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Escaparate ignorado

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Patagonia (VI)

04 sábado Feb 2017

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Viene de Patagonia (V)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad. La doctora Julieta Grecó viene de La Plata a conocer el Madrid que vivió Cabrera en su juventud.



Ángel Aguado López

Así se anunciaban en la página 2 las bondades de, en este caso un remedio infalible para que las señoritas resultasen irresistibles a los caballeros, en la revista

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Entonces, como ahora, la investigación en España no estaba bien pagada y los científicos se veían obligados a pluriemplearse para obtener unos ingresos extras. Ángel Cabrera, a pesar de ser un reconocido investigador y haber participado en numerosas expediciones de estudio en Marruecos, doctor en Filosofía, o pertenecer a varias academias internacionales no tenía fácil llegar a fin de mes y debía compaginar sus colaboraciones en el Museo de Ciencias con el trabajo de periodista e ilustrador. Además, le gustaba la divulgación. Por eso realizó una actividad notable en revistas como LA ESFERA, un prestigioso semanario gráfico de excelente y cuidada presentación y diseño modernista, que entre 1914 y 1931 contaba con las plumas más notables del periodismo, de la ciencia, del arte y de la cultura que había en España. Unamuno, Galdós, Carmen de Burgos, Rubén Darío, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Blasco Ibáñez, Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez o el fotógrafo Pepe Campúa, que después sería el fotógrafo “oficial” de Franco («¡y un masonazo!» diría de él Carmen Polo) eran algunos de los ilustres colaboradores que firmaron en el semanario. Y Cabrera fue requerido en ocasiones porque su relevancia le hacían necesario cuando interesaba la palabra de un investigador. La publicidad que encartaba LA ESFERA en su número 1, página 35, el 3 de enero de 1914 era de exquisito gusto para el paladar, y prometedora para el bolsillo:

anuncio7CARLOS PRATS Y HERMNS ARENAL, 8 MADRID ROSCONES DE REYES TELEFONO 283 Los días 5 y 6 se pondrán, en dos roscones cada día, dos monedas de oro de 5 duros y 500 pesetas, repartidas en diferentes tamaños.

anuncio10Además, como queda probado en el encabezamiento de este capítulo también dirigió ALREDEDOR DEL MUNDO, un semanario costumbrista de curiosidades y viajes muy popular que a lo largo de treinta y un años, de 1899 a 1930, era seguido por gran número de lectores. Sirva de ejemplo el artículo de Cabrera titulado “El diplódoco y su esqueleto”, publicado el 14 de diciembre de 1913, días después de que el dinosaurio Carnegie fuera expuesto en el Museo de Ciencias de Madrid. Pínchese sobre la imagen superior.

Este semanario tenía un suplemento infantil llamado LOS MUCHACHOS. Ángel Cabrera era el alma mater de ambas publicaciones, confeccionadas por él en gran parte, prueba de su empeño en la divulgación de la ciencia.
En 1914 Cabrera asesoró a Alfonso XIII sobre qué machos cabríos debía abatir sin acabar con la especie, en peligro de extinción en aquellas fechas, durante unas cacerías en la Sierra de Gredos a las que tan inclinado era el monarca. Después, el rey cedió generosamente los trofeos al Museo de Ciencias y Cabrera preparó, seguramente con la ayuda de los taxidermistas Benedito, una vitrina en la que se exponía al público cómo era la cabra ibérica, a la que denominó Capra Pyrenaica Victoriae, en honor a la reina Victoria Eugenia. Una inglesita muy mona que hizo las delicias de Alfonso al principio de su matrimonio real. A pesar de esa afición cinegética tan regia las cabras gozan de buena salud, e incluso son ahora un problema debido al elevado número de ejemplares que habitan en la Sierra de Guadarrama.anuncio8Aunque Cabrera de esto no tiene la culpa porque fue de los primeros naturalistas que alertó del grave error de introducir animales exóticos en parajes a los que no pertenecían. Las especies invasoras. Los daños causados por los visones americanos “liberados” de granjas en los ecosistemas ibéricos por grupos de “ecologistas” han sido enormes en la fauna autóctona. Daños similares se han dado con la invasión del mejillón cebra en el delta del Ebro. O con los cangrejos americanos que invaden muchos ríos españoles desplazando a los cangrejos autóctonos. O con las cotorras de Kramer (Psittacula krameri diría Cabrera) o los mapaches o los castores, especies todas ellas invasoras en la fauna ibérica, abandonadas irresponsablemente por sus dueños tras comprobar que su capricho se convertía en una pesadilla por las molestias que causan esos “bichos” en un hogar. Todo esto fue adelantado ya en 1920 por Ángel Cabrera en sus artículos periodísticos. Su visión protectora de la naturaleza seguramente le convertiría ahora en activista militante, quién sabe si encaramado al muro de hormigón de un reactor nuclear pidiendo su desmantelamiento, o embarcado en una zodiac para defender la ballena ártica (Balaena glacialis diría Cabrera) enfrentándose a un arponero japonés.anuncio3

En 1924 queda libre por fallecimiento de su titular, el doctor Santiago Roth, el puesto de jefe del Departamento de Paleontología del Museo de La Plata. Y se hace una selección entre los especialistas internacionales más idóneos. Nada más y nada menos que Ramón y Cajal, presidente de la Junta de Ampliación de Estudios, la JAE, apoya la candidatura de Cabrera. También lo hace la Sociedad Zoológica de Londres, donde Cabrera había residido en su época de estudiante y donde viajará repetidamente a lo largo de su vida. El director del Museo de la Plata, Luis María Torres, elige a Cabrera para el cargo.
«El salto a América lo da porque en el organigrama del Museo de Madrid no puede progresar más al no tener el título de licenciado en Ciencias Naturales, y porque en Argentina se le ofrecen nuevas oportunidades profesionales muy bien remuneradas en aquel entonces» considera Leoncio López-Ocón, especialista en Cabrera y autor junto con Manuela Marín y Helena de Felipe del libro “Ángel Cabrera: ciencia y proyecto colonial en Marruecos”, e investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el organismo en el que derivó la JAE, que tutelaba a Cabrera. En ese libro se recoge que en 1913 el sueldo de Ángel Cabrera como colector interino en el Museo Nacional de Ciencias de Madrid era de 147 pesetas líquidas mensuales. Lógicamente habría aumentado en 1925.
Por otro lado, la dictadura de Primo de Rivera y la JAE no son exactamente amigas íntimas, porque el talante liberal de sus miembros choca con la tosca y chusca personalidad del dictador y la convivencia de conveniencia que los contrayentes comparten conlleva conclusiones contradictorias y contractuales complicadas de comprender. Cumplidos los 46, una edad respetable para la época, Cabrera tiene una familia que alimentar y el sueldo que paga el Museo de La Plata es muy superior al que pueda obtener en España pluriempleándose. También ayuda en su decisión la situación política que se vive en Madrid, con una monarquía agonizante (el hecho de que hubiera sido “asesor zoológico” de su majestad no le reportó ninguna ventaja) y un futuro difícil frente al atractivo del país que le reclama, Argentina, El Dorado en esa época. Un Dorado anhelado por los conquistadores del siglo XVI: Francisco Pizarro, Alvarado, Pedro de Ursúa, el loco Lope de Aguirre y tantos otros que al servicio del emperador Carlos emprendieron la exploración del nuevo mundo, por los mares del Sur, no precisamente con fines científicos.
Así que tras consultarlo con María, su mujer, acepta y en octubre de 1925 llega la familia Cabrera-Aguado al inmenso estuario del Río de la Plata que navegara anteriormente Juan Sebastián Elcano y Alejandro de Malaspina y Charles Darwin y Jiménez de la Espada e inicia una segunda vida. No consta que se dirigiera a D. Antonio Manzanera al llegar a La Plata.anuncio5

Ángel Cabrera nunca volverá a España.

