligeramente picantes para un público cautivo y vigilado, en una época en la que no había otra diversión ni esparcimiento posible sino el cine. La sensualidad que exhibe Sara fue causa de que tuviera problemas con aquella censura extenuante que todo lo negaba. Incluso el párroco de su pueblo, Campo de Criptana, prohibió a los vecinos que vieran la película por inmoral. El filme supuso un éxito económico para la productora-distribuidora, CIFESA, y el relanzamiento de Juan de Orduña como director. Se puede ver de nuevo a pesar de las lágrimas de antaño. Ahora casi da risa.

YUMA (En inglés “Run of the Arrow”, el camino de la flecha. 1957)

No pudo disfrutar la Montiel del éxito de “El último cuplé”. Acabado el rodaje con Orduña marchó rápidamente a Hollywood para interpretar a una india sioux en “Yuma”, un western. Literalmente una de indios y americanos con todos los tópicos propios del género: indios malos, gringos buenos, perdedores que no aceptan su destino, flechas, tiros, caballos, carretas, sombreros, revólveres, paisajes por los cañones y desiertos del Colorado y… ¡nada más! Muy lejos de la épica y análisis psicosocial que John Ford exhibiría en su ya lejano “Stage Coach”, “La diligencia”, de 1939. Asoma en Yuma el enfrentamiento histórico que los USA tienen actualmente entre republicanos y demócratas. En la peli entre yanquis y sudistas. Sara fue consciente de que el cine americano sólo le reservaba papeles étnicos secundarios y que de seguir allí se convertiría en otra Katy Jurado. Por eso renunció a comprometerse con las grandes productoras. Tras esta película regresó a España donde se transformó en una gran diva de la pantalla. Lo único bueno de “Yuma” es que sólo dura 85 minutos.

Intepretar a indias o a mexicanas, esos eran los papeles que Hollywood reservaba a Sarita Montiel (se eligió Sarita porque Sara en USA sonaba a actriz negra).

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Solo ante el peligro

La Diligencia

Navidad 2024: Villancico sin gluten y un poco edulcorado

Pascual Izquierdo

En el portal de Belén
llevan tiempo preocupados
porque hoy las navidades
no son como las de antaño.
Y es que a mediados de agosto
ya comienza el calendario
con música y lotería
que pregonan por la radio.
Dan las luces en octubre
y las apagan en marzo;
llenan calles y avenidas,
plazas, aceras y patios;
ocupan el centro histórico
―y también el extrarradio―
con tanta prosopopeya,
tanto color y aparato
que casi todos deploran
ese gasto estrafalario.
Protestan en el portal
por el dilatado plazo
en el que miles de anuncios
aturden al vecindario.
Pasas, cavas y turrones,
vinos y perfumes caros,
polvorones, golosinas,
de Antequera mantecados,
almendras garrapiñadas
de Briviesca y Belorado,
cagadillos de Tejares
(y, en Sotillo, sopas de ajo),
dulces, piñones, confites,
peladillas y hasta hornazos,
mientras falta en el portal
agua, verduras y caldos.
Por no tener, escasean
la leña, el pan y un capazo
medianamente lleno
de fruta, leche y un vaso
de vino para José,
que lleva años sin catarlo;
y de pasteles variados
para María, que sufre
desnutrición tras el parto.

En el portal de Belén
se echa en falta un milagro
que provea de sarmientos
a los allí enclaustrados.
No hay pañales para el Niño,
ni para el buey paja y grano,
pues se agotó el suministro
para unos meses tan largos.
Idénticos villancicos
suenan en todos los ámbitos
(en chozas y catedrales,
en cabañas y palacios,
en calles y soportales,
en barberías y palcos)
reiterando estribillos
con sensaciones de hartazgo.
Y se cansan los pastores
de esperar lo inesperado.
Y así, no irán al portal
este año ―han declarado―
si no se les hace entrega,
en concepto de aguinaldo,
algo del oro y la mirra
que traerán los Reyes Magos.
En fin, que si no se pone
remedio a este despilfarro,
a este paso, acabará siendo
Navidad todo el año.

