La Arquitectura define el carácter y personalidad de la ciudad, encauza la percepción que de ella se tiene y gobierna las relaciones de las personas con el entorno urbano. Aliada con el Urbanismo interviene directamente en la vida del binomio ecológico habitante/ciudad, matrimonio singular, frágil y quebradizo, ambos son el nexo entre residente vivo y espacio físico, condicionando el devenir diario y las costumbres de sus pobladores. La actuación urbanística que promovió Georges-Eugene Haussmann en Paris, en los años 60 del siglo XIX, produjo una transformación absoluta de la urbe que fue durante décadas el modelo a seguir en las grandes capitales europeas. El Museo Guggenheim ha supuesto para Bilbao un cambio radical en la percepción que de la vieja y sucia ciudad portuaria se tenía, cambiándola por la idea de un lugar abierto, limpio y atractivo visualmente, lejos de la sensación herrumbrosa de chatarrería oxidada y hollín que antes se asociaba con la ría. En El Ciego, La Rioja, la Bodega Marqués de Riscal, obra como el Museo Guggenheim de Frank Gehry, ha transformado por completo la relación que sobre el negocio y exposición comercial del vino se tenía en la zona. Algo similar sucedió en Avilés con el Centro Niemeyer. O en las afueras de París con la Villa Savoye, la máquina de vivir, obra revolucionaria de Le Corbusier, que en su momento causó tanta expectación como controversia y polémica. Aún hoy, el ideal y obra de Charles Edouard Jeanneret es un paradigma cuasi filosófico a debate y estudio en las escuelas de Arquitectura.
Antonio Palacios frente al edificio del Círculo de Bellas Artes, en Madrid, sobre 1922.
En Madrid, unos edificios claros, a comienzos del siglo XX, que contribuyeron a su expansión como ciudad moderna y capital fueron las construcciones diseñadas por Antonio Palacios (1874-1945) y Joaquín Otamendi (1874-1960), que con los ejes urbanísticos Prado-Recoletos-Castellana, Calles Mayor y Alcalá, y Gran Vía supusieron una modernización y alivio espacial y vital a una ciudad estrecha, incómoda, fea y aquejada de antigüedad y oscurantismo. Ambos arquitectos, formados en la Escuela Técnica de Arquitectura de Madrid, dejaron un buen puñado de obras en esos años que contribuyeron al esplendor y al disfrute de la villa como un ente vivo, bello y ornamental. Sus ideas y proyectos forman parte del patrimonio arquitectónico madrileño. Hoy son admiradas como una contribución al avance de la gran capital para encontrar su lugar y referencia en la España invertebrada. Obras como el edificio de Correos, la sede del Círculo de Bellas Artes, el edificio de las cariátides de Barquillo, el voladizo de la entrada al metro en Gran Vía, o las posteriores (finales de los 50 del siglo XX) torres de la Plaza de España, obra de los hermanos Otamendi, forman un patrimonio en el que funcionalidad, belleza, eficacia urbanística y armonía entre el medio urbano y el ciudadano no están reñidas.
Los hermanos Otamendi en una foto tomada por Gyenes, años 50 del siglo XX.
Y sería de justicia urbanística hacer referencia a los arquitectos de la generación del 25 que contribuyeron a hacer de la capital una ciudad habitable, aquellos como Arniches y Domínguez, o Secundino Zuazo, o Luis Gutiérrez Soto, o José de Azpiroz, o Manuel Muñoz Monasterio, o Ignacio Cárdenas, que con sus ideas y edificios contribuyeron a dar un aire de vida, belleza y acogida al viejo caserón manchego para sus habitantes.