Continúa en Patagonia (VII)



Enlaces relacionados

Innova

Patagonia (II)

La uña rota

Patagonia (IV)

La bitácora de Leoncio López-Ocón

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Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza

01 miércoles Feb 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Un libro inédito de viajes de Miguel de Unamuno sale a la luz

Gabriel de Araceli

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Emilio Pascual, Luis Alberto de Cuenca, Pollux Hernúñez, autor de la edición, y José María Merino durante la presentación del libro de viajes de Unamuno el pasado 31 de enero en el Ateneo de Madrid.

Unamuno es lo que tiene, que a pesar de sus contradicciones arrastra a las masas. Y con el libro inédito de sus viajes juveniles que se ha dado a conocer estos días se ha despertado una expectación inesperada. Resulta que a Miguelito Unamuno en el verano de 1889 (sin haber cumplido aún los veinticinco), su tío Claudio, ya setentón, le obsequió con un viaje por Italia, Suiza y París, con la guinda final de la Exposición Universal y la recién inaugurada torre Eiffel. Así que durante los 49 días que duró la excursión el joven Unamuno se lo pasó en grande visitando monumentos, tomando notas, escribiendo impresiones, criticando lo que no le gustaba, poniendo a caldo algunas de las costumbres y usos que veía en aquellas extrañas tierras y echando de menos a su novia. Eso sí, ¡ah, el amor!, que era un joven enamorado y le ardía la sangre solo de pensar en el bomboncito que había dejado en el gran Bilbao. De todos aquellos cuadernos de viaje que han estado perdidos durante décadas porque Unamuno no quiso publicarlos (lo mismo fue por lo que padeció, aquellas  ansias secretas secretadas por su novia, ¡vaya usté a saber!), Pollux Hernúñez, especialista unamuniano y además salmantino, ¡encima!, ha hecho una edición especial que presenta Oportet Editores. Una edición muy cuidada, que no es sencillo enfrentarse a la enrabietada caligrafía manuscrita de don Miguel, que hay que tener paciencia de hereje para leer y ordenar ese inmenso paraíso de notas que escribió, que uno se queda maravillado de aquella prosa precisa y reverentísima de don Miguel, del empeño que ha puesto Pollux Hernúñez en sacar a la luz este libro inédito. Así que aquí está el libro de viajes de Unamuno y el que quiera saber más que lo lea.

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El salón Úbeda del Ateneo abarrotado de público, que se quedó pequeño para la presentación de los viajes de Unamuno.

librocareta_oportetEnlaces relacionados:

Venceréis pero no convenceréis


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Patagonia (V)

31 martes Ene 2017

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Viene de Patagonia (IV)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad. La doctora Julieta Grecó viene de La Plata a conocer el Madrid que vivió Cabrera en su juventud.



Ángel Aguado López

Sacrificium. La ternura, la inocencia, el carnero amarrado en un ovillo sobre el que planea la guadaña, tan dulce él y tan mortal ella, dispuesto para aplacar las furias caprichosas de los dioses. Silencio. Vellones aguardando la cuchillada del matarife, las erinias rencorosas que claman venganza por los pecados de los hombres. La fragilidad del corderito, naturaleza muerta aún viva, indefenso, sangre fácil. Agnus Dei, 1634, Zurbarán. Julieta observa este cuadro conmovida en un suspiro, esperanzada en que tal vez el cordero no sea degollado y bale de nuevo por las verdes praderas. Julieta se emociona ante esa belleza que antecede a la muerte. Zurbarán pintó al menos cinco de estos bodegones tan vivos antes del sacrificio. Seguramente también Ángel Cabrera se emocionaría ante el cuadro en sus visitas de joven al Prado. Son representaciones tan realistas que el espectador presiente la tragedia angustiado, deseando tal vez que la cuchilla yerre el tajo y no tiña de sangre el vellón inmaculado. francisco-de-zurbaran-agnus-deiPero es inevitable que muera. La muerte y la doncella. Adán y Eva. Durero pintó las dos tablas tras regresar de Italia. «Albert Dürer Almanus / Faciebat post virginis / Partum 1507 A.D.» [Durero lo hizo en el año 1507 después del parto de la virgen] firma Durero en un papelito bajo la mano de Eva. Restauradas desprenden una luminosidad espléndida, porque solo los amantes saben iluminarse con el resplandor del amor. La belleza gigante de Adán, su cuerpo desnudo, su pecho hercúleo, campo de plata y rosa para el amor desbocado, su virilidad escondida que anticipa el pecado, su boca abierta que busca el beso, cabellera al viento, vellocino de oro que ignora también el sacrificio, la renuncia a la sabiduría eterna a cambio del amor efímero de Eva, virginal e infernal, sus ojos deseosos de los ojos de Adán. adanDurero, minucioso en las manos arrebatadas del hombre, presas como caricias en el cuerpo amado, sortijas en el pubis. Y Julieta se exalta con tanta belleza, con tanta carnalidad, porque Adán reclama el beso y ella se siente Eva generosa, quiere entregarse al amor de esas formas gentiles, sus labios anhelantes de otros labios. En el beso se encierra la perpetuidad del amor, la ambrosía destilada de los poros del amado. Y la serpiente enroscada en la umbría acecha para inocular su veneno aciago. ¿Qué es sino el pecado la juventud sublime? Un muro de japos se arremolina bajo los cuadros, disciplinados siguen al guía sin rechistar, apenas unos segundos interrumpiendo el amor desnudo de Adán y Eva. Y emprenden el paso en busca de otros cuadros a los que dispensar la misma indiferencia del turista presuroso. Queda libre Adán y sin ser visto dirige a Julieta una mueca, o es un reclamo, ven, acércate y dame con tu soplo la vida para vivirla junto a ti. Y Eva, hembra celosa, recrimina con sus ojos negros al galán y a la mortal entrometida que asalta sus cielos. Y Julieta se enfrenta a Eva y le requiere a Adán sus gracias amorosas porque se ha emponzoñado de su néctar y quiere más y más. eva«Ven Julieta, ven Julieta, ven a mí» oye Julieta de los labios de Adán y allá va Julieta, sumisa al reclamo. «Julieta, Julieta, Julieta…»

–Julieta, ¿te encuentras bien?

