Rafael Alonso Solís

La parte alta de las rías urbanas se hace y deshace a partir de los vapores que emanan del arrabal, la reducción que queda después del guiso que los transforma cada noche, a esas horas en que la princesa altiva y la que pesca en ruin barca reposan de los esfuerzos efectuados durante la cabalgata nocturna. A esa altura de la arteria germinal —la madre de todos los trayectos, el cauce mítico descrito por Conrad y transformado en asfalto contemporáneo por Guerra Garrido— fue donde a Vázquez Montalbán se le ocurrió la quintaesencia de su pensamiento poético: “quien calcula compra en Sepu”. No muy lejos de allí, Diego Mazquiarán Torróntegui, torero modesto nacido en Sestao y más conocido por “Fortuna”, se despojó de su abrigo, aparcó a su señora en Chicote, reclamó la espada de matar y tumbó sin puntilla a un toro escapado, que venía de desayunar plátanos en la Corredera Alta de San Pablo. Volviendo a la ría centenaria, por la izquierda vuelve a remontar los rápidos y se abre al nuevo mundo, donde el amor rompe sus viejas ataduras y se convierte en jolgorio sin hora de cierre, antes de alcanzar los remansos de la Castellana. Por la derecha las aguas bajan fluidas, alimentando las múltiples especies que abrevan en sus orillas. Los grandes afluentes —Montera y Carretas— bajan y suben recorriendo las pequeñas calas en las que habitan cortesanas adolescentes de piel morena y acento cantarino, chulos patibularios, paletos escocidos, tatuajes de ocasión y vasos comunicantes que se abren a todos los puertos del planeta. Más allá de los grandes lagos las aguas ascienden y descienden una y otra vez, cual montaña rusa de colores y miradas, cruzando la tierra media hasta acabar con placidez en los meandros de Lavapiés y de Cascorro, donde no existe la distinción del territorio y los indígenas  coexisten con los visitantes, se mezclan los sudores, se rozan las carnes y se cambian cromos por escapularios, cruces gamadas por collares de tortuga y romances de ciego por coplas de garaje. Párese entonces el navegante y disfrute una cata de caracoles con un chato de Valdepeñas.


Pili, la King Kong agitaba Montera desde sus caderas con un aire bravo y canastero. Era en 1991 y los clientes se la disputaban porque sabía lo que un hombre quería y ella les daba su merecido.

http://elpais.com/diario/1991/04/20/madrid/672146665_850215.html

® Fotografías de Ángel Aguado López


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