La personalidad de don Miguel de Unamuno, su literatura y pensamiento político siguen provocando discusión entre los estudiosos de su obra. Su vida y su muerte suscita un interés apasionado no sólo literario, sino también ideológico e histórico que profundiza en su obra y en comprender las razones que influyeron en el apoyo temporal y posterior rechazo del golpe de estado del general Franco a la República. La Biblioteca Nacional ha convocado tres conferencias durante este mes de septiembre sobre su extenso legado y figura, así como una exposición con abundante material fotográfico y periodístico sobre el genio de las letras y el pensamiento: “Unamuno y la política. De la pluma a la palabra”, que estará abierta hasta el 8 de diciembre de 2024.
El pasado 11 de septiembre charlaron sobre don Miguel en la sede de la Biblioteca Nacional los eruditos Colette y Jean Claude Rabaté y Andrés Trapiello, moderados por Jacobo Sanz Hermida. El coloquio resultó una apasionada exposición de argumentos que pretendía explicar la singular obra del pensador bilbaíno. Y también un encendido debate sobre su visión filosófica y vital por las que acapara tanto prestigio como polémica.
De izquierda a derecha Jacobo Sanz, Colette y Jean Claude Rabaté y Andrés Trapiello, el pasado 11 eSe en la Biblioteca Nacional polemizando sobre la obra de don Miguel Unamuno.
«Un poco veleta. Es hombre muy activo, de muchas ideas, piensa más que sus contemporáneos, cree en el progreso, siempre en plena forma, en los años veinte se ve sorprendido por el auge de los totalitarismos. Carácter difícil, hombre pasional y paradójico. Personalidad trágica la de Unamuno tanto como la de Azaña; don Miguel, un creador, Azaña, un hombre de letras sin lectores. Tanto Unamuno como Azaña representan la tercera España», comienza Andrés Trapiello la conferencia.
Andrés Trapiello y Jean Claude Rabaté durante la charla sobre don Unamuno Miguel.
«Sí, era un poco veleta don Miguel, pero las veletas también se paran y señalan un punto en el camino, un rumbo por donde sopla el aire nuevo. Era un electrón libre, de partido no, entero» responde Colette Rabaté.
Colette Rabaté durante la conferencia sobre Miguel de Unamuno.
«Todo el mundo se cree con derecho a atacar a Unamuno. Su capacidad de trabajo es desbordante. Pronunció más de 700 discursos. Ahora se cumple el centenario de su destierro a Fuerteventura, desde donde huyó a París, ciudad en la que fraguó muchas amistades. Su regreso a España, en 1930 desde Hendaya, coincidió con la dictadura de Berenguer, al que también se opone. El 7 de abril de 1931 don Miguel se encontraba en San Sebastián visitando a sus amigos presos para agitar a la opinión pública en los albores de las elecciones que llevaron a la República», responde Jean-Claude Rabaté.
«Elegido concejal en Salamanca y diputado en 1931 al establecerse la República, a la que aspiraba a ser presidente. Unamuno fue crítico con las exigencias idiomáticas de los regionalistas. Don Miguel se lleva bien con los de su generación, pero no con la siguiente. Unamuno no entiende la política de masas. Su vida es una novela, o quizás una nivola, tal como escribió en su autobiografía “Cómo se hace una novela”», continúa Trapiello.
Y surge la polémica entre los conferenciantes sobre la acogida favorable, al principio, de Unamuno al golpe de estado de julio del 36, con la donación que hizo don Miguel a los golpistas de 5000 pesetas de la época a pesar de su precaria situación económica. Y la condena que sufre por los falangistas en el célebre acto de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre posterior, oponiéndose al trastornado Millán Astray. Y sobre su encierro, prisionero en su propia casa, tal vez arrepentido de su apoyo al fascismo escribe una carta, 7 XII 36, a Henry Miller, residente en París, en lo que parece su testamento final de su agitada existencia. La última visita que recibió Unamuno fue la del falangista Bartolomé Aragón, dos horas antes de fallecer inesperadamente el 31 de diciembre. Las hipótesis de que sufriera un envenenamiento nunca se han despejado.
Carta que don Unamuno Miguel escribe a Henry Miller el 7 de diciembre de 1936 desde su casa prisión de Salamanca en la que le relata sus vicisitudes vitales. Sería la última epístola de las miles y miles escritas a lo largo de su frenética y laboriosa existencia. El franquismo acabó con él.
Desembarco de Alhucemas, 8 de octubre de 1925. Primo de Rivera (el grandote, fumando, con gorra legionaria y bastón de mando, dictador tras el golpe de estado que pronunció el 13 de septiembre de 1923. Su majestad Alfonso XIII diría de él al rey italiano Víctor Emanuel III: «Este es mi Mussolini») se da un homenaje junto a los militares africanistas. A la izquierda aparece el entonces coronel Franquito, subido a una piedra para disimular su escasa estatura personal. (Foto que forma parte de la exposición «Unamuno y la política. De la pluma a la palabra«, que se expone en la Biblioteca Nacional.)
