Vázquez de Sola: Humorista

El humor en los tiempos del virus VIII


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Gabriel de Araceli

     Que Andrés Vázquez de Sola no terminara en Carabanchel se lo debe al padre de Forges, que le avisó que aquel super-ministro al que le cabía todo el Estado en la cabeza le estaba apuntando con el rifle de la prisión por ser un subversivo contumaz que se reía del franquismo.  Así que el niño Vázquez de Sola se dio el piro, a París, y allí se puso a dibujar sus gracietas, en el hebdomadaire  “Le Canard Enchainé”, un semanario satírico que decía en la Republique Française lo que molestaba a Pompidou o a Giscard d’Estaing. Por eso, lo del confinamiento lo ha llevado con humor, todos los días dibujaba una viñeta con alguna picardía que alegrara la cara del lector, una sonrisa con la que combatir al virus. Vázquez de Sola es lo que tiene, una alegría contagiosa a pesar de su corta edad: 93 años. Y el que quiera reírse que lo lea.IMG-20200413-WA0004


Enlace relacionado

Iconoclasta

Gamoneda

La Poesía en los tiempos del virus VII


A A López. Fotos de Terry Mangino

     ANTONIO GAMONEDA es un poeta. Es un señor que camina y habla despacio, pero sabe donde pisa y lo que dice: “El lenguaje ha de ser poética y socialmente subversivo. Sin la conciencia subversiva no hay creación literaria. Hay que luchar contra los molinos del viento de la imposición, darle libre albedrío a la vesania de la imaginación. Como don Quijote, una bella locura que don Miguel escribió para poder vivir”.

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     Antonio Gamoneda ama los libros. Tiene en su casa de León —la ciudad a la que le trasladó su madre con apenas tres años, en 1934, tras quedar huérfano de padre— sus libros ubicados según sus juicios, o sus sospechas. En un sótano (el infierno) tiene los condenados. En el desván (el purgatorio) los dudosos. Y en las habitaciones (el paraíso) los confirmados. Confiesa que conseguía sus libros de un librero —se supone que de León. ¿Pero es que en León había libreros en su juventud? ¡¿Cómo podía ser eso en 1945, en 1950, en 1955, en 1960?!— que los traía de no sabe dónde. “Mi biblioteca era inexistente, todo se perdió durante la guerra, mi casa familiar de Oviedo fue saqueada por los falangistas y los libros que mi padre tenía, ejemplares dedicados por Valle Inclán, por Rubén Darío robados”. Sólo recuperó un ejemplar de “Otra más alta vida”, libro de poemas escrito por su padre en 1919 y en el que aprendió a leer. Removiendo estanterías, cartapacios diría Cervantes, por las chamarilerías de ropavejeros —más numerosas que las librerías— de su ciudad de acogida encontró una colección de libros clandestinos que le sirvieron para conocer autores prohibidos, los mejores, los poetas malditos, los confirmados que habitan ahora en el paraíso de su casa. Y a falta de monetario leía a saltos de mata en las librerías de viejo, o intercambiando los ejemplares mil veces sobados, los que no acabaron alimentando el calor de una lumbre que aliviaba los sabañones, hijos espurios del crudo invierno leonés —¡tantos!— que dejó la cruzada del infame general. Aquellas cuartillas desvencijadas que pasaban de mano en mano a 20 céntimos el uso. Una consumación erótico-lírica persiguiendo entre escarchas y redondillas a Quevedo o a Juan Ramón a falta de garbanzos que llevarse al buche, en busca del calor de la poesía que calentaba los cuerpos, o los espíritus cuando todo estaba desnudo y la halitosis del yugo y las flechas vertía su vómito de bilis y de escrotos a los vencidos. Después, superviviente de estepas y rencores, trabajador puntual de la gleba cotidiana y amante de los silencios, Gamoneda se puso a escribir poemas como este:

Ha venido tu lengua; está en mi boca

como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame,

amor mío, la sombra.

       Antonio Gamoneda ha cumplido el pasado mayo 89 años. Casi tantos como Clint Eastwood (90), aunque sus vidas hayan sido ligeramente diferentes. Vean las pelis de Harry Callahan. Y lean en silencio los poemas de Gamoneda.

