El viaje al inframundo de Marta Domínguez parece la venganza de las furias justicieras castigando la altivez de los mortales. Como Sísifo penitente Marta sufre la cólera implacable de Niké, la diosa griega de la victoria, que la persigue por burlar su confianza y encaramarse con la ayuda de un Caco eritropoyetínico al podio de Olimpia.
Marta corriendo la San Silvestre vallecana del 2009
Marta, Ticio amarrada a la roca de sus ominosos pecados y ahora devorada por el buitre, Marta siente en su fama el requerimiento de aquellos méritos espúreos que logró con mañas impuras. Si el pasado 19 de noviembre, el Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS) la suspendió por tres años de la práctica deportiva (sin efectos posibles ya que estaba retirada de la competición) y la despojó de sus títulos, ahora, el 8 de febrero el BOE publica la retirada de todos los honores y prebendas que ostentaba por su condición de atleta de alto nivel: exenciones fiscales, privilegios para acceder a la universidad, de puntos extra en las oposiciones a funcionaria del Estado, etc. Marta vagando por el Hades, abandonada por aquellos que en el Partido Popular la auparon al Senado, por aquellos que la encumbraron interesadamente a los Elíseos de la gloria. Se cumplió la profecía, de nada le sirvió su excelencia salvando la ría en el 3.000 obstáculos, braceando soberbia sobre el tartán hacia la meta de la vida, antes se coge a un mentiroso que a un cojo, y ella cayó apenas alcanzado el honor taimado, porque la memoria, traicionera, no olvida y te espera en una esquina para cobrarte las deudas del juego, Marta, pobre barquita entre peñascos rota, memento mori, carne que se ha de comer el pico corvo de las erinias. Alecto, Megera y Tisífone no tienen piedad con los mortales.
Caco vencido por Hércules. Plaza de los Uffizi, Florencia
En su ensayo sobre El Arte de la Discusión, Montaigne declaró su afición a dicha actividad humana, a la que calificó como “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu”. Sin embargo, también advirtió sobre el riesgo de su práctica frente a “espíritus bajos y enfermizos”. La búsqueda de audiencia en el mundo del entretenimiento ha llevado a que la discusión alcance la consideración de espectáculo, sin que la calidad de los argumentos o la autenticidad de los discursos puedan asociarse al éxito de la producción. La mayoría de las cadenas de televisión ofertan sesiones de discusión que difieren poco en ritmo y estilo, y sin cuya dosis semanal el respetable parece falto de sustento. Con frecuencia los actores son los mismos, y repiten el sainete de teatro en teatro con escasas modificaciones de la puesta en escena, de la dicción o de la expresividad gestual. Lo malo es que el producto consumido no parece emerger de los “espíritus vigorosos y ordenados” que prefería Montaigne, sino que pertenece a un género sometido a un proceso de putrefacción, como si se tratase de un alimento en malas condiciones, al que una cocción apresurada y de laboratorio no es capaz de eliminar el mal olor. Discutir se convierte así, no en un ejercicio de intelectuales virtuosos, capaces de combinar con elegancia la esquiva y el acierto, sino de voceros de salón, cuya mayor habilidad no es la de confrontar con rigor las argumentaciones ajenas, sino dar gusto a una afición a la que previamente se ha reducido el buen juicio, sin otra intención que dirigirse a una parroquia que imaginan inmensa y que saben entregada, la cual no espera otra cosa que el recitado de una letanía diseñada para recordarnos, una y otra vez, que quien habla es uno de los nuestros. La práctica de la discusión pública exige la capacidad de afirmar una cosa y su contraria, sin otra limitación que el encaje con el objetivo comercial de colocar el producto en venta, a sabiendas de que la simplicidad rotunda tiene más opciones de salir airosa en el debate. En un mitin característico de sus mejores tiempos, Hitler entusiasmaba a las masas al afirmar que “un tanque es un tanque y una bomba es una bomba”, y en la misma línea de claridad, el presidente en funciones de este país ha asegurado que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”. Son estas ideas fuerza las que, al parecer, mueven el mundo, y lo hacen sin caer en la debilidad de la reflexión, sin dejar espacio para la duda –precursora, inevitablemente, de la instauración de la melancolía–, y sin permitir asomo alguno de relativismo. La realidad, sin embargo, es otra cosa, y hay gatos –al menos, eso le pasaba al de Schrodinger– que están muertos y vivos al tiempo, la luz es a veces onda y a veces partícula, y el mismísimo Dios, según el brevísimo pontífice Albino Luciani, es, en ocasiones, más madre que padre.
