Palencia, llanura y soledad. Las tierras de Castilla se pierden por un mar de trigos verdes y villorrios abandonados. La línea infinita de su horizonte limita con la eternidad. Calles vacías por las que sólo pasea un gato, canta un gallo orgulloso o grazna la corneja. El silencio lo rompe el crotorar de las cigüeñas, más abundantes en algunos pueblos que vecinos, como en Requena de Campos, que tiene censados a 22 habitantes y seis nidos de cigüeñas. Socorro Ortega, 82 años, fue alcaldesa del lugar. Enseña la iglesia que ella misma restauró. Habla un castellano perfecto y distingue la ll de la y griega como ya no se distingue en ningún otro lugar castellanoparlante. Ni siquiera hay grafitis por las paredes de estos despoblados, que amenazan ruina, que no tiene quien las mire ni quien las ensucie. Noche oscura en ansias derramadas, nostalgias de un pasado esplendor de lanas que se exportaban a Flandes, a la tierra del emperador Carlos I, donde los tapices; de cereales, el granero que alimentaba a España. Duerme la Tierra de Campos olvidada temiendo su despertar. Camino de Aquitania por el que el peregrino se acerca despacio al premio de la compostela. Espiritualidad y tránsito. El viento no sopla, apuñala al caminante con su daga fría. El arte sacro aparece de súbito como una erupción de retablos magníficos plagados de tablas policromadas y blasones aristocráticos, en órganos musicales, en tallas de cristos lacerados, de rufianes judíos, de vírgenes dolorosas y angelotes inocentes y en arcángeles matadiablos, en santiagos matamoros y en murallas defensivas, en arquitecturas monumentales, en iglesias gigantescas de triples espadañas y catedrales ocultas levantadas con los diezmos que en su día reclamaban la fe del villano, curas que hurgaban en su temor, en su pobreza para que su padecer terreno no se extendiera más allá de la muerte, en la otra vida prometida.
Iglesia de Támara, de torre puntillosa y excepcionalidad artística.
Todo a cambio de unas monedas, de unos talentos de plata, de unos maravedíes. Era el negocio de la salvación. Todos, la nobleza, la milicia, la burguesía, las gentes ingenuas del pueblo llano compraban bulas, indulgencias, perdones para librarse del castigo divino. Gran negocio el de la Iglesia. Veinte siglos de beneficios continuados en la cuenta de resultados del santo emporio empresarial. Con eso se elevaron estas catedrales que sólo lucen el día de la fiesta del lugar. En Támara se libró en 1037 la batalla que decidió la unión de los reinos de León y Castilla. Ahora es difícil encontrar un vecino. Por sus calles vacías resuenan los pasos del viajero que reclaman, con su eco, la atención de un viejecito sorprendido que toma el sol. ¡Tanto esplendor y tan lejano! No mucho más lejos, algo más de una legua, en Santoyo existe otra iglesia catedral inesperada, innecesaria, tan cercana a la otra. Horacio la muestra al visitante orgulloso de prolongar su saber al desconocido, como si lanzara al mar embravecido el salvavidas de la historia.
En Piña de Campos cuatro señoras juegan al parchís. La visita del caminante altera la partida por un instante, pequeña novedad, ligera turbación en las miradas. El bodeguero prepara una tortilla con alegría, esa tarde va a hacer caja con el forastero. Se está calentito en el bar, el centro social de Piña, seis personas, multitud. «El seis doble, te como y me cuento veinte. Asunción, ponnos una cervecita con torreznos», pide doña Milagros con alegría. La tarde enrojece hacia el ocaso. Amayuelas tiene dos barrios, el de Arriba y el de Abajo. Y tuvo un proyecto de revitalización pagado por la Junta que pretendía poblar de familias sus abandonadas casas. «Vinieron por el dinero, el proyecto no cuajó, se fueron a otro pueblo con las mismas. De eso hace ya veinte años» resume un pastor con malas pulgas y dos perros que sale al paso del caminante sin muchas ganas de hablar. La aspereza desconfiada del castellano. Melgar de Fernamental, Osorno, Lantadilla, Santillana, Amusco, San Cebrián, Monzón de Campos. Boadilla del Camino con su rollo, el de picota. Y Frómista, la cabeza de partido que tiene tres iglesias románicas y tres esclusas del Canal, la columna vertebral que modula Castilla.
Un angelito de un retablo de la Iglesia de Piña de Campos.
El Canal de Castilla comenzó a construirse en 1753, en tiempos de Fernando VI, segundo hijo rey de Felipe V. Y continuó en funcionamiento hasta 1959. El Pisuerga, el Carrión, el Ucieza añaden alegrías a sus aguas, a veces bravas, que regulan subcanales adyacentes. Decenas de esclusas en su recorrido conseguían salvar los desniveles del terreno a las barcazas. Era una vía de comunicación que permitía el transporte de cereal, de vinos, de ganados, de personas y mercancías por todo el interior de esa Castilla invertebrada e inconexa. 207 Km en forma de Y invertida. El ferrocarril le arrebató su sentido económico y lo expulsó a la categoría de belleza paisajística y bien de interés cultural histórico. Integra tres provincias, Burgos, Valladolid y Palencia. Y dio durante cien años vida a la planicie con su tránsito de barcazas, de yuntas, de trigos, de arrieros, de ajetreo portuario fluvial, que contaba, incluso, con sus casas de lenocinio o regocijo. Una obra de ingeniería faraónica de difícil encaje en las mermadas arcas de las haciendas borbónicas. Ni la privatización de su construcción y posterior explotación a manos de la banca logró un lucro económico. Entonces los canales, como ahora las carreteras radiales, proyectos faraónicos infructuosos que los gobiernos rescatan de la quiebra y se nacionalizan, las pérdidas, con el dinero público del Estado.
