Soria, poetas, santos y amores turbadores

Agustina de Champourcín

Soria, su Calle Mayor va de Antonio Machado a la niña Leonor. Bajo los soportales Gerardo Diego toma café y lee a Juan Ramón y a León Felipe. Y en un rincón, Dionisio le escribe a la vez versos de amor a Marichu y a la Von Podewils antes de que ellas se tiren de los pelos por sus magras carnes en la embajada alemana en Madrid. Fue en 1943. Ridruejo tenía un no sé qué que lo hacía irresistible a las señoras. Y a los intelectuales de izquierda. Contubernio él. Señoras bien llenan a la hora del aperitivo la plaza de Ramón Benito Aceña, algo así como la Puerta del Sol versión soriana, llena de bares y mesones. Toman rosado de Cigales o blanco de Rueda. Y torreznos. Y se miran entre ellas presumiendo de tipazos. «¡Ay que ver cómo está de ajada la Jimena! De nada le vale llevar un sostén Christian Lacroix», piensa para sí doña Elvira. «¡Por más que se vista de Prada la Elvira es un adefesio!», piensa para sí doña Jimena. Es sólo un momento en la eternidad castellana, a las cuatro de la tarde la Calle Mayor queda vacía y abandonada al silencio:

Soria está allí, por donde tuerce un río

y unas piedras se queman y un castillo

ha muerto en pie y un árbol amarillo

será cuerpo glorioso y está el frío…

Ridruejo, sí. Un tío con un par…

Por la calle Mayor de Soria marcharon camino del patíbulo Pascuala Calonge y su amante José Díez. Fue el 18 de abril de 1846. Su crimen fue matar al marido de ella. Y el castigo, el garrote vil. Al parecer, José Díez no se fiaba mucho de su amante y pidió que ella fuera ajusticiada primero, no fuera que le cargaran a él sólo el marrón y ella se fuera de rositas. Qué va, qué va. Gentes de toda la provincia presenciaron en directo el acontecimiento social, tan ejemplarizante como terrible espectáculo. Aquello fue como una final de la Champions. Todo Soria, la provincia más despoblada de España, asistió al dramático esperpento. Garrotazo vil. Pascuala dejó dos hijos de corta edad. «Era preñez, parto y fallecimiento del nacido. Así hasta cinco embarazos”. Esa fue la esclerótica vida de Pascuala», cuenta Rosario Consuelo, profe de la Universidad de Castilla. Si quiere saber más sobre tan luctuoso suceso léase su “Crimen y castigo de la reina de Tardajos”, que ella, doctora por Salamanca (asegura que don Miguel no formaba parte del tribunal académico que examinó su tesis, Cum Laude), se entretuvo en esclarecer. Casi una novela de terror al estilo Truman Capote. Pero este no ha sido el único crimen cometido en Soria. El 22 de marzo de 1953, el mendigo Carlos Soto Gutiérrez, procedente de Carabanchel, donde la cárcel, asesino y violó (profanó), por ese orden, a la niña de 13 años Purificación Tejero Jimeno, en Ribarroya, a siete kms de Tardajos. La Benemérita le pilló en un plis plas y el 5 de febrero de 1955 le ajusticiaron. Fue la última vez que se aplicó tan terrible castigo en Soria.

Leonor, protagonista a su pesar

Misterioso y silencioso

iba una y otra vez.

Su mirada era tan profunda

que apenas se podía ver.

Cuando hablaba tenía un deje

de timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos

casi siempre se veía arder…

¡Ay! ¡El gran Rubén!

Aún se preguntan los sorianos cómo puedo ser aquello del amor del, aún virginal, poeta con la niña Leonor. Como son parte del folklore y de la historia buena de Soria nadie se hace demasiadas preguntas. Porque ella murió siendo aún una niña. La tuberculosis. Porque incluso el Príncipe de las letras castellanas, Félix Rubén García Sarmiento, alias Rubén Darío, ayudó a don Antonio para que regresaran de París en 1911. De nada les valió, herida ella de muerte y él muerto en vida. Ay, Antonio, ay, Leonor…

El cabezón de Antonio es obra de Pablo Serrano . Hay otra copia igual en el Museo de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

¡Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!

¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!

El dolor le duró toda la vida a don Antonio.

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y hay un san Juan que va por el Duero de san Polo a san Saturio. Ruinas y camino donde Antonio y Leonor hacían manitas inocentes y castas, hija ella de un sargento de la Guardia Civil. Los álamos y el olmo seco, como la vida que arrastró el poeta hasta su exilio final, en el fracaso universal y en el triunfo de la muerte.

Y hay un san Baudelio, no muy lejos de Burgo de Osma, la villa natal de Dionisio, que muestra las cicatrices que en su ermita dejó la codicia del expolio ajeno del arte propiciado por la ignorancia propia de sus moradores.

Y ahora hay poetas anónimos, a la ribera del Duero mi amor, te espero, camino Soria, que llenan sus paredes de proverbios y cantares efímeros que a don Antonio, en Colliure, ¡menudo jari por allí has organizado!, le hacen rebrotar una efímera sonrisa: «Allí me encontré en la gloria que no sentí jamás», recuerda. Y a Leonor, garbeando su palmito pinturero, presentir una felicidad desconocida que apenas atisbó, quizás nunca, en su inocencia de niña.


