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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Publicaciones de la categoría: Uncategorized

Centenario del fallecimiento de Galdós

31 martes Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ángel Aguado López

Homenaje que Gabriel de Araceli hace a su padre novelesco don Benito Pérez Galdós

            GRACIAS, SEÑOR DON BENITO, por haberme engendrado, por haberme dado la vida literaria en la primera novela de sus Episodios: Trafalgar*. Y después por mantenerme como narrador en las diez novelas de la primera parte de las cinco que fueron los Episodios Nacionales. Dicen** que me conoció usted en el verano de 1871, en Santander, cuando reinaba don Amadeo. Sesenta y seis años después de la batalla. Que me apellidaba Galán, que yo ya había cumplido los 81 años, que yo era un viejecito muy simpático, de corta estatura, con levita y chistera anticuadas, aunque usted fuere un hombre joven, 28 años, y enamorador de primitas, doncellas, casadas, actrices, modelos de artistas pintores, magísteres e incluso condesas, que todas gozaban de la hombría con las que usted las regalaba, que las aderezaba e iluminaba con sus ardientes perfumes y caballeroso ser, que de ellas extraía armoniosos trinos que le recitaban al oído en los tálamos recatados de su Madrid callejero. Y es cierto que fui grumete en el navío Santísima Trinidad, de 63 m de eslora, 4905 toneladas, cuatro puentes y armado con 140 piezas de artillería en el que servíamos 1160 hombres, que participé con honor, braveza y enjundia sin par a la edad de 14 años en aquella triste batalla, el 21 de octubre de 1805, donde se perdió lo más granado del saber patriótico y de la inteligencia nacional, que luché bajo las órdenes del teniente general don Federico Carlos Gravina, un ilustrado y honroso científico, gloria sublime para la patria. Y del no menos excelente, luminoso y humanista don Cosme Damián Churruca. Que, aunque derrotados por el honorable inglés Horacio Nelson, y en eso tuvo mucha culpa el gabacho, disminuido, amanerado, afeminado e inútil vicealmirante napoleónico Villeneuve, siempre nos acompañó la honra de haber defendido con gallardía a la patria y al pabellón real. Aunque Carlos IV fuera un rey antojadizo e incapaz, propenso al extravío, a la caza de la perdiz, a la coyunta libertaria, a la jodienda del pueblo y a la vagancia, como todos los borbones que han reinado este país, que aquel rey no fue sino un dislate más en la historia general de la nación y de la monarquía. Y peor fue lo que vino tras él: ¡el rey felón!

                    Y después me vistió usted de joven enamoradizo por El Escorial, por Aranjuez, por la conspirativa corte del Palacio de Oriente, por el 2 de mayo, que me dio mucho lustre y protagonismo sin que yo lo mereciere. Otros narradores omniscientes —¡corajuda palabreja!— utilizó usted en sus episodios, que a mí me siguieron Salvador Monsalud, Fernando Calpena y José María Fajardo, que con ellos construyó una historia novelesca de la nación sin faltar al rigor, ni a la verdad ni al decoro, una capilla sixtina, un Lepanto de palabras, la más alta historia que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Pero yo tuve la gloria de ser el primero y usted me hizo inmortal. Así que, don Benito, no puedo sino demostrarle mi más profunda admiración y mi más elogioso agradecimiento por su obra y por su verbo. Es usted, padre mío, sin ningún género de dudas, el más valioso escritor de la lengua castellana. Eternamente deudor, su hijo Gabriel.

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*Es muy recomendable para el lector curioso y advertido la edición anotada que de la novela Trafalgar hace el erudito crítico literario y experto galdosiano don Pascual Izquierdo de la Ribera Sotillana, en la colección Tus Libros, editada por Ediciones Generales Anaya, en 1983, auspiciada y dirigida por el académico in absentia don Emilio Pascual de Tejares. Aunque no es fácil encontrar tan preciada obra y los que la poseen saben que tienen un tesoro de valía similar a las que se encuentran en el pecio del navío Santísima Trinidad, hundido, pero con gloria, a dos millas náuticas, frente al tómbolo de Trafalgar, el 24 de octubre de 1805.


Epistolario que mantuvieron en torno a 1907 y con posterioridad doña Teodosia Gandarias y su bien amado Benitín

           «¡Oh, secreto de la naturaleza, oh milagro del tiempo, oh felicidad, no por tardía menos soberana!… En fin, sea de esto lo que disponga el supremo artífice del Universo, el nivelador de las generaciones» le dice desde Santander B —Benito—, el «hacedor de… millares de caricias» a su «preciosa, vaporosa y valiosa» Teodosia Gandarias, su nuevo amor —ella tenía 44 años y él 64 en ese momento— cuando Teo le comunica que es posible que tengan un hijo. Teodosia Gandarias —ella viuda— y Galdós —siempre soltero— se conocieron en 1907 y fueron amantes hasta el final de sus días. Ella falleció el 31 de diciembre de 1919, en su casa del nº53 de la calle Santa Engracia, en Madrid. Y él el 4 de enero de 1920, en su casa de la calle Hilarión Eslava, nº5, no muy lejos de la de su amante.
Pero «la dulce ilusión» se disipó y B le anima a Teodosia y le ruega que no se preocupe de las habladurías de la portera de la finca y no se aísle y salga a pasear: «¿Qué puede decir la vecindad? Nada. Estaría bueno que una señora como tú no pudiera salir a la calle por el qué dirán. ¡Pero si nada pueden decir! Tu personalidad está demasiado alta para que puedan denigrarla esos vecinos idiotas y bajunos. No hagas caso».
Y culmina el amoroso don Benito con estas frases que enternecerían al corazón más duro, entonces y ahora, de cualquier mujer entregándola al dulce amor y a sus besos de reputado galán:
«Son mis horas religiosas, digámoslo así. Entonces van mis pensamientos a ti con vuelo más rápido. ¡Oh, Teo dulcísima, amantísima y preciosa sobre toda preciosidad!».
Un año después, Teodosia le pide que mueva sus influencias y la coloque de maestra nacional —su profesión —, ya que Galdós había sido diputado y lo volvería a ser en 1910. Don Benito le dice a su amantísima Teo: «Pero, mi cielo querido, ¿en qué estás pensando? ¡Cómo ha podido ocurrírsete que yo te iba a colocar de maestra? Esto no concuerda bien con tu soberana inteligencia… En fin, ya te habrás tranquilizado». Y la distancia acalora el corazón de don Benito, que anhela el contacto con Teodosia «siento trastorno por verte a ti tan trastornada… tú, talentuda y magna mujer… a ti mi inalterable cariño».
Teodosia Gandarias y Galdós compartieron los últimos años de sus vidas y parece que también fueron felices. Años de reconocimiento universal del autor, nominado al Nobel en 1912, a lo que la Iglesia hizo una feroz oposición, rayana en el fanatismo, debido al anticlericalismo del escritor expresado en su obra teatral Electra, estrenada en 1901 con enorme éxito de público y crítica. La Iglesia nunca perdona y castigó al señor Pérez con saña en esta vida sin esperar al juicio final.