Canal de Castilla
Ha llovido en la seca Castilla y los meandros del canal trasiegan agua para regadíos, para saciar la sed de los pueblos de la Tierra de Campos. Y es el Canal reclamo turístico. Por sus caminos de sirga, arcenes de gravilla y juncos, transita una legión de ciclistas ansiosos de románico y buen yantar. La vista se le va al viajero entre la torre espinosa de la iglesia de Támara y la ensalada de nabos de Monzón. Vino de la cercana Ribera del Duero para endulzar el itinerario, oración para los espíritus turbados, y grano, llanura y campos para el caminante.
Copia de «La duda de Santo Tomás», original de Caravaggio, 1602. Iglesia de Piña de Campos.Se la debía. Santiago Matamoros le ajusta las deudas a un moro. Iglesia de Támara.Esclusas 22, 23 y 24 del Canal, en Calahorra de Ribas Virgencita de un retablo de la Iglesia de Támara.Piedad, iglesia de TámaraRetablo principal de la iglesia de Sontoyo.Abside de la iglesia de SontoyoLa Tierra de Campos está llena de arcángeles matadiablos. Este está en la Iglesia de Piña de Campos.Tres de los veinte habitantes que viven en Cabañas de Castilla. El gallo no es el de Dionisio Ridruejo, pero no dice ni pío.Arcángel salvando angelitos del fuego. Piña de Campos.Los monarcas católicos van a la pelu. Piña de Campos.Mamás generosas: «Un chorrito más, por favor». Piña otra vez.Piedad, Piña de nuevo.Tierra de Campos y AbandonoEsclusas 17, 18, 19 y 20 a su paso por Frómista.«En campo lleno de oro batallé con el moro y alcancé sus despojos. Ave María». Traducción del ilustre latinisista Emilio Pascual de Góngora y Argote. Retablo, uno de ellos, de PIña de Campos.
»Óyeme cachita, tengo una rumbita pa que tú la bailes como bailo yo. Muchacha bonita, mi linda cachita, la rumba caliente es mejor que el fox…
La pareja se mueve al compás, con ritmo, ella le saca casi la cabeza, la tarde cae lentamente, las nubes cubren las calles próximas de Vallecas, las torres de Castellana en la lejanía, el Pirulí, la Telefónica, la ciudad, sus gentes como hormiguitas a los pies del Cerro del Tío Pío.
—Suelo venir algunas tardes a tomarme mi cerveza fresquita, unas aceitunitas. Se está bien aquí, todo se llena de familias con los abuelitos, de amigos, de novios que se miran con deseo, que miran al cielo buscando un lugar donde amarse. Hay que venir abrigado, la luz tan brillante, el sol del crepúsculo te engaña, un sombrero, una bufanda, esta brisa es muy traicionera…
Arriba, muy arriba vuelan bandadas de grullas alineadas en uve, se relevan constantemente, como ciclistas en una carrera, el guía marca el norte y enseguida se deja caer. Es una flecha y otra y otra. Nadie repara en las aves. Abajo las parejas marcan también el ritmo con los pies.
—Es época de emigración, tal vez vayan a centro Europa, o vienen de África, no sé, las grullas van, vienen, no tienen las barreras de los hombres, son libres, no las somete ningún sátrapa, cruzan las fronteras sin temor. Sí, el mundo está muy revuelto. Mala cosa. Ese loco ruso se ha propuesto joder al mundo. El horror televisado en directo, esa mamá embarazado que no pudo dar a luz… Quizás dentro de poco no podamos tomar con calma nuestra cervecita…
—A esa pareja el mundo le importa poco, tan jóvenes, sólo buscan un lugar donde abrazarse, qué más les da la guerra, sólo quieren besarse, temblar el uno con el otro, sentirse eternos en un segundo.
Ella, de golpe, se ha soltado de los brazos, se aleja y se sienta en el poyo de cemento deslucido al otro lado del parque, bajo la emparrada. En su soledad, el muchacho parece aún más bajito, como si hubiera menguado de repente, sin la chica nada es igual, abandonado en medio de la pista. La música suena para todos, las demás parejas se cimbrean sabrosonas, las cinturas pegadas, comiéndose con los ojos. Un, dos, tres, un, dos, tres.
»Mira que se rompen ya de gusto las maracas y el de los timbales ya se empieza a alborotar…
—Venía con un amigo, le llamaré José Luis, no sé su nombre. Tomábamos unos vasos, rioja, nuestra botellita de rioja. No preguntábamos nada, no sabíamos nada el uno del otro, cada uno contaba lo que quería. O callaba. Después supe que era poeta, leía a Juan Ramón, que estudió en la Sorbonne, amigo del Bryce, un día dejó de venir, seguí tomando mi vinito en soledad, uno sólo, la botella era mucho para mí, me enteré, alguien me dijo, no recuerdo quién, que se lo llevó un cáncer, cosa fulminante, quizás él lo sabía, sí, lo sabría, pero nunca me contó nada, bebíamos en silencio para olvidarnos del presente, para recordar cuando fuimos felices, uno, dos, tres momentos en la vida, nada más. Por eso ahora bebo cerveza, ya no puedo con el tinto…
El muchacho duda, las parejas bailan a su alrededor ajenas a su aturdimiento, un, dos, tres, un, dos, tres. En el cielo, unas grullas retrasadas persiguen al pelotón que las antecede, aletean, se esfuerzan, se oyen sus graznidos como una llamada de auxilio. Consiguen integrarse en la gran bandada unas nubes más allá, sobre las torres del Retiro. Dubitativo, con parsimonia, el muchacho se sienta junto a la chica en el poyo deslucido.