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San Baudelio de Berlanga

Agustina de Champourcín

El afán expoliador de las potencias coloniales europeas ha llenado sus museos de tesoros provenientes de los países antiguamente ocupados. El museo Pergamon de Berlín tiene uno de los tesoros de la corona del antiguo Egipto: Nefertiti. El Louvre es un catálogo de tesoros provenientes de las rapiñas que Napoleón hizo en Oriente Medio y Grecia. El obelisco de Luxor contempla el paso de los ciclistas del Tour en la Place de la Concorde, ligeramente alejado de su emplazamiento original, Tebas. El British Museum recoge sin ninguna duda el ansia depredadora de riquezas artísticas que el United Kingdom ejerció en sus colonias durante siglos imperiales: frisos del Partenon, piedra de Rosetta, cacería de leones de Asurbanipal…

Perdida en la quietud de la soledad soriana, rodeada de la nada se alza en una colina la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, construida en el siglo XI. Una comarca despoblada a una altitud media que supera los 1100 m. Por fuera parece una construcción anodina, una lonja para guardar herramientas o carruajes o ganado. Nada indica las riquezas pictóricas que guardaba su interior, utilizado como redil a comienzos del siglo XX por los moradores de la comarca, que veían con cierto pavor las pinturas murales de su interior fechadas sobre 1125. Figuras amenazantes, trazos antiguos, animales descabalados y misteriosos, un elefante (nadie vio durante aquellos siglos en la Península Ibérica un paquidermo), unos bueyes, escenas de caza, santurrones hieráticos mezclados con el hedor de los orines y excrementos de las merinas. ¿Para qué conservar esas paredes pintarrajeadas si de ellas se podía obtener un buen puñado de dólares?

Exterior de la ermita de San Baudelio de Berlanga, en la altitud soriana

Dictadura de Primo de Rivera, septiembre de 1923, cien años ha. Aprovechando el desconcierto corren por España marchantes de arte en busca de tesoros ignorados. El parisino Gabriel Dereppe era uno de aquellos emprendedores desvergonzados, trabajaba para un anticuario de la Ville Lumiere. Vio una oportunidad única de negocio en los muros de la ermita ruinosa. La ignorancia de los escasos moradores y la codicia de los dueños hicieron el resto y por la ínfima cantidad de 65.000 pesetas fueron compradas a los propietarios los murales del corral que guardaba las ovejas. 23 fragmentos de las pinturas fueron arrancados de las paredes. La alarma saltó cuando algún vecino se apercibió de la opacidad del asunto y la denuncia creó una alarma nacional propiciada por los periódicos y el miedo al extranjero. Pero la escasa legislación vigente protectora del patrimonio nacional y la sentencia inexplicable del Tribunal Supremo confirmando la legalidad de la venta derivó en que las pinturas salieran de España en 1925 rumbo primero a París y después a los United States of America. Está acreditado que el negociante Dereppe vendió un fresco de San Baudelio al Museo de Bellas Artes de Boston por 75.000 dólares, una cifra infinitamente superior a la ridícula pagada por su compra fraudulenta.

Posteriores negociaciones entre los gobiernos español y americano consiguieron una permuta de parte de las pinturas de San Baudelio por el ábside de la ermita de Fuentidueña. No salió gratis. Traspasadas a lienzo las pinturas se exhiben como depósito temporal indefinido en el Museo del Prado desde 1957. El patrimonio artístico español sufrió el expolio de una potencia colonizadora. Tal vez como antes se hizo con el patrimonio perteneciente a los pueblos americanos que formaron su imperio.

Habría que señalar en la bolsa de los expoliadores a Arthur Byne, el agente de Williams Randolph Hearst, Citizen Kane para Orson Welles, que saqueó por las mismas fechas las ermitas de Sacramenia y Fuentidueña en la vecina Segovia. Arthur Byne, sin embargo, estaba considerado en España como un experto hispanista que recibió de la dictadura la Cruz del Mérito Civil de manos del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, en 1927.

La visita a San Baudelio es gratuita. Los visitantes exclaman sorprendidos ¡ohs! de admiración al penetrar en su interior de luz atenuada. La inmensa palmera de ocho brazos, columna central del edificio, parece derramar las miradas sobre los siglos pretéritos. ¿Cuántas personas habrán pasado por aquí y se habrán, también, emocionado? Las huellas de los frescos arrancados aún hablan al observador atento. Se escuchan palabras antiguas, corren por el aire las oraciones, los rezos que durante siglos pronunciaban los fieles, tal vez los vocablos malsonantes con los que los pastores arracimaban las merinas. O las exclamaciones de satisfacción del marchante Gabriel Dereppe cuando conseguía de la estulticia de los propietarios de la ermita los contratos codiciosos que le hicieron rico, inmensamente rico.

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Fotos de Terry Mangino


Vuelta a España 2023: Cántico espiritual

Agustina de Champourcín

Sepp Kuss, o Hipomenes, lanza sus manzanas de oro a lo largo del Paseo del Prado y vence a Atalanta —el cansancio físico, el infortunio, la derrota, la duda, los rivales— 3154 Km después. Su esfuerzo, su ambición, su exigencia máxima, su excelencia deportiva, tal vez su modestia es premiada por Cibeles con el laurel de los ganadores, aunque envidiosa de su belleza encadene a los amantes eternamente a su carro y se sirva de su fuerza, del sacrificio de su pedaleo eterno antes de que la gloria efímera del triunfo se pierda en una curva cualquiera del tiempo desmemoriado. «Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado».

 

Remco busca impaciente el reconocimiento del vellocino de oro por el Helesponto del Guadarrama, sus argonautas le abren pedaleando los caminos. Pero su esfuerzo se pierde en un déficit de glucógeno, tal vez se diluye en la trampa de su inconsciencia juvenil. El éxito siempre es esquivo y Calipso le reclama el óbolo del derroche de su generosidad enardecida, de su temperamento furibundo, de su torrente fogoso. Su empeño volcánico es pasto de sí mismo, de su avaricia, de su gallardía deportiva. «Buscando mis amores iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras y pasaré los fuertes y fronteras».

 

 

 

La victoria es como el amor, exige esfuerzo y disciplina, entrega y sacrificio. Se disuelve en un momento, en una curva errada, en un bache del camino, en un collado traidor quedan la ambición y el deseo olvidados, desasidos de las manos que antes lo aupaban a las bocas, a las flores y a los besos. Remco imbatible, Remco rebelde, Remco gigante. Remco, vuelve otra vez el año próximo, le pide Calisto enamorada. «Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas gustaremos».