             Es difícil que don Benito conociera el fallecimiento de su amada Teodosia debido al crítico estado de salud en el que se encontraba. Cuando Galdós falleció cuatro días después, además del reconocimiento de toda la nación: del rey Alfonso XIII, del presidente del Consejo de Ministros, del ministro de Cultura, autoridades, mundo literario y ciudadanía, contó con la visita de doña Emilia Pardo, la Bazán, que fue la primera que se trasladó a su domicilio de la calle Hilarión Eslava, con la que también compartió, epístolas incendiarias de amoríos, desplantes, infidelidades, excesos y deleites durante la década de los 80 del siglo XIX y con posterioridad. Algo a lo que no fue ajeno con Lorenza Cobián, la madre de su hija María, o con Concepción Morell, entre otras amantes conocidas.

       Sin saberlo, en su gran novela Fortunata y Jacinta escrita entre 1885 y 1887, Galdós adelantó su final novelando el triste entierro que sufrió Fortunata, metáfora y trasunto anticipados de Teodosia, sin nadie que le acompañara al cementerio, fallecida un día antes que Evaristo Feijoo, quizás el alter-ego de sí mismo, que recibió una concurrida presencia de deudores en su funeral.

     Sí, don Benito Pérez Galdós lo tenía todo, era un genio de las letras, simpático, guapo, cariñoso, generoso, desprendido y amoroso, muy amoroso y delicado con las mujeres. Y querido por ellas.

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Vivienda de Galdós, en la calle Hilarión Eslava, nº 5, en el barrio de Argüelles. Faltan seis tildes en la placa conmemorativa. Sin embargo, el cartel del dinosaurio está escrito con corrección, casi.

Para conocer más sobre la vida de Benito Pérez Galdós véase: https://escaparateignorado.com/2018/12/19/los-amores-asimetricos-de-galdos/
Y para conocer sobre su extraordinaria obra véase:
**Vida de Galdós, obra de Pedro Ortiz-Armengol, editada por Crítica en su Biblioteca de Bolsillo. 2000.
Asimismo, se recomiendan los estudios y ediciones críticas de Joaquín Casalduero y Ricardo Gullón; para Tristana, la de Germán Gullón, en Austral; y para Fortunata y Jacinta, la edición de Francisco Caudet, en Cátedra.

Enlaces relacionados

Los amores asimétricos de Galdós

El callejero novelístico del Madrid galdosiano

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Don Benito siempre tuvo las mujeres a sus pies. Como don Ramón María.

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Palabras y tesoros

29 domingo Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 2 comentarios

Rafael Alonso Solís

                De vez en cuando, bien sea porque a uno no se le ocurre otra cosa o porque se lo pide el cuerpo, en esta columna se habla de palabras, tal vez el hallazgo más influyente de la especie y el vehículo que utiliza el cerebro para nombrar la realidad percibida, hasta hacerla comprensible. En una ocasión me atreví a mencionar su afición por los viajes, su nacimiento en la calle, su crecimiento en las bibliotecas, sus estudios de posgrado en el maco, sus descansos y recogimientos en lugares de variada catadura, como los conventos, los claustros, las alcantarillas y los burdeles, sus paseos de ida y vuelta para cruzarse con sus hermanas, originarias de países lejanos o emigradas con la esperanza de hacer fortuna. En otra, tuve la osadía de desvelar su relación familiar con las partículas elementales, a las que, incluso sin necesidad de verlas, adjudicamos el papel de constituir la estructura de la materia observable, el tejido básico del universo, sugiriendo que podría tratarse del mismo material del que se componen los sueños; es decir, una forma de vida sutil, capaz de reproducirse al combinarse con otras y que, gracias al poder de la sintaxis, puede adoptar múltiples rostros, lo que le permite crear universos, alterar la duración del tiempo e imaginar lo que se oculta en la sombra. Este año, a la misma hora en que las televisiones suelen difundir los discursos de los monarcas, he tenido el placer de comenzar la lectura de dos libros recomendables. El primero se titula El tesoro olvidado, un precioso escriño –voz hallada en el libro– donde se guardan “quinientas palabras para quien quedar bien quiera”, que Dimas Mas ha publicado en Oportet Editores bajo la precisa batuta de Emilio Pascual. El segundo es Palabras nuestras –tesoro también, y oportuno, aunque más reducido–, que la Academia Canaria de la Lengua ha editado para celebrar su XX aniversario. Ambos son libros para leer y releer; el primero, para tenerlo a mano y sumergirse de tarde en tarde en sus páginas; el segundo, para reconocer a un conjunto de voces características del español de Canarias, elegidas y comentadas “sin más limitación que la fidelidad a los propios sentimientos”. Sin menoscabo del resto, brilla la autobiografía de chirrimil, de la que es autor Marcial Morera, y no solo por el cariño y el rigor con que ha seguido sus pasos atravesando diversas fronteras, con que ha admirado sus aventuras y con que ha dibujado sus cambios de gesto y de intención hasta convertirse en palabra “plena y polisémica”, capaz, precisamente a través de sus viajes, de “abrir la entendederas y aplacar el ansia de destruir al diferente que nos corroe las entrañas”. En una tierra donde se creó el nacionalismo de garrafón y se inventaron los concilios de puchero y güisky, Morera le echa un par, con elegancia y sin molestar, al hablar por derecho de la palabra como lo que es: un adhesivo coherente, el armazón de la vida y sus recuerdos.

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Oportet editores

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Me gustas, navidad, porque estás como ausente

20 viernes Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Los Caballeros del Pedal les desean a todos ustedes que lo pasen bien en 2020, que disfruten de buena salud, que les quieran mucho y que incluso tengan algo de pasta. 

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Carmelito Flórez (Fotografías)

Para Luis, que estarás en cualquier galaxia colindante riéndote de los caballeros tontoterrícolas.

Globos aerostáticos para venir al más acá._DSC0032_web2.jpg

 


Doctor Simón y Cajal

Pascual Izquierdo de Góngora y Argote

Descubrir
los primeros mapas
de la risa y el llanto,
el asombro, la ternura y el adiós.

Dibujar la luna
que se refleja en tus ojos.
Ensanchar los ríos,
los vértices, los sueños, las provincias,
el tamaño de los peces
y el misterio del mar.

Descubrir
que todos los días puede nacer una estrella
en los ojos oscuros de las sombras,
en los campos abiertos de la imaginación.

Emilio de Pascual y Saavedra

Villancico

Andaba el carpintero —o más bien artesano—
cepillando un tablero, lima e garlopa en mano,
e entró por la fenestra un páxaro inhumano
de aleteo soberbio e de seso liviano.

Mirolo suspicioso el artesano rudo
e con afincamiento, e destemprado e crudo,
empuñó un grand zoquete e díxole sañudo:
«¡Pardiez que esta vegada non me farás cornudo!

Que aunque sea mi oíslo buena, dulz e sanía,
de grand contentamiento e onrada compañía,
non quiero rosseñoles desta placentería
que vinién a mi casa con tal messagería.

