Rafael Alonso Solís

LA EXPRESIÓN MÁS CLARA DEL ASCENSO DE LA EXTREMA DERECHA, tanto por méritos propios como por la dejadez de quienes pensaban que nunca pasarían, lo constituye la irrupción en el Parlamento español de sus modos y de su vocabulario. Es obvio que no toda la ciudadanía liberal conservadora lo comparte, pero sí la cúpula que instaló sus unidades de asalto desde el momento en que se formó un gobierno legítimo, activando una operación de derribo que debería llevarlos a la toma de la colina sin reparar en medios. Por eso el lenguaje que mejor se ajusta a la sustitución de la política por el enfrentamiento es el castrense. Aunque las menciones al honor forman parte habitual de los cruces de acusaciones en el hemiciclo, hacía tiempo que no cobraban tanto protagonismo. Tanto, que habría que remontarse al golpe de Estado de 1981 y al desarrollo posterior del juicio a 12 miembros de las Fuerzas Armadas y 17 de la Guardia Civil durante el año siguiente. Tirar del honor para justificar actos de insubordinación, deslealtad y traición suele ser un lugar común en la parte más oscura de cualquier legión. ¿Cuál es, en realidad, el significado de ese honor y a cuál se referían Franco y Millán Astray, Tejero y Milans del Bosch? ¿Se trata del mismo concepto moral por el que los capos sicilianos son considerados como poseedores de un honor intachable, en el que se basa su poder, su respeto y su prestigio? ¿Es el mismo honor del que alardea el turco Sollozzo para ganarse la confianza de Vito Corleone? Como los diccionarios no son neutrales, el de la RAE lo considera «una cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», dejando en el aire quién define dichos deberes. Uno se siente más cercano a la redacción de María Moliner, que hace referencia a «la cualidad moral de la persona que, por su conducta, es merecedora de la consideración y respeto de la gente… y que obedece a los estímulos de su propia estimación». Se parecen, pero no dicen lo mismo. Al fin y al cabo, cualquier definición, y más en temas como este, puede interpretarse como le conviene a quien la utiliza. Cuando una institución que forma parte del Estado o un colectivo de carácter elitista se apropia de algo que no le pertenece en exclusiva, puede derivar fácilmente –como avisara Rafael Sánchez Ferlosio en su ensayo Ejército Nacional, que escribiera entre 1981 y 1982 a partir de su reflexión sobre las conclusiones del fiscal del juicio del 23F– en que «se erija ella sola en el cuerpo entero de la patria, en única ciudadanía dirimente». Es ahí donde se cocina –siguiendo a Ferlosio– «una concepción espuria, individualista y en cierto modo protestante del honor». Es esa, precisamente, la que ha reaparecido sin complejos en el discurso del sector del Parlamento mencionado al principio, con la intención, ya claramente explícita, de legitimación del ejercicio de deslealtad que representan.


   Genial, aunque esa lógica fascista se acrecenta en momentos de crisis y trasciende el ámbito de lo político para extenderse en la sociedad y sus instituciones.
En esta época de confinamiento y recordando a Naomí Klein en su libro la doctrina del Shock, las instituciones públicas y las corporaciones empresariales aprovechan para tomar decisiones neoliberales y antidemocráticas recortando los derechos de sus trabajadores y trabajadoras.
Aprovechar el shock psicológico que supone una crisis o una pandemia como en el caso actual, es una oportunidad de oro para que los mediocres y los pequeños dictadores camuflados en nuestras instituciones culminen sus sueños de dominio mediante el adoctrinamiento, el miedo e incluso la ablación de la razón o cualquier anhelo de cambio de este modelo que hace aguas y que beneficia exclusivamente a las élites.
Por ello, para frenar cualquier esbozo de pensamiento crítico, no hay mejor método que elaborar narrativas interesadas para que la historia sea escrita por ellos o dispensar un tipo de violencia -que parece que no lo es- basada en el desprestigio, el aislamiento e incluso la ausencia de reconocimiento del otro.
         
“Hoy como ayer, las mujeres deben negarse a ser sumisas y crédulas, pues el disimulo no puede servir a la verdad”. (Germaine Greer).
 Dra. Esther Torrado Martín-Palomino
Profesora Investigadora del Área de Sociología

Departamento de Sociología y Antropología


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