[Estas líneas se han confeccionado con las notas —pura arqueología archivística— tomadas por el autor, ese tal A A López, en las conversaciones que don Antonio Gamoneda mantuvo con el público asistente —entregado— a las conferencias celebradas en Madrid, en la Biblioteca Nacional, el 9 de octubre de 2012, durante el homenaje que se tributaba a dos Premios Cervantes, a él se lo dieron en 2006 —el otro homenajeado era don Mario Vargas Llosa—; y el 6 de marzo de 2013, en la Sala Mapfre, en la que Gamoneda hablaba del amor a sus libros —algunas señoras le declararon su amor a él, no a sus libros, cosa que don Antonio agradeció con la sabiduría de su sonrisa y a las que prometió satisfacer con sus poemas. Lo cumplió—.]


Ana de la Robla, poetisa, y sus amores líricos con Gamoneda:

http://elpozoyelpndulo.blogspot.com/2012/10/la-ultima-cancion.html?m=1


Doña Ana de la Robla y su amor por Gamoneda

Le ha costado décadas granjearse el reconocimiento, pero últimamente Antonio Gamoneda va de premio en premio. Habitante (aun en su ostracismo voluntario, y más por localización temporal que por deseo gregario) de la Generación de los 50, Gamoneda ha recibido en los últimos años el Nacional de las Letras, el Castilla y León y, ahora, el Reina Sofía. Por el camino se quedaron Blanca Varela y Francisco Brines; casi nada. Se le ha encasillado repetidamente dentro de la poesía llamada “del silencio”, pero Gamoneda en realidad ha sido y es un poeta silencioso menos por estética que por elusión del ruido literario, esa algarabía de mafias, premios y tejemanejes que envilece a las letras en tantas ocasiones; prueba de ello ha sido su actitud ante la noticia del Reina Sofía, modesta, serena y casi resignada.
Hasta el momento su último libro ha sido Arden las pérdidas, con la excepción de ese espectacular y esperanzado ramillete de poemas que en 2004 dedicó a su nieta Cecilia, y que aparece en la magnífica antología que del poeta ovetense-leonés recientemente ha publicado Galaxia Gutenberg bajo el título Esta luz. Una de las muchas bellezas innegables de la poesía de Antonio Gamoneda –él mismo enamorado con pasión de la belleza– es su esencia profundamente plástica (ut pictura poesis); diría más: arquitectónica. Todos sus libros son edificios impecables y sabiamente rematados, minuciosamente estructurados desde su primer verso hasta el punto final que les da término. Sin eludir siquiera el título, de exquisita contundencia.
Tras el heterodoxo y hermosísimo Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas supuso un testamento lúcido, un auto de fe de la memoria. En el libro están presentes la conciencia de la pérdida y del avance hacia la muerte, pero desde una perspectiva de total serenidad. Los recuerdos dejan al poeta sólo un patrimonio previsible de cenizas, y él las canta como tales, como en el verso de Aleixandre: “ávidamente ardí, canté ceniza”. En Arden las pérdidas hay verso pero también, al igual que en Lápidas (1987) o en Libro del frío (1992, revisado y ampliado en 2003), hay fragmentos peculiares en prosa musical, “bloques rítmicos”, como el poeta mismo gusta de llamarlos en ese conjunto de ensayos breves y certeros que es El cuerpo de los símbolos.
“Viene el olvido”, “Ira”, “Más allá de la sombra” y “Claridad sin descanso” son los peldaños que conducen a la hoguera final de los recuerdos en “Arden las pérdidas”; hoguera dolorida que, no obstante, es amorosa. Muchos años antes, en Sublevación inmóvil (1960), ya había asumido Gamoneda la purificadora necesidad de ese dolor: “De ahí, de mirar la vida / desde lo oscuro, viene / este amor invencible”.
“Viene el olvido” es una tensión agónica entre la memoria y el presente, y a la vez entre el presente y los presagios de la muerte. Gamoneda sintetiza sutilmente la tradición entera del pensamiento occidental, en la que el hombre aparece como el mortal y, a la vez, como el hablante: es el animal que tiene la facultad del lenguaje (con Aristóteles) y el animal que tiene la facultad de la muerte (según Hegel). El poeta persigue rastros lacerantes del pasado (“busco las manos de mi madre en los armarios llenos de sombra”); la inminencia de la desaparición se catartiza y transustancia en el lenguaje (“La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bujías del amanecer. Así / arden en mí los significados”). En “Ira” se renuncia expresamente al bálsamo calmante del olvido; es una evocación consciente de los ultrajes del pasado, del dolor y la miseria de unos tiempos arduos. Ante la injusticia, el olvido o el consuelo carecen de sentido. “Ira”, pues, es poesía del compromiso (cuidado, compromiso en Gamoneda no equivale a dogmatismo), sin renunciar al tono íntimo, de experiencia personal (“De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada. / Aún enloquecen / aquellas madres en mis venas”). “Más allá de la sombra” es una contemplación de la consumación de la pérdida, la memoria trascendida (“Me he extenuado inútilmente / en los recuerdos y las sombras”). En “Claridad sin descanso” el poeta retrata lo que aguarda más allá del término de todo; el poeta acepta su actual estado como un suceso en que la visión se clarifica y todo adquiere nitidez (“Así es la vejez: claridad sin descanso”).
Los poemas dedicados a Cecilia son un renacimiento esplendoroso: “Bajo los sauces / yo te llevo en mis brazos y te siento vivir. / Después salimos a la luz y, por primera vez, / tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras. / Es verdad, en el extremo de tus manos, / el cielo es grande y azul”. Estremecido temblor de Gamoneda: cuándo dejarás de sorprendernos.

