Leer a Ferlosio

Existe un estado de guerra permanente desde que existe una industria del armamento permanente*

Gabriel de Araceli

Mucho antes de que se empezara a hablar del “realismo mágico”, frente al gallo de hierro de la veleta, el industrioso y andariego Alfanhuí (1951) ya cazaba lagartos a pedradas para secarlos al sol y extraerles el “amarillor” que desteñían. Y un poco después, unos jóvenes domingueros se bañaban en un río sin sospechar que aquellas conversaciones banales en un merendero, trasegando paella y pringándose la espalda de nivea, serían taxonómicamente calcadas por la pluma de un escritor cotilla. Y se transformarían en una novela grandiosa y aborrecida por su autor y por una crítica severa tanto como admirada a partes iguales por otra crítica emocionada y por el gran público: El Jarama.

El Jarama a su paso por Titulcia, un poco más abajo de donde se desarrollan los hechos narrados en la novela.

El éxito le llegó de repente aquel año de 1955 a Rafael Sánchez Ferlosio, que todo fueron premios Nadales y Nacionales de la Crítica. La repercusión cultural, social y mediática de su novela alcanzó el paroxismo y aún hoy es objeto de estudios doctorales tan académicos como profanos. Y Sánchez Ferlosio, un poco hastiado, o sorprendido, de tanto esplendor, decidió aislarse del mundo y durante quince años, quince, de 1957 a 1972, se refugió en su domicilio de Madrid sin contacto alguno con la humanidad. Y ayudado por la dexedrina, anfeta de libre dispensación en las boticas del tardo-franquismo, se dedicó a los “Altos Estudios Eclesiásticos”, eufemismo que enmascaraba un apasionado, voraz y exhaustivo ejercicio del cultivo de la inteligencia y de la autopsia del lenguaje y del silogismo gramatical. Fruto de esa siembra tan bien estimulada brotaron miles y miles de páginas de meditación distribuidas después en varios títulos —Campo de retamas, uno de ellos— y Ferlosio se convirtió en uno de los grandes ensayistas de los últimos cincuenta años, porque no se sabe qué predomina en su obra, si la narrativa, la crítica o el pensamiento. Él confiesa que nunca fue tan feliz como en aquellos años de confinamiento filológico y sacerdocio con la fisiología de las palabras.

Ferlosio era hijo de Rafael Sánchez Mazas, aquel falangista intelectual fusilado —apenas— durante la Guerra Civil dos veces que Javier Cercas recuperó en sus “Soldados de Salamina”; que fue escritor a ratos, cuando no asistía —nunca— a los consejos de ministros que su Excelencia celebraba tras la contienda en El Pardo; poeta de algunos versos del “Cara al sol”, himno del fascismo español, y autor de una más que notable novela muy recomendada: “La vida nueva de Pedrito de Andía”. Y aunque de casta le venga al galgo —es decir, tan aconsejables son el hijo como el padre— Ferlosio deslumbra al lector por una obra trascendental repleta de costumbrismo cruel, lirismo florido y examen e introspección en las evidencias apestosas que cercan la existencia habitual, o la miseria existencial del individuo.

En sí, la vida de Ferlosio es un exceso de estudio y de pasión por la escritura y por el pensamiento. Genio heterodoxo, maldito y brillante, angustiado e hiriente. Hombre huraño y de temperamental carácter, sin embargo, frecuentó al principio de los cincuenta del siglo XX la amistad de otros grandes escritores de su generación, la de los “Niños de la Guerra”:  Ignacio Aldecoa, o Jesús Fernández Santos —digno de una reseña más amplia que dejamos para otra ocasión—, o de Carmina Martín Gaite —aquella jovencita, musa deseada de una generación, que fue su esposa durante diecisiete años. Las desgracias se cebaron en el matrimonio con la muerte de sus dos hijos. ¡Brillante ella, brillante su tesis “Usos Amorosos de la posguerra española”!—. Y a aquellos años de fluida producción literaria, tras el paréntesis de su enclaustramiento, siguió su intensa actividad de articulista y crítico en periódicos y revistas que le confirieron un aura de pétreo e inconformista fiscal de las letras, capaz de desmontar con sus palabras las imbecilidades y modismos que el país vivió con los excesos del café para todos salidos de las expos universales y olimpismos de los 90. Recuérdese aquel demoledor artículo sobre el éxtasis de la cultura que el gobierno socialista, nacido apenas dos años antes, intentaba promover como señal del triunfo de la nueva España y del cambio que se avecinaba:  https://elpais.com/diario/1984/11/22/opinion/469926007_850215.html   

¿Le propondría la cartera de Cultura Felipe a Ferlosio? Nunca lo sabremos.

Se ha de empezar a leer a Ferlosio por la magia de Alfanhuí, ese niño andarín y silvestre amante de las veletas y de las salamandras y de don Zana y de la Silve y de la señorita Flora y otras menudencias. Y después continuemos con El Jarama, la obra más denostada del autor, que puede llevar al tedio o a lo más sublime al lector porque está hecha con el sudor, con los sueños y con las ansias, con las derrotas y banalidades de cualquier humano. Y cuando hayamos aspirado todo el aroma de tan gentiles páginas y si todavía nos quedan ganas de Ferlosio, adentrémonos en sus Altos Estudios Eclesiásticos, en cualquiera de sus numerosos títulos, aunque esta tarea parece gruesa y más propia de cardenales aspirantes a la tiara pontificia del conocimiento que de deleitosos y modestos catecúmenos amantes de los libros terrenos.

Sí, Ferlosio estaba en estado de guerra permanente contra la imbecilidad porque la imbecilidad está en estado de guerra permanente contra la razón.

Otros enlaces en esta pantalla que hablan sobre la obra de Ferlosio:

Ferlosio cumple años

¿Dexe qué?

