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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

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Fuera sotanas

06 sábado Oct 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

La invención de la religión constituye uno de los descubrimientos estrella de ciertas élites. Tal vez de la élite por excelencia, cuyo objeto no es otro que dirigir el rebaño a partir de un par de ideas sencillas. El mundo ha sido creado por un ser omnipotente que se ha arrogado el derecho a hacer lo que le venga en gana; un sátrapa capaz de tomar decisiones expeditivas sin la obligación de dar explicaciones; un director de escena con una imaginación más bien escasa, ya que se repite en exceso, pero siempre con la rotundidad de los cineastas de fuste. ¿Por qué decidió enviarnos el famoso diluvio universal? Porque podía hacerlo. Es más que probable, por lo visto después, que no haya sido el único de la historia antigua, pero sí el primero registrado por los medios de comunicación de la época y el que más fama le dio, como si hubiese sido escogido como manifestación de poder. ¿No teneis claro quién manda? Pues ahí va eso. Después ha habido muchos otros gestos de la misma calaña. De hecho, el último espectáculo aún muestra sus efectos devastadores sobre las costas de Indonesia, una región en la que casi siempre se encuentran localizaciones apropiadas para mostrar la potencia del inventor. En una ocasión, alguien preguntó a Hugo Lasalle –un jesuita alemán que concilió el misticismo cristiano con el budismo Zen– por el lugar en que había que ubicar a Dios a la hora de dirigirse a él durante la oración. Tras unos segundos, contestó que en el interior de cada persona. Es posible que Lasalle, que había sobrevivido al bombardeo de Hiroshima, quisiese desvincularse de aquel monstruoso pintor de batallas, y que a través del silencio hubiera encontrado en el suyo un espacio en el que comprender el misterio del origen frente a los horrores del mundo. Tal vez no se atrevió a expresar la realidad que, a poco que hubiera reflexionado sobre ella, debía emerger luminosa ante sus ojos. Si el ataque atómico sobre Japón había sido ordenado por una cabeza militar, no parecía algo muy distinto de aquellos montajes del pasado, cuando las aguas arrasaban la tierra y la limpiaban de basura biológica, al menos hasta que otro ciclo tuviese lugar. Ahí, quizá, radicaba el papel de la iglesia –en este caso la católica, si bien no existen diferencias sustanciales en los objetivos y el procedimiento de los distintos credos–, el de transmitir el mensaje del jefe a traves de sus portavoces oficiales, es decir, de los portadores de sotanas. Menudo chollo. La sotana, al final, ha servido para encubrir lo que hiciese falta. Bajo su manto oscuro se ha producido la mayor operación de abuso infantil de la historia. Pero es solo ahora, cuando el escándalo no resiste más verguenza, el momento en que las jerarquías regionales han decidido prohibir los achuchones, los magreos, los sobos y los besos húmedos. Todo ello relatado en el lenguaje característico de la hipocresia litúrgica y la mafia vaticana. Fuera sotanas.

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Volando voy, volando vengo

17 lunes Sep 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     Las chicas andan muy deprisa. Y el que lo dude que intente ponerse a rueda y seguirlas. El ciclismo, un deporte mayoritariamente masculino hace unos años, ha visto como la mujer se ha puesto en cabeza a tirar del pelotón. Y lo hacen muy bien. Estas ciclistas corrían la primera etapa de la Madrid Challenger by La Vuelta, una contrarreloj por equipos en línea de 12,8 Km, prueba que se disputó el pasado sábado 15 de septiembre en Boadilla del Monte, Madrid, en paralelo a la Vuelta a España y que tuvo dos etapas.

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El equipo alemán Sunweb, ganador de la contrarreloj

Sobre una distancia de 12,6 Km triunfó el equipo alemán Sunweb, que corrió a 43,25 Km/h. Corrieron 68 ciclistas de una veintena de países. La segunda etapa, sobre una distancia de 100 Km, se corrió en el circuito del Paseo del Prado, coincidiendo con la carrera masculina el domingo 16. La ganadora final fue la holandesa Ellen Van Dijk, componente del equipo Sumweb, cinco veces campeona mundial contrarreloj y tres de Europa.

 

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¿Viva el rey?