 


Fotos de Terry Mangino


Un siglo de la dictadura de Primo de Rivera, cincuenta años del golpe de estado de Pinochet

Gabriel de Araceli (13 de septiembre de 2023)

Todos los tiranos encuentran enseguida argumentos para justificar sus acciones contra la población civil, para responsabilizar a los demás de sus actos terroristas, para “legalizar” sus levantamientos contra el poder democrático, para culpar a los otros de sus asesinatos. Y cuentan con seguidores negacionistas, con voceros que apoyaran por un pequeño precio de subsistencia sus reprobables crímenes. El número de muertos en la población civil es la única diferencia entre Primo de Rivera, Franco, Stalin, Hitler, Mao, Castro, Pinochet, Pol Pot (los Jémeres Rojos), Videla o Putin. ¿Quién de ellos mató más?

El general Manuel Fernández Silvestre capitaneaba las tropas de ocupación del protectorado de Marruecos que sufrieron la tragedia de El Desastre de Annual, en julio de 1921. Entre 10000 y 12000 soldaditos españoles, soldaditos valientes, perdieron la vida en aquella catástrofe defendiendo los intereses de la Compañía Española de Minas del Rif, una empresa propiedad de los grandes terratenientes de la patria, entre ellos el Conde de Romanones y las familias del Conde Güell y del Marqués de Comillas. Y en la que tenía participación el rey Alfonso XIII.

 La investigación que se originó tras el desastre —dirigida por el general Juan Picasso, tío del pintor—, el Expediente Picasso, dilucidaba las responsabilidades del monarca y los terribles fallos del ejército español en la trasmisión de órdenes y tácticas militares aplicadas. Sin embargo, cuando iba a ser presentado en el parlamento y el escándalo amenazaba la monarquía, un golpe de estado propiciado por el general Miguel Primo de Rivera, el 13 de septiembre de 1923, evitó que la opinión pública conociera las responsabilidades de su majestad. Alfonso XIII rápidamente rechazó sus obligaciones constitucionales y abrazó la causa de Primo de Rivera, al que, en un viaje a Italia, en noviembre de 1923, llamó en presencia del rey Víctor Manuel III “mi Mussolini”, tal era el fervor que por las causas militares profesaba su majestad borbónica. «El rey con camisa negra», así llamaba la prensa francesa al rey Alfonso XIII. «Primo de Rivera era lenguaraz y populista, un señorito andaluz en estado de embriaguez permanente. El campechano entre el cabaret y la iglesia», así describe Gerald Brenan al dictador en su obra “El laberinto español”. «Monarquía podrida», así tildaba Unamuno al rey y al dictador, lo que le valió el destierro a la isla de Fuerteventura en febrero de 1924. Y es significativo lo que opinaba del dictador su primo José María Pemán: «Es una locura patriótica y una ausencia de libros».

A la dictadura (septiembre1923-enero1930) de Primo de Rivera siguió la dictablanda (hasta febrero de 1931) de Dámaso Berenguer, otro general implicado en el Desastre de Annual. Y cinco años después, julio de 1936, un general acomplejado por su baja estatura y el machismo de su padre (complejo de Edipo) se levantaba en armas contra el poder democráticamente establecido y provocaba el holocausto español. Siempre, aún hoy, aquel general de afeminada voz de vicetiple encuentra seguidores que aplauden su gesto de salvapatrias y justifican la violencia que durante décadas aplicó contra sus súbditos, que no ciudadanos.

Pinochet y Allende en el momento de su designación como Jefe del Ejército, cien días antes del golpe de estado.

                La Escuela de las Américas y la Operación Cóndor fueron estrategias desarrolladas por la CIA en los países del cono sur de América (Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc.) en las décadas de los 50 a los 80 del siglo pasado, con objeto de fomentar políticas neoliberales afines a Washington, además de promover acciones represivas contra todo conato de progresismo que pudiera ir en contra del imperialismo yanqui.

Los principales adalides de esta operación fueron Allen Welsh Dulles, director de la CIA entre 1953 y 1961, y Henry Kissinger, secretario de Estado durante las administraciones Nixon y Ford, 1973-1977. Kissinger fue uno de los mayores practicantes del “Terrorismo de Estado”, pero fue premiado con el Premio Nobel de la Paz en 1975 tras arrasar Vietnam con las bombas de napalm que por encima del paralelo 47 lanzaban las superfortalezas volantes B52.

El 11 de septiembre de 1973 un golpe de estado derribaba en Chile al gobierno democrático libremente elegido de Salvador Allende y un general formado ideológicamente en la Operación Condor, Augusto Pinochet, lideró a sangre y fuego el país durante los siguientes 17 años. «El bombardeo del Palacio de la Moneda [la sede del gobierno chileno] fue innecesario y excesivo, dentro no había más que el presidente Allende y un puñado de guardaespaldas. Era la advertencia de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Pinochet en su régimen de terror», expresaba Javier Velasco, embajador de Chile en España el pasado 12 de septiembre en un acto celebrado en Madrid. En noviembre de 1975, dos años después de su ascenso al poder, Pinochet acudió al funeral del general Franco en Madrid, luciendo su figura una capa que causó preocupación entre las autoridades por la imagen de dictador napoleónico que desprendía. Durante la Guerra de las Malvinas, primavera de 1982, Pinochet prestó servicios de inteligencia y logística a las fuerzas inglesas que luchaban contra Argentina. Por eso se le permitió el traslado al United Kingdom para recibir asistencia sanitaria en 1998. Fue el juez Baltasar Garzón el que emitió una orden de busca y captura internacional en esas fechas y el general golpista fue detenido en Londres aplicándosele arresto domiciliario durante algo más de año y medio. En marzo de 2000 Pinochet regresó triunfante a Chile libre de cargos.

