Un año es el período de tiempo que hay entre una San Silvestre y otra. O entre el momento en el que los corredores se forjan ilusiones de cambios radicales en sus hábitos y se someten a la tortura de trotar, ¡condenados!, sobre el asfalto para conseguir un cuerpo de portada del Vogue, los olvidan por completo y el momento en que vuelven a la carga, allá por el mes de octubre, pensando en recuperar el tiempo perdido y emprender una nueva vida saludable. Aunque sea sólo para comer a destajo y cebarse como ibéricos la cena de nochevieja.
Sí, el recorrido de la San Silvestre Vallecana lo dice todo. Ya se sabe, del Madrid galáctico del Bernabeu de Florentino al campo ruinoso del Rayo; del paso por la calle Serrano, con el Ramiro, el Magariños, la histórica Residencia de Estudiantes de Buñuel, de Dalí, de Lorca, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la residencia del embajador francés, el piso de Ava Gardner, la embajada americana, la iglesia de Carrero Blanco, la Puerta de Alcalá, la Cibeles, el Thyssen, Neptuno, el Museo del Prado, el Botánico, Atocha… hasta desembocar en el Puente de Vallecas y subir por la Avenida de la Albufera, donde se hacinan miles y miles de emigrantes latinos (ahora se llaman así, antes eran sudamericanos) en condiciones de supervivencia básica. Dos madriles opuestos unidos por una noche a golpe de zapatazo.
Una marea amarilla, un tsunami de alborozo y sudor gélido desborda por completo las calles al paso de la carrera vallecana. Son ya sesenta años llenando de jadeos las esquinas de este barrio obrero y de aluvión de miles de ilusiones. Sesenta mil almas derramadas, penitentes con capirote amarillo, la clase de tropa, en busca de la felicidad efímera de una meta, sufriendo entre los gritos de ánimos de los vecinos asomados desde las tabernas de la calle Payaso Fofó con el blanco en la mano. Y algo más de mil atletas, el estado mayor, la élite volatinera, flotando etéreos y gráciles, casi volando ingrávidos y ajenos al cansancio. «Se han vuelto locos los madrileños», comentaban Hipomenes y Atalanta. «Alegría, zancadas y ácido láctico, —responde Cibeles— agujetas con gusto no pican».
Sincronía perfecta de zancada entre los dos escapados. Entrenar en las altiplanicies africanas es igual a elevado hematocrito. Ganó el etíope Aregawi (izquierda) al ugandés Kiplimo en un disputado esprint. En la foto a su paso por Cibeles.
María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Abad Fernández, más conocida por Sara Montiel nació en Campo de Criptana, Ciudad Real, en 1928. Aún permanecería casi dos años más como dictador el general Miguel Primo de Rivera. Tiempos revueltos en los que la huida del rey Alfonso XIII a Italia, la proclamación de la II República, las tragedias de la Guerra Civil y la conflagración mundial marcaron su infancia feliz y adolescencia alborotada. Su biografía, “Vivir es un placer. Memorias”, recoge un retablo de situaciones e historias de una España dolorosa y hundida en la necesidad primaria de subsistir, de la que le salva su instinto artístico. Y tal vez su belleza por la que los hombres perdían la cabeza.
Sus memorias no buscan la excelencia literaria, sino la enumeración de hechos acaecidos a lo largo de su carrera artística. Son retratos familiares de la España rural del primer tercio del siglo XX, recuerdos de sus éxitos en su México lindo y querido, que contrastan con la negritud de un país sumido en otra dictadura militar, hundido en la miseria de la posguerra y alejado del ambiente exótico que derrocha la actriz. A veces sus escritos están redactados a trompicones, a saltos, un ir y venir en sus recuerdos, reordenadas sus palabras por un secretario ayudante (Pedro Víllora, dramaturgo) que les da forma y nexo, sin que se pierda la espontaneidad y frescura de la niña-mujer atrapada por el cine. Domina en ellos una visión crítica con los valores caducos de la penumbra que gobernaba el país, “propios del tiempo de Felipe II”, como ella relata.
Cartel y escultura que se encuentran en el molino museo de Campo de Criptana, su pueblo natal.