El espíritu de Fort Robinson

RAS

        Friederich Trumpf, abuelo paterno del actual presidente de los Estados Unidos, llegó a Nueva York con 16 años, procedente de Baviera. Al arribar a Manhatan, fue confinado en el Castle Garden, un edificio de piedra con aspecto de prisión en forma circular, que funcionaba como el primer centro de recepción de inmigrantes del país. Hacía tan solo 9 años que, en 1876, el 7º regimiento de caballería, al mando del teniente coronel George Armstrong Custer, había sido derrotado y humillado en Little Big Horn por un poderoso ejército cobrizo liderado por Caballo Loco y Toro Sentado, dos respetados jefes sioux. De carácter indómito, Caballo Loco, que previamente había participado en la masacre de Fetterman, fue apresado y encerrado en Fort Robinson, donde murió a bayonetazos de sus carceleros un año después. Por su parte, Toro Sentado, reconocido como chamán y líder espiritual de los lakotas, recorrió diversas reservas hasta recalar en la de Standing Rock, en Dakota del Sur. Allí murió, en diciembre de 1890, acribillado por policías reclutados de entre miembros de su propia tribu. Un par de semanas más tarde, tras cerca de tres siglos de enfrentamientos entre los nativos y las diferentes potencias colonizadoras europeas, terminaban las guerras indias con la masacre de Wounded Knee, donde los soldados norteamericanos asesinaron a cerca de 300 lakotas bajo el mando del jefe Pie Grande, de los que casi dos tercios eran mujeres y niños, después de que los indios iniciaran un ritual místico conocido como the Ghost Dance.

        Es probable que el joven Friederich tuviera la ocasión de leer en los periódicos neoyorquinos el relato de las últimas escaramuzas de las guerras indias, prácticamente mientras se estaban desarrollando, aunque desconocemos cuál sería su mirada hacia aquellos indígenas de piel oscura y gesto inescrutable, cuya imagen seguramente contemplaría en algún daguerrotipo de la época. Sin embargo, no parece haber duda alguna de cuál es la de su nieto, al que ha bastado una generación para olvidar sus orígenes. También él ha tenido la oportunidad conocer la historia reciente de los conflictos raciales en su país, ahora centrados en la población afroamericana, especialmente desde el «verano rojo» de 1919, cuando en más de 30 ciudades norteamericanas se produjeron graves enfrentamientos entre blancos y negros, tras el regreso de los segundos como carne de cañón utilizada en la primera guerra mundial, rivalizando por puestos de trabajo y viviendas, previamente ocupados por los inmigrantes de piel blanca procedentes de Europa.caricatura_trump