En su haber como estadista Pinochet cuenta con más de 40000 compatriotas muertos y torturados y más de 1000 desaparecidos. Sus seguidores, muchos, ponen en duda su responsabilidad en los crímenes sufridos por los ciudadanos de su país, que achacan al contubernio democrático.

Pinochet y Kissinger se saludan una vez consumado el golpe de estado.

Henry Kissinger aún vive, tiene 100 años. Mantiene toda su influencia sobre el pensamiento neoconservador surgido de la Escuela de Chicago, goza de un inmenso prestigio en la política liberal de libre mercado contraria a la intervención reguladora y preventiva del Estado en la economía. Incluso recibe el aplauso y elogios de premios nobeles de literatura asentados en Madrid.    


OBRAS RECOMENDADAS:

“El laberinto español”. Gerald Brenan

“Un pueblo traicionado”. Paul Preston

“El holocausto español”. Paul Preston


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El crimen de la niña Melchora: Lecturas de verano (III)

Carmelita Flórez

Forastera, tuerta y madrastra. Estos fueron los cargos que le valieron a Juliana Velasco Díez la condena a muerte por el asesinato de la niña Melchora, su hijastra, infanticidio acaecido en la villa de Cigales, Valladolid, el 16 de julio de 1905. Melchora, huérfana de madre, de seis añitos, era hija de Miguel Velasco Pastor, de 42 años, cooperador necesario en el crimen según la sentencia, hombre de carácter apocado, analfabeto, casado en segundas nupcias con su prima Juliana, a término de embarazo cuando sucedieron los hechos, declarada asesina, analfabeta también, mujer bravía y de carácter irascible, de poca belleza física y antipática para sus vecinos. A pesar de que las pruebas incriminatorias del parricidio presentadas por el Ministerio Fiscal no pudieron demostrarse, la Audiencia Provincial de Valladolid condenó a la pena capital a ambos primos. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, que fue ejecutada en Valladolid, el 27 de agosto de 1908, por el verdugo titular de la Audiencia de Burgos, Gregorio Mayoral Sendino, un ejecutor en serie con 58 muescas en su “guitarra”, su tornillo de la muerte.

Los vecinos de Cigales vivieron con excitación y morbosidad aquel verano tórrido de 1905. La filoxera estaba arrasando las viñas, monorriqueza de la que dependía la economía del pueblo, motivo de intranquilidad y enfado colectivo. La desaparición de la niña Melchora se produjo en plenas fiestas patronales. Era una niña flaca y desvalida, torpe y desamparada que había sufrido apenas con cinco meses de vida la pérdida de su madre por el mal de pecho, la tuberculosis. Según la vecindad femenina, la niña sufría de malos tratos por la madrastra. Por más búsquedas que los moradores de la villa y la Guardia Civil realizaron por los montes próximos no hallaron ningún rastro de ella. Sin embargo, unos restos humanos aparecieron cuarenta días después en un monte próximo. La ciencia forense de entonces no pudo determinar siquiera a qué sexo correspondían aquellos huesos saponificados. Pero la presión social, alterada por la previsible mala vendimia y el rechazo que provocaba la madrastra foránea hicieron que ella y el padre de la criatura se convirtieran desde el primer minuto de la desaparición en los sospechosos del horrendo crimen y condenados de ante mano.

Jesús Duva, periodista de egregia estirpe y curtido reportero dicharachero en la información criminológica en diversidad de periódicos de esos de papel a cinco columnas, ha realizado con su libro “El crimen de la niña Melchora”, de Editorial Páramo, un trabajo de documentación exhaustivo y académico sobre tan execrable asesinato, sumergiéndose en archivos, libros y hemerotecas, extrayendo información periodística y apuntando las características sociales y culturales del momento que se vivía en aquella Castilla provinciana. Y su trabajo es también un examen del proceso judicial que desembocó en una sentencia criticable de una época aún próxima al siglo XIX. Es una novela-documento de prosa fácil que se lee de un tirón, producto del oficio de buen gacetillero que derrocha Jesús Duva para disfrute del lector. Un atractivo libro para leer en este verano.

Jesús Duva, investigador privado y autor de la novela.

   No hay nada como la desgracia ajena para reconfortarnos en nuestra existencia. Nada como comprobar que la miseria, las debilidades, la maldad del prójimo nos fortalecen y nos hacen inmunes a delinquir. Nosotros no somos así, eso creemos leyendo las atrocidades, los sucesos terribles que a diario acontecen en nuestra sociedad de la información y de la inteligencia artificial. Como si con esos argumentos hubiéramos conseguido la bula o la inmunidad penal que nos preserve de actuar como los malvados, como esos pederastas abominables que violan criaturitas, como los execrables asesinos de niños.

En la novela, Duva interroga por los principios in dubio pro reo que no se llevaron a cabo en beneficio de los acusados, que no se aplicaron a pesar de la debilidad acusatoria de las pruebas aportadas y que supusieron la condena a muerte de ambos procesados, ratificada en segunda instancia por el Supremo. “Es preferible dejar impune el delito de un culpable que condenar a un inocente”, mantenía Ulpiano, jurista romano del siglo III. O “Es mejor absolver a mil culpables antes que condenar a muerte a un inocente”, aseveraba el jurista cordobés Maimónides de origen judío en el siglo XIII. O “Es preferible que cien culpables puedan escapar de la acción de la Justicia a que un solo inocente sufra un error”, decía William Blackstone, prestigioso jurista inglés del siglo XVIII. No hubo in dubio pro reo para Juliana ni Miguel.