Y Julieta despierta del ensueño insuflado por Durero y recupera la realidad y responde a Simón que sí se encuentra bien y le sonríe. Y mira de reojo a Adán y a Eva que están allí arriba, desnudos en sus tablas, y sale de su asombro, de su rubor adolescente, de su deseo oculto. Y vuelve a la realidad, al museo, a los óleos galantes, a la vida entre los turistas presurosos y a la sonrisa de Simón, que la contempla preocupado.

–Los Tizianos que Velázquez trajo de Italia para Felipe IV, para el placer de su majestad. Danae recibiendo la lluvia de oro. A punto estuvo de ser quemado este cuadro por la Inquisición. Si se salvó fue porque era propiedad del rey y tan alto no apuntaba el Santo Oficio, porque ganas no faltaban en aquellos tiempos de oscurantismo y censura de acabar con cualquier obra que mostrara un cuerpo desnudo –dice Simón con cierta cautela examinando de reojo el rostro traspuesto de Julieta, ¿se encontrará bien?, prosigue–. Danae se entrega al placer y recibe la semilla de Júpiter en forma de lluvia de oro, el erotismo del cuadro es excepcional, Danae incluso se abre las piernas para que el fruto de Júpiter ahonde bien en su interior. El perrito añade un punto más de lujuria a un cuadro ya de por sí muy tórrido.

Y observa de nuevo Simón a Julieta, la mirada perdida en el rostro gozoso de Danae, Julieta en brazos de Adán recibiendo su lluvia de oro, Eva celosa de otra Eva, Eva mujer Julieta, herida por el amor de una tabla pintada en 1507, tan actual y tan humana.

–Y ahí tenemos a Venus y Adonis, pintado en 1554. Venus le suplica a Adonis que no vaya a la guerra, que no la abandone, porque sabe que su amante morirá en la batalla y no quiere quedar huérfana de sus brazos, de su boca encendida. Tiziano Vecellio muestra a Venus de espaldas, porque las nalgas eran entonces la parte del cuerpo femenino que más deseo inspiraba. Aunque hablar de deseo es hablar solo de los poderosos, los únicos que podían permitirse un lujo así.

Simón observa a Julieta y detiene un momento su charla. La muchedumbre de japos ha bloqueado la vista de Venus por unos segundos. Pero emprenden la retirada hacia otro Tiziano al que apenas si le mostrarán una atención cansada.

–Y estos son dos versiones de las cinco que Tiziano pintó sobre un mismo tema: Venus recreándose con el amor y la música. Esta es de 1565, y como verás el erotismo está expuesto sin cortapisas. Aunque el erotismo era un pecado, o un refinamiento reservado solo para unos pocos que podían pagar sus elevados precios, duques, cardenales o reyes, que lo disfrutaban en privado, acompañados de sus amantes secretas en secretos palacios…

Y Julieta escucha a Simón a medias, su razón extraviada entre Eva y Adán, entre Adonis y Venus recreándose con el amor y la música, entre Danae recibiendo a Júpiter, abierta de piernas para que sus semillas de oro la adentren más y más.

Continúa en Patagonia VIlamina9_cabreraEnlaces relacionados

Patagonia I

Patagonia II

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Patagonia (IV)

28 sábado Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Viene de Patagonia (III)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad.


Ángel Aguado López

EL VIAJE DEL BEAGLE se basa en las notas que a lo largo de casi cinco años, de diciembre de 1831 a octubre de 1836 tomara Charles Darwin en su expedición de circunvalación al mundo, sus mares del Sur. Fue publicado en 1839. En 1920 se publicaron en España los capítulos referentes a su aventura por el estuario del Río de la Plata y la extensísima Patagonia: UN NATURALISTA EN EL PLATA, traducido con bastante gracia y fidelidad por Constantino Piquer.

Con absoluta seguridad Ángel Cabrera Latorre leería esta obra y con seguridad quedaría grabada en su memoria y sería uno de los motivos que le decidiera a emprender su aventura argentina. El libro de Darwin es un escaparate apasionante de los sucesos que vivió un curioso y joven naturalista (contaba con 22 años de edad) por los confines del mundo. Su visión y sus análisis nos muestran a un observador racionalista e inquieto científico, adentrándose por paisajes desconocidos que busca los porqués del mundo que le rodea y emprende cualquier aventura con tal de desentrañar los misterios del comportamiento de animales o humanos, de sociedades tribales, de culturas diferentes. O los motivos que invocan los graves gobernantes para embarcarse en guerras absurdas, todo aquello que encuentra a lo largo de los miles de kilómetros de su andadura llama su atención. Durante su viaje se movió por tierra o por mar, a pie, a caballo, en carreta de bueyes, en un bote ballenero, en una canoa de piel de foca o en el HMS Beagle, capitaneado por el también ilustrado capitán Robert Fitz-Roy.

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Darwin, hacia 1860

Así, por ejemplo, califica al general Rosas, un estanciero con cientos de miles de cabezas de ganado y al que conoció personalmente como exterminador de los indios nativos del Río Negro. El general Rosas importó a Argentina la costumbre tan hispana de dar golpes de estado. O habla de la pobreza extrema y de la vida miserable de los nativos de Tierra de Fuego, un lugar inhóspito donde sus habitantes viven en un miserable primitivismo. O del gobernador de Santa Fe, un tal López, “que tiene una ocupación favorita: cazar indios… mató a 48 y vendió sus hijos como esclavos, a razón de 20 pesos por cabeza” [Un naturalista en el Plata, página, 85, Centro Editor de América Latina. 1977]. O del ambiente de violencia de pre-guerra en Buenos Aires, en noviembre de 1833. O de sus descubrimientos de huesos de cuadrúpedos extintos en la Patagonia como el megatherium, o el megalonyx, o el seodilotherium (mylodon darwinii): “…En Punta Alta me puse a buscar osamentas fósiles: en efecto, ese lugar es una verdadera catacumba de monstruos pertenecientes a razas extintas” [Opus Cit, pág. 45]. O relata el viaje de exploración a través del Cabo de Hornos y el paso por el Canal del Beagle (nombrado así posteriormente) a pesar de las tremendas tempestades y hostiles condiciones climáticas que asolan esa zona recóndita del extremo meridional de Chile.

La visión humanística que transfiere ese Darwin aventurero, ágil escritor y prolífico pensador sobre todo lo que observa, sus inquietudes intelectuales y sus necesidades de respuesta le llevaron a formular en 1859 su teoría evolutiva en EL ORIGEN DE LAS ESPECIES. Una obra densa y extensa, que requiere constancia y voluntad para ser leída, muy polémica y contestada por la comunidad científica oficial y religiosa de la época. Se abría al mundo un horizonte insospechado, la aportación de Darwin revolucionaba los principios creacionistas adoptados como ciertos, era la ciencia contra la creencia, un debate que a nadie dejó indiferente. Un libro que a buen seguro estaría tanto en la biblioteca de Ángel Cabrera como en la de los componentes de la Comisión Científica del Pacífico, que en esa fecha de 1859 a punto estaban de emprender otra aventura americana.