Non serás organista nin serás violero,
nin estrument nin lengua nin tan claro vocero».
E, lanzando el tarugo, le dio en el gargavero,
dexándolo sin pico e con el güevo güero.

Señor Trovador de Torrelodones

De Pascual:

EN LA PLUMA DE PASCUAL,
EN VEZ DE TINTA HAY AMOR,
HAY UN TALENTO INMORTAL,
SENSIBLE Y ACOGEDOR.

De Emilio:

ES, SIN DUDA, UNA DELICIA,
PARA NUESTROS PALADARES
DISFRUTAR ESTA PRIMICIA
DEL MAESTRO DE TEJARES.

Santiago Izquierdo de Silva y Velázquez

Enséñame tu casa hoy que estamos a tiempo:

las rosas aún dormidas, la paz de tu jardín,
los pétalos inciertos, los poemas secretos;

tus ríos subterráneos, tus corrientes ocultas,
Tu vajilla de plata, el marco de tus ojos.

Deja que me siente en tu inmensa azotea
Y pueda ver tu noche desde el principio al fin.

Déjame asomarme a tu espejo sin trampas,
Que me importa saber cuánto mide tu azul.

Déjame perderme en tu oculta tormenta,
que me arrastre al vacío tu loco torbellino.

Haz que hoy se me olvide mirar hacia atrás.

Ana de la Robla de Vega Carpio

PEQUEÑA MUERTE

Cuna y sepulcro en un botón hallaron
CALDERÓN DE LA BARCA

Botón de rosa,
luz y noche en el frágil rumor del infinito.
En los trastes del de laúd que roca fuera,
en el yacer animal que breve acecha
y que sólo los dedos de su orfebre
leen, desabrochando,
y matan.

Aurora Vélez de Guggenheim

TODOS LOS HOMBRES que fueron
llegaron como golondrinas.
Apenas rozaron mis alas,
se marcharon confundiendo al aire
con sus cabriolas
imposibles.

Se iban
dejándome unas miradas,
un par de ocasiones tiernas,
un poco de amor
colgado del alero
desde donde se ven el mar.

Sólo sé
Que así seguirá siendo.
Aves de paso.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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Llámame Jack

18 miércoles Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 1 comentario

Rafael Alonso Solís

            Como si se estuviera consumando una maldita y oscura vuelta atrás, los asesinatos de mujeres, cometidos en su inmensa mayoría por hombres cercanos, parecen normalizarse en nuestra aceptación de las miserias cotidianas. Al menos, hasta que la sangre asome por debajo de la puerta y nos acabe mojando el borde de los pantalones. Ya no hay día en que las portadas de los periódicos no reproduzcan una fotografía de la víctima, en lo que parece ser una humillación amplificada y normalizada de su destino como producto de casquería. Es como si la matáramos una y otra vez entre todos; como si repitiéramos la puesta en escena, variando levemente la decoración y el paisaje; como si compartiéramos el morbo de los gacetilleros sin tema y sin escrúpulos; como si continuáramos alimentando la colección de imágenes que hemos ido completando para ilustrar los tratados de ciencia forense y la antología del crimen de género; como si, a través de un salto en el tiempo, el espíritu del macho asesino que asolara el barrio londinense de Whitechapel en 1888 hubiera decidido dejar atrás la individualidad para impregnar las calles, a través de un proceso de imitación que se activa tras cada representación. En la relación canónica de la época, la primera víctima se llamaba Mary Ann Nichols, y del interior de su vientre se había extraído el útero. La última aceptada por la heterodoxia fue Mary Jane Kelly, que apareció destripada en su camastro, sin la totalidad de sus vísceras abdominales y sin corazón. Más allá del dogma y del mito, la serie de Whitechapel se extendió, al menos, a cuatro asesinatos de mujeres más, dividiéndose la academia y la tertulia entre quienes sostenían que estos últimos no fueron obra del iniciador de la saga, sino que los autores habrían imitado el modus operandi del Destripador para despistar a la madera victoriana, y quienes pensaban que el firmante del montaje seguía siendo el mismísimo Jack. Si entonces aquel pútrido barrio del East End londinense contenía el caldo de cultivo más eficiente para que el asesinato y vaciado de prostitutas resultase una práctica segura, a mediados del siglo pasado, tras la guerra civil, en España, el frío del invierno se disimulaba alimentando braseros bajo la mesa camilla, mientras la prensa de consumo promocionaba lo que se dio en calificar como “crímenes pasionales”. El apasionado siempre era un hombre y la víctima una mujer, a la que no era muy difícil achacar, a lo largo de la brillante crónica de sucesos, cierta actitud casquivana que justificaba la manifestación de aquel conflicto entre amantes. La historia no es nueva, sino vieja como el mundo que hemos diseñado y mantenemos en marcha. Lo que es nuevo, aquí y ahora, es que la ideología que niega la realidad, el banderín de chulos que se habían mantenido agazapados en la intimidad de la montería y la misa de campaña, haya ocupado a la carrera los parlamentos, gracias a la alfombra roja que han puesto bajo sus pies los patriotas.

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El Jefe de la Tribu

16 lunes Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 2 comentarios

Ángel Aguado López

                En un mundo informativo en el que abundan las “Fake News”, en el que la relevancia de la noticia dura apenas unas horas, en el que la confusión y el encubrimiento velan la veracidad de los acontecimientos, en el que las grandes potencias, instituciones, “lobbys” y políticos ocultan sus miserias y responsabilidades, en el que la opinión pública ve mermados sus derechos de conocer los tejemanejes de sus gobernantes, en el que la distracción y el espectáculo frivolizan la libertad de expresión, en el que los presidentes en funciones no admiten preguntas durante las ruedas de prensa parece conveniente reconocer el oficio de periodista que algunos ejercieron en tiempos no muy lejanos en los que informar con libertad era una profesión de alto riesgo.
Era Manu Leguineche un amante del periodismo, fundador de la mítica agencia Colpisa, la de Padre Damián, 43. Dicen que la dirigía desde un bar próximo mientras jugaba al mus y fumaba habanos que Fidel le enviaba desde Vuelta Abajo. Colpisa, colaboraciones periodísticas independientes, cuna de tantos y buenos informadores, la Tribu. Fue Leguineche uno de aquellos servidores de la libertad de expresión, de aquellos periodistas que ejerció su profesión con el único ánimo de mostrar a la opinión pública lo que sucedía a su alrededor. Había en Leguineche una mezcla de aventurero, de idealista, de héroe anónimo comprometido con las noticias, de viajero incansable y voluntario audaz que unía en su pluma la veracidad y el rigor de lo que sucedía por aquellos mundos por los que se adentraba como un doctor Livingstone en busca de la verdad. Quizás porque en España existía una Ley de Prensa —dulcificada por Manuel Fraga, aquel superministro franquista al que le cabía todo el Estado en la cabeza— que dificultaba la información nacional, los reporteros la emprendían viajando por Asia, por el extremo Oriente, por el Oriente próximo, o por el Coño Sur, el más jodido. Y quizás por eso, los que entonces éramos adolescentes sabíamos más de la Guerra de Indochina que de los consejos de ministros de El Pardo y recordamos sus crónicas sobre Vietnam, cuando los B52 arrasaban con el agente naranja todo resquicio de vida por encima del paralelo 17. O las crónicas que enviaba desde Líbano, o de aquella última esperanza de libertad que supuso la revolución sandinista contra Tachito Somoza, en 1979. ¡Ay!, el desconsuelo de que todo seguía igual con el dictador Ortega. Después, Leguineche se refugió en Brihuega, un pueblecito de la Guadalajara profunda, a meditar sobre lo que había visto y a escribir sobre los pequeños grandes acontecimientos que proporciona la felicidad de la tierra.
DSCN0532_web Víctor López, joven periodista y estudioso, ha escrito sobre Manu Leguineche una biografía coral, “El Jefe de la Tribu”, para la que ha entrevistado a muchos de aquellos narradores que compartieron con él la aventura y el oficio de informar. Un libro hecho con mimo y pasión, como le gustaba a Leguineche, en el que se cuenta todo aquel mundo del periodismo que Leguineche aprendió en las putas calles del mundo, donde se forman los periodistas, escribiendo sobre los baches y los sucesos cotidianos que conforman la actualidad de la vida, del día a día de los ciudadanos. Por eso conviene explorar el oficio que Manu Leguineche aplicaba en el tratamiento de la actualidad y recordar un país, el nuestro, en el que todo estaba por hacer, el momento de la Transición Democrática, para no caer en la ignorancia de que muchos de los avances en la libertad de información que goza el ciudadano de hoy son frutos del esfuerzo que por informar con veracidad y rigor aplicaron periodistas como Leguineche.