Fotos de Terry Mangino (pinche sobre la foto para verla en grande)
Palacio de Correos, obra de Palacios y Joaquín Otamendi, 1909.Interior de Correos, aires catedralicios, gran galería y pasillos corredores en torno al patio principal. La Rubia, diosa de la belleza ideada para adornar el espacio interior. Marquesina voladiza de la entrada del Metro de Gran Vía. 1919. Reconstruida en 2021.Vista de la marquesina de entrada al metro de Gran Vía. La marquesina frente al edificio de Telefónica, obra de Ignacio Cárdenas, 1929.El alcalde Arias Navarro, destructor de monumentos y promotor de la ciudad/automóvil, desmontó la marquesina original en 1970 y llenó de vehículos la calle Montera, ahora recuperada para el tránsito peatonal. El rótulo identificativo del Metro es también obra de Antonio Palacios.El edificio del Círculo de Bellas Artes visto desde la Gran Vía. Proyecto de 1919.Edificio del Banco Mercantil, actual sede de la Consejería de Cultura de Madrid, Alcalá, 31. Inaugurado en 1943, uno de los últimos edificios de Antonio Palacios.Diseño original de Antonio Palacios.Interior de Alcalá 31, espacio reservado para exposiciones. Hospital de Jornaleros, calle Raimundo Fernández Villaverde. 1916.Proyecto para el Casino de Madrid. No resultó elegido.Casino de Madrid. El proyecto añadió elementos y formas constructivas de Palacios.Proyecto para el Casino de Madrid. No resultó elegido. Edficio del Banco Central, Calle Alcalá, esquina Barquillo, actual sede del Instituto Cervantes. Construido entre 1910-1918.Detalle de las cariátides de la puerta principal. Hotel Florida, en la plaza del Callao. Fue el hotel que albergó a los reporteros internacionales que cubrieron el asedio de Madrid durante la Guerra Civil. Contó entre otros con huéspedes con Hemingway o Martha Gellhorn. Construido entre 1920 y 1924. Fue derribado en 1964 siendo alcalde el Conde de Mayalde, conocido filonazi. Ahora es un edificio comercial de El Corte Inglés..Acceso a la estación de metro de Tirso de Molina. La Bombonera, 1919.Dibujo alzado de proyecto de Palacios. Plaza de España en la actualidad.Alzado del Edificio España, obra de los hermanos Letamendi. Proyecto de 1956.
¿Qué es poesía? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul… Fue Sara, su nieta, la que le preguntó una mañana de mayo florido y hermoso a Ezequías Blanco tan difícil cuestión. Ezequías se rascó la cabeza y pensó que mejor que darle una conferencia literaria como las que daba a sus alumnos del instituto era escribirle a la niña unos poemas para que comprendiera el sentimiento y el amor que hay que exponer en palabras para que el lector sintiera qué es poesía. Y de ahí salió “Décimas para Sara”. Un poemario que le gustó mucho a Sara.
Ezequías lo quiere presentar y ha convocado a sus amigos y al público en general a un coloquio en Getafe, donde ejerció de profe matemático-literario, el próximo viernes 30 de mayo, a las 19:30. Será en Espacio Mercado, Plaza de la Constitución, 5. Getafe.
¡Es súper guay, el libro, mi abuelo también! —asegura Sara.
Ernest apuró su tercer bourbon camuflado entre la multitud que llenaba el Paseo de Coches de El Retiro. Martha Gellhorn le esperaba junto al ángel caído de Ricardo Bellver. Dos Passos evitó el encuentro refugiándose en la motora del estanque. Nunca comprendió que Ernest le negara su apoyo para esclarecer la desaparición de Robles Pazos. Los enamorados se besaban frente al monumento de Alfonso XII. ¡Te querré siempre!, le decía Benicio a Rosalinda, que sabía que era mentira, que tenía otra, pero… ¡el beso era tan dulce! Javi Javichy, especialista en risas, llamaba a su perrito Bruno al orden. Bruno se refugió en las manos de Amanda, de siete años, venida del Ecuador y aún sin regularizar papeles, su mamá. Hey Jude d’ont make it bad cantaba una multitud de sinfónicos nacidos en mayo del 68 en la pradera enfrente de la Cuesta de Moyano. ¡Estos jóvenes!, pensaba don Pío Baroja con cara hipocrática desde su monolito de bronce. Igor Gnomo le extraía con sus caricias todos los lamentos íntimos a su guitarra brasileira acompañado de la voz de Aroa Fernández, aquello era un derroche de gusto. ¡Ay, la música al servicio del placer! Allí arriba, en lo más alto, Aniceto Marinas miraba a una mujer que perdía su mirada por el estanque. Sí, su figura le sabía a yerba de la que nace en el valle, era como una mujer perfumadita de brea, perfecta para figurar en su monumento a La Libertad, junto a la de aquel rey que murió de tanto amar.
