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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

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EL FARDO

19 viernes Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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CUENTOS DE VERANO (4)

      Este año se ha cumplido un siglo de la muerte del gran poeta Rubén Darío, El Príncipe de las letras castellanas. La corta vida viajera y errática del eximio escritor bien puede calificarse como intensa, ya que en sus escasos 49 años de existencia dejó una obra poética y periodística inmensa, recorrió infinidad de países, conoció y trabó amistad con lo más granado del universo literario de su época y fue embajador de su país, Nicaragua, en España. En Madrid, en la Casa de Campo (entonces finca cerrada propiedad de Alfonso XIII, comenzó su reinado en 1902; dado su cargo diplomático pudo Rubén Darío pasar a su interior acompañado por el gran don Ramón María del Valle Inclán) conoció en 1899 a la que fue el amor de su vida, Francisca Sánchez del Pozo, la hija de los guardeses, una mujer humilde nacida en Navalsaúz, Ávila. Rubén Darío (que estaba casado en Nicaragua con Rosario Murillo, que le negó el divorcio) y Francisca Sánchez conformaron una pareja de la que nacieron cuatro hijos, tres de los cuales fallecieron en edades tempranas.

      En 1907 ambos pasaron el invierno en la Cartuja de Valldemossa, Mallorca, como habían hecho en el invierno de 1838-1839 Frederic Chopin y Georges Sand.  El alcoholismo y las depresiones del poeta marcaron sus años finales y murió de cirrosis el 6 de febrero de 1916, en León, Nicaragua. Francisca Sánchez (doce años más joven que el poeta), que le sobrevivió hasta 1963, contrajo matrimonio con posterioridad y dedicó el resto de su vida a glosar y mantener viva la llama de la poesía y de la obra del gran Rubén Darío.

      El relato (inédito) original que se expone a continuación se encuentra en la Cartuja de Valldemossa, donde fue escrito. Se transcribe tal y como lo escribió, rápidamente, el poeta, con los errores ortográficos a vuela pluma, que no hacen sino añadirle una nota de afectuoso modernismo al calor poético de las palabras de Rubén Darío.

Notas de Gabriel de Araceli

Rubén Darío en 1915, un año antes de su muerte.

EL FARDO

Aún lejos, en la línea como trazada
por un lápiz azul que separa las
aguas y los cielos, se iba undiendo el sol
con sus polvos en oro y sus torbellinos de
chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro candente.
Ya el muelle fiscal había quedado en
quietud, los guardas pasaban de un puesto
a otro las gorras metidas hasta las cejas
dando aquí y alla sus vistazos, inmo-
vil el enorme brazo de los pescantes el agua
murmuraba debajo del muelle, y el humedo
viento salado que sopla de mar afuera a la
hora en que la noche sube mantenía las lan-
chas cercanas en un continuo cabeceo, todos
los lancheros se habían ido ya, solamente
el viejo tio Lucas, que por la mañana se
estropeara un pie al subir una barri-
ca a un carretón y que aunque cojin
cojeando había trabajado todo el día,
estaba sentado en una piedra y con la
pipa en la boca veía triste el mar.
–¡Eh, tio Lucas¡ ¿–se descansa? –Si, pues,
patroncito– y empezo la charla esa
charla agradable y suelta que me pla-
ce entablar con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo
fortificante el que dá la buena salud
y la fuerza del musculo, y se nu-
tre con el grano del poroto y la
sangre hirbiente de la viña, yo veia
con cariño aquel rudo viejo y le
oia con interés.

Ruben Dario

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Comentario de textos

10 miércoles Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuentos de verano (3)

PASCUAL IZQUIERDO

     El profesor, ajeno a los síntomas de aburrimiento que muestran los alumnos, prosigue imperturbable su lección.

      —Escisión desfundamentadora y síntesis paródica.

      A pesar de la aparente impenetrabilidad de los sintagmas, se estudia —se trata de estudiar— la obra completa de Gil de Biedma.

      —Radicación telúrica del conocimiento desde el mito inicial de la revelación fundante.

      El ilustre catedrático habla con voz enérgica y pausada, no exenta de solemnidad circunstancial, separando de manera muy elocuente y discursiva las palabras y las sílabas, rindiendo —con claro dominio del énfasis— la debida pleitesía a la posición que cada una ocupa en la dinastía del lenguaje.