13 jueves Sep 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

      La monarquía británica procede de relatos elaborados durante un sueño brumoso, nacidos en una época en que los dragones velaban el honor de quienes ejercían el liderazgo, los caballeros lucían armaduras luminosas cuya prestancia no se alteraba durante las contiendas y las damas de la corte consumían su belleza en oscuros aposentos, mientras la brujería dominaba los espíritus que moran en la niebla y diseñaba talleres especializados para fabricar espadones mágicos y pabellones de descanso regio en la isla de Avalon. Los ingleses siempre han sido respetuosos con sus monarcas o, al menos, han tenido la habilidad de generar esa sensación de cara al turismo, y suelen pedir a Dios que salve al rey o a la reina en cuanto tienen ocasión, le pagan un sueldo generoso y parecen orgullosos de que los visitantes se hagan fotos frente al palacio de Buckingham.

Fernando VII con manto real

  La monarquía española, especialmente la rama borbónica que nos azota, y que va y viene como el Guadiana, siempre ha lucido un tono entre astracán y esperpento,  y ha hecho de la campechanería una extraña virtud por la que presumir y marcar palmito. Valle-Inclán, que tenía una mirada sensible para captar las imágenes y los sonidos de la calle, nos habló de los calores de la reina castiza, a la que “un temblor cachondo le sube del papo al anca fondona de yegua real”, cada vez que algún amante le olía los sudores y le manoseaba las nalgas. Es cierto que, en el caso de la institución española, la nómina suele ser más liviana, y tal vez por ello a lo largo de la historia hayan sentido la necesidad de desarrollar actividades de emprendeduría y tener cierta presencia en el mundo de los negocios. El casticismo de la saga viene de lejos, dicen los expertos que desde Fernando VII, es decir, a partir de la llamada primera restauración, y ha estado marcada por el morro, una supuesta cercanía con la basca, amplia tolerancia a los aromas de los garitos, un fuerte componente rijoso y una indiscutible vocación por la cópula. Si Andy Warhol afirmó en una ocasión que el sexo es nostalgia del sexo, podría decirse que el casticismo regio de los borbones más recientes se ha movido entre la filmografía erótica, la afición al café cantante y la admiración por las vicetiples. La segunda restauración está representada por los Alfonsos, que reinaron unos 55 años, si bien el segundo lo hizo de forma casi apócrifa, ya que en la primera fase quien rigió fue su madre, y en la última el mismo monarca colocó a un milico en el poder. Ahora vivimos la tercera, de génesis similar a la anterior, pero a la inversa, puesto que fue otro militar quien dió un golpe de Estado y, con objeto de garantizar la continuidad de su obra, puso de nuevo a un borbón en el trono. Mantener la inviolabilidad de tan altas figuras ante sospechas de delincuencia no es de recibo y requiere una urgente modificación de la norma.

[La imagen superior es un fragmento de Los fusilamientos de Torrijos en la playa de Málaga, obra monumental pintada por Antonio Gisbert en 1887, que recoge el ajusticiamiento del general Torrijos y sus seguidores, que se levantaron en armas contra Fernando VII (en el centro, por Goya) en 1831. Museo del Prado, Madrid]

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Caricatura del libelo «Los Borbones en pelota», atribuido, con dudas sobre su autoría, a los hermanos Becquer. Es un conjunto de acuarelas pornográficas y satíricas para denunciar las intrigas palaciegas y vida sexual de la reina de los tristes destinos. En esta aparecen los ministros Marfori y Luis González Bravo, junto a la reina Isabel II. Para saber más pinchar aquí

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Si las piedras hablaran

06 jueves Sep 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli

     Los vencedores escriben la historia e imprimen en las piedras sus verdades, aunque sea con los renglones torcidos.

     El 17 de noviembre de 1936 la Legión Cóndor, al servicio del general Franco, bombardea Madrid, algo habitual en esos meses de asedio de la capital. El Palacio de Liria, muy cerca del frente, sufre un incendio provocado por dieciocho bombas que lo destruyen prácticamente en su totalidad. En previsión de desastres se había vaciado previamente de obras de arte, depositándolas en la Embajada Británica, en el Museo del Prado y en la caja fuerte del Banco de España. Aún así, las milicias encargadas de la defensa, consiguen rescatar del fuego varias pinturas y obras de arte, aunque una gran cantidad de documentos se perdieron.