—No sé, Ernest, —le dijo la Gellhorn— tal vez si nos fuéramos al Florida —el hotel— podríamos alegrarnos esta tarde tan apacible retozando sobre las sábanas. Aún te falta escribir la mejor de tus novelas y la puedes escribir sobre mí.
—Me parece bien —dijo Ernest.
El Retiro era una fiesta.
Fotos de Terry Mangino
Quizás porque mi niñez sigue jugando en tus prados… A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino…Y escondido en tu estanque duerme mi primer amor…Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya…Ay, amor, sin ti no entiendo el despertar…Para que pintes de azul mis largas noches de invierno…Y amontonado en tus guiños guardo amor, juegos y penas…Eres como una mujer perfumadita de brea….Que se añora y que se quiere, ay…En la ladera de un monte más alto que el horizonte, quiero tener buena vista…Entre la playa y el cielo…Cerca de El Retiro porque yo nací en el Madrid
36.000 mujeres tributaron el domingo 11 de mayo un agasajo postinero a ese Madrid lleno hasta la bandera, últimamente de guiris. Trotaban ellas por sus calles llenándolas de pétalos de rosa y esfuerzo atlético. Por un rato la ciudad perdió el trajín de rompeolas y se llenó de latidos y zancadas. Aguardaban las calles el paso de la carrera y se escuchaba un silencio olvidado y expectante. El río que nos lleva, ese Manzanares galante de aguas últimamente, se vistió de rosa y se trasbordó a la Castellana, a Recoletos, a Cibeles, a la calle de Alcalá, donde va y viene la florista hasta acabar en el Parque del Oeste, uno de los pulmones de Madrid. Y cuando la marea rosa se desbordó por la Gran Vía todo se llenó de un tsunami carmesí, de alegría contagiosa para los turistas maleteros que miraban sorprendidos aquella agitación de piernas corredoras, de sudor retrechero, de linimento, jadeos y agujetas. Casi siete kilómetros para comprobar el estrago que el paso del tiempo nos deja, o por la necesidad de hacer ejercicio o para conversar con la amiga de toda la vida a la que no ves desde hace tiempo, la excusa perfecta para emplear el domingo por la mañana.
Una gran atleta descendía como un torrente a su paso por el Paseo de Recoletos.
¡Qué bien he corrido, no me he cansado nada!, le decía doña Mari Carmen a su amiga del alma, doña Margarita, tras emplear casi dos horas en el recorrido. ¡Es que nos conservamos muy bien!, no hay nada como el shopping. Yo todas las semanas recorro algún outlet en busca de gangas, le respondió doña Margarita. Las atletas de élite hacía tiempo ya que habían terminado la carrera. Ivana Zagorac, la primera clasificada, la corrió por debajo de tres minutos el Kilómetro, 20 minutos y 34 segundos, una gran marca. Pero se perdió la conversación entre doña Carmen y doña Margarita. Siempre hay que renunciar a algo cuando se está en la elite. Madrid era una fiesta rosa, decía Hemingway desde el Hotel Florida, en Callao.
Fotografías de Terry Mangino
Expectación en el metro camino de la salida.Ivana Zagoraz, la primera clasificada, 20’34¨Clara, quinta; Laura, segunda; y Paula, tercera, a su paso por el Paseo de Recoletos. Por la Calle de Alcalá, Km, 3. Entrada del grupo de cabeza a la Calle de Alcalá. Gran Vía, obra de Antonio López, pintado entre 1974 y 1981.La carrera a su entrada a la Gran Vía.Gran Vía desde Callao a Plaza de España.Gran Vía desde Callao a Plaza de España. Plaza de España. Plaza de España.
