Un cuentecito de Carmelita Flórez

»Óyeme cachita, tengo una rumbita pa que tú la bailes como bailo yo. Muchacha bonita, mi linda cachita, la rumba caliente es mejor que el fox…

La pareja se mueve al compás, con ritmo, ella le saca casi la cabeza, la tarde cae lentamente, las nubes cubren las calles próximas de Vallecas, las torres de Castellana en la lejanía, el Pirulí, la Telefónica, la ciudad, sus gentes como hormiguitas a los pies del Cerro del Tío Pío.

—Suelo venir algunas tardes a tomarme mi cerveza fresquita, unas aceitunitas. Se está bien aquí, todo se llena de familias con los abuelitos, de amigos, de novios que se miran con deseo, que miran al cielo buscando un lugar donde amarse. Hay que venir abrigado, la luz tan brillante, el sol del crepúsculo te engaña, un sombrero, una bufanda, esta brisa es muy traicionera…

Arriba, muy arriba vuelan bandadas de grullas alineadas en uve, se relevan constantemente, como ciclistas en una carrera, el guía marca el norte y enseguida se deja caer. Es una flecha y otra y otra. Nadie repara en las aves. Abajo las parejas marcan también el ritmo con los pies.

—Es época de emigración, tal vez vayan a centro Europa, o vienen de África, no sé, las grullas van, vienen, no tienen las barreras de los hombres, son libres, no las somete ningún sátrapa, cruzan las fronteras sin temor. Sí, el mundo está muy revuelto. Mala cosa. Ese loco ruso se ha propuesto joder al mundo. El horror televisado en directo, esa mamá embarazado que no pudo dar a luz… Quizás dentro de poco no podamos tomar con calma nuestra cervecita…

—A esa pareja el mundo le importa poco, tan jóvenes, sólo buscan un lugar donde abrazarse, qué más les da la guerra, sólo quieren besarse, temblar el uno con el otro, sentirse eternos en un segundo.

Ella, de golpe, se ha soltado de los brazos, se aleja y se sienta en el poyo de cemento deslucido al otro lado del parque, bajo la emparrada. En su soledad, el muchacho parece aún más bajito, como si hubiera menguado de repente, sin la chica nada es igual, abandonado en medio de la pista. La música suena para todos, las demás parejas se cimbrean sabrosonas, las cinturas pegadas, comiéndose con los ojos. Un, dos, tres, un, dos, tres.

»Mira que se rompen ya de gusto las maracas y el de los timbales ya se empieza a alborotar…

            —Venía con un amigo, le llamaré José Luis, no sé su nombre. Tomábamos unos vasos, rioja, nuestra botellita de rioja. No preguntábamos nada, no sabíamos nada el uno del otro, cada uno contaba lo que quería. O callaba. Después supe que era poeta, leía a Juan Ramón, que estudió en la Sorbonne, amigo del Bryce, un día dejó de venir, seguí tomando mi vinito en soledad, uno sólo, la botella era mucho para mí, me enteré, alguien me dijo, no recuerdo quién, que se lo llevó un cáncer, cosa fulminante, quizás él lo sabía, sí, lo sabría, pero nunca me contó nada, bebíamos en silencio para olvidarnos del presente, para recordar cuando fuimos felices, uno, dos, tres momentos en la vida, nada más. Por eso ahora bebo cerveza, ya no puedo con el tinto…

El muchacho duda, las parejas bailan a su alrededor ajenas a su aturdimiento, un, dos, tres, un, dos, tres. En el cielo, unas grullas retrasadas persiguen al pelotón que las antecede, aletean, se esfuerzan, se oyen sus graznidos como una llamada de auxilio. Consiguen integrarse en la gran bandada unas nubes más allá, sobre las torres del Retiro. Dubitativo, con parsimonia, el muchacho se sienta junto a la chica en el poyo deslucido.

»Cachita está alborotá, ya no baila el cha, cha, cha. Y si baila esto el inglés se le mete el alboroto, que es pa volverse loco hasta un japonés.

—Me gusta este mirador, ahí abajo las personas viven sus vidas, sus alegrías, sus penas, ajenas al mundo, lejos de las intenciones de los tiranos. Siento reparo, como si abusara del poder de observar sin ser visto. Aquí también hubo una guerra dentro de otra guerra, fue también en marzo, los amigos se mataban sin saber por qué. El coronel traidor, el jurista inocente y un albañil anarquista enfrentándose al poder legítimo. Los africanistas del otro lado aguardando el resultado. Todo eso de ahí abajo era pasto de las bombas. Sí, ya sé, de eso hace muchos años, que esa es otra historia. ¡Qué va! Es la misma. Era como ahora, otro loco, otros locos que querían imponer a los demás cómo pensar, cómo amarse, cómo bailar, cómo tomar las cervecitas a media tarde…

Le recibe con indiferencia, gesticulan, el muchacho la mira con insistencia, aunque ella pierda la mirada por las nubes del poniente, donde las grullas. Se ha abierto un claro y el sol renace un momento antes de ocultarse detrás de las montañas. La terraza del bar se ha llenado de gentes, beben, ríen, a veces no se entiende qué idioma hablan. El camarero deja dos cervezas sobre la mesa. La pareja se levanta y vuelve a la pista. La música se confunde con el rumor de la ciudad que sube acunándose por las faldas del cerro.

—Esa señora viene siempre con su perrito, observa un momento a los bailarines y después se marcha. Es un perrito muy obediente, a veces lo coge entre los brazos y baila con él como si fuera su pareja. No debe tener a nadie con quien compartir su vida. El perrito le hace compañía. Tal vez me compre un perrito, dicen que evitan la locura de la soledad. Quizás alguno de esos dictadores debiera comprarse un perrito, el mundo viviría más tranquilo… ¡Está buena la cerveza fresquita al atardecer!

—Sí, es una suerte compartir una cerveza fresquita con un desconocido teniendo a los pies una ciudad bulliciosa. ¡Salud!

—¡Salud!

La pareja se entrelaza y vuelve a marcar el compás. Así, entre el resto de las parejas que bailan apenas se nota que ella le saque casi una cabeza.

—¡Vamos, Chispas! —le dice la señora al perrito. Se sientan ambos en el poyo para contemplar a los danzantes.

—A esta invito yo.

—Gracias.

»Pa la rumba no hay fronteras pues la bailan en el polo. Yo la he visto bailar solo hasta a un esquimal. Se divierte así el francés y también el alemán, y se alegra el irlandés y hasta el musulmán…

Fotos de Terry Mangino


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