Fotos de Terry Mangino captadas en Madrid durante el mes de diciembre de 2024

Ezequías Nostrum

Carmelita Flórez

Podemos decir que, sin exageración, es algo extraordinario la luz e inspiración con que escribe Ezequías Blanco en prosa y poemario*. Porque a su faceta de cultivador de los jóvenes espíritus adolescentes, matemático de cuadernos cartesianos, capitán pirata suburbial desfacedor de la ignorancia como profe de Literatura en el erial de la dura “banlieue” madrileña durante varias décadas, se une la de divulgador de la literatura e investigador académico meticuloso de los diálogos del Inca Garcilaso. ¡Casi nada! O la de cronista festivo, con sus monos que estornudan, de los lances que los caballeros castellanos permitían, autorizando a sus señoras, a refocilarse con amantes espontáneos que suplieran sus limitaciones masculinas propias de edad avanzada, satisfaciendo así, grácilmente, el deseo volcánico de tan jóvenes doncellas. ¡Ay, el amor!

Por eso, Blanco sobre negro, su flujo poético no cesa y sin tasa sigue manando suave y persistente. Y no flojea en él la cosa de rimar a saco versos ni escasea su caudal flamante y resistente de casar asonantes y diptongos sea en los Andes, sea en Getafe, en Paladinos, en el Congo, sea en Guadix incluso en Flandes, que sabe, Blanco, que las letras causan temor y recelo y ansia de belleza derramada. O flagelo, cuando suenan escuchadas por la amada con flema y saña, ahuyentando la sordera flácida de las orejas sordas y vacías. Sí, Ezequías.

Y el que tenga dudas de todo lo anterior que se lea esta canción, si se atreve, pero que sepa que se arriesga a que se le pongan los pelos de punta y el falo en erección eruptiva. Aunque sea calvo sin solución afectiva.

Ezequías Blanco en su castillo de Getafe.

CANCIÓN

(Sic transit gloria mundi)

Ya no usamos cerillas/Ya no leemos libros de poemas/Ya casi no vamos al cine/Ya no escribimos cartas/Ya no comemos queso/Ya no hacemos el amor/ Solo follamos/Voló Cupido con sus alas cortas/pero queda el deseo/(¿O era al revés?)/Ya no jugamos al billar/(ni futbolín ni chocolate)/pero tú estás preciosa/Ya no soñamos con elefantes naranjas/ (tacha naranjas y pon persas)/ El tiempo ya no tiene dimensión/como las decisiones de las uvas/Mírame con fijeza/Ya no soñamos/ con ser canciones de protesta/Ya no usamos cerillas/(ya lo he dicho)/ ¿Cómo mantendremos el amor entonces/¿La llama del amor?/Hay genocidio en Palestina/y hay guerra en otros lugares del mundo/ Es de locos joder. Esto es de locos/ Ya tienes nuestra comprensión/Toma un vino en el bar/ y siente la alegría/Trabajo en un poema para ti/ ¡Quién quiera pelear/ que se quite la máscara!/ Sic transit gloria mundi/La cuestión es social/ Una prisión anarquista/ La grieta en la pared es tentadora/Me gustaría saber tocar el piano/(¿Y a quién no?) Llueve/ Cae el agua en cascadas/ como caían  tus cabellos/sobre tu espalda adolescente/ Mis versos no son míos/ Ya no vamos a los torneos de nada/Hay chicas que prefieren caerse muertas/ antes de querer a quien las quiere/ ¿y yo qué puedo hacer?/ Tú puedes hacer mucho/ (me dice la conciencia pero no especifica)/La vida flota en las aceras/ como un solo  de una guitarra eléctrica/ viendo pasar un tren/ Como una gran bola de fuego/ Ninguna razón hay si no hay amor/ ¡Qué miedo las pistolas!/ Cariño no habrá nunca nadie/ que se parezca a ti/Ya casi no vamos al cine./(No lo repitas más)/Ahora debo marcharme/ Me invade la tristeza/ de las palabras que se escriben/sobre el agua dormida/ De todas formas estoy bien/ ¿Preferirías ser un pez?/ A esta canción le sobran ya/ todos los versos.

Que reste-t-il de nos amours?

Foto de Terry Mangino. Fuenlabrada, periferia de Madrid, 1990.

* Homenaje a nuestro admirado Javier Krahe, que con su guitarra y su bonhomía escéptica se estará tomando unas cervezas en la trastienda del Café Central riéndose de todos nosotros, míseros mortales, desde su alcanzado universo de la gloria eterna.