      Pero el bostezo ya se ha instaurado como signo perceptible en el rostro de buen número de alumnos. Sobre todo, muestra su claro predominio en el sector de jóvenes que ocupan los últimos asientos. Se trata de un grupo dinámico de postadolescentes que se mueven en otros registros expresivos y ya evidencian en su comportamiento que han perdido el respeto que se le debe a los lenguajes esotéricos que muy pocos comprenden. Porque ellos participan de otro tipo de códigos visibles.

      —Continuidad del esquema fundante de la alegoría y su desagregación metafórica.

      El ilustre catedrático advierte muestras de zozobra en las bocas de los alumnos aposentados en los últimos pupitres. Mira con su vista levantada y sólo vislumbra signos y colores que pertenecen a una posmodernidad más que difusa. Desde las nieblas de su púlpito analítico cree atisbar el trazo de un bostezo mayúsculo, de una boca completamente abierta como si fuera la oquedad donde habita Polifemo. O como si fuera una de esas grandes simas zamoranas que se ubican en los Arribes del Duero.

      Cierto revuelo de toses y murmullos, de frases en voz baja, que cualquier enseñante catalogaría dentro del apartado de los indicios racionales de protesta, se produce en las filas rebeldes. El ilustre catedrático, que tiene todavía llena la boca de frases que ni él mismo entiende, mira con ojos severos a los suburbios del aula donde se está incubando la sublevación.

      —Ascesis y frustración: fragilidad inasequible de las presencias en el ápice irracionalista de la iluminación diurna.

      Pronuncia estas palabras con la unción sacerdotal que todo iluminado por la lengua le debe a los códigos indescifrables y al principio se produce un silencio estrepitoso en el aire diáfano del aula, como si hasta los insectos microscópicos que pueblan las partículas hubieran suspendido su vuelo para tratar de descifrar tan excelso e insondable mensaje.

      Pero, tras este breve y profundo paréntesis, parece que una súbita zozobra se apodera no sólo de los últimos pupitres sino de todos los bancos de la clase. No sólo en ese extrarradio donde la presunta actividad intelectual puede derivar hacia la subversión y la protesta, sustentada en la incapacidad de desarrollar un esquema de interpretación que se tenga como tal, sino en todos los bancos y pupitres del aula. Una zozobra general, un relámpago de incomprensión y cólera, parece haber estallado en el ánimo colectivo de la masa discente.

      De pronto, un chico con barbas ralas y coleta extendida, que recubre parte del cabello con un pañuelo verde y muestra unos ojos extraviados en los límites de la interpretación consciente, proclama con voz rotunda y bien timbrada:

      — N s ibl q hb om l cmn d l tles?[1]

      Un silencio apoteósico, fugaz e inesperado se instala de pronto en el corazón de los discentes. Pero, tras analizar el mensaje, verifican que están en completo acuerdo con lo que dice el chico que tapa su cabello con un pañuelo verde. Un aplauso espontáneo subraya el apoyo total que le brinda al joven del pañuelo el conjunto de la clase.

      El ilustre catedrático vacila y muestra signos de flaqueza. Explora con sus ojos erráticos si existe en el espacio volumétrico del aula un lugar donde esconderse. Porque él nunca hubiera imaginado que alguien pudiera emplear un lenguaje más enigmático que el suyo.

      Otra voz se oye, esta vez pronunciada por una chica que viste ropas muy formales. Se trata de una joven que luce un largo pelo negro y posee un rostro que se camufla tras un discreto maquillaje.

      —A i e star nted o K s dc[2].

      ¿Y a quién no? ¿A quién no le gustaría entender, sin necesidad de traductor, lo que se dice?

      El ilustre catedrático se siente acorralado en los dominios que él mismo se ha empeñado en definir. Piensa durante unos segundos en imponer su autoridad docente y expulsar de la clase a todos los alumnos. Luego trata de comprender lo que sucede mientras se esfuerza en descifrar esos lenguajes misteriosos en los que, con una soltura para él asombrosa, se expresan sus alumnos. Los códigos cifrados que él ha tratado de articular durante más de cuarenta años de arduo y solitario trabajo se derrumban de repente por la irrupción deslumbrante y meteórica de la última modernidad, por la aparición inesperada de unos códigos más osados y abruptos que los suyos, de unos códigos para él más enigmáticos, para él también más sugestivos por su impenetrabilidad.

      Hace un gran esfuerzo para alumbrar una frase de despedida, pero ya no se siente capaz de sobrevivir entre títulos indescifrables y jeroglíficos. El mensaje sonoro que surge de la alumna predilecta que se sienta en la primera fila y que siempre le escucha con reverencia y admiración le precipita por completo en la zozobra:

      —Q t ay a t p e cl[3].