—Bajaban a más de 70 por Recoletos, como locos en esos cacharros etéreos, tan deprisa que apenas se les podía ver. Yo me pregunto: ¿es necesario ir así, de guerrillero en el palo de una escoba? Porque eso es en lo que bajaban hacia el Paseo del Prado, dos ruedas rarísimas y agarrados al cuadro como si fuera esa etapa la última vez y se despidieran de la novia, de la mujer, ellos a punto de partir al desembarco de Normandía, apretados, apretados a las carnes de la chica, digo al manillar. Dejaban tras de sí un hueco vaporoso parecido al triunfo que sigue al acabar el amor, al acto físico, digo, agotamiento y placer. Bueno, al menos movían las caderas, las piernas como ventiladores, los dientes de felino deseando el pecho de su señora, explorando el enredo velludo de la dama, sería como un guiño erótico inconsciente, una sublimación fálica en el pubis femenino, un empeño en demostrarse a sí mismos que… ¡tú vales mucho, chico!, que donde no llega el varón en sus arremetidas llega el ciclista en su pedaleo con el empuje de su espada, de su plato de sesenta y cuatro dientes y su piñón de diez, que eso parecían las bicicletas que cabalgaban, cimitarras para someter al cansancio, bálsamos para aplacar el dolor, amantes iracundos derrumbando murallas, inundando de placer el huerto de la amada, satisfechos y orgullosos de dar placer, ella jadeando bajo el peso de su cintura pedalera, él resplandeciente, ¡hemos ganado al bastardo!, decían, como Hillary cuando alcanzó el Everest. Los ciclistas son extraterrestres.
Luis Ángel Maté a su paso por Colón.
—Sí, hay una sublimación en el esfuerzo, ya sabes, en el escarnio de la carne está la superación del espíritu, pero
—No, Terry, es el inconsciente sofocado el que mueve la bicicleta, no son los vatios ni el hematocrito ni el consumo máximo de oxígeno ni la hipertrofia muscular ni el umbral anaeróbico. Es el deseo de verse reconocido por tu amante como ganador, inasequible al desaliento, aunque no seas el líder al final, porque lo que al ciclista le motiva mover esa bicicabra tan rara es el deseo inconsciente de que ella vea, en ese gesto de dolor infinito de su rostro, que era a ella a la que cabalgaba, no al cacharro de carbono y aluminio, que presionaba sus caderas en cada pedalada, que recorría su pecho con su lengua, que el sudor que corría por sus mejillas inundaba también las suyas y compartía sus jadeos con los suyos al final de la Gran Vía, porque ella se derretía tanto como él, entre sus brazos, cuando cruzó victorioso la meta y se derrumbó después de darle placer. Perdón, de acabar la última etapa de la Vuelta, no sé en qué estaría yo pensando.
Terry no dijo nada y de nuevo se puso a pedalear frenéticamente encima de su bicicleta femenina, encima de ella, jadeaba, sufría, el pulso a ciento ochenta, continuó hasta que Carmelita se derramó complacida y él se abandonó satisfecho, sabía que las chicas saben lo que dicen y porqué.
Fotos de Terry Mangino
Etapa final de la Vuelta 2024 por las calles de Madrid
Sepp KussEnric Mas peleando hasta el final. Primoz Rogliz tres kilómetros antes de ganar su cuarta Vuelta.
Leer la biografía de Santiago Carrillo, escrita por Paul Preston en 2013, un año después del fallecimiento del líder rojo, es sumergirse en la convulsa historia de España del siglo XX y repasar los acontecimientos que marcaron a una sociedad lastrada por siglos de gobiernos desacertados; es adentrarse en el devenir tembloroso de varias generaciones enfrentadas por la tragedia nacional que asoló al país, que consiguieron, en su último cuarto, una convivencia pacífica y razonable tras múltiples disputas y sangrienta lucha. Todo el libro está protagonizado por un actor secundario, el villano, el feo y el malo, que intervino, a veces oculto, invisible, mudo tras el telón del exilio, en el diseño de un país que intentaba alejarse del camino marcado durante décadas por la tragedia de una guerra civil.
Santiago Carrillo durante el congreso constituyente de su Partido de los Trabajadores, Madrid, 7-8 de febrero de 1987.
Dos posturas dominan la historia de Europa del siglo XX.
Occidente: Cultura y filosofía humanista grecorromana, derechos y libertades del individuo que es un ciudadano, heredera de la democracia.
Y Países eslavos: Sumisión del individuo al poder central, al capricho omnímodo de una cúspide, a un grupo de autócratas que deciden el destino de sus habitantes, carentes de cualquier derecho, meros instrumentos de trabajo, números al servicio de un comité central de notables sin oposición alguna que ordenan su presente sin futuro. Ese camino quebrado de un lugar a otro marcará el olfato del Zorro Rojo y el rumbo subordinado de los militantes comunistas españoles que huyeron de su patria a sus órdenes.
Y es en esa contradicción, en esa diferente concepción de la estructura social de derechos y responsabilidades del ciudadano occidental-oriental, donde abrevan los actuales líderes supremos de los dirigentes simpatizantes con Moscú, para marcar la política y la lucha por el poder supremo, sometiendo a súbditos a sus habitantes y pugnando contra la civilización occidental, contra la idea de Europa unida como un territorio de libertades a la que pretenden destruir. El caso del líder húngaro actual es representativo de ese deambular errático de una sociedad eslava a medio camino entre integrarse en el estado del bienestar y las libertades que supone la Europa del Mercado Común, y la sumisión a la supremacía y a la amenaza exsoviética representada por la tiranía del Kremlin, envuelta en la guerra de Ucrania como perpetuación de la dictadura del proletariado y rechazo a las libertades del individuo. Otro tanto sucede en Bielorrusia.
