Rafael Alonso Solís

     HACE UNOS DÍAS EL INTERMEDIO nos alegró la noche al entrevistar a Tiago Brandao Rodrigues, Ministro de Educación de Portugal. También nos dio una profunda envidia. Tiago Brandao tiene cuarenta y dos años, y hace cuatro que es el responsable de dirigir el sistema educativo de su país. Por suerte para él y para sus compatriotas no procede de cofradía política alguna, y es de suponer que tenga ideología, aunque antes que eso parece estar dotado de ideas, imaginación y atrevimiento. Tras licenciarse y doctorarse en Bioquímica en la Universidad de Coimbra, continuó su formación postdoctoral en el Instituto de Investigaciones Biomédicas “Alberto Sols”, en la Universidad Autónoma de Madrid, y en el Instituto de Investigación sobre el Cáncer de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, lo que constituye una carrera política extraña y poco habitual, sobre todo si se compara con los estándares a los que estamos acostumbrados en España. Por lo que cuentan las personas con las que compartió actividad científica en Madrid, Tiago es un investigador brillante, que sigue publicando en la actualidad en revistas de primera línea, y que a una cabeza bien amueblada une un profundo compromiso social. Seguramente su contratación por cualquier universidad española habría sido más barata que la de alguno de sus compatriotas que lucen abdominales marcados, conducen coches de diseño y juegan al fútbol, pero aquí las incorporaciones de cerebros no se consideran necesarias, ya que el reparto se hace en el seno del partido. Es seguro, también, que muchos investigadores e investigadoras españoles estén ahora mismo aportando sus conocimientos y sus esfuerzos en los centros que los han acogido en Europa, América y Asia, mientras las plantillas de nuestras universidades languidecen con el paso de los años, ahogadas por la necedad de la burocracia, las peleas tribales y la ausencia de inversión. Como contó Tiago Brandao la otra noche, en 1974 casi uno de cada dos portugueses eran analfabetos. Tal vez los españoles seamos más tontos que los portugueses, a pesar de nuestra cercanía geográfica y de haber salido de dictaduras paralelas. Sin embargo, hace treinta años que las fuerzas políticas portuguesas, estando sometidas a diferencias y polarizaciones similares a las españolas, fueron capaces de establecer un pacto educativo, en base a priorizar la enseñanza pública e inyectar suficiente dinero en el sistema. En la misma época, en España Felipe González lograba su tercera mayoría absoluta. Más tarde las tuvieron José María Aznar y Mariano Rajoy. Lamentablemente, tras la implantación de la democracia, en España se han sucedido siete leyes de Educación –dos con UCD, cuatro con PSOE y una con PP, la de Wert, que ni siquiera se llegó a desplegar–. El último intento de establecer un consenso y dejar la educación fuera de las disputas partidistas lo llevó a cabo Ángel Gabilondo, siendo ministro, sin éxito alguno. La imagen actual de los partidos políticos, enredados en sus miserias sectarias y negociando bajo los mismos esquemas que utilizan las estructuras mafiosas, no permiten albergar muchas esperanzas.

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