      No es capaz de descifrar el significado completo de la frase, pero sí de Vista previaintuir su sentido. Recoge sus papeles y el voluminoso libro donde se hallan impresas esas categorías axiomáticas de la interpretación y el análisis literario. Procura no caer en el precipicio que marca el escalón de la tarima y se dispone a abandonar precipitadamente el Aula Magna. Pero mientras camina por delante de los pupitres vuelve el rostro a los alumnos y se atreve a farfullar:

      —Conformación constitutiva del cotejo alegórico.

      Llega la frase a los docentes con toda la ingente carga de desprecio que encierra. Pero la respuesta no se hace de rogar.

      —L agr K n hbr n crtn[4].

      Siente como un nuevo bofetón en el rostro. Y se siente impelido a responder con vehemencia:

      —La complejidad en los planos del metaforismo…

      —K n hb n crtn[5].

      Desde la puerta, el catedrático ya no puede aguantar más. Trata de mantener la compostura, pero no puede evitar que un hiriente exabrupto salga de su boca:

      — N m d l gn[6].

      Se produce un momento de confusión entre los estudiantes. Pero, con inusitada premura, la joven de la primera fila responde:

      —La voluntad enfática de la persistencia figural te invita a que te vayas a la mierda.

      Una salva de aplausos rubrica el acierto de la intervención. Mohíno y derrotado, el ilustre catedrático cierra la puerta con cuidado y enfila el interminable pasillo que termina al final de la estupefacción.


[1] Nota del editor. En contra de la opinión del autor, quien no considera necesario traducir las expresiones que a continuación se pronuncian, como editores creemos en la conveniencia de facilitar al lector todas las claves de comprensión. Por esta razón, vamos a traducir en nota a pie de página las frases enigmáticas. Esta podría significar: «¿No es posible que hable como el común de los mortales?».

[2] «A mí me gustaría entender lo que se dice».

[3] «Que te vayas a tomar por el culo».

[4] «Le agradeceríamos que nos hablara en cristiano».

[5] «Que hable usted en cristiano».

[6] «No me da la gana».


 

 

 

 

 

 

 

Pascual IZQUIERDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Nota del editor. En contra de la opinión del autor, quien no considera necesario traducir las expresiones que a continuación se pronuncian, como editores creemos en la conveniencia de facilitar al lector todas las claves de comprensión. Por esta razón, vamos a traducir en nota a pie de página las frases enigmáticas. Esta podría significar: «¿No es posible que hable como el común de los mortales?».

[2] «A mí me gustaría entender lo que se dice».

[3] «Que te vayas a tomar por el culo».

[4] «Le agradeceríamos que nos hablara en cristiano».

[5] «Que hable usted en cristiano».

[6] «No me da la gana».

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La aventura equinoccial de Terry Mangino

07 domingo Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuentos de verano (2)

Gabriel de Araceli

Kinski era un tipo despreciable. Un sátiro, un pervertido, un histrión grotesco. Pendenciero, grosero, iracundo, violento, sus hijas le acusaron de abusos sexuales. El curare. Sin ruido. La cerbatana. Herzog desechó la idea de los yanomamis de acabar con él. El Dorado, la sinrazón, el delirio colectivo, los monitos aullando en la balsa varada. La música hipnótica de Popol Vuh… era un infierno rodar con Kinski en mitad de la Amazonía pantanosa y deslumbrante…

–Échame cremita –dijo Carmelita poniendo unos morritos que Terry no pudo resistir. Y con ojos amorosos agarró el tubo y empezó a embadurnarle la espalda con resignación fingida.

La verdad es que a Terry aquello de pringarse de grasa no le gustaba nada. Necesitaba las manos limpias para seguir con aquella historia del Kinski, el monstruo depravado capaz de los mayores excesos, un ser vomitivo, la cólera de dios. A Terry se le pasaban las horas escribiendo notas en aquellos cuadernos abarquillados que llevaba siempre encima. Anotaba lo que se le ocurría. Después, pasados los meses si por casualidad releía sus apuntes se sorprendía de las tonterías que ocupaban su atención y del interés en imponerse aquella disciplina literaria. Carmelita exhalaba almizcle y sudor. Terry tuvo que dejar su cuaderno en la arena y comprobó que la humedad de la marisma pringaba de sal tanto como la crema que extendía sobre la piel de Carmelita. Sentía que algo les observaba desde la penumbra del cañaveral. La soledad del carrizo inquietaba, las ranas croaban, los chillidos delirantes de las cotorras, las cigarras, el chapoteo de algunos patos huidizos. Una culebra se ondulaba en la charca cenagosa, la garza la apuntaba con el perfil de sus ojos entre las cañas y ¡zas!, disparó su flecha certera. El hedor vaporoso de la salina le inundaba los pulmones.