PATATAS AL ESTILO DE LA TÍA FERMINA
–Se las hice a Fede un día que tenía que subir no sé qué cuesta* y me vino con unos saucisons, unos foies gras y unos miles de francos que le habían dado porque los ganó a todos –dice con orgullo la tía Fermina, toledana ella, del Zocodover.
Para dos personas:
Medio Kg de patatas
Unos tomatitos
Una cebollita, o cebolleta pequeñita
Unos ajitos
Un picadillo de chorizo, como 200 g.
Especias variadas: pimienta negra, cayena.
Hierbas salvajes: pimentón dulce de la Vera, orégano, perejil, cilantro, etc. Mucho amor
Sofreímos la cebolleta con aceitito de oliva; se aparta. En la misma sartén echamos tres cuartos de litro de agua y añadimos los tomatitos, el pimentón, los ajitos, la cebolleta sofrita, el queso azul y dejamos que se cueza lentamente, hasta que haga glu, glu, glu.
Cuando la salsa coja consistencia añadimos las patatas, las espolvoreamos con las especias y añadimos las hierbas salvajes. Dejamos que hierban un ratito hasta que las patatas estén casi hechas una masa. Lo servimos acompañado con vino tinto de Méntrida.
*La cuesta a la que se refiere la tía Fermina es el col du Puy de Dôme, que el gran Federico Martín Bahamontes (realmente se llama Alejandro) subió ganando a todos (la pasada que le mete a Riviere es espectacular) en la etapa 15 del Tour de Francia de 1959, contrarreloj individual, el 10 de julio, siendo, además, vencedor absoluto del Tour. El tiempo que marcó continúa siendo, 57 años después, record de la subida.
Entonces, en el ciclismo no había hematocritos ni eritropoyetina ni VO2max ni umbral anaeróbico ni fibra de carbono ni perfiles aerodinámicos ni piñones de once coronas ni cambios sincronizados ni jilipolleces para pijos domingueros, sólo esfuerzo, sudor y lágrimas. El gran Fede se llevaba una caja de melocotones pa la Francia y el recuerdo del sabor de las patatas de su querida Fermina, él ponía la genialidad.
Puede que lo más asombroso de los números sea su estrecha asociación con la eternidad, entrevista como una danza de ecuaciones que emergen, sin saberlo, del fondo del vacío. Cabe pensar, por otra parte, que la existencia del cero resulte la prueba evidente de que la nada posee consistencia, ya sea material o fantasmagórica, y de que su invención alumbra la sospecha de que en la mente no existen ni las distancias ni los períodos de tiempo, ya que todo está a mano, si bien oculto por el ruido que hacen los pensamientos a todas horas. Junto a eso, la leyenda de las magnitudes inconmensurables, el fatídico hallazgo que causó la desgracia de Hipaso de Metaponto –o de Cretona–, y cuyo recuerdo suele agitar a los soñadores, a los poetas y a los coleccionistas de lágrimas, refleja tanto la vastedad del universo como la vanidad intrínseca de los instrumentos de medida. Una vez que la nada, casi sin pretenderlo, provoca la aparición del uno, éste genera inevitablemente el dos tras la contemplación desapasionada de su reflejo. A partir de ahí, todo se desboca y se alcanza a atisbar el infinito, algo que llega tan lejos que su simple intuición puede embriagarnos sin remedio. Es comprensible, ante su descubrimiento, la fascinación que produjo a los pitagóricos la visión de las simetrías numéricas, el carácter rebuscado y genérico de su relaciones, su papel en la comprensión del significado imitativo de los espejos como puertas abiertas a otra realidad, a la existencia del otro lado, a la confrontación entre la cara y la cruz. De alguna manera, la creación –en el sentido de la aparición del mundo perceptible– es el resultado de la liberación de los números y su multiplicación como expresión del crecimiento de un monstruo pululante, de una mónada incontrolable, capaz de dar lugar a cualquier cosa si se le permite. A Borges le regalaron una vez un libro que contenía un número infinito de páginas, y lo escondió en una estantería de la biblioteca de Babilonia, asustado porque su lectura se le hacía imposible debido a la locura irremediable de su numeración, sin principio ni fin. La misma poesía no sería conocida sin haber sido precedida por los números, ya que su entrada al escenario se produjo en el momento en que a un trovador se le ocurrió relatar historias con soniquete, comprobando que, en ciertas circunstancias, eran capaces de producir un ritmo que recordaba los latidos del corazón y los suspiros del alma. Es inevitable, sin embargo, confrontarlos limpiamente con las palabras. O admitir, también, que tal vez los unos sean creación de las otras, y que éstas se compongan, a su vez, de giros, fragmentos y combinaciones de aquéllos. No en vano, dicen que el I Ching –o Libro de las Mutaciones– nació como la confluencia y maridaje entre dos escuelas arcaicas: la de los brujos y la de los analistas, que bien pudieran haber combinado adecuadamente números y letras para comprender la esencia del Tao.