     El Duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, padre de Cayetana, residía en esas fechas en Londres, donde era de facto el embajador de Franco. El Duque de Alba, muy amigo de Winston Churchill, había gestionado con el dinero del banquero Juan March el alquiler del avión Dragon Rapid con el que el Generalísimo se desplazó desde Gando a Casablanca el 18 de julio de 1936, y de allí a Tetuán el 19 (llegó con retraso, cuando pudo confirmar que la asonada había triunfado entre la guarnición africana y que su vida no corría peligro, no antes).

     El Palacio de Liria fue iniciado por el arquitecto francés Louis Guilbert en 1767 y rediseñado en gran parte y acabado por Ventura Rodríguez en 1785. Es de estilo entre barroco tardío y neoclásico. Al acabar la contienda bélica, el Duque de Alba empleó parte de su inmensa fortuna en reconstruir el palacio, algo para lo que contó con fondos generosamente provistos por el nuevo estado. Cayetana de Alba continuó con la reconstrucción hasta completarla en 1956.  El Duque había fallecido en 1953.

     Para conmemorar la reconstrucción, en 1959 se erigió una placa en la fachada del palacio en la que el Ayuntamiento de Madrid le reconoce al Duque su noble rasgo.

    Hay que señalar que el alcalde de Madrid en esa época era José Finat y Escrivá de Romaní, el Conde de Mayalde. Finat fue un filonazi, colaborador con la Gestapo y amigo personal de Heinrich Himmler, al que festejó en Madrid con una corrida de toros. Y también era amigo de Reinhard Heydrich, ambos colaboradores personales de Hitler y atroces genocidas. Finat fue director de la Dirección General de Seguridad, la temida DGS. Durante su labor al frente de ella, en 1940 fueron detenidos en Francia, conducidos a España y fusilados por el régimen muchos exiliados republicanos, entre ellos el socialista Julian Zugazagoitia y el ex-presidente de la Generalitat Lluis Companys. Al Conde de Mayalde le sustituyó en 1965 al frente de la alcaldía de Madrid Carlos Arias Navarro, Carnicerito de Málaga. En 2000, el alcalde Álvarez del Manzano puso el nombre de Conde de Mayalde a una calle en Madrid.

Como se puede leer, nada de eso se dice en la placa.

     Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, el Magnífico, fue Duque consorte de Alba por su matrimonio con Cayetana desde 1978 hasta su fallecimiento, el 11 de mayo de 2001. Hombre inteligente, instigador, exquisito, culto, su vida fue un frenesí digno de la mejor novela de intriga. Son recomendables los libros que sobre él escribieran Manuel Vicent: “Aguirre, el Magnífico”; y “El cura y los mandarines”, de Gregorio Morán.

     Jesús Aguirre nació en una época inquieta, el 9 de junio de 1934, hijo de madre soltera, su infancia en Santander fue difícil, quizás por ello se propuso triunfar desde pequeño y llegar a lo más alto. Lo consiguió, fue académico y duque consorte. Quizás fuese vanidad o una muestra más de su carácter altivo o mistificador. En  el panteón de Loeches, propiedad de la Casa de Alba donde yacen sus restos mortales y los de Cayetana, en su sepultura está escrito que nació el 9 de junio de ¡1937!

¡Qué son tres años en la vida de los mortales!

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El apostol y la duquesa

 

 

 

 

 