 También Duva cuestiona la actitud evasiva de las altas autoridades de la nación, empezando por el rey Alfonso XIII (muy joven entonces, apenas 22 años) y la presidencia del Consejo de Ministros, Antonio Maura, o del alto tribunal que no quisieron entrometerse en la terrible sentencia intercediendo por un indulto para los condenados solicitado por sus defensas en las horas previas a la ejecución. Hoy ofrece serias dudas jurídicas la argumentación fundada en derecho del resultado de la sentencia, ratificada por el Supremo. Un prólogo al libro firmado por Manuela Carmena, magistrada y exalcaldesa de Madrid expresa más aún las dudas de culpabilidad de los condenados.

Y la novela también es un homenaje a la labor de las defensas de los acusados, prejuzgados y condenados por la masa antes del juicio, sufridos letrados defensores Gómez Redondo y Infante Ansa, que además del fracaso en sus labores concitaron el rechazo del vulgo cigalés.

Los vericuetos quebrados de la justicia y de la novela remiten al inconsciente de todos aquellos que vieron cumplidos sobre sus cogotes la acción de la dama ciega de la balanza, desde Pascuala Calonge, la reina de Tardajos, en Soria, en el siglo XIX, hasta la envenenadora de Valencia, Pilar Prades Expósito; desde José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, El Jarabo, hasta Salvador Puig Antich y Heinz Chez, el anarquista y el polaco oligofrénico, a los que la justicia franquista ejecutó en un dos por uno para maquillar una muerte de un policía no resuelta, como la de la niña Melchora.

Gregorio Mayoral Sendino fue el verdugo encargado de darles su merecido a los condenados. Al parecer, el brazo ejecutor de la Ley tuvo una dilatada y apasionante carrera profesional en eso de apretarles la golilla, o las anginas, a los reos. Incluso don Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte, es a José Luis Gómez al que le aprietan la nuez) y don Francisco Umbral (La leyenda del césar visionario) recogen sus andanzas en numerosos relatos, no necesariamente bien documentados y con errores cronológicos menores. Fue Mayoral el que ajustició, entre sus 58 reos, al anarquista Michele Angiolillo el 19 de agosto de 1897, el asesino de Cánovas del Castillo, tan sólo once días después del magnicidio. Una precipitación justiciera que frustró conocer a fondo las implicaciones y actores secundarios que rodearon al asesinato.

Desde 1900, los agarrotamientos se realizaban en el interior de las prisiones, sin público presente. Logro del médico y parlamentario por Murcia Ángel Pulido Fernández. El mes de agosto por lo que se ve, ha sido el más utilizado por la Justicia para aplicar la pena capital. Será que los calores afectan al cerebro de los magistrados indulgentes evitando su perdón. Miguel Velasco Pastor y Juliana Velasco Díez, los asesinos de “El crimen de la niña Melchora”, fueron ejecutados hace ahora exactamente 115 años. La niña Melchora jamás volvió a ser vista, ni viva ni muerta.

El verdugo, una obra maestra de Luis García Berlanga.

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El extraño caso del semanario EL CASO

Con el viento solano (crónicas de verano I)

Gabriel de Araceli

Quizás el ser humano encuentra placer o consuelo al conocer la miseria y bajeza personal que arrastran sus congéneres criminales y por eso lee con avidez las crónicas de sucesos, como un preventivo que le lleva a pensar que él no es así. Que él quiere a su pareja y no es violento como el vecino con el que comparte escalera, un extranjero, dicen, un individuo huraño y esquivo que acaba de salir en los papeles o en la tele porque ha matado a su mujer. O que jamás abusará de menores como el personaje nauseabundo que violó y dio muerte a un niño de nueve años al que raptó en un parque de La Rioja a la vista de otros niños. La lectura de la crónica negra de los periódicos tiene un cierto aire de prevención y revulsivo, un antídoto que nos inmuniza contra las horribles actuaciones que el hombre realiza contra los otros hombres. Homo homini lupus. O es que cuando lee sucesos busca explicación a los comportamientos inexplicables que continuamente suceden en la sociedad industrializada y tecnológicamente avanzada de la que él es parte. O quizás sólo sea el morbo y la perfidia de conocer las terribles aberraciones que un humano es capaz de cometer cuando su naturaleza depredadora y hostil se impone a la razón de la convivencia o de la ley.  

A Massiel le asaltaron en su casa los padres ideológicos de los que ahora se blanquean de verde.

El semanario EL CASO nace en 1952, en plena autarquía, en una España pobre y hambrienta que aún no se ha recuperado de la destrucción producida por la guerra del general Franco, sometida a la moral católica castrante y con una censura férrea que impedía el ejercicio de la información plural y libre más allá de la directamente emanada de las directrices de la dictadura. Aún no se ha firmado el Concordato con el Vaticano (agosto de 1953) ni las relaciones con USA (después, septiembre de 1953) y el aislamiento internacional incluso había impedido que España se beneficiase del plan de ayuda americano que inundaba Europa de queso blando y créditos duros para el desarrollo. Los United States of America se enzarzan en una guerra en Corea para salvar al mundo del comunismo. Y en Guadalix de la Sierra, un pueblecito de la sierra madrileña, unos alumnos aplicados de la Escuela Oficial de Cine ruedan “Bienvenido, Míster Marshall”.

La violencia contra la mujer era algo habitual entonces como ahora.