La ideología de Carrillo y su práctica política se verá marcada por esa segunda concepción autócrata del ordenamiento social, así como su larga vida y las decisiones con las que influyó en el devenir de los compañeros de partido a su mando: el comunismo soviético.
La infancia de Santiago Carrillo, nacido en 1915, coincide con la efervescencia de la revolución bolchevique. Vivirá en su adolescencia todos los sucesos históricos que gravaron a sangre y fuego la realidad de España: guerra europea, represión sangrienta en las huelgas de Asturias de 1917, el entonces comandantínFranco ya apuntaba modales*; guerras del Rif, la dolorosa derrota de Annual; dictadura de Primo de Rivera; dictablanda de Berenguer, caída de la Monarquía, establecimiento de la II República, Guerra Civil, 2º Guerra Mundial, división del mundo en dos bloques antagónicos, Telón de Acero, Guerra Fría, Revolución Cultural de Mao Tse Tung en China… Y el largo exilio bajo la bota de Stalin. Al que Santiago admira, servil, y del que depende su economía de supervivencia.
¿Un cínico o un inteligente camaleón? En su ansia por medrar siempre estuvo dispuesto a traicionar o denunciar camaradas… La honestidad y la lealtad no figuraban entre sus cualidades, recoge Preston al comienzo del libro. Lo suyo era una ambición desmedida, una arrogancia infinita, una personalidad sin vida privada, subordinado todo a la dirección del Comité Central. El afán de notoriedad marcará su larga existencia, un ordeno y mando propio de un zar que dirige, a la sombra del Kremlin, a una parte belicosa del exilio con el deseo secreto de volver a la España prometida, de la que desconoce su realidad y para la que sueña un disfraz utópico de velos comunistas.
Y se aupará desde su tierna juventud a una cadena de sanciones, purgas y enfrentamientos con sus más próximos colaboradores para detentar a toda costa el trono del Partido:
Largo Caballero, su valedor primero y del que primero se separó; sus responsabilidades controvertidas en los fusilamientos de Paracuellos; acusado por Líster de cobardía en Brunete, siempre se enfrentarían por la jefatura; el trago amargo de aceptar el acuerdo Molotov-Ribbentrop; Edipo negando al padre, Wenceslao, para confirmarse de cara a los demás en su pureza comunista; el asesinato de León Trilla, el abandono de Heriberto Quiñones**, de Juan Comorera, de Jesús Monzón, contra Castro Delgado, la depuración de Francisco Antón, el novio de la jefa, el pase a la reserva de Pasionaria, el descrédito hacia Javier Pradera, la confrontación con su íntimo compañero de partida, Fernando Claudín, al que dejó en situación de precariedad negándole hasta el derecho a un subsidio de desempleo; contra Federico Sánchez, alias Jorge Semprún, que le reprocha su responsabilidad en la detención y fusilamiento de Julián Grimau***; que mamó durante décadas el maná de Stalin condenando a Tito, y obligado a tragarse el sapo del acercamiento a Belgrado de Jruschov, en 1956, tras el fallecimiento del dictador georgiano. O su enfado con el portugués Alvaro Cunhal, al que acusa, tras la Revolución de los Claveles, abril de 1974, de ¡marxista-leninista! O la sorprendente amistad, ya mediados los 70, con Berlinger y Marchais en su transformación al Eurocomunismo, el caballo de Troya de Moscú para penetrar en Occidente.
Y no hay que olvidar su empeño absurdo en la organización de la HNP, la Huelga Nacional Política con la que, en los cincuenta, pretendía derrocar al régimen del general Franco, desconociendo la realidad social y económica del momento en España por más que los análisis de Pradera, Semprún y Claudín lo desaconsejara. A los que después se ciñó en su acercamiento a la democracia. O su responsabilidad en la fallida invasión guerrillera por del Valle de Arán, en octubre de 1944, donde envió a la muerte a cientos de voluntarios, veteranos también en la Resistance.
Por no hablar de su entrada, clandestino con peluca, en los albores del reino de Juan Carlos, o de su inteligencia maquiavélica en la negociación en la España de la Transición, su protagonismo en la firma de los Pactos de la Moncloa y su mutación a ninguna parte con la que consigue el fracaso del PCE en las elecciones de 1977, 1979 y 1982, la escisión del PC en múltiples grupúsculos maoístas-prochinos-troscos-prosoviéticos-de-los-pueblos-de-España en los que terminará el itinerario comunista y el rechazo de sus seguidores.
