Las resacas electorales suelen ser como la imagen invertida de los debates de taberna. De repente, el personal se transforma en una mezcla de editorialistas que cumplen con sutileza –o sin ella– la letra pequeña escrita en su nómina, e ideólogos de salón que han decidido difundir las esencias de su pensamiento mientras se toman un trago. Puede que del maridaje entre ambas cofradías haya surgido el politólogo, que presume con orgullo de ser una especie nueva –aunque arrastre cierto aire de súcubo laico–, que se vende muy bien a sí misma, que pone cara de saber algo más que el resto por haber redactado y, más tarde, defendido una tesis sobre la influencia del clima en el vuelo de las gaviotas sobre el nido del cuco, y que tiene una erección cada mañana al descubrir su perfil más redentor ante el espejo. En realidad, su novedad es relativa, pues en todo paseante se oculta un politólogo por afición, que suele compartir espacio con un seleccionador de fútbol. Durante las resacas electorales todos los participantes han ganado algo o a alguien, y con eso parece que se conforman y son felices, a la espera de esa flagelación post coito en que suele consistir el análisis de las causas y la previsión sobre las consecuencias de los resultados. La España postelectoral de estos días me recuerda a una época lejana, en el corazón del Bronx, durante una larga noche en la que nos reunimos con la banda de Morgan, con los chinos, los irlandeses, los católicos y los descendientes de Búfalo Bill, con objeto de disputar a la familia de don Marcelo el control del territorio. A última hora, aunque a regañadientes, también se nos unieron los mestizos, que eran el resultado de un maridaje entre comanches escapados de la reserva, algunos sobrinos de Calamity Jane y los últimos despojos del Mayflower. Durante horas discutimos sobre la forma de acabar con el Don, sin ponernos de acuerdo en el método, sin diseñar la puesta en escena del entierro, ni ser capaces de consensuar quién dirigiría la operación y quién dispararía la bala que debía llevar su nombre. Al final, cada uno se marchó por su lado, mascullando maldiciones contra el otro y acusándole de falta de compromiso. A la mañana siguiente, a muchos se nos adelantaron los efectos de la resaca y nos quedamos en la cama. Total, para qué. Otros, sin embargo, nos plantamos en el corazón de Five Points con los argumentos de gala, convencidos de que cualquiera de nosotros era suficiente para dar la vuelta a la tortilla y decidir cómo y cuándo repartir las ganancias. Cuando la neblina de madrugada se disolvió con suavidad, miles de guerreros procedentes de las bandas del centro nos contemplaban en silencio. En realidad, no parecían muchos, pero eran disciplinados. Mucho más que nosotros, que aún a esa hora pretendíamos discutir la pureza de sangre de cada cual. Tras ligeras escaramuzas, nos pasaron por la piedra sin remisión. Hasta la próxima.
La revolución digital ha transformado las formas de captar imágenes en el cine y en la fotografía. Nuestras maravillosas cámaras de película duermen un sueño eterno aparcadas en pudrideros, en anaqueles en los que también guardamos miles de negativos olvidados, o copias sobre papel emulsionado o Kilómetros de película que el tiempo, implacable, amarillea y deteriora. Aquellos objetivos Schneider Kreuznach, o los Carl Zeiss, o los Nikor somnolientos y apagados, aquellas moviolas por donde el copión se deslizaba escribiendo frases y párrafos y capítulos en las manos de John Ford, o de Berlanga, o de Coppola, o de Godard. Empolvados y comidos por el abandono.
Paglo G del Amo, uno de los grandes montadores del cine español trabajando con su moviola y un copión de trabajo cinematográfico. La foto es de abril de 1997.
