Ángel Aguado López. Fotos de Terry Mangino
EL PASADO JUEVES, 23 DE MAYO, se entregaron en el antiguo palacete de los duques de Pastrana, en Madrid, los premios TIFLOS 2018 de literatura que cada año convoca la ONCE. A esta edición, en sus diferentes versiones de novela, poesía y cuento se presentaron 843 trabajos procedentes tanto de España como de Hispanoamérica.
Entre los miembros del jurado están personalidades como Luis Alberto de Cuenca, José Manuel Caballero Bonald, Luis Mateo Díaz, Fanny Rubio, Ángel Basanta o Santos Sanz Villanueva. El ganador de novela fue el escritor Miguel Ángel Carcelén Gandía, por su novela titulada “Retrato de cadáver con fondo vegetal”. En poesía el premio correspondió a Toni Quero Cárcel, por su poemario titulado “El cielo y la nada”. Y en cuento, el premio fue para Josué Sánchez Hernández, por su trabajo titulado “No se trata del hambre”. Hicieron entrega de los premios el director general adjunto de Servicios Sociales para Afiliados de la ONCE, Andrés Ramos, acompañado de Mª José Sánchez Lorenzo, secretaria del Concurso TIFLOS.

Además, se concedieron premios especiales para escritores con discapacidad visual. El de poesía correspondió a Maximiliano Mariblanca Consuegra, por su trabajo titulado “Alta y libre alegría”. El de cuentos fue para Ana Eugenia Venegas Moreno, por su trabajo titulado “Una instalación en Berlín” Y el premio especial de novela a César Delgado González, por su trabajo titulado “Caruba, ojalá me hubiese muerto cuando nací”. Los libros están editados por Edhasa-Castalia, cuya editora, Penélope Acero, forma también parte del jurado. Todos los títulos se podrán encontrar en la próxima Feria del Libro de Madrid que empieza el 31 de mayo venidero, en la caseta de Edhasa.

Josué Sánchez posa en la Plaza de Lavapiés y en el Cine Doré, el pasado viernes 25 de mayo.
«Un ángel del Señor» piensa doña María José. Y se dirige hacia Josué Sánchez, flamante ganador del premio TIFLOS 2018 en su versión de cuentos.
—¿Me lo firmas?
—Claro. A quién se lo dedico —responde con una sonrisa Josué.
—Para Pepita.
“Para Pepita con el deseo de que disfrute del libro tanto como yo con su presencia” escribe entre sonrisas Josué en la primera página. Y doña María José, perdón, Pepita, siente un no sé qué al leer la dedicatoria, se desmelena en un arrebato adolescente y le da un beso casto al escritor, al cuentista Josué para absolverse del pensamiento impuro que le ha alterado la razón: «Podría ser mi hijo, un ángel del Señor, un niño pinche» se confiesa contrita.
«Cuando os llegue la hora, que os pillen con
el corazón desgastado de tanto usarlo»
Josué Sánchez Hernández nació en Veracruz, México, hace nada. No tiene que ver ni con Gary Cooper ni con Sarita Montiel, aunque aprendiera el oficio de escribidor en la cocina del cine, de manos de Francis Ford Coppola. El gordo Clemenza, con la venia de Michael Corleone, le enseñó cómo mezclar los verbos con los predicados y los personajes con las tramas y los espacios, la psicología de los secundarios con el punto de ruptura y con el planteamiento, el nudo y el desenlace del protagonista. Todo esto sin pasarse de sal lírica, con los calificativos justos y añadiendo unas gotitas de mezcal, gusano incluido, a su prosa requetebuena. Tiene escrito un montón de libros Josué Sánchez Hernández, a pesar de su juventud, que parece en su precocidad imitar el ardor juvenil de don Mario. Sí, don Mario Vargas Llosa. Encima, se ha leído la integral de Carlos Fuentes, todo de Juan Rulfo, todo de García Márquez, de Julián Mitre, de Fernando Melchor, de… Ha leído tanto que incluso se declara heredero de don Ramón María del Valle Inclán.
«Sí, soy el tataranieto de la niña Chole, por más que el marqués de Bradomín no reconociera al producto de sus entrañas, mi bisabuela Lilí» suelta el pinche niño Josué mientras camina por el barrio madrileño de Lavapiés sin que nadie repare en él, que bien podría pasar el niño Chole, el pinche Josué por otro habitante más de estas calles laberínticas y sus personajes escapados de su libro premiado: “NO SE TRATA DEL HAMBRE”.