Manu Leguineche. El Jefe de la Tribu.

Víctor López

Editado por Ediciones del Viento.

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Una cumbre inalcanzable

08 domingo Dic 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ángel Aguado López (Texto y fotos)

      —ENTONCES, DONY, QUÉ HAGO. ¿Echo la cerilla a la Amazonía?
—Bolsy, te he dicho mil veces que no me llames aquí, que la Pelosi lo mismo me ha intervenido el teléfono. Estos demócratas son insaciables, no buscan más que joderme. Yo te llamo, yo te llamo —y Dony cuelga de malos modos, deja el putter en un rincón, se dirige hacia el espejo del despacho oval y se restriega con saliva el flequillo.

    «Estoy rodeado de payasos, coño, primero el Zelensky. ¡El lío en que me ha metido el de Ukranistán!, o como se llame el país ese que quiere invadir el bueno de Vladi. Y ahora el Jair. Incapaces de tomar decisiones por sí mismos. Si hay que quemar una jungla, pues se quema. Ya nos cargamos medio Vietnam con el agente naranja. ¡Pues con el Amazonas igual! ¿Que se quema? ¡Que se queme! Total, si no hay más que monos e indígenas, que son como monos pero con plumas. ¡Salvad la naturaleza, salvad la naturaleza! Pero para qué, coño. A ver si van a comparar esa selva con mi mansión en Florida, que da gusto verla. Una legión de clandestinos que me arreglan los parterres a diario. Y sin cobrar. El milagro económico, digo yo, solo por el permiso de residencia, que ya veremos, que ya veremos… Los dreamers, los dreamers… Además, ¿cuántos aborígenes viven ahí con los monos? ¿Cinco mil, veinte mil? Pues los enviamos a cualquier favela de cualquier ciudad de mierda del cono sur para que se civilicen y se dejen de pendejadas. ¡El cambio climático, el cambio climático! Yo en mi tower no noto que haya cambio climático. Que hace calor, pues pongo el aire acondicionado. Que hace frío, pues pongo la calefacción. ¿Dónde está el problema? Estamos rodeados de comunistas y enemigos del imperio».

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      Suena el teléfono rojo y Dony lo descuelga. Se oye la voz de un asistente.
—Señor presidente, es Xi-Jinping.
—Pásemelo —«¡Otra vez el muermo amarillo! Qué pesado, ni siquiera juega al golf» se dice para sí. Espera unos segundos hasta que la voz del intérprete se oye por el aparato.
—¡Xiping, hello! No, no te preocupes. De lo de Huawei nada de nada. Nosotros tiramos lo que nos sobra y tú echas, en correspondencia, lo que quieras a la atmósfera. No, a lo de Madrid no vamos, no… no, es que Melania me pone la cabeza como un bombo con eso de que no la toque en público… ¡Estas feministas!… Sí, Xinjing, sí. Del CO2 nada de nada, lo que tú quieras, como si fuera tu planeta. ¡Tan amigos, Pinxign, tan amigos! Y cuando quieras nos hacemos unos hoyos para que mejores tu hándicap. Sí, aquí, en Florida. Yo te llamo, Xijing, yo te llamo —y cuelga. Recupera el hierro y se dispone a embocar en un agujero que ha hecho debajo del escritorio Resolute. Acierta. «Tengo que poner un green en el despacho, con hierba de esa verde, nada de artificial, para que vean que soy ecologista de verdad, darle un uso a esta oficina. Y a Trudeau le voy a llenar Alaska de pozos de petróleo, para que se ande con bromitas con Emmanuel y el Boris en Buckingham. Que se vayan preparando, que me voy de la OTAN. Verás qué alegría se lleva Vladi, verás qué risas cuando se lo cuente. Yo aquí, calentito en mi tower. ¡Que sube el nivel del mar… que suba!, que aquí no llega».

 

 

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       TODOS SE APUNTARON A LA MANIFESTACIÓN contra el cambio climático que se desarrolló el pasado 6 de diciembre coincidiendo con la cumbre que se celebra en Madrid. Indios mapuches chilenos mezclados con feministas, indígenas amazónicos, percusionistas zurrándole al bombo con malabaristas, activistas de Geenpeace, de Seo Bird Life, de Nucleares No, de Ecologistas en Acción, pancartas en contra de los vertidos fecales al río Guadarrama, de seguidores asiáticos de la iglesia del dios todopoderoso, contra la mina de uranio que se pretende abrir en Salamanca, o antitaurinos.

      Es difícil cuantificar el número de asistentes. Los casi seis kilómetros del recorrido, ocupados los treinta metros de la vía central del Paseo del Prado, de Recoletos y Castellana, multiplicados por el factor de 0,2 ocupantes por metro cuadrado (muy desigual la ocupación de la calzada) dan un resultado de 36.000 manifestantes, cifra más próxima a la ofrecida por la Delegación del Gobierno (15.000) y muy lejos del medio millón de personas que apuntó la organización, cifra absolutamente imposible.
Ninguna de las autoridades locales, Ayuntamiento y gobierno autónomo, prestó el más mínimo interés por la presencia de la activista sueca Greta Thunberg en Madrid, que resultó más bien molesta para ellas y desató las críticas y rechazo de los medios de comunicación “liberales”, que la tildaron de incómoda alborotadora y absentista escolar procedente de una familia desequilibrada y rara, venida del país del frío en un catamarán inaccesible para cualquier ciudadano común.