Esos perritos que alborozan el ánimo de las personas, que sirven de consuelo e ilusión diaria, de compañía y estímulo para los corazones solitarios que tienen en ellos un amigo, un oyente mudo con el que conversar aunque sea sin recibir palabras, sólo su mirada atenta mientras mueven el rabito en señal de afecto. Sí, Jumble, el perrito fiel de Guillermo Brawn; o Lassie, la perrita aventurera que acompañaba a Elizabeth Taylor; o Laika, aquella perrita cosmonauta cuyo cuerpo giró durante 163 días en la órbita terrestre; o Snoopy, el único apoyo en quien confiar del incomprendido Carlitos Brown; o Scooby-Doo, un perro pasota, único amigo de Shaggy; o Rin Tin Tin, el perro policía y guardián del orden que pone en apuros a los malos.
Resulta que el Ministerio de Sanidad tiene pensado una ley, la 666/2023, que impide a la medicina veterinaria utilizar medicamentos humanos en los animales, o indica un uso restrictivo y limitado de algunos fármacos, lo que limitaría la salud de los perritos. Y los veterinarios consideran que esa ley va en contra del bienestar de sus amigos y se han unido para protestar contra la ley porque reduce, o dificulta, las posibilidades de curación en los canes que contraigan enfermedades.
El pasado 7 de mayo, veterinarios de toda España se concentraron en Madrid, en las puertas del Congreso de los Diputados para pedir la anulación del proyecto de esa ley y la dimisión del ministro del ramo. Se armó un gran alboroto enfrente del Congreso, a las puertas del Hotel Palace, serían como medio millar los manifestantes, que pitaban y pitaban a través de sus silbatos. En su sillita de transporte, Famalda, una perrita caniche, miraba pacientemente aquel jaleo sin inmutarse. Su ama, veterinaria venida desde Málaga, le premiaba con galletitas perrunas su buen comportamiento. Al final, Famalda también se incorporó a la protesta. ¡Guau, guau, guau, guau!, ladraba desaforada, que en lenguaje perruno quiere decir que no le restrinjan ni le priven del uso de medicamentos que le puedan salvar la vida si está malita.
Fotos de Terry Mangino
Protesta en la Carrera de san Jerónimo, el 7 de mayo, contra la nueva Ley de Salud Animal.Manifestante en contra de la nueva ley de salud animal.Compañía entre chicas.Famalda durante la protesta.Amor perrunoAmistad entre chicas. Aspecto de la protesta frente al Congreso de los Diputados.
Correr, correr, correr para evadirse del tiempo, de la angustia diaria, de los males de uno mismo. Tal vez para huir de la existencia cotidiana anclada en la parsimonia de la monotonía de todos los días. La Maratón, la carrera imposible. Disciplina autoinflingida, perseverancia de zapatazos sobre el duro pavés como latigazos que pusieran a prueba la autoestima, fustigarse el esqueleto en cada paso, penitencias de sudores y agujetas, sufrimiento físico infinito, voluntad de no rendirse, catarsis redentora de los males del cuerpo y de las penas del alma. 42.195 metros de duro penar para confirmarse en la depuración del espíritu.
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Correr la maratón, épica de adrenalina, surtidor de ácido láctico bloqueante desbordado por las venas, torrente de cansancio infinito gozoso, baño de locura colectiva, de recogimiento íntimo. Ejercicio monacal de reclusión interior, de reflexión dolorosa. La Maratón, esa procesión que abarrota las calles de la capital de penitentes fervorosos del cansancio, arrastrando sobre sus espaldas su cristo lacrimoso de zancadas como puñales, de llagas en las plantas de los pies clavadas al madero del asfalto ciudadano, como si declamaran una saeta colectiva en honor del santo esfuerzo. Filipides de barriada exclamando jubilosos el grito de triunfo al llegar a su Atenas, a su meta: ¡Alegraos, nos vencimos!
Los buenos por la Calle San Bernardo.Basuras acumuladas en la Plaza de España, porque la basura es de todos. ¡Con un par!Homenaje a Cartier Bresson. A la espera del paso de los corredores en la Calle del Pez. Km 24, Príncipe PíoKm 34, al otro lado del río.Los buenos por el Km 34, los ganadores. ¡Ánimo, chavales!¡Hasta la victoria siempre!Marta Galimany, La primera española, 2h 35’28». Abdi y Chepkorir, etíope y keniata.¡La alegría del esfuerzo!¡Volando voy! Por el Km 5, ¡En menos de 15′!Por la Casa de Campo.Habría que preguntar a los del Padel qué piensan. La música amansa a las fieras.