Charles Darwin se bajó un día del Beagle y se sentó en la playa. Tras unos minutos, la placidez del paisaje y el murmullo de los pájaros le indujo el sueño. Cuando abrió los ojos se quedó pasmado al encontrarse rodeado de animales de todas formas y colores. Para su sorpresa, en lugar de las vacas Hereford que pastaban en los prados del condado de Shropshire –donde había crecido–, el mundo era diverso como un caleidoscopio, y allí donde la naturaleza se había desarrollado en libertad las especies se habían multiplicado hasta generar un circo inimaginable, una ensalada de organismos producto de la historia del universo en su recorrido y resultado de algo inherente a la realidad: la complejidad creciente de todo lo visible. Algo que se expresa igualmente en cualquiera de las divisiones en que el intelecto de una de dichas especies se ha especializado para ganarse la vida y satisfacer su curiosidad. Entre el azar y la necesidad, las cosas han evolucionado en la dirección de una complejidad creciente, la cual ha afectado tanto a la biología como a la física, a la sociología como a la economía, al arte como a la cultura. En un agudo ensayo sobre la complejidad del mundo, Jorge Wagensberg llamó la atención sobre el carácter inmovilista de la termodinámica clásica, a la que llamó termoestática por no contar con el efecto del tiempo e imaginar una realidad de estados homogéneos en la que la irreversibilidad no es considerada. Pero ése, guste o no, no era –no es– el mundo real. Hace unos días, Mariano Rajoy, a la sazón presidente en funciones, salió de su casa y se dirigió al Congreso de los Diputados para participar en su constitución. Probablemente como todas las veces en que se sienta en su escaño, cerró los ojos por un instante y soñó que ya sólo era registrador de la propiedad. De repente, nuevos sonidos y olores le hicieron salir de su ensimismamiento. Al abrirlos de nuevo se encontró con que el dinosaurio ya no estaba solo, sino que una multitud de especies, para él ignotas, se paseaba por los pasillos del hemiciclo como si tuvieran derecho a hacerlo. Ya no se trataba únicamente de que las corbatas adoptaran estilismos diferentes, aunque siempre dentro de un orden, sino que las formas eran diversas y la estética no se restringía a un único y rígido uniforme, en un reflejo de la heterogeneidad que se daba en la calle, y que él desconocía por pisarla en raras ocasiones. Rastas repujadas, camisetas de concierto y tetas a la vista, el descubrimiento debió de resultarle sumamente inquietante. Porque si las leyes de cualquier tipo son deterministas –si no lo fueran se negarían a sí mismas– la realidad a la que pretenden proporcionar normativa no lo es. La evolución que Darwin predijo al observar la riqueza visual y vital que la naturaleza había producido a su alrededor, sencillamente desenrollándose, se manifestaba ahora delante de los ojos marianos en todo su esplendor.
Termina el primer mes del invierno y para celebrarlo nada mejor que encomendarse a San Sebastián, militar contestón y guaperas venerado tanto por las señoras como por los señores. La Iglesia siempre fue maestra en eso del “merchandising”, diría ahora un experto en comunicación, y si las resacas navideñas aún no se han disipado de las barbas de los creyentes ya les anda amedrentando con sanantones o sebastianes que mantengan prietas las filas en la cosa del rezar. Todo el calendario civil está relleno de eventos religiosos coincidentes con solsticios, equinoccios o intermedios climáticos. Cuando no es un sanjuán es una virgen de agosto, cuando no es una semana santa es un sanisidro o un corpuscristi o una ascensión o todos los santos son, que no desfallezca el afiliado en su temor a la providencia o se disipe su fe en el altísimo.