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El ataque de las arpías

04 martes Sep 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

Para darme a entender que las vacaciones habían terminado, hace un par de días fui atacado por tres energúmenas cuando deambulaba por una zona solitaria. Sé que no debía estar allí, solo y sin protección. Si te saltas las normas te arriesgas a que te tomen por un intruso. Por un momento me sentí como aquella vez en que, avanzada la noche, fui asaltado por un par de adolescentes en una zona poco aconsejable de Boston, cerca de la frontera con el barrio de Roxbury, y mientras me alejaba imprudentemente de las luces familiares del Prudential Center. La primera arpía me entró por la izquierda, clavando un agudo estilete en el brazo de ese lado, lo que hizo por dos veces con inusitada rapidez, sin permitirme acción defensiva alguna ni darme tiempo para pedir auxilio. El dolor fue muy intenso y agudo, lo que, además de provocarme terror, me llevó de inmediato a identificarlo como el producido por una aguja hipodérmica al atravesar mis carnes. Solo un par de segundos después, la segunda bruja hundió su arma en el brazo derecho con el mismo acierto que su compinche y con idéntica eficacia. Al verlas delante de mí, moviéndose con aparente odio e instinto asesino, dispuestas a continuar con su salvaje agresión y quién sabe con qué intenciones, traté de cubrirme la cara, ante la que se organizaban ya las tres asaltantes –puede que inconscientes, pero indudablemente peligrosas–. Con una habilidad insuperable, la tercera atacante dirigió su pincho hacia mi rostro y lo insertó con crueldad sobre el puente de mi nariz, en el lado izquierdo y cerca de los ojos –lo cual no le resultó muy difícil, porque, en mi caso, ese apéndice es amplio y ofrece una gran superficie como diana–. Salí corriendo como pude, alejándome del lugar de la agresión a toda velocidad, realmente asustado, consciente de que estaba solo frente a aquella jauría y sospechando que no se trataba únicamente de un asalto fortuito, sino de la reacción de una avanzadilla en defensa de su territorio. Estaban allí para eso y, si podían, no iban a permitir que saliera indemne del encuentro. En la huida perdí las gafas de sol, que salieron volando por el aire durante el forcejeo. Una vez que me encontré en un lugar supuestamente seguro hice un recuento de mis heridas. Ambos brazos mostraban ya señales inequívocas como resultado de los pinchazos, y unos cuantos puntitos sanguinolentos –fruto, seguramente, de la cotidiana toma de anticoagulantes– se convertían en señales de mi desigual lucha. A los pocos minutos mi nariz comenzó a hincharse como una verruga desatada, adquiriendo un tono enrojecido que auguraba un mal pronóstico. Tal vez por la cercanía de la zona, mis ojos comenzaron a lagrimear sin freno y una especie de rinitis por contacto me jodió el resto del día. Sé que no debía estar allí, que nunca debí haber invadido un territorio marcado, y que fue un atrevimiento tratar de abrir una verja protegida por un avispero.

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Legionarios

27 viernes Jul 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

     A lo largo de las dos o tres últimas décadas del siglo pasado, Rafael Sánchez Ferlosio escribió una serie de espléndidas reflexiones en el diario El País. La mayoría de estos textos, junto a algún ensayo posterior como God & Gun, están recogidos en el volumen titulado Babel contra Babel, publicado por la editorial Debate en 2016. Dicen las leyendas –aunque puede que lo haya contado él mismo– que Ferlosio escribía sus artículos bajo el efecto permanente y salvaje de las anfetaminas, lo que le permitía redactar sin freno y espídico perdido, enlazando oraciones que se estimulaban a sí mismas y se reproducían de forma partenogenética, embriagándose con las palabras que iban apareciendo sobre el papel y con las que, una vez acorralado un tema, no cesaba de añadirle verbos hasta rematarlo sin compasión.  No se sabe, en realidad, si lo escribía a mano, con máquina percutora o si utilizaba ordenador, aunque esto último resulta dudoso, por lo mal que encajaría con sus alpargatas a cuadros. En los ensayos de Babel contra Babel se habla de ejércitos y de militares, de mercenarios y de banderines de enganche, de armas y de patrias, y se llama la atención con brillantez acerca de los aspectos escatológicos de los antagonismos. También se habla, y mucho, de la guerra, a cuya invención arcaica, cerca del origen de casi todo, se achaca el establecimiento de los hombres y las mujeres como dos especies socialmente diferenciadas.sánchez-ferlosio

En el artículo publicado en El País el 28 de marzo de 1987 –el mismo día en que habrían cumplido años Teresa de Jesús, Máximo Gorki y el general José Sanjurjo, El león del Rif, que pasó la vida organizando golpes de Estado y al que le falló el avión cuando viajaba para encabezar la asonada de 1936–, bajo el título de ¡A mí la Legión!, Ferlosio le da varias vueltas al tema del mercenariado y a la obligación implícita en ese grito espiritual al que, una vez emitido por un legionario, deberá acudir cualquier otro que lo escuche para defender al demandante “contra quien fuere, con razón o sin ella”. Es inevitable vislumbrar el hilo que une el “hedor de milenios” ­–como Ferlosio califica al rastro de los soldados de fortuna– con aquella imagen de hace unas semanas, en la que varios ministros entonaban el himno de la Legión con lo que parecía una versión civil del ardor guerrero. Curiosamente, los cantantes de entonces son los mismos que ahora parecen formar parte del equipo directivo con el que el nuevo líder del Partido Popular aspira a llevarnos de retorno a Tíndalos. Sin más motivo que una retorcida asociación de ideas, seguramente equivocadas, sería posible establecer una relación genésica entre el grito de “¡A mí la Legión!” y la ceguera intelectual, e imaginar a Casado, a Rivera, a Trump, a Kin Jong-un o a Putin –pero también a Ortega o a Maduro– en posición de firmes, vestidos de legionarios y jaleando el paso del Cristo de la Buena Muerte.