Y su acercamiento, en 1991, al PSOE, al que abandonó en 1936, la casa común de todas las izquierdas, el albergue donde afrontar, calentito, sus últimos años de analista político en medios de comunicación y escritor de sus verdades. “Contra Franco vivíamos mejor”, frase atribuida a Vázquez Montalbán, cuyo hijo, Pepiño Carvalho, investiga su “Asesinato en el Comité Central”, podría ser el silogismo aplicado a aquel exilio que sufrió los rigores soviéticos en su ensueño de regresar algún día al país que los expulsó. En democracia, y en un régimen de libertades que permite cualquier expresión sin riesgo de ser expulsado, es más difícil imponer una línea oficial absoluta, y el afiliado tiene el derecho a elegir. “En la política el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento”, decía Carrillo, que acabó siendo un tesoro nacional y venerado, un florero decorativo olvidado en un ángulo oscuro de la tras-Transición.
La biografía de Santiago Carrillo que escribe Paul Preston podría calificarse de titánica, exhaustiva, colosal, rigurosa, escrupulosamente imparcial como corresponde a un historiador. Aúna el rigor académico propio de un autor erudito conocedor profundo de la memoria de España con la amenidad del reportaje periodístico. Es un repaso a un tiempo de largas décadas oculto al ciudadano y una fuente extensa de datos apropiados para el amante de la historia, para el investigador curioso y el veraneante ocioso. El político Carrillo, tal vez desconocido para la generación de jóvenes treintañeros, mantiene su interés para los estudiosos que se adentren en las razones que alumbran la actualidad. Y es un personaje propio de una novela de intriga cuando no de terror. El espía que vino del frío, el tercer hombre. Todo aquello, los veraneos en Cannes en casa de Teodolfo Lagunero, aquel mundo que se derrumbó con la instauración de la democracia se debía a la dependencia dineraria de Moscú. Aquellas vacaciones en la dacha de Crimea, la que ahora se ha anexionado el Kremlin, aquellos subsidios que el PCE recibía en París donde estaba prohibido, de manos del PC francés, provenían de las arcas del Politburó, del que Ignacio Gallego era el topo chivato. Sí, aquel rigor comunista fue financiado “Por un puñado de dólares”. Bueno, de rublos.
Una multitud despidió a Carrillo en Madrid, el 19 de septiembre de 2012.
*Véase Franco. Caudillo de España. Pág. 44 y siguientes. Paul Preston. 1994. Grijalbo Editores
** Heriberto Quiñones estaba casado con Aurora Picornell, víctima de la represión franquista en Mallorca en 1937, cuyo retrato rasgó el pasado mes de junio el presidente del Parlamento balear, Gabriel Le Senne, perteneciente al partido de extrema derecha VOX, próximo ideológicamente a los que fusilaron a Picornell.
***Véase Autobiografía de Federico Sánchez. Jorge Semprún. Páginas 206 a 211. Premio Planeta 1977.
Extracto de la entrevista que hizo Feliciano Fidalgo a Santiago Carrillo publicada en EL PAÍS el 5 de agosto de 1991
P. ¿Desde cuándo sabía usted que el comunismo era una equivocación histórica? R. Eso no es tan simple. No es una equivocación histórica. Yo me di cuenta de que la experiencia soviética iba al fracaso en los años sesenta y, definitivamente, tras la ocupación de Praga en 1968. P. ¿Por qué los comunistas no reconocen haberse equivocado totalmente? R. La historia crea necesidades que superan la voluntad de los hombres. Rosa Luxemburgo razonó bien cuando escribió que en Rusia el problema no era entre democracia y dictadura, sino entre el general Kaleri y Lenin. Fue una necesidad histórica en un momento dado; pero no echo a la basura todo el balance, y yo, personalmente, no me siento arrepentido. P. El progreso, en el siglo XX, se ha realizado a pesar del comunismo. ¿Quién es el motor de ese progreso? R. El motor es diverso. En lo político y en lo social, los comunistas hemos sido una parte; y luego ha habido el desarrollo científico. P. España fue cruel con los comunistas, pero ¿el comunismo no ejerció un terrorismo intelectual contra todos? R. En España se ha tenido más en cuenta lo ocurrido en la URSS que la acción del PCE aquí. Si se analiza esta acción, por las libertades sobre todo, no hay razón para hablar de ese terrorismo. P. Oyéndole hablar ahora del hombre desbordado por la historia, ¿es posible pensar que el derrumbamiento del comunismo ha cambiado su vida, sus creencias? R. No, desde mí libro Eurocomunismo y Estado había previsto la desaparición de esto. Y, por lo demás, sigo siendo ateo gracias a Dios. P. Dijo que entre la justicia y su madre elegiría a su madre. Extrapolando, le recuerdo que usted dijo lo contrario, es decir, que el ideal comunista era antes que su padre. ¿Le hace temblar esto ahora? R. En absoluto. Lo de mi padre hay que situarlo en su contexto. Fue en el golpe de Casado, en el que mi padre participó y empezaron a fusilar a mis amigos y camaradas. Había que optar: o con tus camaradas, o con los que fusilaban. P. ¿Comentaría la trayectoria de Jorge Semprún? R. No. P. El Rey dijo después de conocerle: ¡Qué pena que sea comunista!". ¿Lo sabía? R. Sí, y Adolfo Suárez también. De no haber sido yo comunista, el Rey no estaría tan tranquilo donde está. P. ¿A qué seis personalidades mundiales, vivas o muertas, invitaría a su mesa para celebrar su cumpleaños? R. A Mitterrand, Tito, Jorge Dimitrov, Largo Caballero, Castro y, quizá, a Ho Chi Ming. P. Concluyendo, ¿vive con holgura hoy? R. Mejor que nunca. Mire, lo que más llegué a cobrar cuando era secretario general del PCE y diputado fueron 90.000 pelas, porque lo otro era para el partido. Y ahora, con el periodismo, hasta me puedo pagar una casita en la sierra para el verano.