Legionarios

https://www.fronterad.com/la-bella-prosa-fue-lo-del-alfanhui-donde-hice-lo-que-mas-tarde-mas-he-odiado/

Vida y muerte de Rafael Sánchez Ferlosio

Leer a Ramón y Cajal

Gabriel de Araceli

No tiene desperdicio leer a Santiago Ramón y Cajal. Quizás porque siempre mantuvo en sus cuentos su alegría juvenil, su espíritu aventurero. Sí, el joven Santiago fue un “vaina” pendenciero que de escolar emprendía batallas a pedradas contra los demás chicos de su pueblo por defender su honor manchado de colegial. Después, cambió aquel ardor adolescente por el amor a la ciencia y a la enseñanza y se comprometió profundamente con la educación pública en beneficio de la Patria, reclamando al Estado, a los partidos políticos, a las instituciones y a la sociedad que apostaran por la formación del individuo y la educación del ciudadano, la única manera de sacar del atraso y de la ignorancia a un país en bancarrota económica y moral, afligido por la tragedia del 98, y que se lamía las heridas seculares con la desgana y el derrotismo de saberse perdedor, incapaz de sobreponerse a su fatal destino. «Políticos, dad tregua, por Dios, a vuestro egoísmo estrecho de partido o de pandilla», pronuncia en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias, el 20 de diciembre de 1899.

Un humor muy fino que raya en la ironía puebla las páginas de Cajal. Sitúa la acción de sus cuentos en un imaginario Villabronca, fiel reflejo de la eterna discusión nacional. No faltan tampoco en sus escritos críticas severas a la Iglesia, que acaparaba la educación y que con su torva catequización desde las primeras edades escolares mantenía una influencia opresiva en la sociedad de entonces que hoy todavía perdura —baste recordar la reacción que ha provocado la recién aprobada nueva ley de educación—. Habla de la perversa “alianza femeninoclerical”, quizás anticipándose a las tesis en contra del voto femenino que defendiera en las Cortes Constituyentes, en 1931, Victoria Kent. Y como médico se afana en la  higiene física  —no duda, para prevenir contagios, en atribuir el escorbuto a un origen infeccioso, jajajaja— y mental y cultiva en sus cuentos la razón contra la ignorancia de la fe: «Entre oración y oración fatigaban mi memoria contándome consejas absurdas, episodios demoníacos, vidas de santos milagrosos…; narraciones esencialmente contrarias a los principios de la causalidad natural y las más a propósito para creer que todas las leyes del mundo son derogables a capricho de celestes influencias» pone en boca de su personaje Jaime, un ilustrado liberal, antiguo diputado, hombre de pensamiento convencido de que la instrucción es la mejor inversión que pueden hacer las naciones: «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees».

Y fustiga con vara larga, con la misma actualidad que un ciudadano abochornado de ahora, a la clase política, a la que culpa de los males de la nación: «…y de improviso y sin preparación moral alguna te encontraste de frente con el político profesional, una de las más funestas producciones de la civilización europea».

Fue Cajal un patriota convencido, un gran amante de España, incluso en aquella España que le llevó a la sinrazón colonialista de Cuba, donde sufrió tan graves dolencias que volvió inútil para el servicio militar, enfermo y con heridas que tardó en sanar. Perdonó con amor ciego: «A patria chica, alma grande… padezco el convencimiento de que casi toda nuestra organización política y militar, con honradísimas excepciones, constituye un retablo vistoso que, a semejanza del de Maese Pérez, pudiera venirse abajo a los mandobles del primer serio y arriscado adversario con que topemos». Un alma quijotesca que aconseja a sus lectores, a sus Sanchos amigos las bondades de la lectura y del saber: «Toda lectura conlleva frases excelsas y pensamientos notables merecedores de reflexión y subrayado que alejen el olvido irremediable que dispensamos a los libros». «No pierdas, por Dios, la costumbre de leer, ni te amodorres en esa bestial inadmiración de las cosas, a semejanza de tus infelices camaradas de aprisco», o «Las cabezas, como los molinos, producen en razón de lo que se les da», o «Te alimentaste con ficciones y elaboraste fantasmas», o «El alazán del progreso sólo galopa espoleado por el calcañar de la muerte», o «El discurrir da dolor».

Cajal fue un reputado y entusiasta fotógrafo. Inventó un procedimiento de fotografía en color, pionero en su momento, que no pudo patentar porque Thomas Alba Edison, el pirata de Menlo Park, se anticipó gracias al potencial de su país, United States of America, un gigante comparado con la enana y esclerótica España. Aquí aparece fotografiado con sus hijos, en 1889. Después, aplicaría sus conocimientos fotográficos para las tinturas fisiológicas que estudiaba con su microscopio investigando los tejidos neuronales.

Humilde, sabio, austero, hombre de Ciencia y hombre de Palabra. De su compromiso y de su dirección nació en 1907 —el año siguiente al que obtuviera el Premio Nobel— la Junta de Ampliación de Estudio, quizás el mayor vivero de sabios que ha producido este país. Hijos académicos suyos fueron Juan Negrín, o Severo Ochoa, o María de Maeztu, o Rey Pastor, o el zoólogo Ángel Cabrera, o Cándido Bolívar, o Blas Cabrera Felipe entre muchos otros que elevaron la ciencia, la investigación y la cultura hasta cotas nunca habidas en la nación. Quizás tuvo suerte —Cajal falleció en 1934— y se evitó el sufrimiento de ver que, manu militari, el golpismo africanista del general Franco acabó con mandobles de sable, en 1939, con aquel teatrillo de Maese Pérez de la Ciencia que él, con la ayuda de otros, había construido, que eclipsó aquel amanecer esclarecedor que regalaba a la Patria los mejores frutos de la inteligencia: «Hay que acabar con todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia… Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como imperio, quiere ser ante todo católica» pronunció el gigante Briareo, el ministro falangista José Ibáñez Martín en octubre de 1940 al clausurar definitivamente la Junta de Ampliación de Estudios y transformarla en el CSIC.