Disfruta Sara Montiel de una intensa vida amorosa que ella recuerda con dulzura, sin reproches para sus amantes, a pesar de que alguno de sus cuatro maridos se aprovechara de su dinero y fama para medrar en negocios propios. Miguel Mihura fue su primer amor con el que llegó a anunciar las amonestaciones de boda y procurarse un vestido de novia. Un hombre veintitrés años mayor del que se enamoró locamente. Esa disyuntiva esposo-padre se repitió en su vida, razón que el escritor evitó con cariño advirtiéndole de la diferencia de edad entre ellos y la imposibilidad de matrimonio. O León Felipe, ¡cuarenta y cuatro años mayor!, que la enseñó a leer y que perdió por ella la razón en su exilio mexicano. Y su gran amor, Severo Ochoa, ¡veintitrés años mayor!, con el que mantuvo una prolongada e intensa relación itinerante y clandestina y al que renunció, tal vez recordando la experiencia con Mihura, para no interrumpir su vida científica y académica. O Hemingway, con el que tuvo un roce epidérmico sin mayores consecuencias. O la disputa amistosa, casi rocambolesca, que mantuvieron dos maduros pretendientes, actor italiano y editor de periódicos mallorquín, por conseguir su amor. Su afán de ser madre se vio impedido por once embarazos infructuosos que no llegaron a buen fin. Sara Montiel, una belleza clásica sorprendente que iluminaba las pantallas en las que se exhibían sus filmes, y de las que evitó convertirse en esclava renunciando a los contratos draconianos que Hollywood imponía a las actrices. Su personalidad recia rechazó perpetuarse en repetir papeles de india a los que la orientaba su cuerpo de diosa y el afán de lucro de las productoras. Memorias amenas, testimonios de una época en la que el cine era un espectáculo de masas y el país sobrevivía soñando con sus estrellas.
VERACRUZ
A la Montiel le cabe el honor de haber compartido celuloide con una de las más grandes estrellas del cine universal: Gary Cooper. Fue sólo dos años después de que el gran Gary interpretara al sheriff Kane en “High Noon”, “Solo ante el peligro” en España. Y la altura de su interpretación en esta película no es menor que la de la protagonista femenina de aquella, la princesita Grace Kelly, a la que supera en belleza y sensualidad. Con Gary y con Burt Lancaster interpretó la película que la proyectaría al universo estelar: “Veracruz”. Éxito de taquilla con la que la productora United Artists recaudó once millones de dólares de 1954, más de diez veces el coste de la misma. Vista con la perspectiva actual, “Veracruz” resulta una película mediocre que produce indiferencia cuando no convoca el bostezo y el rechazo social. La Montiel interpreta el papel de una mexicana seguidora de la revolución contra el emperador Maximiliano, en 1868. Sufre el acoso sexual de una pandilla de bandoleros sin que en ningún momento se plantee escrúpulo narrativo alguno a esa violencia contra la mujer.
Gary Cooper, Sarita Montiel, Denise Darcel y Burt Lancaster en VERACRUZ, 1954.
EL ÚLTIMO CUPLÉ
El reconocimiento patriótico e internacional como actriz de tronío le llegó a la Montiel de improviso, en 1957, a sus 29 años, con “El último cuplé”, un éxito extraordinario de público y crítica que se mantuvo ininterrumpidamente en el Cine Rialto, en la Gran Vía madrileña, durante más de un año con llenos diarios. Hasta ese momento, su carrera se había desarrollado sobre todo en México. Vista ahora, la película resulta un folletín melodramático, un vodevil que conjuga los valores de la raza con la entereza y dignidad de la mujer española, salpicada de canciones festivas y ligeramente picantes para un público cautivo y vigilado, en una época en la que no había otra diversión ni esparcimiento posible sino el cine. La sensualidad que exhibe Sara fue causa de que tuviera problemas con aquella censura extenuante que todo lo negaba. Incluso el párroco de su pueblo, Campo de Criptana, prohibió a los vecinos que vieran la película por inmoral. El filme supuso un éxito económico para la productora-distribuidora, CIFESA, y el relanzamiento de Juan de Orduña como director. Se puede ver de nuevo a pesar de las lágrimas de antaño. Ahora casi da risa.