Alvaro Cunhal y Gerardo Iglesias el 26 de marzo de 1987 en Madrid, en una reunión del PCE del que Iglesias era secretario general.Carrillo en una manifestación Anti OTAN, Madrid, marzo 1987,Marcha a Torrejón contra las bases yanquis, 15 de marzo de 1987. Antes de estar legalizado el PCE, el 2 de marzo de 1977, Carrillo declaró que aceptaba la presencia de bases americanas en España. Congreso constituyente del Partido de los Trabajadores, Madrid, 7-8 marzo, 1987.Todos aplauden a Carrillo durante el congreso constituyente de su partido, 7-8 de marzo de 1987.
Sus lances de justas son endecasílabos o alejandrinos, arropados por la zozobra en brazos del amado Juan de Yepes. Ridruejo, muy viril y enamorado de una princesa teutona, los alienta desde su rebeldía de sonetos a la piedra, Gerardo desde el ciprés de Silos, Antonio de la mano de la niña Leonor. Y Agustín libre los quiere como arroyos que brincan de peña en peña, pero no suyos. La rima los une y a ella se entregan con pasión de amantes escondidos. Poetas castellanos recogidos en el deleite del solar de una villa añeja donde la palabra resuena con brío, juglares tañedores de cuartetos que recoge el viento de mil caminos, que se posa como la brisa en los oídos del visitante, atónito de encontrar, aún hoy, hacedores de palabras, cautivos del poema, esclavos del sosiego y del suspiro del verso.
Todos ellos son poetas castellanos:
Ezequías Blanco, agitador cultural y catedrático de Literatura en el IES Puig Adam; rechazó un contrato de ingeniero supervisor de estructuras de vuelo del avión Airbus A380 por dirigir la revista “Cuadernos del Matemático”, todo ello en Getafe.
María Luisa García es directora de los Centros de Educación de Adultos de Getafe (Madrid).
Matías Muñoz, fundador de la revista literaria 13 de Fuego, es autor de cinco libros de poemas.
Loli Hortal, profesora de Física y Química y directora del instituto Claudio Moyano de Zamora muchos años.
Ángeles Delgado es actriz.
Luis Ramos de la Torre ha sido profesor de Ciencias y de Música en diversos centros de la provincia de Zamora.
Todos ellos se verán las caras, rendirán un homenaje al Poeta Aníbal Núñez, tristemente desaparecido, y leerán sus versos en el Festival Músico-Poético “Dulces Ruinas del Valle de Santa María”, que se celebrará en San Román del Valle, el próximo 17 de agosto, a las 20:00 h. Organiza Ayuntamiento de Villabrázaro, todo ello en Zamora. La esencia de la santa de Ávila (Bernini no ha confirmado aún su asistencia) impregnará el festival, aunque no lea poemas.
BANCOS (Ezequías Blanco) Buscaré cada día los lugares donde nadie confunde los caminos donde muy poco importan las derrotas.
Reiré con el que luce a sus espaldas “Cristo mola” o con el otro que dice: “somos muy malas pero podemos ser peores”. Iré de banco en banco en mis paseos porque a cualquiera acogen con su respiración tan desprendida.
Y así como quien flota sobre un cielo dormido recorreré los bancos de mi entorno para fortalecer mis músculos mis fibras mis huesos mis tendones lastimados hasta llegar al que reposa bajo aquella morera verdinegra desde donde mejor se ve la luna.
Y descansaré en el del viñedo y refrescaré la mirada sobre la humedad del de la verdinosa piedra.
Desde un banco me iré rodando a casa y en un banco plantaré las verduras de mi huerto…Y sobre un viejo banco dormiré eternamente soñando con palmeras.
—Me resultó imposible acabar “La casa verde”. Y eso que le oí a Emilio cantar alabanzas sobre la segunda novela de Varguitas. La decimo primera edición de Seix Barral, reimpresión del 55º al 65º millar, en 1971. Fueron sus comentarios elogiosos lo que me animaron a atreverme con ese laberinto de sucesos entremezclados y removidos en la hormigonera giratoria de las letras, los personajes, los lugares, los tiempos y las tramas, esos diálogos incoherentes… Pero desistí. A Varguitas se le subió a la cabeza el atracón de Flaubert, de Victor Hugo y de Faulkner que se dio en París cuando llegó con Julia, a comienzos de los 60, para forjarse el oficio de genio. Y menos mal que se abstuvo de Proust. Hubo un momento en que tanto experimentalismo, tanta ruptura con la tradición relatora y tanta vanguardia erudita que rezumaba el cuento de don Mario me nublaron el entendimiento. Estaba perdido en ese universo andino, con la sensación de ser un perfecto tarugo, un bruto y torpe lector incapaz de descifrar ni de comprender las razones por las que la novelita, más bien un novelón de más de 400 páginas, fue tan inmensamente aclamada en su momento por la crítica. He reabierto el libro esta mañana y me ha sorprendido la dedicatoria que hace el autor en la primera página: A Patricia
Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional de Madrid, en octubre de 2012.