Lección de anatomía, fecha indeterminada.

Hay en algunos de sus “Cuentos de Vacaciones” párrafos de prosa retórica y fornida, un ornato excesivo propio de la época, una recatada cursilería sin ambages. Escritos entre 1885 y 1886 —en esas mismas fechas escribía Galdós su “Fortunata y Jacinta”— aunque publicados en 1905, el lector debe esforzarse al caminar por el sembrado de epítetos y expresiones rimbombantes, pedreras dieciochescas que saturan las páginas de don Santiago. Su intención no era publicarlos. Era una labor íntima, para sí, para reconfortarse con un descanso de las horas de atenta observación con el microscopio y las tesituras neuronales que formaban sus años extraordinarios de investigación fisiológica. Perseverando en sus lecturas, a poco, al medio día el sol se abre paso entre los excesos de sus frases y aparece el Cajal enamorado de las palabras y las luces de sus razonamientos: «La fortuna y el señorío pertenecen al que habla y al que escribe. La estimación granjeada depende, antes que de saber, de persuadir que sabemos».

Lección de anatomía. Rembrandt, 1632.

Leer a Cajal es descubrir una mente preclara y un escritor excelso que se solaza con cuentos didácticos en los que pregona la necesidad del arte y la ciencia, “los dos únicos valores dignos de estima que el hombre ha creado”. A veces tienen final feliz y cierta moraleja como para redimir de la estulticia humana: «Sí, la vida es buena y la felicidad existe… sólo que… ¡duran tan poco!».  También están presentes en sus escritos literarios su amor a la investigación, al trabajo constante y sus párrafos están llenos de citas al nuevo mundo que se avecina: habla de la reivindicación de la mujer —«Amar… es algo más grande y augusto que poseer una hembra…: es entrar en comunión espiritual con toda una raza. En las entrañas de la mujer viven y palpitan, con ansia de resurrección, millones de antepasados que parecen saludarnos e implorar ayuda desde los remotos confines de la Historia. Rito funerario es el amor»—, de la fertilización artificial —¡en 1885!—, de la electricidad,  de la radiografía, del teléfono, de la dinamo… Incluso, pesimista, se atreve a pronosticar, en 1915, una nueva guerra mundial viendo las barbaridades que se cometían en Europa en aquellos momentos.

Monumento a Santiago Ramón y Cajal. Victorio Macho, 1926. Parque del Retiro, Madrid

Santiago Ramón y Cajal sigue siendo la cima de nuestra ciencia 115 años después de que le otorgaran el Nobel. Es el científico español más reconocido mundialmente. Aunque esto fuera para Ortega «una vergüenza en lugar de un orgullo porque constituía una excepción». Hay que leer a Cajal, aprovecharse de su inteligencia, dar rienda suelta al tránsito eléctrico de sus ideas, que discurra la excitación febril de sus palabras por nuestras neuronas que él, con tanto ahínco, estudió: «El hombre es un ser social cuya inteligencia necesita para excitarse el rumor de la colmena».

El Museo Nacional de Ciencias Naturales organiza un ciclo de conferencias sobre Ramón y Cajal. ¡Imprescindible!
Monumento a Galdós, contemporáneo de Cajal, aunque 9 años mayor. Obra también de Victorio Macho, 1919, Parque del Retiro, Madrid
Lección de anatomía del doctor Willem Van der Meer, pintado por el artista flamenco Michael Jansz Van Mierevelt en 1617.

Historia de Mayta

Palabras de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Esos libros que, de golpe, aparecen dormidos en una librería de viejo y que te invitan a ojearlos. Sucumbes a su tentación irremediablemente, los compras porque amas la lectura, amas el tempo lento de idas y venidas por sus páginas en el que se fragua tu complicidad con sus letras. Hay en ellos una seducción que te imanta a sus hojas porosas y amarillas. Te la juegas, sí, con las novelas de don Mario, sus protagonistas te embaucan con amuletos que en su día martilleaban las conciencias de las generaciones progres, aquellas reflexiones sobre la revolución pendiente, la dialéctica sociológica del porvenir del hombre nuevo y la sombra alargada del Kremlin y el Tío Sam, a partes iguales, vigilándolo todo. Aquel debate estéril que arrolló a las juventudes durante décadas de guerra fría y militancia teórica en el demiurgo libertario, todos iguales y felices practicando el amor universal entre los parias de la tierra. Que fuera marxismo, leninismo, trotskismo, estalinismo, maoísmo o capitalismo el remedio no estaba claro y es ahora indiferente. Pero entonces, cada héroe untaba su utopía, su compromiso social con las salsas doctrinales que más a su gusto excitaban su cerebro, porque querían salvar al mundo con sus quimeras.

La Cuesta de Moyano, en Madrid, el bulevar de los libros viejos.

Algo así le pasó al protagonista de la novela de Vargas LlosaHistoria de Mayta”, Alejandro Mayta Avendaño, un héroe por un día, medio bandolero, medio guerrillero, iluminado, quijote y alma apesadumbrada por su homosexualidad de la que quería redimirse luchando por la justicia universal, por los pobres, por los miserables cholos, por los indios quechuas, por el campesinado y los desplazados de las barriadas indigentes repletas de basureros de la periferia inmunda de Lima. Un revolucionario diletante, ortodoxo y efímero que espantó al Perú con ayuda de un militar iluminado, el subteniente Vallejos, de cuatro “apristas” (militantes del APRA, partido social revolucionario moderado -?- y prohibido por el dictador Odría) y cuatro “josefinos” (jovencitos estudiantes de un colegio religioso), apenas por unas horas con su tosco levantamiento armado en 1959 en las alturas de Jauja, en los antepechos de los Andes. Una novela escrita en Londres en 1983 tras leer su autor, veinte años antes, un breve en el diario Le Monde, apenas unas líneas, que hablaba de una mini-revolución acaecida en los Andes, y publicada por Seix Barral en 1984. Una novela que en su momento disgustó a la intelligentsia europea por sus críticas al fracaso de los movimientos revolucionarios en la América andina y que, apenas cinco años después, con la caída del régimen soviético, el telón de acero y la reconversión salvaje al capitalismo de los satélites de Moscú, la historia se encargaría de verificar.

Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, octubre de 2012.

Que los barbudos de Fidel en su viaje en el Granma (noviembre de 1956) llegaran al éxito revolucionario en La Habana, el 1 de enero de 1959, envalentonó a infinidad de grupúsculos guerrilleros que emularon en sus particulares “Sierras Maestras” el intento de la sublevación. Eran los tiempos de Eisenhower y de Nixon, de la Escuela de las Américas, de la CIA de Allen Welsh Dulles, del sátrapa Leónidas Trujillo, del asesinato de Galíndez, de la fantasmagórica huelga general del PCE, de la guerra de Argelia, de la revolución del Congo, del principio del Vietnam. Y cualquier jovencito intransigente soñaba, aislado en su burbuja ideológica, con alzarse en armas y convertirse en justiciero de la famélica legión de explotados por el hambre y las dictaduras que se extendían por todo el Cono Sur, tal vez auxiliado en su empeño humanista por Moscú, tal vez santificado por el existencialismo y la socialdemocracia europea. Mayta quiso ser el héroe y acabó siendo un delincuente olvidado de sí mismo: «Arrepentirse es cosa de católicos. Un revolucionario hace autocrítica». Era un intransigente que liberaba su conciencia con la expropiación, tras apropiarse de lo ajeno —la plata de la revolución quema las manos. ¿No se dan cuenta que si se quedan con ella dejan de ser revolucionarios y se convierten en ladrones?—, un inspirador de las facciones radicales, antecedente de las brigadas rojas que asolarían el establishment europeo en el último cuarto del siglo XX.

La estructura narrativa de la novela es compleja, requiere el firme compromiso del lector de imbuirse en ella, de no abandonarla en una esquina a la primera refriega, con el primer tropiezo contra cualquier párrafo farragoso. Porque Llosa expone al lector al rigor de sus letras, porque le exige entrega, concentración, compromiso. Recuerda en sus comienzos a otra novela difícil del autor: “La casa verde”. Obra experimental de complicadísima exposición. Historia de Mayta es a veces reportaje periodístico, otras ensayo sociológico, otras historias de los movimientos obreros o crítica jocosa de aquellos profetas ingenuos que sembraron con su confusión los posteriores senderos luminosos de la América Latina. A veces el texto parece una película de la nouvelle vague, con saltos de eje, sin racord de continuidad; recurre al montaje cinematográfico en el que se alternan planos yuxtapuestos de diferentes protagonistas con testigos recuperados por el periodista-detective, espacios con tramas, tiempos con acciones conjugadas en el esclarecimiento de unos sucesos y de unos personajes olvidados del Perú profundo de hace sesenta años, seccionados con la prosa de un maestro vanguardista. Advierte Vargas Llosa que lo suyo es una ficción, un relato en el que todo está permitido: «Soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa. Porque cuando se persigue la pureza, en política, se llega a la irrealidad. No son los temas lo que deciden el fracaso o la victoria de un creador, sino la forma en que se encarnan».

«No sabe usted qué raro me resulta hablar de política —responde al narrador omnisciente el ausente Mayta—, recordar hechos políticos. No es que yo dejara la política. Ella me dejó a mí, más bien. Es como un fantasma que volviera, desde el fondo del tiempo, a mostrarme a los muertos y a cosas olvidadas». Es el caos que sufre el personaje, su confusión dialéctica, su itinerario entre Dios, Marx, Lenin y Troski, una identidad perdida en sus fantasmas, en el fondo de un tiempo del que Mayta ha renunciado. Historia de Mayta, un viaje por los interrogantes de una revolución fallida, anticipo de los muladares con que “fujimoris”, “montesinos” y “abimaeles” enfangaron de basura y de muertes, treinta años después, la historia del Perú.

Consortes, regentes, amantes y elefantes

Gabriel de Araceli

Consortes

Veinticuatro embarazos sembró el monarca Carlos IV (1748-1818) en el vientre de su prima María Luisa de Parma (1751-1819), de los que 14 llegaron a término. Ambos nacieron en tierras italianas, razón que los invalidaba al trono de España según las leyes vigentes en la época, pero, pero… De ese frenesí marital nacieron frutos como Fernando VII o Carlos María Isidro, el pretendiente que regaría de enfrentamientos y guerras carlistas el siglo XIX de las Españas. La Ley Sálica, de origen francés, nunca se practicó en España y fue abolida por Fernando VII en 1832 en favor de su hija Isabel II —Pragmática Sanción—.

Carlos Mari Isidro, pintado por Vicente López, 1823.

Regentes

María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), la cuarta y última esposa —y sobrina a la vez— del Rey Felón tuvo que guerrear contra su tío y cuñado Carlos Mari Isidro, al que Vicente López retrató con rostro sospechoso de entregarse al dios Baco. Lo de María Cristina fue una regencia diletante, porque quería gobernar pero la gente no le seguía la corriente, y tras medrar en aquel avispero que su marido le había dejado partió al exilio romano en 1840, conspirando para que su hija Isabel ocupara su vacante.  Además, la corte, la sociedad decente e incluso su hija y su nieto Alfonso XII nunca vieron con buenos ojos aquel desplante, que tras el fallecimiento del monarca felón, en septiembre de 1833, tan sólo tres meses después, en diciembre, ella se casara con un sargento de su guardia de Corps con el que tuvo ocho hijos. Se lo pedía el cuerpo.