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La antesala

21 sábado Jul 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

     Una parte de la falacia vivida es que España, desaparecido de forma natural el dictador,  pudo elegir su forma de gobierno y la figura de quien estuviese situado en el nivel más alto y representativo. Si en 1936 fue un militar ambicioso y traidor –“el sapo iscariote y ladrón”, como lo llamara León Felipe– quien decidió romper la baraja e iniciar la tragedia inútil de una guerra civil, al final de sus días fue ese mismo militar quien reinstauró, no ya el régimen monárquico, sino el suyo propio, el que había diseñado para el desarrollo de sus planes, el que había nacido de la rebelión uniformada, encargando a su heredero castrense y político el cuidado de la herencia. En el cumplimiento respetuoso de ese encargo, la monarquía ha garantizado la continuidad de los vencedores y su transmisión al futuro a través de la endogamia implícita en el entramado genético de la corona. Y esa continuidad, por lo visto, ya contenía las moléculas básicas de la corrupción, el diseño del programa que permite a la cabeza del Estado hacer fortuna y ejercer como un comisionado real. Tan acostumbrados estábamos los súbditos a vivir bajo la figura de un patriarca castrense, cargado de medallas y méritos que se adjudicaba a sí mismo, que no hizo falta mucho esfuerzo para aceptar con cierta placidez la sustitución de uno por otro. En cierto modo, todo quedaba en familia. Por otra parte, tampoco nos preguntaron, no fuera a ser que nos atreviéramos a manifestar nuestras preferencias. Uno ya ha escrito en estas páginas que la figura del rey al que hemos dado en llamar emérito se ha mostrado como una imagen pendular de nuestra propia incoherencia, como una diana para recibir chistes de bajo nivel, como un icono con el que adornar los despachos oficiales. Y nada más. Lamentablemente, incluso reputadas intelectuales, como Victoria Camps, han caído en la trampa de considerar en una entrevista de no hace mucho a Juan Carlos de Borbón como un mal menor, como “una apuesta eficaz”, subrayando su “actuación decidida” al mantenerse fiel a la Constitución durante el golpe de Estado del 23-F. Sin embargo, y más allá de la narración oficial, ¿fue realmente así? La sospecha de la implicación borbónica en la asonada está suficientemente extendida y estaría tan justificada, a la vista de la historia previa y los acontecimiento posteriores, que es lógico pensar –sin que los hechos reales puedan ser conocidos, mas allá de la conjetura o de la consulta de la información que reposa en las cloacas– en una historia bastante más compleja que el relato impuesto. Con buena parte de la familia borbónica nadando en el fango, como lo hicieron sus antecesores durante siglos, tal vez ha llegado el momento en que los súbditos estemos a la altura de la historia para invitarles a buscar trabajo. Nunca lo han hecho, pero tienen buena formación y podrían buscarse la vida sin esfuerzo. La monarquía está sentada en la antesala, a la espera de juicio y de destino.

cambio_guardiaFotos: Terry Mangino

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18 miércoles Jul 2018

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino (algunas)

_DSC0101_web     Óscar Pereiro, ganador del Tour de 2006

      —Con guindillas y morcilla asturiana.

    —Con guindillas, morcilla asturiana, morcillo de vaca, sus garbanzos de obispo, su punta de jamón y un cuartillo de vino de Arganda —le soltó a Berrendero el abuelo Epaminondas, que entonces era un chaval de quince años.