YUMA (En inglés “Run of the Arrow”, el camino de la flecha. 1957)
No pudo disfrutar la Montiel del éxito de “El último cuplé”. Acabado el rodaje con Orduña marchó rápidamente a Hollywood para interpretar a una india sioux en “Yuma”, un western. Literalmente una de indios y americanos con todos los tópicos propios del género: indios malos, gringos buenos, perdedores que no aceptan su destino, flechas, tiros, caballos, carretas, sombreros, revólveres, paisajes por los cañones y desiertos del Colorado y… ¡nada más! Muy lejos de la épica y análisis psicosocial que John Ford exhibiría en su ya lejano “Stage Coach”, “La diligencia”, de 1939. Asoma en Yuma el enfrentamiento histórico que los USA tienen actualmente entre republicanos y demócratas. En la peli entre yanquis y sudistas. Sara fue consciente de que el cine americano sólo le reservaba papeles étnicos secundarios y que de seguir allí se convertiría en otra Katy Jurado. Por eso renunció a comprometerse con las grandes productoras. Tras esta película regresó a España donde se transformó en una gran diva de la pantalla. Lo único bueno de “Yuma” es que sólo dura 85 minutos.
Intepretar a indias o a mexicanas, esos eran los papeles que Hollywood reservaba a Sarita Montiel (se eligió Sarita porque Sara en USA sonaba a actriz negra).
En el portal de Belén llevan tiempo preocupados porque hoy las navidades no son como las de antaño. Y es que a mediados de agosto ya comienza el calendario con música y lotería que pregonan por la radio. Dan las luces en octubre y las apagan en marzo; llenan calles y avenidas, plazas, aceras y patios; ocupan el centro histórico ―y también el extrarradio― con tanta prosopopeya, tanto color y aparato que casi todos deploran ese gasto estrafalario. Protestan en el portal por el dilatado plazo en el que miles de anuncios aturden al vecindario. Pasas, cavas y turrones, vinos y perfumes caros, polvorones, golosinas, de Antequera mantecados, almendras garrapiñadas de Briviesca y Belorado, cagadillos de Tejares (y, en Sotillo, sopas de ajo), dulces, piñones, confites, peladillas y hasta hornazos, mientras falta en el portal agua, verduras y caldos. Por no tener, escasean la leña, el pan y un capazo medianamente lleno de fruta, leche y un vaso de vino para José, que lleva años sin catarlo; y de pasteles variados para María, que sufre desnutrición tras el parto.
En el portal de Belén se echa en falta un milagro que provea de sarmientos a los allí enclaustrados. No hay pañales para el Niño, ni para el buey paja y grano, pues se agotó el suministro para unos meses tan largos. Idénticos villancicos suenan en todos los ámbitos (en chozas y catedrales, en cabañas y palacios, en calles y soportales, en barberías y palcos) reiterando estribillos con sensaciones de hartazgo. Y se cansan los pastores de esperar lo inesperado. Y así, no irán al portal este año ―han declarado― si no se les hace entrega, en concepto de aguinaldo, algo del oro y la mirra que traerán los Reyes Magos. En fin, que si no se pone remedio a este despilfarro, a este paso, acabará siendo Navidad todo el año.
Fotos de Terry Mangino captadas en Madrid durante el mes de diciembre de 2024
Podemos decir que, sin exageración, es algo extraordinario la luz e inspiración con que escribe Ezequías Blanco en prosa y poemario*. Porque a su faceta de cultivador de los jóvenes espíritus adolescentes, matemático de cuadernos cartesianos, capitán pirata suburbial desfacedor de la ignorancia como profe de Literatura en el erial de la dura “banlieue” madrileña durante varias décadas, se une la de divulgador de la literatura e investigador académico meticuloso de los diálogos del Inca Garcilaso. ¡Casi nada! O la de cronista festivo, con sus monos que estornudan, de los lances que los caballeros castellanos permitían, autorizando a sus señoras, a refocilarse con amantes espontáneos que suplieran sus limitaciones masculinas propias de edad avanzada, satisfaciendo así, grácilmente, el deseo volcánico de tan jóvenes doncellas. ¡Ay, el amor!