María Cristina de Borbón Dos Sicilias, pintada por Vicente López, 1830, Museo del Prado.

Baldomero Espartero, regente de 1840 a 1843. Baldomero era un militar “echao pa lante” que las tuvo gordas con los franceses y después guerreando contra los carlistas. El 31 de agosto de 1839, los litigantes de la primera Guerra Carlista llegaron a un acuerdo conocido como el Abrazo de Vergara, que ponía fin a seis años de hostilidades y a las pretensiones al trono de Carlos Mari, aunque este y sus herederos siguieron reivindicando su legitimidad durante otros cuarenta años, y aún hoy, sus aspiraciones ultramontanas y catolicismo integrista perduran en la memoria colectiva de los herederos de las peculiaridades forales. Espartero apoyó después sin fisuras a Isabel II cuando fue proclamada reina, en 1843.

Poco gobernó la triste reina María Cristina de Habsburgo y Lorena (1858-1929), que tuvo que lidiar con Canovas del Castillo y Sagasta. De 1885-1902 como regente (pintada por Raimundo de Madrazo, 1887, con expresión mortecina, bien es cierto que acababa de enviudar de su infiel Alfonso) afrontó la pérdida de las últimas colonias y en 1902 dejó el trono a su amadísimo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis añitos y era un pollito caliente, caliente.

María Cristina de Hagsburgo y Lorena, esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII, pintada por Raimundo de Madrazo, 1887, Museo del Prado.

Amantes

Inauguración de la sala del dinosaurio Carnegie, 2 de diciembre de 1913, Museo Nacional de Ciencias, Madrid. Junto a Ángel Cabrera (eminente zoólogo), Francisco Ferrer y el director del museo, Ignacio Bolívar, aparecen la reina madre, María Cristina, y la infanta Beatriz de Sajonia-Coburgo, prima de la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Al parecer, esta infanta inglesa fue pretendida por Alfonso XIII, que la conoció en la misma fiesta celebrada en Biarritz en 1905 en la que conociera a la futura reina. La infanta Beatriz no aceptó las insinuaciones del rey de mantenerla como amante secreta. Beatriz se casó con otro infante de España al que conoció, para más inri, en la boda de su majestad, aquel 31 de mayo de 1906 fatídico: Alfonso de Orleans. Alfonso era nieto del Duque de Montpensier, el que fuera pretendiente al trono de Isabel II, su cuñada, y sospechoso de financiar el asesinato del general Juan Prim. Alfonso de Orleans fue un brillante aviador y militar con prestigio en el ejército, cosa que envidiaba el rey. Alfonso XIII nunca perdonó que aquella infanta rechazara sus proposiciones amorosas y años después, en 1916, en plena 1ª Guerra Mundial castigó al matrimonio enviándolos a Suiza bajo la excusa de estudiar la ciencia bélica del ejército helvético, donde permanecieron durante ocho años. Por aquellas fechas ya se había enfriado la relación entre los reyes, y Alfonso XIII se dedicaba a asediar a las nannys venidas desde Inglaterra para atender a sus hijos, así como a las actrices de teatro. Tras una azarosa vida marcada por las guerras y los exilios, la infanta Beatriz falleció, felizmente casada con su infante, en Sanlúcar de Barrameda, en 1966.
Beatriz de Sajonia-Coburgo

Elefantes

Lo de cazar elefantes en Botswana no es cosa de ahora, que ya lo hacía el Duque de Alba, don Jacobo Fitz-James Stuart. El afán naturalista del duque llevó a entregar al Museo Nacional de Ciencias la piel de un paquidermo inmenso cazado en Sudán en 1913. El duque guardó para sí los colmillos. Diecisiete años estuvo semiabandonada por los sótanos del museo aquella piel del Loxodonta africano, que pesaba 600 Kg y tenía una extensión de 37 m2. Luis Benedito,uno de los grandes taxidermistas del Museo, fue el encargado de naturalizar aquel trofeo cinegético ducal, labor que le llevó varios años y estudios en Berlín con el especialista Ter Meer, porque nunca antes había visto un elefante de verdad. El elefante naturalizado se mostró al público en 1930 y causó sensación, aún hoy los escolares visitantes lo miran con aprensión.

El Loxodonta africano, regalo de don Jacobo al Museo Nacional de Ciencias, en el mismo armón en el que lo montó Luis Benedito en 1930.

Además de por ese gesto filantrópico, la historia homenajea a Don Jacobo con una placa en la puerta del Museo de Liria, su residencia, por su labor de reconstrucción del mismo, que fue bombardeado y destruido por la Legión Cóndor alemana en noviembre de 1936. Y reconstruido con fondos públicos municipales siendo alcalde de Madrid Rafael Finat y Escrivá de Romaní, el Conde de Mayalde. Finat fue un filonazi, colaborador con la Gestapo y amigo personal de Heinrich Himmler, al que festejó en Madrid con una corrida de toros en octubre de 1940. Y también era amigo de Reinhard Heydrich, ambos colaboradores personales de Hitler y atroces genocidas. Eso sí, la historia no recuerda con qué amante se encontraba don Jacobo Fitz James Stuart cuando cazó al elefante.

¿Viva el rey?