—De la tía Julia a la prima Patricia, que a su vez era sobrina de Julia y
—Sí, Terry, un lío de familia, de oca a oca, un culebrón que parece surgido de la enfebrecida mente de un escribidor ebrio de telenovelas. Pero que es real. La vida de un hombre atormentado por el amor de dos mujeres de la misma casa, entre el vértigo del incesto, el repudio y el éxtasis del placer. Aquella pelea con Gabo a causa de Julia, pasaron de amigos íntimos a enemigos por ciertas confidencias que la tía reveló y Márquez aireó. El puñetazo. El ojo izquierdo morado. Celos de gigantes. Dos personalidades tan diferentes y opuestas, alineados entre el socialismo utópico y el ultraliberalismo reaccionario, entre Fidel y la Thatcher, personajes del inframundo, tal vez no existieron y son sólo fruto de la inspiración literaria de ambos escritores.
García Márquez, Jorge Edwards, Varguitas, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, Barcelona, 1974.
—Las mujeres sí son de carne y hueso, se han cruzado con frecuencia en la vida de
—Y en una vuelta del camino se cruza otra mujer y Varguitas renuncia a la prima eterna. “El amor en los tiempos de invierno”, hubiera titulado Gabriel esa sonata en la que el galán escribidor se abalanza de repente sobre la reina del papel cuché como si fuera esa noche la última vez. Cómo si viera próximo el final de su enfebrecida virilidad y empleara hasta el límite sus últimos recursos para satisfacer un ego alborotado y bullicioso. Una locura aireada por la prensa rosa. Carnaza para desocupados hambrientos de chismes. Y el abandono, la ruptura, el caos, el desorden para alcanzar el orden. Llega otro amor y te desvalija el alma. Después, el tiempo lo reduce todo a sensaciones, el desgaste de la convivencia deposita en el lecho del espíritu el lodo de las realidades y afloran las dudas, tal vez las conveniencias. Y es entonces cuando la razón se impone al tormento de la carne, cuando la zozobra del éxtasis se aparta y apaciguado el deseo el primitivo rumbo parece más seguro y recto y vuelve el velero al puerto a toda vela achicando las vías de agua que encharcaban su bodega. A Patricia. Una dedicatoria que nunca imaginaría Varguitas que fuera tan perdurable ni en esa novela tan críptica y espinosa que aún hoy resulta difícil leer. Ella, el elogio de la prima, después fue de la madrastra, es lo único que da un poco de entidad y sentido a todo lo que a continuación se escribe. Lo mejor es el principio, la primera frase, viene a decir Varguitas, el resto es evitable.
—Algo tendrá la prima que ha recuperado al nobel y
—Sí, Terry, Amor Vincit Omnia.
Amor Omnia Vincit. 1600-1601. Michelangelo Merisi, alias Caravaggio.
Gabriel de Araceli (Para mi prima María Jesús, que es amiga de los textos largos).
Una novela, además de contener personajes, tramas, lugares, conflictos, nudos, detonante dinamitero y desenlace explosivo requiere provocar en el lector una reflexión profunda sobre la situación social, histórica y política del tiempo en ella narrados. Así se refleja en “La vuelta al mundo en la Numancia”, o en “Trafalgar”, por ejemplo, ambas de don Benito. O en “La isla del tesoro”, de Stevenson; o en “Los mares del Sur”, de Manuel Vázquez Montalbán, por citar sólo cuatro novelas en los que las aventuras o desventuras de los protagonistas se ven ilustradas con apuntes de las costumbres, vicios, virtudes y psicología de los habitantes que pueblan la sociedad en el momento narrado. Retazos que envuelven en un manto de identidad temporal y de verdad notarial la lectura novelesca y ponen derrotero preciso en la navegación por sus páginas hasta llegar, como cruceristas venturosos, a buen puerto, aunque no sea Venecia.
Sucede así en “La medida del meridiano”, escrita por Alberto Fortes, marinero por los siete mares, capitán en pesqueros de altura dedicado en su cuarto de bitácora a seguir el rumbo de corsarios y piratas de leyenda, aunque sean gallegos. Y amante de la trigonometría y de las constelaciones de la Vía Láctea por las que navegan los sueños de sus personajes.
Nos encontramos en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, de la Ilustración, de la discusión entre las ideas de Newton y las de Descartes. Principia Mathematica y Principia Philosophiae. Escritas ambas en latín. ¡Con un par! O, entre la razón científica y la sinrazón de la fe religiosa. La Tierra, ¿es un melón o una sandía? ¿Es un elipsoide oblato u oblongo? Una discusión entre la teoría geocéntrica propuesta por Tolomeo, y la teoría heliocéntrica de Copérnico. Segunda parte del reinado de Felipe V, tras el efímero ascenso al trono, en 1724, de su hijo Luis I, que sólo estaría 229 días coronado (mejor no curiosear en los entresijos de ese reinado para no sentir vergüenza patriótica por los personajes reales tan novelescos, tan lamentables que en él medraron). Ha habido, a comienzos de ese siglo, una larga Guerra de Sucesión entre las potencias europeas por disputarse el trono de España. Y acuerdos de paz que incluyeron la cesión de Gibraltar, en 1713, por el Tratado de Utrecht al que era ya United Kingdom desde 1707. O la vergonzante y perpetua Guerra del Asiento del negro (se relata en la novela un episodio más de ese exabrupto, entre 1739 y 1748), en la que se dirimía qué número de esclavos negros podían apresarse en África y venderse después por las Américas los dos reinos.
