Rafael Alonso Solís

La invención de la religión constituye uno de los descubrimientos estrella de ciertas élites. Tal vez de la élite por excelencia, cuyo objeto no es otro que dirigir el rebaño a partir de un par de ideas sencillas. El mundo ha sido creado por un ser omnipotente que se ha arrogado el derecho a hacer lo que le venga en gana; un sátrapa capaz de tomar decisiones expeditivas sin la obligación de dar explicaciones; un director de escena con una imaginación más bien escasa, ya que se repite en exceso, pero siempre con la rotundidad de los cineastas de fuste. ¿Por qué decidió enviarnos el famoso diluvio universal? Porque podía hacerlo. Es más que probable, por lo visto después, que no haya sido el único de la historia antigua, pero sí el primero registrado por los medios de comunicación de la época y el que más fama le dio, como si hubiese sido escogido como manifestación de poder. ¿No teneis claro quién manda? Pues ahí va eso. Después ha habido muchos otros gestos de la misma calaña. De hecho, el último espectáculo aún muestra sus efectos devastadores sobre las costas de Indonesia, una región en la que casi siempre se encuentran localizaciones apropiadas para mostrar la potencia del inventor. En una ocasión, alguien preguntó a Hugo Lasalle –un jesuita alemán que concilió el misticismo cristiano con el budismo Zen– por el lugar en que había que ubicar a Dios a la hora de dirigirse a él durante la oración. Tras unos segundos, contestó que en el interior de cada persona. Es posible que Lasalle, que había sobrevivido al bombardeo de Hiroshima, quisiese desvincularse de aquel monstruoso pintor de batallas, y que a través del silencio hubiera encontrado en el suyo un espacio en el que comprender el misterio del origen frente a los horrores del mundo. Tal vez no se atrevió a expresar la realidad que, a poco que hubiera reflexionado sobre ella, debía emerger luminosa ante sus ojos. Si el ataque atómico sobre Japón había sido ordenado por una cabeza militar, no parecía algo muy distinto de aquellos montajes del pasado, cuando las aguas arrasaban la tierra y la limpiaban de basura biológica, al menos hasta que otro ciclo tuviese lugar. Ahí, quizá, radicaba el papel de la iglesia –en este caso la católica, si bien no existen diferencias sustanciales en los objetivos y el procedimiento de los distintos credos–, el de transmitir el mensaje del jefe a traves de sus portavoces oficiales, es decir, de los portadores de sotanas. Menudo chollo. La sotana, al final, ha servido para encubrir lo que hiciese falta. Bajo su manto oscuro se ha producido la mayor operación de abuso infantil de la historia. Pero es solo ahora, cuando el escándalo no resiste más verguenza, el momento en que las jerarquías regionales han decidido prohibir los achuchones, los magreos, los sobos y los besos húmedos. Todo ello relatado en el lenguaje característico de la hipocresia litúrgica y la mafia vaticana. Fuera sotanas.

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