Rafael Alonso Solís (Publicado en La Opinión de Tenerife 12/9/2018)

La monarquía británica procede de relatos elaborados durante un sueño brumoso, nacidos en una época en que los dragones velaban el honor de quienes ejercían el liderazgo, los caballeros lucían armaduras luminosas cuya prestancia no se alteraba durante las contiendas y las damas de la corte consumían su belleza en oscuros aposentos, mientras la brujería dominaba los espíritus que moran en la niebla y diseñaba talleres especializados para fabricar espadones mágicos y pabellones de descanso regio en la isla de Avalon. Los ingleses siempre han sido respetuosos con sus monarcas o, al menos, han tenido la habilidad de generar esa sensación de cara al turismo, y suelen pedir a Dios que salve al rey o a la reina en cuanto tienen ocasión, le pagan un sueldo generoso y parecen orgullosos de que los visitantes se hagan fotos frente al palacio de Buckingham. La monarquía española, especialmente la rama borbónica que nos azota, y que va y viene como el Guadiana, siempre ha lucido un tono entre astracán y esperpento, y ha hecho de la campechanería una extraña virtud por la que presumir y marcar palmito. Valle-Inclán, que tenía una mirada sensible para captar las imágenes y los sonidos de la calle, nos habló de los calores de la reina castiza, a la que “un temblor cachondo le sube del papo al anca fondona de yegua real”, cada vez que algún amante le olía los sudores y le manoseaba las nalgas. Es cierto que, en el caso de la institución española, la nómina suele ser más liviana, y tal vez por ello a lo largo de la historia hayan sentido la necesidad de desarrollar actividades de emprendeduría y tener cierta presencia en el mundo de los negocios. El casticismo de la saga viene de lejos, dicen los expertos que desde Fernando VII, es decir, a partir de la llamada primera restauración, y ha estado marcada por el morro, una supuesta cercanía con la basca, amplia tolerancia a los aromas de los garitos, un fuerte componente rijoso y una indiscutible vocación por la cópula. Si Andy Warhol afirmó en una ocasión que el sexo es nostalgia del sexo, podría decirse que el casticismo regio de los borbones más recientes se ha movido entre la filmografía erótica, la afición al café cantante y la admiración por las vicetiples. La segunda restauración está representada por los Alfonsos, que reinaron unos 55 años, si bien el segundo lo hizo de forma casi apócrifa, ya que en la primera fase quien rigió fue su madre, y en la última el mismo monarca colocó a un milico en el poder. Ahora vivimos la tercera, de génesis similar a la anterior, pero a la inversa, puesto que fue otro militar quien dio un golpe de Estado y, con objeto de garantizar la continuidad de su obra, puso de nuevo a un borbón en el trono. Mantener la inviolabilidad de tan altas figuras ante sospechas de delincuencia no es de recibo y requiere una urgente modificación de la norma. 


La de los tristes destinos

Agustín Caballero

Isabel II (1830-1904) fue reina a los trece años. Y a los dieciséis la casaron con su primo Francisco de Asís, “Paquita”. «Gran problema es en la Corte averiguar si el Consorte cuando acude al escusado mea de pie o mea sentado» declamaba alegremente el populacho para mofarse de la inclinación sexual del monarca. Las sucesivas desamortizaciones que precedieron y siguieron a su reinado: subastas de tierras baldías de las que se habían apropiado las órdenes religiosas —entonces como ahora—, la de Mendizábal en 1836, habían otorgado a los terratenientes inmensas propiedades y un poder sin límite. Aquello fue un desastre económico y ecológico sin paliativos, ya que zonas de labranza   se abandonaron e inmensos bosques fueron talados para explotar sus recursos y desaparecieron. Fue el comienzo de una nueva clase social de potentados que manejaron la política de la corte en su beneficio y el comienzo de corruptelas, enchufismos y favores que tanto han marcado la historia real del país. Otros hechos destacados durante el reinado de Isabel II fueron las Guerras Carlistas, tres y multitud de guerrillas regionalistas y cantonalistas, en las que desde 1833 a 1876 se disputaron el trono diferentes formas de expoliar el Estado: liberales, isabelinos, carlistas, la Iglesia, fueros, la aristocracia, la burguesía, la gran banca, etc.

Se inició la expansión colonialista por África, origen de las guerras del Rif que durante casi cien años (1858-1956) llenó de espadones y militarismo la política española: Narváez, Serrano, Prim, Topete…

La Noche de San Daniel (10 de abril de 1865), la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil (22 de junio de 1866, fueron fusilados al menos 66 sargentos) y el Alzamiento de Villarejo de Salvanés —enero de 1866— protagonizado por Prim, fueron los preludios de lo que en septiembre de 1868 desembocaría en una revolución fracasada: La Gloriosa y el sexenio democrático, abortado con la restauración borbónica del joven Alfonso XII (rey de España de 1875 a 1885, no llegó a cumplir los 28 años). Un rey cuya paternidad es atribuida a Enrique Puigmoltó, amante de la reina.

Otros personajes que dirigieron espiritualmente a la reina fueron sor Patrocinio, una visionaria oscurantista propia de la cueva de Zugarramurdi; y el padre Claret, su siniestro confesor. Ambos intrigaron profundamente en la débil personalidad de la reina y convirtieron el trono en un estigma del que Isabel II fue su cautiva.

Galdós sitúa su obra cumbre, Fortunata y Jacinta, en el mismo tiempo que La Gloriosa. Principio y fin, populacho y burguesía, esperanza y resignación coinciden literariamente con el itinerario de la revolución frustrada, como si la novela fuera el epitafio de que todo estaba condenado a la segunda restauración del viejo orden y nada cambiaría tras 168 años de reinados borbónicos. Galdós se entrevistó con Isabel II en su dorado exilio parisino, en el fabuloso palacio Hôtel Basiliewski, en la Avenue Klebert. El encuentro tuvo lugar sobre 1893-94, según afirma Pedro Ortiz-Armengol en su biografía sobre don Benito. Al parecer, la reina causó simpatía al novelista, quizás porque la corte, la milicia, la clase política, la Iglesia y la legión de aduladores y santones que medraban en palacio explotaron su docilidad juvenil y su vulnerabilidad para conseguir sus fines espurios. A la reina no le cupo sino hallar consuelo de aquellos desgraciados destinos en sus libidinosos ensueños de alcoba con amantes no siempre complacientes.