»Cachita está alborotá, ya no baila el cha, cha, cha. Y si baila esto el inglés se le mete el alboroto, que es pa volverse loco hasta un japonés.
—Me gusta este mirador, ahí abajo las personas viven sus vidas, sus alegrías, sus penas, ajenas al mundo, lejos de las intenciones de los tiranos. Siento reparo, como si abusara del poder de observar sin ser visto. Aquí también hubo una guerra dentro de otra guerra, fue también en marzo, los amigos se mataban sin saber por qué. El coronel traidor, el jurista inocente y un albañil anarquista enfrentándose al poder legítimo. Los africanistas del otro lado aguardando el resultado. Todo eso de ahí abajo era pasto de las bombas. Sí, ya sé, de eso hace muchos años, que esa es otra historia. ¡Qué va! Es la misma. Era como ahora, otro loco, otros locos que querían imponer a los demás cómo pensar, cómo amarse, cómo bailar, cómo tomar las cervecitas a media tarde…
Le recibe con indiferencia, gesticulan, el muchacho la mira con insistencia, aunque ella pierda la mirada por las nubes del poniente, donde las grullas. Se ha abierto un claro y el sol renace un momento antes de ocultarse detrás de las montañas. La terraza del bar se ha llenado de gentes, beben, ríen, a veces no se entiende qué idioma hablan. El camarero deja dos cervezas sobre la mesa. La pareja se levanta y vuelve a la pista. La música se confunde con el rumor de la ciudad que sube acunándose por las faldas del cerro.
—Esa señora viene siempre con su perrito, observa un momento a los bailarines y después se marcha. Es un perrito muy obediente, a veces lo coge entre los brazos y baila con él como si fuera su pareja. No debe tener a nadie con quien compartir su vida. El perrito le hace compañía. Tal vez me compre un perrito, dicen que evitan la locura de la soledad. Quizás alguno de esos dictadores debiera comprarse un perrito, el mundo viviría más tranquilo… ¡Está buena la cerveza fresquita al atardecer!
—Sí, es una suerte compartir una cerveza fresquita con un desconocido teniendo a los pies una ciudad bulliciosa. ¡Salud!
—¡Salud!
La pareja se entrelaza y vuelve a marcar el compás. Así, entre el resto de las parejas que bailan apenas se nota que ella le saque casi una cabeza.
—¡Vamos, Chispas! —le dice la señora al perrito. Se sientan ambos en el poyo para contemplar a los danzantes.
—A esta invito yo.
—Gracias.
»Pa la rumba no hay fronteras pues la bailan en el polo. Yo la he visto bailar solo hasta a un esquimal. Se divierte así el francés y también el alemán, y se alegra el irlandés y hasta el musulmán…
Andaban muy desunidas las señoras manifestantes el 8 M por las calles de Madrid, que aquello parecía una persecución, un que te pillo, un pasito palante, María, un pasito para atrás, que donde acababa una manifestación, en Cibeles, empezaba la otra, por la Gran Vía, amigas para siempre, pero no tanto como para unirse bajo el mismo lema. Juntas, pero no revueltas. Gargantas al viento para abolir el vicio, el pecado, la explotación sexual, como si con un decreto se erradicara el deseo, la lujuria, el estupro, la maldad, la violencia contra la mujer, la guerra del hijo de Putin. Un 0,35% del PIB genera el consumo nacional mercenario de sexo. Triste país, España, el mayor consumidor de Europa. Las mismas bocas, los mismos gritos, los mismos deseos de rebelarse contra el trato machista y reivindicar una actitud de equiparación de trato, de aplicación de derechos y libertades en todos los sectores sociales de la vida. Los mismos puños en alto, las mismas banderas, las mismas pancartas, los mismos colores, los mismos gestos airados atronando los oídos de los concurrentes. Mamás y papás orgullosos de la iniciación combativa de sus retoñas. Jóvenes maquilladas con el espejito de Venus en sus mejillas. Los novios en segundo plano, acompañantes dóciles ante el clamor de sus chicas. Mezcla de razas, de sexos, de edades, de culturas, de creencias reclamando un trato más humano para la mujer. Madrid era una fiesta, una romería. Pero cada una por su lado. La dispersión propia de cualquier actitud crítica que siempre se ha evidenciado en la reivindicación de la Izquierda, ya sea de partidos o de asociaciones ciudadanas. Un quítate tú que me ponga yo, un sí, pero no.
Al paso por Montera, jóvenes hetairas cerraban el trato con clientes despistados mirando de reojo a las jóvenes airadas. ¡Y esas!, ¿quiénes son? Pensaban.
De dictadura a dictadura. De la de Primo de Rivera a la del Caudillo por la gracia de dios. Ese podría ser el subtítulo del libro “Mis almuerzos con gente importante” —Editorial DOPESA, Madrid, 1970—, en el que Pemán recuerda anécdotas y conversaciones que mantuvo, manteles o no por medio, con destacados protagonistas de aquella tenebrosa época. Personajes extraídos de la ciénaga de la historia de España que don José María, nacido en Cádiz en 1897 —el mismo año del asesinato de Cánovas del Castillo, constatación de una nación que ya se desangraba—, en el seno de una familia aristocrática, recoge con la simpatía socarrona del viejo juglar. Casa Lhardy, el Hotel Ritz, el Hotel Palace, el restaurante Jockey, el salón oval de la Real Academia de la Lengua, la residencia del embajador nazi en la “corte” de Burgos, durante la “cruzada”, el despacho de Evita en Buenos Aires, o palacios presidenciales como el de Perón, o el del sátrapa dominicano Trujillo —«asombrosa era la obra progresiva del Presidente» dice sin mesura cuando se refiere al Benefactor, ya asesinado por los suyos nueve años antes— son los escenarios en donde se desarrollan sus memorias, a veces desmemoriadas, a veces imprecisas, o anacrónicas, o asincrónicas, o reiterativas, escritas sin notas previas y con la intención de agradar al mencionado en ellas.
