Agustina de Champourcín. Palabras y fotos

Palencia, llanura y soledad. Las tierras de Castilla se pierden por un mar de trigos verdes y villorrios abandonados. La línea infinita de su horizonte limita con la eternidad. Calles vacías por las que sólo pasea un gato, canta un gallo orgulloso o grazna la corneja. El silencio lo rompe el crotorar de las cigüeñas, más abundantes en algunos pueblos que vecinos, como en Requena de Campos, que tiene censados a 22 habitantes y seis nidos de cigüeñas. Socorro Ortega, 82 años, fue alcaldesa del lugar. Enseña la iglesia que ella misma restauró. Habla un castellano perfecto y distingue la ll de la y griega como ya no se distingue en ningún otro lugar castellanoparlante. Ni siquiera hay grafitis por las paredes de estos despoblados, que amenazan ruina, que no tiene quien las mire ni quien las ensucie. Noche oscura en ansias derramadas, nostalgias de un pasado esplendor de lanas que se exportaban a Flandes, a la tierra del emperador Carlos I, donde los tapices; de cereales, el granero que alimentaba a España. Duerme la Tierra de Campos olvidada temiendo su despertar. Camino de Aquitania por el que el peregrino se acerca despacio al premio de la compostela. Espiritualidad y tránsito. El viento no sopla, apuñala al caminante con su daga fría. El arte sacro aparece de súbito como una erupción de retablos magníficos plagados de tablas policromadas y blasones aristocráticos, en órganos musicales, en tallas de cristos lacerados, de rufianes judíos, de vírgenes dolorosas y angelotes inocentes y en arcángeles matadiablos, en santiagos matamoros y en murallas defensivas, en arquitecturas monumentales, en iglesias gigantescas de triples espadañas y catedrales ocultas levantadas con los diezmos que en su día reclamaban la fe del villano, curas que hurgaban en su temor, en su pobreza para que su padecer terreno no se extendiera más allá de la muerte, en la otra vida prometida.

Iglesia de Támara, de torre puntillosa y excepcionalidad artística.

Todo a cambio de unas monedas, de unos talentos de plata, de unos maravedíes. Era el negocio de la salvación. Todos, la nobleza, la milicia, la burguesía, las gentes ingenuas del pueblo llano compraban bulas, indulgencias, perdones para librarse del castigo divino. Gran negocio el de la Iglesia. Veinte siglos de beneficios continuados en la cuenta de resultados del santo emporio empresarial. Con eso se elevaron estas catedrales que sólo lucen el día de la fiesta del lugar. En Támara se libró en 1037 la batalla que decidió la unión de los reinos de León y Castilla. Ahora es difícil encontrar un vecino. Por sus calles vacías resuenan los pasos del viajero que reclaman, con su eco, la atención de un viejecito sorprendido que toma el sol. ¡Tanto esplendor y tan lejano! No mucho más lejos, algo más de una legua, en Santoyo existe otra iglesia catedral inesperada, innecesaria, tan cercana a la otra. Horacio la muestra al visitante orgulloso de prolongar su saber al desconocido, como si lanzara al mar embravecido el salvavidas de la historia.

En Piña de Campos cuatro señoras juegan al parchís. La visita del caminante altera la partida por un instante, pequeña novedad, ligera turbación en las miradas. El bodeguero prepara una tortilla con alegría, esa tarde va a hacer caja con el forastero. Se está calentito en el bar, el centro social de Piña, seis personas, multitud. «El seis doble, te como y me cuento veinte. Asunción, ponnos una cervecita con torreznos», pide doña Milagros con alegría. La tarde enrojece hacia el ocaso. Amayuelas tiene dos barrios, el de Arriba y el de Abajo. Y tuvo un proyecto de revitalización pagado por la Junta que pretendía poblar de familias sus abandonadas casas. «Vinieron por el dinero, el proyecto no cuajó, se fueron a otro pueblo con las mismas. De eso hace ya veinte años» resume un pastor con malas pulgas y dos perros que sale al paso del caminante sin muchas ganas de hablar. La aspereza desconfiada del castellano. Melgar de Fernamental, Osorno, Lantadilla, Santillana, Amusco, San Cebrián, Monzón de Campos. Boadilla del Camino con su rollo, el de picota. Y Frómista, la cabeza de partido que tiene tres iglesias románicas y tres esclusas del Canal, la columna vertebral que modula Castilla.

Un angelito de un retablo de la Iglesia de Piña de Campos.

El Canal de Castilla comenzó a construirse en 1753, en tiempos de Fernando VI, segundo hijo rey de Felipe V. Y continuó en funcionamiento hasta 1959. El Pisuerga, el Carrión, el Ucieza añaden alegrías a sus aguas, a veces bravas, que regulan subcanales adyacentes. Decenas de esclusas en su recorrido conseguían salvar los desniveles del terreno a las barcazas. Era una vía de comunicación que permitía el transporte de cereal, de vinos, de ganados, de personas y mercancías por todo el interior de esa Castilla invertebrada e inconexa. 207 Km en forma de Y invertida. El ferrocarril le arrebató su sentido económico y lo expulsó a la categoría de belleza paisajística y bien de interés cultural histórico. Integra tres provincias, Burgos, Valladolid y Palencia. Y dio durante cien años vida a la planicie con su tránsito de barcazas, de yuntas, de trigos, de arrieros, de ajetreo portuario fluvial, que contaba, incluso, con sus casas de lenocinio o regocijo. Una obra de ingeniería faraónica de difícil encaje en las mermadas arcas de las haciendas borbónicas. Ni la privatización de su construcción y posterior explotación a manos de la banca logró un lucro económico. Entonces los canales, como ahora las carreteras radiales, proyectos faraónicos infructuosos que los gobiernos rescatan de la quiebra y se nacionalizan, las pérdidas, con el dinero público del Estado.

Canal de Castilla

Ha llovido en la seca Castilla y los meandros del canal trasiegan agua para regadíos, para saciar la sed de los pueblos de la Tierra de Campos. Y es el Canal reclamo turístico. Por sus caminos de sirga, arcenes de gravilla y juncos, transita una legión de ciclistas ansiosos de románico y buen yantar. La vista se le va al viajero entre la torre espinosa de la iglesia de Támara y la ensalada de nabos de Monzón. Vino de la cercana Ribera del Duero para endulzar el itinerario, oración para los espíritus turbados, y grano, llanura y campos para el caminante.  



Enlaces relacionados:

Viajes por Tierras de Castilla y Cantabria