Burlándose del reinado de Isabel II son célebres las caricaturas pornográficas que inspiraron los supuestos sofocos sexuales de la reina. Aunque firmadas por un enigmático SEM, son atribuidas a los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo Adolfo. En esta aparecen grotescamente los personajes que deambulaban por Palacio: Francisco de Asís, el rey consorte, el padre Claret, la reina, embestida por el general Narváez, sor Patrocinio de las Llagas y el general Serrano.

Alas de ángel

Pascual Izquierdo

Alas.

Suave batir de alas.

Alas de ángel.

Se oye en los vestíbulos

el rumor del aire que se agita

en estas horas que preludian

nuevas palabras y lenguajes.

Una sombra se posa en el balcón

y, de acuerdo con lo escrito en los tratados,

anuncia la inminente

llegada de la luz.

Al oír el mensaje,

se turba la doncella

que ya lleva mucho tiempo esperando

la aparición de los prodigios

mientras la pericia del pincel plasma en el lienzo

esas líneas geométricas que otorgan

profundidad a las estancias.




Es un ángel quien llega.

Un amasijo de plumas y metales,

de suaves cromatismos, sutiles pinceladas

y apariciones anunciadas en los códices.

Un ángel cibernético,

que muestra en las pantallas

la llegada de las palabras salvadoras,

el próximo temblor de los celajes.

Carácter, destino y monarquía

Rafael Alonso Solís. Publicado en La Opinión de Tenerife (6/8/2014)

En una rebuscada, en tanto que aguda y ondulante, reflexión sobre el conflicto entre carácter y destino –que, al parecer, viene de Nietzsche, a través de Walter Benjamin–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención sobre la atmósfera “macilente, caída, sorda…”, pintada por Velázquez en Las Meninas. La escena es una sublimación del Palacio, un fragmento de la historia congelado en una imagen en la que los personajes –tan inmóviles en la pintura como en la realidad de la que ofrecen un testimonio cromático– carecen de destino, incluso de horizonte, y en la que su único servicio al Rey –“meláncólico Rey”, dice Ferlosio– es “exorcizar la ominosa galerna del destino que amaga más allá del Guadarrama”. Sin embargo, hay una luz que asoma desde el fondo y ocupa todo el espacio y el tiempo reflejados en el cuadro, como un trasunto fragmentario de la vida, una luz apagada y puede que titilante, que irrumpe con timidez y casi sin rechistar, que tal vez lo que viene a anunciar es la decadencia. ¿Decadencia del melancólico Rey, o de una España que muere frente a otra que bosteza, como diría después Antonio Machado? En la historia literaria de las monarquías, los reyes suelen estar dormidos o pasear su desnudez entre las masas, a las que la ley ha prohibido manifestar su asombro y mostrar su discrepancia. En nuestra historia reciente, el monarca ha permanecido protegido de la iluminación para que no se contemplasen sus vergüenzas, para que el maquillaje del papel cuché ocultase las muecas de la realidad, los rictus de las instituciones oficiales. Tras recibir la herencia por decisión exclusiva del dictador, el titular de la Corona se vistió de gala y paseó entre las multitudes, mató elefantes africanos, tigres asiáticos y osos canadienses, ingresó comisiones millonarias, yació en camas diversas, y vendió la falacia de la campechanería como una virtud más allá de la honestidad, del compromiso o del rigor intelectual. Mientras a los súbditos se les exigía trabajar y cumplir las leyes, al monarca le bastaba con ser campechano y adornarse con el tuteo como una singular cualidad borbónica. Mientras a la canalla se la metía en el trullo por afanar una gallina o pasar un secante, la Corte se instalaba entre lienzos, la familia real invertía en negocios con objeto de generar un patrimonio para el futuro, y el titular podía conspirar –un suponer– bajo la protección del aforamiento. Mientras los monarcas y los mandatarios de Occidente se besan con los sátrapas de Oriente, los misiles que destrozan los barrios de Gaza y dejan sin agua y electricidad a sus habitantes se siguen fabricando en los arsenales occidentales con inversiones en las que participan empresas españolas, tanto privadas como públicas. Los machetes y los fusiles con que se ejecutan los genocidios han sido y son productos de la industria de la guerra, de la que continúan sacando tajada los mismos que se besan al amparo del fuego cruzado. Va siendo hora de que todos salgan en la foto.

Fernando VII (1784-1833), el rey Felón. Lo más destacado de su carácter fue, al parecer, el tamaño de su verga, algo que espantaba a sus esposas. Quizás eso fuera la causa de que tuviera cuatro. Su primer conyuge, María Antonia de Nápoles (1784-1806), murió a la edad de 21 años de tuberculosis, sin darle descendencia. Casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza (1797-1818), hija de Carlota Joaquina, la hermana mayor del monarca. Isabel falleció durante un parto (la criatura también) por la mala praxis de los médicos, le practicaron una cesárea sin anestesia, la creían muerta. Fue reina durante 27 meses.  La tercera esposa fue María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829). Un matrimonio intranscendente. El cuarto matrimonio de Fernando VII fue con otra sobrina, María Cristina (1806-1878), hija de su hermana Isabel y madre de otra gran reina, enorme, de España: Isabel II

Hechos brillantes de su reinado: Huyó al exilio francés (otras versiones dicen que fue prisionero de Napoleón) el 2 de mayo de 1808. Aunque previamente, el 18 de marzo de 1808, se había levantado contra su padre, Carlos IV. Derogación, tras su regreso, de la Constitución de Cádiz, la Pepa, el 4 de mayo de 1814. Levantamiento de Riego, 1820. Invasión de los Cien mil hijos de San Luis, 1823. Fusilamiento de Torrijos (1831). Su fallecimiento, en 1833 y la disputa al trono de su hermano Carlos María Isidro fue el origen de la primera Guerra Carlista, tres en total, con diversas algaradas y daños colaterales, que enturbiaron la historia de España durante más de cuarenta años, hasta la última, en 1876.