“NO SE TRATA DEL HAMBRE” es un libro escrito con el desparpajo de los pocos años, siempre vertiginoso e implacable el cuentista Josué describiendo personajes y lugares que aquí suenan exóticos porque lo humano, el hombre, es un ser obsesivo e incongruente que sacia su hambre con aventuras delirantes, bien sea en Ciudad Juárez, en el cine Doré, en la otra orilla del río Colorado o en san Luis de Potosí.
Así que apresúrense no más, y corran a leer los cuentos del pinche Josué, que no son para perdérselos, que de seguro que se van a descacharrar de tanto reírse. Aunque lo mismo les da por reflexionar sobre la verdad de la vida y van y descubren que la existencia es eso: dos buenos momentos de felicidad y muchos malos ratos de mixtificaciones y fantasías malajes, peyote puro, sobrellevadas al hombro con rechinar de dientes y mucha jambre. Y todo lo demás son cuentos.
«¡No más que puro cuentista es el niño Chole, el pinche Josué Sánchez! Sí, no más» confirma doña Pepita abanicándose el sofoco.





Hubo un tiempo en que hasta intenté explicar a algún antitaurino la emoción que se podía sentir cuando, desde la tranquilidad del tendido, se produce esa misteriosa conjunción entre toro y torero en el centro del ruedo. Tarea tan imposible como que yo pudiera tener, por aquel entonces, algún atisbo del sufrimiento del animal encerrado en un círculo infernal, sin salida y sin nadie que hiciera caso a sus gemidos, ni fuese capaz de apreciar en su mirada el dolor y la angustia ante una situación inexplicable, su miedo ante la muerte, jamás expuesto por los cronistas ni tratado de comprender por su matador. Tuvo que ser Fito, mi perro –que se marchó a un parque cerca de las estrellas hace unos meses–, quien me lo hizo comprender de golpe y sin pronunciar una sola palabra. Simplemente me miró a los ojos y ahí se gestó mi retirada. Se acabó. Esta tarde, más cerca de las siete que de las cinco, me echaré al ruedo de Sol para anunciar, como cada año, que los fachas no pasarán.
Ambos, Aznar y Rato, solían ver las procesiones de Semana Santa desde un balcón en Carabaña acompañados por Ramírez, por entonces un periodista de moda que aspiraba a ser el Randolph Hearst español, y que ha acabado de comentarista en tertulias de medio pelo, en las que le suelen mojar la oreja. Con el tiempo, aquella derechona que jugaba al pádel y hacía abdominales se autodefinió como centrada e integró a todas las jaurías que andaban perdidas y casi a punto de echarse al monte, desde los restos de la CEDA a los falangistas, pasando por los propagandistas católicos, los gironistas, el OPUS, los jefes del SEU y los liberales sin matiz. Lo malo del centrismo autodefinido es que no se trata de un concepto geométrico ni ocupa la posición de la mediana, sino que se vende como el lugar en que se sitúa el deseo, una vez que los analistas de mercado han decidido el tamaño del mapa y establecido las líneas fronterizas. Luego se colocan cosas a un lado y otro y se les van adjudicando ideologías. El método es tan flexible como oportunista, de modo que la clasificación puede modificarse de un día para otro sin que haga mucha falta adecuar el argumentario a las nuevas variables. En su evolución, la dúctil derechona se ha convertido en derechuza, una vez que ha decidido mostrarse sin complejos y permitir la manifestación de su alma pija, chula y tenebrosa. Que la petulancia y sobreactuación de sus líderes les haya hecho fracasar esta vez no debiera tranquilizar. Han bastado cuarenta y ocho horas para que den un giro a la táctica y falseen el discurso. Pero siguen ahí, como una trinidad latente, lista para unirse bajo el ominoso espíritu de Cuelgamuros. (Fotos de Terry Mangino)







Montmartre, il faut bien monter 