          Desde su posición de constructor de éxito y empresario del show business metido en política, Donald Trump ha podido vivir de cerca las últimas muestras del odio racial que impregna el alma más turbia de la sociedad wasp. Unos años antes de su toma de posesión como presidente, dos jóvenes negros —Eric Garner y Freddie Gray— morían como consecuencia de la violencia policial; el primero asesinado por estrangulamiento en Nueva York, en julio de 2014; el segundo, en Baltimore, en abril del año siguiente, tras entrar en coma mientras era conducido en una furgoneta policial. Ahora ha sido en Minneapolis, donde George Floyd ha muerto bajo la rodilla de un policía blanco ante los ojos del mundo, utilizando ese método tan eficiente que tal vez aprendan los agentes de élite en los talleres de verano que imparten expertos israelís en los alrededores de Gaza. Agazapado cual conejo en el búnker de la Casa Blanca durante la noche, Donald Trump, en forma de vurdalak a la inversa, sale de día para amenazar con su libro sagrado en una mano, la bandera en la otra y el 7º de Caballería detrás, mientras es jaleado por la extrema derecha española como muestra actualizada del pensamiento fascista.


La aventura equinoccial de Rafa de Alonso

    RAS, Rafael Alonso Solís, nació en la calle Leganitos, en Madrid. Sin embargo, eso no le valió para formar parte del trío La La La que ayudaría a María de los Ángeles Santamaría Espinosa a ganar Eurovisión en 1968. Aquel contratiempo juvenil le forjó un carácter tenaz y responsable que le ha hecho universalmente respetado en el mundo de la ciencia. Por aquella época ya era un joven licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense y consiguió una beca de ampliación de estudios en la Universidad John Hopkins, en Baltimore, USA. Debido a sus conocimientos en fisiología humana en el espacio inter-galáctico es reclamado con urgencia, en 1970, por la NASA y tras recuperar con éxito a la tripulación del Apolo XIII —Houston, tenemos un problema. ¿Recuerdan?— amplía brillantemente sus estudios de medicina. Es entonces cuando conoce al capitán Willard, con el que comienza una bonita amistad que perdura actualmente. Regresa a España, son los tiempos de la Transición Democrática y emprende, a pesar de sus estudios, la profesión de periodista formando parte de la Banda de los Cuatro, una agencia de noticias que proveía de fotografías y reportajes a la prensa de entonces. Ya saben, todas revistas serias: Hermano Lobo, Interviu, La Codorniz, Por Favor, El Jueves…

Pero aquello de la prensa basura madrileña no florece y como echa de menos sus conocimientos retoma su profesión de médico y se traslada a Tenerife a finales de los 70, donde empieza una carrera de investigador, docente y vice-rector que le lleva a alcanzar las más altas cotas de la Universidad de la Laguna. Además, sigue escribiendo semanalmente columnas en varios periódicos chicharreros y tiene publicadas muchas novelas de intrigas en las que un personaje diabólico se dedica a matar en serie a todo aquel que no se cree su biografía.


[En la fotografía del friso superior aparece RAS junto al capitán Willard y el coronel Kurtz en un lugar no identificado del barrio de Leganitos.]


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En este enlace pueden obtener más datos de RAS, incluso descargarse sus escritos (parte, no todos):

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Encuentros en la tercera fase

Los puentes del Guadarrama

El amor en los tiempos del virus VI

Texto de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     —Ninguna mujer deja a sus hijos y se marcha con un desconocido por muy enamorada que esté de él, por muy cachonda que le ponga.

     —¿Y si su marido es un palurdo sin atractivo alguno y vive en un pueblo olvidado, sin ningún porvenir?

     —Ni por esas, por muy Harry Callahan que sea el amante, una familia es una familia, sacrificas todo por tus hijos: la felicidad, tu trabajo, el futuro, incluso los polvos. Todo.

