Rafael Alonso Solís

El desarrollo de la Universidad española ha corrido en paralelo al de la propia democracia. Cuando los tiempos estaban cambiando, en ambos lugares se comenzaron a agitar los aires que la sociedad precisaba, emergiendo del triste paisaje de la dictadura. Al dirigir una mirada hacia atrás no deberíamos olvidar el lugar de procedencia y las condiciones de partida. Por eso es tan errónea la tendencia a negar o minimizar los avances en ambos escenarios como la sobrevaloración de los resultados. Puede que, también por eso, se haya producido un debate paralelo acerca de la necesidad de una reforma constitucional, agotado el impulso de la transición, junto al sentimiento de que las últimas décadas hayan pasado por la Universidad sin pena ni gloria, hasta alcanzar una situación de profunda melancolía. Tras gobiernos de distinto color, la caída en picado de la financiación ha consolidado un escenario de desolación, con pocas ideas y mal vestidas, zarandeándose de un sitio a otro al ritmo de los bandazos de los planes de estudio. Para acelerar el desencanto, en los últimos años las tasas académicas han crecido y el número de becas se ha reducido, en un momento en que la capacidad de las familias se encuentra en sus niveles más bajos, lo que lleva a una parte del alumnado a abandonar los estudios. En lugar de adaptarse a los retos de una sociedad compleja, las plantillas de profesorado han encogido y envejecido, mientras que la burocracia invadía los campus, disminuyendo aún más el tiempo que el personal docente e investigador puede dedicar a sus misiones esenciales. Como remate, un par de generaciones de investigadores e investigadoras, tras haber completado una educación de calidad en centros de excelencia, deambula por las salas de espera de un limbo sin futuro, sin que la sociedad pueda beneficiarse de su formación y su experiencia. Éste es un buen momento para asumir responsabilidades a todos los niveles. Si la Universidad es un foro adecuado para discutir sobre la generación y la difusión del conocimiento, también lo es para hacer una reflexión sobre sí misma, su función en la sociedad actual, su papel en la formación de una ciudadanía crítica y sensible, sus procedimientos de gobernanza, sus mecanismos de selección, la aplicación de los resultados de su investigación y el delicado compromiso, generalmente definido con hipocresía, entre autonomía y responsabilidad. Ayer mismo, Cayetano López –actual director del CIEMAT y ex rector de la Universidad Autónoma de Madrid– llamaba la atención sobre las decisiones equivocadas que recientes gobiernos han tomado, hasta dejar a la ciencia española a los pies de los caballos. Es hora de que cada palo aguante su vela. También ha sido en las Universidades donde se han tomado y se toman medidas equivocadas que están lastrando el despegue y comprometiendo el futuro. En buena medida han sido los gobernantes de la academia quienes han participado y participan en el desaguisado, y quienes –siguiendo el argumento de Cayetano López– “no tendrán que dar explicaciones ni cargar con esa responsabilidad”.

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Examen de selectividad en la Facultad de Medicina de la Complutense.

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