Era el día del libro. Aquello fue tan sólo la antesala del infierno, se abrió el semáforo y desde el cielo llovió una bandada de cigüeñas que con sus hipohuracanados graznidos envolvieron la atmósfera de un olor a chamusquina. Me dolía la cabeza. Me dolía todo el cuerpo. Sí, mi cerveza helada, de la copa pasó a mi boca y de un trago largo y lento disolvió la pastilla del calmante, disfruté que el catamarán se perdiera entre la niebla por la desembocadura del Manzanares rumbo a los Mares del Sur. En mitad de la corriente, don Gonzalo pescaba, sin demasiado éxito, lampreas con cara de rey pasmado.
Sin embargo, nada de esto conocía Javier Krahe, que enganchado en los pechos de Viridiana contemplaba como el sol se escondía raudo sin atender a los reclamos del Ángel Caído, de Bellver, que gritaba enardecido porque le habían robado a su musa. Un poco más allá, al otro lado del río y entre los chopos de la colina, Hemingway disparaba a un banco de boquerones que nadaba de flor en flor a la búsqueda de las muchachas, acomodadas y en silencio en una mansión acolchada de tules y damasquinos. Varguitas, todo de Ermenegildo Zegna, se recogió en su casa verde sin que Patricia, jazmines en el pelo y rosas en la cara, sospechara jamás de sus intenciones espurias de cambio de pareja.
No, nunca antes, jamás, Pepiño Carvalho previó algo parecido. El vigilante hizo una señal desde la cabina de control y las vías se desplazaron unos segundos antes de que el AVE procedente del Kilimanjaro apareciera sobre el Puente de los Franceses y evitó que se estrellara contra el mercancías repleto de munición roja para la tomatina. En la radio sonaba una canción triste de Hill Street. El aire olía a rosas de primavera, como de amor derramado por amantes clandestinos. Sí, ella nunca se desprendía de su ropa interior Je t’adore hasta que él se desbordaba, incontinente, sobre su piel de seda.
—Estás ahí, —preguntó Williams de Baskerville a Adso.
—Sí, maestro.
—Pues no le des importancia al reflejo de las estrellas sobre los jinetes del alba. Son el tributo que hay que pagar para contemplar los sueños trascritos al papel.
En un recodo de la Alcarria, una mujer vestida de negro, casi parecía una bruja del Auto de Fe, de Berruguete, reñía a un gordo mal encarado que aguantaba el chaparrón sin rechistar: ¡No quiero ver más cartapacios mallorquines por aquí, que te sirvan de combustible para una queimada! El laureado exudaba papeles por todos los poros de su cuerpo bizarro, por más que se refrescara el gaznate con orujazo clandestino traído de Portugal. «Haberlas haylas, sí, señor», dijo con un hilillo de voz el apuesto mozo que les suministró agua, azucarillos y aguardiente.
Vicent se recogió muy de mañana en su bergantín goleta y a poco, tras sus abluciones y la lectura de la prensa, extendió sobre la albufera la red para pescar camarones. No más de trescientos podría ser el número ideal para un buen arroz a banda. O para la columna dominguera, palabras, de la última página.
Sí, Júpiter, Marte, Venus y la Luna se alineaban con el crepúsculo de la tarde. El dolor de cabeza no se le iba a Terry por más que se tomara dos, tres pastillas de aquel analgésico canalla.
El caminante siente una extraña sensación cuando pasea por estos pueblos burgaleses vacíos, como si tras las ventanas cerradas, tras las puertas clausuradas, tras los anuncios de escombros en venta, en el interior de las fachadas ruinosas, desde el fondo oscuro de los desvanes unos ojos invisibles le observaran, le censuraran el atrevimiento de invadir un paraíso ajeno. Deben ser los espíritus de sus antiguos pobladores que le reprochan que con sus pasos altere la paz ganada en tantos años de abandono, que vigilan que esa memoria se mantenga oculta y ajena a su curiosidad. Es el deterioro del tiempo. Sólo los gatos se detienen inmóviles al descubrir al extraño y le afean con su mirada felina la impertinencia de sus pasos hollando un santuario.