Jean Luc Godard
Manuel Herreros de Lemos es un realizador documentalista que ha recorrido el mundo con sus cámaras cinematográficas. Tuvo la suerte de conocer a los indios yanomamis antes de que el hombre blanco los masacrara y se comprometió con los derechos de las comunidades transexuales de Venezuela, a las que dedicó un documental pionero hace más de treinta años. Antes de que la garra del deterioro arranque para siempre la memoria a esas imágenes y se pierdan para siempre Herreros de Lemos ha solicitado a todos los amantes del cine que colaboren en la restauración de esos negativos atacados por la enfermedad del tiempo. La campaña iniciada por Herreros de Lemos se llama Al Rescate del negativo de “Trans”, pretende conseguir fondos para remasterizar y digitalizar las imágenes sensibilizadas en el film. No queda mucho tiempo porque los negativos no soportan más. En el siguiente enlace se detalla la propuesta de Herreros de Lemos y todas las noticias relacionadas con el proceso de restauración. En nuestras manos está que estos documentales no se pierdan para siempre.
Han volado, se han ido. Los polluelos de cernícalo primilla venidos en el mes de abril al mundo en la maceta de un balcón de Santander han emprendido el vuelo. Es el círculo vital que completa dos cuartos en la existencia de todo ser vivo y que le predispone para la edad madura.
Nacer, crecer, reproducirse, morir. En apenas diez semanas han completado su desarrollo y ahora, emancipados ya de los padres deberán aprender a desenvolverse por sí mismos en el proceloso mundo de los cielos salvajes de las grandes ciudades.
¡Adiós!
Fotografías y vídeos de Simón Pérez, Santander, la novia del mar.
Aunque publicado algunos años más tarde, el primer poemario escrito por Borges parece datar de 1923. Esa fecha, al menos, figura en su poesía completa, en la edición de Destino de 1989. En el prólogo de 1969 reconoce no haber reescrito el libro, pero sí haber “mitigado excesos barrocos y limado asperezas”. En mayo de 2010, tras leer una extraña noticia sobre la supuesta novela que Borges guardaba, decidí contar lo que sabía. Imitando al argentino, yo tampoco reescribiré mi recuerdo, o tal vez sí. En cualquier caso trataré de no desentrañar lo que aún es pronto para ser conocido. Borges acostumbraba a citarse consigo mismo en los parques japoneses, en los atardeceres del arrabal y en las calles de Boston. Fue así como acabó descubriéndose dos hechos que acabarían siendo fundamentales en su vida y su muerte: que toda poesía –y, por extensión sublimadora, toda la literatura– procede del fondo del misterio, ya que “nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”, y que la extensión de cualquier relato es directamente proporcional al espacio que ocupa en la mente de su creador, e inversamente a la duración de su vida. Para huir de su destino, Borges dedicó su existencia a escribir cuentos y poemas, confiando en hallar la puerta que le conduciría a la inmortalidad y descubrir el origen del misterio. En una ocasión, sin embargo, comenzó a escribir la historia de la humanidad. Angustiado por desconocer tanto el principio como el fin de la saga, trató de destruir los primeros folios. Cada noche la historia surgía de nuevo y su argumento daba vueltas por los pliegues de su cerebro, pugnando entre recordarlo todo –como Funes el memorioso– o quedar sumergido en un olvido reparador –frente el atardecer, la mañana; frente a la desdicha, la serenidad–. Todo fue en vano. Mientras el libro crecía en su mente y la historia se convertía en un reflejo, aún pálido, de las leyendas contenidas en los archivos akásicos, su estructura mortal perdía consistencia y disminuía de tamaño. Al principio intentó disimularlo usando trajes grandes y oscuros, que producían una sensación de mayor volumen, al tiempo que exageraba sus achaques de anciano y mentía sobre las veces que había leído la Enciclopedia Británica, cuando la realidad es que la escribía mentalmente cada noche con objeto de olvidar su propia novela, cuyo crecimiento incontrolado ya era incapaz de frenar. Pero la historia continuaba aumentando en extensión y densidad, en un efecto imposible en que la masa de la ficción se concentraba a expensas de su propio tamaño, con un Borges cada vez más exiguo, diminuto y transparente. Finalmente, la novela llegó a su fin y desbordó los límites imprecisos del vacío. El 14 de junio de 1986, hace ahora treinta años, Borges desapareció como por ensalmo, y sus allegados optaron por anunciar su fallecimiento. En un rincón de la casa encontraron un gastado bastón sin dueño. En el fondo de un cajón de su cómoda reposaban, marchitos, unos folios ininteligibles.