 En ese ambiente de pocas luces y muchas sombras viene al mundo periodístico el semanario EL CASO, con gran éxito de lectores desde el primer número. Esa realidad turbia y oscura de la maldad humana y sus crímenes se pasea desde la primera página de la publicación y prende en el público gracias a un lenguaje sencillo pero melodramático y recargado de epítetos y frases rimbombantes que teatraliza más aún los terribles sucesos que recorren sus páginas. Despliega un lenguaje para porteras y modistas que lee el empleado de banca, el sereno, el ama de casa, la pescadera del mercado de abastos, el mancebo de la botica, el dueño de la taberna, el hortera de la mercería, la dueña de la pensión, el guardia de la porra, el periodista ilustrado del monárquico diario ABC o el policía armada que presta servicio en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Porque en EL CASO está relatada la vida cotidiana, y mayoritariamente la muerte de todos los días, la miseria y la desgracia prendidas en la boca de las que todos se quieren inmunizar. Sus páginas todas las semanas están llenas de noticias de violencia contra la mujer, víctimas de crímenes horripilantes a lo largo de toda la geografía patria, muchas veces prodigados por maridos o novios bárbaros con un sadismo impropio de un país civilizado y cristiano donde reinan la mano dura y los curas, que invita a pensar en que estos lodos que ahora nos embarran, y que la ultraderecha niega, proceden de aquellos polvos. Y hay constantes referencias a terribles accidentes de circulación (una plaga de aquellos años de carreteras pavorosas y vehículos ruinosos), explosiones de gas grisú en las minas asturianas con docenas de mineros muertos, accidentes de aviones, viviendas que se derrumban, presas que se colapsan provocando riadas incontenibles, crímenes de vecindad o pasionales, robos a taxistas y gasolineras, buscavidas pelanas, golfillos malencarados de barriadas pobres y marginales, delincuentes derrumbados, proxenetas marcando paquete o mujeres “golfas” con dos amantes. Especial referencia se hace de los delitos cometidos por gitanos, abundantes en las páginas, a los que se trata como un género específico, el “vendaval gitano”, expresión racista que calaba favorablemente en los lectores sin apoyo alguno hacía los calés.

Con anterioridad, la ejecución de Julián Grimau, el 20 de abril de 1963, se trató con un número especial casi monográfico en el que se exponen los vicios del malvado comunista, clandestino en Madrid, y su carrera de crímenes contra la bondad del régimen político de su Excelencia que justifica su merecida condena. Puig Antich y el polaco Heinz Chez, los últimos ajusticiados por garrote vil del franquismo, ocupan un número entero, en marzo de 1974, donde, además, se da información detallada sobre las características técnicas y mortíferas inestimables del artefacto patibulario. Sin embargo, previamente, en 1959, no hubo ninguna referencia a la ejecución de la tristemente célebre envenenadora de Valencia, Pilar Prades, una pobre mujer analfabeta que mató a sus dos amas pensando que así accedía al bienestar que le negaba su origen humilde, sentencia cumplida en mayo de ese año y por el mismo procedimiento bárbaro, el garrotazo heredado de Fernando VII. Quizás la censura impidió que se diera a conocer por ser mujer. Algo que no sucedió con el gran despliegue que acompañó a la detención, juicio, sentencia, recursos y ejecución gloriosa de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, alias el Jarabo, a lo largo de 1958 y 1959. Durante varios números las noticias del Jarabo, su origen aristocrático, sus relaciones familiares con magistrados del Tribunal Supremo, sus juergas y saraos con prostitutas y flamencos por los prostíbulos de la Gran Vía y el ambiente del Bar Chicote despertaban una admiración y una envidia popular en los lectores que EL CASO se encargaba de electrizar aún más si cabía exaltado la figura del vividor enamoradizo y simpático asesino, que cursó estudios en el nobiliario colegio El Pilar. Quizás fuese para el humilde lector de EL CASO un revulsivo, una forma de consolarse y deducir que el origen no predispone al éxito, que incluso con buenos principios y buenos colegios un ciudadano con posibles puede acabar en el arroyo. Un alivio para la conciencia de aquella portera que leía las noticias vigilando de reojo el acceso a la finca. El semanario consiguió un éxito de ventas extraordinario, vendiendo más de medio millón de ejemplares en esos momentos, recordemos, 1959. Número de ventas que no conseguía veinte años después a diario ni el periódico de referencia de España durante la Transición, época dorada del periodismo.

El Jarabo fue protagonista aún siendo un cuádruple asesino.

El morbo, el crimen ajeno, el castigo y la contrición del delincuente llenaron las páginas del semanario durante sus 45 años de vida. Dos Españas, dos historias complementarias, dos mundos diferentes, dos realidades casi inimaginables que se desarrollaron en tan escaso período de tiempo. Etapas que fueron desde la pobreza y miseria que dejaba en los lectores de periódicos y en todos los españoles la autarquía falangista hasta el advenimiento de los tecnócratas del Opus Dei; desde la década del Contubernio hasta la Ley de Prensa del ministro al que le cabía todo el Estado en la cabeza; desde aquel pequeño paso de Armstrong tan grande para la humanidad hasta la voladura de Carrero Blanco; desde las lágrimas de Arias Navarro anunciando a los españoles la muerte del jefe hasta las primeras elecciones democráticas en junio de 1977 (menos de dos años después, ¡un gran paso para España!); desde el comienzo de la Transición hasta los 350 Km/h del AVE de la Expo y la Barcelona olímpica; desde el premio Nobel de Camilo José Cela hasta el advenimiento al poder por mayoría simple del vaquero chiquitín con las botas en la mesa de los tres de las Azores. Fiel a su deber de informar EL CASO permaneció publicándose hasta el 24 de septiembre de 1997. La televisión basura había hecho años ha su entrada apocalíptica en las ondas periodísticas y los teleculos y teletetas de los espaguetis y demás grupos empresariales se hicieron dueños de las pantallas. Al lector le resultaba más cómodo encender la tele que leer un periódico. El lugar de EL CASO lo ocupan ahora las televisiones privadas que dedica una tercera parte de sus informativos a la propagación de sucesos y chismes, no necesariamente ciertos ni con la calidad del semanario. Y EL CASO, 2444 números después, echó el cierre con un número dedicado a lady Di, una víctima más del periodismo amarillo, fallecida en París unos días antes perseguida por una legión de paparazis que buscaban pienso dulce para lectores universales, tal vez leyendo escondidos sus noticias en la penumbra de una portería. El crimen de Alcácer, un enigma aún por resolver, figura también como noticia en el último número. Ya nadie lee periódicos, se informa con telebulos y los lectores se creen todos los fake news. EL CASO, fue bonito mientras duró.