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Réplica de la nao Victoria

PRIMUS CIRCUNDEDISTI ME

El 12 de enero de 1520 la expedición de Magallanes se adentraría en el estuario del Río de la Plata creyendo que lo hacía en el océano Pacífico. Y el capitán superviviente de aquella aventura, Juan Sebastián Elcano, completaría la primera vuelta al mundo el 8 de septiembre de 1522, con apenas 18 hombres de los 234 que zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. A la tradición de los Austrias de promocionar expediciones de conquista y expolio por el nuevo mundo durante los siglos XVI y XVII se unió la ilustración borbónica del siglo XVIII con fines científicos y políticos. Había que relanzar la monarquía española, ya de segunda división. Las potencias europeas se disputaban los vastos territorios del Pacífico aún desconocidos en una carrera colonial y comercial en la que participaban las mentes más preclaras de las cortes. Entre 1778 y 1796 hay tres expediciones a Perú, Chile, Guatemala o Vancouver, con ánimo de recolectar y clasificar la flora de esos países. Celestino Mutis comandó la expedición e investigaciones a lo que hoy es Ecuador y Colombia de 1786 a 1808, fecha de su muerte. A esto hay que añadir la expedición científica de Alejandro Malaspina, que por las mismas fechas, entre 1789 y 1794, recorrió en las corbetas Descubierta y Atrevida las costas americanas del Atlántico (con estancia en el estuario de La Plata) y ambos lados del Pacífico en un viaje que, aún hoy, causa admiración. La fascinación por los mares del Sur.

 

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Expedicionarios de la Comisión Científica del Pacífico. Foto de Ramón Castro Ordóñez. Fecha posible: agosto de 1862.

Y aunque en el trono de España reinaba en 1860 un trozo de carne rijoso había, no obstante, personajes inquietos por la ciencia y el porvenir de la nación. Fue el empeño de un político gris, Antonio Aguilar Correa, y un científico, Mariano de la Paz Graells, a la sazón director del MNCN, los que impulsaron una expedición que seguía la tradición científica de las realizadas en los siglos anteriores y que reunió a lo más granado de la ciencia, no sin disputas y envidias propias del academicismo patrio, y que bajo la dirección de Marcos Jiménez de la Espada emprendió una de las más fascinantes expediciones que desde España se han realizado a América: la Comisión Científica del Pacífico.

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Fragata Resolución. Foto de Ramón Castro Ordóñez

A bordo de las fragatas de guerra Resolución y Triunfo los científicos Patricio María Paz (marino y naturalista), Fernando Amor (físico y entomólogo), Francisco de Paula Martínez y Sáez (zoólogo y botánico), Marcos Jiménez de la Espada (un renacentista en el sentido histórico del término), Manuel Almagro (médico y antropólogo), Juan Isern (médico y botánico), el fotógrafo y artista Rafael Castro y Ordoñez, y Bartolomé Puig y Galupy (médico y taxidermista) realizaron un apasionante viaje por todo el continente americano, que duró de 1862 a 1865, y que, tras innumerables penurias, contratiempos, disputas entre los participantes, dimisiones, envidias profesionales, e incluso el fallecimiento de alguno de los participantes (Castro, el fotógrafo, renunció y al regresar a Madrid se suicidó, contaba 31 años) completó una de las grandes epopeyas investigadoras llevadas a cabo por España, aunque la inestabilidad política del momento, la Gloriosa revolución de 1868, el sexenio democrático y la posterior restauración borbónica de 1874, la convulsa situación en que dejaron a la nación las largas guerras africanas y la pérdida de las últimas colonias enmascararan el esfuerzo y la entrega de aquel grupo de geniales científicos.

Una parte de aquellos inmensos fondos recolectados por la Comisión quedó depositada en el MNCN y fue Ángel Cabrera, discípulo y admirador de Jiménez de la Espada el que, en los primeros veinticinco años del siglo XX estudió y clasificó aquel material, quedando sin duda fascinado por la cantidad de los mismos y la calidad de las observaciones realizadas por Espada y su equipo. No es de extrañar que cuando se le presentara la ocasión de emprender él una investigación similar se aprestara a ello y fuera el aura del estuario del Río de la Plata lo que sonara en su cabeza. Su viaje a los mares del Sur.

Continúa en Patagonia (V)

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Patagonia (I)

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La Universidad como problema

27 viernes Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

El desarrollo de la Universidad española ha corrido en paralelo al de la propia democracia. Cuando los tiempos estaban cambiando, en ambos lugares se comenzaron a agitar los aires que la sociedad precisaba, emergiendo del triste paisaje de la dictadura. Al dirigir una mirada hacia atrás no deberíamos olvidar el lugar de procedencia y las condiciones de partida. Por eso es tan errónea la tendencia a negar o minimizar los avances en ambos escenarios como la sobrevaloración de los resultados. Puede que, también por eso, se haya producido un debate paralelo acerca de la necesidad de una reforma constitucional, agotado el impulso de la transición, junto al sentimiento de que las últimas décadas hayan pasado por la Universidad sin pena ni gloria, hasta alcanzar una situación de profunda melancolía. Tras gobiernos de distinto color, la caída en picado de la financiación ha consolidado un escenario de desolación, con pocas ideas y mal vestidas, zarandeándose de un sitio a otro al ritmo de los bandazos de los planes de estudio. Para acelerar el desencanto, en los últimos años las tasas académicas han crecido y el número de becas se ha reducido, en un momento en que la capacidad de las familias se encuentra en sus niveles más bajos, lo que lleva a una parte del alumnado a abandonar los estudios. En lugar de adaptarse a los retos de una sociedad compleja, las plantillas de profesorado han encogido y envejecido, mientras que la burocracia invadía los campus, disminuyendo aún más el tiempo que el personal docente e investigador puede dedicar a sus misiones esenciales. Como remate, un par de generaciones de investigadores e investigadoras, tras haber completado una educación de calidad en centros de excelencia, deambula por las salas de espera de un limbo sin futuro, sin que la sociedad pueda beneficiarse de su formación y su experiencia. Éste es un buen momento para asumir responsabilidades a todos los niveles. Si la Universidad es un foro adecuado para discutir sobre la generación y la difusión del conocimiento, también lo es para hacer una reflexión sobre sí misma, su función en la sociedad actual, su papel en la formación de una ciudadanía crítica y sensible, sus procedimientos de gobernanza, sus mecanismos de selección, la aplicación de los resultados de su investigación y el delicado compromiso, generalmente definido con hipocresía, entre autonomía y responsabilidad. Ayer mismo, Cayetano López –actual director del CIEMAT y ex rector de la Universidad Autónoma de Madrid– llamaba la atención sobre las decisiones equivocadas que recientes gobiernos han tomado, hasta dejar a la ciencia española a los pies de los caballos. Es hora de que cada palo aguante su vela. También ha sido en las Universidades donde se han tomado y se toman medidas equivocadas que están lastrando el despegue y comprometiendo el futuro. En buena medida han sido los gobernantes de la academia quienes han participado y participan en el desaguisado, y quienes –siguiendo el argumento de Cayetano López– “no tendrán que dar explicaciones ni cargar con esa responsabilidad”.

