Rafael Alonso Solís

Para darme a entender que las vacaciones habían terminado, hace un par de días fui atacado por tres energúmenas cuando deambulaba por una zona solitaria. Sé que no debía estar allí, solo y sin protección. Si te saltas las normas te arriesgas a que te tomen por un intruso. Por un momento me sentí como aquella vez en que, avanzada la noche, fui asaltado por un par de adolescentes en una zona poco aconsejable de Boston, cerca de la frontera con el barrio de Roxbury, y mientras me alejaba imprudentemente de las luces familiares del Prudential Center. La primera arpía me entró por la izquierda, clavando un agudo estilete en el brazo de ese lado, lo que hizo por dos veces con inusitada rapidez, sin permitirme acción defensiva alguna ni darme tiempo para pedir auxilio. El dolor fue muy intenso y agudo, lo que, además de provocarme terror, me llevó de inmediato a identificarlo como el producido por una aguja hipodérmica al atravesar mis carnes. Solo un par de segundos después, la segunda bruja hundió su arma en el brazo derecho con el mismo acierto que su compinche y con idéntica eficacia. Al verlas delante de mí, moviéndose con aparente odio e instinto asesino, dispuestas a continuar con su salvaje agresión y quién sabe con qué intenciones, traté de cubrirme la cara, ante la que se organizaban ya las tres asaltantes –puede que inconscientes, pero indudablemente peligrosas–. Con una habilidad insuperable, la tercera atacante dirigió su pincho hacia mi rostro y lo insertó con crueldad sobre el puente de mi nariz, en el lado izquierdo y cerca de los ojos –lo cual no le resultó muy difícil, porque, en mi caso, ese apéndice es amplio y ofrece una gran superficie como diana–. Salí corriendo como pude, alejándome del lugar de la agresión a toda velocidad, realmente asustado, consciente de que estaba solo frente a aquella jauría y sospechando que no se trataba únicamente de un asalto fortuito, sino de la reacción de una avanzadilla en defensa de su territorio. Estaban allí para eso y, si podían, no iban a permitir que saliera indemne del encuentro. En la huida perdí las gafas de sol, que salieron volando por el aire durante el forcejeo. Una vez que me encontré en un lugar supuestamente seguro hice un recuento de mis heridas. Ambos brazos mostraban ya señales inequívocas como resultado de los pinchazos, y unos cuantos puntitos sanguinolentos –fruto, seguramente, de la cotidiana toma de anticoagulantes– se convertían en señales de mi desigual lucha. A los pocos minutos mi nariz comenzó a hincharse como una verruga desatada, adquiriendo un tono enrojecido que auguraba un mal pronóstico. Tal vez por la cercanía de la zona, mis ojos comenzaron a lagrimear sin freno y una especie de rinitis por contacto me jodió el resto del día. Sé que no debía estar allí, que nunca debí haber invadido un territorio marcado, y que fue un atrevimiento tratar de abrir una verja protegida por un avispero.

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