     —¿Ni por un millón de dólares?

     —¡Un millón de dólares!, ¿dices?

     —Sí, un millón de dólares, baby.

     —Por un millón de dólares una mujer o un hombre dejan hasta de ser amantes. Tanto dinero es incompatible con el amor.

      —Bueno, el dinero es un conflicto entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. El amor o la pasta. No siempre triunfa el bien en el corazón humano. A veces, el lado oscuro se impone al ángel bueno de nuestra naturaleza.

      —Todos tenemos un precio, mejor no exponerse, no llegar a saber nunca lo que vale nuestro amor.

     —El amor es un veneno que embauca los sueños, un engaño efímero. La pasta primero. Todo por un puñado de dólares.

     —Tanta pasta te convierte en un caracol deslizándose por el filo de una navaja, resbalándose entre el deseo y la conciencia.

      —Si te ciega la pasión te convertirás en navaja y te cortarás las venas de la dignidad.

     —El amor venéreo es efímero, flor de un día. Puedes quedarte sin el perdón y sin aquellos que fueron tuyos.

     —Tranquila, Carmelita, nadie nos va a tentar jamás con esa cantidad. Seguiremos en la virtud.

     —A veces hay que soñar con un príncipe azul, con una princesa de zapatitos de cristal, aunque el príncipe destiña o los zapatos se hagan añicos en el baile. Pura mística. Mystic river.

     —La vida es soñar en los tiempos del virus. Es peor la soledad que la enfermedad.

     «¡Qué maldad, puta humanidad!, ¡qué maldita es la vida!  Por qué… —por la ventana abierta se cuelan los gritos rotos de un borracho que vocea descompasado por el parque. Es el único habitante del barrio que se ha saltado el confinamiento. Se tambalea. Se sienta en un banco y grita tanto que desde los balcones los vecinos le graban con sus móviles entre risotadas— ¡Ya lo sé Manuel!… no se entiende, habla bien, Manuel… te quiero a ti. ¡Por dios, te quiero a ti y todos se están muriendo!».

     —Era un hombre atractivo, las mujeres del barrio se volvían a mirarlo, ahora es una ruina, el pobre Manuel no tiene quien le escriba en su banco de indigente. Ni ropa de mujer tendida en el balcón. ¿Por qué has puesto ahí mis bragas?

     —Tender tu ropa interior ha sido como izar la bandera de la libertad, de la esperanza, del amor, el antídoto contra la soledad. Un sujetador y dos bragas cruzadas agitadas por el viento, el pabellón de los bucaneros del amor.

     —Por fin hemos salido del encierro. Alguien comparte tu existencia, aunque sea en la cuerda de tender la ropa.

     —Mi vida se ha llenado de ropa de chica. Ha salido el sol. Antes sólo había calzoncillos y camisetas viejas.

     —En la Gran Vía se pone, o se ponía, cualquiera sabe, una pobre mujer. Está ida, te vendía peluches que ella misma tejía tirada en la acera entre alaridos estentóreos. Gritaba como una posesa en mitad del caos de la gran ciudad. Nadie la escuchaba. Me acerqué y le compré un osito, una limosna. Qué habrá sido de ella. ¿La habrá liquidado el virus?

Osito

     —Es un virus democrático, nos ha reducido a todos a la condición humana. Nos ha sacado nuestras vergüenzas. No somos más que pura mierda.

     —Tal vez sea la novia de Manuel. Tal vez sea ella. Tal vez sea por ella que llora. Sí, se entiende. ¡La quiere a ella, por dios! ¡La quiere a ella! ¡Y todos se están muriendo!

     —El príncipe azul desteñido y la princesita que perdió su zapato. Sin final feliz, la muerte tenía un precio. Aún más sin techos.

     —Hemos pagado muy alto el precio del desamor. No hay diferencias entre buenos, feos y malos.