–Y un masajito, así, circular, como tú sabes –le dijo Carmelita, que se había desatado el biquini y mostraba al sol de la ciénaga el esplendor de sus tetas magníficas. El Mangino comprendió que las chicas siempre tienen razón. Klaus amenazó con lanzarle una estocada cojitranca y le escupió una blasfemia viscosa, las musas protestaron desde una esquina de su cuaderno, allí entre las azucenas olvidadas. Le extendió la crema por los hombros, por el cuello, por la espalda, llegó hasta el culo y se perdió por un instante en la selva secreta de la chica. La brisa mecía a Carmelita como una vela escandalosa sobre el rostro de Terry, que aspiraba el perfume de su nuca desnuda. Unos flamencos picoteaban a contraluz. Saltó una rana, ¡plof!, en la laguna los renacuajos se mezclaban con los cangrejos diminutos que teñían de rosa el limo.

Mangino amasaba la crema en circulitos sobre la piel de la chica, cuando apenas si la rozó el pecho se les dispararon las navajas del deseo. Nastassja parecía un ángel indefenso en María’s Lovers, confusa, la irrupción del cantante en su vida la deslumbró por completo. Esperas durante años y de repente, ¡zas!, se cruza un guitarrista en tu camino, como una garza de perfil que te roba la razón, o el corazón, que es lo mismo cuando te envenena el amor. Carmelita se aproximó más al Mangino, su melena parecía una medusa atrapando pececillos. Se despojó del bañador, la breña de su felpudo ennegreció la salina. Terry se dejó atrapar por aquellos labios jadeantes, indefenso como Nastassja, la madeja de Carmelita iba y volvía succionándole como un remolino. Pensó que el viejo Kinski se burlaba de él cuando le vio oculto entre las cañas.

–¡Chico, la vida es esto!, qué te creías, si quiero que los pájaros caigan muertos de los árboles, los pájaros caen muertos de los árboles.

–Pero, tú eras un hijo de puta, abusabas de tus hijas.

–Un cabrón, me violaba cuando apenas si tenía cuatro años –soltó Nastassja con una mueca de horror.

Aquella jungla de Carmelita… Terry se olvidó de todo, su pelazo le había rodeado la cintura como un muérdago invasivo, como una boa constrictora que le absorbía. La garza acechaba a una culebrilla. Vértigo, gemidos, frenesí y después un silencio inquietante. No se oía nada. Carmelita levantó la cabeza, le miró sonriente, la saliva le goteaba por la comisura de sus labios. El Dorado. Terry se tendió sobre ella y como pudo abrió con su lengua aquella broza de sargazos. Un sabor fuerte de almizcle le estalló a poco en la boca.

crepus_culo


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El hermano

04 jueves Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuento de verano

El relato que se ofrece a continuación forma parte de la novela El hermano, escrita por Alfredo Fernández Alameda, de próxima aparición.

 

Madrid. Primavera de 1966. Madrugada

A las dos y media el negro Miguel estaciona el furgón en la calle de la Ballesta. Un poco más abajo del portal donde está la pensión América hay un bar. Aunque la puerta está cerrada, sobre el dintel hay un neón con dos copas y un corazón sobre el rótulo «Love Club», cuya luz va alternando el color rosa con el azul celeste. Llaman a la puerta y unos ojos negros con pestañas postizas se asoman al ventanillo.

—¿Es tarde para tomar una copa?

La cerradura gime y la puerta se abre un palmo. La chica de las pestañas grandes asoma la cabeza, mira a Miguel y luego se fija en Lorenzo.

—Este es muy crío paga pasag.

—No seas mala. Solo queremos un güisquito y nos vamos. Me llaman don propino y los años que le faltan a mi amigo me sobran a mí.

La chica de los ojos negros sonríe a Miguel. Abre la puerta lo suficiente y se echa a un lado para que pasen los clientes. Tras una cortina pesada de terciopelo granate está el bar. Apenas veinte metros cuadrados que incluyen mostrador, taburetes, un cheslong de capitoné, un sofá de dos asientos y un perchero. Sobre el mostrador, Gilbert Bécaud canta Si je m’en reviens au pays en un microsurco de 45 rpm que gira sobre un pick up.