Los jardines, parques, calles y papeleras por donde transcurrió la manifestación se llenaron con posterioridad de carteles, papeles y misivas abandonados. El actor Javier Bardem, al final de la marcha, pronunció en la tribuna de oradores unos saludos poco afectuosos para el señor alcalde o el lejano presidente Trump, diana de muchos de los carteles acusatorios del cambio climático. Sin proponérselo, Bardem logró que la intención de la protesta se viera eclipsada por sus palabras, rápidamente aprovechadas por los políticos para distraer la intención ecologista de la manifestación. Tras las más de tres horas que duró la concentración, los manifestantes contra el cambio climático y el desastre ecológico se expandieron por la ciudad, abarrotada del gentío habitual en estas fechas próximas a la navidad.
Las grandes potencias económicas, las que más contaminan, no están presentes en la cumbre contra el cambio climático. Conseguir los objetivos previstos de emisiones 0 a la atmósfera en 2050 resulta una cima inalcanzable. El futuro de las próximas generaciones sigue pareciendo un mar de plásticos a la deriva en medio del océano Pacífico. Al final, las obras quedan, las gentes se van. La vida sigue igual.

Ecología, qué bonito nombre tienes.
Ecología, qué bonito nombre tienes.

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No dio tiempo, mentecatos

25 lunes Nov 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 1 comentario

Rafael Alonso Solís

Hace una semana fallecía en Madrid Margarita Salas. Habiendo sido, posiblemente, la científica más importante que haya nacido y trabajado en este país, hasta el momento de su muerte inesperada, Margarita marcó el camino para los hombres y mujeres –más necesario para las segundas, dadas las casi insuperables dificultades de la época– que deseaban dedicarse a la investigación en la España de los sesenta. Aquella España en la que, como ha contado Rafael Azcona tantas veces, hacía frío, olía mal y en la que, al menos un par de veces al año, un milico golpista recorría en coche la Gran Vía madrileña rodeado por bereberes a caballo. A lo largo de su extensa e intensa carrera, Margarita introdujo la naciente biología molecular en los laboratorios españoles, contribuyó a desarrollar la tecnología asociada a la manipulación y multiplicación del material genético a partir de la investigación básica, inició la transferencia de dicha tecnología –algo impensable y desconocido en la mayoría de las universidades y centros de investigación nacionales– generando un buen número de patentes, formó a varias generaciones de discípulas y discípulos en su laboratorio, demostrando de manera ejemplar que una mujer podía superar la discriminación y el machismo estructural del entorno académico a base de atrevimiento, decisión y trabajo. Hace algo más de un año, algunas personas de la Universidad de La Laguna pensamos que poder contar con Margarita Salas como doctora Honoris Causa no solo constituiría un honor para la institución, sino que serviría para impulsar la investigación biomédica de calidad que se está haciendo en Canarias, además de contrarrestar la vergonzosa brecha existente en esta universidad, con solo una mujer receptora del doctorado Honoris Causa frente a 39 o 40 hombres. Dada su edad, uno de sus discípulos, investigador del Hospital Universitario de Canarias y director de un grupo de investigación en el Instituto Universitario de Tecnologías Biomédicas, se encargó de conocer su disponibilidad para recibir el nombramiento, en caso de que lo acordasen los órganos correspondientes de la institución. Sin dudarlo, Margarita dijo que estaría encantada. Lamentablemente, como en tantas cosas, se topó con la iglesia –entendiendo la terminología clerical en un sentido amplio y cervantino–, y la propuesta acabó difuminada en el fango de la burocracia administrativa, sin que el entonces rector tuviera la mínima sensibilidad y visión para resolverlo. Dicen que fue él, aunque la posición no era exclusivamente suya –al fin y al cabo, el machismo obtuso aún constituye una epidemia de difícil erradicación–, quien se preguntó acerca de las aportaciones de Margarita Salas a la institución académica a la que estaba dispuesta a integrarse como doctora. Y cuando alguien se plantea ese tipo de dudas, no merece la pena tratar de iluminarlo. Pocos días antes de su último viaje, un nuevo equipo de dirección fue capaz de corregir el error del anterior y gestionó la aprobación del doctorado propuesto, pero ya no hubo tiempo. Además de escenificar públicamente un homenaje a Margarita, tal vez alguien debiera pedir excusas por su necedad.

 

Comentarios

Qué dura es a veces la vida de las mujeres y más en contextos clasistas y patriarcales.
Lamento mucho la ceguera de género y las resistencias al cambio en los contextos científicos, porque afecta directamente a nuestras carreras y trayectorias profesionales.
Este espíritu sexista y conservador, fluye e influye en todas las instituciones sociales, incluso en aquellas que aparentemente son garantes de derechos y libertades, tal y como hemos visto recientemente con sonrojo colectivo en el caso del Colegio de ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA……
Pero en el caso de las universidades, este sonrojo es al cuadrado, pues las resistencias al cambio son incompatibles per se con el progreso y el espíritu científico ya que su propia génesis es y será transgresora y revolucionaria.

Hasta la derrota siempre!!!!!! 💜

Dra. Esther Torrado Martín-Palomino
Profesora Investigadora del Área de Sociología. Universidad de La Laguna.

Departamento de Sociología y Antropología.
IUEM (Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres)

 

Bueno, como hay una intervención, me permito otra. No criticaré una coma de la vertiente sexista tocada en la petenera y en el mensaje de Esther. Pero sí tocaré otro relacionado con los rectorados y la gobernanza universitarias, con un ejemplo: tuve la oportunidad de cenar el jueves pasado con una persona que fué rector de la UV. Persona con predicamento. En la conversación que tocó a la universidad española repitió el argumento de que el entorno es el que es y la universidad no se puede sustraer, ni puede esperarse conductas distintas de las esperables. Podría sintetizarse: la universidad es el reflejo de la sociedad. Recuerda al otro: “los políticos son el reflejo de la sociedad”. Y el corolario es: nadie es responsable de nada. La sociedad es un magma que se mueve dirigido por vectores con frecuencia desconocidos y que por gemación produce entornos a su imagen y semejanza: políticos, universitarios, inspectores de hacienda, señoras de la limpieza y así sucesivamente. Yendo a los dos últimos ejemplos: si los inspectores de hacienda no levantan un fraude es que la sociedad es así y si las señoras de la limpieza no echan lejía al cubo del mocho es porque la sociedad es así. No esta mal aunque cabría preguntarse dónde queda entonces en el caso de la universidad dónde queda el supuesto liderazgo social y tecnológico, o si se quiere la vanguardia que se supone que alguien debería ejercer. La verdad es que yo no lo se. Siento no tener una respuesta después del alegato.

Juanvi

 

Buenas,

En respuesta a la reflexión de Juan Vicente, algo pesimista respecto a las posibilidades de cambio social.. Me animo a trasladar un mensaje alternativo a este que entiendo como práctico y realista:

1. Las sociedades no son inmutables, cambian si queremos que cambien. Y hay millones de ejemplos. Incluso una ciencia entera que analiza desde hace 200 años estos cambios sociales, la sociología.