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Los Caprichos de Ceres

Solo hay una clase de monos que estornudan

Algo tendrá que ver el cine


Oktoberfest en El Retiro

Fotos de Terry Mangino. Letras de Carmelita Flórez, la jefa

—Esa banalidad que todo lo invade, que transmuta nuestras costumbres y nos convierte en consumidores de la estupidez colectiva importada de fuera. Tenemos que disfrazarnos de brujas el 1 de noviembre, con sombreros estrambóticos que ni Goya hubiera imaginado en sus pinturas negras, en lugar de dedicar un recuerdo a los que se fueron. O beber cerveza hasta caer rendidos en una espesa y cálida meada, como cueros de vino cercenados en aquella batalla por don Quijote, porque en Múnich tienen esa tradición en octubre. Y ya están, en una disputa pueril interprovincial, llenando los alcaldes de luces las calles anticipando la navidad a noviembre, como si en ello les fuera el orgullo de la gestión municipal. Es la imbecilidad adoptada internacionalmente. Un reflejo de que no hay diferencias en el comportamiento humano. Ya sea aquí, en Vigo, en Baviera o en Minnesota, todos respondemos al mismo patrón, todos somos hijos de la misma estulticia.

—Me gusta pasear por El Retiro y ver a los niños que estallan en risas a la vez que una pompa de jabón. En un instante está la eternidad, en la alegría infantil está la paz perdida. Y observar a los enamorados que van a servir al amor y descubrir la emoción del primer beso, o de otro tantos años después de aquel primero, latir el corazón acompasado en el abrazo del amado, venir desde muy lejos buscando refugio de esas guerras horribles que los genocidas declaran contra la humanidad, que arrasan a la infancia, que destruyen el mundo porque son pueblos elegidos por un dios cruel. ¡Infames, canallas, asesinos genocidas!

—Ya no hay quien los detenga, Terry.

—Todos estamos en su lista negra: su lista de honor.

—Sí, es un mal momento, la verdad. Aunque puede ser peor.

—Un energúmeno se presenta a candidato a presidente en los USA.

—El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

—Sí, siempre nos quedará en octubre El Retiro.


Fotos tomadas por Terry Mangino durante el mes de octubre de 2024 en El Retiro.


El extraño caso del doctor Unamuno y míster don Miguel (y III)

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

La personalidad volcánica de Unamuno le lleva a ser protagonista destacado de la Historia de España a su pesar. Su agitada existencia en una época frenética le aupará a los titulares de una actualidad marcada por las turbulencias de un país que acabará en una tragedia nacional. Sobre el abrupto momento que le tocó vivir y su aparente desinterés sobre la Historia charlaron el pasado miércoles, 25 de septiembre, en la Biblioteca Nacional, Colette y Jean-Claude Rabaté, Jacobo Sanz Hermida y Octavio Ruiz-Manjón que intentaron desentrañar el extraño proceder y obrar de don Miguel en un tiempo de alboroto y frenesí.

Jacobo Sanz Hermida, Jean-Claude Rabaté, Colette Rabaté y Octavio Ruiz-Manjón durante la mesa redonda sobre Unamuno y la Historia, el 25 de septiembre de 2024 en la Biblioteca Nacional.

«Unamuno nunca quiso enseñar historia. Pero sí mostró interés en escribir la historia del País Vasco en… ¡17 volúmenes! —comenta Colette Rabaté—. Nuestra historia ha sido emborronada con fantasmagorías. Aún siendo niño, a los nueve años, vivió la Historia, el sitio de Bilbao de 1874 por las tropas carlistas, lo que le influyó en su percepción y relación con los nacionalismos. Fray Luis de León fue para él un modelo de tolerancia».

 «El hombre no vive más que por la historia y con la historia. La historia es un sometimiento a la poesía», afirma Jacobo, moderador de la mesa redonda.

«Aunque en vida no tuviera mucho éxito reconocido como escritor, su actitud propició que sembrara semillas de eternidad. Y todo a pesar de la envidia que sufría, el mayor defecto de los españoles», comenta Colette.

Colette Rabaté, catedrática de Lengua, Literatura y Civilización Española de la Universidad François Rabelais de Tours el miércoles 25 de septiembre durante su intervención en la charla sobre Unamuno y la Historia.

