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En su ensayo sobre El Arte de la Discusión, Montaigne declaró su afición a dicha actividad humana, a la que calificó como “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu”. Sin embargo, también advirtió sobre el riesgo de su práctica frente a “espíritus bajos y enfermizos”. La búsqueda de audiencia en el mundo del entretenimiento ha llevado a que la discusión alcance la consideración de espectáculo, sin que la calidad de los argumentos o la autenticidad de los discursos puedan asociarse al éxito de la producción. La mayoría de las cadenas de televisión ofertan sesiones de discusión que difieren poco en ritmo y estilo, y sin cuya dosis semanal el respetable parece falto de sustento. Con frecuencia los actores son los mismos, y repiten el sainete de teatro en teatro con escasas modificaciones de la puesta en escena, de la dicción o de la expresividad gestual. Lo malo es que el producto consumido no parece emerger de los “espíritus vigorosos y ordenados” que prefería Montaigne, sino que pertenece a un género sometido a un proceso de putrefacción, como si se tratase de un alimento en malas condiciones, al que una cocción apresurada y de laboratorio no es capaz de eliminar el mal olor. Discutir se convierte así, no en un ejercicio de intelectuales virtuosos, capaces de combinar con elegancia la esquiva y el acierto, sino de voceros de salón, cuya mayor habilidad no es la de confrontar con rigor las argumentaciones ajenas, sino dar gusto a una afición a la que previamente se ha reducido el buen juicio, sin otra intención que dirigirse a una parroquia que imaginan inmensa y que saben entregada, la cual no espera otra cosa que el recitado de una letanía diseñada para recordarnos, una y otra vez, que quien habla es uno de los nuestros. La práctica de la discusión pública exige la capacidad de afirmar una cosa y su contraria, sin otra limitación que el encaje con el objetivo comercial de colocar el producto en venta, a sabiendas de que la simplicidad rotunda tiene más opciones de salir airosa en el debate. En un mitin característico de sus mejores tiempos, Hitler entusiasmaba a las masas al afirmar que “un tanque es un tanque y una bomba es una bomba”, y en la misma línea de claridad, el presidente en funciones de este país ha asegurado que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”. Son estas ideas fuerza las que, al parecer, mueven el mundo, y lo hacen sin caer en la debilidad de la reflexión, sin dejar espacio para la duda –precursora, inevitablemente, de la instauración de la melancolía–, y sin permitir asomo alguno de relativismo. La realidad, sin embargo, es otra cosa, y hay gatos –al menos, eso le pasaba al de Schrodinger– que están muertos y vivos al tiempo, la luz es a veces onda y a veces partícula, y el mismísimo Dios, según el brevísimo pontífice Albino Luciani, es, en ocasiones, más madre que padre.

Rafael Alonso Solís


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