Rafael Alonso Solís

      Cuando los poetas escriben sobre otros, especialmente si pertenecen a su quinta, el verbo hace de estilete capaz de introducirse en las heridas para ahondar en las mismas llagas que comparten. Acaba de reeditarse Estudios de poesía contemporánea, ensayo que Luis Cernuda publicara en 1957 y en el que parece arreglar cuentas con sus coetáneos y alguno de sus precedentes. Cernuda duda del valor poético de su generación, a la que, pendiente de ser definida por la crítica, llama aún “la del 25”. Aceptando la falta de distancia en varios casos, muestra algún rechazo a ciertas derivas líricas o conceptuales de Machado, al que parece admirar más como pensador que como poeta, o de Salinas, al que considera un burgués. Más que rechazo le provoca Jiménez, en quien encuentra escasas virtudes intelectuales que puedan compensar su “subjetivismo egotista”. En la edición de 1957 Cernuda dejó fuera a Guillén, Alberti y Aleixandre, por ser “amigos o conocidos”, aunque algunas referencias se filtren por el libro. Al mismo tiempo, incluye a Gómez de la Serna, al que califica como el último de los clásicos y cuya obra “equivale a toda una generación literaria”. Respeta a León Felipe, aunque no le entusiasme como poeta, y ve pasión y fogosidad en Miguel Hernández, truncado demasiado pronto.  Y hay contenida admiración por Lorca, cuya poesía, hondamente dramática, sugiere “el escalofrío de algo trágico y el misterio que lo rodea”, pese al “costumbrismo trasnochado” que aprecia en el Romancero. A todos mira con respeto, dejando claro que, desde Bécquer, los mayores poetas son andaluces, aunque califique algunas de sus obras como “poemillas”. ¿Mueve al poeta algún turbio impulso al revisar el trabajo de sus colegas, en el que influyan relaciones personales, amantes compartidos o diferencias ideológicas? Quién sabe. La historia de la literatura española tiene ejemplos de todo ello –excelentes como género y muestras de la condición humana–, como la confrontación entre Lope y Góngora, las malévolas referencias a los garbancismos de Galdós, o el desprecio con que Umbral se ha referido a Baroja, tal vez porque el vasco es, con La busca, el  antecedente de su novela Travesía de Madrid, con la que él se despide de cierto tipo de narración para crear un estilo propio, tan original como discutible. Ha sido también Umbral unos de los más crueles críticos literarios en lo que se refiere a sus contemporáneos, aunque esto no debiera anotársele como débito, ya que tanto Las palabras de la tribu como su Diccionario de literatura (1994 y 1995, respectivamente), son dos ensayos tan deliciosos como malintencionados. En el primero debe leerse lo que escribe sobre el mismo Cernuda, al que califica como “gran poeta y mala persona”. El segundo es, sobre todo, junto a guiños a sus amigos, una relación de maldades, y seguramente fue escrito a rebufo del anterior para sacarse unas pesetas. En él destaca, como ejemplo de síntesis, la entrada que dedica a Julio Llamazares: “Colecta plurales premios locales, regionales, comarcales, autonómicos y nacionales. Tiene un perro”.

Francisco Umbral en su casa de Majadahonda, mayo de 2000. Fotos: A Aguado

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