—Pon un güisqui a estos caballegos, Vanesa.

La morenita de los ojos negros y acento francés desaparece tras la puerta del final del mostrador que, con toda seguridad, comunica con los reservados.

—Tengo Jhonnie Walker, Monks, Vat 69, J&B, Cutty Sark, Chivas… —Vanesa les muestra la espalda desnuda durante la enumeración.

—Si nos empiezas una botella a cambio de una propina, nos vale cualquier marca.

—Se ve que no eres nuevo —sonríe y coge una botella de Chivas—. Esta la acabo de abrir.  Apuesto a que no le pones pegas. ¿Lo sirvo solo o con agua?

Lorenzo dice que le da igual porque nunca ha bebido güisqui.

—Entonces con un poco de agua, un poco de hielo y unas almendras para acompañar— pide Miguel.

Vanesa atiende el pedido y luego les pregunta si son forasteros.

—Efectivamente. Acabamos de llegar con un encargo y queríamos tomar una copa antes de regresar.

—¿De dónde venís?

—De Zaragoza

—¡Ah! Pues yo soy devota de la Pilarica, mirad —se inclina sobre el mostrador y les enseña una medalla, poniendo ante los ojos de los muchachos unas tetas exuberantes, escasamente arropadas por la frágil telilla de una escotada blusa anudada al cuello—. Regalo por mi primera comunión. La hice en la Basílica del Pilar— dice con orgullo.

Miguel apoya el colgante sobre su índice y arrima la cara para ver de cerca la virgen y de paso rozar sin recato el pecho de la chica con la mano, sin que esta proteste.

—Muy bonita, Vanesa, y la tienes en la mejor compañía posible— la muchacha besa la chapa y la deja caer sobre el canalillo.

—Te refieres a esta compañía —baja la mirada a los senos al tiempo que los yergue, desafiante.

—¡Muchacha, que maravilla! Parecen duras como melones. ¿Puedo tocar?

—Claro, y si me invitáis, me tomo una copa con vosotros —Miguel dice que sí. Vanesa se prepara un Cardhu con hielo y sale del mostrador para unirse a los clientes. Como mide casi treinta centímetros menos que el hombre, Miguel tiene que flexionar las piernas para poder abrazarla desde atrás y sopesar con las manos la calidad del producto. En ese momento reaparece la francesa de las pestañas artificiales.

—¡Ah, vaya! Veo que os vais conociendo.

—No creas, jefa. Todavía no sé ni sus nombres.

—Yo me llamo Miguel, aunque mis amigos me llaman Negro.

—Que oguiginales —comenta irónicamente la recién llegada—. Seguid, seguid, no os integumpáis por mí. Estamos aquí paga hacegos felices.

Colette, que así se llamaba la morenita, sustituyó el disco de Bécaud por Il faut savoir, de Aznavour. Más tarde Sacha Distel, Yves Montad, Johnny Hallyday… Se ve que la cortesana añoraba su tierra.

Vanesa se apretaba a Miguel, colgada, ahora, de su cuello, al ritmo dulzón de las melódicas canciones. Al principio Lorenzo estuvo un poco retraído y no se atrevió a palpar las tetas que Vanesa le ofrecía, asegurando que confiaba en la palabra de su amigo, pero antes de que Yves Montad acabase la segunda, Colette, muy ligera de vestimenta para entonces, lo había llevado al diván y lo besaba, apretándolo contra sí, para sentir en la entrepierna el furor incontenido de la verga del adolescente.

Una hora después de haber entrado en el puticlub, Miguel se perdió tras la puerta del fondo en compañía de Vanesa, no sin antes advertir a Lorenzo de que él se ocuparía de la cuenta.

—Si quiegues que vayamos dentro nosotros también tendremos que espegag a que los muchachos acaben, caguiño. No puedo dejag el local desatendido; algunos clientes pueden venig todavía.

—No, señora. Tengo que irme ya.

Colette acompaña a Lorenzo hasta la salida, le da un último beso de despedida y le dice:

—No tagdes en volveg, mon amour, y tegminaguemos lo que hoy hemos empezado. D’accord?

La brisa fresca de la madrugada devuelve al muchacho a una realidad olvidada durante un rato. En la esquina con Desengaño, una prostituta negocia un servicio. Lorenzo entra en el portal de la pensión, que permanece franco también durante la noche, sube despacio para mitigar el quejido de los viejos peldaños de madera y accede a la pensión valiéndose de la llave que la Jeny deja sobre el cerco del portón de la entrada para los huéspedes noctívagos.