Hay más gatos que vecinos en Barrio de Díaz Ruiz, pedanía de Briviesca. Ocho humanos. Incluso el sepulcro de Juan de Velasco y doña Mencía de Rada, condes de Revilla, que se encuentra en el interior de su iglesia del Salvador, obra de Juan de Bueras, tasado en su época en 12.000 reales, tallado en fino alabastro en 1591, está vacío. No hay restos en su interior, no hay nada. Fue un homenaje póstumo encargado por su familia castellana, los notables Velasco, pues el destinatario, don Juan, capitán general de la Armada de Indias falleció en el mar Caribe, cerca de La Habana en 1578 y sus huesos nunca se encontraron. María Luisa, habitante de este pueblecito burgalés, se ha puesto un martes sus galas de domingo para servir orgullosa de guía a los forasteros que visitan sus dominios. ¡Ay, qué bien suena su acento recio castellano! Parece un despropósito que tan extraordinaria talla sepulcral no contenga nada, ni los restos de un naufragio. Un presagio a finales del siglo XVI, reinado del rey prudente, Felipe II, anticipándose o anunciando el deterioro de una Castilla que con su imperio ultramarino y sus ansias de riqueza vertebró España y quedó después invertebrada, orteguiana, en ruinas tras la pérdida colonial. Como ese blasón torcido sobre la portada del palacio ducal, erigido para gloria de otro Velasco, bastardo, torcido de nacimiento a su pesar.
Marciano contempla el tiempo detenido en Barrio de Díaz Ruiz.
Marciano, 42 años de camionero, marido de María Luisa, se alegra de conversar con los forasteros que irrumpen festivos en su calle siempre vacía. Unas frases con los visitantes para recontar sus paseos en su viejo Barreiros por toda la vega burgalesa transportando trigo, corderos churros, patatas, piensos… El placer de intercambiar conversación con los viajeros en su lengua pronunciada con la exquisitez secular de Quevedo, de Juan de Yepes, de don Miguel de Cervantes, de Moratín… Música celestial para los oídos atormentados de oír la turbamulta de barbarismos y exabruptos que invade ahora el habla de los urbanitas abrumados. ¡Que tengan ustedes un buen día, caballeros del pedal!
Cementerio de Hermosilla.
La ermita románica de san Facundo se alza orgullosa camino de Hermosilla. Su imponente espadaña parece un faro que indicara el buen rumbo. Hermosilla, Barrio de Díaz Ruiz, silencio y memoria. Vidas pasadas reposando en el camposanto.
Briviesca es la cabeza de partido de La Bureba, 7800 habitantes entre sus cinco barrios. Repoblada la última década con inmigración procedente de Marruecos y ahora con la colonia sudamericana. Tiene ferrocarril, camino de Francia, desde mitad del siglo XIX. En su estación del tren ubica Galdós el encuentro tumultuoso de los personajes de su 40 Episodio Nacional: “La de los tristes destinos”. Teresa, la protagonista femenina, declara su pasión carnal a un Santiago Ibero abrumado, el protagonista masculino. Es el comienzo de un gran romance que continuará por el sur de las Galias y llegará a París, donde se fragua la revolución comandada por Prim, que supondrá la segunda huida de los Borbones, el exilio de Isabel II del trono de España, septiembre de 1868. La Gloriosa. El tren, el camino por donde transita la libertad. Volvieron, los Borbones. La Bureba parece anclada en la historia. Por aquí nunca pasó la revolución.