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Examen de selectividad en la Facultad de Medicina de la Complutense.

Enlaces relacionados:

Arturito Pomar, un genio en el país de la nada

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Patagonia (III)

25 miércoles Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Viene de Patagonia (II)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad.


Ángel Aguado López

Julieta desliza el pincel con mimo sobre el cartón. Se detiene, retrocede la cabeza y por el jardín se oye el borboteo de una fuente o tal vez sea un mirlo que le trina a la primavera la alegría de vivir. Julieta no está conforme con los bigotes del lince que pinta, o quizás sean las orejas apuntadas o la mirada felina, o la exigencia de ella lo que no le gusta. Pero al final siluetea con tinta china un perfil felino y el gato parece escapar del papel y acechar al mirlo como si en Doñana se tratare y Julieta no existiera a pesar de la mueca que repuja su rostro encendido porque algo así deseaba plasmar. Llueve fuerte en el jardín, granizo del mes de octubre de la primavera austral, bañado de rocío y plata el lince tras los sauces llorones. Piranesi se asoma al cartón y la mirada de Julieta parece que copiara el virtuosismo de Durero o la alegría juvenil de Ángel Cabrera con sus acuarelas dibujando la Capra Pyrenaica Victoriae para la reina Victoria Eugenia de Battenberg. No fue fácil fotografiar al lince, casi más difícil que pintarlo, días y días escondida en un refugio camuflado en la espesura de una reserva de la biosfera. Fue solo una centella, el gato apareció apresando al conejo y ella lo fotografió en una ráfaga que espantó al animal. Ser mujer, fotógrafa de naturaleza o ilustradora o naturalista es una profesión difícil en tiempos en los que el ecosistema se degrada más aún que la conciencia de los gobernantes que condenan al mundo a la destrucción. Pero ahora está acá con su carpeta de dibujos y fotos de allá y los pinceles duermen amartelados de trementina y sus ilustraciones son como trofeos expuestos en un salón que los visitantes cibernéticos ven asombrados, como esa pared del museo poblada de cabezas de mamíferos disecados por los hermanos Benedito. Ilustradora, zoóloga, paleontóloga y mujer, lo más difícil de todo.

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Lince ibérico, ilustración de la zoóloga Julia Rouaux, de la Universidad de La Plata, Argentina.

Nunca lo tuvo la mujer fácil. Menos cuando se emparejaba con un artista, o un notable, o un científico. Nadie habla jamás de Dora Maar, o de Gerda Taro, nadie sabe de la terrible soledad de Mileva Maric, la primera mujer del Nobel eterno, o de Helena Fourment, que se casó con un hombre 37 años mayor que ella. Porque ellos eran Picasso, o las fotos de Robert Capa o el pelo alborotado de Einstein, o las gracias desnudas de Rubens. Son los hombres los que figuran en la historia y los que la escriben.

–María era la luz de Antonio, estuvo siempre a su vera, a su sombra, sin querer se escondió porque Antonio López es un artista tan genial que engulle como una estrella gigante, un Aldebarán de la pintura, a todo lo que a él se aproxima. Y María Moreno, a la que todo el mundo admira ahora que ya no puede pintar prefirió el trabajo callado y posar tras Antonio, aunque el papel que la deparase el arte fuera principal. Prefirió la figuración antes que un protagonismo que, sin duda merecía pero que por ser mujer le resultó difícil conseguir. Sólo hace dos años que expuso sus cuadros en Madrid. Y fue una exposición colectiva con todo el grupo de Vallecas, con todos los López, porque exponer también es exponerse y ella estaba, o creía estarlo, más segura tras la altura enorme de Antonio.

Simón Camus habla igual que cuando en el MNCN explica a los visitantes el panorama científico del primer cuarto de siglo en España, o los yacimientos de Villaverde Bajo donde se encontraron los restos del palaeoloxodon anticuus, un elefante, a fin de cuentas. Y escucha el silencio que la expectación de sus palabras refleja en el rostro de Julieta Grecó, la paleontóloga argentina venida desde La Plata para estudiar las obras que aún quedan de Ángel Cabrera en el MNCN.

–Mientras que todos los López: Antonio, Francisco López Hernández, su hermano Julio, o Lucio Muñoz conseguirán ser unos artistas respetados incluso en vida, Antonio López debe ser el artista vivo más reconocido del mundo en la actualidad, sus mujeres, sin embargo, apenas si son conocidas.

Julieta escucha hipnotizada el torrente de datos que Simón arroja por su boca porque el arte, o su explicación es la profesión común de ambos. Y Julieta quiere empaparse de arte y conocer de cerca a los vallecanos realistas y a los informalistas de El Paso. El tenebrismo de Antonio Saura o las arpilleras de Millares o la fuerza de las esculturas de Martín Chirino o Pablo Serrano. Y por eso ha ido a todos los museos en las dos semanas que lleva en Madrid y ahora, en un café de Lavapiés escucha las palabras de Simón, guía y acompañante desde que, en aquella visita al MNCN, le pidiera que le hablara de los dibujos y pinturas de Cabrera.

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Las azaleas rosas. 1994. María Moreno.

–La pintura de María Moreno, o Isabel Quintanilla o de Amelia Avia, o de Esperanza Parada tiene un nexo común, su interioridad. Son mujeres y artistas, reflejan un mundo íntimo, interno, privado, lo femenino. Isabel pinta muebles, su mesa de aseo, unas flores sobre una bandeja. María pinta trozos de su intimidad, su casa, su jardín, sus azaleas, su calle, unos salmonetes vivos de eternidad colgados en un rincón. María pinta su atmósfera doméstica, lo rural que hay en la ciudad. Salir a pintar con Antonio era difícil porque Antonio intimidaba con su presencia a cualquier artista y María se refugia en el alma de las cosas, en los entornos de las transparencias cercanas, huye de la realidad, es una persona introvertida. Es la forma de liberarse de la presencia de Antonio, de lo masculino. Cuando pinta con Antonio la puede la oscuridad, la presión de ser la mujer de un artista genial, único, indiscutible, un monstruo del arte. Y en su soledad pasa de la pincelada oscura que le amedrentaba con Antonio a la luminosidad radiante de la luz madrileña, de su luz de artista. «Mari pinta porque le gusta» –dice el mismo Antonio de su mujer–, en sus bodegones, en sus flores vuela a su espacio más espiritual, más puro, más fácil. Cubrir las espaldas a Antonio durante toda la vida era un trabajo extenuante.