     —Comíamos en una taberna por Cuatro Caminos. Los mejores callos y berenjenas fritas de Madrid. La Encarnación. Un vino recio de Valdepeñas. Julio tenía mesa reservada bajo una columna. Era un señor mayor, comía frugalmente, alto y delgado, siempre elegante. Parecía un histórico del Comité Central. Podría haber pasado por Azcárate, por Claudín, tal vez por Carvalho si MVM no se hubiera jubilado en Bangkok. Quién sabe. Después lo encontraba en la Filmoteca en la sesión de las ocho. Selecto, siempre elegía bien: Gran Torino, American Sniper, La mula, Cartas desde Iwo Jima…  Qué habrá sido de él, ¿habrá sobrevivido al virus?

     El borracho se ha derrumbado en el banco. Un paseante le mira con asco desde su mascarilla. Debe ser la hora del paseo porque el parque se ha llenado de niños. Las mamás los retiran alarmadas de aquella masa de carne perdedora.

     —Por qué fotografías puentes. Los puentes son materia, acero frío y hormigón, líneas rectas sin sobresaltos. La mujer, lo contrario: recovecos, rugosidades, curvas infinitas. Cualquiera como tú fotografiaría chicas, posarían para ti encantadas. Un truco fácil para ligar.

     —Los puentes están ahí, como las montañas que decía Mallory. Comunican a las personas, salvan obstáculos, acercan a las gentes, no tienen escondrijos, son espacios abiertos, pasan por ellos las epidemias y los hombres, el amor y los silencios, por eso los fotografío. Me siento Invictus, le gano la batalla al virus. Los puentes de Madison. ¡Qué bonitos! El National Geographic, los reporteros no ligan nada, es mentira. Un puente lo construyen los hombres. Julio César cruzó a caballo el Rubicón porque no tenía puente, porque le movía el ansia de Cleopatra. De haberlo tenido no hubiera sufrido la traición de Marco Antonio y hubiera llegado antes a Roma. En todos los puentes están Julio César y Cleopatra, o Eastwood y Meryl Streep. O el general Rojo atravesando el Puente de los Franceses para reunirse con su mujer, Teresa Fernández. O tal vez cada puente lo cruce Julio y el Comité Central, o Azcárate, o Manuel en busca de la loca de los ositos de la Gran Vía. O el bueno del poncho y el feo y el malo. O Pepiño huérfano. Cruzo el puente y te envío un mensaje desde la otra orilla: Viens, je suis là, je n’attands que toi, tout est possible tout est permis. El pabellón del amor, un tetero y dos bragas cruzadas pavoneándose en el palo mayor del San Juan Nepomuceno, y veo a don Cosme Churruca en el puente de mando, navegando el humilde Guadarrama por el amor a la ilustración. Cruzar el puente, habitar el otro lado del espejo espurio y dejar atrás la soledad, el encuentro en la tercera fase con la carnalidad de tus deseos queridos.

Los puentes del Guadarrama


 

 