Briviesca, Virovesca: Via de Hispania a Aqvitania. Ab Asturica Burdigalam. Monasterio de Santa Clara, retablo tallado por el maestro Pedro López de Gámiz, empezado en 1551, madera de nogal sin policromar, esculturas monumentales que reducen a la humildad, a la contemplación, por su negrura, por su grandeza, al visitante. Capillas, sepulcros, figuras sacras, grandes ofertas de salvación a precios regalados; rebajas, todo a cien, por un plato de visitas la santidad perpetua: “Los que visitaren esta sagrada capilla ganan todas las gracias e indulgencias que están concedidas a todas las iglesias i altares de la santa ciudad de Roma que son infinitas en gran manera i quantas beces entraren rezando lo que quisieren ganan indulgencia plenaria i remission de sus pecados…”, está escrito en uno de los retablos de la colegiata de santa María. Visitaren, futuro imperfecto del subjuntivo. Visitaren. Visitarían, uso del condicional en lugar del pluscuamperfecto de subjuntivo; hubieran visitado, confusión en el habla de Sancho de Azpeitia, el vizcaíno (de la que se mofa Cervantes en el capítulo VIII de don Quijote), error de riojanos y navarros. Tiempo verbal en desuso, como el placer de escuchar el silencio de los claustros de Briviesca.
Imagen del retablo del monasterio de Santa Clara. obra de Pedro López de Gámiz, en Briviesca, empezado en 1551, aún sin policromar.
Soto de Bureba apenas tiene una casa habitada, pero tiene cura. Su joya, la iglesia románica del siglo XII (1176) ha sufrido el paso del tiempo tanto como las reformas poco afortunadas de su interior de muros de ladrillo-visto para evitar su ruina. Destaca por su portada con tres arquivoltas labradas con motivos didácticos-religiosos para inflamar de fe y temor cristiano el corazón de las almas simples. El cura, Stefano, muestra la iglesia. Él y dos más tienen la misión de evangelizar a sesenta pueblos de La Bureba. El cura Stefano viene directamente del Vaticano, de Roma. Sería como un fichaje galáctico importado de fuera, dadas las pocas vocaciones sacerdotales que afloran por la comarca. Muy cerca se encuentra Navas de Bureba, mucho más poblado que Soto: 20 habitantes. En su iglesia románica (construida sobre 1233), otra joya, destaca el retablo barroco del siglo XVII, más propio de una catedral y sorprendente para un pueblecito tan pequeño. Ah, santa Águeda muestra en un rincón, en bandeja de plata sus tetitas amputadas. Pobrecita, disminuida en sus encantos de mujer.
Portada románica de la iglesia de Soto de Bureba.
El tiempo se ha detenido en los relojes callejeros de Poza de la Sal. Antiguo asentamiento romano representa, según dicen sus moradores, un compendio de tres cielos: el cielo de La Bureba, a 700 m de altitud; el diapiro de Poza, a 750 m de altura, las fuerzas tectónicas de la madre Tierra desatadas; y el de Páramo de Masa, 1176 m. El tiempo es perpetuo en la iglesia de san Cosme y san Damián. Construirla llevó cinco siglos y aún hoy está en obras de restauración. Luce cinco retablos excesivos que hablan de la riqueza de esta villa tan salada. Poza de la Sal rinde homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, su más universal vecino. ¡Ay, aquel amigo de los animales que se nos marchó una semana santa, hace ahora 45 años! Los lobos, sus lobos que Félix convirtió en corderitos y que ahora quieren matar nuevamente con la venia escopetera de los políticos, cazar 51 lobos en Cantabria y 41 en Asturias. Pero ¿qué han hecho los lobos para merecer tan trágica suerte? ¿No sería mejor destituir a esos 51 más 41 políticos negacionistas?, parece preguntarse Félix desde las estatuas que le han dedicado en su pueblo. Poza de la Sal, 200 habitantes y sólo tres niños en edad escolar. El año próximo sólo habrá uno. Poza de la Sal llegó a producir en 1853 seis millones de Kg de sal, 6000 toneladas, 16,4 toneladas por día. ¿De verdad se producía eso? Ahora, en su trazado reticular de calles resuena sólo el alboroto de los visitantes apresurados. Félix, vuelve, te necesitamos, tanto como a los lobos.
El reloj no marca las horas en Poza de la Sal.