¿Qué hay en la mente de un terrorista yihadista, cómo alimenta su intelecto un hincha futbolero cuando convierte una fiesta deportiva en Marseille en un asesinato. Por qué despreciamos al que tiene una orientación sexual diferente, u otra religión, o se viste de otra forma, o es de otro raza, o extranjero, o habla otro idioma?
Un joven violento e inadaptado mata a 50 personas en Orlando, Florida, porque no le gustan sus preferencias sexuales. Después, lo celebra una panda de asesinos sanguinarios en nombre de su Alá. La National Rifle Association encuentra normal que en USA haya más de 3,5 millones de rifles como el que usó el asesino en los hogares americanos. En España sufrimos durante cuarenta años el terror de ETA y de la extrema derecha y los atentados del 11 M. El obispo de Alcalá arremete contra los homosexuales sin que el fiscal actúe de oficio contra unas declaraciones (carta pastoral) que, pronunciadas por otras personas no católicas seguramente serían sospechosas de incitar al odio y a la violencia. Dónde está la línea que diferencia libertad de expresión de un delito*.
Es una causa perdida, Homo homini lupus, decían en Roma, el hombre es un lobo para el hombre. «Por infinito que sea el universo no es comparable con la estupidez, o con la barbarie del ser humano» se dice que decía Einstein. Seguramente se quedaría corto.
¿Hay algo mejor que la alegría de un beso?
*El pasado 14 de junio, la Fiscalía Provincial de Valencia inició diligencias para determinar si acusa al cardenal obispo Cañizares de delitos por incitar al odio y a la violencia tras las expresiones que vertió en una misa el pasado 16 de mayo. El obispo Cañizares, conocido por su ideología ultraconservadora, pronunció palabras en las que aseguraba que el orden cristiano estaba amenazado por la homosexualidad y rechazaba que el ordenamiento jurídico amparase el matrimonio entre personas del mismo género. El coletivo LGTB Lambda presentó una denuncia contra el obispo por promover el odio contra los colectivos homosexuales que ha sido atendida por la Fiscalía. Es la primera vez que en España se escucha una denuncia contra la Iglesia por promover el odio y la violencia contra terceros. [Nota del editor]
En apenas tres semanas los cernícalos primilla han ganado peso y tamaño. El plumón blanco que tenían al nacer se ha cambiado por el marrón que tendrán poco a poco de adultos. Su primera necesidad es comer y se disputan entre ellos la zampa que les traen los padres. El mundo es un lugar difícil para andarse con melindres. La lucha por la supervivencia se da desde el primer día. Sobreviven los fuertes.
Vídeo e imágenes Simón Pérez, Santander, junio de 2016.
Mohamed Ali también fue boxeador. En los 70 se estaba produciendo en todo occidente una revolución inesperada. Comenzaron los barbudos allá por el lejano 1959. Cuba dejó de pronto de ser el lupanar de la mafia USA y los comandantes verde-oliva inundaron Sudamérica de socialismo y se alinearon con el enemigo ruso contra las plutocracias que sangraban el destino de Bolivia, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc. La guerra del Vietnam había desencadenado las protestas de una juventud que se negaba a disparar contra los amarillos. Make love not war gritaban unos melenudos que follaban en el festival de Woodstock; a Jimmy Hendrix le estallaba la heroína mientras tocaba su Stratocaster y la Beaute est dans la rue decían los amiguetes de Cohn-Bendit y de Sartre mientras tiraban ladrillos a los CRS en mayo del 68. Unos meses después, en México 68, los atletas negros ganadores en el 200, Tommie Smith y John Carlos, empuñaban en un gesto insólito el saludo del Black Power en señal de protesta por el trato que en su país, USA, recibían los negros. Y una profesora marxista y negra, Angela Davis, era acusada de asesinato por enaltecer al Black Panther Party. Para colmo, Salvador Allende ganó la presidencia de Chile en 1970 y la OPEP se marcó en 1973 una subida del petróleo que dejó en pelotas a las economías del primer mundo. Una tormenta inesperada que trajo de cabeza a los gobiernos “democráticos”. El mundo se había vuelto loco. De pronto se rompía el esquema conservador-burgués salido del triunfo en la 2ª Guerra Mundial.