Por eso, Blanco sobre negro, su flujo poético no cesa y sin tasa sigue manando suave y persistente. Y no flojea en él la cosa de rimar a saco versos ni escasea su caudal flamante y resistente de casar asonantes y diptongos sea en los Andes, sea en Getafe, en Paladinos, en el Congo, sea en Guadix incluso en Flandes, que sabe, Blanco, que las letras causan temor y recelo y ansia de belleza derramada. O flagelo, cuando suenan escuchadas por la amada con flema y saña, ahuyentando la sordera flácida de las orejas sordas y vacías. Sí, Ezequías.
Y el que tenga dudas de todo lo anterior que se lea esta canción, si se atreve, pero que sepa que se arriesga a que se le pongan los pelos de punta y el falo en erección eruptiva. Aunque sea calvo sin solución afectiva.
Ezequías Blanco en su castillo de Getafe.
CANCIÓN
(Sic transit gloria mundi)
Ya no usamos cerillas/Ya no leemos libros de poemas/Ya casi no vamos al cine/Ya no escribimos cartas/Ya no comemos queso/Ya no hacemos el amor/ Solo follamos/Voló Cupido con sus alas cortas/pero queda el deseo/(¿O era al revés?)/Ya no jugamos al billar/(ni futbolín ni chocolate)/pero tú estás preciosa/Ya no soñamos con elefantes naranjas/ (tacha naranjas y pon persas)/ El tiempo ya no tiene dimensión/como las decisiones de las uvas/Mírame con fijeza/Ya no soñamos/ con ser canciones de protesta/Ya no usamos cerillas/(ya lo he dicho)/ ¿Cómo mantendremos el amor entonces/¿La llama del amor?/Hay genocidio en Palestina/y hay guerra en otros lugares del mundo/ Es de locos joder. Esto es de locos/ Ya tienes nuestra comprensión/Toma un vino en el bar/ y siente la alegría/Trabajo en un poema para ti/ ¡Quién quiera pelear/ que se quite la máscara!/ Sic transit gloria mundi/La cuestión es social/ Una prisión anarquista/ La grieta en la pared es tentadora/Me gustaría saber tocar el piano/(¿Y a quién no?) Llueve/ Cae el agua en cascadas/ como caían tus cabellos/sobre tu espalda adolescente/ Mis versos no son míos/ Ya no vamos a los torneos de nada/Hay chicas que prefieren caerse muertas/ antes de querer a quien las quiere/ ¿y yo qué puedo hacer?/ Tú puedes hacer mucho/ (me dice la conciencia pero no especifica)/La vida flota en las aceras/ como un solo de una guitarra eléctrica/ viendo pasar un tren/ Como una gran bola de fuego/ Ninguna razón hay si no hay amor/ ¡Qué miedo las pistolas!/ Cariño no habrá nunca nadie/ que se parezca a ti/Ya casi no vamos al cine./(No lo repitas más)/Ahora debo marcharme/ Me invade la tristeza/ de las palabras que se escriben/sobre el agua dormida/ De todas formas estoy bien/ ¿Preferirías ser un pez?/ A esta canción le sobran ya/ todos los versos.
Que reste-t-il de nos amours?
Foto de Terry Mangino. Fuenlabrada, periferia de Madrid, 1990.
* Homenaje a nuestro admirado Javier Krahe, que con su guitarra y su bonhomía escéptica se estará tomando unas cervezas en la trastienda del Café Central riéndose de todos nosotros, míseros mortales, desde su alcanzado universo de la gloria eterna.