Un retablo de personajes que el paso del tiempo ha diluido, cuando no exorcizado. Pero a los que el poeta del Régimen aclama con agasajo, si no con devoción. Y alabanza enfermiza a su Excelencia, inundando de babeo glandular al Generalísimo, cuando Pemán era una pieza valiosa en los anaqueles del museo hagiográfico de la noche del franquismo.
Miguel Primo de Rivera —eran parientes—, su hijo José Antonio —me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver—, el Conde de Romanones —¡un tímido!, lo califica don José María—, José Calvo Sotelo, el cardenal Herrera Oria, el patibulario Millán Astray —que le encarga unas loas a Celia Gámez, su querida, para leerlas el día de su boda con otro señor. «¡Hecho, mi general!»—, el general radiofónico Queipo de Llano, el cardenal Segura, con Jacinto Benavente, Raquel Meller, Carmen Ruiz Moragas —la querida de Alfonso XIII, una de ellas—, Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, el general Camilo Alonso Vega, Jean Cocteau, o el ministro José Solís —la sonrisa del régimen. Franco le envió como su representante al funeral del canciller Konrad Adenauer, 1967—, o el superministro Fraga Iribarne —¡aquel baño en calzoncillos en las playas de Palomares, 1966— desfilan por sus almuerzos con optimismo de gentileshombres preocupados por la salvación de la patria. Elevada intelectualidad de los mentados: Pedro Sainz Rodríguez, el doctor Marañón, Menéndez Pelayo, Francisco Cambó, Antonio Maura, etc., que regalan graciosamente sus pensamientos al escritor para que los airee a la plebe y se aclare el porvenir del país.
Inteligente, patricio educado con los Jesuitas, doctor en Derecho, estilo rancio y decadente, poeta ignorado por los de la Generación del 27, estudioso de la historia y del lenguaje arcano. Escultor de las letras imperiales, prosa culterana, exquisita, a veces críptica y de difícil comprensión para el lector medio, erudito don José María Pemán y Pemartín, regalándose a sí mismo, y al que quiera leerle, el mimo de sus versos preciosistas.
Recoge del fundador de Falange, José Antonio, su versión de la democracia: «Las urnas electorales no tienen mejor destino que el de romperse de un garrotazo» (pág. 128). O dedica “décimas conceptistas y calderonianas” a su camarada de despertares, impasible el ademán, Rafael Sánchez Mazas:
…Como flores de un pensil
mil conceptos mustia y troncha,
bajo tus gafas de concha
la agresión de tu perfil…
Devoto confeso de la monarquía, furibundo españolista y extremista religioso. Fue colaborador muy cercano al cardenal Ángel Herrera Oria, miembro de la Asociación Católica Nacional de Propaganditas, con la que pronunció mítines por toda España de “orientación social” durante la República: «es tiempo de escoger definitivamente entre Jesús y Barrabás» —citado por Preston; “Un pueblo traicionado”, pág. 213—, Pemán es un defensor, casus belli, del levantamiento de los africanistas en Marruecos. No duda en justificar la tragedia nacional: «Se había votado ya, sin urnas ni papeletas, en un sufragio emocional e intelectual la Guerra Civil, el resolver a tiros la situación irresoluble» (página 89).
El inconsciente de bufón de El Pardo delata a Pemán. Rezuma admiración empalagosa, agradecimiento enfermizo hacia el guerrero: «El momento en que tuvo mayor contenido unánime el sufragio universal español fue aquel en que decidió ir a la Guerra Civil» (página 159). O, «La guerra había nacido con mucha más raíz telúrica en dimensión vertical —independencia ibérica; guerrilla, comunidades— que hojarasca lateral: fascismo, racismo». Pemán entra con las tropas victoriosas en Madrid en marzo de 1939: «Era todo nuevo: ¡Arriba España…! Viva Franco… ¡Qué emoción!». Y cita con ambigüedad al coronel Segismundo Casado, o condescendiendo amablemente con Julián Besteiro: «No lograron los curas que se confesase: no varió nunca su semblante pacífico… O acaso, por su humildad resignada, estaría mejor dicho que se confesaba todos los días».
Es Séneca, rotundo, dinámico en el análisis histórico de la cuestión de esa España llevada al paroxismo por la milicia purificadora: «Cada generación tiene en la barriga, no gatos, pero sí tres siglos a medio digerir, peleándose y empujándose entre ellos» (página 105). Y se recrea en recordar la anécdota que le cuenta el doctor Marañón sobre la huida de Juan March —uno de los nuestros— de la cárcel de Alcalá en tiempos de la República, el financiero del Régimen por fin liberado de la tiranía republicana, 1933: «Ah, ¿ese…? Ese se viene conmigo», refiriéndose al director de la prisión (página 329).
Es conveniente leer la letra prodigiosa de Pemán, recrearse con sus vanidades prosísticas, abandonarse más allá de sus concepciones ideológicas, más allá de su vanidad egocéntrica de literato universal, más allá de su partidismo franquista, a veces canalla, a veces imperdonable. «Lea mucho a los clásicos, cuando los olvide existirán dentro su espíritu, y poseerá usted el clasicismo», le dice Gabriel Maura, página 98.