Quizás sea porque Simón es un profesional de la palabra, o porque es un hombre y a ella le interesan los hombres, quizás porque el acento nuevo la seduce y quiere escucharlo para aproximarse más a la personalidad y al mundo del científico que ha venido a estudiar. La carpeta de las fotos familiares que allá en La Plata le enviaron están sobre la mesa del café. Simón revisa la intimidad desconocida del libro de recuerdos fotográficos de una familia, la Cabrera-Aguado con esa curiosidad adquirida en su museo, con ese gusto por el detalle escondido y ella siente pudor porque le descubre a un desconocido una intimidad ajena, la de unas personas que hace noventa años trasladaron sus emociones lejos de sus orígenes. Y ella es la guardiana de esos secretos que dormían décadas olvidados en un álbum de fotos amarillentas y semiveladas por un tiempo ondulatorio.

–En parte tenés razón –le responde Julieta, –todos los honores quedaron de la parte del investigador, del hombre de ciencia que llegaba de España. Pero no venía solo, con él llegaba su mujer y sus hijos, a un país extranjero, a El Dorado que no por eso les era conocido o sencillo. Porqué allá eran extranjeros, por más que les dieran la nacionalidad a los pocos meses de arribar. Y fue María Aguado, su mujer, la que tuvo que poner orden en una casa, con dos niños pequeños, en otro mundo. Y durante cuarenta años estuvo en segundo plano, al lado del naturalista genial que recogía todos los honores y todos los premios y todas las felicitaciones y todos los agradecimientos de academias y de museos y de instituciones. Un trabajo enorme el ser la mujer de una celebridad intelectual, seguirle al otro lado del mundo, dejar tu país, tu familia y seguir a tu marido cruzando un océano inmenso. Solos los cuatro.

Simón observaba las fotos de la carpeta de Julia. La dama sentada en un sillón parecía salida de un cuadro de alguno de los Madrazo. La sonrisa plácida de una Gioconda expectante, rostro distendido, pose equilibrado y sereno, mujer de buena posición, tal vez la musa de un artista, una Clotilde de Sorolla bajo el prisma de J Zuccolillo, el fotógrafo platense, Diagonal 8º, nº 835, ligeramente virada a sepia. Fechada el 1 de diciembre de 1929, en la cima de su esplendor vital, sonriente y satisfecha con lo que la vida le había dado, medio siglo de vida y en el bienestar de un país encaramado en lo más alto.maria_1-dic_1929

–Sí, la foto transmite confianza y seguridad, se sabe vencedora, aunque haya contribuido al éxito desde su papel secundario. Un rostro tranquilo, sin ansiedad, reflejo de una mente despejada que sabe que han triunfado los suyos y lo suyo. Y sin embargo, fíjate en este pequeño detalle caligráfico que a cualquier experto grafólogo le resultaría curioso. Su firma avanza y declina en sentido vertical, en lugar de mantenerse horizontal va cayendo como si se conformara con ese rol secundario, de figurante familiar que ella ha querido representar en la función de su vida, a la sombra de su marido, el genio. Y no pone tilde sobre la i de María, solo un punto redondo como si no quisiera añadir un detalle estridente, siempre modulando la dirección familiar.

Julieta observó la fotografía con ojos nuevos y se diluyó en la tranquilidad que desprendía el rostro de la foto.

–Y esta otra de él debe ser algo anterior, porque muestra a un hombre de unos cuarenta años, aproximadamente.

La fotografía es un retrato clásico, un plano medio, con un fondo diluido y ligeramente gris sobre el que se apoya el rostro decidido de un caballero solvente.angel_cabrera_2

–Debe ser sobre 1920, porque en la foto en la que Ángel Cabrera aparece con el equipo del dinosaurio Carnegie, en 1913, se le aprecia más joven, con bigote. Y aquí se lo ha afeitado, un semblante despejado, no necesita artificio para demostrar su calidad. Además, la foto es de Alfonso, uno de los más reconocidos fotógrafos de Madrid. A su estudio de la calle Fuencarral acudía lo más ilustrado del mundillo intelectual y artístico del momento. Que te fotografiara Alfonso era un detalle de distinción.

Las dos fotografías hablaban bien de sus protagonistas y aunque cada foto se hubiera tomado en un tiempo, en un país y por un artista diferente la conjunción de los personajes parecía ideal, como bocetos para un cuadro de familia que pintara un alumno de Thomasz Key del siglo XX. Un perfecto equilibrio, el señor y la señora Cabrera Aguado, Ángel y María satisfechos de lo que habían conseguido en su vida viajera.

–Y el detalle de las firmas muestra la serenidad de una pareja asentada. En esta María sí ha puesto la tilde sobre la i –dijo Simón mirando el reverso de otra foto–, y ambas firmas se han escrito en tiempo diferente porque el color de la tinta varía, la firma de ella se apoya sobre la de él, como si la base de su felicidad se forjara en un bloque que ambas identidades completan. El conjunto de las dos firmas es un rectángulo de base áurea, la proporción divina, esa relación pitagórica que determina la armonía de las formas y de las personas.img042_reducida_web

Y así era, ambas firmas superpuestas formaban un todo perfecto, como si Vasari lo hubiera creado para el templo del amor de los Medicis, sobre el Arno.

Continúa en Patagonia (IV)


 Enlaces relacionados:

Arte, ciencia y revelación

Darwin y Mariano

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Lyns Pardellux, Lámina X, dibujada por Ángel Cabrera, Fauna Ibérica: Mamíferos. 1914. Pág. 206. Tricomía Suc. de E. Páez. Del ejemplar que perteneció a Gerrit S Miller Jr, April, 1915.

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24 de enero de 1977

24 martes Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli

Han pasado 40 añazos y aún nos sobrecoge el recuerdo de aquellos días de enero cuando el terror fascista nos inundó el corazón de rabia y de miedo. No fue fácil el camino a la democracia, los coletazos asesinos del franquismo golpeaban con saña el incierto camino de la Transición, llenando de sangre las esquinas de los nuevos tiempos. El 24 de enero de 1977, unos pistoleros de Fuerza Nueva asesinaban a sangre fría a cinco personas del despacho de abogados de CCOO, en la calle Atocha, 55: Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal.

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Coronas de flores depositadas el 24 de enero de 2017 por público espontáneo en la plaza de Antón Martín, frente a Atocha 55.

Toda España se quedó sobrecogida. El día anterior, el estudiante Arturo García Ruiz fue asesinado a manos de la extrema derecha durante una manifestación pro-amnistía. Y el mismo 24 fallecía María Luz Nájera, otra joven estudiante, casi una niña, que fue alcanzada por un bote de humo de la policía durante una manifestación en la Gran Vía. Un misterioso GRAPO había secuestrado unas semanas antes al presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, y el mismo día de los asesinatos de los abogados era también secuestrado el teniente general Villaescusa. Fue horrible, era como precipitarse de nuevo al vértigo de la dictadura, a la negritud del caudillaje que los sanguinarios “fachas” querían perpetuar en España. Las responsabilidades de aquella matanza nunca fueron del todo depuradas. En los cuerpos de seguridad herederos del franquismo se mezclaban numerosos partidarios de la extrema derecha con fascistas internacionales venidos del exterior. Y en la misma justicia, el juez Gómez Chaparro demoraba la instrucción del proceso a su cargo o regalaba permisos penitenciarios a los acusados.