Última portada de EL CASO, con Lady di de protagonista fúnebre.

¿Quién mató a Víctor Molero?

Agustina de Champourcín

Idus de junio. Tormentas y rayos. Temprano, de buena mañana Orfeo, o Víctor, descendió al Hades, al riachuelo Perales, casi seco, en busca de Eurídice, su amante de ojos glaucos, niña aún, sus rostros se cruzaron no ha mucho tiempo antes y prendió en ellos el fuego del amor, imposible por sus orígenes. Sus familias, ambas ricas y enfrentadas por las propiedades, se disputaban las lindes de los campos, codicia del trigo, de la cebada, pleitos antiguos que se perpetuaban de generación en generación, enemigos sin saberlo, amores prohibidos. Víctor y Eurídice. Omnia vincit amor. Buscando mis amores iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras. El cielo raso se cubría de nubes y allá en las cumbres de la alta sierra, en el palacio-monasterio de granitos berroqueños de El Rey Prudente la borrasca amenazaba con el trueno la paz de los hombres. El vivir que es perdurable no se gana con estados mundanales ni con vida delectable donde moran los pecados infernales. Víctor y Eurídice se regalaron todo su amor bajo la sombra de una higuera, qué importaban las familias si ellos se amaban, si en la tarde amenazante de lluvia brillaba el beso y la promesa eterna de felicidad. Y el placer conjugado en la piel amiga se deshacía en promesa perpetua de alegría. Tisífone, vigilante de que los mortales cumplieran las leyes, los descubrió en pecado mediada la tarde. Y Eurídice, niña de ojos glaucos, sorprendida como Eva, se tapó la desnudez con las hojas del árbol del Paraíso para evitar la mirada severa de la erinia que castigaba con la muerte al infractor.

Lugar donde encontró el final Víctor Molero.

—Regresa arrepentido a tu morada de la que nunca debiste salir, mortal Víctor, que tu pecado es grande porque habéis quebrantado la voluntad de vuestras familias, aunque la juventud de vuestros cuerpos regios y el deseo irreprimible os exime de vuestros pecados. El fruto del amor es efímero y pronto no será sino un recuerdo perdido en la breve memoria que la vida otorga a los mortales. Seré generosa y perdonaré esta vez vuestra falta. Pero, ¡oh Víctor!, retorna a tu pueblo, a Brunete de la batalla terrible de los hombres necios desde el que viniste y no vuelvas la vista atrás, olvida el rostro de Eurídice y no trasgredas la ley de los dioses que prohíben vuestro amor —dijo la furia.

La tormenta se abate sobre Brunete, Madrid, como una amenaza bélica, como una amenaza de las furias.

Y Víctor emprendió el camino de regreso con el corazón encogido porque la diosa les prohibía también su querer y les obligaba a obedecerla. Si no, Eurídice, niña de ojos glaucos, pronto no sería más que una sombra en la noche de su juventud. Largo era el camino de vuelta. Ya no era una amenaza de tormenta, que era la locura desatada de las furias. La lluvia le golpeaba el rostro y su albergue del labrantío quedaba lejos, aún a más de dos leguas, tronaban los relámpagos y la noche estallaba entre las lindes disputadas por las familias enemigas. La nostalgia de la pasión le llevaba a quebrantar la prohibición dictada por la diosa. ¡Esfuérceme en la virtud para sufrir esta afrenta que me llama! El rostro de Eurídice, espléndida y venérea ninfa de ojos glaucos, le requería volver la vista atrás y sucumbió al deseo de recordar de nuevo la figura reluciente de su amada. La tempestad llenó de quebrantos la negritud de la noche, el cielo se desgajó en mil cuchilladas de rayos y centellas. Tisífone, rencorosa, no perdona los pecados de los hombres y castigó con crueldad infinita la falta del amante. Al volver la vista atrás Orfeo vio por última vez la senda que nunca volvería a pisar.

AQUI MATO UN RAYO A VICTOR MOLERO

Un rayo mató a Víctor Molero el 12 de junio de 1915. Venía de visitar a su prometida, Eurídice, que atendía con mimo su deseo, sus deseos, en el vecino lugar de Quijorna. El fruto del amor quedó impreso en la roca de la memoria eterna. Orfeo, te perpetuaste en el tiempo a través de una lápida. Tu recuerdo pétreo entre las azucenas olvidado, Víctor, es más prolongado que tu corta vida.

Rayos, batallas, amores, ilusiones, a veces besos y muchas veces muertes.

Transcripción del acta de enterramiento de Víctor Molero y Rufo que se encuentra en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Brunete, Madrid.

Número 24; Adulto.
Víctor Molero y Rufo
Hijo leg. de Francisco y Vic
toriana. Falleció el día
12 de junio de 1915—

En la villa de Brunete Diócesis de Madrid-Alcalá a trece de junio de mil novecientos quince Lic. D. Manuel Mª. Salas e Isasi Presbítero Cura propio de la única parroquial de ella con el título de Ntra Sra de la Asunción, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de Víctor Molero Rufo, soltero, de diez y ocho años de edad, de esta naturaleza y domicilio hijo legítimo de Francisco Molero y Rodrigo y Victoriana Rufo y Avilés, que falleció el día de ayer en el término llamado Los Morales en este término municipal a las diez de la mañana a consecuencia de una descarga eléctrica según certificación facultativa. Se le hizo entierro de tercera clase con Misa de cuerpo presente. Fueron testigos del sepelio Salvador Robledano, Bonifacio Valbuena y Rafael Sanchez de esta vecindad. Y para que conste lo firmo [y rubricado] fecha ut supra.