El rey emérito le distinguió con la orden del Toison de Oro en mayo de 1981, tres meses después del 23 F.
Mis almuerzos con gente inquietante
Han cambiado las circunstancias políticas y sociales entre los dos libros, catorce años separan sus publicaciones. Cuarenta y dos años separan el nacimiento entre los dos autores, Pemán y Manuel Vázquez Montalbán. ¡Toda una vida! Tiempo decisivo en la historia de España, de la dictadura a la democracia: últimas ejecuciones sumarísimas del tirano, su muerte, la restauración de los Borbones, —la tercera—, el gobierno continuista, nostálgico de Arias Navarro, la Transición, la aprobación de la Constitución, la elevación a los cielos y la caída a los infiernos de Suárez, el intento de golpe de Estado de Tejero. Y la victoria sosialista de Isidoro. «¡Hay que ser sosialihta anteh que marxihta!», declamaba tras su dimisión Felipe en aquel congreso extraordinario de Sevilla, ¡en mayo de 1979! ¡Aclamación!
Mientras Pemán, con su discurso retórico satisface la vanidad de la corte del Régimen, las entrevistas de MVM van dirigidas a la opinión pública. Otros actores, otro momento histórico. Todo el espíritu de aquella primavera democrática está expresado en boca de los entrevistados: la cultura, la patronal, los artistas, la banca, los vascos, los catalanes, la política, el deporte, el cuarto poder: la prensa, la radio, el PODER, el pasado franquista, la Iglesia…
Manuel Vázquez Montalbán fotografiado en El Escorial, agosto de 1990. Foto de Ángel Aguado López
El cura-duque Aguirre el Magnífico —«mi biografía que la escriba Manuel Vicent*», anticipa—, Bibi Andersen —«sí, yo elegí ser mujer»—, Antonio Asensio, Juan Mari Bandrés, Carlos Ferrer Salat, Martín Villa, Pablo Porta, Jesús Quintero, Luis Olarra, Carmen Romero, etc., etc., etc. son los protagonistas de un periodo único que despertó esperanzas y blanqueó las tinieblas heredadas de aquellos tiempos de silencio.
Todo bajo la degustación hedonista de un amante de la haute cuisine, ya sea en Lhardy, en el Restaurante Solchaga con Alfonso Guerra —«En su intervención en el famoso congreso de Suresnes [1974] Felipe estuvo mágico. Parecía el niño Jesús hablando en el templo entre los doctores… El día siguiente a la victoria del 29 O desaparecí. Me fui al Museo del Prado y me pasé allí todo el día bajo los cuadros de Murillo», secretea Guerra, muy sevillano él—, en la bodeguilla de la Moncloa, en un convento de Murcia con el cardenal Tarancón —“¡Tarancón al paredón!” gritaban los fascistas de Blas Piñar, los padres de los que ahora hociquean sus colmillos por el hemiciclo—, o en Mayte Commodore con Fraga Iribarne: «Yo soy fiel sentimentalmente a Franco, pero no al franquismo… Quien no esté conmigo es un bellaco», le confiesa don Manuel al periodista.
La sinceridad que descubre el placer de la buena mesa. Esas confesiones que el paso de los años actualiza: «La Unión Soviética sería una Roma comunista del Este, que ha ocupado media Europa» le cuenta Carlos Ferrer Salat a Montalbán, ¡1984!, mientras saborean un pudding de cabrarroca con variados betunes rojizos sobre tostadas macilentas y una inenarrable brioche al tuétano de vaca, foie-gras, bechamel, trufa picada y crema fresca en Jockey. La economía liberal unida a la exaltación culinaria, coloquio metafísico entre el capataz y el periodista gourmet, pura entelequia: «La historia nos enseña que la conducta exterior de los países se mueve por razones de Estado, por razones geopolíticas, no para hacer beneficencia revolucionaria».
Secretos que se revelan al olor de un lenguado a la meunière en Casa Lhardy. Vázquez Montalbán anticipa la escritura de Galíndez, aquel vasco siempre fiel al lendakari Aguirre. No como Juan Mari Bandrés, que embriagado de candor pronuncia referencias angustiosas en esos tiempos del plomo, del terror: «ETA mantiene una lucha desesperada contra la democracia española en nombre de unos principios confusos». O arreándole fuerte al PNV: «…soy marxista, aristotélico, cristiano…pero sabiniano no, eso nunca. Es más, el PNV ha sido siempre militante en el frente antimarxista de la sociedad vasca, por su componente de integrismo carlista».
Rodolfo Martín Villa y el SEU, de nuevo en Lhardy, cocido de tres vuelcos. «Los jóvenes de la oposición que se subieron al carro de la transición política no han tenido que ver… A Franco le destituyó la biología…el franquismo sí necesitó de ex franquistas para pasar a mejor vida». Y se le suelta la lengua al súper ministro pactando la elección del postre, soufflé barroco, consensuado en helado de vainilla que llegará cuando acabe esta montaña de cocido estilizado: «Yo era más partidario de los palos que de los tiros… no conocía al comisario Conesa, le nombré comisario especial para el asunto Oriol-Villaescusa y lo resolvió… Billy el Niño… el proceso de la transición: el empresario había sido el Rey; el autor Torcuato Fernández Miranda, y el actor Adolfo Suárez… Ninguna decisión del PSOE tiene por qué intranquilizar. Son de un conservadurismo que hoy día no podría permitirse un gobierno de derechas. Me han decepcionado».