En la puerta de la habitación que suele ocupar hay una nota prendida con una chincheta. Lorenzo lee:

 La habitación esta ocupada. Puedes dormir en la de mi padre, que hay una cama libre. Ya está avisado.

Jeny.

La puerta del cuarto de Tina está cerrada con llave. Lorenzo golpea flojamente con los nudillos y espera. Como no hay respuesta, vuelve a llamar. Esta vez con un poco más de energía. Un ligero murmullo informa al chico que Tina se ha despertado y unos segundos después oye el pestillo.

—¡Vaya horas, hijo!

—Lo siento, se nos hizo tarde.

—Ve a dormir y mañana me cuentas.

—Mi habitación está ocupada.

—Lo sé —Tina se aparta el cabello que le cae sobre la cara—. Pero tienes cama en…

—¿Tu crees que voy a dormir con el viejo si puedo hacerlo contigo? —la interrumpe.

Tina asoma la cabeza y otea a izquierda y derecha, asegurándose de que el pasillo está despejado.

—¡Anda, pasa!, antes de que algún noctámbulo nos descubra y seamos la comidilla de la pensión.

Mientras Lorenzo se desviste ella va a la cocina a beber agua y regresa a los pocos minutos. Echa de nuevo la llave y se mete en la cama. Lorenzo, completamente desnudo, presenta una notable erección.

—¡Bien dispuesto vienes, niño! ¿Has estado ensayando?— ironiza Tina, al notarla—. Ya me contarás quién te ha puesto así, porque esta vez yo no he tenido nada que ver.

—A medias.

—¿Qué quieres decir?

—Que es cierto que venía caliente, pero al verte he terminado de encenderme.

Tina se incorpora quedando sentada. Pregunta:

—¿Y cómo es que venías caliente? —Lorenzo duda sobre si contarle o no la aventura. Decide hacerlo.

—Así que la zorra de Colette te ha puesto cachondo y ahora vienes a pagarlo conmigo…

Lorenzo advierte su error y trata de minimizarlo.

—Que va. Es verdad que me ha excitado, pero no he querido hacerlo con ella porque no dejaba de pensar en ti— miente sutilmente el mozo.

Tina retira las sábanas y sin abandonar la posición se desprende diestramente de la bragas alzando las piernas y declara:

—Súbete. A ver que puedo hacer por ti.anuncio_web

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Alfonso

30 sábado Jul 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 2 comentarios

Rafael Alonso Solís

Durante años, desde el puesto de cerillero del Café Gijón, Alfonso mascullaba proverbios libertarios, vendía tabaco, prestaba dinero a los amigos y veía pasar la vida –como reza la placa que han colocado en el pequeño quiosco de madera–.  También hacía augurios sobre el fin de siglo y recordaba historias de posguerra, leyendas de comisaría y rumores de camerino, mezclándolo todo con una literatura de café de artistas que se le iba haciendo sola, a medida que los años inundaban su memoria de sueños y la melancolía le anunciaba la hora de ajustar cuentas con la realidad.  Una vez me contó que de joven había trabajado en la construcción de las primeras estaciones del metro de Madrid, y que en el subsuelo habitaban enormes ratas de colores.”¿De qué colores?”, le pregunté. “De todos”, respondió con un brillo mefistofélico en la mirada. “Además, como se cruzan mucho les van saliendo tonalidades diferentes, algunas nunca vistas por el ojo humano”.  “Las ratas se hacen de lo que comen”, añadió misterioso. “Según el alimento que les proporciones  se van especializando, y las que sobreviven son cada vez más fuertes, sobre todo la dentadura”. En un momento me confesó su plan. Durante años había estado alimentando ratas y entrenándolas para que cumplieran con su destino. Con paciencia les había enseñado planos de Madrid, señalando con cuidado la situación de los principales bancos y la ubicación de las cámaras acorazadas. Según él, la mordida de rata gana mucho si se alimenta de muerto, sobre todo de anarquista, porque los residuos corporales mantienen vivo el odio al capital y la aversión a los barandas.  Por eso las había preparado para después del tránsito. Sus restos harían de suplemento alimenticio, y las ratas, forjadas durante décadas para la tarea, se abrirían paso a través de los túneles, alcanzarían las catacumbas del dinero, roerían las planchas de acero y se comerían los billetes. Leí la noticia de su muerte algo después, un poco antes de que la crisis se extendiera por el planeta y el dinero desapareciese por arte de magia. El otro día hice una visita al quiosco de Alfonso. Una placa con su epitafio y un retrato desvaído adornan la vieja estantería de madera oscura. Mientras la observaba, un hocico alargado y psicodélico asomó por una esquina del mueble, husmeó ligeramente, engulló un billete de lotería y desapareció por un agujero del piso.En esta fotografía aparecen de izda. a dcha. Clemente Auger, Javier Cobos (cigarro), camarero del Gijón (de pie), Álvaro de Luna, Pepe Díaz, Manuel Vicent, Tito Fernández, Martínez Zato, general Varela, Alfonso, mujer no identificada. Sentados en primer término están Manuel Alexandre, Pedro Burdet y Pedro Gil. La foto se tomó el 1 de abril de 1989, obra de Francisco Ontañón, uno de los grandes fotógrafos del siglo XX, referente para fotógrafos de generaciones posteriores y con obra en el Museo Reina Sofía. Imprescindible acudir al Café Gijón e imprescindible conocer la obra de Paco Ontañón.