Fotos de Terry Mangino. Letras de Carmelita Flórez, la jefa
—Esa banalidad que todo lo invade, que transmuta nuestras costumbres y nos convierte en consumidores de la estupidez colectiva importada de fuera. Tenemos que disfrazarnos de brujas el 1 de noviembre, con sombreros estrambóticos que ni Goya hubiera imaginado en sus pinturas negras, en lugar de dedicar un recuerdo a los que se fueron. O beber cerveza hasta caer rendidos en una espesa y cálida meada, como cueros de vino cercenados en aquella batalla por don Quijote, porque en Múnich tienen esa tradición en octubre. Y ya están, en una disputa pueril interprovincial, llenando los alcaldes de luces las calles anticipando la navidad a noviembre, como si en ello les fuera el orgullo de la gestión municipal. Es la imbecilidad adoptada internacionalmente. Un reflejo de que no hay diferencias en el comportamiento humano. Ya sea aquí, en Vigo, en Baviera o en Minnesota, todos respondemos al mismo patrón, todos somos hijos de la misma estulticia.
—Me gusta pasear por El Retiro y ver a los niños que estallan en risas a la vez que una pompa de jabón. En un instante está la eternidad, en la alegría infantil está la paz perdida. Y observar a los enamorados que van a servir al amor y descubrir la emoción del primer beso, o de otro tantos años después de aquel primero, latir el corazón acompasado en el abrazo del amado, venir desde muy lejos buscando refugio de esas guerras horribles que los genocidas declaran contra la humanidad, que arrasan a la infancia, que destruyen el mundo porque son pueblos elegidos por un dios cruel. ¡Infames, canallas, asesinos genocidas!
—Ya no hay quien los detenga, Terry.
—Todos estamos en su lista negra: su lista de honor.
—Sí, es un mal momento, la verdad. Aunque puede ser peor.
—Un energúmeno se presenta a candidato a presidente en los USA.
—El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
—Sí, siempre nos quedará en octubre El Retiro.
Fotos tomadas por Terry Mangino durante el mes de octubre de 2024 en El Retiro.
Et oui, c’est la femme qui commande. Rememorando el encuentro entre Boris Spassky y Boby Fischer de 1972 en Reykjavik¡Ay, qué bonito es el amor!Anastasia ha venido desde Kiev huyendo de las bombas del ogro.«Se lo regalaré a él, qué ilu»
La personalidad volcánica de Unamuno le lleva a ser protagonista destacado de la Historia de España a su pesar. Su agitada existencia en una época frenética le aupará a los titulares de una actualidad marcada por las turbulencias de un país que acabará en una tragedia nacional. Sobre el abrupto momento que le tocó vivir y su aparente desinterés sobre la Historia charlaron el pasado miércoles, 25 de septiembre, en la Biblioteca Nacional, Colette y Jean-Claude Rabaté, Jacobo Sanz Hermida y Octavio Ruiz-Manjón que intentaron desentrañar el extraño proceder y obrar de don Miguel en un tiempo de alboroto y frenesí.
Jacobo Sanz Hermida, Jean-Claude Rabaté, Colette Rabaté y Octavio Ruiz-Manjón durante la mesa redonda sobre Unamuno y la Historia, el 25 de septiembre de 2024 en la Biblioteca Nacional.
«Unamuno nunca quiso enseñar historia. Pero sí mostró interés en escribir la historia del País Vasco en… ¡17 volúmenes! —comenta Colette Rabaté—. Nuestra historia ha sido emborronada con fantasmagorías. Aún siendo niño, a los nueve años, vivió la Historia, el sitio de Bilbao de 1874 por las tropas carlistas, lo que le influyó en su percepción y relación con los nacionalismos. Fray Luis de León fue para él un modelo de tolerancia».
«El hombre no vive más que por la historia y con la historia. La historia es un sometimiento a la poesía», afirma Jacobo, moderador de la mesa redonda.
«Aunque en vida no tuviera mucho éxito reconocido como escritor, su actitud propició que sembrara semillas de eternidad. Y todo a pesar de la envidia que sufría, el mayor defecto de los españoles», comenta Colette.
Colette Rabaté, catedrática de Lengua, Literatura y Civilización Española de la Universidad François Rabelais de Tours el miércoles 25 de septiembre durante su intervención en la charla sobre Unamuno y la Historia.