Concesiones al cuarto poder. Terapia nocturna repartida entre Jesús Quintero, el loco loquísimo y José María García: «Miles y miles de oyentes quedaron prendidos en el ligue de este loco que les leía poemas y creaba un lugar imaginario, confesionario, sofá de psiquiatra». O a Antonio Asensio y el invento de Interviú, llenando de tetas, de corrupción, de escándalos políticos la prensa: «El poder tiende al cinismo, a la palmada en la espalda y a la zancadilla. La clave es mantenerlo a distancia». O a Xavier Vinader, el reportero estrella de Interviú: «El fascismo es un ejército ideológico que está aparentemente dormido, pero no muerto».
«Tengo prohibido por el médico que me hablen de ese señor. Me produce urticaria», advierte Pablo Porta al sabor de una triste Pepsi Cola. “Más de un García necesitaríamos para sanear el país”, le decían los taxistas a Montalbán. José María García y su enemigo íntimo, Pablo Porta —proveniente también del SEU—, tan necesarios, tan amantes, tan deseados, tan fieles el uno contra el otro: «El fútbol es fascinante, es un veneno, se basa en la posibilidad de fracaso antes que de éxito. Fracaso económico, deportivo. Una lotería constante, la desesperación o el reuma».
«Ese hombre que ha estado en la cárcel vuelve a la cárcel cada vez que muerde un pedazo de pan», le confiesa en su ático de la Castellana, menestra de verdura y besugo al horno por medio, Mariano Rubio, todo un gobernador del Banco de España, que tuvo sus tropiezos juveniles antifranquistas. Es el momento de la expropiación de Rumasa. «Las grandes instituciones económicas tienden por su propia naturaleza a ser muy prudentes y cautelosas en sus actuaciones políticas», despacha el economista, lejos de anticipar aquel rescate multimillonario pagado con el dinero público.
«Si disparan alguna vez contra mí, que no duerman tranquilos a partir de ese día. Y sobre el GAL, ni lo sé ni me interesa saberlo. Y los obispos que se callen. Que no líen la cosa más de lo que la han liado», explota Luis Olarra frente a un bacalao, esa espléndida bestia que una vez desalada se convierte en un tercer pez que es una transustanciación, en un milagro explicado por la participación del Espíritu Santo en el alma de las aguas.
Y el punto femenino lo pone Carmen Romero, profesora de literatura en el nocturno del BUP, en el instituto público Calderón de la Barca. «Mira, mantengo una manera de ver muy, cómo te diría, muy andaluza, desdramatizando… eso que llamamos el cachondeo y que no es tomárselo todo a broma, no, con una sorna que te alcanza a ti mismo, autocrítica, relativizadora… una manera de ser muy sevillana que te ayuda cuando has de dar saltos mentales».
Sólo se negó al juego del confesionario Julio Anguita, por más que los supuestos secretos del Califa pretendían desvelarse en el restaurante cordobés “El caballo rojo”. Cosa de los comunistas.
Expresidiario criptocomunista, así se definía MVM, analista preciso de una época que transformó una sociedad y un país entero. La muerte prematura de Manuel Vázquez Montalbán nos dejó sin uno de los más brillantes cronistas de la realidad social y de la política de este país en los últimos cincuenta años. Una generación entera se educó sentimentalmente leyendo el examen perspicaz de su columna de los lunes, en la última página del periódico de referencia en España. Aquel espacio quedó huérfano, nadie pudo llenar su hueco en las dos décadas posteriores a su fallecimiento, ocurrido en octubre de 2003. Era conocido su amor por la zamarra blau-grana, a pesar del papel segundón, más bien advenedizo que su Barça ha tenido siempre en el ideario patriótico nacional del fútbol. Algún defectillo debía de tener.
La conjunción entre Telémaco y Palas Atenea permitió encontrar estos almuerzos en Libros Ancana, una Ítaca de tesoros reposados por el tiempo. Prueben suerte.
*Querida prima Mariluz: Pemán me parece horrible, lleno de tópicos. Cada vez me afirmo más en que Pemán no es un valor sino un antivalor… no perdono al que por seguir un camino más fácil y de éxito, más populachero, deja un fruto colgando en el árbol de la fecundidad que Dios le da. Aguirre el magnífico. Manuel Vicent. Página 100. 2011.
Sube desenfadado José Luis Garci al escenario, 20 de enero de 2022, y la multitud que llena el auditorio de la Fundación Juan March le recibe entonando el “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos…” como si se tratara del bueno, del protagonista, del chico que todas las señoras bien del barrio madrileño de Salamanca quisieran de novio para sí mismas. Le acompaña el, a su pesar, exfiscal general del Estado, Eduardo Torres Dulce, que parece su asistente de dirección amurallado en su terno de senador vitalicio, que le indica al Garci dónde debe iniciarse el plano y el recorrido de la grúa hasta los protagonistas. Y se oye el ruido del motor y los eléctricos suben las luces, la asistencia se calla y la cámara enfoca al héroe. Silencio, vamos a rodar: ¡Acción!
«Somos la generación del cine y de la radio… ¡Aquella boda de Fabiola que veíamos en el NODO! El cine era un refugio, se estaba calentito, dónde, si no, iban a ir las parejas. —Y con un punto de ruptura en el relato, recuerda José Luis Garci su educación sentimental al calor del celuloide, en los años 60 del siglo pasado— El cine nos enseñó a besar en primer plano. Mi primer beso, en El Retiro, con mi primera novia, África. Lo veíamos venir, lo adivinábamos, lo deseábamos, pero algo fallaba… ¡no se oía la música de la banda sonora!».