«Los Fusilamientos de Torrijos en las playas de Málaga», de Antonio Gisbert, 1888, recoge el momento en que este liberal que pretendía derrocar al rey Felón fue fusilado, tras ser traicionado por los absolutistas, en 1831. Fue encargado por Mateo Sagasta para decorar el Congreso de los Diputados. Se conserva en el Museo del Prado, al igual que el retrato del rey Felón, de Goya, de 1814 .

Tranquilo, Jordi, tranquilo

Esperando con suma atención y algo de morbo el mensaje navideño que el actual monarca emitirá este año, y antes de escribir la correspondiente columna que lo glose, he seleccionado 6 artículos de los publicados en los últimos años en La Opinión de Tenerife y El Día, que pueden servir a lectores interesados para preparar el terreno. Supongo que para los admiradores de la monarquía reinstaurada por el dictador —los gritos que se escuchan últimamente en el parlamento desde los bancos de la derecha sugieren que son unos cuantos, lo que resulta inquietante— estas columnas resultarán indigestas, a pesar de estar redactadas con ingenua ironía y seguramente con un exceso de corrección política, mientras que, para otros, resultarán demasiado prudentes y faltas del contenido crítico adecuado en cada época. En cualquier caso, pido excusas a ambos grupos.

Rafael Alonso Solís, diciembre, 2020

Mientras que en un artículo, publicado en la revista digital Eco Republicano, Germán Gorráiz se pregunta por los días que le podrían quedar a la monarquía española antes del advenimiento de la Tercera República, en un libro editado recientemente por Galaxia Gutemberg bajo el título de Rey de la democracia, a través de las opiniones de ocho prestigiosos y bien situados ensayistas se recoge y glosa “el papel determinante de Juan Carlos I en la instauración de la democracia en España”. Durante las últimas cuatro o cinco décadas, la figura de Juan Carlos de Borbón ha lucido en el paisaje de la sociedad española como la diana de un péndulo revelador de nuestra propia incoherencia. En ocasiones, la hemos usado como un icono sobre el que hacer chistes malos y permitidos, mientras que en otras –como en la colección de panegíricos de los ocho intelectuales escogidos– la hemos calificado como “una apuesta eficaz”, según expresión de Victoria Camps, donde la discípula de Aranguren escoge la vía del elogio del monarca abdicado al subrayar la “actuación decidida por parte del Rey de mantenerse fiel a la Constitución” durante la escaramuza del 23-F. Al fin y al cabo, los monarcas nunca han ido mucho más allá de su condición de personajes de opereta sobre los que se escriben biografías brillantes y se pintan retratos de época destinados a cubrir las paredes de los salones de la corte. Sólo la distancia de los siglos nos permite aceptar sin sonrojo su escasez de virtudes morales, su poca afición al baño o su condición de parásitos de altura, cuyo papel podría ser representado con menor coste por actores de reparto o por productos de la tecnología. Según relataron en su momento los medios, la tarde o la noche del tejerazo Juan Carlos I telefoneó al por entonces presidente de la Generalitat de Cataluña para garantizarle la tranquilidad en el frente. Aquella frase de carácter sedante fue difundida entre el populacho con la intención de que produjese un efecto similar, y es posible que lo hiciera. Sin embargo, a estas alturas cabe preguntarse sobre el verdadero significado del mensaje. ¿Acerca de qué debería estar Jordi tranquilo? ¿Qué sabía el monarca, y por qué al compartirlo con Pujol debería insuflar calma al inquieto –un suponer– jefe de la importante familia catalana? ¿De qué y por qué le avisaba? A la vista de los acontecimientos posteriores, uno no puede dejar de pensar que los participantes en aquella conversación estaban tomando medidas para preservar el futuro, y tal vez intercambiándose informaciones relevantes para la seguridad de sus finanzas. Si Pujol puede acabar en la cárcel por haber contribuido al expolio de las comisiones, así como haber sido un adelantado del desarrollo de la ingeniería financiera y el trile de salón en la administración pública, todo apunta a que el rey abdicado ha disfrutado de una vida regalada gracias a sus virtudes como delegado comercial de la supuesta marca España. Quién sabe si, al final, sus vidas vuelven a cruzarse.

La Opinión de Tenerife (26/4/2017)


Felipe V (1683-1746), dos veces rey, padecía una grave enfermedad mental, tal vez esquizofrenia, que le impedía realizar ya no con decoro, sino con responsabilidad ninguna, sus obligaciones de gobierno. Su demencia fue reconocida en su época y se sabe que:  «se empeñaba en llevar siempre una camisa usada antes por la reina, porque temía que le envenenasen con una camisa; otras veces prescindía de esa prenda y andaba desnudo ante extraños; se pasaba días enteros en la cama en medio de la mayor suciedad, hacía muecas y se mordía a sí mismo, cantaba y gritaba desaforadamente, alguna vez pegó a la reina, repitió tanto sus intentos de escaparse que fue preciso poner guardias en su puerta para evitarlo». Fue el padre de Luis I —elevado al trono debido a la incapacidad de su progenitor—, que reinó 229 días y al que casaron, con 14 años, con su prima Luisa de Orleans, de 12, y que murió de viruelas con 17 años; de Fernando VI, rey desde 1746 a 1759; y de Carlos III, rey desde 1759 a 1788. Después reinaron Carlos IV, Fernando VII, María Cristina (regente), Isabel II, Alfonso XII…
La familia de Felipe V. Michel Van Loo, pintado en 1743, durante el segundo reinado del monarca. Luis I había fallecido en 1724, Museo del Prado.