Mientras tanto, en un lugar remoto de la Vía Láctea, en España, no pasaba nada. Ni el contubernio de Múnich del 62, ni la ejecución de Julián Grimau en el 63, ni las expulsiones en 1965 de los catedráticos Aranguren, Tierno Galván y García Calvo, entre otros, ni el estado de excepción de 1969, ni la irrupción de ETA, ni las protestas y huelgas de ese año movilizaron al Movimiento ni un milímetro, porque en Londres habíamos vencido a la Pérfida Albión. Massiel ganó Eurovisión en 1968.
Mohamed Alí también fue boxeador. En USA la violencia contra los negros había llegado a tal extremo que el presidente Kennedy tuvo que intervenir en 1963 mandando al ejército a Alabama y enfrentándose al gobernador Wallace, un racista declarado, para que dos estudiantes colored pudieran matricularse en su universidad. Eso entre otras cosas le costó la vida a JFK en 1963, al activista Malcom X en febrero de 1965, tres años más tarde a Martin Luther King y dos meses después de King a Robert Kennedy.
En aquel clima de terror que sufrían los negros nació en 1942 un muchachote fuerte e inconformista, en Louisville, una ciudad en la que la violencia racial era algo cotidiano. El boxeo era una de las pocas salidas que se ofrecía a los negros y el impresionante físico de Cassius Marcellus Clay le sirvió al “Louisville Lip” para alzarse con apenas dieciocho años en campeón olímpico en los juegos de Roma, en 1960. Su carrera profesional brilló a partir del asesoramiento que le prestó otro mítico preparador de boxeo, Angelo Dundee, con el que conquistó su primer campeonato del mundo profesional. Era 1964 y el rival Sonny Liston, al que Alí derribó en el séptimo asalto. En 1966 se negó a incorporarse a filas y aquella oposición a la guerra de Vietnam le valió la retirada de su título de campeón mundial y erigirse en portavoz de una muchedumbre que rechazaba la violencia contra el pequeño país asiático. Fue el estandarte de la población negra en la lucha por sus derechos sociales, y asimismo el abanderado de la protesta de una sociedad que reclamaba más justicia y más libertades.
El Tribunal Supremo de su país le dio la razón en su recurso por su objeción de conciencia y pudo recuperar su licencia de boxeador en 1971. Tras su vuelta protagonizó en 1974 un histórico combate contra Georges Foreman en Kinshasa, Congo, donde recuperó su título de campeón del mundo. Alí estaba recibiendo una fenomenal paliza aquel 30 de octubre por parte de Foreman, sin embargo, en el octavo asalto reaccionó y destrozó a su rival con certeros golpes que le noquearon mientras la multitud exaltada gritaba ¡Alí bomaye, Alí bomaye, Ali bomaye!
¡Alí, mátalo!, le gritaban por las calles cuando Alí se desplazaba en improvisadas carreras por los barrios inhóspitos de Kinshasa preparando el combate, rodeado por una multitud de seguidores. Aquella pelea mítica atrajo la atención de los medios de comunicación internacional, hasta tal punto que el sanguinario dictador, Mobutu Sese Seco, tuvo que esconderse previendo su derrocamiento, algo que no sucedió hasta 1997. El grotesco Mobutu permaneció 32 años en su trono zaireño, sometiendo a la población de su país a un horrible holocausto y expolio comparables al terror nazi.
Mural con la imagen de Mohamed Alí en Falls Road, barrio católico de Belfast. La foto está tomada en abril de 2014.