2. No hay excusa, ni argumento para justificar ni las desigualdades ni la corrupción. Decir que hay miedo, desidia, mala leche, simple mediocridad, que todo el mundo hace lo mismo o que la gente no quiere perder privilegios, no es excusa. Solo es la excusa para los que no quieren cambiar.

3. El poder importa, la responsabilidad es mayor: he visto como cuestiones que podían cambiar, con muy poco esfuerzo, finalmente no lo han hecho porque una sola persona -quien tenía que decidir- se ha negado, o ha mirado para otro lado.

Es decir, no se le puede echar responsabilidad a la gente de cosas que dependen de quienes no hacen nada, pudiendo haber hecho. Y esto va para las universidades, y para el resto. Pero cuando digo universidades y resto, me refiero a personas de cuerpo físico. Las que hacen y deshacen en estos escenarios, que tienen una mayor responsabilidad que el resto.

La Universidad no es espejo de la sociedad, es referente de la sociedad. No hay excusa para no asumir la responsabilidad, cuando además, sí se asumen sin problema los privilegios que hasta ahora ha dado la universidad, precisamente por ser referente.Es decir, menos excusa y más actuación, que hay bastantes ejemplos de que se hace y se puede hacer, con un poco de voluntad, sobre todo la de quienes están arriba. Pero también, y venga desde arriba o desde abajo, de toda la comunidad.

Saludos cordiales y para que un cambio sea posible, porque sin él, no habrá avance real sino colapso. Lo que se queda atrás y llega tarde siempre, acaba siendo la cola, no el referente de nada.

Sara García Cuesta
Profesora de Sociología

Departamento de Sociología y Antropología
Facultad de Ciencias Políticas, Sociales y de la Comunicación

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Porque están ahí

18 lunes Nov 2019

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ángel Aguado López

            GERVASIO LASTRA Y JOSÉ LUIS ARRABAL eran dos montañeros experimentados. Sabían dónde se subían el 8 de febrero de 1970: la cara oeste del Naranjo de Bulnes, en Asturias. Pero no sabían de la fuerza del temporal polar que llegaba por el Atlántico y que congeló la roca de aquella montaña los días posteriores. Soplaban vientos de más de 160 Km/h y Lastra y Arrabal tuvieron que soportar temperaturas de -40º C durante varias noches colgados en el vacío de una pared vertical. Sus dos compañeros de apoyo al pie de la escalada dieron la alarma: ¡SOS, SOS, SOS…! Allá arriba, como dos moscas en mitad de una tarta de nata infinita, había dos cuerpos atrapados por la montaña. La noticia la emitió en directo el telediario. Hace 50 años en España sólo había dos canales de televisión y la expectación que se produjo llevó a todo el país a preocuparse por la suerte de los montañeros.

¡Salvad a los montañeros Lastra y Arrabal! Esa fue la consigna tácita que movilizó a todo el país. Aunque el rescate parecía imposible debido a las terribles condiciones atmosféricas. De toda España llegaron al Naranjo montañeros y voluntarios intentando descolgarlos. Se utilizaron dos helicópteros recién estrenados de la Dirección General de Tráfico, un Bell 47 y un Alouette, que se enfrentaron al huracán que impedía su acercamiento a la pared. El país seguía cada noche los esfuerzos que en aquel infierno de nieve se libraban para rescatar a los alpinistas. Arrabal, semicongelado y clavado en una repisa azotada por la furia de los vientos, no podía moverse. Lastra, más fuerte o con más suerte, consiguió la cima y con la ayuda de varios especialistas en alta montaña, los helicópteros y el empeño de todo el país consiguió descolgar a un Arrabal extenuado. Un Alouette lo trasladó a un hospital en Oviedo. El país entero respiró aliviado. Se había completado con éxito el rescate de aquellos dos aventureros. Pero no fue posible el milagro. Arrabal murió el 28 de febrero víctima de una pulmonía. Alcanzó, sin embargo, la inmortalidad en la historia del montañismo. Un país entero ajeno a las aventuras de la montaña y sin memorias deportivas semejantes se preguntaba qué llevó a aquellos hombres a desafiar a la naturaleza colgándose de una pared inaccesible; qué movía a un ser humano a semejante locura; cuáles eran las razones por las que dos jóvenes con toda una vida por delante se olvidaran del confort de un hogar y se expusieran a la muerte para conseguir el menguado honor de alzarse sobre un océano de hielo. Locura, irresponsabilidad, rebeldía, ignorancia… o tal vez las ansias de la gloria que concita el superar un reto imposible nunca antes conseguido: ¡La conquista invernal de la cara oeste del Naranjo de Bulnes!

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        «La montaña no es un deporte para tontos, es para gente espabilada, los tontos duran poco, la montaña es peligrosa, no hay que adentrarse en ella buscando la heroicidad» —dice Carlos Soria, un joven montañero de 80 años, afincado en Madrid, antiguo encuadernador y tapicero de profesión, con la serenidad ejemplar que le ha dado su larga vida de andanzas y conquistas por todas las cordilleras del planeta. Le faltan dos cumbres para completar las catorce 8.000 del Himalaya: el Shisha Pangma (8.013 m) y el Dhaulagiri (8.167 m). Carlos coronó el Everest con 61 años. «Soy aún la persona con más edad que ha subido al K2 sin oxígeno, con 69 años —subió con 70 su noveno 8.000—. Hay que pensar que además de subir una montaña hay que bajarla. La prudencia, la fe en uno mismo y el entrenamiento son fundamentales» sentencia desde su mirada serena e introspectiva de águila de las nieves del Guadarrama, su cordillera existencial.

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Carlos Soria en su casa de la Sierra del Guadarrama, el pasado 7 de noviembre de 2019.