Garci es un torrente de palabras, combina tramas secundarias con flash back, figurantes con acciones paralelas engatusando a la audiencia. Algún espontáneo intenta robarle un plano, pero no se deja. Torres Dulce ni se atreve a intervenir, calladito, calladito. Garci ocupa toda la pantalla, en Technicolor, en Cinemascope: «El paraíso del hombre es su infancia. El cine fue una aventura planetaria, era una radio que veías. Yo asistía todos los días a los cines de la Gran Vía, tras salir del trabajo en el Banco Ibérico, donde ganaba 1316,10 pts. al mes. Le daba 1000 pesetas a mi madre y con el resto iba al cine. Descubrí que el cine americano era la novela, mientras que el europeo era el ensayo. Fue ahí donde conocí a Alfonso Sánchez, el crítico de cine al que tanto debo y con el que tantas conversaciones compartí».
Y habla de su amor por la pintura, recuerda a su padre, pintor artista aficionado que le llevaba al Museo del Prado una vez a la semana. Que era una forma de ver cine, de estudiarlo, de escribirlo: «Ahí lo tienes todo, en “Las Lanzas”, de Velázquez, ¡el mejor plano general del cine! Y con su plano inserto, la entrega de las llaves. Y la fantasía desbordante de “El jardín de las delicias”. Puedes estar horas y horas imaginando cientos de aventuras, cientos de tramas, sólo observando el cuadro de El Bosco… O ese tratamiento de la luz de Las Meninas, una luz convaleciente. O la luz de “Las hilanderas”, que quise trasmitir en mi película “Canción de cuna”. O la épica de los cuadros de Goya o de Gisbert, los fusilamientos del 3 de mayo, de Torrijos en la playa de Málaga».
Hace una pausa Garci, tal vez recordando las películas en blanco y negro de su juventud, “El apartamento”, o “Sunset Boulevard”, o “Avanti”, de su admirado Billy Wilder para insistir en que «el guion es la clave. Los diálogos son importantísimos, quizás lo más difícil de escribir. Si están bien escritos, si el guion está bien amarrado, funciona la película. En el cine todo es mentira, todo es falso, pero tiene que ser sincero».
Y recuerda a sus compañeros de profesión, a Antonio Mercero y “La cabina”, y a González Sinde con el que realizó su primera película, un éxito inesperado: “Asignatura pendiente”, que lo convirtió en director de cine, algo que jamás él pensó, que sólo quería escribir historias. Y habla de los grandes actores de teatro, de su querido Alfredo Landa, de José Bódalo, de José Luis Sacristán con los que se veía una vez al mes y compartían, junto al reportero Manolo Alcántara, Dry Martinis para hablar de cine, la excusa perfeta para «salir a cuatro patas».
»Escribir es un don, dirigir es un oficio. Y el cine es un arte colectivo donde el trabajo de todos es necesario para que la historia triunfe. De no haber sido por la excelente labor de Gil Parrondo, que ya había ganado dos óscars, del amor profesional que se tenían Antonio Ferrándiz y Encarna Paso, de que la película la comprara la Fox, y del trabajo de producción, no hubiéramos obtenido el óscar por “Volver a empezar”. Si quieres a los actores, eres un buen director, son fundamentales.
Y habla el Garci de lo que le gusta el fútbol. «El fútbol te rejuvenece». Y lo dice convencido, a pesar de aquel fracaso económico que le supuso su primer documental sobre el furbo, rodado en el Estadio Vicente Calderón, con González Sinde de productor, el primer día que Luis Aragonés se estrenaba como entrenador. Que no les devolvió ni una peseta de subvención oficial. ¡Este Atleti!
Y de lo que le gusta el boxeo. Manuel Lorenzo relatando el combate apócrifo que contempló en el Madison Square Garden, Rocky Marciano noqueando a Jersey Joe Walcott en el undécimo asalto, ¡cómo si allí no hubiera pasaoo naa!, Germán Areta escuchando impertérrito en el sillón de la barbería del antiguo Frontón Madrid. El Crack. 1981.
Y ya, contada la película, no queda más que cerrarla bien. Y el Garci, un cuentista al fin y al cabo, destaca su admiración por Cary Grant; por su película preferida, su niña mimada, “Tíovivo”; y por las de Berlanga, por “El verdugo”, por “Plácido”; por la primera parte de “Centauros del desierto”, de John Ford, «parece rodada en Marte»; por “Roma citta aperta”, de Fellini, con Anna Magnani; de su amor por el cine de Hollywood: «cambié Manhattan por Los Ángeles». «El cine es el reflejo de la sociedad, el arte de contar historias. Un buen guion y los actores. Eso es el cine». Funde en negro. Toda la sala se levanta y aplaude a Garci. Incluso Torres Dulce dibuja una sonrisa comedida. FIN
Eduardo Torres Dulce y José Luis Garci tras el coloquio que mantuvieron en la Fundación Juan March.