Los espíritus se refuerzan por los caminos y los cuerpos reclaman sustento y atención. Arona Gassama, chef y maestro culinario, ha venido de Senegal a Oña para premiar en su restaurante, Blanco y Negro, los paladares del viajero. Tras el caviar de berenjena o el yassa poulet (pollo a la brasa con arroz jazmín de Tailandia, cortado dos veces) es más fácil afrontar la visita al monasterio de san Salvador de Oña, enhiesto surtidor de piedra y talla que acongoja al cielo con su arte. Excesivo monumento dedicado a las negrituras evangélicas con imágenes penitentes de cristos llagados y sangrantes y vírgenes acuchilladas en el corazón de sus tinieblas. Un claustro con jardín interior, silencioso, recoleto redime al caminante de las fatigas lacrimosas de las tallas religiosas, de sus rostros descompuestos y agónicos, de sus expresiones macilentas. Oculos habent et non vident. Hágase la luz.
Oña, Poza de la Sal y Frías forman un triángulo mágico, la mancomunidad Raíces de Castilla. Frías se yergue victoriosa sobre una loma, parecería el espolón de un trasatlántico adentrándose en el océano de las montañas del desfiladero del río Molinar, en Tobera, yacimientos de la roca toba. Sus casas colgadas simulan cuadros cubistas expuestos en un museo. Sus calles son galerías abiertas invadidas por el frenesí viajero de los forasteros, ávidos de callejeo y bulla. Desde el puente de mando de su castillo, alzado en el siglo XV por los Velasco, se divisa el abismo de un mar de tejados y caminos venturosos. Una peña futbolística del Athletic cuelga sus atributos deportivos, sus ikurriñas a la entrada del lugar. La proximidad de Bilbao, de la Rioja, de Navarra, de Santander ha convertido Frías en un pueblo heterodoxo, reclamado como trofeo de caza inmobiliaria donde asentarse los vecinos vizcaínos remisos a los nacionalismos. Un lugar en la Bureba, el silencio frente al mundanal ruido. El río Ebro, apenas un bebé, discurre próximo a Frías. Un puente del siglo XIII permitía cruzarlo bajo el pago de un pontazgo, derecho de paso a otro lugar, a otra realidad, a otra probabilidad de conocimiento, a la convergencia de lo cierto. Ex convergentia probabilitatum exsurgit certitudo. Es el río que nos lleva por la vida. Hay que pagar por transitarla.
Fotos de Terry Mangino
Los suplentes aguardan su turno en la colegiata de santa María, en Briviesca.Los nuevos habitantes de Briviesca.Los que visitaren… en el Monasterio de santa Clara, Briviesca.Estatuas yacentes de doña Mencía de Rada y de don Juan de Velasco, iglesia de Barrio de Díaz Ruiz.Sepulcro de doña Mencía de Rada y don Juan de Velasco. Vacíos.Blasón torcido perteneciente a un bastardo de los Velasco, en Barrio de Díaz Ruiz.Ermita-faro de san Facundo.Puentes sobre el río Ebro próximos a Frías.El desfiladero de Tobera y el río Molinar.El transatlántico Frías a toda máquina sobre el océano de la tranquilidad.A la popa de Frías.Desde el puente de mando de Frías doña Isabel, capitana de la flota invencible, observa el horizonte, rumbo norte, adelante, siempre adelante.Cubierta superior del transatlántico Frías.La pobre santa Águeda ya no necesita cruzado mágico.Arona Gassama en su restaurante «Blanco y Negro», en Oña.¡Ay, esta virgencita acuchillada de dolor, corazón traspasado por siete puñales! Sacristía de Oña.Un mal trago y siniestro padecimiento. Obras maestras de la imaginería negra castellana. Sacristía de Oña, al lado de su mamá, foto anterior. Plaza de Poza de la Sal. A veces hay algún espíritu invisible que captura al visitante y le convierte en lobo. Soledad en Poza de la Sal.Matías, vecino de Poza de la Sal, recuerda los felices ochenta.Estatua de Félix Rodríguez de la Fuente en Poza de la SalTiempo detenido en Poza de la Sal.Tiempo detenido en Poza de la Sal.Tiempo detenido en Poza de la Sal.Detalle de El Pecado, que encadena al hombre toda la vida. En la arquivolta de la iglesia de Soto de Bureba.