Lic Manuel Mª Salas e Isasi

El autor agradece a Roberto, cura párroco de la citada iglesia, las facilidades dadas para obtener la anterior acta de defunción.


Sabor de bien que es finito,
lo más que puede llegar
es cansar el apetito
y estragar el paladar;
y así, por toda dulzura
nunca yo me perderé,
sino por un no sé qué
que se halla por ventura.
El que de amor adolece,
del divino ser tocado,
tiene el gusto tan trocado
que a los gustos desfallece;
como el que con calentura
fastidia el manjar que ve,
y apetece un no sé qué
que se halla por ventura.

(Gloria a lo divino, 1585-1986. Juan de Yepes Álvarez, alias San Juan de la Cruz)


Enlaces relacionados:

Leer a Juan de Yepes Álvarez


					

Las bibliotecas mágicas habitadas por libros imaginarios

Agustina de Champourcín

Salutem plurimam

Hay libros que son una vida, que escribes lentamente con el paso de los días, de los meses, de los años, de la infancia, de la juventud, de la madurez, amasados con la soledad de los dolores y con las sonrisas compartidas que graba en la memoria el discurrir de la existencia. “EL GABINETE MÁGICO Libro de las bibliotecas imaginarias” vale por toda una vida. «Si no una, media» asegura Emilio Pascual, su hacedor, que ha trabajado en él durante más de treinta años. Tiempo de lecturas silenciosas y reflexiones escritas a lomos de miles de libros leídos por placer o por deber y circundados por el devenir diario de las obligaciones cotidianas. Ese laberinto de papel y fábula, de ensueño y Times New Roman, intertextualidad y mistificación, cuerpo doce justificado y cursivas por el que ha navegado el docto Aemilius, hidalgo castellano de las letras atrapado por la ninfa Calipso de los versos. «Una biblioteca es un gabinete mágico lleno de espíritus hechizados. Despiertan cuando abrimos el libro». (Borges)

El autor Emilio Pascual firma su obra el pasado 9 de mayo.

«Qué sería de mí sin vosotros, tiranos… libros llenos de cosas deplorables y de cosas sublimes a los que odiar o por los que morir», reflexiona Luis Alberto de Cuenca en la entrada a este valle de la fantasía impostada. «Lujuria de libros» llamó Williams de Baskerville a la biblioteca de aquella abadía de los Apeninos. El saber, el afán de conocimiento, la búsqueda de la verdad, de la perfección llevó a sus moradores a la destrucción, al envenenamiento del alma, a la “ecpirosis” purificadora del fuego. Adso de Melk, siete siglos después, sigue preguntándose “por las nieves de antaño y quizá por qué la rosa es sin porqué”.

Y el lector se pregunta también por qué el primer libro que Carvalho incineró fue “España como problema”, de un tal Laín Entralgo, enigma irresoluble por la muerte del padre putativo. Nunca se sabrá. Fuego para los libros que nada le aportaron en su vida. Aunque quizás ambos, padre e hijo, se rían del mundo, felices ambos, semiocultos en un anaquel imaginario de alguna biblioteca olvidada mientras saborean unos Farcellets de col rellenos de langosta y lenguado con moras en Casa Leopoldo. «Las estanterías son el infierno paralítico de los libros». Para qué los libros, qué te dan, qué te quitan sino «ese vago sustrato cultural que a uno le queda después de haberse tragado dos o tres mil libros», decía el detective, o su padre.

Emilio Pascual y Luis Alberto de Cuenca conversan durante la presentación del libro.

Aquella biblioteca de don Alonso Quijano recordada por los libros que se salvan del fuego redentor. Todas tienen cabida en la faltriquera del mago Pascual. Como la biblioteca móvil y sumergida del capitán Nemo a bordo del Nautilus, 12.000 volúmenes para olvidarse, en el fondo del mar, de la estupidez humana que puebla la tierra: «había sufrido por culpa de los humanos e ideado un submarino para huir de la tierra y sus habitantes». O la de Valentinito Torquemada: «Niño inexplicable tiene el diablo en el cuerpo o es pedazo de divinidad, Newton resucitado… Cuando este chico sea hombre asombrará y trastornará al mundo». No sucedió tal para regocijo o tragedia de la humanidad. Se lo llevó, aún en la infancia, una meningitis. O la biblioteca del comisario Montalbano, más proclive a los placeres de la boca que a los de la lectura: «un cuscús con ocho variedades de pescado le arrancaba súbitos arrebatos de emoción… unos espaguetis con sepia en su tinta… o unos antipasti de mari que invitaban a sacrificarse en el ara de Neptuno». Cómo leer un libro si el placer se viste de gula. O la biblioteca de Tom Sawyer, hecha a partes iguales de misterio y paradoja. Y resuelta entre la Biblia y el Quijote. Don Miguel, amoroso y delicado con su hijo, recordaba que: «el que más ha mostrado desear [el libro] ha sido el gran emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote» (II 0.59).

Aspecto de la Librería Antonio Machado durante la presentación del libro.

Y anímese el lector y olvídese de estas líneas ásperas y selváticas que no hacen sino confundir su ánimo y entretener en vacuidades su tiempo y váyase a leer las claras y venturosas páginas que el eximio autor de tan excelsa obra, don Aemilius Pascual, el Águila de Tejares, ha alumbrado en “EL GABINETE MÁGICO Libro de las bibliotecas imaginarias”, que mucho será su provecho si se interna en la fantasía de los libros, en su fabulación, en el conocimiento de los grandes autores de la literatura universal y con la llaneza con las que su obrador lo escribe (muchacho no te encumbres, que toda afectación es mala) y se exime de las redichas palabras de los críticos literarios que pretender parecer facultados y eruditos escritores cuando no son más que listeros de retórica vacía. Vale


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