    —Cuartillo y medio —le sonrió Julián Berrendero, “El negro de los ojos azules”, que se zampó en un pispas el cocido de 80 céntimos de “La Comilona”, la casa de comidas que los padres de mi abuelo, Epaminondas López, tenían en Lavapiés. Después, Julián se subió a su bicicleta de 19 Kg., enfiló la carretera de Francia, los tubulares enrollados en la espalda, y tras varias horas de esfuerzo coronaba la Morcuera, un portarrón de primera lleno de guijarros y sin asfaltar, por donde sólo subían los vaqueros y con mastines para ahuyentar a los lobos. Aunque ni los lobos ni los puertos asustaban a Berrendero, que era fuerte y duro como el granito del Guadarrama, esculpido en ébano y marfil por el sol justiciero de Madrid.

    Tan fuerte era Berrendero que el 31 de mayo de 1936, tras recorrer los 279 Km de la veintiun etapa de la segunda Vuelta a España, entre Zamora y Madrid, quedó segundo tras Emiliano Álvarez Arana. Y cuarto en la clasificación general final, a 23’14” del belga Gustaaf  Deloors. Sí, Julián Berrendero era un hors categorie.

    Aquella hazaña impresionó a mi abuelo Epaminondas, que se compró por 200 pesetas una bicicleta Pélissier* con ruedas de madera. Tanto le impactó que al día siguiente se marchó al Retiro, donde acababa la Vuelta, para emular a sus héroes. Aunque hizo trampas.

Berrendero    —¡A rueda, Epaminondas, a rueda! —le decía Berrendero cuando el pelotón enfilaba, vertiginoso, el Paseo de Coches. Y el abuelo Epaminondas se ponía a rueda hasta que reventaba en la Fuente de la Alcachofa, donde se escondía entre los castaños a esperar de nuevo al pelotón. Así hasta la última vuelta, cuando confundido con los ciclistas consiguió llegar a la meta, distante unos cientos de metros. Y donde le obsequiaron con un vaso de horchata.

    —Para que te pongas fuerte como Berrendero —le dijo uno de la carrera.

    —Y ahora, el Tour —le soltó Julián el jueves siguiente, que era cuando tocaba cocido en “La Comilona”—. Nos vamos a la Francia, a subir esas montañas y a ganarnos unos francos, que aquí en España están las cosas muy difíciles.

    Ya lo creo que estaban difíciles. Pero eso al abuelo Epaminondas le daba igual. Se entrenaba venga a subir y a subir por la calle Atocha. Bajaba a tumba abierta por la calle Santa Isabel y cuando llegaba a la estación derrapaba y las ruedas escupían una nube de polvo y chinarros sobre las aguadoras que esperaban la llegada del expreso de Algeciras.

    —Niño, vete a tirarle piedras a la puta de tu madre —le decían con cariño aquellas castizas señoras.

    Así todas las mañanas, hasta que un día se cayó y se desolló todo el lomo izquierdo ante los aplausos de júbilo que las aguadoras le dedicaron. Al abuelo Epaminondas no le cupo más remedio que cambiar de itinerario. Y con la excusa de comprar víveres para “La Comilona” se iba a Chinchón, a Aranjuez, a Villaconejos. Lo malo era la vuelta, porque coronar cargado de melones la cuesta de Antón Martín le parecía al abuelo Epaminondas como subir el Alpe d’Huez, que era una montaña muy empinada, llena de lobos que Berrendero se jactaba de subir en poco más de una hora.

    Aunque los ciclistas son muy fanfarrones y exageran y se apuntan éxitos inexistentes y dicen que se han subido a la luna por la cara oculta para que nadie los vea. Porque la primera vez que se subió en el Tour l’Alpe d’Huez fue en 1952, dieciséis años después del cocido en “La Comilona” que se zampó Berrendero. Y fue Fausto Coppi el que llegó primero y Berrendero ya no corría en bicicleta.

    Pero eso aún no lo sabía el abuelo Epaminondas, que siguió entrenándose y entrenándose el verano de 1936. Y el 19 de julio Federico Ezquerra ganó la undécima etapa del Tour de Francia, disputada entre Nize et Cannes. Julián Berrendero acabó aquel año como “rey de la montaña” y el primer español en la clasificación general. El abuelo Epaminondas aún siguió entrenándose algunos días más. Sí, el abuelo Epaminondas era un hors categorie. El 24 de julio se plantó en Arganda para comprar dos arrobas de vino tinto, que llevó a Lavapiés como podía entre el manillar y el sillín. Mientras, la Columna Durruti partía hacia el frente de Aragón desde Barcelona.