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Cinco vidas se truncaron. El precio que pagaron los asesinos por sus crímenes fue de fin de rebajas. Fernando Lerdo de Tejada, uno de los autores del asesinato aprovechó uno de esos permisos y se fugó de España, nunca más volvió. Fernández Cerrá, autor material de los disparos, quedó en 1992 en libertad. Y el tercer asesino material, Carlos García Juliá, no cumpliría ni la décima parte de los 193 años de prisión que la justicia le impuso por sus crímenes. Se estableció en Paraguay aprovechando otro permiso carcelario en 1994, se pasó al narcotráfico y nunca regresó a España. Los diferentes gobiernos de estos últimos años se han interesado poco en exigir su extradición a pesar de saber dónde se esconde. Es comprensible, «eso ya está sustanciado judicialmente, lo que había que sustanciar, desde hace muchísimos años».

 

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Patagonia (II)

20 viernes Ene 2017

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Etiquetas

Alejandro Malaspina, Andrew Carnegie, Charles Clifford, Charles Darwin, Comisión Científica del Pacífico, Einstein, Ignacio Bolívar, Isabel II, Junta de Ampliación de Estudios, María de Maeztu, Marcos Jiménez de la Espada, Museo Nacional de Ciencias Naturales, Ramón Castro y Ordóñez, Ramón y Cajal, Rey Pastor

Viene de Patagonia (I)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo que vivió a caballo entre dos mundos, España y Argentina, en unos tiempos convulsos en los que la ciencia se entendía como la esperanza que aliviaría las carencias humanas.


Ángel Aguado López


Para mi amada esposa dedico este libro, como recuerdo
de las excursiones que juntos hemos hecho
para cazar o para estudiar muchos
de los seres que en él
se describen.

Así comienza su obra “FAUNA IBÉRICA, MAMÍFEROS” Ángel Cabrera Latorre, publicada en Madrid, el 2 de abril, 1914. Es un trabajo de gigante que aún hoy causa admiración por su preciso y precioso contenido científico reconocido internacionalmente. Y también produce ternura. Al repasar el volumen existente en la Smithssonian Institution se aprecia la caligrafía decidida del naturalista Gerrit S Miller Jr, April, 1915, fecha en que adquirió y firmó su ejemplar. Sí, apenas un año después el libro de Cabrera ya se había difundido por el mundo.
Y es también un homenaje a su maestro, Marcos Jiménez de la Espada, otro científico que con un grupo de valientes realizó una de las expediciones más excitantes e ilustradas que, bajo el reinado de Isabel II, se realizaron al continente americano: la Comisión Científica del Pacífico.
Aquello fue la continuación de la que emprendió Alejandro Malaspina. O del viaje alrededor del mundo que Charles Darwin emprendiera a bordo del Beagle entre 1831 y 1836, estudiando entre otras regiones minuciosamente el estuario del Río de la Plata y la Patagonia.
–Se pretendía mantener la presencia española en las ya repúblicas sudamericanas, que habían iniciado su independencia de España tras la guerra napoleónica –dijo Simón Camus, el guía del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Y prosiguió con –hubo un renacimiento científico en la corte de los milagros. En un período tan lamentable como el reinado de Isabel II en España se desarrollaron proyectos de talla internacional, que dejaron profunda huella en el mundo de la ciencia y de la investigación de la época.

El grupo que le escuchaba lo formaba en su mayoría jovencísimos estudiantes más interesados en washapear que en la réplica del diplodocus de 32 metros que Andrew Carnegie regalara al museo. Julieta Grecó se añadió al grupo. A pesar de su juventud destacaba entre aquellos muchachos porque era la única que tomaba notas del dinosaurio y dibujaba apuntes en un cuaderno de artista.
–La sala de los dinosaurios es una de las más conocidas del museo, sin duda alguna por la réplica del esqueleto que tenemos a mi espalda. El museo, como representante de la cultura e investigación oficial que se practicaba en España sigue la moda de un momento histórico en el que las teorías sobre el origen de las especies, formuladas por Charles Darwin en 1859, se han abierto paso ya en la comunidad científica internacional, y son admitidas casi por unanimidad. Sólo los predicadores y obispos de algunas confesiones pondrán trabas a algo que consideran contrario a sus intereses religiosos, porque la razón y la evidencia científica explican los misterios y son contrarias a la fe y a la ignorancia y al miedo, las causas del negocio perpetuo de las religiones. Hay que tener en cuenta que la divulgación de la cultura y los descubrimientos no se producía en el siglo XIX con la velocidad a la que estamos ahora acostumbrados. Desde la publicación de una teoría, su conocimiento y estudio por especialistas y su divulgación popular en otro lugar y su aceptación o rechazo podían pasar décadas. Y no como ahora, que cualquier noticia que se produzca en el más remoto confín de la Tierra puede ser conocida en cuestión de minutos en el resto del planeta. ¿Conocéis el efecto alas de mariposa que explica la teoría del caos?
sam_4495_webUna musiquilla ramplona atronó al dinosaurio Carnegie y todos los ojos se dirigieron hacia un escolar, que no por eso evitó una conversación a gritos con un emisor remoto sobre Star War, como si aplicara la teoría del caos sin ningún género de dudas. Un profesor abochornado consiguió que el adelantado alumno cerrara su móvil y con un mohín se dirigió a Simón disculpándose. Simón observó cariacontecido el pelaje de su audiencia y no pudo sino constatar que los caminos que la sociedad emprende en materia de conocimiento divergen, la mayoría de las veces, con los que con tanto rigor y entusiasmo indicara aquella generación de ínclitos científicos a los que pertenecía Ángel Cabrera. Prosiguió su explicación.
–La Junta de Ampliación de Estudios, la JAE, se creó en 1907 y fue presidida por Ramón y Cajal hasta su muerte, en 1934. ¿Alguno de vosotros –dijo a la audiencia– sabría decirme quién era Ramón y Cajal?
Un silencio espeso se propagó como incendio veraniego entre la muchachada. «Me he vuelto a equivocar» pensó Simón comprobando que sus previsiones sobre el nivel científico de sus oyentes se confirmaban, estaba en números rojos. El profesor intervino de nuevo para echar algo de agua al fuego de la ignorancia que todo lo sepulta.
–Sí, claro, a ver, tú, Jonathan Darío Rubén –dijo señalando a un chaval con aspecto sudamericano apartado del grupo, como ignorado por el resto de la chavalería, prietas las filas en los adelantos tecnológicos. Y Jonathan Darío Rubén, casi con vergüenza soltó dos frases que hicieron las delicias del profesor por un instante, como si al oírlas se viera recompensado tras años de esfuerzo cultivando aquella estepa baldía, aquel alumnado prometedor al que Ángel Cabrera se refería como el futuro de la patria. El alumno venido de los confines del mundo respondió. –Ramón y Cajal fue histólogo, una de las figuras más señeras de la investigación médica universal que hubo a comienzos del siglo XX. Nacido cerca de Zaragoza, premio Nobel de medicina en 1906.
–Así es –exclamó aliviado Simón. Y siguió su charla.