Jorge Juan, 1713-1773
Proximidad no exenta de rivalidad entre las monarquías de España y Francia. Una familia. O dos. Felipe V, de personalidad enfermiza, tal vez esquizofrénico, nacido en Versalles, nieto del rey francés Louis XIV y bisnieto del rey español Felipe IV, que firma con su primo, el rey francés Louis XV, alianzas frente al inglés. Pero que presumen, cada una por su lado, de conocimientos no compartidos, de celos entre académicos tan letrados y doctos que afirman “no haber empleado nunca las manos para ganarse la vida”.
Y dos jóvenes protagonistas llenando en la novela toda la notoriedad narrativa. Comme il faut!: Jorge Juan, “Euclides”, y Antonio de Ulloa.
Marinos, geómetras, matemático uno y naturalista el otro, hombres de ciencia y acción en la flor de la vida, 22 y 19 años respectivamente. Ambos serán enviados junto con académicos franceses conspicuos en misión conjunta para determinar la longitud exacta del meridiano más occidental que pasa por la América del Sur española, por las tierras de Quito, prácticamente en el ecuador terrestre. Y por las montañas andinas descomunales de selvas, volcanes y ríos caudalosos infectados de caimanes como jamás vieran en sus tierras natales, Novelda y Sevilla, aquellos adelantados marineros ilustrados. Ambos parten de Cádiz el 26 de mayo de 1735 a bordo del navío “Conquistador”, de 64 cañones, y en la fragata “Incendio”, de 50 cañones. Llegarán a Cartagena de Indias el 7 de julio de 1735.
Navío Conquistador, contaba 64 cañones por babor y estribor.
Les esperan once años de navegación y exploración por los Andes ecuatorianos trazando triangulaciones, senos, cosenos, tangentes y mapas por Cartagena de Indias, Panamá, Guayaquil, Quito, Chimborazo, Lima, El Callao, Cayambe, Pichincha, Riobamba, Cuenca, Guaranda, Machala… El planteamiento de la novela, que decía don Camilo.
Y testimoniando el desprecio que los españoles tienen por los indios. O las tensiones “nacionalistas” que por la gobernación de los territorios ya se inician entre la población criolla y la procedente de la metrópolis. Se reconoce en la narración la aceptable administración y burocracia que reina en aquellos países de ultramar a pesar de la distancia y extensión del terreno gobernado. Y serán víctimas los dos marinos de acusaciones falsas y de la ineptitud de la justicia poco diligente y enfrascada en sentencias partidistas y prevaricadoras. O se detalla la poca apreciación que los caciques indios tenían sobre los expedicionarios españoles, a los que veían como locos o magos por lo extravagante de sus comportamientos. Y ambos marinos constatan el maltrato que sufren los indios, cuestionándose la bondad o maldad de la Conquista. O se cuenta cómo crecían las haciendas españolas menguando las chácaras de los indios, arrebatándoselas. O se da fe de la corrupción y contrabando de los aduaneros locales en connivencia con las autoridades para lucrarse, ambas corporaciones, con las alcabalas y tributos que allá se recaudaban y no llegaban a la corona. España era así, la europea y la americana, un país lleno de gentes que malvivían cometiendo pequeños delitos con la colaboración de pequeños funcionarios. O luchando contra las plagas de mosquitos, contra las fiebres, contra los fríos gélidos o las lluvias amazónicas. Y cuenta el diario de a bordo la riqueza ostentosa de los jesuitas, entonces como ahora: «Se han hecho demasiado ricos aquí. Hay que ir pensando en recortarles las rentas o querrán ser independientes», afirma Dionisio Martínez de la Vega, presidente del reino de Tierra Firme. Es el nudo de la novela, que decía Camilo José Cela.
Antonio de Ulloa, 1716-1795
Y se describe el avance de la ciencia con los nuevos instrumentos ópticos, o sectores astronómicos para medir la oblicuidad de la eclíptica, péndulos, barómetros de mercurio o tablas geodésicas reservadas a los pocos sabios que gobiernan el mundo del conocimiento, de la ciencia. O la rijosidad y lascivia de la que hacen gala todas las órdenes religiosas: jesuitas (siempre los primeros en el arte de embaucar y defraudar), franciscanos o dominicos tenían sus concubinas, a veces varias, algo normal en aquellas latitudes, mientras que, en razón de ser Caballero de la Orden de Malta, Jorge Juan había hecho votos de castidad y no conoció mujer en los once años que duró su aventura equinoccial. ¡Tan joven y tan casto!