«La historia es un sometimiento a la poesía. Unamuno nunca fue un alumno brillante, pero entendía ocho idiomas. Es notorio, como anécdota, que compraba libros, incluso chez les bouquiniste, dans les quais de la Seine, à París, libros que muchas veces no leía y que aparecieron nuevos, sin abrir en su biblioteca. Busca la tradición eterna del pueblo llano. Para ello emprende excursiones, en agosto de 1900 [veintidós años antes del que realizaría Alfonso XIII] por la Sierra de Francia, por Las Batuecas, por Brianzuelo de la Sierra, pseudónimo de La Alberca. Ahí tendrá un contacto directo con ese elemento humano que forjará su espíritu, —apunta Jean-Claude, para continuar con: Unamuno, en octubre del 36 no sabía lo que iba a pasar durante los tres años posteriores. Sí lo supo Machado, que vivió la tragedia y la derrota. Su historia se acaba trágicamente apenas cinco meses después de iniciada la contienda».
Jacobo Sanz Hermida y Jean-Claude Rabaté durante la charla coloquio.
«Don Miguel está en la historia. Historia y patria, el exilio y la soledad, Unamuno interroga permanentemente al pasado. Queda desolado tras el desastre del 98, se aísla para refugiarse de la derrota nacional en Vitigudino. Y la palabra “Regeneración”, de la cual abominaba Unamuno son los motivos que inquietan su pensamiento exacerbado. Pero es necesario superar la divinización del hecho histórico para entender la realidad diaria de su obra y el pensamiento del hombre frente a la vida, —afirma Octavio, para concluir con que: Cedistas, monárquicos, falangistas, cenetistas, comunistas, militares africanistas, republicanos, socialistas, radicales… pero, sí, creo que la paz fue posible hasta el último minuto».
La figura y personalidad del rey Alfonso XIII están rodeadas por la polémica, cuando no el rechazo, desde el momento en que se alineó con la dictadura de Primo de Rivera. Recordemos su implicación en las catástrofes de las guerras africanas, la derrota de los soldaditos españoles, soldaditos valientes de remplazo en el Barranco del Lobo en una guerra que ni les iba ni les venía, en 1909. O su apoyo testicular al general Fernández Silvestre, responsable directo del Desastre de Annual, en 1921, cuyas responsabilidades y la sospecha de implicación directa del monarca en la catástrofe nunca fueron depuradas a pesar de la exhaustiva investigación llevada a cabo por el general Picasso; escrutinio que sepultó la asonada de Primo de Rivera. O el abandono en el que dejó a su familia cuando se embarcó el solo rumbo a Italia, el 14 de abril de 1931, sin contar con ninguno de sus más allegados. O la vida disoluta y alegre que emprendió en los 30 en Londres y Roma, donde recibía a las figuras profascistas implicadas en la Guerra Civil.
Sobre su participación interesada en el golpe de Estado, un autogolpe para algunos, la sociedad española del primer tercio del siglo XX y la difícil relación que tuvo con Miguel de Unamuno dialogaron Colette y Jean-Claude Rabaté, Javier Moreno Luzón y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional el pasado 18 de septiembre de 2024.
Javier Moreno, Collete y Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional durante el coloquio sobre Unamuno y Alfonso XIII.
«Unamuno fue un escritor muy censurado por los gobiernos monárquicos, tuvo que publicar mucho fuera de España, en Francia. Es, posiblemente, el escritor más citado por los políticos actuales, pero el menos leído», comienza la presentación Anna Caballé.
Rey desde su nacimiento y coronado en 1902, a los dieciséis años, Alfonso XIII era la encarnación de la nueva España tras el desastre del 98. Unamuno conoce al rey, casi un adolescente, en 1904, y deposita en él sus esperanzas y simpatía. No así en la reina madre, a la que el rey adoraba, María Cristina de Habsburgo, austriaca, germanófila y partidaria de la Gran Prusia en la I Guerra Mundial. Además, Alfonso XIII se ve sometido a diario a la división y contienda femenina en palacio: el origen inglés de la reina Victoria Eugenia hacía difícil la convivencia entre ambas mujeres, que influían sobre el rey para acercarle a sus respectivas opiniones. Casa con dos mujeres mala es de guardar. Es a partir de 1914 cuando don Miguel se muestra crítico con las decisiones reales. Y durante el período que va de 1918 a 1924 el rechazo al monarca aumenta.
Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé charlan sobre Unamuno y sus demonios. O sus ángeles.
«Para Unamuno, Alfonso XIII es un rey sin ideales, un frívolo, inconsciente, un botarete, un canallita, los discursos de don Miguel provocaban más expectación que los del rey. España era un país militarizado por las guerras africanas, había en esos momentos más de 600 generales que buscaban el apoyo del monarca. Y Unamuno denuncia la actuación del rey metido en política. Además, al catedrático le encantaba el Zola denunciante del caso Dreyfus. Por eso, él se siente auto-exiliado y rebelde con la situación política que impulsa la Monarquía. Algo que le lleva a exclamar: ¡No soy un intelectual, soy un pasional!», comenta Jean-Claude Rabaté.
«Unamuno se siente conciencia del pueblo. El rey era un corrupto, un jugador, un mujeriego enfermizo, el káiser Codorniu, responsable directo del Desastre de Annual. Prefería ser destronado que tronado [estafado]. Unamuno mantiene una posición ética frente a la corrupción del monarca. En 1920 se entrevista con el rey, audiencia a la que llega tarde y en la que le expone con acritud la actitud que debe de regir en un reinado ajeno a la política: “Lo mejor es que no tome ninguna iniciativa”, le dice al rey. Tras la caída de Primo de Rivera [28 de enero de 1930], el rey piensa que puede volver al reinado de antes, al de 1921. Y para ello se apoya en las figuras de Santiago Alba y Cambó, ambos también en el exilio francés. Los dos le exigen que sea un rey parlamentario sin que participe en el gobierno de la nación», resalta Javier Moreno.
Alfonso XIII en Londres en 1932. No, la dama que le acompaña no es Victoria Eugenia.
«Tras huir de Fuerteventura, en 1924, durante su exilio en París en 1930, Unamuno mantenía una tertulia en Montparnasse, en el Café La Rotonde, donde se encontraba con personalidades como Blasco Ibáñez, Eduardo Ortega y Gasset o Corpus Barga. Esas reuniones de conspiradores tienen voz en el semanario “España con honra”, financiado por Blasco Ibáñez e inspirado en el lema de los revolucionarios de 1868 contra Isabel II. Es uno más de los grupos opositores a la monarquía, que tiene como norma “el Deber de Insultar” desde la tribuna del periódico», explica Jean-Claude.
«Para Unamuno, Primo de Rivera es un pavo real. Es el general Martínez Anido el que tenebrosamente mueve la dictadura a la manera de Maese Pérez», apunta Colette.
Colette Rabaté durante el coloquio sobre Unamuno y su graciosilla majestad habsburgo-borbónica.
Y sobre las dudas al ideario republicano que Unamuno mantuvo a lo largo de su vida, Jean-Claude argumenta que «el 23 de junio de 1924, huyendo de su confinamiento en Fuerteventura y en escala en Portugal y en su aproximación al PSOE, “el partido más patriótico”, y a punto de ingresar en él, se entrevista con el líder socialista Andrés Saborit, que le desaconseja su afiliación: “Mejor fuera que dentro, don Miguel, porque fuera tendrá más influencia que si ingresara”. Unamuno regresa a España el 9 de febrero de 1930. En Hendaya sigue su relación con Eduardo Ortega y Gasset y con infinidad de notables de la política y la cultura, entre ellos Indalecio Prieto. María Zambrano estimaba enormemente a su maestro don Miguel. “España es un país abúlico e indiferente a su gobierno, aquí tenemos un régimen habsburgo-jesuítico” que imposibilita el diálogo».
«El mito de los Comuneros y su oposición al primer Habsburgo, el emperador Carlos, será el distintivo que guíe a los republicanos del siglo XIX. A él se adhiere Unamuno con las mismas dudas que le llevarán a apoyar el golpe de Estado del general Franco, del que rápidamente se retracta. “Yo fui un cándido”, afirmaba en noviembre de 1936 tras su encierro en la prisión de su hogar salmantino», recuerda Javier Moreno.
—¿Que si Unamuno fue envenenado por Bartolomé Aragón?, el falangista y último visitante que tuvo en su casa, dos horas antes de morir el 31 de diciembre de 1936. Chi lo sa?, —responde Jean-Claude.