        Edmund Percival Hillary era un neozelandés larguirucho y pacifista al que le gustaba subir montañas en busca de abejitas con las que construir colmenas y comerse su miel. Le tocó, no obstante aquellos comienzos brillantes de naturalista, ir a la 2ª Guerra Mundial y a punto estuvo de palmarla tras un ataque japonés en las Islas Salomón del que sufrió quemaduras graves. Le repatriaron en estado lamentable y durante tres años se lamió sus heridas ascendiendo por las montañas de Nueva Zelanda y recolectando el néctar que fluía de sus panales. Una cuestión de paciencia. Quizás fuera eso, su templanza, su bonhomía y su fidelidad a la Commonwealth lo que le llevó a la edad de 32 años a ser seleccionado como miembro de la expedición inglesa comandada por el brigadier —y posteriormente sir— John Hunt, comisionado por su graciosa majestad, la reina —en funciones— Elisabeth II, para conquistar, en 1953, el Everest.
Hillary estaba allí, a 7.890 m de altura, en el campamento VI, el último antes de la cima del Everest, el 28 de mayo de ese año, el día que el primer intento, protagonizado el 26 por los experimentados Tom Bourdillon y Charles Evans, fracasó. Y tras el segundo intento infructuoso, el 27 de mayo, protagonizado por George Lowe, Alfred Gregory y el sherpa Ang Nyima, que regresaron agotados, el comandante jefe John Hunt se dirigió a Edmundo Percival Hillary y en su perfecto inglés del Marlborough College le dijo: Muchacho, ha llegado tu hora, tú eres el elegido.
Hillary era, cómo decirlo, el suplente del suplente. Y no era, cómo decirlo, “british” de pura cepa. Aunque tuviera ocho apellidos ingleses. Pero la suerte le tocó el hombro con ademán equívoco: la gloria o el olvido estaban a su alcance. ¡Hasta la victoria siempre!, se dijo.
La del alba sería cuando Hillary, acompañado del sherpa Tenzing Norgay, de 38 años, salieron aquel 29 de mayo del campamento VI tan contentos, tan gallardos, tan alborozados por verse comisionados para la conquista de los cielos que el gozo les reventaba las cinchas de los arneses con que sujetaban las botellas de oxígeno. Y la suerte les sonrió y sin aparente esfuerzo les entregó en pocas horas lo que a los otros les negó durante años. Que sobre las 11:30 am hollaron la cumbre más alta del planeta y tras depositar en el techo del mundo algunos recuerdos y tomar fotografías que testimoniaran su éxito, emprendieron el regreso y sin novedad se plantaron en el campamento VI para comunicar al resto de la expedición el triunfo. «Hemos derribado al bastardo» le soltó al brigadier Hunt el larguirucho neozelandés amante de la miel. La noticia llegó el mismo día a Londres coincidiendo con la coronación de Elizabeth II, ya reina de Inglaterra. Era el mejor regalo que se podía hacer a los Windsor: Dieu et mon droit.
Su graciosa majestad, agradecida, distinguió a los componentes de la expedición con la medalla de la coronación. Hillary y Hunt fueron nombrados caballeros. Inglaterra añadió otro reconocimiento a su historia y mantuvo su proyección universal. Y para Hillary y Tenzing aquello fue el comienzo de una hermosa amistad que prosiguió hasta el final de sus días. Otros, sin embargo, habían muerto en el intento de convertirse en héroes.

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Edmund Hillary y Tenzing Norgay tras descender victoriosos de la cumbre del Everest, mayo de 1953.

       Carlos Soria es el decano del montañismo español y uno de los más respetados alpinistas del mundo. ¿El secreto para llegar a eso? «La prudencia es la mejor virtud del himalayista, el sentido común, hay que evitar la heroicidad —dice Soria—. Nunca exponerse a una muerte por exceso de confianza. Las avalanchas impredecibles y el cambio de tiempo son los mayores peligros de la montaña. En el Kanchenjunga me di la vuelta a 300 m de la cumbre porque no lo veía claro. Llevábamos como cinco horas de retraso, a la cumbre vas de noche, decidí darme la vuelta, iba con un sherpa que me insistió en subir porque me veía muy fuerte. Fue una decisión providencial. Aquel día fallecieron cinco personas cerca de nosotros. Luego, cuando descendimos y nos enteramos de la tragedia me dijo: qué bien que hemos bajado, podríamos haber sido de los que no lo contaran».

        Vesania, temeridad, sobreestima, o excesiva confianza en uno mismo. Qué lleva a un hombre a esos retos imposibles, a subir esas montañas que le aguardan como tumbas excavadas en la nieve. Carlos no tiene dudas, una disciplina espartana es esencial para adentrarse en las alturas: «Al que no la conoce, la montaña le parece una cosa terrible. Psicológicamente tienes que estar equilibrado. Y tener una buena condición física. Yo me aclimato en altura subiendo y bajando cuestas. He entrenado durmiendo muchos días en una cámara hipo-bárica. Y como tenía dudas de su efectividad subí al pico Lenin, 7.134 m. No tuve problemas porque casi desde niño he hecho escalada. Toda la vida. He pasado de Pakistán a China en bicicleta. Cerca de 5.000 m de desnivel, con 52 años».
Soria, un asceta, un místico de la montaña, también se revela contra la mala imagen en la que ha sumido al montañismo el consumo turístico del Everest. «Estoy harto de la fotografía del Everest invadido por turistas. Aunque pienso que, siendo un monte peligroso por su altura, apenas si suben 700 personas al año, mientras que el Kilimanjaro, el Aconcagua o el Aneto lo suben todos los años miles de personas sin que se considere turismo. Y más de 800 personas suben en el verano el Mont Blanc».
Carlos es contundente sobre el trabajo que prestan los sherpas y deplora el rechazo que sufren por parte de algunos “amateurs” que se acercan a las montañas por esnobismo: «Soy un admirador de los porteadores. Ahora hay toda la información del mundo y algunos alpinistas estudian la ruta por internet y prefieren no contratarlos. Están equivocados. Los sherpas son muy buena gente. En el alpinismo hay mucho que presume de practicar el estilo alpino, de ir sin sherpas, sin ayudas y luego se aprovecha de las cuerdas que ponen los sherpas. El único que ha ido en estilo alpino ha sido Reinhold Messner, ha sido el único que ha estado solo en el Everest. Y sufrió la pérdida de un hermano en un descenso y él se salvó de milagro. Messner es un genio tanto en roca como en hielo, un revolucionario. La del sherpa es una profesión peligrosa, se ganan muy bien su dinero. Esos turistas que presumen de subir al Everest llevan sherpas que cargan con sus botellas y les atan a las cuerdas fijas. Messner fue el primero en subir sin oxígeno. Ahora poca gente sube sin cuerda fija».

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Carlos Soria en la expedición al Manaslu, 1975.

Tal vez porque haya vendido su alma a Lucifer Carlos Soria parece conectado a la eterna juventud, es historia y habla sobre sus logros anteriores y sus proyectos venideros. «Yo he subido el Makalu a los 69 años sin oxígeno. En el Everest lo utilicé a partir de los 8.000 m. Tuve problemas y bajé casi sin oxígeno. La máscara me impedía la visión y me la quité. En el Himalaya siempre hay que escalar algo. Cuando comencé en España sólo había cuerdas de cáñamo, era el año 1960. Todavía no existían los arneses. Fui a Chamonix en el año 62 con vestimenta de calle, lo único que había. La mochila me la hice yo. Con mis hijas y mi mujer he subido al Cervino. Era otro mundo distinto. A veces escalábamos sin cuerda. Si te caías te matabas, pero no tienes por qué caerte. Hice mi primera ascensión al Mckinley en solitario. Estaba a 6.000 m, allí no había sherpas».
Y sobre el problema ecológico y las basuras que arrastra el turismo de escalada y las expediciones al Himalaya su visión es clara. «En el cielo vuelan a diario 25.000 aviones y estamos acabando con los océanos. En una cadena montañosa de 2.400 km de largo y 400 de ancho la porquería está localizado en cuatro puntitos. Para la economía del Nepal es fundamental la visita a sus montañas. Ahora en Nepal se dan permiso a todo el que pueda pagarlo. En el Everest va mucha gente y gracias a las visitas de extranjeros Nepal obtiene mucho dinero. Nosotros en España hemos destrozado todas nuestras playas porque la economía del país lo necesitaba. No podemos condenar al gobierno de Nepal por permitir el turismo. Estamos acabando con todo. El mar es una inmensa bolsa de basura que se extiende por todos los océanos».
«La montaña más traidora es el Annapurna, por las avalanchas. El K2 también es muy peligrosa. Pero no es más peligrosa la montaña que una gran ciudad. He perdido amigos allí arriba y también a uno en un atraco, aquí en Madrid». Y como persona ponderada se declara partidario del sentido común en sus hábitos vitales. «Como de todo cinco veces al día: pescado, pollo, carne roja, verduras, frutas, legumbres, leche, embutidos. Me colocaron una prótesis en una rodilla y en la primera expedición mis hijas, como siempre, me han animado a seguir con mi afición. Que sí, que me ha costado dinero, que me la he tenido que pagar de mi bolsillo. Sí, a veces algún banco me ha financiado la escalada. Y ahora Movistar me ayudará en mi próxima expedición. Un destino secreto que prefiero no desvelar».