–Gracias a la JAE España goza de un momento único de esplendor científico. Un hecho irrepetible en su historia. Figuras como Julio Rey Pastor, Juan Negrín, Blas Cabrera, Américo Castro, Menéndez Pidal o María de Maeztu entre muchos otros se beneficiaron de la apertura ideológica y el estudio innovador promovidos por la JAE. Y la primavera renacentista de ideas y de conocimientos que experimentó España alcanzó cotas inesperadas, nunca antes vistas en el rácano y exiguo acervo científico y cultural español.
Simón se dio cuenta de que, tal vez, su lenguaje era desconocido para aquella abúlica masa de estudiantes porque sólo había una chica que tomaba apuntes. Y parecía muy crecidita, sería una profesora, pensó. Rebajó su discurso casi a niveles de espinilla para ser comprendido.
–Precisamente fue Julio Rey Pastor el que trajo a Einstein a Madrid. Fue en febrero de 1923. Einstein era ya una celebridad mundial. Había recibido el Nobel en 1921 y su teoría física había revolucionado por completo el pensamiento universal. Algo parecido a lo que pasó con las teorías de la evolución de Darwin. Ambos eran genios que se anticiparon a su tiempo, a los que la humanidad debe mucho. Posiblemente vosotros os beneficiáis a diario de los progresos y de los estudios que Darwin, o Einstein, o Juan Negrín, o Ángel Cabrera, o Rey Pastor introdujeron en la ciencia. Somos sus deudores. Nos apoyamos en hombros de gigantes.

Y algo eufórico con su discurso Simón traspasó, temerario, una barrera que nunca debió saltar. Preguntó ingenuamente al grupo algo que creía elemental.
–¿Por qué le dieron a Einstein el premio Nobel?
El silencio de los visitantes dejó oír el ruido procedente del exterior del museo. Jonathan Darío Rubén lo sabía, pero no se atrevió a decirlo por vergüenza, por pudor. El profesor tampoco se atrevió a preguntárselo, había desaparecido, escondido tras una vitrina con esqueletos de primates de un humano y de un gorila, ¡tan parecidos son!

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Una vitrina en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid.

–Sí, por su teoría de la relatividad, aquella célebre fórmula de que E=mc2
Y Simón continuó jurándose que no haría más preguntas.
–Algunas de las ecuaciones que ahora estudiáis ya las enumeró Rey Pastor hace ahora justo un siglo, en 1917, en su libro “Elementos de análisis algebraico”. Por ejemplo, seguro que os suena la expresión hallar el límite de una función polinómica cuando x tiende a infinito…
La cara de sus oyentes mostraba signos evidentes de que Simón había bajado poco el nivel de su discurso, por lo que decidió adoptar el rol de niñera que tantas veces empleaba con éxito. «Es verdad el dicho antiguo de que la letra con sangre entra, pero no ha de ser con la del niño, sino con la del maestro» recordó haber leído de María de Maeztu. Quizás la enseñanza de las ciencias en los últimos cien años no había avanzado tanto como él pregonaba, reflexionó. Y decidió contar la anécdota del dinosaurio y relacionarlo gratuitamente con alguna de las películas pseudocientíficas de éxito reciente.
–El esqueleto del dinosaurio que veis tras de mí es una réplica en resina del original encontrado en 1899 en Pittsburgh, Estados Unidos, durante la construcción de un ferrocarril propiedad de Andrew Carnegie, un industrial del acero, millonario y filántropo… –efectivamente, las anécdotas eran atendidas con expectación entre la audiencia– …el rey Alfonso XIII tuvo conocimiento del mismo tras visitar el museo de ciencias de Londres y ver la réplica que allí se exponía, el célebre Dippy. Así que escribió una carta a Carnegie solicitándole otra copia para el museo en el que ahora nos encontramos. La solicitud fue atendida y Carnegie envió la copia, que llegó a Barcelona en septiembre de 1913 y se trasladó a Madrid por ferrocarril. Tres meses después se abrió al público la exposición del diplodocus, aunque el emplazamiento original… –por un momento se entrecruzó su mirada con la muchacha de los apuntes. Ambos se miraron con curiosidad. Con el grupo no venía, demostraba demasiado interés– …no era este. ¿Alguno de vosotros ha visto Jurassic Park? –preguntó a la audiencia. La respuesta no se hizo esperar, la mayoría de los muchachos había visto la película a pesar de los años transcurridos desde su estreno.
–Pues para diseñar los dinosaurios que aparecen en la película Spielberg se inspiró en el esqueleto original que ¿se encuentra en?… –demandó de repente a los chavales. El silencio le convenció de que era mejor no preguntar. Prosiguió su relato.
–El montaje del dinosaurio lo dirigió J. Holland y su ayudante Arthur Coggeshall, venidos directamente desde Pittsburg. Se formó un equipo con los mejores naturalistas del momento, y claro está, Ángel Cabrera, que tenía formación en Filosofía y Letras, aunque no en Ciencias, estaba entre ellos merced a sus numerosos estudios zoológicos conocidos ya internacionalmente. En ese equipo también estaban por parte española Ignacio Bolívar, Luis Lozano, Francisco Ferrer y Cándido Bolívar Pieltain. sam_4474_copia_webTodos ilustres científicos que habían tomado el relevo de los anteriores investigadores a los que antes me refería. A aquellos que en el siglo XIX se adelantaron a la ciencia en España a través de sus expediciones y estudios por las costas del Pacífico y atravesaron por el Amazonas toda Sudamérica. Es curioso que la primera expedición que contó con un fotógrafo fuera la de Jiménez de la Espada, que llevó durante su primera parte a Ramón Castro y Ordóñez, artista y fotógrafo formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, y que se había preparado para la expedición asesorándose con uno de los fotógrafos ingleses más renombrados y experimentados de la época. Nada más y nada menos que con Charles Clifford, muy conocido en España porque la visitó y la fotografió en multitud de ocasiones a mediados del siglo XIX. De hecho, Clifford murió en Madrid, en 1863, dos años después de comenzada la expedición de Jiménez de la Espada, sin que seguramente hubiera visto ninguna de las fotos de Castro y Ordóñez. Está enterrado en el cementerio de los ingleses, en Carabanchel…
Simón Camus siguió perorando por las salas del museo hasta que despidió la visita en las escaleras de la entrada. Al menos, aquella muchacha del bloc de dibujo parecía interesada en sus palabras. El profesor le agradeció largamente, casi como disculpándose, la brillantez de sus explicaciones. Los chavales expresaron al salir rápidamente su gratitud a la ciencia. Todos se aplicaron en desentrañar el interior de sus washaps que hacía casi treinta minutos que no veían.

Continúa en Patagonia (III)


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