«La historia es un sometimiento a la poesía. Unamuno nunca fue un alumno brillante, pero entendía ocho idiomas. Es notorio, como anécdota, que compraba libros, incluso chez les bouquiniste, dans les quais de la Seine, à París, libros que muchas veces no leía y que aparecieron nuevos, sin abrir en su biblioteca. Busca la tradición eterna del pueblo llano. Para ello emprende excursiones, en agosto de 1900 [veintidós años antes del que realizaría Alfonso XIII] por la Sierra de Francia, por Las Batuecas, por Brianzuelo de la Sierra, pseudónimo de La Alberca. Ahí tendrá un contacto directo con ese elemento humano que forjará su espíritu, —apunta Jean-Claude, para continuar con: Unamuno, en octubre del 36 no sabía lo que iba a pasar durante los tres años posteriores. Sí lo supo Machado, que vivió la tragedia y la derrota. Su historia se acaba trágicamente apenas cinco meses después de iniciada la contienda».

Jacobo Sanz Hermida y Jean-Claude Rabaté durante la charla coloquio.

«Don Miguel está en la historia. Historia y patria, el exilio y la soledad, Unamuno interroga permanentemente al pasado. Queda desolado tras el desastre del 98, se aísla para refugiarse de la derrota nacional en Vitigudino. Y la palabra “Regeneración”, de la cual abominaba Unamuno son los motivos que inquietan su pensamiento exacerbado. Pero es necesario superar la divinización del hecho histórico para entender la realidad diaria de su obra y el pensamiento del hombre frente a la vida, —afirma Octavio, para concluir con que: Cedistas, monárquicos, falangistas, cenetistas, comunistas, militares africanistas, republicanos, socialistas, radicales… pero, sí, creo que la paz fue posible hasta el último minuto».


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Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

La figura y personalidad del rey Alfonso XIII están rodeadas por la polémica, cuando no el rechazo, desde el momento en que se alineó con la dictadura de Primo de Rivera. Recordemos su implicación en las catástrofes de las guerras africanas, la derrota de los soldaditos españoles, soldaditos valientes de remplazo en el Barranco del Lobo en una guerra que ni les iba ni les venía, en 1909. O su apoyo testicular al general Fernández Silvestre, responsable directo del Desastre de Annual, en 1921, cuyas responsabilidades y la sospecha de implicación directa del monarca en la catástrofe nunca fueron depuradas a pesar de la exhaustiva investigación llevada a cabo por el general Picasso; escrutinio que sepultó la asonada de Primo de Rivera. O el abandono en el que dejó a su familia cuando se embarcó el solo rumbo a Italia, el 14 de abril de 1931, sin contar con ninguno de sus más allegados. O la vida disoluta y alegre que emprendió en los 30 en Londres y Roma, donde recibía a las figuras profascistas implicadas en la Guerra Civil.

Sobre su participación interesada en el golpe de Estado, un autogolpe para algunos, la sociedad española del primer tercio del siglo XX y la difícil relación que tuvo con Miguel de Unamuno dialogaron Colette y Jean-Claude Rabaté, Javier Moreno Luzón y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional el pasado 18 de septiembre de 2024.

Javier Moreno, Collete y Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional durante el coloquio sobre Unamuno y Alfonso XIII.

«Unamuno fue un escritor muy censurado por los gobiernos monárquicos, tuvo que publicar mucho fuera de España, en Francia. Es, posiblemente, el escritor más citado por los políticos actuales, pero el menos leído», comienza la presentación Anna Caballé.

 Rey desde su nacimiento y coronado en 1902, a los dieciséis años, Alfonso XIII era la encarnación de la nueva España tras el desastre del 98. Unamuno conoce al rey, casi un adolescente, en 1904, y deposita en él sus esperanzas y simpatía. No así en la reina madre, a la que el rey adoraba, María Cristina de Habsburgo, austriaca, germanófila y partidaria de la Gran Prusia en la I Guerra Mundial. Además, Alfonso XIII se ve sometido a diario a la división y contienda femenina en palacio: el origen inglés de la reina Victoria Eugenia hacía difícil la convivencia entre ambas mujeres, que influían sobre el rey para acercarle a sus respectivas opiniones. Casa con dos mujeres mala es de guardar. Es a partir de 1914 cuando don Miguel se muestra crítico con las decisiones reales. Y durante el período que va de 1918 a 1924 el rechazo al monarca aumenta.

Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé charlan sobre Unamuno y sus demonios. O sus ángeles.

«Para Unamuno, Alfonso XIII es un rey sin ideales, un frívolo, inconsciente, un botarete, un canallita, los discursos de don Miguel provocaban más expectación que los del rey. España era un país militarizado por las guerras africanas, había en esos momentos más de 600 generales que buscaban el apoyo del monarca. Y Unamuno denuncia la actuación del rey metido en política. Además, al catedrático le encantaba el Zola denunciante del caso Dreyfus. Por eso, él se siente auto-exiliado y rebelde con la situación política que impulsa la Monarquía. Algo que le lleva a exclamar: ¡No soy un intelectual, soy un pasional!», comenta Jean-Claude Rabaté.

«Unamuno se siente conciencia del pueblo. El rey era un corrupto, un jugador, un mujeriego enfermizo, el káiser Codorniu, responsable directo del Desastre de Annual. Prefería ser destronado que tronado [estafado]. Unamuno mantiene una posición ética frente a la corrupción del monarca. En 1920 se entrevista con el rey, audiencia a la que llega tarde y en la que le expone con acritud la actitud que debe de regir en un reinado ajeno a la política: “Lo mejor es que no tome ninguna iniciativa”, le dice al rey. Tras la caída de Primo de Rivera [28 de enero de 1930], el rey piensa que puede volver al reinado de antes, al de 1921. Y para ello se apoya en las figuras de Santiago Alba y Cambó, ambos también en el exilio francés. Los dos le exigen que sea un rey parlamentario sin que participe en el gobierno de la nación», resalta Javier Moreno.

Alfonso XIII en Londres en 1932. No, la dama que le acompaña no es Victoria Eugenia.

«Tras huir de Fuerteventura, en 1924, durante su exilio en París en 1930, Unamuno mantenía una tertulia en Montparnasse, en el Café La Rotonde, donde se encontraba con personalidades como Blasco Ibáñez, Eduardo Ortega y Gasset o Corpus Barga. Esas reuniones de conspiradores tienen voz en el semanario “España con honra”, financiado por Blasco Ibáñez e inspirado en el lema de los revolucionarios de 1868 contra Isabel II. Es uno más de los grupos opositores a la monarquía, que tiene como norma “el Deber de Insultar” desde la tribuna del periódico», explica Jean-Claude.

«Para Unamuno, Primo de Rivera es un pavo real. Es el general Martínez Anido el que tenebrosamente mueve la dictadura a la manera de Maese Pérez», apunta Colette.

Colette Rabaté durante el coloquio sobre Unamuno y su graciosilla majestad habsburgo-borbónica.

Y sobre las dudas al ideario republicano que Unamuno mantuvo a lo largo de su vida, Jean-Claude argumenta que «el 23 de junio de 1924, huyendo de su confinamiento en Fuerteventura y en escala en Portugal y en su aproximación al PSOE, “el partido más patriótico”, y a punto de ingresar en él, se entrevista con el líder socialista Andrés Saborit, que le desaconseja su afiliación: “Mejor fuera que dentro, don Miguel, porque fuera tendrá más influencia que si ingresara”. Unamuno regresa a España el 9 de febrero de 1930. En Hendaya sigue su relación con Eduardo Ortega y Gasset y con infinidad de notables de la política y la cultura, entre ellos Indalecio Prieto. María Zambrano estimaba enormemente a su maestro don Miguel. “España es un país abúlico e indiferente a su gobierno, aquí tenemos un régimen habsburgo-jesuítico” que imposibilita el diálogo».

«El mito de los Comuneros y su oposición al primer Habsburgo, el emperador Carlos, será el distintivo que guíe a los republicanos del siglo XIX. A él se adhiere Unamuno con las mismas dudas que le llevarán a apoyar el golpe de Estado del general Franco, del que rápidamente se retracta. “Yo fui un cándido”, afirmaba en noviembre de 1936 tras su encierro en la prisión de su hogar salmantino», recuerda Javier Moreno.

—¿Que si Unamuno fue envenenado por Bartolomé Aragón?, el falangista y último visitante que tuvo en su casa, dos horas antes de morir el 31 de diciembre de 1936. Chi lo sa?, —responde Jean-Claude.

Unamuno recibe a uno de sus últimos visitantes en su casa de Salamanca, pocos días antes de fallecer.


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