Texto de Teodosia Gandarias. Fotos de Terry Mangino
La noche y el día. Alfa y omega. Principio o final. El huevo o la gallina. Qué fue primero: ¿la marcha Radeztky del concierto vienés o la carrera nocturna vallecana? Antes o después. Todo es variable. Pueden distanciarse doce meses o apenas unas horas. La felicidad o la desdicha que arranca de cada comportamiento humano. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar… allá van los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos y llegados son iguales… La laguna Estigia, Caronte aguarda para llevarnos al Hades o a los Campos Elíseos, el óbolo, tributo adherido al paladar de nuestros deseos. La travesía de los corredores, miles, gordos, flacos, penitentes, aplicados pataleando disciplinados por la aristocrática madrileña calle Serrano en busca del tiempo perdido. La Ilíada, Penélope preparando en la cocina la cena de fin de año. Del todo poderoso Bernabeu de estructuras galácticas a la choza lumpemproletaria y humilde del campo del Rayo, el rico y el pobre. El Ramiro y el Magariños, la Residencia de Estudiantes, la calle doctor Arce, donde vivía Ava Gardner, el lujo de Gucci, de Emporio Armani, de Louis Vuitton, de Salvatore Ferragato, de Loewe… la residencia del embajador de la Republique Française, la poderosa embajada de los United States of America, ese pijerío inasequible y guapo que mira con indiferencia, casi con sorna al atleta de ocasión… y allí, al final del túnel, nueve mil patadas más sobre el asfalto del Aqueronte, al otro lado del mundo la cuesta interminable de la avenida de la Albufera, Vallecas: Colchonerías Paco, Salones Lupita, pura Lima en sus platos, Payaso Fofó, Whang Cheng, lollitos de plimavela. Cerbero vigilante decide dónde van las almas. Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, que en este mundo traidor aun primero que muramos las perdemos. De ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados que acaecen, de ellas, por su calidad, en los más altos estados desfallecen. La catarsis. Memento mori.
Pasen, pasen y vean, señoras y señores. Pasen, pero, por favor, no se agolpen ni amontonen, que hay para todos. Pues no en vano la fiesta dura ahora cuatro meses. Pasen, pasen y compren, señoras y señores, que ya hace unas cuantas semanas se inauguró oficialmente la campaña.
Pasen, pasen y vean, señoras y señores. Pero con orden y con calma, que hay para todos. En esta temporada afloraron los turrones cuando la última partícula de arena aún no se había desprendido de los cuerpos desnudos. Unos días después, a comienzos del otoño, llegaron los perfumes, pues convendrán conmigo que es absolutamente necesario inundar cuanto antes de fragancias exquisitas este presente tan nauseabundo que nos cerca.
Pasen, pasen y admiren la constelación de luces que, desde finales de octubre, alegran los escaparates y las calles. Algo absolutamente fabuloso, señoras y señores. Ya está encendido el universo. Y la ciudad que no se sumerja en este derroche de energía es que no existe en el mapa y no entiende el fenómeno de la modernidad, sólo al alcance de los más avispados. Ya está encendido el universo porque hay que ocultar la intensa oscuridad que nos rodea, hay que ahuyentar las tinieblas que nos amenazan, hay que espantar el miedo que sentimos ante un futuro que se nos va de las manos.
Pero pasen y vean, señoras y señores. No se dejen envolver por estos presagios tan impropios de estos tiempos en que se impone la felicidad casi por decreto. Pasen y compren, que ya ha llegado la feria tan esperada de la Navidad.
Conde Duque de Torrelodones
Son fechas tradicionales,
De abusos y de invasiones,
Donde abundan ocasiones,
En estos tiempos globales,
De tocarnos los c…
Luis de Góngora y Argote
Dineros son calidad ¡Verdad! Más ama quien más suspira ¡Mentira!
Cruzados hacen cruzados, Escudos pintan escudos, Y tahúres muy desnudos Con dados ganan condados; Ducados dejan ducados, Y coronas majestad, ¡Verdad!
Pensar que uno sólo es dueño De puerta de muchas llaves, Y afirmar que penas graves Las paga un mirar risueño, Y entender que no son sueño Las promesas de Marfira, ¡Mentira!
Todo se vende este día, Todo el dinero lo iguala; La corte vende su gala, La guerra su valentía; Hasta la sabiduría Vende la Universidad, ¡Verdad!
En Valencia muy preñada Y muy doncella en Madrid, Cebolla en Valladolid Y en Toledo mermelada, Puerta de Elvira en Granada Y en Sevilla doña Elvira, ¡Mentira!
No hay persona que hablar deje Al necesitado en plaza; Todo el mundo le es mordaza, Aunque él por señas se queje; Que tiene cara de hereje Y aun fe la necesidad, ¡Verdad!
Siendo como un algodón, Nos jura que es como un hueso, Y quiere probarnos eso Con que es su cuello almidón, Goma su copete, y son Sus bigotes alquitira ¡Mentira!
Cualquiera que pleitos trata, Aunque sean sin razón, Deje el río Marañón, Y entre el río de la Plata; Que hallará corriente grata Y puerto de claridad ¡Verdad!
Siembra en una artesa berros La madre, y sus hijas todas Son perras de muchas bodas Y bodas de muchos perros; Y sus yernos rompen hierros En la toma de Algecira, ¡Mentira!
Fotos de Terry Mangino
La infanta Margarita falleció a los 21 años, en Viena, en 1673 por sobreparto de su quinto embarazo.
María Agustina Sarmiento de Sotomayor y Isabel de Velasco eran las dos meninas que acompañan a la infanta Margarita. Isabel falleció apenas tres años después de que fuera representada en el cuadro, en 1659.
Diego Ruiz de Azcona era el guardacamas de la infanta Margarita.
María Bárbola Asquín, bufona de origen alemán al servicio de la infanta Margarita, disfrutaba de paga, raciones y cuatro libras de nieve durante el verano.
Nicolasito Pertusato, el bufón que la emprende a patadas con el mastín, vivió 75 años y conoció tres reyes y una regencia.
Marcela de Ulloa era la guardesa de la infanta, cuidaba que no le faltara de nada.
Felipe IV y Mariana de Austria aparecen reflejados en el espejo como un halo de misterio.