Y donde no llega la mano de la fe llega la punta de la espada, que siempre se han bienavenido cruces y escarapelas en el negocio común de encarrilar descreídos, bien por la oración o por la munición. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho, que la historia celtibérica anda llena de ejemplos de comunión con ruedas de molino: santiagos matamoros, castrillos matajudíos, autos de fe, reconquistas granaínas, picas en Flandés, conquista de El Dorado, expolio de potosíes, salvajes evangelizados, cóleras de Aguirre, exterminio de indios, espanto de turcos, desastres de Annual, rojos conversos, o caudillos bajo palio son algunos de los grandes éxitos que dioses y césares han logrado en comandita para la mayor gloria del imperio y para peculio de ambos.
Espadones, sotanas y borbones, cuando no reyes austrias, cristianos o visigóticos forman el triunvirato rector del acervo de la piel de toro, aleación inalterable capaz de resistir al tiempo, al pensamiento o a la crítica y que retornan como aves fénix, hidra superviviente a la razón de Heracles. Humo de inquisición, fragor de sables, coyundas o cacerías son lo aportado al bien nacional por las tres cabezas de la bicha de Lerna, exigua hacienda para el españolito si se compara con las catedrales, alcázares o palacios en los que habitan los guardianes de la identidad nacional.
Tiene San Sebastián su cosa, que al pobre lo asaetearon muy mal, tanto que sobrevivió a los flechazos que le lanzaron en el Coliseo. Resulta que Sebastián fue antes soldado que santo, un centurión a las órdenes de Diocleciano. Se pasaba todo el día mandando legionarios, que me hagas un acueducto, que ahora un puente o una calzada. Claro, mucho mandar era aquello, y encima no participaba en los saraos. Sebastián era más de rezar y de crucecitas. Iba por la Vía Apia contándoles a los otros lo bueno de su sapiencia y afeándoles su paganía. Tras el intento fallido de acabar con él, sus amigos, que los tenía, le llevaron en secreto a casa de Cástulo, que era una especie de mayordomo de Diocleciano. Allí curó sus heridas Sebastián gracias a Irene, esposa de Cástulo, que a pesar de la belleza del centurión y del tiempo que permanecieron a solas no consta que cayeran en pecado carnal. Pero era mucho tentar a la suerte, porque Sebastián siguió con su costumbre de sermonear a los demás las bondades de su fe. Hasta que los detuvieron y los acusaron de traidores a toda la banda, y esta vez sí que los ejecutaron sin error. Todo esto sucedió en el 288 dc., treinta y dos añitos que tenía el chaval.
Pero no hay mal que por bien no venga. Consiguieron ser santos y reconocido él como uno de los más bellos y eróticos que tiene el cuadro de actores cristiano. Si trasladamos a aquella época nuestra conciencia actual san Sebastián no sería sino una especie de yihadista peligroso que abandonó el bienestar y el confort de las termas por unas ideas incomprensibles para la civilización romana. Seguramente la sociedad de entonces vería bien su ejecución, no era más que un traidor y terrorista peligroso. Nosotros no somos más que la evolución de otro extremismo religioso, pero con quinientos años de ventaja.
Su historia se ha repetido infinidad de veces. El coronel Kurtz también fue el traidor al que el sistema aniquila en el film de Coppola. O Roger Casement, el celta vargasllosiano ejecutado por el imperio británico. Rafael Sánchez Mazas también fue fusilado y se salvó. Pero ninguno de los tres llegó a santo, ya estaba San Sebastián.
La Magnani era una mujer de armas tomar. Entonces las mujeres no llevaban tanga, no lo necesitaban. Miraban a los hombres desde sus tacones, desde sus medias de cristal arrugadas en sus muslos, desde sus ojos amenazantes, marcando paquete con sus sostenes cónicos, desde sus faldas de tubo que les apretaban las nalgas-morcillas. Y los tíos se acojonaban, aquella caterva de paletos cejijuntos embutidos en un traje vuelto del revés, con zapatos de Segarra, toscos se derretían porque el magma flamígero de una mujer se deslizaba por las paredes del hombre arrasándoles todo. La lava de l’amour phisique que escupía la entrepierna femenina…
–Ya estás con tus cochinadas –y Terry Mangino no supo qué decirle a Carmelita Flórez. Se sentía como un parvulito pillado en el recreo con el chupachús prohibido en la boca.