¿Subieron Irvine y Mallory el Everest en 1924?

«No lo creo —dice Carlos—. Porque, además de subir hay que bajar y certificar que estuviste allí, aportar pruebas que corroboren tu victoria. Y con aquellas ropas que llevaban, con aquellos equipamientos… Hubiera sido una hazaña imposible para la época. Hay muchos bocazas y mentirosos que exageran las cosas en esto de la montaña» —sentencia Soria con la sabiduría que le han dado las nieves.

       Para velar por la verdad estaba miss Elizabeth Hawley, la “notaria” de las cumbres que daba fe de las ascensiones al Himalaya. Soria la conoció en 1973, falleció en 2018. «Cada expedición tenía que enseñar los deberes que había hecho en la montaña y aprobar su examen posterior ante la notaria. Miss Hawley constantemente nos preguntaba sobre aspectos de la escalada, lo que había al oeste de la cumbre, lo que había al norte, lo que se divisaba al sur de la ascensión. Creíamos que aquella americana de Chicago era de la CIA, una espía, cuando era una adorable viejecita que se trasladó a Katmandú como reportera de Reuter en 1960 y que nunca jamás había subido una montaña. Pero eso sí, su veredicto era determinante. Los sherpas le proporcionaban mucha información sobre los hábitos y logros de sus clientes. Llegabas al hotel y te tiroteaba con preguntas. Y con sus deducciones emitía su juicio. Era tenaz e imparcial, nunca le decía a nadie que no había subido, pero en caso de duda ponía en su expediente “ascensión dudosa” y el montañero tenía que aceptar de buen grado su sentencia y repetir el intento en algunos casos».

 

        «Porque están ahí» decía Mallory cuando le preguntaban por qué subía montañas. Porque estába ahí el Everest había que subirlo, como si fuera el Sagarmatha —nombre nepalí del Everest— un puerto de tercera. Irvine y Mallory forman en la mitología del montañismo algo parecido a Romeo y Julieta en el amor; a don Quijote y Sancho en la lealtad; a Amundsen y Scott en la conquista de los polos; al doctor Livingstone y a Stanley en su lucha por descifrar los misterios africanos; a Armstrong, Aldrich y Collins en expandir los límites conocidos del universo; a Magallanes y Elcano en su afán por descubrir nuevas rutas, nuevos mundos. Muchos murieron en el intento de desvelar qué mueve al hombre a traspasar los límites de la montaña, sus lindes. Se salvó Sancho, el más pragmático, el más sensato, el más prudente. Sancho hubiera sido un buen montañero, le podía el sentido común. Quizás hubiera llegado al Everest. Quizás no hubiera llegado a ninguna parte, ni siquiera a Puerto Lápice si don Alonso Quijano no le hubiera arrastrado en su locura y en su lucidez. Carlos Soria es a la vez don Quijote y Sancho, por eso sube montañas y por eso sale indemne. Es un hombre sabio, o loco.

         Andrew Irvine era un tipo guapo, muy guapo y muy fuerte. Tan fuerte que formó parte del “ocho con timonel” de Oxford, ganador en la regata por el río Támesis de 1923. Y un gentlemen. En esa universidad estudiaba ingeniería mecánica y bailaba el Foxtrot y el Charleston con jovencitas que se enamoraban de él al rozarle sus mejillas cuadradas y sus labios carnosos. ¡Los felices años veinte! La conquista de las cumbres del planeta suponía la mejor propaganda para el imperio británico tras la victoria en la Primera Guerra Mundial. Irvine, siendo aún estudiante de secundaria patentó un mecanismo que permitía sincronizar el disparo de las ametralladoras Lewis de 12 mm entre las palas de las hélices de los Sopwith Camel sin dañarlas. Gracias a su ingenio, los aviones ingleses derribaron el Fokker DR I pilotado por Manfred von Richthofen en la batalla del Somme, el 21 abril de 1918. Y su fama aumentó al inventar un regulador de presión que permitía aspirar el aire de las botellas de aire comprimido sin dañarse los pulmones. Además, Irvine tenía ocho apellidos ingleses. Quizás por eso o por sus dotes atléticas fue elegido por el comandante-jefe Charles Bruce, comisionado de su graciosa majestad Georges V, para formar parte de la tercera expedición inglesa que pretendía conquistar el Everest. El 8 de junio de 1924 regresaba, supuestamente, de la cima en compañía de George Mallory cuando una tormenta de nieve los sorprendió a unos 8.400 m de altura y desapareció para siempre. Tenía veintidós años. En 1933 una expedición mandada por sir Percy Wyn-Harris encontró a 8.340 m de altura su piolet. Irving era demasiado joven para morir, su rostro amable, su cuerpo congelado se perdió en el glaciar del Khumbu, su juventud se quebró sin recibir el calor de unos labios de mujer, perdida su virilidad en una cueva de hielo.

        En 1999 otra expedición al Everest encontró los restos de Georges Mallory a 8.100 m. Georges Mallory tenía tres hijos, combatió con el grado de teniente en la Gran Guerra y fue amigo del economista John Keynes, iba a cumplir treinta y ocho años cuando falleció. Sus ocho apellidos eran ingleses. El cuerpo de Mallory tenía fracturados el fémur y la tibia de la pierna izquierda, pero estaba magníficamente conservado a pesar de los setenta y cinco años transcurridos. Aún guardaba entre sus ropas unas gafas de glaciar, aunque no apareció una fotografía de su mujer, Ruth, que Mallory prometió dejar en la cumbre si la conquistaba, como señal de amor eterno. La prueba definitiva que demostrase que ambos montañeros hollaron por primera vez la cumbre más alta del planeta sería una fotografía hecha en el momento de pisar la cima. Pero nunca se encontró la cámara que Mallory llevaba siempre consigo, una Kodak Vest Pocket.

Mallory_Irvine_Everest

Miembros de la expedición inglesa que acometió la escalada al Everest en 1924. Irvine es el primero, de pie, por la izquierda. Mallory es el segundo, de pie, al lado de Irvine.

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