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Gran Vía alta

29 viernes Jul 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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  Rafael Alonso Solís

La parte alta de las rías urbanas se hace y deshace a partir de los vapores que emanan del arrabal, la reducción que queda después del guiso que los transforma cada noche, a esas horas en que la princesa altiva y la que pesca en ruin barca reposan de los esfuerzos efectuados durante la cabalgata nocturna. A esa altura de la arteria germinal —la madre de todos los trayectos, el cauce mítico descrito por Conrad y transformado en asfalto contemporáneo por Guerra Garrido— fue donde a Vázquez Montalbán se le ocurrió la quintaesencia de su pensamiento poético: “quien calcula compra en Sepu”. No muy lejos de allí, Diego Mazquiarán Torróntegui, torero modesto nacido en Sestao y más conocido por “Fortuna”, se despojó de su abrigo, aparcó a su señora en Chicote, reclamó la espada de matar y tumbó sin puntilla a un toro escapado, que venía de desayunar plátanos en la Corredera Alta de San Pablo. Volviendo a la ría centenaria, por la izquierda vuelve a remontar los rápidos y se abre al nuevo mundo, donde el amor rompe sus viejas ataduras y se convierte en jolgorio sin hora de cierre, antes de alcanzar los remansos de la Castellana. Por la derecha las aguas bajan fluidas, alimentando las múltiples especies que abrevan en sus orillas. Los grandes afluentes —Montera y Carretas— bajan y suben recorriendo las pequeñas calas en las que habitan cortesanas adolescentes de piel morena y acento cantarino, chulos patibularios, paletos escocidos, tatuajes de ocasión y vasos comunicantes que se abren a todos los puertos del planeta. Más allá de los grandes lagos las aguas ascienden y descienden una y otra vez, cual montaña rusa de colores y miradas, cruzando la tierra media hasta acabar con placidez en los meandros de Lavapiés y de Cascorro, donde no existe la distinción del territorio y los indígenas  coexisten con los visitantes, se mezclan los sudores, se rozan las carnes y se cambian cromos por escapularios, cruces gamadas por collares de tortuga y romances de ciego por coplas de garaje. Párese entonces el navegante y disfrute una cata de caracoles con un chato de Valdepeñas.


Pili, la King Kong agitaba Montera desde sus caderas con un aire bravo y canastero. Era en 1991 y los clientes se la disputaban porque sabía lo que un hombre quería y ella les daba su merecido.

http://elpais.com/diario/1991/04/20/madrid/672146665_850215.html

® Fotografías de Ángel Aguado López


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Gran Vía baja


 