Sonrió a Carmelita disculpándose. ¡Qué guapa estaba Carmelita!, con su boina del 68, la beauté est dans la rue, est dans les femmes, est dans Carmelita, pensó. Carmelita se tocó la oreja derecha, su jersey hemingway desnudaba su hombro, el tirante del sujetador una raya sobre la fertilidad albina de su piel.
–No, verás, Carmelita. Estaba escribiendo sobre la Bergman y el Rossellini –le dijo–. Y siguió tecleando su historia.
En 1950 Ingrid Bergman se trasladó a Sicilia a rodar bajo las órdenes de Rossellini, del que había visto una pelicula: “Roma, città aperta”. La Bergman quedó tan atrapada por el film del italiano que le escribió derretida una epístola rogándole que la contratara. Rosellini, tras visitar a la sueca en los USA, cita a la que acudió el marido de ella, un dentista, así lo hizo y la invitó a visitar una isla volcánica cerca de Sicilia. Allí rodaron Stromboli, una historia tremenda de amor en la Italia tan profunda como católica de los 50. Una tragedia entre un miliciano herido y una venus hiriente en una isla sobre la que se proyecta la amenaza de un volcán rugiente y la incomprensión de un entorno que les condena por el pecado de quererse.
«El volcán rugiente, en el fondo, no era más que una metáfora de un coño. La mantis religiosa, el coño que la Bergman proyectaba invisiblemente sobre Rossellini para fagocitarle, para absorberlo, para comérselo crudo» pensó Terry al que Carmelita no perdía ripio.
–Bueno, y qué –le soltó la Flórez–. No me digas que eso tiene algo de extraordinario. Una tía encoñada que se quiere tirar a un tío. ¿Qué tiene de particular?
–No, ya lo sé, cariño –balbuceó el Mangino confuso–. Es que había algo más –y el Mangino siguió tocándole las teclas al ordenata.
Rosellini mantenía una relación con la gran Anna Magnani, una de esas actrices inmensas y de un temperamento del demonio. Y la Bergman estaba casada y tenía una hija. Además, era una star en un Hollywood tan fascinante como pacato. Bueno, pues a pesar de todos esos condicionantes ambos se enamoraron tan tórridamente que abandonaron a sus respectivas parejas y se liaron de una forma salvaje. La Italia católica y la conservadora Norteamérica reprobaron aquel escandaloso romance y acusaron a ambos de lascivos pecadores, casi unos comunistas. Pero se impuso el amor. La Bergman dejó al dentista y el Rossellini dejó a la Magnani. Y claro, la Magnani, une panthere en colère a punto estuvo de arrancar el cuello a los dos enamorados con la saña de una mujer despechada, una mujer italiana, una caníbal romana del Trastévere. Aunque pudo más la pasión. La Bergman y el Rossellini se restregaron con una lujuria tan ardiente que tuvieron tres hijos y siguieron amándose y restregándose durante siete años más. Después, cuando las lavas del volcán se enfriaron y la guadaña de la costumbre cercenó la alegría del frenético fulgor la Bergman regresó arrepentida a Hollywood y consiguió el perdón de la América ultra, incluso ganó un óscar. Y Rosellini siguió siendo uno de los mitos admirados del cine italiano. Como la Magnani, que interpretaba papeles con tanta pasión como odio parecía irradiar desde sus ojos de tigresa insatisfecha.
El Mangino levantó los ojos del ordenador y se encontró con los ojos de Carmelita. Hacía calor, tanto que el jersey hemingway de la Flórez, sin su boina del 68, se rendía a sus hombros. Sí, la simetría de los tirantes del sujetador era perfecta, como trazada por Durero. Terry, confundido recuperó la visión sobre la pantalla y cambió de tema. No sabía qué decir. Improvisó.
–¿Sabes que la Sharon Stone ha publicado una foto en la que aparece sin maquillaje, muy natural y muy guapa? –le soltó a Carmelita temiendo que su titi no se creyera el regate.