De todos esos retales, pecados y virtudes humanos está llena “La medida del meridiano”, un diario de a bordo de la tierra firme para narrar las aventuras y menesteres que durante más de una década soportaron los dos ilustrados marineros en compañía y competencia con sus exquisitos, a veces insufribles celosos y chauvinistas colegas franceses. Jóvenes, guapos, entregados al amor espiritual de la ciencia y obviando el placer de la carnalidad. Jorge Juan, erudito e ingeniero naval, volvería de su aventura equinoccial al reino de todas las Españas a principios de abril de 1746, tras múltiples tropiezos y desventuras. Antonio Ulloa lo haría el 25 de julio de ese año. Felipe V había muerto dos semanas antes, el 9 de julio. Dos años después de su regreso, Jorge Juan fue enviado, en 1748, por el Marqués de la Ensenada como espía al Reino Unido, para enterarse de las técnicas de construcción de barcos que se desarrollaban entonces por esos lares. Su labor de espionaje supuso una mejora considerable en la construcción de buques y el mantenimiento del poderío naval español en las mares oceanas hasta Trafalgar, 1805, donde se rompieron las alianzas marinas hispano-francesas. Pero eso quizás lo novele el autor, Alberto Fortes, próximamente. Es recomendable utilizar un atlas durante la lectura para seguir el recorrido de aquellos excelsos cartógrafos por los Andes ecuatorianos. Quede el desenlace de la novela para el descubrimiento del lector. Jorge Juan, sí, fue algo más que una calle de Madrid.
—Ay, no sé, tú, Terry, pero yo con esto de los chicos del furbo me siento mucho española y muy española. Como si me hubiera dado un ataque, un subidón de identidad patriótica, sí, como mucho más vertebrada. Decía Vázquez Montalbán que lo único que vertebra y da identidad a la España de las autonomías es el furbo, en respuesta a aquella “España Invertebrada” de Ortega. Qué quién era Ortega, pues un señor muy estirado que pensaba, aunque fuese a las tertulias de los cafés con toreros, ya ves tú qué cosas, pensar ahora, si le das una patada bien dada al balón y te ganas la inmortalidad en el pensamiento de los pueblos. Bueno, Terry, que no me quiero poner trascendente, pero que los chicos del furbo le ganen a la pérfida Albión una Eurocopa en el Berlín de los Austrias a mí me ha llenado de españolidad imperial, de orgullo, mucho española y muy española. Ha sido como regresar al siglo XVI de la espada del emperador Carlos. A la batalla de Mühlberg. Lo próximo, Gibraltar. Porque lo de Alcaraz, el tenista, recibiendo la copa de manos de la princesita inglesa…
—También es mérito del entrenador, ese señor con gafas que
—Sí, también, ese señor tan serio, no recuerdo cómo se llama. Luis, creo. A mí los que me ponen son ese chico tan guapo del Athletic, que creo que sus papás llegaron en patera a la península. Y el otro, el niño ese medio moro que vive en Mataró y juega en el Barça. Y otro de la Real de San Sebastian que ha metido el gol del triunfo, como el de Zarra en Maracaná hace miles de años. Anda, que estará bueno el nacionalismo sabinista excluyente y los del circo de JUNT, que les han crecido los enanos y se han pasado al enemigo de la zamarra roja. Y hasta dos jugadores gabachos de origen, que se han venido al otro lado de los Pirineos a menear la pelota. Todos extranjeros, exiliados, que hasta Martínez el facha, digo Santiago, ha cambiado sus mensajes xenófobos y racistas y se está pensado si adopta a los furbolistas y les da alguna consejería de deportes en alguna autonomía invertebrada ahora que se ha quedado con las poltronas vacantes, que alguno de los que antes le representaba le ha dicho que sus ideas ya no le representan y que se pasa al otro bando. Como dijo Groucho Marx: “Estos son mis ideales, si no le gustan tengo otros”.
—Y el que se lo ha pasado estupendamente es Felipe y sus niñas que
—Sí, Felipe, perdón don Felipe, presumiendo de niña por Berlín. Y con la otra paseando por Lisboa, que ya no le cabe el orgullo de papá, que va flotando al ver a sus angelitos cómo despiertan ansiedad y admiración allá por donde pasan, españolidad, españolidad, españolidad. ¡Qué jugada! Lo mejor que le ha pasado a la monarquía en un siglo, las dos niñas. Está claro, lo de la sangre nueva, digo, la rancia se ha oxigenado con la plebeya y ahora las chavalas molan casi tanto como los futbolistas, toda la prensa del corazón buscando sus fotos, que ya tiene otro filón donde dirigir sus objetivos. Sin política, sin políticos tan mustios y mendaces. Dos querubines.
—Y sobre todo que
—Sí, Terry, sobre todo y además que hemos ganado un 14 de julio. ¡Aux armes citoyens, formez vos bataillons, marchons, marchons qu’un sang impur abreuve nos sillons! Sí, Terry, tal vez podamos adoptar esos versos como propios ya que el himno español no tiene letra, ¿no? Porque a Mbappé le damos la nacionalidad española ya. ¡La que ha montado Florentino en el Bernabeu! La catedral española más conocida y visitada. Kylian, otro que quiere nacionalizarse mucho español y muy español. Ay, no sé, Terry, di algo. El furbo envenena mis sueños.
Fotos de Terry Mangino
Una joven aficionada y su papá esperan en la calle Génova, de Madrid, la llegada del autobús con los campeones.El autobús con los protagonistas a su paso por la calle Génova.Aspecto de la plaza de Colón al paso del autocar con los campeones.