Con posterioridad, Mohamed Alí mantuvo su carrera hasta 1981 y aún se enfrentó en singulares combates contra Joe Frazier o Ken Norton, en los que su verborrea arrogante y su personalidad extrovertida le predisponían a la victoria que firmaba con la contundencia de sus guantes en el ring. Su habilidad de bailarín, impropia de un peso pesado y su heterodoxo estilo le valieron las críticas o las alabanzas de la afición, pero todos coinciden en señalar a Mohamed Alí como uno de los más grandes deportistas del siglo XX y un símbolo en la lucha por los derechos sociales y libertades de la población negra en USA. En su carrera peleó 61 combates, con 56 victorias, 39 por NKO. Ya retirado recibió el reconocimiento de su país y los honores reservados a los héroes. Naciones Unidas le nombró embajador de buena voluntad. Fue abanderado de USA en los juegos olímpicos de Atlanta, en 1996. El presidente Georges Busch le entregó la medalla del Congreso. Nelson Mandela le recibió en 1997. Pero sobre todas esas condecoraciones queda el recuerdo de un luchador incansable por la justicia social y los derechos y libertades de las clases oprimidas y un estandarte universal en la denuncia de los abusos cometidos contra las poblaciones desfavorecidas. Durante treinta años mantuvo otra pelea contra la enfermedad de Parkinson, que le golpeó duramente. Y contra su propia ex-esposa y familia, que trataron de apropiarse de su fortuna de cualquier manera. Su deteriorada salud le llevó a una septicemia, de la que falleció el pasado 4 de junio, tenía 74 años. Sí, Mohamed Alí también fue hasta el final boxeador. Descanse en paz.
Ahora está de moda sentir simpatía por el Atlético de Madrid, pero hubo una vez en que para reconocerse en aquellos colores había que echarle cierto atrevimiento. Sobre todo cuando uno era un niño que cada lunes se veía rodeado de merengones convencidos, que tal vez no habían visto un partido de fútbol en su vida, pero se apuntaban a un fácil seguidismo de vencedores. Durante el recreo, aquella masa amerengada se apropiaba de los nombres de Rial, Kopa, Puskas, Gento y, por supuesto, de Di Stefano, un canchero más chulo que un ocho, que jamás perdió su acento porteño, ni siquiera para bailar el chotis. Aún no había televisión, pero el NODO solía mostrar a los madridistas recogiendo copas de Europa, junto a la sonrisa de satisfacción de aquel viejo milico que se condecoraba a sí mismo y que recorría todos los años la Gran Vía rodeado de moros a caballo, mientras la gente le gritaba Franco-Franco-Franco. Y uno no sabía si le recordaban su nombre o le insultaban. Por eso me hice del Atleti. Porque, desde mi infantil ingenuidad, tenía la sensación de que eran los míos, y sin saber que había clases sociales, comenzaba a tener la sospecha de que ésa –fuese lo que fuese– era la mía. Como si unos representasen al hombre blanco, rico, católico, apostólico y romano, y los otros fuesen una pandilla de desarrapados, que ni siquiera podían comprarse camisetas de algodón impoluto y tenían que fabricárselas con retales de colchón. Los primeros jugaban en un estadio grande y lujoso, situado en zona nacional, que pronto cambiaron por otro más grande. Los segundos lo hacían en el Metropolitano, cerca de Cuatro Caminos, que, además de ser más pequeño, al principio estaba arrendado y lo compartían con otros equipos del foro. Ya casi no me acuerdo de los primeros jugadores rojiblancos –en el NODO salían mucho menos–, y hace unos días José Luis Doreste me ha recordado a dos artistas canariones, como Rafael Mújica y Alfonso Silva, que formaron parte de la plantilla atlética a finales de los cuarenta, y que creo coincidieron por el estadio de Reina Victoria con otros futbolistas canarios, como Farías, Durán o Torres. En realidad, no tenía elección. Ante aquel alarde merengue de cada lunes, la única rebeldía posible era hacerse del Atleti con todas sus consecuencias, y acostumbrarse a sufrir, a pasar alguna temporada en el infierno y a encajar goles en los últimos minutos, con la guardia baja y la ilusión despistada. No importaba. Cada caída se sentía como un estímulo para levantarse de nuevo y repetirse que Collar tenía más clase que Gento, sólo que el cántabro corría mucho –así ya se podía, joder–, que a Peiró nos lo levantó el Torino en su momento más dulce, o que Jorge Mendoza era más elegante que cualquier blanco, pero algo frío de cuello. Al fin y al cabo, los del Atleti no necesitamos ganar y nos basta con serlo. Aunque ganar debe ser la hostia.
De pie: Reina, Ovejero, Benegas, Heredia, Adelardo, Becerra. Agachados: Capón, Luis, Ayala, Irureta y Gárate. Temporada 1973/74.