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Gran Vía baja

28 jueves Jul 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

El cuatro de Abril de 2010 se celebró el centenario del primer golpe de la piqueta sobre el suelo madrileño, con el que el bisabuelo del actual Borbón formulase el gesto de iniciar la construcción de la Gran Vía. Concebido en alguno de sus afluentes y acunado por la música de Chueca y Antonio Flores, hace años que uno la ve como esas gaviotas despistadas que glosara Senante, un brazo de mar nacido en La Laguna y al que se llega en avión y  en metro. La paradoja consiste en que no es posible alcanzarla en barco, a pesar de ser toda una ría por la que circula la vida en estado puro y a la que hay que incorporarse contra corriente, desde las aguas de aluvión que se agitan en la Plaza de España y que anuncian el turbio apogeo que se adivina en la parte alta. Junto a la estatua de Alonso Quijano, comienza una mezcla de colores y acentos que han llegado a golpes de fortuna, como los salmones cuando van a desovar, cargando la maleta, la cesta con los chorizos o la bolsa del gofio por las duras rampas de la Cuesta de San Vicente. capito_webLa ría, entonces, se ensancha majestuosa y arrastra la marea de casquería urbana que se ha ido formando a partir del Mercado de los Mostenses, con los aromas de guiso pobre y recuelo sentimental que se asoman por los primeros garitos del puerto sin agua que es Madrid. Mientras la corriente avanza entre la nostalgia de alfombras rojas y bombillas fugaces, en la margen izquierda se han ido asentando poblados de supervivientes donde conviven librerías de viejo, lupanares de mala muerte e higiene de campaña, portales donde se mata por una dosis de melancolía o se intercambia algún sucedáneo del amor por un pico de arsénico. Un poco más allá, el convento de las Teresianas sobrevive rodeado de los burdeles en los que reinaran nombres célebres del sexo de pago –Paquita la de Triana, Chulita de Arrigorriaga o la mítica María Martillo—, muy cerca de la calle en la que Max Aub se adelantase a Cela sin alboroto. Ya de madrugada, los habitantes de la zona salen de las guaridas donde se cobijan y se juntan a la altura del edificio de Telefónica. A esa hora, en la que han cerrado las farmacias y sólo se encuentran preservativos reciclados, funciona una tertulia a pié de calle donde se discute sobre las virtudes del vicio y se venden papeletas para la muerte, mientras los artistas del trile comparten bebidas crepusculares con las últimas meretrices y los poetas del amor oscuro.

gran_via_web® Fotografías: Terry Mangino

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La tragedia española

17 domingo Jul 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ochenta años del comienzo de la Guerra Civil

Gabriel de Araceli

El 17 de julio de 1936 el general Franco se levantaba en armas contra la República legítimamente constituida y comenzaba, tras el fracaso del golpe militar, la Guerra Civil española. Era el desenlace cruento en el que se hundía la nación arrastrada por una historia de varios siglos de reinados y políticas nefastos. Era como si un cataclismo colosal hubiera estallado entre fuerzas antagonistas que pugnaban por intereses distintos, una lucha de cíclopes en los que el bien o el mal, la razón o la fe, el progreso o la reacción, la justicia o la intolerancia, la libertad o la esclavitud, la democracia o el fascismo se enfrentaban a vida o muerte. Aquella tragedia concitó el interés internacional, las grandes potencias se decantaron por alguno de los bandos combatientes y la contienda española se polarizó y se convirtió en el preludio de la gran tragedia universal que asolaría el mundo apenas unos meses después de acabada.

El debate y el estudio generado por nuestra contienda se han alargado décadas después y aún hoy mantiene el interés de la sociedad española porque las heridas que produjo nunca se cerraron del todo y quedan muchas cicatrices pendientes de curar. La larga postguerra, el infinito franquismo, la transición democrática, la monarquía juancarlista y la actual situación de desconcierto en la que ahora nos encontramos son de alguna manera hijos de la historia que aquella desolación produjo. La leyenda de las dos Españas, país cainita y rencoroso capaz de helar el corazón del españolito, sigue flotando como un demiurgo amenazante e indeleble.

Ochenta años después aún quedan en la memoria colectiva de muchos españoles las preguntas de qué fue de sus próximos desaparecidos y por qué, y muchas responsabilidades que asumir por aquello que invocando la gracia de un dios despiadado alteró el curso legítimo de un estado. Si el tumor se mantiene bajo la piel de toro sin que se extirpe de nada vale que las suturas invisibles oculten las cicatrices, porque volverá a aparecer con diferentes grados de gravedad.

En 2011 Paul Preston presentó su ensayo histórico “El holocausto español”, un documento excepcional y demoledor que causó un impacto extraordinario en la sociedad española porque nunca antes, y habían pasado entonces 75 años desde el comienzo de la guerra, se había publicado un libro tan desgarrador. Preston comienza así su obra, en la página 17:

PRÓLOGO

«Durante la Guerra Civil española, cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales. Murieron a raíz del golpe militar contra la Segunda República de los días 17 y 18 de julio de 1936. Por esa misma razón, al menos 300.000 hombres perdieron la vida en los frentes de batalla».

No, aún hay muchas preguntas que responder.

 

 

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