Unamuno recibe a uno de sus últimos visitantes en su casa de Salamanca, pocos días antes de fallecer.
—Me sorprende que Landero ponga al timón del filme, perdón, de la novela, a un narrador omnisciente que te cuenta la película, perdón, el libro, como si fuera una voz en off, sin diálogos directos entre los personajes, todo supeditado a su bien decir, a sus explicaciones, como si los actores, perdón, los protagonistas estuvieran en un rodaje y el narrador llevara las órdenes con la bocina de sus palabras. Que a veces en la lectura se me aparece Fernando Rey contándonos Bienvenido míster Marshall. Además, el escenario coincide en ambos guiones, perdón, historias, dos pueblos de la sierra norte de Madrid semiolvidados. Y sus palabras, al principio de la novela, son muchas y contundentes, es más, yo creo que en las primeras secuencias, perdón en los primeros capítulos hay, a mi entender, un exceso de adjetivos y frases abigarradas, meros decorados que ralentizan el avance de la acción. Es como en aquellas películas de arte y ensayo de los setenta en las que el prota tardaba diez minutos en subir la escalera y al llegar al primer piso se encontraba con que estaba vacío.
—Ah, pues yo con “El Guitarrista” me divertí mucho. Me pareció que
—Aunque, pasado el primer cuarto el relato se agiliza y la acción se vuelve frenética en el planteamiento, donde el guitarrista, Landero, se muestra generoso, sí, en rasgueos y acordes y ofrece un concierto casi de música barroca orquestal. Incluso hay un capítulo muy didáctico, en el que confiesa sus trucos para escribir, como si fueran consejos que dedica a su público lector para que experimente y se atreva a esparcir renglones derechos, que no torcidos. Tiene muchas tablas Landero, mucho oficio. Y te puedo asegurar que la arquitectura interior de la novela está bien estructurada, que no falla su base, que los personajes están bien amarrados y los decorados bien pintados. Distribuye bien la historia. Y le añade recursos teatrales propios de una representación multitudinaria, todo un pueblo involucrado en un proyecto común para salvarse del hastío. Se ve que conoce la tramoya. Habría que reflexionar sobre la evolución que ha llevado la novela actual, las de Landero al menos, lejos de aquellos presupuestos de la generación de los 50, cuando el monólogo interior, las digresiones del narrador y el diálogo subjetivo inundaban las páginas de los libros, cuando se veía el experimentalismo como la razón que debía nutrir todas las páginas, cuando se rechazaba por completo la novela social y el costumbrismo. Algo que, de alguna manera, la aproximación a la realidad cotidiana del individuo, llena las páginas de la novela de Landero.
—Ah, pues yo no sé si
—Sí, es un argumento clásico. Chico con un montón de sueños irrealizados en su chepa encuentra chica; chica con un montón de remiendos en su alma y que quiere desembarazarse de ellos, soñar un frenesí desconocido, encuentra chico. Un encuentro o un equívoco mágico, porque sin la magia el cuento no existe. Cuando el relato se desviste de esos renglones y adjetivos innecesarios, de ese experimentalismo interior, mero ropaje entorpecedor, cobra ritmo y sale claro, el lector se engancha y se recupera de los primeros bostezos. Todo ello en un decorado panorámico de la sierra de Madrid, aderezado con un montón de secundarios que tienen su página de gloria y visten sus mejores galas novelescas. Como en una película de Vincent Minelli, todos bailando en torno a los protas, aunque a veces se le fuera la mano a Minelli, a Landero. La vida es sueño. Y es en la evasión, en la fantasía donde encuentran las razones para continuar agitándose los protagonistas, que las han buscado sin hallarlas por los caminos grises de la existencia. Y aunque al final pasen de largo los americanos por el pueblo, los dos, el chico y la chica, siguen en el sobresalto de interpretar la mejor función que imaginaran. Y como un buen clásico dura 90 minutos, perdón, 220 páginas. Omnia vincit amor.
—Entonces, Carmelita, ¿qué les digo a mis amigos Emilio y Rosi, que lean La última función de Landero?