La Flórez no dijo nada, para qué, se rascaba la marca del tirante del hombro y miraba al techo. El Mangino a lo suyo.
–Parece que la Stone está muy guapa –repitió–, que ha concitado la admiración y el aplauso de un montón de seguidores en el twiter. Ha subido una foto sin maquillar, a su edad, 57 tacos, todos los viejos babosos se la habrán meneado. ¿Sabes que la Sharon Stone estuvo por España?
Carmelita no decía nada, miraba y miraba a Terry con ojos de gata, entre ambos había una sabana de libros y alfombras interpuestas. Terry se sintió gacela. Siguió ocultándose en su teclado.
–Sí, la Stone intentó hacerse un huequecito en el cine español porque en su país, los USA, no pillaba bola. Aquí la llamaban Charito Piedra, hizo una peli, en 1988, con Ana Torrent y José Luis Gómez que pasó casi desapercibida, la calidad interpretativa de la Charito Piedra no llenaba las taquillas de nuestros cines. Una tía buena más, sin pena ni gloria a pesar de su rubio de gringa gélida y su mandíbula pecadora, ningún productor le ofreció nada. La Piedra se aburrió de comer paella y se piró a su pueblo.
Carmelita miraba a Terry sin decir ni pío. Terry no sabía si decir pío, mirar a Carmelita o mirar al ordenador. Decidió no meterse en un pantano y resistir al miedo de la mujer tecleando de nuevo.
Tres años después la Charito Piedra hizo la célebre «Instinto Básico», una película prescindible, con el también prescindible Michael Douglas, a no ser por una secuencia en la que un grupo de policías, todos muy machotes la someten a un interrogatorio en una fría sala de interrogatorios. Es una secuencia que se hizo famosísima.
El Mangino miraba de reojo a la Flórez. La Flórez miraba a Terry. En la sabana la gacela miraba inquieta a todas partes y no veía nada.
–Ahí, cinco tiarrones intentan liar a una rubia –siguió el Mangino–, Charito Piedra. Y ella, con una perversión afrodisiaca va lentamente desprendiéndose de su abrigo, fumando despectivamente y provocando a los troncos con sus miradas sostenidas y sus movimientos de hombros. Los rudos policías se las dan de pétreos y de dueños de la corderita hasta que, de pronto, empiezan a flaquear ante el plato de carne tierna que es la Charito. Y cuando ya todos están mojaditos ante los paquetes que les marca la Piedra va la Stone y se pega un cruce de patas efímero elevando bien las ancas. Y resulta que bajo la falda de tubo no lleva ni tanga ni na, les enseña a todos la raja depilada, un coño aséptico de muñeca virginal, como de plástico, inmaculado, tentador, mareante, casi de porcelana. Claro, todos los truculentos maderos se quedan de piedra, o de Stone. Y ella, triunfadora, gloriosa los observa con desprecio, con cara de tigresa, como diciendo: «Mi entrepierna es poder, gilipollas, vosotros no sois más que unos tíos de mierda, unos salidos que me chuparíais el pis si yo quisiera, babeando sólo de pensar en mi coño».
–¿Eso es todo? –preguntó Carmelita–, pues vaya.
–¿Te parece poco? –dijo Terry. Cinco tíos que caen rendidos porque una tía se cruza de patas.
Carmelita miraba a Terry compasivamente. La gacelilla de la sabana temblaba y temblaba.
–La Stone les sugiere su volcán y ellos, sólo de pensar en su lava quedan mudos, sin fuerzas, temerosos del poder que encierra su entrepierna. La amenaza se cumple, son como los pompeyanos atrapados por las cenizas del Vesubio, eternizados en una postura hierática inverosímil, sofocados por el calor de una pasión inesperada, por un fuego que bien pudo ser de amor o de deseo. Les pasó a la Bergman y al Rossellini, consumidos ambos por la incandescencia del deseo inextinguible. La Stone representa el papel de toda mujer y los polis representan el papel de todo hombre, marionetas en manos de un destino caprichoso y terrible, en manos del amor físico, esclavos del deseo
–Anda, calla, no digas tonterías –le dijo Carmelita sin dejarle terminar. Y se quitó el jersey hemingway porque no soportaba el calor. Su tanga negro era maravilloso, triangular, cónico, como un volcán invertido.
Terry parecía una gacelita atrapada en las garras de la Flórez.