Agustina de Champourcín

No te borró la parca tu sonrisa, que el horror quebró tu infancia en una cuneta perdida. Ni pudo robarte el odio cainita la bondad con la que afrontaste la vida, ni la alegría con que premiaste a los tuyos por demás. Silencios y pena negra en la majada escondida para evitar los puñales de la falange homicida de borrachera y de rabia. Perdón para todo fue consigna. Que no olvido. La inocencia arrebatada no fue freno, sino espuela para alzarte sobre las trampas traidoras que el río oculta en remolino. Porque forjado de ánimo y virtud, luchaste por recorrer el camino sin maldad. Y te entregaste con gozo a sortear los peligros escondidos en el pozo de la vida con sonrisa y humildad.

Años de siembra y coraje, tránsito sin horizonte, días de pan con tomate y noches al claro de luna, lucero de la mañana que alumbraba el alba pronta, que diste luz a los tuyos por el sendero de sombras. Éxodo, Madrid al final del túnel, trabajo, sudor y manos para conseguir pan tierno, para salir adelante, siempre adelante, para reír bajo un techo de calor y de cariño, la familia lo primero, para olvidar para siempre las largas noches de invierno.  

Escuchabas sin alzar jamás la voz, ponme a la grupa contigo caballero del sosiego y del honor, evitabas el consejo con prudencia, valiosa palabra tu mirada alejada del chirriante quejido sin dolor. Tu presencia era más grande en tu silencio, por tu paciencia infinita con el frenesí externo de los tiempos lacerantes que te azotaron el rostro sin beneficio. Ni un desatino, ni una queja ni exabrupto salió jamás de tu boca, que a todo le regalabas la fortaleza de tu calma y la resignación del espíritu forjado en un destino de lucha, de dolor, de sacrificio.

Gozamos con tu recuerdo, regalo para nosotros, ángel bueno, custodio de la ilusión, faro que alumbró los pasos librándonos de los tropiezos. Amigo de sus amigos. ¡Qué maestro de esforzados y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! Así con tal entender, todos sentidos humanos olvidados. Cercado de tu mujer y de hijos y de nietos diste el alma a todos ellos. Que en todos perdura tu recuerdo y será dicha graciosa tu sonrisa y tu sereno caminar, que paz, amor, serenidad a todos supiste dar.

Y quedes para la gloria, que aunque la vida murió nos dejó harto consuelo tu memoria.