El honor de los Prizzi

Rafael Alonso Solís

LA EXPRESIÓN MÁS CLARA DEL ASCENSO DE LA EXTREMA DERECHA, tanto por méritos propios como por la dejadez de quienes pensaban que nunca pasarían, lo constituye la irrupción en el Parlamento español de sus modos y de su vocabulario. Es obvio que no toda la ciudadanía liberal conservadora lo comparte, pero sí la cúpula que instaló sus unidades de asalto desde el momento en que se formó un gobierno legítimo, activando una operación de derribo que debería llevarlos a la toma de la colina sin reparar en medios. Por eso el lenguaje que mejor se ajusta a la sustitución de la política por el enfrentamiento es el castrense. Aunque las menciones al honor forman parte habitual de los cruces de acusaciones en el hemiciclo, hacía tiempo que no cobraban tanto protagonismo. Tanto, que habría que remontarse al golpe de Estado de 1981 y al desarrollo posterior del juicio a 12 miembros de las Fuerzas Armadas y 17 de la Guardia Civil durante el año siguiente. Tirar del honor para justificar actos de insubordinación, deslealtad y traición suele ser un lugar común en la parte más oscura de cualquier legión. ¿Cuál es, en realidad, el significado de ese honor y a cuál se referían Franco y Millán Astray, Tejero y Milans del Bosch? ¿Se trata del mismo concepto moral por el que los capos sicilianos son considerados como poseedores de un honor intachable, en el que se basa su poder, su respeto y su prestigio? ¿Es el mismo honor del que alardea el turco Sollozzo para ganarse la confianza de Vito Corleone? Como los diccionarios no son neutrales, el de la RAE lo considera «una cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», dejando en el aire quién define dichos deberes. Uno se siente más cercano a la redacción de María Moliner, que hace referencia a «la cualidad moral de la persona que, por su conducta, es merecedora de la consideración y respeto de la gente… y que obedece a los estímulos de su propia estimación». Se parecen, pero no dicen lo mismo. Al fin y al cabo, cualquier definición, y más en temas como este, puede interpretarse como le conviene a quien la utiliza. Cuando una institución que forma parte del Estado o un colectivo de carácter elitista se apropia de algo que no le pertenece en exclusiva, puede derivar fácilmente –como avisara Rafael Sánchez Ferlosio en su ensayo Ejército Nacional, que escribiera entre 1981 y 1982 a partir de su reflexión sobre las conclusiones del fiscal del juicio del 23F– en que «se erija ella sola en el cuerpo entero de la patria, en única ciudadanía dirimente». Es ahí donde se cocina –siguiendo a Ferlosio– «una concepción espuria, individualista y en cierto modo protestante del honor». Es esa, precisamente, la que ha reaparecido sin complejos en el discurso del sector del Parlamento mencionado al principio, con la intención, ya claramente explícita, de legitimación del ejercicio de deslealtad que representan.


   Genial, aunque esa lógica fascista se acrecenta en momentos de crisis y trasciende el ámbito de lo político para extenderse en la sociedad y sus instituciones.
En esta época de confinamiento y recordando a Naomí Klein en su libro la doctrina del Shock, las instituciones públicas y las corporaciones empresariales aprovechan para tomar decisiones neoliberales y antidemocráticas recortando los derechos de sus trabajadores y trabajadoras.
Aprovechar el shock psicológico que supone una crisis o una pandemia como en el caso actual, es una oportunidad de oro para que los mediocres y los pequeños dictadores camuflados en nuestras instituciones culminen sus sueños de dominio mediante el adoctrinamiento, el miedo e incluso la ablación de la razón o cualquier anhelo de cambio de este modelo que hace aguas y que beneficia exclusivamente a las élites.
Por ello, para frenar cualquier esbozo de pensamiento crítico, no hay mejor método que elaborar narrativas interesadas para que la historia sea escrita por ellos o dispensar un tipo de violencia -que parece que no lo es- basada en el desprestigio, el aislamiento e incluso la ausencia de reconocimiento del otro.
         
«Hoy como ayer, las mujeres deben negarse a ser sumisas y crédulas, pues el disimulo no puede servir a la verdad». (Germaine Greer).
 Dra. Esther Torrado Martín-Palomino
Profesora Investigadora del Área de Sociología

Departamento de Sociología y Antropología


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Que en España empieza a amanecer


Spanish Revolution… ¡Y una mierda!

Fotos y texto de Terry Mangino

        Era el 15 de mayo madrileño del 2011, San Isidro. Pero debajo de los adoquines de la Puerta del Sol no estaba la arena de la playa. Aquellas ilusiones por un cambio social, aquellas esperanzas juveniles que reclamaban una ruptura con el sistema o, al menos, aspirar a una mejora en el bienestar de los ciudadanos se quedaron en un grito ahogado por el tiempo y amenazadas por la señora bien del barrio de Salamanca y por la cremación de la cruz voxada de los salvapatrias rojigualdas. Ni siquiera intervinieron los CRS. La Spanish Revolution se ahogó de éxito ella solita entre utopías y besos juveniles hormonados bajo el oso amoroso, se quemó a lo bonzo en el bulevar de los sueños rotos. Nadie fue a apagar el fuego. Lavapiés se quedó sin emperatriz y sin alfombras de claveles la Gran Vía. Bueno, sí, hay un gobierno aparejado entre un socialismo bolchevique y un comunismo bananero —según la definición metafísica destilada por los cerebros de la caverna genovesa— al que, paradojas de la existencia, le ha crecido el enano más diminuto jamás pensado del circo, un vilus19 amalillo —será maoísta, como el de la Place Vandome— que sí está acabando con los sueños imposibles. ¡Qué te crees tú eso!, dijeron a coro desde el reloj de la Puerta del Sol. No hay descanso para los malvados.