    Y el 19 de agosto llegó hasta la Piscina Isla, en el río Manzanares, un edificio racionalista de Luis Gutiérrez Soto, que unos meses después las tropas africanas del general Franco convirtieron en escombros. Aquella misma noche los falangistas mataron en Granada a un poeta, un tal García Lorca. El abuelo Epaminondas se enteró de eso mucho después, seguía emulando a su héroe Berrendero, aunque solo fuera subiendo por la Gran Vía. Tuvo que dejarlo. En el otoño empezaron a caer obuses Schneider del 155 a la altura de Telefónica, poco compatibles con su afición de ciclista.

    El gran Berrendero decidió quedarse en Francia y en 1937 ganó la etapa reina del Tour y corrió el de 1938. Y en 1939 regresó a España, donde nada más cruzar la frontera fue detenido y enviado a un campo de concentración en Rota, donde se pasó un año. Y sin entrenar. Lo de ser ciclista siempre ha sido muy difícil. Sí.

    Cuando en noviembre de 1936, un obús del 155 impactó en la Farmacia el Globo, en Antón Martín, el abuelo Epaminondas comprendió que las bicicletas eran para el verano. Total, tampoco había ya aguadoras esperando el expreso de Algeciras. Así que empeñó la bicicleta Pélissier en el Monte de Piedad. Le dieron por ella 12 pesetas. No, su palmarés de ciclista no fue muy extenso. Nunca subió el Alpe d’Huez. Tampoco Berrendero.300px-Lacets_AlpedHuez

El jueves 14 de julio se corre la 12ª etapa del Tour de Francia, 2022, con final en l’Alpe d’Huez

    Tras salir del pueblecito de Bourg d’Oisans, l’Alpe d’Huez empieza como una pared que hay que asumir con entereza. Después siguen otros 13 Km espantosos marcados por los codos numerados, 21 curvas, que llevan el nombre de los distintos vencedores a lo largo de la historia del Tour. L’Alpe d’Huez no es ni el más duro ni el más alto de los cols hors categorie que se suben en el Tour. Pero es el que concita mayor expectación y arrastra mayor número de aficionados. Durante la celebración de la prueba las cunetas de la carretera, bastante buena y ancha, se llenan de tal cantidad de público que es difícil distinguir a los corredores y el paso de la caravana, convirtiendo el espectáculo en el público en sí, en lugar de los ciclistas. Datos exagerados cifraban en más de un millón de personas los asistentes a lo largo del recorrido de la etapa del Tour 2015, la última vez que se subió.

    El ciclista aficionado que se atreva a subir l’Alpe d’Huez se encuentra arriba con una estación de esquí completamente vacía durante el verano. La soledad absoluta, una ciudad fantasma pensada para el invierno y sin vida durante ocho meses. Sentirá una angustia vital, como abandonado en un escenario de cine de terror. Pasado el terremoto del Tour no queda nadie en la estación de l’Alpe d’Huez, el ciclista tiene la sensación de ser el blanco de algún francotirador camuflado entre los edificios sombríos de un pueblo perdido. Y le asalta la necesidad de partir, de descender al llano de la realidad, de tirarse a tumba abierta por las pendientes verticales buscando el valle, como Sísifo, condenado a ascender y a bajar eternamente una montaña.

Carlos Sastre, ganador del Tour 2008 y de la etapa del Alpe d’Huez del mismo

    *Henri Pélissier (1889-1935) fue un ciclista romántico y contestatario. No se conformaba con pedalear por un puñado de francos mientras que el negociante Henry Desgrange se llevaba la pasta de sus pedaladas. Así que le plantó cara y le montó unas protestas hasta que consiguió que Desgrange soltara la manteca. Pélissier ganó el Tour de 1923. Y la París-Roubaix y la Milán-San Remo y la Bordeaux-Paris y fue campeón de Francia. Pero su vehemencia rayaba en la violencia, era una especie de Caravaggio de los pedales. Su vida privada fue agitada, su esposa Leonie se suicidó disparándose un tiro en la sien. Y dos años después, Camille, la nueva amante de Pélissier-Caravaggio acabó por asesinarle con la misma pistola con la que se había suicidado Leonie.

Sí, Henri Pélissier era un hors categorie. Nunca subió l’Alpe d’Huez.

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