El amor en los tiempos del virus V

Romance del Prisionero

Anónimo castellano

Que por mayo, era por mayo
cuando hace la calor
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor

cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor
cuando los enamorados
van a servir al amor

sino yo triste y cuitado
que vivo en esta prisión
que ni sé cuando es día
ni cuando las noches son

sino por una avecilla
que me cantaba al albor
matómela un ballestero
¡dele Dios mal galardón!

Fotos de Terry Mangino

¡Ay, qué bonito es el amor en Madrid por primavera!

Entre Cimas y Prigogine

Rafael Alonso Solís

        En una de esas apariciones televisivas en las que aporta detalles de su vida, bien expresivos de la riqueza y variedad de sus experiencias, el cómico albaceteño Raúl Cimas ha relatado la forma como adaptó un par de habitaciones para instalar en su domicilio una parroquia de ámbito familiar. En realidad, la solución de llevarse el culto a casa no es nueva, puesto que se trata de una costumbre relativamente habitual entre la realeza y las familias de rancio abolengo. Lo novedoso, por parte de Cimas, ha sido comprender que los avances modernos en la fabricación de mobiliario doméstico de bajo coste, junto a la utilización de los sencillos sistemas de montaje puestos de moda por una conocida tienda sueca, pueden dotar a cualquiera de un beneficio espiritual que antes únicamente estaba al alcance de la aristocracia o, en su caso, de los dictadores devotos. Lo cual ha significado, tal vez sin buscarlo, una excelente respuesta al reto de garantizar la satisfacción de las querencias religiosas en una situación complicada y difícil, como es la exigencia de distanciamiento físico ante la amenaza del coronavirus o de otros patógenos por venir. Así, dada la necesidad de mantener un aforo limitado por las circunstancias, el escenario apropiado fue conseguido uniendo el salón y el despacho, lo que permite, gracias a un diseño flexible e inteligente, mantener las antiguas funciones de cada estancia e incorporar las nuevas prestaciones. Por otra parte, es posible que con una mínima planificación y un personal no demasiado especializado se puedan organizar varios turnos, lo que cubriría las necesidades no solo de los familiares que convivan permanentemente en el hogar, sino también –solicitando hora con cierta antelación– de los vecinos, los amigos y otros allegados de confianza. Tampoco sería muy difícil, sin excesivas pretensiones y con un razonable grado de austeridad, ofertar pequeñas celebraciones tales como bodas, bautizos e incluso comuniones, siempre contando con los permisos adecuados y con la aprobación de las autoridades eclesiásticas. tintoreto

Dado que quienes gustan de la práctica de la liturgia no pueden asistir con normalidad a los templos destinados al efecto, la necesidad de mantener cierta distancia durante la eucaristía habría sido igualmente prevista por Cimas mediante el uso de un juego popular –dicen que basado en una leyenda inca–, típico de muchos pueblos españoles. Todo lo cual, no solo puede cumplir un servicio inestimable a una parte de la comunidad, sino que abre las puertas a una actividad novedosa, que puede desarrollarse sin cruzar el portal y generar puestos de trabajo sin alejarse del barrio. La solución encontrada por Cimas constituye un magnífico ejemplo de la aplicación del conocimiento científico y tecnológico para responder a nuevos desafíos domésticos. Sostenía Ilya Prigogine que el propósito final de la ciencia era mejorar la condición humana, y que descifrar misterios podía dotarnos del conocimiento necesario para comenzar a entender los sistemas complejos. He aquí una prueba, nacida del irrepetible ingenio manchego, de que la I+D+i también puede servir para facilitar el rosario en familia.20170615_174733